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Año 1.1928=Nr. 2

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  1. Encuadernación

  2. Examen de pausas

  3. Crucero

  4. Fichas sin sobre para Lazo

  5. Genoveva in fraganti

  6. La conquista y la independencia religiosa de los indígenas

  7. Motivos

  8. Carta de colores

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141 pages

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lx hr 3900 ! Li Mt HU v. Owen: EXAMEN DE PAUSAS.—G. Estrada: CRUCERO.--X. Villaurrutra: FICHAS PARA LAZO.—A. Lazo: ACUARELAS Y OLEO.--J. Mañach: GENO- VEVA IN FRAGANTI... O. de Mendizábal: INDE- PENDENCIA RELIGIOSA DE LOS INDIGENAS. MOTIVOS: ¿Memorias? ¿Biografías? (J. T. B.) - Díaz Mirón, Muerto, Vivo. (E. G. R.) - Aventuras de la Novela. (B. O. de M.) - Pirandello sin Pala. bras. (J. T. B.) - Teatro Judio. AC. G.) - Un Discipulo de Ló- 'pez Velarde. (E. G. R.) JULIO 9 Y co

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CONTERPOPANEOS REVISTA MEXICANA DE CULTURA EDITORES: BERNARDO J. GASTELUM JAIME TORRES BODET 3. ORTIZDE MONTELLANO qc€ENRIQUE GONZALEZ ROJO APARTADO POSTAL 1811 MEXICO, D. F. AÑO lo. JULIO NUM. lt SIIMARIO DEL NUMERO ANTERIOR: B. J. Gastélum: ESPIRI- TU DEL HEROE.— J. To- rres Bodet: SONETOS.— E. González Rojo: LA INO- CENTE AVENTURA.—B. O. de Montellano: OCHO POEMAS.— G. Garcia Ma- roto: LA OBRA DE DIEGO RIVERA. MOTIVOS: Una Antología Nueva (B. O. de M.) - Cándido o de la Estadística (J. T. B.) - Viajes, Viajeros (X. V.) - Car- ta a Fantomas Bergamín (E. G. KR.) CONDICIONES: DE VENTA: EN MEXICO: UN NUMERO $ 1.00 SUSCRIPCION A 6 NUMEROS $ 5,00 EN EL EXTRANJERO: UN NUMERO DLLS. 0.50 SUSCRIPCION A 6 NUMEROS .. 250 PARA TODO ASUNTO DE CARACTER ADMINIS- TRATIVO, LA CORRESPONDENCIA DEBERA DIRIGIR- BE A CONTEMPORANEOS (ADMINISTRACION), APARTADO POSTAL 1811 MEXICO. D. F. REGISTRADO COMO ARTICULO DE 2A. CLASE CON FECHA 19 DE JUNIO DE 18?

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BU Le ESTIMULANTF OS r ROS > TAS BUENAS IDEAS , "EX ABLES CENTE BIE: AEFIERE "OKRQOUE SON DE ACA Tun. cl a N, sicana $S Ped

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L LIBRO MERCANTI -ALISTA SUTERREZ 'MPRENTA MT CONOZCA USTED LOS HECHOS MGMERL, ruape a 8 Aita 1: Bi ES LANC' e ALITDAD Er HiUuS LON OMG FIT Jogos: a 1 Ta SO PTIEMBRE NN. "O dy 2 1 vE LAS ACCIO AS, EFECTUA- CASE INTE ESTADOS DE La xEPUBLICA DURAN- rE UN PERIODO DE MAS E CUATRO AÑOS. POR E JBREGON MISMC im PERIA- a; — TC _ 1 T—- LJ, ELEFONO ERIC. 1-37 MEXICANA 21-63 NER JROGAL, MEDICINAL N¿bLGLOS DF CIRLGIA Pan re i Med SURTIDO DE PERFUMERIA Er. AL ABIERTA HASTA LAS y Ls Pa E [STEN SUS PRECIOS 'N ÍN.

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BANCO NACIONAL DE CREDITO ACRIC”; “ a onital $ 21 003 C 39000 € YN ] Fundado nara Fomenta” * Pe ud necialment. == ” cdueño mea Ta e ara e res Dor - aa al NUeni.. ¡E C ME Hi um Jr .—— ._—. BA IN (0) DF CO BANCO DE EMISIO" NRECCION CABLEGRAFICA: BANXICC 7D S Fo LA REPUBIIC AFCARTADO POSTAL NUM. 98 BIS MEXIC. CUENTA CON VENTISEIS SUCURSALES, MAS DE SEISCIENTOS CORRESPONSAL: EN EL PAIS Y CORRESPONSALES EXTRANJEROS EN LAS PRINCIPALES POBLACIONES DEL MUNDO. ZFECTUA TODA CLASE DE OPERACIONES BANCARIAS VENDE CHEQUES PARA VIAJEROS PAGADEROS EN PLAT=. .0S CUALES EVITAN MOLESTIAS Y PERDIDAS, SIENDO ADMITIDOS "TO EN EL COMERCIO COMO EN TODAS LAS OFICINAS Fri: FS: CORREO. TELEGRAFO. ADUANAS. ETC. ETC XPIDE CERTIFICADOS PAÑA EL PAGO DE DERECHOS ADUANALES. COBRAND: CUALQUIER ADUANA Ea JFRECE ESPECIALMENTE A SU CLIENTELA Y AL PUBLICO EN GENERAL JEPARTAMENTO DE CAJAS. DE SEGURIDAD. E CUENTA CON CAJAS DE TODOS TAMAÑOS SIENDO SU COSTO DE ALQUILER DESDE DIEZ PESOS ANUALES

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EXAMEN DE PAUSAS ...y es una exageración, pobres maridos, ser a la vez coquetas y devotas, ¿no cree usted? Como no me atrevo a desmentir a La Bruyere, digo que sí. Pero no basta. Ese silencio de todos sig- nifica que debo decir algo más. Luego que, si apoyo con mucho énfasis las opiniones de esa señora, van a creer que empiezo a enamorarme de ella. Es casi una confesión y, desde luego, un sistema. No me siento con voluntad para ser misógino toda mi vida. Apro- baré mejor a la señora de la casa, tan moderada en sus vestidos, en sus opiniones, en sus adulterios. Pero ¿quién tiene mi voz? La oigo sonar, como en un es- pejo, en aquel rincón. Fué Elvira, me la quitó al besarme, cuando cerrá-

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Examen de Pausas bamos el libro de solfeo del balcón, vacíos los alam- bres de gorriones, borrada por la colina la llave del sol. Si la denuncio, sus padres lo descubrirán todo. Nunca volverán a invitarme. Seré el que mira el bai- le desde la ventana. Seré el ángulo agudo, inclinado sobre los libros, mientras los rectos trabajen para que el obtuso siga recostado en su sillón de aire. —¡Cuidado con humanizarme las matemáticas |— me grita un ángel antiguo. En realidad es aquel maes- tro de escuela. Era tan calvo, que las miradas se nos iban a rayarle el cráneo, limitando las zonas de una frenología no más inexacta que la otra; la depresión occipital, como una tonsura en hueso vivo, misticis- mo; las prominencias sobre las sienes, difamábamos. afortunado en el juego... Pero tengo que hablar y Elvira sigue luciendo mi voz. Aún con sordina, se pone a explicarla diciendo que está acatarrada. Y como mi voz nunca ha servido para otra cosa que para repetir impertinencias, se ha puesto a hablar de poesía. Si recita estoy perdido. Y la perderé, además, porque el poeta Gilberto la hará su última voz. Necesita una así para cantar sus pin- turas. —A propósito. ..—empiezo. No sé nada a pro- pósito, pero todos están esperando mi discurso. Me veo como esos críticos que escriben: “abriendo al azar el libro,” y se ponen a buscar durante muchas horas la página en que desean abrirlo al azar.

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Gilberto Qwen Necesito una frase larga, delgada, con un anzuelo de pescar sonrisas en la punta. Me molestan los anteojos de ese señor. Su espejo curvo me redondea, engordándome y empequeñecién- dome en una amorfosis desconsoladora. Sus ojillos detrás, me gritan: “¡Al grano!” con sus luces más in- solentes. Ya lo conozco: es incapaz de sensualidad, vacío de imaginación; prefiere las ideas en esquema, sin ramaje dialéctico; suspira por el advenimiento de la alimentación sintética, incapaz de saborear nada. Deseará el amor, acto final, sin preliminares de ter- nura y sin epílogos de ligas, de compromisos. Unirse sin atarse, receta de los que no quieren, luego, arran- carse la cola. No se casaría por amor. La antipatía es la única razón de existir de los que tienen en tan alto aprecio sus ojos, que los guardan bajo cristales tan gruesos, suspicaces, temiendo que se los roben. En venganza le diré a su mujer cosas delgadas; le descubriré que existen los pájaros, los minuetos, la poesía pura. La voy a hacer temblar con el temblor de orden místico que sobrecoge a los profanos cuando oyen hablar del espacio de cuatro dimensiones. ¿Quién me está matando el tiempo? Este minuto no puede vivir más, ni con la manera de respiración ar- tificial, para ahogados, que ensayo saludando a uno que acaba de entrar, ceremonioso. Mi anzuelo de son- risas necesita el cebo de un recuerdo. Ya no recuerdo, ahora lo veo, ni de qué hablábamos. A propósito...

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Examen de Pausas Elvira—era su obligación—me ha salvado. Me llama; nuestro vals va a empezar. Mi mayor carava- na, señoras. Dentro de cien años yo y Fray Luis se- guiremos: Como decíamos ayer... »_— Si partir es, todavía, morir un poco, muero, al se- pararme de este grupo, tres centésimos de segundo: por la señora García, por la dueña de la casa y por los anteojos de ese señor. El primer paso es, tan difí- cil, decisivo al atravesar un salón. Me llena de recuerdos de viaje. El tren, como un pedazo de la ciudad que echa a correr por el campo; pueblos de la altiplanicie, del mismo color que la tie- rra, escondiéndose, disimulándose; el tren llega pre- guntando a gritos por ellos, buscándolos a derecha e izquierda, y reanuda su camino con esa rabia sorda de los carteros que se encuentran con que el destinatario ha cambiado de domicilio. Puebla, perfecta como un poema de estrofas per- fectas, que es lo más perfecto que se conoce; estrofas de cuatro versos de sílabas exactas, con las bellas imá- genes, dentro, que son una iglesia, una casa colonial, sin un solo ripio de terrenos baldíos, acabada. Vera- cruz, las palmeras, esos hisopos, regando agua bendi- ta de cocos y de canciones contra el rostro de la ciu- dad, bajo aquellas estrellas que no verán ya mis ami- aM!

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Gilberto Owen gos de Colombia, y que los yanquis no han acabado de enjaular entre las barras de sus banderas. Al tercer paso siento deseos de llorar, y me duer- mo hasta el cuarto, abandonado al orgullo de saber- me solo, en alta mar, en el punto más eminente y más expuesto del océano de esta sala. ¿Dónde poner las manos? Estoy como en el minuto antes de que se anuncie el fotógrafo: “ya no se muevan”; todos los del grupo se encuentran de pronto ante el proble- ma de las manos, que habían ido dejando para des- pués; no tienen tiempo de resolverlo; las dejan, como yo ahora, caídas, apenas si con un leve esbozo de ges- to, intentando a última hora levantarlas, cuando ya no era posible. No se muevan, que va a salir... Pero en alta mar dicen que sólo hay golondrinas; por cierto que su caligrafía es de amplios y sobrios trazos latinos: los colibríes. en cambio, han aprendi- do la más complicada letra gótica: vuelan en alemán; las golondrinas en esperanto, por lo mucho que han viajado. Ahora, si tropezara... Mil veces preferible un naufragio. Nadie se reiría, y Elvira tal vez lloraría un poco. Si yo fuera Secretario de Estado nadie osa- ría tampoco reírse. Ese caballero correría a arreglar la alfombra, culpando del accidente a una arruga ima- ginaria. Si yo supiera jugar al tennis el Ministro sería mi amigo; me bastaría con el ajedrez para ganarme la confianza del Oficial Mayor; pero como sólo prac- tico el juego del arte. tendré que conformarme con la

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Examen de Pausas amistad de las muchachas muy demodadas, como El- vira. :Cómo nacería este noviazgo? No siempre puede empezarse por el principio, y a veces ni siquiera se sabe por dónde, como la mula de la noria no sabrá nunca si empezó a girar por el principio, por la mitad o por el final del círculo. Pero la circunferencia siem- pre será infinita, como la señora García, que tiene la culpa de todo, eterna. (La señora García siempre ha tenido, siempre tendrá la misma edad. Como si sólo supiera contar hasta cincuenta, como si hubiera apren- dido su aritmética en los ábacos de los billares). Ella descubrió que Elvira y yo tenemos el mismo timbre de voz y usamos las mismas entonaciones; pe- ro Elvira—y es la única diferencia —es incapaz de expresar con ella ideas generales. Esta incapacidad, ya lo sabéis, es femenina. Se aprovechó también de mi predilección por el monólogo para unirnos. Nadie me hará creer nunca que no es un monólogo lo que ha- blamos Elvira y yo. Junto a ella me siento verso de la misma estrofa. Pero un verso que participara a la vez de las cuali- dades del regular y del libre. Somos unidades silábi- cas iguales, pero somos también por nuestro signifi- cado, entidades completas independientes. En fin, que no puedo ahora explicarme esto; acaso luego. Ahora se trata de no parecer asombrado de que me ha- ya llamado, de no demostrarle ninguna gratitud por 12

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Gilberto Owen su oportunidad. La gratitud es algo que separa, y yo no quiero todavía alejarme de ella. >— Si me quedara ciego, no podría seguir amándola; sería un narcisismo inconfesable estarme toda la vi- da hablándome de amor ante ese espejo de palabras. Luego que me copia mis gestos, también, y mi per- fume y mis manías, y sólo la vista puede definirnos y separarnos; también la felicidad, que a ella la reju- venece, la hace más bestia joven, y a mí me arruga la frente con exceso. Colecciono manías, pequeñas supersticiones; a ca- da nueva adquisición corro a Elvira, deseoso de asom- brarla. Ella quién sabe por qué medios, se me ha ade- lantado ya. De mis profesores tengo este vicio de abstraerme, de no escuchar lo que los otros dicen, o de escuchar- lo a medias, y de hablar a solas, de pronto, sabiendo perfectamente que nadie me oye, como a ellos en la cátedra. Ella se estaría pensando mal de sus amigas, aunque la casa ardiera, aunque sus amigas se hubie- ran ya vuelto buenas, sin darse cuenta de nada. De mi amigo el químico me ha quedado esta ne- cesidad de análisis que, cuando saboreo un coctel, lo descompone en mi boca. como un prisma de los sa- bores, dándome distinto el de cada licor; pues bien, ella, equivalente perfecto de esta manía. deshilvana 12

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Examen d Pausas todos los tejidos de sus amigas, con el pretexto de aprender a hacerlos. De los personajes de Mac Orlan he aprendido a roerme las uñas; ella desde niña sabía ya tirarse, sis- temáticamente, todos los botones de todos sus ves- tidos. Y, como esto, todo lo que voy aprendiendo en los libros lo sabía ella antes, muchísimo antes. Voy a bailar con ella, seguro de no perder el rit- mo ni una sola vez, porque sabemos exactamente los mismos pasos de baile. Cuando yo le ofrezca el bra- Zo, su mano estará ya a la altura precisa, y cerrará el eslabón de la manera más natural del mundo, como si nos hubiéramos estado una vida ensayándolo, maqui- nalmente, sin titubear un solo momento, no me de- Jará dar completa esa vuelta que hacen todos, al en- cuentro de su pareja, para el abrazo del baile; me aho- rrará la mitad del viaje, haciéndolo ella. Nos avenimos demasiado, es demasiado hermana mía. Nuestro amor es un amor casi incestuoso, y es castigo bíblico no poder, no querer apartarlo. Me irri- ta la perfección del espejo y quisiera romperlo, pero no tengo la seguridad de no hacerme daño. La orquesta empieza a llover sobre la sala pañue- los de colores. Son, me parece, los nombres de las muchachas que me han gustado. Azul el de Consuelo, que era sana y robusta, y por eso amaba los valses, pues si en el jardín había luna, le daban la ilusión de 1i)4

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Gilberto Qwen adelgazar sin necesidad de ponerse a régimen de die- ta; rosa el tango de Alicia, que era como un alba que se eternizó en alba, porque Josué, la muerte, fué a de- tener más allá del horizonte el mediodía que se anun- ciaba en sus besos a las amigas. Llameante el de Ro- saura, de quien, como nunca la vieron de día, y era tan rubia y tan inflamada, las cosas afirmaban que era el sol que bailaba de incógnito. Elvira me dejará un pañuelo metálico, para lim- piarme el rostro con mi propio rostro. Me dejará el lienzo de la Verónica. Ese vals tiene que ser muy viejo. En cuanto logro aprender de memoria la letra de una canción, com- prendo que ha pasado de moda. Igual en esto a ese rival mío, el poeta Gilberto. Atento siempre a la poe- sía francesa, comienza a ensayar un ismo cualquiera cuando en París ha sido aceptado hasta por el Mer- cure de France, y no habla ya nadie de él. Va a nece- sitar que le envíen por cable los nuevos poemas. Me satisface saber, así, que se arruinará sin remedio. No es que lo odie, pero me molesta demasiado. Es suspicaz, desconfiado, pesimista; si una acción cual- quiera permite dos interpretaciones, él escogerá siem- pre la peor; encontrará las manzanas agusanadas, nunca ¡ay!, los gusanos llenos de manzana: el mar, por ejemplo, no sirve para personaje de poesía; lo pu- US

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Examen d Pausas sieron donde está para que las noticias de París le lle- guen con retraso; yo no le reclamo mis libros, ni el dibujo de Diego, y él lo atribuye a mi mala memo- ria y no a mi buen corazón. Además, me irrita que trate a los grandes hombres como a su cocinera; por la noche, ante el busto de Dante, lee en voz alta sus poemas, exigiéndole luego una opinión que siempre le es favorable, porque como el que calla... En todo procede con falsía; estoy seguro de que también ama a Elvira, y ahora nos sigue su mirada, llena de intenciones muy teatro español y muy repro- bables. Pero me sabe preferido y es incapaz del heroís- mo de ponerse en ridículo declarándose mi rival abier- tamente. Estará esperando que descubra yo su amor; entonces, convencido de que la merece más que yo, renunciaría a Elvira para dársela. Como cuando ha es- crito un poema agradable, nunca me lo enseña desde luego; se entretiene, primero, en hacer muchos de- testables entre los cuales lo esconde para darse el gusto de que le descubra yo su probable genialidad. “Tll be loving you always...” Es la única can- ción que canto con éxito. Mis amigas me piden siem- pre la letra. Me han obligado a mejorar mi ortogra- fía inglesa, que estaba bien, defectuosa. Ya no me amará Miss Hannah, porque también mi pronuncia- ción ha mejorado, y ya no podré pedirle que me bese cuando quiera rogarle que me perdone. Elvira subraya, sin convicción, mirándome y opri- miéndome la mano, todos los siempres que hay en es-

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Gilberto Owen te vals, pero nadie mejor que ella sabe que nuestro amor no podrá durar gran cosa. No le deseamos ex- lusividad, Xenius, ni, menos aún, eternidad. Somos lo mismo de modestos; no diremos nunca—ella me- nos, incapaz de generalizaciones alegóricas—, por ejemplo: el sol, atado de mi cabeza, es un péndulo con oscilaciones de doce horas; preferimos humildes confesarnos, atados de un rayo de sol, al mediodía, el plomo de la plomada. Ahora tiene ella en los ojos un azul de llama de alcohol; lo conozco, porque una vez me sorprendí, ante un espejo, pensando mal de alguien. Si no es del poeta Gilberto, será de mi. Prefiero dirigir su pen- samiento. —Cuídate de Gilberto, —le digo, formulándolo.— Es un hombre que ama la música. ¿No lo decía? Es de él; como si siguiera yo ha- blando, es ella la que continúa mi frase: —Es cruel, míralo: usa ese gran diamante para engañar, de noche, a las mariposas, que prefieren su fistol a la lámpara. Es mi pensamiento, en imágenes fin de siglo. Y luego: —Tiene el suficiente buen gusto para que ese dia- mante sea falso—termino yo, infame. Afuera, es cierto, el ruiseñor no sabrá nada de na- da; pero le hemos dejado abierta la llave de la lengua al surtidor, retorcido como víbora. El poeta se ha que- dado dormido, pero la montaña irá a él; en esta vuel-

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Examen de Pausas ta, sin ponernos de acuerdo, tropezaremos con él El- vira y yo. En vano protesta Gilberto que la vida no le interesa. Hace un esfuerzo, cuenta hasta mil, y se despierta. —Está planeando, fíjate, mis funerales. Me gus- taría morir en endecasílabos. Elvira no me atiende. Acaso encuentra inútil que hable yo para decir exactamente lo que ella piensa. Comprendo que estoy perdiendo mucho. Ahora Gil- berto es el ángel de la lotería, y me indigna; enjaula a la suerte, como una mosca, en los carretes de hilo del milagro, levanta el cielo y salen siempre seis ases, aunque la ciudad tenga muchísimos más tragaluces. Me está ganando mis mejores adjetivos, y ahora ten- dré que llamarle al pan vino y al fin la aurora vino siempre, siempre, hasta para los que no teníamos pier- nas ágiles para saltar, dormidos, doce horas. Y La orquesta, sabiéndose efímera, repite “always” con la obstinación del que tuviera un hijo muerto en- tre los brazos y lo arrullara para dormirlo. Canción de cuna de Los Angeles. Creo en Cali- fornia. También del Extremo Occidente, que se toca con el Extremo Oriente, puede llegarnos la revelación alguna vez. Y porque todos lo sabemos, y porque es- ta canción vino de allá, nadie atiende al significado irónico que la anima. Todos la cantarían con solem- JA

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Gilberto Quen nidad. Yo también, con acompañamiento de guita- rra, precisamente, porque la actitud de uno que baila es la de uno que toca la guitarra. La música. Llega de lejos. En el camino se entre- tiene bailando, con la horda, en torno de las hogue- ras; luego se martiriza, gime y se hace salmo bíblico, o se perfuma y se hace carne de sirena. Pero Pitágo- ras, con su muslo de oro, vivía junto al taller de un herrero, y la hizo número. Y entonces comprendí que ya no podría llorar tranquilamente, porque siempre habría alguien que me contara los segundos, y de no cesar antes de diez me declarara K. O.—Ese alguien era, también, yo. “a pesar del número uno; a pesar del amor, dos.” Voy a perder el paso, por la dicha de .la ilumi- nación inesperada; es posible hacer una diferencia- ción más entre Elvira y yo. “Yo” no es indivisible, no es unidad. Hay, ella, el yo que hace; yo seré el yo que me veo, en ella, hacer. Tengo que ser un espec- tador que provoque el acontecimiento, que lo dirija y lo explique. La felicidad me está arrugando el rostro. Tanto mejor: es la máscara que conviene al coro griego. Nosotros —¿puedo seguir diciendo yo?—duda- mos un momento si Narciso moriría de aburrimiento. El espectáculo cansa, a la larga. Aunque ella tenga mayor resistencia, por la costumbre de muchas horas diarias de tocador, es indudable que también está sin- O

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Examen dz Frausas tiendo la necesidad de dirigir su pensamiento fuera de sí misma, es decir, de mí. Queremos amarte, X.—¿Por quién substituir es- ta X? Estamos vacíos desde que, ya no habitantes de la casa, más que eso, la casa misma, nos hemos he- cho, idénticos, copiándonos con perfección fotográfi- ca, la pared frente a la pared, techo y piso, aristas pa- ralelas, rincón y rincón, iguales y, sin embargo, tan opuestos. Nos llamamos lo mismo, y nos rechazamos. Va- mos a buscar el otro polo. Yo, sobre su hombro, voy a coquetear con la señora García. No, sería una horri- ble traición al siglo veinte; no, aunque ahora me sienta excesivamente romántico. Además, sería apar- tarme de un incesto para caer en otro mayor. A la se- ñora García le debo algo así como la vida. en cierto sentido. En el principio era mi instinto, enteramente, cien- tíficamente aislado por un caos de amnesia, el que Freud quiere apartar de sobre los años infantiles. Y mi instinto estaría chupándose el dedo, narcisismo prehistórico que luego ha evolucionado hasta la ma- nía de hacer relatos autobiográficos y enamorarme de todas las fuentes. Aquí entra también la señora García como culpable, porque un sábado, en la doc- trina, dijo distraída un fiat lux narrativo que yo inter- preté en imperativo, dirigido a mí, y por mis malas calificaciones en lengua nacional la luz se hizo. Es mi primer recuerdo distinto; en aquella época

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Gilbert.2 Owen el bien y el mal tenían una frontera precisa, definida, la barda que separaba del atrio a la huerta. De este lado baldosas obscuras, bancas incómodas en que los futuros fieles cristianos aprendíamos cosas que vio- lar, y el Padre Ripalda, sabio y tenebroso, que era co- mo un corsé o unos tirantes de fuerza para erguir, rí- gidos, los cuerpos de las catequistas, fuera de allí personas que no se comían palos de escoba. Del otro lado... Después lo supe muy bien, porque luego nos ex- plicaron el episodio de la serpiente, y al otro sábado salté la tapia de la huerta, y ni me rompí una pierna, ni me gané la merecida indigestión, y eso que aún no leífamos a Mark Twain, amigo Alfonso Reyes. Descartamos, pues—nosotros es yo—, a la señora García. ¿Por quién substituir la X? ¿A quién amare- mos ahora? ¿Lo habré dicho en voz alta? Ya está hablando Elvira. —Me gustaría amar a un hombre nocturno, con el sentido, aún, de la vehemencia. Es decir, un poco tonto. A Gilberto, por ejemplo... Gilberto OWEN

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CRUCERO PRELUDIO A distintos caminos el crucero por decidir el rumbo de los vientos ofrece doce en la estación de enero. Siempre en preludios de contentamientos nos detenemos por la nueva vía terminal en los líricos lamentos. Al paralelo que desgasta el día el paso a buena gana detuviera a trueque de cansancio en alegría. Pero la incitación de la bandera que señala el peligro, estimulante al más rendido viajador lo fuera. Y por ser del estimulo excitante espera la linterna colorada que en la noche previene al caminante.

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Genaro Estrada Decorativo juego a la mirada, conviene omiso proseguir el paso oponiendo carrera violentada, pues antes que episodio de fracaso vale mejor el encontrar vereda de incertidumbre por el campo raso. A tal empeño decidir me queda la ofrecida elección, que he decidido, de seguir de los atres en la rueda, porque rumbo oficial y conocido sólo es procurador del deleitoso y mórbido poema entumecido. Entregado del viento en el gozoso maquinar de imprevistas estaciones, subir la vertical vertiginoso. Desertor de gastadas emociones voy, cazador de insospechadas presas, a quitar la capucha a mis halcones escépticos de todas las sorpresas. RETRATO HELEN liso el pelo de abejas susurradas, clava en azul la rueda de su mirar antiguo y entre la línea huida de su perfil cerúleo hay un rastro antagónico de su esquivez suntuaríia. 12

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Crucero La perla, que pendiente del cíngulo gotea, refleja en muerto espejo el convexo paisaje y se emulan los nácares cuando la frente asume la reivindicación de su oriente de plata. Del corpiño chorrea la garzota del cuello, al duelo del vestido el cabujón altera y acatando el desmayo de la enervante siesta dulcemente en la falda se han dormido las manos. TEDIO pr la ciudad el viento arrastra el día sin pompa ni dolientes. ¡Cuántas horas, relojes, cuántas horas perdidas para la historia! Desgastando mecánicas celestes esperaremos a los días siguientes. Pasan las nubes de batida clara para adornar poéticos pasteles y la perdiz va a ensartar su vuelo en el tenedor de cualquier rama. ¡Si pasara la vela del marino para seguir su temerario rumbo! En las casas se oculta el argumento para el drama habitual sin bambalinas, Sí, pero un pasajero pensamiento justifica la vida de este día. 114

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Genaro Estrada Pero siempre la mano presurosa para escribir la fuga de las horas, que movida del ansia que no oculta otra hoja desprende al calendario. ASUNTO Mb manzana y libro, para viwir en naturaleza muerta. El sol da sobre la mesa, la lámpara sobre el libro y la realidad de siempre mordiendo está la manzana. El caballete puede resolver con sus tubos de colores: negro mate para el libro, roja laca para la mesa. (La manzana, naturalmente, verde). MADRUGADA NTASANTA sin sol - para pasarle el borrador. Se va a alzar el telón de las nubes. ¡Atención, que va a salir el sol! Timbales de la diana: van a formar las horas que viene la madrugada. 15

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Crucero Acércate a mi lado porque los galgos de las horas pasarán en jauría. Ya viene bajando el monte la pastora de otros días. Ay, sí encontrara la oveja a la que yo más quería! La mañana llega y te fuiste tú: /ay de mi, triste! VOLVER TRemUrA entre mis manos desparece, único goce a recatado alarde, de la ramita tu infantil recuerdo, completo premio de mi soledad. A las hojas del libro vuelve terca a esconder la bondad de su remedio ; pero ya sé que al alargar la mano he de encontrar la párgina segura. Y otra vez, al calor de la butaca, vacilación que se repite siempre, voy leyendo los versos que detesto con el puntero de tu rama seca. Genaro ESTRADA 18

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FICHAS SIN SOBRE PARA LAZO A CUSTIN Lazo es un pintor de niños comesti- bles, maduros como duraznos maduros. Pin- tor de niños de más de veinte años. de niños de edad madura. CoMo el poeta sus palabras, el pintor tiene sus útiles predilectos. El poeta sale a la calle y anota una frase trunca, un equívoco, un juego de palabras, un fragmento de letrero que es casi un poema: Alto quintos ruedan vuelan. Lazo alarga los sentidos y roba un par de manos, un trozo de piso, una cortina, un niño, Luego. en su taller, con ayuda de to- do esto. inventa un cuadro. y E Na

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Fichas sin sobre bara Lazo Los niños se paralizaban de estupor delante de sus cuadros de niños. Era como si, inesperadamente, se hallaran frente a un espejo de tiempo, sin vivaci- dad, sin vitalidad, cumpliendo en un instante todos los años que habrán de cumplir en toda la vida. J UZGAR a Lazo a la luz de los acontecimientos po- líticos de México—o de cualquiera otra parte—-sería tan injusto como medir a Diego Rivera con el metro de la pintura pura. Lazo quisiera ser un pintor casi puro. En este casi cabe su ironía. Diego Rivera es un pintor que no quiere ser un pintor puro sino un dialéctico, un ora- dor de la pintura. Los dos aciertan, cada uno a su ma- nera. DIEGO es un ruso oriental, Lazo, un europeo occi- dental. Lazo: Diego Rivera: : Cocteau: Mayakovsky. VIAJES: Chirico. La escultura azteca. La pintura mexicana de pulquerías. Los amigos de las analogías buscan en algunas de sus obras a Pablo Picasso. Lo encuentran. Frente a las mismas obras yo digo: +A

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Xavier Villaurrutia Me recuerdan Homero. Las manos, los ojos y los pies de los personajes de Homero y, algunas veces, sus conversaciones. PIENSA en francés, en inglés, en español, en italia- no. ¿Cómo exigirle que no pinte en esperanto? LAZO pinta en esperanto. No hay en esto engaño alguno. Es tan claro que pinta en esperanto que es- ta misma evidencia nos da la clave. Un cuadro de La- zo contiene a un tiempo el texto y la traducción. NO es posible aún, felizmente, clasificar las telas de Lazo por épocas. Unas anticipan otras; algunas, contradicen las precedentes. Todas tienen el temblor de un espíritu curioso, viviente. Mas no falta quien pregunte: ¿En qué telas se halla el pintor? Para algunos, en todas; para todos, en ninguna. PINTURA para todos a condición de que todos sean unos cuantos. Los suprarealistas son los naturalistas del sueño. Pe- ro aún no han producido un Germinal, ni siquiera un Zola. DESCRIBIR un sueño gráficamente lo hace un su- prarealista. Componer un cuadro con los elemen-

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Fichas sin sobre bara Lazo tos del sueño lo hace un pintor. Chirico es suprarealis- ta, pero no todos los suprarealistas son pintores. UN suprarealista puede no ser un buen pintor. Un buen pintor es siempre suprarealista. UN pintor de retablos describe un milagro. Un buen pintor lo ejecuta. LAZO hace entrar en una tela la alcoba de un sueño que parece que acaba de salir de un espejo, una es- calera imprevista, una alfombra rococó y un retrato de mujer que es como una figura de un primitivo. El público dice: tendencias encontradas. Pero el público no ha soñado nunca o, cuando ha estado a punto de soñar, ha cerrado los ojos. FRENTE al “Carnicero” de Lazo, me decía, conven- cido, un amigo: “Yo lo he visto, lo he visto en al- guna parte”... Y yo, que sabía que este era un cuadro inventado totalmente, no estaba menos convencido de que mi amigo lo había visto, realmente, en alguna par- te: en un sueño, por ejemplo. Lazo pinta sin modelo aunque lo tenga enfrente. La realidad cercana, llena de inútiles detalles, lo distrae. Pinta de memoria, con los ojos cerrados y abiertos que usamos durante el sueño. PO

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Xavier Villaurrutia LA virtud de esta pintura es el pudor. Silenciosa e irónica, su ideal sería llegar a ser invisible, como la elegancia. P UDOROSA y, también, incisiva, como la música de Eric Satie. La pintura de Lazo es tan clara como dos y dos son tres. LAZO no teme los asuntos. Los burla con ironía y los reduce a pretextos. Me escribe: “No hay asuntos peligrosos, no hay ruinas ni máquinas. Cuando se tiene un sentido nue- vo del mundo, las formas catalogadas vuelven a ani- .. marse. P ARADOJAS de la modernidad: Lo moderno no es el hormigón ni la máquina. Lo moderno sigue siendo el espíritu. Me escribe Agustín Lazo: “En ltalia lo más arcai- co es el futurismo, y Paolo Ucello traduce la esencia de las máquinas mejor que un pintor actual.” T ¡ENE tan desarrollado el sentido de la equidad que siempre responde a una pregunta con otra. Sus dibujos tienen una gracia lenta, difícil, que no evita pero que tampoco procura entregarse. 191

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Fichas sin sobre para Lazo EN mi retrato por Lazo, lo menos viviente es la cara, siguen las manos, sigue la silla. Lo más viviente es el traje. LAZO no ama los objetos ni los cuerpos que dibuja. Ama, simplemente, el dibujo. Y O lo he sorprendido como un nuevo Narciso den- tro de la tina—dentro de la fuente—contemplando una de sus telas como Narciso habría querido con- templarse: desde el agua hacia afuera. literatura. NO faltará literatura que diga que estas fichas son Xavier VILLAURRUTIA 7

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Cinco ACUARELAS Y UN OLEO DE AGUSTIN Lazo

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GENOVEVA IN FRAGANTI Er, toda la casa se había hecho ya el temprano y fatigado silencio de las noches en que “el caba- llero” tenía junta política. Los niños dormían desde el cañonazo. La señora Celia, que había estado largo ra- to en el portal, como de costumbre, abanicándose, suspirando y hendiendo el aire de sonorosas palma- das contra los mosquitos, había acabado también por retirarse morosamente, recogiendo esto y lo otro, en- derezando sillones, apagando luces. Un momento, su figura amplia y pálida se dejó ver, significativamen- te, por la ventana del portal. Era la señal de todas las noches para que la criada diera fin al coloquio en la penumbra de la rampa que bajaba hacia el garaje, entre los chalets contiguos. La calle—calle del Vedado, rumorosa de hojas 190

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Genoveva in fraganti caídas y vecindad de mar—se había arropado tam- bién en un prematuro sosiego pueblerino. El campa- nilleo lejano del mantecadero con su carrito, áspero sobre los baches pedregosos, apenas lo turbaba; mi, más apartado todavía, el gangoso “Se juega mañaaa- na!” de un billetero tenaz. La brisa de mar traía una suave bendición de des- pedida. Trenzáronse las manos bastas, honradas de labor, de la muchacha y del “primo”; y ella salió co- rriendo, ruborizada como todas las noches, algo ri- dícula en su casta pusilanimidad, mientras los pan- talones de franela del mozo se iban desdibujando y fundiendo en la sombra, hasta surgir luego, vívida- mente. en la claridad despejada de “la línea.” Genoveva cerró las puertas, atendió a algunos le- ves menesteres finales de la jornada, dió las buenas noches a la señora Celia y subió a su cuarto. Al entrar en él, sentíase siempre como si recobra- se su dignidad intrínseca, como si se despojara, en el umbral mismo, de su condición servil y se volviera sólo mujer, hembra humana como su señora. Ver- dad que, en buena cuenta, no era ella criada de por naturaleza o vocación: no había sido criada nun- ca, hasta que viniera a Cuba hacía ya cinco años. Por encima de la ropa pensaba ella que se la conocía su rango de señorita de aldea, rebajada antaño a no me- nos que costurera de capital provinciana. Lo otro de ahora, este heterogéneo servir que le había puesto gordas y rojizas las manos, convino en un principio 2

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Jorge Mañach a su condición de emigrada; pero ya sentía la fatiga y el rubor de la desviación, y todas las noches, cuan- do entraba en su cuarto, prometíase con particular ahinco hacer de una vez las diligencias redentoras, buscar la colocación digna que a ella le cuadraba. No era sólo cuestión de distingos en el oficio, sin embargo, lo que la hacía erguirse espiritualmente en esos momentos. Era, en el sanctum de su cuartejo alto, aireado y pulcro, un sentimiento, todas las no- ches renovado, de albedrío, de independencia, Pare- cíale que entrara en dominio propio y que la vista de su baulillo, de su vestido dominguero en la percha, de la imagen bendita y el retrato materno en la pa- red, le reivindicara su prístino señorío. Había en- tonces una afirmación irrazonable, casi inconsciente, de toda su dignidad natural. Perdía su timidez de maritornes, la imaginación se le abría a románticas visiones y se daba a soñar con voluptuosas liberta- des, vestidos majísimos, esencias, bailes en Tacón, ca- sita propia... Y cuando alguna vez la señora, reti- rada ya, la sorprendía en esos momentos voceándole alguna orden rezagada de la faena del día, Genove- va, a pesar de su devoción al ama, sentíase como agraviada en su fuero inalienable, como si en rigor ya no tuviera la señora el derecho de mandar, ni ella la oblivación de cumplir. La señora Celia solía insinuar su experiencia de sos trueques nocturnos diciendo, en las visitas, que 2

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Genoveva in fraganti “su gallega era muy buena; pero, hija, cuando ella creía que había cumplido ya con su deber, que no la molestaran, porque tomaba unos humos!...” Pa- ra sí, lo atribuía todo, sin embargo, a algún disgus- to que la muchacha había tenido aquella noche con el novio. Porque no estaba en Genoveva el ser bachillera ni respondona. Desempeñaba sus tareas con avispa- da diligencia, pero también con un denso y sufrido acatamiento, “como la mejor.” Ni era tan inteligen- te que asumieran aquellos humores rebeldes de por las noches una claridad de ponderado análisis. Sabía leer y aún escribir con alguna dificultad. Nadie co- mo ella para tomar fielmente los recados por telé- fono o para apuntarlos esencialmente, en letra gran- de y bajadiza, al dorso de un sobre. Conversaba con pintoresca fluidez cuando estaba de vena. Por estas luces y ciertos visos de mejor procedencia que acu- saban su aire y su ademán, había tenido siempre un ascendiente sobre el resto de la servidumbre (hasta sobre las cocineras, fauna insojuzgable), al punto de que las demás criadas mirasen como cosa natural que, de las dos habitaciones destinadas al servicio, la señora le hubiera concedido una a ella exclusivamen- te. Esta diferenciación perpetuaba la suerte de lugar- tenencia tácita que Genoveva ejercía en el manejo de la casa, evitando la desmoralizadora promiscui- dad de las horas de descanso. Mas, con tantos dis- 29

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Jorge Mañach tingos y preeminencias, Genoveva era—en la esti- mación de su ama-—una criada, “un enemigo paga- do,” como decía la señora Celia, si bien ese tradicio- nal concepto no empecía para que la hiciese objeto de sus desoladas confidencias, que los desmanes y vejaciones de “el caballero” a diario motivaban. Ya en su cuarto, Genoveva se fué desnudando poco a poco, distraídamente, asomándole de vez en cuando al gesto y aun a los labios el soliloquio inte- rior, vagamente rencoroso. Se vistió su camisa de dormir, echóle una ojeada al framentario espejillo de peinarse, que le devolvió una imagen hidrópica y grotesca, y se sentó al borde de la cama. El cuarto se llenó de un olor a carne limpia y trabajada de mu- jer. Por la ventana que le daba vista a la azotea, se coló una brisa húmeda, que hacía ondear las ropas menudas tendidas fuera. Genoveva se ensimismó. con la mirada fija en los arabescos del suelo embal- dosado y los brazos colgantes, acariciándose sin de- liberación los tobillos anchos y blanquísimos. Toda su figura fué tomando un aspecto desgajado, de do- lorida vacancia, de obtusa y triste animalidad. Abajo, el pregón del billetero, antes diluído en la tenuidad de la noche, se acentuó ahora, al volver de una esquina, hasta cobrar una matemática preci- sión: “El veintidosmil seis... ¡Se juega mañaaana!” La voz sacó a Genoveva de su abotargamiento con un leve sobresalto. Todas las noches tenía aquel |

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Genoveva in fraganti momento de estático desmayo antes de que la rin- diera el cansancio. Su mente, en esa pausa, era algo inmóvil también en que quedaba borrosamente la última impresión trivial, como una imagen en un charco de lluvia. El pensar, el revisar velozmente las peripecias o la rutina del día, el especular a la diabla sobre el porvenir, venían luego, entre la planchada frescura de las sábanas. Ahora, el pregón fué un es- polazo a su entumecida sensibilidad. La insistencia gangosa de aquel grito siempre idéntico, acusado en la solemnidad de la noche, hería un poco el espíritu, igual que una ironía. Genoveva estaba habituada a oírlo; pero nunca lograba sustraerse a la idea de que, con aquel pregón decenal, la fortuna estaba pasando regularmente a su vera, invitándola. Más que ninguna, esta noche el arrastrado “Se juega mañaaana” le sonaba retador, como si quisie- ra mofarse de su cansancio, de su ahorratividad, de sus pobrecitas economías. Mientras más atención le prestaba, más embarazada sentíase contra toda ini- ciativa y más cierta se imaginaba, no obstante, la vecindad de la suerte regalona. El pregón se iba acer- cando. Ya las cinco cifras se oían netas y distintas, como cinco promesas. “Veinte-y-dos-mil-seis... ¡el Premio Mayor!,” aventuraba el billetero opacamen- te. sin convicción. Genoveva se asomó. Por cima del filo de la azo- tea, VIÓ aproximarse allá abajo la figura desarrapada DA

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Jorge Mañach y cansina del vendedor, un pobre diablo con un para- guas. En esto. súbitamente, frente a la ventana pasó la sorda levedad de un gato que a Genoveva le pare- cIÓ negro. Y se decidió. De lo más recóndito de su baulillo ventrudo, hurgando a tientas, extrajo un billete ple- gado en el doblez de un pañuelo. No se demoró para calzarse ni para echarse nada encima. Hacía calor; todos dormían... Bajó con rápida cautela la escale- ra que terminaba junto a la cocina. Avanzó luego, a oscuras, por el corredor, destacado a trechos por los retales de claridad lunar que atravesaba los venta- nales del patio. Al pasar junto al cuarto de la señora Celia, puso el oído a la mampara; la señora respiraba densamen- te, con un laborioso dormir, entrecortado de quejosos suspiros. Siguió Genoveva adelante, más apretado el corazón a medida que se aproximaba a lo enfática- mente señorial de la casa, al lujo de la sala y de la sa- leta. Al llegar a ésta, la alfombra áspera y espesa le devolvió una tibia serenidad por las plantas descal- zas. El pregón se filtraba ahora, muy neto y solícito, por las persianas de la sala: “El vein-ti-dosmil-seis!” Con el billete estrujado contra el seno. Genoveva se dirigió, resuelta, hacia la puerta principal. La luna —mno sabía ella desde dónde ni por qué resquicios— la constelaba de claridades. Iba ya a abrir. De súbito, trajinó un llavín en la IF

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Genoveva in fraganti puerta de entrada a la casa y se oyó el rezongar de un automóvil que arrancaba fuera. En el vano, con- tra la fronda parda y el cielo lunado, se cuajó la fi- gura del caballero, vestido de blanco. Quiso Geno- veva sofocar un “Ay” en una vana esperanza de di- simulo y escape. El caballero escrutó sorprendido un momento, cerró luego cuidadosamente la puerta, mientras ella le miraba, fija sobre las losas de már- mol blanco, clara y fría como si fuese parte de ellas. La puerta, al cerrarse, suscitó una efímera corriente de aire, levantando el borde inferior de la camisa y revelando las piernas rotundas, azules de luna. Al fin, quedamente, preguntó él con más curiosidad que rigor: —e Qué haces aquí? Genoveva se echa a llorar. Intenta una excu- sa; pero la emoción le hace elevar demasiado la voz y resta coherencia a sus frases. El caballero le pone la mano en la boca: —Cállate: ya me explicarás... Se puede des- pertar la señora. Se recoge ello con timidez. El tuteo insólito del caballero, la sensación de la mano suave y anillada en la boca, sobresaltan aun más su castidad humilde de sierva. Quiere separarse, evadirse ya; pero él le ciñe ligeramente con el brazo la espalda semidesnu- da y le dice muy bajo, tan cerca que el aliento le ba- ña la cara llorosa: Pia

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Jorge Mañach —Vé a tu cuarto... Ya me contarás. No hay que apurarse, boba... Y la va empujando untuosamente con las pala- bras y con el brazo, que no le quita de en torno, mien- tras ella le elude a saltitos ariscos, en su compungida desnudez de ninfa captada. (y OMO ocurrió luego aquello, Genoveva nunca supo explicárselo de modo que aplacase su hon- do bochorno. Ella, en efecto, sólo recordaba claramente que el caballero la había acompañado hasta el arranque mismo de la escalera, junto a la cocina, repitiéndole siempre que se acostase y que no temiera nada. Pero mientras ella subía, estremeciéndose a cada crugido del maderamen, había tenido que recatarse de su mi- rada codiciosa, hasta que le viera retirarse brusca- mente hacia sus habitaciones, que eran contiguas a las de la señora Celia. Por primera vez, aquella noche, al entrar en su cuarto, no había experimentado la habitual fruición de digna independencia. Le había parecido que la pe- ripecia había traído consigo una irrevocable humilla- ción, un compromiso externo tan categórico que, por mucho que ella explicara y explicara, nunca más se creería ya en su honradez. Descalza y casi desnuda >

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Genoveva in fraganti y a oscuras bajar, en la noche, a comprar un billete de lotería por el resquicio de la puerta señorial ¡era algo tan simble! Y, sin embargo, ella había presen- tido, tras el encuentro inesperado, que la misma na- turalidad del hecho le haría más difícil de cohones- tar. En un criado—pensaba turbiamente—lo espon- táneo se tiene siempre por deliberado, lo inocente por malicioso. Estaba condenada por las apariencias. La despe- dirían, sí; y se marcharía a otra casa, y la señora Ce- lia, que era tan buena, acaso lo silenciara todo cuan- do le pidiesen referencias de su conducta; pero ella, Genoveva Puga, sabía que la tacharían contra toda protesta, como a una cualquiera. ¿De qué servía que su conciencia estuviera en paz? ¡Ya casi no lo esta- ba! La elocuencia inmediata de lo sucedido se le apa- reció en seguida tan abrumadora que, poco a poco, se fué familiarizando ella misma con la idea de su potencial culpabilidad. La entretenía morbosamente, sintiendo, en su trastorno, que la vergiienza de esa ficción era preferible a la ira de barruntarse víctima de una injusticia. Sentada al borde de la estrecha ca- ma, especulaba si la compra del billete no había sido, en realidad, un pretexto que ella misma se pusiera para... sí, para robar al amparo de las sombras. Re- cordaba con qué iuegos de ilusión había mirado más de una vez las alhajas que la señora Celia solía dejar, descuidadamente, en la coqueta. ¿No había llegado, xQ

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Jorge Mañach un día, a ponerse el collar aquel de ámbar, conjetu- rando qué efecto le haría a Paco vérselo con el traje amarillo de los domingos? A lo mejor, todo había si- do una tentación más fuerte que ella, disimulada con lo del billete... Pues ¿no comprara ya días antes un “pedacito,” que estaba allí, en el mismo pañuelo, con el dinero? ¿Ni qué abundancia tenía ella para jugar dos veces en el mismo sorteo? Inquisidora de sí misma, fuese enredando así en la malla de sus propias imputaciones. Todos los ma- los, humanos deseos inhibidos a lo largo de sus me- ses de servicio, toda esa vaga hampa de apetitos so- juzgados por el sentido moral, surgían ahora, al que- branto de éste, enlazándolo con la inocente peripe- cia. De vez en cuando, sin embargo, la conciencia co- braba un brío fugaz, encabritábasele de nuevo la dignidad y el ánimo se le henchía de soberbia. ¡No! No había querido robar, no había querido robar! ¿Por qué dudaba de sí misma? Mentían quienes lo dijeran: mentían las apariencias y el caballero y la señora Celia, si llegaba a creerlo... El caballero... ¿Para qué había llegado tan temprano aquella no- che?... Pero ¿sabía ella qué hora era?... Era tar- dísimo! ¿Cómo se le ocurrió bajar así, a oscuras, des- nuda casi?... Y la falsa conciencia de los momentos en que el pánico es señor, acogía un reproche de im- prudencia que llevaba, de contrabando, la otra idea tenaz de latrocinio. 20

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Genoveva in fraganti Había mirado entonces, encandilada y llorosa, el retrato de su madre. Era una postal hecha en Lugo, poco antes de embarcarse Genoveva para Cuba. La madre estaba sentada, vestida de negro, con sus ala- dares blanquecinos y su rostro severo; al lado, la propia Genoveva, de pie, con una mano desairada sobre el hombro de la viejuca. La postal estaba pren- dida con un alfiler a la jamba de la puerta. Genove- va la había contemplado con los ojos melados devol- viendo en destellos la luz de la bombilla demasiado baja y había hecho al fin un gesto desgajado, escon- diendo la cara en las ropas crispadas de la cama. Así recordaba ella haber pasado algunos minutos, lloran- do. De pronto, había sentido en todo el cuerpo como un calofrío sutil, y una mano tibia que se le posaba en las espaldas. Se incorporó sobresaltada. El caba- llero, otra vez, estaba allí, vestido ahora extrañamen- te, de seda color violeta... ¿Qué había pasado des- pués? El alaba había encontrado a Genoveva tendida sobre la cama, poseída de una vaga lasitud. Las sá- banas, las almohadas, el cuarto todo, estaban llenos de un olor a pomada, a barbería. En el suelo, al vol- verse, había visto una colilla de cigarro. Fuera, los gallos cantaban con un timbre de sorna. Estaba tran- quila, como entontecida. Sólo una idea, una idea fi- ja, le rondaba la conciencia sin turbarla: Paco. No había recobrado aún su suficente lucidez para meditar en las consecuencias que, respecto de su no-

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Jorge Mañach vio, pudiera tener lo que acababa de pasar. El hecho mismo, ella no intentaba precisárselo, explicárselo todavía. Su memoria se refería a él torpemente, sin coherencia, en burdos atisbos de su causalidad. Sen- tíase física y mentalmente magullada, y entreveía los momentos de la larga y arisca claudicación como pudiera visualizar su travesía vertiginosa quien se hubiera precipitado inadvertidamente desde una gran altura. Poco a poco. sin embargo, la memoria se le fué despejando por lampos, como un cielo anubarra- do. Reconstruía...: el apresamiento en el cuarto exiguo, la ventana cerrada, el ambiente espeso; en la cara y por todo el cuerpo jadeante, un hálito ar- doroso que la envolvía, la envolvía, licuándola has- ta la médula de su voluntad intimidada. Y recorda- ba frases vagas, unas en tono de repugnante y vis- cosa codicia; otras, firmes y sordas como amenazas: Dinero... silencio... la Señora... Vestidos... “No le iba a pesar”... “Si no, iba a ser peor”... Y siempre el hálito caliente, el vaho de hombre y de pomada que la asfixiaba como una humareda, que la expulsaba de su castidad y le iba ganando invaso- ramente las fuerzas. hasta el desesperado abandono... En seguida, la memoración se enturbiaba y surgía la figura de Paco que la miraba con un gesto apacible, sonreído casi. ¿Por qué no se lo imaginaba poseso ya de celosa “racundia? ¿Por qué era su evocación tan plácida, ¡41

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Genoveva in fraganti tan sin remordimientos todavía, como en un sueño absurdo de esos que invisten a los seres queridos de las más vergonzantes complicidades? ¿Es que no la querría?... Y ¿cómo se resignaba ella tan fácilmen- te a esa suposición, acariciando un vivo sentimiento brusco de autonomía, de “al fin y al cabo, no tengo por qué darle cuentas”? Repasó vívidamente la historia de su noviazgo. La ironía casera solía llamar a todos los galanes de idilio a la puerta “primos,” fundándose en la simula- ción de ese parentesco, frecuente en las mismas cria- das. Pero si alguna vez hubo galán que fuese autén- ticamente primo, era Paco. Su padre, portero de una casa acomodada en Lugo, casara con una tía de Ge- noveva, hermana de su madre, muerta del primero y único parto. Genoveva había tratado poco al primo huérfano. Vivieron su niñez, casi contemporánea, separados: el muchacho en la ciudad, ella en la al- dea. Cuando Genoveva al fin fué a Lugo a colocarse de costurera, tras los reveses de su casa, el mozo, ya barbiponiente, salía a prestar sus servicios al Rey en la guarnición de Cartagena, y apenas si se vieron al- gunas tardes en la Alameda, un poco corridos de su parentesco sin confianza. La ausencia del muchacho en el servicio. acostumbró al padre a prescindir de aquel hijo único en quien tenía puestos sus mejores amores de viudo no exento de tentaciones, obviando así la realización, por parte del muchacho, de un in- 49

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Jorge Mañach sistente anhelo de irse a las Américas. Paco volvió, pues, a Lugo para despedirse de su padre y seguir rumbo a La Coruña, donde debía embarcar. Durante aquel brevísimo tránsito, tratáronse los primos otra vez. Ella estaba más hecha y avisada de malicias; él, más curtido también por los tratos de cuartel. La ala- meda les pareció entonces a ambos tan propicia co- mo el parentesco: a la sombra de una y otro fueron los primeros disimulos románticos de la carne. Cuan- do él se embarcó días después, llevaba prendido so- bre el pecho un detente bordado con pelo de Geno- veva y ésta se quedaba con una postal fotográfica que mostraba a Paco muy seguro de sí mismo, ves- tido de cabo de infantería, al volante de un automó- vil de cartón. Fué, sin embargo, demasiado mar por medio. Ella recordaba que su enamoramiento fulminante se había aplacado mucho con las lágrimas de la primera semana de abandono. Al cabo, las cartas que Paco le- yera con nostálgica voracidad, durante las largas ve- ladas de guardia, sentado en su taburete a la puerta de un almacén de tejidos en la calle de la Muralla, se habían ido haciendo muy escasas y familiares, hasta llegar firmadas con un: “Tu prima, Genoveva.” Es- to le dolió a él como un insulto, y no volvieron a es- cribirse más. Al año y medio, Genoveva también llegaba a Cu- ba. El había ido a sacarla de la estación de inmigran- 13

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Genoveva in fraganti tes de Triscornia, muy peripuesto, con el pantalón de franela de las grandes ocasiones; le había buscado alojamiento, la había paseado los primeros domingos en torno a la retreta del Malecón, le había insertado en los diarios las solicitudes de empleo, e iba a lle- varla un domingo a una jira en “La Tropical” cuan- do Genoveva obtuvo colocación en esta casa del Dr. Pérez Garrido, —abogado y representante a la Cá- mara, —donde aún permanecía. Después sa había ido engendrando, paulatina- mente, lo inevitable. A Genoveva se le hiciera muy cuesta arriba, en un principio, acostumbrarse al nue- vo ambiente, a las nuevas responsabilidades. El ca- lor inmisericorde del trópico, aplanándole el espíri- tu, pugnaba en ella con la conciencia resignada de sus deberes, y en la aspereza de este drama cotidia- no se fué afilando la morriña primeriza del terruño. Entonces buscó un desahogo a su tristeza en Paco. que la venía a “sacar” todos los domingos. El primo le hablaba melosamente de Lugo, de la Alameda, de las gentes amigas, de los días frescos y los cielos grises. La melancolía del uno y la del otro, se junta- ban, y de ese ayuntamiento nació una simpatía más fervorosa que, referida poco a poco al porvenir, to- mó al cabo traza de noviazgo. Una tarde, sentados ambos en el muro del Malecón, el muchacho le habló románticamente, poniendo en sus palabras mucho fervor personal y no pocos ripios de las novelas leí- 4 «4

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Jorge Mañach das en las veladas del almacén. Y ella, sorprendida por la fe capciosa de Paco en la reciprocidad de su amor, se halló de repente excusándose de sus olvi- dos y admitiendo que de veras lo quería. Desde en- tonces, el primo había ido dos noches por semana a conversar con ella en la acera. El hábito—poderoso alcahuete—hizo lo demás. De tanto hablar en novia y ser tratada como tal por Paco. Genoveva llegó a mirarle como a su esposo predestinado. Ni una sola vez—hasta ahora—le ha- bía ocurrido pensar que todo aquello pudiera ser un refugio sentimental de su nostalgia. Habían tenido, eso sí, en ocasiones, vivas discrepancias por motivos tan triviales que a ella misma le sorprendían, pro- vocando esas bascas recónditas con que se defiende el corazón desamorado. Y cada querella había traí- do, durante una semana, el disfrute insconsciente de un pueril albedrío; pero, al cabo. la nostalgia la ga- naba de nuevo; comenzaba a echar de menos los co- loquios de la esquina, que la distraían de sus fatigas y de sus humillaciones, y acababa por escribirle a Paco, laboriosamente, algunas líneas de reconcilia- ción en papel rosado. Indefectiblemente, el primo ha- bía acudido. ojeroso y más tierno que nunca. Así habían pasado los siete meses que llevaba de “colocada.” Ahora, en esta madrugada de retrospec- 4

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Genoveva in fraganti ciones, dolorida del agravio brutal, la imagen de Paco, “que siempre la había respetado, a pesar de todo,” se le presentaba aureolada de una hidalguía humilde. El no hubiera sido capaz... ¿Lo sería de comprender, de excusar, si ella le contara? Sentía ya el ansia de desahogar su secreto, de poner sobre la dignidad escaldada frescor de ternuras amigas: y el ansia ésta era más poderosa que todas las admonicio- nes cautas del instinto. Pero, en seguida, el recuerdo del atropello le cua- jaba de temores y de vergilenzas el ánimo. La imagi- nación, recobrando su agilidad mañanera, recorría, a saltos, toda la escala de “las consecuencias.” Evo: caba los viejos escándalos de la aldea, que habían in- trigado su niñez—las mozas engañadas en el azar y la jácara de las romerías, las mancebas parias, a cu- yo paso se persignaban mordazmente las beatas—; parecíale que se había rebajado al mismo arroyo ig- nominioso, y se pasaba las manos por la cara ardo- rosa, como si quisiera borrarse un estigma presunto de pecado. De súbito, reconocía que su voluntad ape- nas había intervenido en la peripecia. Ella no lo ha- bía querido ni un solo momento: antes luchó con todas sus fuerzas y sus uñas, cruzando de zarpazos despavoridos la misma cara que se había acostum- brado a respetar en el servicio, pese a los relatos IÓ

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Jorge Mañach quejumbrosos de la señora. Pero el rostro la había acosado hasta abrumarla. La palabra era demasiado culta para que ella se la formulase; toscamente, sin embargo, a su manera, distinguía que aquello había sido una violación, un “abuso,” no una caída... Mas ¿no era el mismo resultado? ¿Quién le iba a creer a ella sus distingos? Ni, de creerlos, ¿quién les daría importancia? Una señorita puede permitirse el lujo de tales especificaciones; la mujer humilde pe- ca siempre sin atenuantes, por sucio instinto. Entre la versión honrada que ella diera y la versión cínica o la mentira descarada del caballero, ¿cómo esperar que prevaleciera su decir? Se veía confesándoselo todo a la Señora, entre sollozos y protestas; la des- pedida inmediata; las frases decepcionadas y severas de la Señora Celia, y los cuchicheos sarcásticos de los demás criados, que se aprovecharían del trance para vengarse de las anteriores subordinaciones. Resolvió no hablar: no contar nada. Vería qué actitud tomaba el caballero. Y al pensar en él Geno- veva no pudo evitar que se insinuara, en un rincon- cillo poco vigilado de su conciencia, el recuerdo de las promesas hechas “a cambio.” Un momento, se hicieron señales subrepticias de inteligencia sus ata- vismos de raza expoliada, sus fatigas de sierva y las vagas y rápidas vislumbres de recompensa posible. 7

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Genoveva in fraganti Avergonzada, se arrojó del lecho premiosamen- te. Al despojarse de la camisa larga de dormir, con- sideró un instante su cuerpo macizo, en que la re- friega había dejado algunas huellas violáceas. Luego se arropó ligeramente. El día apenas despuntaba aún. Los demás criados dormían. Cruzó el trozo de azotea que hacía servicio de alto patinillo y que se- paraba su cuarto del baño y demás habitaciones de la servidumbre; y alterando su horario habitual, se lanzó bajo la ducha fría, en el estrecho y mondo re- trete de la dependencia. Cuando volvió a entrar en su cuarto, le pareció que el baño de la mañana habíale devuelto un poco de su antigua y limpia dignidad. Jorge MANACH AS

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LA CONQUISTA Y LA INDEPENDENCIA RELIGIOSA DE LOS INDIGENAS A rincipios del siglo XVI, los grandes Estados in- dígenas de México y los pequeños señoríos in- dependientes, es decir, los grupos. más o menos po- derosos, organizados políticamente detenían en una frontera extensa e imprecisa (Culiacán, Tepic, —Ato- tonilco,—Acámbaro, Jilotepec, Jijitla, Valles y Tam- pico) el avance hacia el Sur de las hordas cazadoras, chichimecas y de las tribus pimanas. En esta época, el más elevado estadio de civili-

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Independencia Religiosa zación correspondía a los nahuatlacas del Centro de México: xochimilcas, chalcas, tepanecas, tlahuicas, tlaxcaltecas y aztecas, así como a los cholultecas y huexotzincas, descendientes de los náhoa-toltecas; a los tarascos de Michoacán y a los mixtecas y tzapo- tecas de Oaxaca. La alta cultura maya-quiché había desaparecido en absoluto en unas comarcas y estaba en otras profundamente degenerada, por el afloramiento de las culturas inferiores, debido a múl- tiples causas de naturaleza diversa. Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Nuño de Guz- mán y el adelantado Montejo, al frente de unos cuan- Los cientos de españoles, lograron destruir, en trein- ta años, la estructura política de todos los Estados y cacicazgos del Centro y Sur de México, incluso la parte septentrional de Centro América, porque el des- embarco de los conquistadores en la costa de Vera- cruz, coincidió, precisamente, con el período más crí- tico de la formación de las nacionalidades indígenas. La rápida y certera visión de Cortés le permitió aprovechar, en apoyo de sus planes de conquista, las profundas discordias que esta situación había produ- cido, fomentando el odio de los grupos sojuzgados o simplemente amenazados por los nahuatlacas del Va- lle de México, organizándolos y dirigiendo su común ofensiva contra los aztecas, el núcleo militar y políti- co más poderoso, verdadero embrión de una fuerte nacionalidad. Sus capitanes, después, y más tarde los LAN

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M: O. de Mendizábal diversos jefes de expediciones de descubrimiento y conquista, aplicando la misma táctica, batieron en de- tal, en las distintas regiones del país, con éxito asom- broso, a los pueblos rebeldes a la dominación extran- jera, que sumaban en conjunto muchos millones de individuos, sometiéndolos en absoluto, sin que se re- gistraran, entre ellos, importantes rebeldías poste- riores. Por el contrario, las tribus de familia pimana del Noroeste de México; las hordas nómades de los chi- chimecas, teochichimecas, guachichiles, zacatecos, apaches, etc., que recorrían el Norte de la Altiplani- cie y el Estado de Tamaulipas; todos los grupos, en suma, de cultura poco evolucionada o retrogradada que, a la llegada de los españoles, no formaban orga- nismos políticos propiamente dichos, porque en ellos la autoridad residía difusa en la colectividad, even tual y condicionalmente delegada en algunos de sus guerreros o hechiceros; pero sin que ninguna institu- ción militar o sacerdotal hubiera logrado, aún, acapa- rarla en absoluto, presentaron una tenaz resistencia a los conquistadores, que se prolongó en ciertas re- giones durante toda la Dominación Española, alcan- zando. incluso. hasta nuestros días. La Conquista de México, fue, desde sus orígenes, una empresa exclusivamente económica. Los espa- ñoles arribaron a las playas del Golfo, con intencio- Y a

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Independencia Religiosa nes de “rescatar,” tan sólo, espejos, cuentas de vidrio y demás bujerías de industria de Europa, por el oro americano. Más tarde, cuando el éxito coronó, con la caída de Tenochtitlán, la arriesgada aventura de Cortés, para la que no traía ni autorización ni planes definidos, se pensó en establecer, por medio los tri- butos usuales entre los pueblos indígenas sometidos con tanta facilidad, la explotación sistemática de la riqueza de los países conquistados. Pero ese procedimiento clásico de despojo no pu- do aplicarse, por lo menos en la escala enorme que la extensión de los territorios y lo nutrido de la po- blación permitía esperar, porque la medida tradicio- nal de la riqueza, para los indígenas de esta región de América: plumas de aves preciosas, jade, diorita, cacao, etc., era completamente diversa a la de la ci- vilización occidental; y, además, porque el cultivo del maíz, del frijol, del algodón y de las variedades indus- triales del agave, así como las manufacturas textiles y cerámicas, base económica de las sociedades indí- genas, no podían proporcionar riqueza exportable en especie, tanto por ser productos desconocidos o des- usados en Europa, cuanto por que su conducción hu- biera demandado un esfuerzo naval superior a las po- sibilidades de los particulares y contrario a los planes de la Corona, que no hubiera consentido en tomar a su carga tamaña empresa, desatendiendo su programa de supremacía dinástica. A

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M. O. de Mendizábal En vista de ello, el conquistador hubo de trans- formarse necesariamente en colono, para explotar los recursos regionales de acuerdo con su concepto pe- culiar de la riqueza y con las circunstancias históricas, lo cual demandaba un dominio más efectivo y per- manente que el logrado por medio de las armas, so- bre las masas trabajadoras indígenas que harían po- sible esa explotación, puesto que los españoles, en América, sólo por excepción estuvieron dispuestos a desempeñar trabajos manuales. El indio, o por mejor decir, el trabajo del indio, era la úni- ca riqueza positiva en la mayoría de las regiones de México, y a controlar en absoluto esa riqueza propen- dió toda la organización política y social de la Domi- nación Española. Pero si un puñado de españoles había sido sufi- ciente para destruir la estructura política de los prin- cipales señoríos del Centro y Sur de México, unos cuantos miles de soldados y colonos, dispersos entre una población de más de treinta millones de indivi- duos, separados unos de otros por rencores centena- rios, por lenguajes distintos, por costumbres diversas y por intereses encontrados, no hubieran podido im- poner una organización política que, sustituyendo los sistemas destruídos por ellos, hiciera posible el con- trol de las masas y su aprovechamiento en las nuevas normas de trabajo, de no mediar un auxiliar podero- sísimo: la religión. 52

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Independencia Religiosa La Conquista Española, que, como todas las em- presas de su género, se tradujo en una serie intermi- nable de atentados contra la vida, la libertad y la pro- piedad de los pueblos de América, tuvo, “para des- cargo de la real conciencia de los monarcas” y tran- quilidad de las plebeyas conciencias de los conquis- tadores, la disculpa teológica de la conversión de los indígenas al cristianismo. Lis soldados, como era de esperarse dada la índole de su misión histórica, em- prendieron la fase destructiva del programa, de acuer- do con sus posibilidades, su cultura y moralidad per- sonales, sin pensar, siquiera, en iniciar, de manera formal, la conversión de las multitudes nativas. Los sacerdotes que los acompañaban, incluso, simples ca- pellanes de sus ejércitos, más que apóstoles de la fe, poco se preocuparon también de la predicación. Pero los precarios resultados materiales de la con- quista de México—el reparto de los tesoros despoja- dos a los indígenas—no bastaron a los soldados de Cortés ni siquiera para saldar sus deudas con el ci- rujano y el desencanto que produjeron las expedi- ciones enviadas en demanda del oro codiciado, con- vencieron a los conquistadores más inteligentes y al gobierno español de la necesidad de organizar la ex- plotación de las “posibilidades” y substituir para ello la conquista militar destructora por la espiritual cons- tructiva. Para lograr esta finalidad, el Rey de España ne-

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M. O. de Mendizábal cesitaba tener el control absoluto sobre el clero regu- lar y secular que habría de emprenderla; los papas Alexandro VI, concediéndole el “Real dominio de los Diezmos” y Julio II, otorgándole el “Real Pa- tronato,” le confirieron el dominio efectivo y com- pleto, económico y jerárquico, sobre la Iglesia Ame- ricana: no era el poder temporal el que serviría al espiritual, según cumplía a la ética del siglo, sino la religión la que iba a ser instrumento, más que aliada, del Estado Español. La religión, que había sido en las sociedades indí- genas el principal elemento de dominación, serviría, también a los españoles, para dominar económica, social y políticamente a los pueblos indígenas de América. En los grandes Estados del Centro y Sur de Mé- xico, y, en mayor o menor grado, en todos los pe- queños grupos organizados políticamente, el sacerdo- cio constituía una institución orgánica y, en conse- cuencia, las prácticas religiosas, normadas por un ri- tual preciso e inflexible, formaban ya una verdadera especialidad; pero entre los poderes espirituales y temporales existía una interdependencia tan estrecha, que en ocasiones llegaba, como entre los aztecas, a una positiva identidad, puesto que el monarca era, por excelencia, el sumo sacerdote, y de las altas dignida- des sacerdotales se solía pasar a los supremos man- dos militares y de éstos a aquéllas. un

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Independencia Religiosa Como consecuencia del excesivo formulismo y jerarquización de las instituciones sacerdotales, los dogmas, los mitos y hasta la ética misma, fueron su- peditados a un complejo ritual, en forma tan estricta, que el espíritu religioso no podía mantenerse, ni casi manifestarse, independientemente del sacerdocio que interpretaba la voluntad de los númenes y que poseía, privativamente, las fórmulas propiciatorias. Paralelo a la constitución del sacerdocio, como casta, y a la supremacía ritual, se desarrolló un con- cepto materialista que les es complementario: los templos, las representaciones plásticas de los dioses y los implementos ceremoniales, cobraron progresi- vamente una importancia esencial en la religión, de la que eran simple expresión y símbolo, al grado de no ser posible un acto de culto, sino a condición de realizarse en lugar determinado, frente a tal o cual imagen de los númenes y con auxilio de objetos: ri- tuales precisos. Por ello, los conquistadores, al asumir la sobera- nía y el poder condensado en los señores y caciques, aniquilando material o virtualmente las castas mili- tar y sacerdotal que les servían de fundamento, y ocupar el emplazamiento de los teocallis, por lo común pirámides que tenían decisiva importancia como lugares estratégicos, dado que en sus luchas tradicionales habían sido el primer objetivo del ata- que y el último baluarte de la resistencia. destruyen- Fale

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M. O. de Mendizábal do previamente los templos, los ídolos y los imple- mentos rituales, hirieron de muerte a la religión mis- ma, al propio tiempo, privando a las multitudes indí- genas de su consuelo espiritual, en los momentos en que más lo necesitaban por las tremendas vicisitudes que sufrían. En este momento crítico y propicio arribaron a las playas de Veracruz los apóstoles de la nueva reli- gión. A los frailes de la Orden de San Francisco, la más prestigiada de Europa, en esa época, correspon- dió iniciar, el año de 1524, la portentosa obra apos- tólica y política. Después de los primeros ensayos in- fortunados, producto de un “celo indiscreto,”” que los impulsó a lanzarse a predicar los más abstrusos dog- mas del catolicismo, “con mudez y solas señas” o en español, profusamente ilustrado con textos latinos. a las atónitas multitudes náhoas, tarascas u otomíes: logrado el arduo aprendizaje de las lenguas indíge- nas, “la teología que de todo punto ignoró san Agus- tín,” y, sobre todo, instruídos en el catecismo y adies- trados en el ritual por Fr. Pedro de Gante, el primer maestro de América, varios centenares de niños de la nobleza vernácula, los franciscanos emprendieron con fervor la conversión de los naturales, desde sus cuatro primitivos conventos de México. Texcoco, Tlaxcala y Huexotzingo. Ya en su terreno evangélico, en íntimo contacto con las masas nativas, presas de la desorganización, LU

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Independencia Religiosa el terror y el fatalismo, los monjes penetraron fácil- mente su situación religiosa y supieron aprovechar en favor del catolicismo sus conflictos espirituales. Ayudados eficazmente por los alumnos de sus cole- gios y por los catecúmenos indígenas, acabaron de destruir los altares de los dioses caídos; procuraron atraer por medio de discusiones teológicas a los sa- cerdotes indígenas que habían sobrevivido a la lucha militar, hostilizando sin piedad a los contumaces y persiguiendo los actos clandestinos de los cultos pro- hibidos, hasta los lugares más apartados del país, con los castigos más severos. Entre los pueblos politeístas se observa una mar- cada tendencia al eclecticismo religioso; con facilidad aceptan en sus altares un dios extranjero, en particu- lar si atraviesan un período de crecimiento por agre- gación o conquista de otros pueblos, y atribuyen a las divinidades ajenas, lo mismo que a las propias, poder para beneficiar o perjudicar a sus fieles, e, in- cluso, a los que no lo son. Entre los pueblos nativos del Centro y Sur de México, cuyas religiones eran ya un inextricable conglomerado de mitos de diversas procedencias étnicas y de distintas filiaciones cultura- les, la conquista implicaba la imposición de los nú- menes de los vencedores y la aceptación de su culto por los vencidos: no existía entre ellos, en conse- cuencia, oposición psicológica o tradicional para la admisión de nuevos dioses. Por esto, la religión ca- A

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M, O. de Menitzábal Procesión de los tzotziles en Chamula tólica no encontró grandes resistencias mentales pa- ra ser aceptada, como un aporte más; pero fue imposible, por lo menos durante las primeras ge- neraciones, que los indígenas abandonaran sincera y totalmente el culto íntimo de sus divinidades ver- náculas, como lo demandaba, en principio, el exclu- sivismo característico de las religiones monoteístas. Por ello, las multitudes nativas, acostumbradas a los ritos cotidianos y múltiples. . necesitadas de una protección divina que no les podían impartir ya sus dioses de piedra. rotos en mil fragmentos que forma- ban parte de la mampostería de las iglesias de la nue- va religión y de las casas de los conquistadores: ha- bituadas a concurrir. día a día y noche a noche, a los 1 EC

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Independencia Religiosa lugares consagrados por su fe centenaria, ocupados ya por los templos cristianos, presentaron, en reali- dad, muy poca resistencia para irse sometiendo, en grandes masas, como un acto natural de acatamien- to a los vencedores y como un recurso, frecuente- mente eficaz, de defensa contra sus abusos, a la, ado- ración, en extremo superficial y mecánica, de los nuevos dioses—pues dichos dioses eran y aun son para muchos de ellos, tanto las tres distintas personas del dogma de la Trinidad, como los elegidos del San- toral Romano—que iban a suplantar, primero, y a substituir más tarde, a sus dioses de los elementos, de las actividades humanas, de los accidentes de la na- turaleza y hasta a sus diosecillos domésticos. Con la sola cooperación de los dominicos, a quie- nes correspondió evangelizar Oaxaca, Chiapas y Guatemala, principalmente, y de los agustinos, a quie- nes tocó doctrinar Michoacán. Guerrero y la Huax- teca, de preferencia, pues la inmoralidad, incompe- tencia y escasez del clero secular no permitió al Epis- copado, en aquella época de roturación, ejercer una acción catequística independiente de las órdenes re- ligiosas, los franciscanos habían logrado, al mediar el Siglo XVI, al decir de los cronistas y de los docu- mentos de ese tiempo, la conversión de los pueblos indígenas del Centro y Sur de México, hecha excep- ción de los grupos de cultura arcaica, que habían per- durado, incrustados en las jurisdicciones de los eran- AO

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M. O. de Mendizábal des Estados, al amparo de las comarcas de dificil ac- ceso y circulación. La conversión de los indígenas al catolicismo, fue un hecho real por lo que se refiere a su absoluta sumisión al clero regular y secular, es decir, desde un punto de vista meramente político y administra- tivo; por lo que hace al culto, esta conversión fue só- lo relativa, pues el ritual romano sufrió inevitables modificaciones al enriquecerse con las ceremonias, plegaria y oblaciones de los rituales vernáculos. Aunque el sacerdocio procuró, en el ejercicio de su ministerio, no apartarse de los cánones, sino en aquellos casos de fuerza mayor previstos en los con- cilios, se vió en la imprescindible necesidad de tran- sigir con el uso de las formas propiciatorias tradicio- nales entre los nativos, sin cuyo requisito la obra apostólica hubiera tropezado con obstáculos difíciles de superar y se habría demorado siglos, tal vez, con grave perjuicio de los intereses políticos de la Colo- nia. Por ello. las danzas, incluso de carácter totémico o astronómico, expresión dinámica de las religiones anatematizadas; los antiguos cantares en las lenguas nativas, expurgados, tan sólo, de sus alusiones a los dioses caídos, pero con su mismo espíritu, su misma ética y su misma estética, y las habituales ofrendas, de acuerdo con las normas prescritas en el tonalá- ol

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Independencia Religiosu matl maldito, sirvieron para adorar a Tonantzin (Nuestra Madre) del Tepeyac (La Virgen de Gua- dalupe), en el templo edificado donde había sido ado- rada Tonantzin, Nuestra Madre Centéotl, Diosa del Maiz; el Santo Cristo de Chalma en la cue- va de Oztoctéotl, Dios de las Cavernas, com- prendida hoy dentro del recinto del santuario indíge- na más importante de México, y la Virgen de los Remedios sobre la pirámide de Cholula que soporta- ba, en la época de la Conquista, el más famoso tem- blo de Quetzalcóatl. La ortodoxia de la iglesia romana y el carácter peculiar de los dogmas católicos, no permitieron, na- turalmente, la formación de una nueva religión me- diante su amalgama, yuxtaposición o superposición con los mitos indígenas, aunque no fueron raros los casos en que este fenómeno, habitual en la evolución histórico-cultural prehispánica, se repitió de hecho; los númenes vernáculos fueron derrocados de sus al- tares, sin excepción ni vacilaciones, y sustituídos, rápida y definitivamente, por los símbolos de la nue- va fe; pero la mentalidad religiosa de las multitudes, su concepto sobre la divinidad y las relaciones de los dioses con la naturaleza y con el hombre y los debe- res de éste para con aquéllos, no cambió en modo al- guno. Los grandes Estados de México tuvieron siempre una estructura de clases, derivada de la situación _Az9

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M 0. de Mendizábal histórica de los diversos elementos étnicos que los in- tegraban. La clase poseedora de la alta cultura, dominante políticamente por su propio poder o por medio de la absorción de las tribus u hordas más enérgicas, gravitaba económicamente sobre las clases formadas por los elementos étnicos de culturas in- feriores. Esta situación de privilegio y esta suprema- cía permanente, radicaban en la posesión privativa de la técnica superior, de los conocimientos científi- cos, y principalmente, de los rituales, de las fórmu- las propiciatorias y de la comunicación directa con los dioses. La Conquista, fue, en realidad, una lucha soste- nida entre las clases indígenas privilegiadas, guerre- ros y sacerdotes de los diversos Estados de México, contra los españoles que pretendían substituirlos en la explotación sistemática de las multitudes indíge- nas, ayudados por grupos indígenas que intentaban aprovechar la oportunidad para librarse de esta ex- plotación. El triunfo de los españoles y sus aliados implicó el aniquilamiento definitivo material o virtual de las clases privilegiadas, es decir, de las poseedoras de la cultura, porque los individuos pertenecientes a ellas que sobrevivieron a las sangrientas luchas, des- pojados de la supremacía militar y política, substi- tuídos en el privilegio económico, perdieron también el dominio espiritual de las multitudes, cediéndolo a 1

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Independencia Religtosa los poseedores de la nueva técnica, de la nueva cien- cia y de la nueva religión. Pero las nuevas clases privilegiadas poseyeron, también privativamente, la técnica superior, los co- nocimientos científicos, los rituales, los sacramentos y la comunicación directa con la divinidad, por con- ducto del Pontífice Romano, en representación no- minal en la Tierra y de su delegado efectivo en Amé- rica, el Rey de España. Durante los primeros años que siguieron a la conquista, el fervor de los misioneros, la convenien- cia política y la necesidad imperiosa de intérpretes, asociaron a los jóvenes de la nobleza indígena, pre- viamente adiestrados en colegios especiales, a la pre- dicación, a la destrucción de las instituciones religio- sas y políticas de sus mayores y al establecimiento sólido y orgánico de los españoles como clase privi- legiada; algunos de sus más distinguidos represen- tantes vistieron el sayal franciscano, la sotana de clé- rigo, la ropilla de curial y hasta los arreos de hombre de armas al servicio de la nueva sociedad; los des- cendientes de los príncipes indígenas escribieron en latín ciceroniano o en español castizo extensos me- moriales en los que hacían gala, en demanda de nercedes reales, de los servicios prestados por sus antepasados a la Conquista; los educandos de Tlal- telolco y Tirepetío, restituídos a sus cacicazgos here- litarios, expoliaron y oprimieron a sus vasallos en 104

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M. O. de Mendizábal favor de los encomenderos, de las “Reales Cajas,” de las órdenes religiosas, del episcopado y en propio beneficio, superando las viejas matrículas de tributos. Eficaces agentes de la dominación espiritual y tem- poral de España, su incorporación, más o menos po- sitiva e íntima a la nueva cultura, fue un hecho indi- vidual y poco frecuente que no ejerció influencia so- bre la colectividad de donde procedían, ni fue ele- mento de transformación espiritual. Solamente sir- vió, en la mayoría de los casos, para perpetuar a los caciques sumisos a los conquistadores. como un ór- gano de opresión y una pesada carga económica, en su calidad de “justicias” locales. Recién llegados los “doce” franciscanos, funda- dores de la primera provincia religiosa de Nueva Es- paña, poco conocedores del verdadero carácter de las religiones y de la psicología de los indígenas e ig- norantes en absoluto de sus lenguas todavía, pero poseídos de un gran entusiasmo catequístico, enta- blaron, por medio de intérpretes, discusiones teoló- gicas con los principales individuos de esas clases pri- vilegiadas, sacerdotes y caciques, en las que consi- deraron ingenuamente “refutada” la idolatría y triunfantes los dogmas católicos, como no podía me- nos de haber sido, dada su condición de representa- tivos espirituales de la conquista militar. Es induda- ble que de haberse invertido esta situación histórica. los códices indígenas consignarían la victoria del sa- cerdocio vernáculo sobre sus contradictores en esa A”

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Indebendencia Religiosa metafísica disputa aun cuando se hubiera enriqueci- do con algunos mártires más el Santoral Romano. Pero basta leer “las pláticas y coloquios de los do- ce primeros misioneros de México,” recogidos por Sahagún, después de minuciosamente corregidos por los alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelol- co, expertos en el náhuatl, el español y el latín, para convencernos de que la conversión de los sacerdotes que se rindieron “por siervos de Dios, renegando de los ídolos,” hecho absolutamente real desde el punto de vista material, desde el espiritual no pasa de ser una ilusión de la fe y la simplicidad de los frailes. Dejando a un lado la dificultad, insuperable pa- ra los intérpretes, de traducir de una lengua de fle- xión como la española una aglutinante como la ná- huatl, ideas abstractas o concretas referentes a temas metafísicos exóticos y a lugares y acontecimientos insospechados; tomando, tan sólo, la doctrina mis- ma, materia de la controversia, fundada en “verda- des reveladas,” resulta inaceptable, por el simple enunciado de sus afirmaciones categóricas, indiscuti- bles en el concepto de sus profesantes, la repúdiación espiritual de otros dogmas tradicionales, pro- ducto de la inspiración o de la palabra divina, tam- bién, y también indiscutibles para sus creventes. Los más conspicuos y experimentados catequistas de la época ponen constantemente sobre aviso a los frailes de sus órdenes respecto a las supervivencias 166

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M. O. de Mendizábal ocultas de los ritos antiguos y a las continuas rein- cidencias de los sacerdotes indígenas conversos a los cultos prohibidos, y si la Inquisición no mostró mucha actividad para castigarlos—de 131 causas sustanciadas por el primer obispo de México, de 1536 a 1546, sólo 13 fueron incoadas contra indígenas —ello obedeció a que la “relajación en persona” del cacique de Texco- co D. Carlos Chichimecatécotl, quemado durante la gestión inquisitorial del propio D. Fr. Juan de Zumá- rraga, fue duramente censurada, tanto por impolíti- ca, cuanto por ser los indígenas “tan nuevos en la fe, gente flaca y de poca sustancia.” A esta suerte de consideraciones obedeció la piadosa prohibición de que se procesase a los nativos por causas de fe, dictada en el año de 1575. Fiesta de San Juan en Chamula Yi

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Independencia Religiosa Si esto ocurría con los personajes más encumbra- dos de las naciones conquistadas, en cuya conversión pusieron los frailes todo su empeño y habilidad, por la trascendencia que su ejemplo traería en la conver- sión de sus vasallos, fácil es conjeturar el estado es- piritual de los individuos pertenecientes a los estra- tos inferiores de las sociedades indígenas, doctrina- dos con apresuramiento tal por los franciscanos, nun- ca más de sesenta en acción simultánea, hasta en- tonces, que según Fr. Toribio de Benavente Motoli- nía, habían bautizado, es decir, convertido, instruído y aceptado en la fe católica, “más de nueve millones de ánimas de indios.” Deiando a un lado los reparos puestos, antaño como hogaño, a los bautismos en masa e individuales realizados por los primeros apóstoles, pues justos o injustos no tienen interés esencial para nosotros, so- lamente haremos notar que las irregularidades que se cometieron y que motivaron la bula Altitudo divino concilii de Pablo III fueron origina- dos por la imposibilidad material de apegarse el ce- remonial, por falta de tiempo, dado el corto número de sacerdotes y la multitud de los neó- fitos. Pero no podemos menos de declarar, a pesar de lo mucho que sobre el asunto se ha argumentado, siempre con criterio sectario, que si los frailes no tu- vieron tiempo para ajustarse al Ritual Romano en 118

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M. 0. de Mendizábal un sacramento tan rápido como el bautismo, menos lo tuvieron para convertirlos, esto es, para destruir sus ideas religiosas tradicionales, instruirlos en los misterios y dogmas de la nueva religión, y, particu- larmente, inspirarles la fe absoluta, sin dudas ni va- cilaciones. condiciones indispensables del catolicismo para admitir en su comunión un nuevo creyente. La cultura lógica, generadora de las grandes civilizaciones de la América Septentrional, en el centro de México, había sido transmitida por los olmeca-xicalancas, sólo a las clases pri- vilegiadas de los náhoa-toltecas, y por los náhoa- toltecas que quedaron dispersos en los valles de México y Puebla, únicamente a las clases privi- legiadas de los nahuatlacas y de los chichimeca- otomíes. Como ocurre aún en nuestra época, incluso en los países más avanzados, las masas trabajadoras de las sociedades indígenas, no alcanzaban, colectiva- mente, el nivel reservado a las clases elevadas, pues como recurso infalible para mantenerlas en una si- tuación social, económica y política subalterna, les estaban vedados los conocimientos superiores. en to- dos los órdenes, y sólo les eran lícitos los concernien- tes a sus artes o industrias y algunas nociones religio- sas de carácter absolutamente popular. Cierto que los nahuatlacas eran, en conjunto, una clase privilegiada, en relación con los innumera- AD

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Independencia Religiosa bles pueblos sojuzgados por ellos; pero su nobleza sacerdotal y militar, aunque no completamente estra- tificada aún, puesto que, por su corto número y lo re- ciente de su predominio, necesitaba todavía fortale- cerse con la admisión de elementos populares indivi- dualmente selectos, no dejaba por ello de ser la po- seedora exclusiva de la cultura superior. En conse- cuencia, cualquiera que fuese el grado de evolución de los grupos políticos dominantes que aprovecha- ban su labor. los macehuales, las clases traba- ¡adoras indígenas, conservaban, dentro de su estrato social correspondiente, su cultura totémica tradicio- nal—incluso las hordas de cultura sub-ártica que, al sedimentarse, habían adoptado, naturalmente, la cultura de los sedentarios—y cualesquiera que fuese su habilidad técnica, su mente seguía siendo pre-ló- gica, es decir, seguía funcionando por asociaciones. Esta forma de ideación se distancia progresiva- mente de la mentalidad lógica y principia a ser im- portante en sus consecuencias culturales, a medida que los seres, las cosas, los hechos y los fenómenos se sustraen a la observación individual y se apartan más de la experiencia acumulada, es decir, desde el momento en que la relación de causa a efecto co- mienza a ser mediata, llegando a su máxima di- vergencia en el campo de lo abstracto y lo metafísi- co. Sin embargo, la cultura occidental, lógica por ex- celencia en sus concepciones de orden práctico, en su 170

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M. 0 de Mendizábal mentalidad mística convergía en lo sobrenatural con las mentalidades indígenas, lógicas o asociativas, puesto que la ignorancia de las causas primeras y el deseo de comunicación con la divinidad les hizo fun- dar sus dogmas en la revelación y su recurso supre- mo para eludir las leyes naturales en el milagro y la magia. Por ello, lo sobrenatural jugó papel importantísi- mo en la conversión de los nativos, cuando la elo- cuencia de los apóstoles de la fe cristiana agotó en vano sus argumentos apoyados en los Santos Pa- dres y en los Doctores de la Iglesia, las “apariciones” se sucedieron sin interrupción en el transcurso de los siglos; ya era el Apóstol Santiago, montado en su brioso caballo blanco, combatiendo al frente de los españoles o de sus aliados indígenas, en los momen- tos más angustiosos, de un hecho de armas—aunque los ojos mundanos de Bernal Díaz del Castillo no tu- vieran el privilegio de verlo—o la Virgen de los Re- medios, patrona de los conquistadores, por cuya in- tervención se salvaron la Noche Triste; ya Nuestra Señora de Izamal, la Cruz Florida de Tepic, el Señor de Amecameca, la Virgen de Lagos, advocaciones y símbolos de las divinidades occidentales que prote- gerían a los fieles de los dioses caídos, en cada una de las regiones de México, el milagro puso, por así decirlo, un efluvio de divinidad en la obra material y espiritual de los frailes misioneros y unió en una 7]

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independencia Religiosa sola reverencia a los vencedores y a los vencidos; el conquistador seguía prosternándose ante el altar co- mún con sus plegarias, oblaciones y ritos habituales, y el conquistado comenzaría a acercarse a él con sus danzas, cantares y ofrendas tradicionales; pero sus espíritus seguirían las trayectorias divergentes que les marcaban sus procesos mentales disímiles, y su diversa interpretación de lo subjetivo y de lo meta- físico. Por ello. asimismo, el milagro, y no sus concep- tuosos argumentos teológicos, cimentó ante las mul- titudes indígenas la autoridad espiritual de los misio- neros, la fama de los santuarios señalados por la presencia de la divinidad, en diferentes formas y cir- cunstancias, y el prestigio de la misma religión, in- cluso. Pero no fue la autoridad espiritual, o más con- cretamente, religiosa, de los frailes misioneros, con ser muy importante, la que ejerció mayor influencia sobre los indígenas, conversos o no; fue su autori- dad social, derivada de su enérgica y perseverante actitud de protesta contra las iniquidades de que eran víctimas los vencidos, por parte de los conquistado- res, de los colonos, y, con frecuencia, de las propias autoridades de la Colonia; fue su conducta personal, su primitivo desinterés y su abnegada indiferencia ante los sufrimientos, las privaciones y la fatiga. 79

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M. O. de Mendizábal La íntima relación que existía en las sociedades indígenas, entre los poderes espirituales y tempora- les, a la que hemos hecho referencia, los había llevado a establecer penas corporales por faltas espirituales; y su concepto peculiar de los deberes del hombre pa- ra la colectividad de la que formaba parte, para con sus señores y para con los dioses, reminiscencias de las prohibiciones (tabus) de un totemismo insubsisten- te ya, los había conducido a castigar los delitos con penas extremadas, incluso de esclavitud y muerte. Con diversos matices, tan sólo, pero con la misma tendencia esencial, una legislación inflexible, más du- ramente aplicada mientras más elevado era el nivel social de quien incurría en sus sanciones, mantenía en los grupos indígenas organizados políticamente. a la vez el orden establecido y los preceptos morales. La Conquista, al destruir la estructura política y religiosa de los Estados indígenas, derogó automáti- camente las leyes que los regían y suprimió los orga- nismos tradicionales que las interpretaban y hacían cumplir, sin que la nueva legislación (reales cédulas, reglamentos, instrucciones, etc.) y los tribunales y magistrados que debían aplicarla, pudieran substi- tuirlos de manera eficaz. Cierto que los conquista- dores y colonos asumieron, tan rápidamente como les fue posible, la función de las autoridades nativas, ayudados por los caciques sumisos; pero su interés era exclusivamente económico. Señores feudales o A

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Independencia Religiosa simples recaudadores de tributos ordinarios y extraor- dinarios, poco se les daba de la vida espiritual, moral y social de los conquistados, como no perjudicase direc- tamente sus intereses materiales, y las “Leyes de In- dias,” fraguadas a más de mil leguas de distancia, iban siendo expedidas lentamente, en consideración a los males trascendentes que urgía remediar, más que con ánimo de prevenir y de orientar en un sentido deter- minado el desarrollo de la complexa sociedad colonial. En estas condiciones, los frailes de las órdenes religiosas, dispersos en todas las regiones de los paí- ses conquistados, comenzaron desde sus conventos a impartir la justicia de una manera arbitraria, con apego únicamente a su criterio personal, puesto que no existían aún códigos que les sirviesen de norma. Frecuentemente se les ha acusado, entonces como ahora, de excesiva dureza en la aplicación de los cas- tigos, por las faltas más leves, inclusive por las sim- ples faltas de devoción; el hecho es cierto y por ello fueron severamente amonestados por el Rey de Es- paña en distintas ocasiones; pero esta dureza, en mo- do alguno excesiva comparada con las crueles san- ciones usuales en las sociedades indígenas, raras ve- ces perdió su carácter paternal, y fue, en cierta medi- da, resultado natural del ambiente de violencia que los rodeaba y de las circunstancias anormales que presidían el nacimiento de la nueva sociedad. Puede decirse que durante las primeras décadas

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M. O. de Mendizábal de la Dominación Española; los mandamien- tos de la ley mosaica adoptados por el cristianismo, y loss mandamientos rituales de la iglesia ca- tólica, fueron las únicas leyes para los indígenas, Los pueblos conquistados aceptaron de buen grado esta intervención de los poderes espirituales en lo tempo- ral, tanto porque ello significaba la continuación de sus tradiciones prehispánicas en la materia, cuanto porque, cualquiera que fuese la dureza del castigo impuesto por el fraile, mayor hubiera sido la del que impusieran, en idéntico caso, el corregidor o el en- comendero. Por estas circunstancias la educación moral y la disciplina ritual de las multitudes nativas, fue motivo de una especial atención por parte de los frailes y los resultados obtenidos por ellos fueron más positivos que en materia de dogma. Pero aún esta actividad catequística superficial, a la que mucho contribuyó la vanidad y el espíritu de corporación, se amortiguó bien pronto. Todavía vi- braba la voz enérgica de Fr. Bartolomé de las Casas en el debate contra el Dr. Sepúlveda, cuando los do- minicos de Guatemala, urgidos por el Rey para que continuaran la conversión de los indígenas de la "Tierra de Guerra,” iniciada por aquél con éxito tan grande que conquistó para la comarca el nombre de Vera-Paz, optaron en el Concilio de Cobán por la 7E

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Independencia Religiosa destrucción total de los lacando- nes. La emulación entre las órdenes religiosas antagó- nicas, no se manifestaba ya, como en los primeros años de su acción evangélica, en el número fantás- tico de los bautismos, en la extensión de los territo- rios recorridos, en el estoico sufrimiento de las fati- sas y la valiente resignación ante los peligros; la magnitud de las iglesias, la opulencia de los conven- tos, el esplendor del culto y la riqueza de las juris- dicciones, fundaban el orgullo y atizaban el odio de unas para otras, dando margen, con frecuencia, a verdaderos tumultos. Tan sólo entre los colegios fran- ciscanos de Propaganda Fide de Zacate- cas y Querétaro y los misioneros de la Compañía de Jesús, se conservó el carácter apostólico de la com- petencia, hasta la expulsión de éstos en el año de 1767, en la conquista espiritual de las Provincias Internas (Norte de México y Sur de Norte América) y de las Californias, con ventaja de los primeros en amplitud y supremacía de los últimos en solidez. No se trataba ya de captar el amor y la reveren- cia de las fervientes multitudes indígenas, verdade- ro juguete de las pasiones y los intereses encontra- dos de los ministros de los nuevos altares, sino de granjearse el favor de la sociedad feudal de la na- ciente colonia, fanática, gazmoña, ignorante y des- ocupada, para la que estas pugnas insanas consti- 7A

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M, O. de Mendizábal tuían el más delicado manjar espiritual. El episcopa- do, en parte por refrenar tanto desorden y en par- te por la necesidad de dar ocupación al clero secu- lar—carga sin cesar creciente que la Metrópoli ex- pelía como una toxina para sus colonias; verdadera escoria de las diócesis españolas que por su profun- da inmoralidad, su ambición desenfrenada y su ig- norancia crasa, desde muy temprano constituyó el elemento más peligrosamente antisocial—entró en la lucha. reivindicando palmo a palmo los derechos de jurisdicción espiritual y temporal que le corres- pondían, y erigiendo las parroquias en las áreas que se consideraron catequizadas. Los virreyes y las au- diencias, en su empeño incesante de mantener sin menoscabo y aún de ampliar los privilegios del Real Patronato, complicaron al poder civil en esta bata- lla sin tregua, sólo atenuada un tanto por la presen- cia de los visitadores o por la desdeñosa prudencia de algún virrey inteligente. Entre tanto, la destrucción de la población indí- gena proseguía rápida e inalterable: diezmada por las enfermedades epidémicas, tradicionales o aporta- das por los conquistadores, el tifus y la viruela prin- cipalmente, que habían encontrado un medio propi- cio en la miseria creciente, en el trabajo excesivo, en las concentraciones urbanas a las que se redujeron. por órdenes estrictas de carácter político, sus pobla- dos de habitaciones dispersas en los. terrenos labran- 7

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Independencia Religiosa tíos; aniquilada en empresas de descubrimiento, de conquista y colonización, desde la de Nuño de Guz- mán a la Nueva Galicia, que costó más de veinte mil vidas de “aliados” indígenas e incontables de enemi- gos, hasta la lenta ocupación de las tierras de chi- chimecas, en las que los pechos de tlaxcaltecas, me- xicanos y tarascos servían de valladar a las terribles incursiones de los guerreros nómades, de Guanajua- to a Texas y Nuevo México, haciendo posible a los frailes, a los mineros y a los hacendados fundar sus misiones, laborear sus vetas y multiplicar sus gana- dos. Al compás de la despoblación, el empobrecimien- to progresivo de las colectividades indígenas, no tan- to por el tributo (un peso y media fanega de maíz por término medio), aunque en ocasiones se grava- ba a los vivos con el que correspondía a los muertos, sino por la prestación de servicios en las minas, en la carga, en la hacienda, y principalmente en las cons- trucciones religiosas y profanas, que los obligaban a abandonar a sus familias sin sustento y dejar los campos sin cultivo, permitiendo que el latifundista vecino a los frailes del próximo convento, cuyos ga- nados habían ya talado la semente sin guarda, valién- dose de la ley prehispánica de tierras ociosas del calpulli (barrio), mantenida en vigor tan sólo para perjuicio de los indígenas, pudieran dilatar los linderos de sus haciendas. 7

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M,. O. de Mendizábal El jefe lacandón, sacerdote de los cultos totémicos, rodeado de su clan La arquitectura religiosa colonial de México de la que tanto nos enorgullecemos. Las 13727 iglesias, conventos; ermitas y capillas que constituyen el atractivo mayor para el turista, costeados nominal- mente por terceras partes éntre el Rey, el encomen- dero y el indígena, en los primeros tiempos, y por generosas donaciones y limosnas, después, obra ex- clusiva fueron de la labor directa o indirecta del úni- co trabajador y productor de riqueza en la Nueva Es- paña: el indio. El máximo de ese inigualado derro- che de energía correspondió, precisamente, al siglo XVII, coincidiendo con el mínimo de población in- dígena de todos los tiempos ponderables. En este siglo se construyeron más de ocho mil edificios reli- giosos, no obstante que el Rey de España, el Conse- 170

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Independencia Religiosa jo de Indias y los virreyes mismos, lucharon sin ce- sar por impedir ese despilfarro de riqueza y energía, sin conseguirlo, desgraciadamente; pero cabe pre- guntar, sin esta tenaz oposición ¿a qué extremo in- sensato habría llegado la Iglesia en su locura de gran- deza material y cuáles hubieran sido las cargas que hubieran debido soportar los indígenas para cumplir esa trivial pasión? Esto fue producto, se objetará, tal vez, de una ferviente fe religiosa, análoga a la que creó la arqui- tectura gótica de Europa, por ejemplo, que se expre- saba por medio de las artes plásticas, porque la gran diversidad de idiomas requería de ese idioma inter- nacional sin palabras. Ello es verdad para cierto nú- mero de iglesias y santuarios, bien pocos por cierto. en los que los indígenas concentraron de manera es- pecial su sentimiento religioso; pero es inexacto en la mayoría de los casos: El Códice de Teotihuacán- Acolman, en el que los agustinos aparecen flagelan- do y dando tormento a los indígenas que construían su famoso convento, para animar su forzada activi- dad. es una buena prueba de esto. La Dominación Española, a pesar del fuerte di- namismo de su expansión colonizadora y de su va- liente e incansable persecución de la riqueza súbita —la rica veta argentífera—en lo espiritual fué des- esperadamente estática: la misma ética que normó las matanzas de Nuño de Guzmán y las tesis de Fr. 1

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M. O. de Mendizábal Domingo de Betanzos, normó las ejecuciones suma- rias del Generalísimo Calleja y los edictos del obis- po Abad y Queipo. Treinta años, tan sólo. le bastaron para destruir, hasta en sus más pequeños engranajes, una cultura milenaria y por muchos aspectos admirable, desarro- llada con independencia de influencias extraconti- nentales, y trescientos no le fueron suficientes para substituirla con los rudimentos, siquiera, de su pro- pia cultura. La obra educativa iniciada por los primeros frai- les de las órdenes antiguas (franciscanos, dominicos y agustinos), a pesar de ser muy limitada, sólo acce- sible a las altas clases sociales indígenas, bien pronto comenzó a sufrir oposición y a encontrar obstácu- los infranqueables de carácter oficial y oficioso, a causa, precisamente, de su éxito notable: la situación de privilegio, a la que los españoles no estaban dis- puestos a renunciar; la supremacía económica y po- lítica, según hemos visto, radicaba en la posesión pri- vativa de la técnica superior, de los conocimientos científicos, de los rituales, de las fórmulas propicia- torias y de la comunicación directa con los dioses. Los colonos españoles, los “peninsulares,” trans- mitieron a sus hijos su cultura, como era inevitable; pero sólo a los “criollos,” es decir, al producto de su alianza con mujeres de su raza, pues los habidos por violencia en las vírgenes indias o negras, "mes- a

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Independencia Religiosa tizos” y “mulatos,” raramente disfrutaron de este derecho inalienable; y adquirían sus nociones sobre los seres y las cosas y sus normas éticas y estéticas, en las plazuelas, en los mercados, en los caminos reales, en los garitos y en las cárceles, es decir, reci- bieron como única herencia cultural los detritus de una sociedad en descomposición. De hecho, en favor de los criollos se desarrolló, asimismo, toda la obra educativa realizada durante la Dominación Españo- la, puesto que el peninsular, con excepción de los raros casos en que llegaba a América durante la ni- ñez o la primera juventud, instruído o analfabeto, aplicado a la conquista de la riqueza material, poco se preocupaba del enriquecimiento de su espíritu. La Real y Pontificia Universidad de México, los colegios de ciencias y artes de las órdenes religiosas y los institutos de diverso origen y tendencias encar- gados de la enseñanza superior, no fueron accesi- bles, sino por excepción, a los indígenas ni a las diez y ocho castas en que se distribuyeron los produc- tos de la conjunción de los tres elementos fundamen- tales —blanco, indio y negro—de la demografía co- lonial; pues, aparte de que severísimos reglamentos exigían como requisito de admisión la probanza de “limpieza de sangre” o la patente de “cristianos vie- jos,” y fútiles pretextos, insuperables en la prácti- ca, les estorbaban la obtención de grados, una situa- ción económica de progresiva inferioridad se los ve- 1 9

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pA O. de Mendizábal daba de hecho. Incluso los institutos fundados ex- profeso para proteger e instruir a los mestizos des- amparados de sus padres, que lo eran la inmensa ma- yoría, el de San Juan de Letrán, para hombres, y el Colegio de Niñas, a pesar de su reducida capacidad que los hacía inútiles para el cumplimiento de su función, bien pronto fueron invadidos por criollos de familias menesterosas. Además, en el propio San Juan de Letrán, sólo seis estudiantes podían aspirar, anualmente, a la instrucción superior, seleccionados, en principio, en atención a la capacidad y al aprove- chamiento, pero de hecho a las influencias que tan señalado papel han jugado siempre entre nosotros. Ello no significó, sin embargo, una situación im- portante de privilegio para los españoles americanos, puesto que los pingiies cargos políticos, adminis- trativos y judiciales; las altas dignidades eclesiásti- cas y los supremos mandos militares, provistos por el Rey y conferidos a españoles peninsulares, hacían de este monopolio del conocimiento y la técnica su- periores, prácticamente nulo desde un punto de vis- ta económico y político, asunto de vanidad y arbi- trio para obtener una dudosa consideración social. La peculiar estructura colonial, que no permitía el ascenso de las castas como clase y estorbaba su mejoramiento individual, limitando su acción a los oficios, a las posiciones subalternas ínfimas y a los servicios domésticos, no impidió, y aun fomentó, el Na

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Independencia Religiosa descenso del criollo en favor de la supremacía de los peninsulares, restringiendo su participación en las empresas comerciales e industriales, de las que lo apartaban, además, los prejuicios de su educación escolástica y de su torpe concepto aristocrático, de- jándole como única base económica el latifundio, al que los gravámenes hipotecarios excesivos y una agricultura precaria no le permitieron convertirse en media y pequeña propiedad útil, por la excesiva partición hereditaria, concentrándolo en las “manos muertas” de la Iglesia prestamista; y como único re- curso posible de subsistencia, el convento, los em- pleos parasitarios en la administración pública y re- ligiosa, y, por último, la plana menor en el incipien- te ejército. Sélo al finalizar el siglo XVIII, a favor de esta confusión de situaciones y de este desalojamiento de clases sociales a niveles económicos inferiores, mu- chos individuos pertenecientes a las castas, mestizos y mulatos, lograron penetrar a las vedadas faculta- des, y difundirse, después, en el país como porta-vo- ces de una nueva ideología, para, en unión de los criollos postergados que luchaban por la supremacía de su clase, polarizar las fuerzas latentes de rebeldía a que produjeron la Guerra de Independencia: Hi- dalgo, criollo cultísimo, acosado siempre por necesi- dades superiores a sus recursos pecuniarios; More- los, mestizo genial, enérgico y puro, cuyo expedien- “Ad

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1 O. de Mendizábal te universitario encabeza una probanza de “limpie- za de sangre.” Respecto a las escuelas elementales, municipales, parroquiales o particulares, a más de. ser insuficien- tes por su pequeño número, incluso en los centros principales de población y en México mismo, resul- taban absolutamente impotentes para trasmitir la cultura española a menos de que se le considere debi- damente sintetizada en el Catecismo del Padre Ri- palda, en el Silabario de San Miguel, en las vidas de santos y en las fábulas, lo cual sería históricamente injusto. España, se dice, nos legó el magnífico don de su lengua, insuperable “para hablar con Dios”; la len- gua de Cervantes y de Santa Teresa que ha servido para expresar tantas cosas profundas, grandilocuen- tes y piadosas, aun cuando en la actualidad resulte un poco inadecuada para el comercio internacional de las ideas modernas, según una de las últimas lamen- taciones de José Vasconcelos. El hecho es cierto; pero sólo en parte y no por cierto resultado de una desinteresada obra cultural. La lengua es por excelencia un elemento y un símbolo de dominación: el conquistador impone siempre su lengua porque generalmente no sabe la de los conquistados y necesita ser atendido para ser obedecido. Aparte de los criollos, los mestizos, los mulatos 85

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Independencia Religiosa y las intrincadas castas de ellos descendientes, que recibieron con la vida el derecho al idioma de sus progenitores, los únicos americanos que aprendieron a hablar español y que olvidaron, incluso, su lengua materna, fueron las míseras peonadas indígenas y los servidores domésticos. Más que el sermón del fraile y del doctrinero, el puntapié del patrón y el chicote del capataz, fueron los sabios pedagogos que sirvieron de agentes en esta generosa donación del más importante órgano de la cultura. Las grandes multitudes nativas que no vivieron en íntimo contacto con el español y el criollo y que no fueron víctimas de la peligrosa asiduidad de los mestizos y mulatos, expertos agentes de la extorsión colonial, no aprendieron el español ni olvidaron sus lenguas vernáculas, no obstante que entre ellos, pre- cisamente, se desarrolló de una manera más enérgi- ca y tenaz la obra catequística, tan ensalzada, cuan- to inconsistente, porque quedaron al margen del des- arrollo de la vida económica de la Colonia. La lglesia tuvo a su cargo, privativamente, la ins- trucción y la educación pública durante los tres si- glos de la Dominación Española; su influencia fue preponderante sobre los distintos estratos sociales de la Nueva España, única y absoluta entre los grupos indígenas; su radio de acción, más amplio que el del Estado mismo, alcanzaba, incluso, a la vida íntima de los individuos y a las más apartadas regiones del <A

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M. O, de Mendizábal territorio: fue, en consecuencia, el organismo más capacitado para realizar una verdadera transforma- ción cultural. Ya en 1644, el Ayuntamiento de México decla- raba al Rey de España que más de la mitad de la propiedad del país estaba en poder de la Iglesia, y que, después de cubiertas todas las plazas de la nu- merosa jerarquía eclesiástica, 6.000 sacerdotes espe- raban con angustia que se presentase una vacante, siendo, entre tanto, una pesada carga para la pobla- ción. Contó, pues, desde muy temprano, con elemen- tos económicos abundantes y con personal suficien- te para haber difundido, hasta entre los últimos gru- pos indígenas, los rudimentos, siquiera de la cultura de su tiempo. No estuvo. sin embargo, a la altura de su misión histórica, porque había perdido el espíritu esencial de su instituto y hecho traición a las máximas esen- ciales de su doctrina. A mediados del siglo XVII la religión era ya exclusivamente, un ritual complica- do que se desarrollaba con la más grande pompa en los templos más suntuosos; la fe una serie de actos de culto material y una sucesión de donativos que terminaban, frecuentemente. con la donación de la fortuna total de un individuo, para el sostenimiento de los más supersticiosos e inútiles caprichos místi- cos. Las órdenes mendicantes poseían más bienes de fortuna que los latifundistas, comerciantes y mineros A

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Independencia Religiosa todos del país; los obispos vivían con dispendioso lu- jo de príncipes, y los altos dignatarios de la Iglesia, regulares o seculares, eran más que pastores de al- mas, verdaderos gerentes de las únicas instituciones de crédito que funcionaban en la Nueva España. El indígena había dejado de ser para la lglesia, bien pronto, “una alma que ganar para el cielo” con- virtiéndose en una fuente de explotación sistemáti- ca, y la labor de sus ministros, en consecuencia, se redujo a una seca función administrativa: los curas, previamente graduados en lenguas indígenas para el mejor manejo de las obvenciones parroquiales, o venidos directamente de España, ayunos de todo co- nocimiento e interés espiritual, para medrar al am- paro de algún prelado poderoso; los recaudadores de diezmos y primicias, más duros que los calpisques de las tiranías prehispánicas; los legos de las órde- nes mendicantes, por último, que para no olvidar en sus fastuosos conventos la “santa pobreza” que pres- cribían sus reglas, hacían incursiones periódicas por los campos exhaustos, para colmar sus henchidos graneros, y acrecentar sus rebaños innumerables. Sólo de tiempo en tiempo, cuando se trataba de vencer la resistencia a la expansión colonial de algún grupo guerrero, los plácidos frailes empuñaban de mala gana el viejo báculo apostólico, para regresar apresuradamente a sus conventos, cuando lograban entregar a los rebeldes, inermes y sumisos por la pre- PA

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"í d. de Mendizábal dicación del Evangelio, en manos del poder militar y de los ávidos colonos que debían explotarlos. Pero si la Iglesia no cumplió con la misión espi- ritual que le era propia, puede decirse que superó al poder civil y militar, como firme sostén y aun como órgano de expansión de la Dominación Española (fueron los franciscanos los que primero se lanzaron a la conquista de Texas al saber que pretendían reali- zarla los franceses), e incluso del Real Patronato, pues si solía protestar débilmente siempre que su ejercicio la lastimaba en sus caros intereses materia- les (el Rey de España nunca tuvo el menor respeto a los bienes eclesiásticos) se dejó amputar su miem- bro más vigoroso y ágil, la Compañía de Jesús, cuan- do por el internacionalismo de su personal y su férrea disciplina a un poder extranjero, fuera del control real, se hizo peligrosa a la corona su labor política y educativa, principalmente en América donde fomen- taba la creación de una aristocracia antiespañola. No cambió su actitud durante la guerra de Inde- pendencia. Los principales caudillos de la revolución fueron sacerdotes y numerosos miembros del bajo clero ingresaron a sus filas o propagaron con entu- siasmo las ideas de libertad, pero la Iglesia, como ins- titución, fué su más enconada enemiga. Sólo cuando la insurrección de 1820 obligó a Fernando VII a ju- rar la constitución liberal, y las autoridades de la Nueva España se vieron en la necesidad de imitarlo, 2 Q

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Independencia Religiosa el clero, viendo en peligro sus privilegios, se sirvió como instrumento de Iturbide, el más cruel enemigo de los insurgentes, para hacer en su provecho la In- dependencia en contra de la cual habían derramado tanta sanogre. Con la Independencia, el poder incontrastable de la lglesia se vió acrecentado por la abolición de los derechos de Patronato, que el Gobierno Mexicano no supo reivindicar, porque los militares de alta gradua- ción, veteranos de la guerra contra la Independencia y aun los guerrilleros insurgentes mismos, auxilia- dos de los criollos ilustrados, duchos en el expedien- teo y aptos para la política intrascendente, asumieron de nombre el poder; pero fué el propio clero, triun- fante y ensoberbecido, el que gobernó de hecho y en su exclusivo beneficio. Los mestizos, inteligentes y audaces, las castas todas, inexistentes ya, desde un punto de vista legal; pero a las que el Plan de Iguala había defraudado en su esperanza de tomar parte directiva, como clase, en la política del país, y les había impedido, por las transacciones a que dió margen, lograr la base eco- nómica indispensable para su existencia y desarrollo, por la reivindicación de las propiedades españolas que debían haber pasado al dominio de la Nación, con el mismo fundamento que la propiedad indíge- na, pasó, por la Conquista a manos del Rey de Espa- ña, puesto que la propiedad colonial no dejó de ser on

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M 60. de Mendizábal nunca una merced real; congregados en torno de al- gunos criollos de ideología enciclopédica, un poco ilusos pero firmemente decididos a lograr una ver- dadera transformación nacional, iniciaron la lucha contra el formidable poder, para suprimir, batalla a batalla y ley a ley, los privilegios medioevales del clero mexicano. Ello resultaba, sin embargo, com- pletamente inútil en la práctica: las reformas decre- tadas por los triunfadores de hoy, eron nulificadas, al día siguiente, por los mantenedores de los dere- chos materiales de la Iglesia, victoriosos. Las revoluciones sucesivamente triunfantes, al convertirse en gobierno, sólo encontraban en las ar- cas del tesoro público cuentas insolutas y compromi- sos apremiantes; para enfrentarse con el poder tem- poral de la Iglesia, poseedora de toda la fuerza econó- mica del país, e incluso para sostenerlo, pues el cle- ro fué espléndido al incitar, pero parco al sostener a sus guerreros, tuvieron unos y otros que echarse en brazos de los agiotistas extranjeros. Desde entonces, los diplomáticos agentes de negocios atizaron la ho- guera de la productiva anarquía y los almirantes co- bradores comenzaron a hacer sus apremios con las granadas de los cañones de sus barcos de guerra. Aunque tarde, los liberales, entre los que figura- ban sinceros católicos que invocaban a Dios al iniciar sus discursos reformistas, comprendieron la inutili- dad de la lucha, si no atacaban al clero en el centro J1

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Independencia Religiosa nervioso de su fuerza y las Leyes de Desamortización comenzaron a minar la omnipotencia política de la lelesia. Pero los liberales, los puros, como entonces se les llamaba, y lo fueron por muchos conceptos, co- metieron el insigne disparate de no aprovechar esa oportunidad, única que se ha presentado, para pro- porcionar al pueblo mexicano la base económica por la que venía luchando y lucha aún. Como resulta- do de este trancendental error, la propiedad de “ma- nos muertas” que no pudieron adjudicarse los mes- tizos, la llamada “clase menesterosa”, por la absolu- ta imposibilidad de pagar las alcabalas establecidas en la ley y los cuantiosos gastos consecuentes de la traslación de dominio; rechazada por los criollos fa- náticos que se consideraban condenados a las penas infernales si adquirían una parcela de la “tierra de Dios” fue subastada por un puñado de monedas, y pasó a manos de extranjeros, muchos de ellos católi- cos fervientes que habían dejado el alma allende los mares, para que, amparada por el sagrado derecho romano de la propiedad, y por el no menos sagrado derecho internacional, constituya, ahora, el obstácu- lo más poderoso para una distribución razonable de los órganos de producción agrícola de México y sea el motivo constante de conflictos presentes y futu- ros. El indio, entre tanto, quemaba cohetes en honor 137

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M. O. de Mendizábal! de su Santo Patrono y de sus dioses preferidos; pa- gaba sus obvenciones parroquiales y sus alcabalas; entregaba religiosamente su diezmo de los pocos gra- nos que habían dejado en sus graneros las caballe- rías bélicas y las primicias con los corderos y los le- chones que no consumieron los guerreros en las bar- bacoas tradicionales o que no habían ingresado como tequio a los corrales del curato. Soldado de todos los ejércitos, cargador de todas las impedimentas, obje- to de todos los tributos y gravámenes, vegetaba, y se fundía en los diversos elementos étnicos, en las nue- vas generaciones mestizas, o moría por los fueros de la Iglesia o por la libertad, sin que en su corto léxi- co, útil tan sólo para las necesidades del trabajo, fi- guraran siquiera esas palabras con sentido cabal. Pero las leyes de desamortización de los bienes del clero, que, por un subterfugio infantil, se habían hecho extensivas a los bienes de comunidad en gene- ral, sin que los protegiera ningún reglamento restric- tivo, afectando las instituciones de beneficencia, de educación y los ayuntamientos mismos, hirió prin- cipalmente a la propiedad comunal de los pueblos, a los humildes ejidos indefensos, que, más fáciles de obtener, atrajeron de preferencia la atención de los mestizos defraudados en su justo deseo de posesio- narse de la gran propiedad eclesiástica, y, después, la de los grandes hacendados colindantes. tan mima- dos por la paternal administración del General Díaz o.

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Independencia Religiosa y tan respetados por sus jefes políticos y sus jueces de Primera Instancia. Los “criollos nuevos” latifundistas y aun los fla- mantes pequeños propietarios, bien pocos por cierto, no resolvieron naturalmente el gran problema me- xicano de la tierra y de la producción agrícola. Subs- tituída la Iglesia, como institución bancaria legal, por el capital del clero en función clandestina, y por el capital agiotista extranjero, favorecidos por la ley liberal de “libertad de usura”, que iba a poder dar sus primeros resultados positivos, la agricultura mexica- na, practicada según los procedimientos egipcios, no podía subvenir a los crecidos réditos y a los cuan- tiosos gastos particulares de los señores de la tierra, ni alimentar a la población parásita de las ciudades y de la creciente clase rural no productora, sino a costa de los salarios de hambre en los campos y del hambre sin salario de los pueblos indígenas. Enton- ces, la minería en auge, la construcción de ferroca- rriles y las incipientes industrias de transformación, fueron atrayendo a sus centros de trabajo a las ma- cilentas peonadas; y la vida imposible de los pueblos sin tierra de comunidad, dispersó en las haciendas a los grupos indígenas que habían mantenido su per- sonalidad étnica. merced al aislamiento.. Después de la caída del Imperio de Maximiliano, la Iglesia Mexicana se vió en trance apurado. La: Constitución de 57 y las Leyes de Reforma se co- yA

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M. O. de Mendizábal menzaron a aplicar según cumplía al jacobinismo de los republicanos triunfantes; el alto clero, involucra- do en la tentativa monárquica apoyada por el ejér- cito francés, tuvo que sufrir en el destierro las con- secuencias de su derrota, y los sacerdotes extranje- ros, agentes viajeros de la salvación eterna, abando- naron al rebelde país que no la quería, de sus manos. El sacerdocio aristocrático que pudo permanecer en México, ocultó su despecho entre las más producti- vas feligresías y los humildes curas rurales, que no habían disfrutado las dulzuras de los días buenos, soportaron las amarguras de los malos en sus parro- quias pueblerinas. Unos y otros se sintieron estrecha- mente vigilados y fueron más cautos o vivieron con más apego a la moral. Bien pronto, sin embargo, la influencia social de la aristocracia imperialista se hizo sentir sobre la na- ciente aristocracia republicana, y los viejos caudillos jacobinos, bajo la persuasiva presión femenina, dul- cificaron sus asperezas anticatólicas, relegándolas a las tenidas masónicas o a las ceremonias luctuosas del 18 de Julio; el episcopado manejó con prudencia sus difíciles relaciones con los guerrilleros liberales, convertidos en gobernadores, y, por medio de sus ministros, volvió a ser como en la Epoca Colonial, en cierta medida, un colaborador oficioso del Estado Laico. en la tarea de mantener inmutable un “estado 105

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Independencia Religiosa de cosas” que, a la larga, se tornaría favorable para sus intereses. A pesar de ello, la Iglesia, que había perdido su poder político directo, al perder su predominio en la vida económica de México, sólo pudo conservar ín- tegro su influjo social sobre la antigua aristocracia criolla, ampliándolo, en cierto grado, entre las aris- tocracias de cepa liberal. Las clases medias, formadas principalmente por mestizos, fatalmente burocráti- cas por falta de base económica, representaban la in- telectualidad y, más o menos sinceramente, el libre pensamiento. A servir los intereses de las primeras y a atraer o combatir abierta o solapadamente a las segundas, se redujo, desde entonces, el sistemático esfuerzo clerical. Las clases trabajadoras de México; obreros, peo- nes y campesinos de los de los grupos indígenas que sobrevivieron a la pérdida de sus ejidos, no habían sufrido modificación espiritual ninguna, porque na- die se había preocupado de ello; pero, en cambio, el nivel económico de su vida había descendido en una forma terrible. Las “tiendas de raya” y el co- mercio independiente, grande o pequeño, incluso, ac- tivo colaborador de los señores feudales de la tie- rra y de la industria protegida, en la tarea absurda de aniquilar fisiológicamente el único elemento de trabajo posible en México, dentro de los sistemas sos- tenidos por ellos mismos, habían hecho inútil el do-

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M. 0. de Mendizábal loroso desalojamiento de los campesinos proletariza- dos: el salario medio de 37 cts., igual al que se paga- ba en la segunda mitad del Siglo XVIII, tenía un po- der adquisitivo de 3 a 4 veces menor. El déficit que implica esta desproporción entre el salario y el costo de la vida, no es exacto en la realidad, desde el punto de vista alimenticio, por cuanto el indio mexicano ha hecho retroceder el límite de lo comestible. en una forma verdaderamente asombrosa; pero limitaba al mínimun su poder de tributación directa. Las jurisdicciones parroquiales tuvieron, por ello, que ampliarse desmesuradamente, al compás de la despoblación y del empobrecimiento del campo. y las precarias obvenciones parroquiales no permi- tieron el sostenimiento de los coadjutores necesarios. Muchos pueblos sólo eran visitados por su párroco en el día del Patrono, y los había, incluso, que reci- bían la visita cural cada cuatro años, para casar a posteriori y bautizar a fornidos chicuelos que ya ayu- daban a sus padres en las faenas agrícolas. Respecto a los últimos sacramentos, tan importantes para los creyentes, raros eran, por imposibilidad material o por desidia, los que lograban recibirlos. La vida religiosa de los indígenas, naturalmente, no se paralizó por esto. Los mayordomos de las co- fradías, simples sacristanes en otras épocas, comen- zaron a ejercer, por la necesidad, funciones sacer- dotales en ausencia del cura y llegaron a asumir el y

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Independencia Religiosa pontificado en materias de dogma y en asuntos de he- chicería; la visita del cura fué, desde entonces, para la mayoría de los pueblos indígenas, un aconteci- miento inevitable y poco grato, pues significaba una severa reprensión por las innovaciones del culto y, principalmente, un pesado desembolso pecuniario. La revolución mexicana, iniciada con pretextos políticos, pero originada en el profundo malestar eco- nómico, sucesivamente iba concretando sus vagas as- piraciones en programas de transformación social y económica, mal o bien definidos, pues no contó con precursores ideológicos, ni con dirección intelectual oportuna. El clero, incluso el clero bajo que en otras épocas sintió con el pueblo, ha sido, en calidad de aliado fiel de los latifundistas y de las clases privile- giadas, un obstáculo constante para la realización de estos programas. Por ello, el conflicto religioso, episodio de interés secundario dentro de la revolución, ha afectado pro- fundamente a las clases aristocráticas y a los elemen- tos católicos de la clase media, es decir, a parte de la pequeña burguesía de la ciudad y de los campos, aun- que la primera se haya limitado a cuestaciones y ro- gativas, en tanto que la segunda ha sostenido la lu- cha armada; pero, salvo en determinadas regiones del Centro de México, en las que, por causas espe- ciales, la acción del clero no se ha dejado de ejercer, no ha tenido repercusión intensa en el pueblo: en- IN

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M. O. de Mendizábal tre los elementos proletarizados, porque saben que la Iglesia, o por mejor decir, sus ministros, han toma- do partido por las clases sociales contra las que lu- chan; entre los pueblos indígenas, porque no han si- do afectados por el abstencionismo ritual del clero, o lo han sido muy débilmente. En materia religiosa se bastan a sí mismos: han recuperado el ejercicio del ritual. de las fórmulas propiciatorias y la comuni- cación directa con los dioses. M. O. de MENDIZABAL 99

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Motivos ¿MEMORIAS? ¿BIOGRAFIAS? . UE valor tiene, en sí misma, la vida de un hombre ilus- ¿OQ re? ¿Cómo pueden su enseñanza personal, el contenido hu. mano de su experiencia—desprendidos del documento que, después de su muerte, los aprisiona—servir de cjemplo al artista vivo, al hombre público en formación, en una palabra: al joven? La educación moral del hombre por el hombre, por el relato de la vida del hombre, ha sido, desde el Plutarco malicioso de los hu- manistas hasta el bueno y sentencioso Plutarco de Amyot, un prin- cipio aceptado por toda crédula pedagogía. Montaigne que, en la neligrosa alcaldía de Burdeos, puso más de una vez en práctica el escepticismo sonriente de los Ensayos, tenía una fe ingenua en la significación de este aprendizaje y explicaba—él a quien se ha acusado con frecuencia de epicurefsmo—las más finas, las más perezosas vibraciones de su temperamento con los textos de las vidas célebres más apasionadas, con los datos más ardientes de la acción. “Je nai dressé commerce avecques aulcun livre solide, sinon Mí

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¿Memorias? ¿Biografías Plutarque, ou je puyse comme les Danaydes, remplissant et ver- sant sans cesse” dice en su ensayo sobre la educación (*). Y, pá- ginas más adelante, agrega: “En cette pratique des hommes j'en- tens y comprendre, et principalement, ceux qui ne vivent qu'en la mémoire des livres. ¿Quel profit ne fera il a la lecture des Vies de notre Plutarque?” Este culto de los héroes que, en labios de Montaigne, se anticipa deliciosamente a la grave religiosidad de Carlyle, se encontraba de acuerdo con el rango de distinción artística a que, durante el Renacimiento, el humanismo había exaltado la vida. La propia existencia se cincelaba entonces como un puñal precioso que algunos—Benvenuto Cellini—no tenían escrúpulo en mojar en un poco de veneno. A este apogeo había de seguir—en las costumbres y en el arte—la usanza opaca de los siglos nuevos. La contrarreforma, aniquilando la bella libertad sensual del poeta, del pintor o del arquitecto renacentistas, suprimiendo su culto, por profano, no halló fuerza bastante en su fe para consolidar la reli- gión cuyo material había enriquecido el libro de horas de la Edad Media. Así como el cuerpo del hombre se ocultó entonces dentro del traje ascético de las nuevas modas, su espíritu, el paisaje de su acción privada o pública, se hizo cada día menos aparente bajo la túnica de esa modestia que la democracia impone a los in- dividuos, a quienes quisiera medir con un solo nivel de mediocri- dad. A la monotonía de las vidas burguesas, corresponde, en lite- ratura, la desaparición de un género favorecido por la antigiie- dad: el de Plutarco. El siglo XIX no produjo verdaderas biografías pero, en cambio, fue extraordinariamente rico en libros de memorias. Todo, en es- tas últimas, era una incitación al egoísmo sentimental de los gran- des románticos: la elasticidad de sus dimensiones, apenas limitadas por la curiosidad improbable del lector, el aparato lírico de sus (*) Ensayos.—Libro 1.—XXY. 711!

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Motivos pausas y, sobre todo, la libertad, la libertad peligrosa que el arte ¡usca siempre para decaer. A la biografía, género clásico, el siglo XIX opuso el libro de memorias, de indudable calidad romántica. Y es que el romántico habla siempre en primera persona, aun en los instantes en que la distinción de su obra exigiría más la ausencia de su individuo, Así, la Historia de Francia de Michelet no es sino el diario de Michelet a través de sus viajes por las crónicas y los documen- tos que compulsa, en tanto que La Leyenda de los Si glos no significa, para el lector un poco avisado, sino una galería de autorretratos de Hugo, en trajes de época: Hugo-Adán en Le Sacre de la Femme, Hugo-Booz en Booz Endor- mi, Hugo-Carlomagno en Aymerillot. Al reprochar a André Gide el uso inmoderado del “yo” en las páginas de sus primeros libros, Oscar Wilde, dueño a menudo de un sentido muy moderno de las proporciones, no hizo sino presen- tir, en el poeta de Nourritures Terrestres, al prosa- dor de Si le Grain ne Meurt El post-romanticismo de Gi- de—si de alguno puede acusársele—estriba precisamente en esta presencia, en este don inevitable de sí mismo con que alimenta sus primeros relatos. Su clasicismo, en cambio, consiste en la agilidad con que huye del autopanegírico a lo Chateaubriand, aun a riesgo de incurrir en la confidencia malsana, a lo Rousseau. La modes- tia, el rigor clásico que otros autores de memorias dejan para la hora crítica de intervenir en la vida de los demás, él sólo los ha puesto en describir su propia vida. De allí el tono sin entusiasmo, le áspera polémica interior, en que lo ha hecho hasta ahora. Como comprobación de esta tesis, con el centenario del Roman- ticismo, es decir, con la consagración definitiva de su tránsito, ha coincidido—en Europa—un florecimiento curioso de biografías. Y es que no sólo los libros de memorias han perdido lectores en es- tos últimos años; parece aún que el novelista no hubiese entrado en descrédito sino para dejar el paso libre al biógrafo al que, por 219

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¿Memorias? ¿Biografías? otra parte, ha venido a impregnar de su cálida temperatura emo- tiva, prestándole si no todos sus procedimientos, sí la mayor parte de sus útiles. Así se explica el tono de estas dos colecciones: Les Romans des Grandes Existences, de la Editorial Plon y las Vidas de Hombres Ilustres, dela Nou- velle Revue Francaise. TFrenteala novela, la vida. Uno de estos caminos lleva—de la fantasía pura, que nace y muere en sí misma—a la impura, retocada a cada momento por la tímida realidad que no se atreve a suplantaria. El otro no deja a la imaginación sino una mínima parte: la que la verdad exige, a veces, para no presentarse desnuda. Entre ambos, la elección no titubea: nuestra preferencia y nuestra simpatía están con la orientación dada al género hiográfico por la Nouve lle Revue Francaise. Con la orientación nada más. Porque las realizaciones distan mucho de igualarla en sinceridad y en pureza. Junto a la blanda prosa sentimental con que Guy de Pourtalés dibuja las anécdotas más conocidas de la vida de Chopin y de Lizst, hacen falta el sobrio estilo de Jacques de Lacretelle—que anuncia una Vida de Ra- cine—la inteligencia, herida en muchos reflejos, de Cocteau—que promete otra de Mozart—o la precisión abstracta de Valéry, a quien, después de una vida entera dedicada al Método, es justo ír hablar, aunque sea un poco tardíamente, de Descartes. De los libros aparecidos hasta ahora, en la colección de la N 0 u- velle Revue Francais e, se salvan el de Chesterton, so- bre Dickens—a quien considera como autor de mitos más que co- mo novelista—el de Paul Hazard, modesto pero sólido y bien do- cumentado, sobre Henri Beyle y el de Lucas-Dubreton sobre Du- mas padre. Pero este último, especialmente, agrava—por sus mis- mos méritos —nuestra inquietud. ¿Hasta qué punto es autor de una biografía quien la escribe? ¿Dónde empieza su obra? ¿Dónde acaba la del personaje, vivo y absolutamente real, que la inspiró? Agil. vanidoso, sensual, el padre de Los Tres Mosque- M1

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Motivos teros se apresura a vivir de nuevo ante nosotros, como en un espectáculo, su amplia vida de negro, rey de folletín, en las pá- ginas que la atención estudiosa de Dubreton le consagra. Pero ¿dónde está el arte del autor? ¿En la misma transparencia que lo disimula, que no deja en primer término sino la figura que contie- ne y que no se atreve a tocar? Frente a la prosa de la novela, cada día más personal y más visible, esta prosa de las buenas biografías contemporáneas no muestra otro deseo que el de adel- gazarse y desaparecer. Haciendo girar entre sus dedos el círculo de una sortija mágica, el pastor de una fábula de Rabelais era ca- paz de penetrar en los recintos más poblados sin ser visto. La prosa de las biografías debería, para considerarse perfecta, estar en pose- sión de este anillo silencioso de la fábula. Pero, aun seguros de sus virtudes, ¿habría muchos escritores capaces de usarlo? — JAIME TORRES BODET DIAZ MIRON MUERTO Y VIVO [os restos de Salvador Diaz Mirón, uno de nuestros grandes foetas representativos, refosan ya en la Ro- tonda de los Hombres Ilustres, cerca de los de Amado Nervo. Los dos han sido los foetas más conocidos, más “populares” de México; fero no en el mismo sentido ni entre la misma fracción de lectores. El carácter melancólico, un tanto senti- mental, de la foesia de Nervo; su vida oscura, romántica — misteriosa—; su trato y conversación frecuentes con las ca- pillas femeninas que lo rodeaban; el aspecto mundano de sus actividades, hirieron la imaginación exaltada de las mu- jeres, que lo hicieron “su poeta”. He aquí la causa de su no- toriedad cas? fabulosa en nuestro medio. Diaz Mirón, en cam- bio, se mantuvo aislado durante toda su vida. En franca re- "y aid

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Díaz Mirón, muerto + vivo beldíia contra la sociedad, los foemas declamatorios de su primera época le labraron una refutación que la realidad de sus hazañas confirmó en gran farte. Todo lo que hay en esa sociedad de romántico, de bohemio y de rebelde, creyó y gustó ampliamente de esa foesia combativa e indignada. Muertos los dos, no dejamos de observar claramente que la leyenda ha perjudicado su memoria. La obra de Nervo se resiente de ese contacto cotidiano con una vida “sin trascen- dencia”, y de Diaz Mirón ferduran solamente aquellos de sus boemas que fueron concebidos con un arte puro, alejado de las luchas civiles y de las frofagandas socialistas inmediatas. Afortunadamente fara su autor, los Poemas contenidos en "Lascas' —uno de nuestros libros clásicos—son suficientes bara justificar su renombre y el elevado fuesto que ocufa 2n nuestra lírica. Si for sus primeras froducciones se le coloca o clasifica entre los últimos foetas románticos, por los versos de “Las- cas” se le asocia generalmente al “Parnaso”. El rigor matemá- tico con que trataba el verso, lo hizo producir pequeñas obras maestras de frecistón musical, con sonoridades firmes, rotun- das. En cada poesía de Diaz Mirón las estrofas trenen una vida particular, desligada del conjunto del foema; y el verso tiene una virtud frofía, ajena al valor de la estrofa. Así la palabra con respecto al verso. Paciente labor de búsqueda en pos de una expresión adecuada, desnuda de accesorios, $lás- tica. Sin embargo, cuando Díaz Mirón dice: “Estudio y peso y mido”, se nos viene a la mente el conocido foema de Théoghile Gautier, “arte boética” anterior al Parnaso. “Sculpte, lime. ciséle” El farentesco o afinidad con el foeta francés no termina

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Motivos aguí. A la doctrmna del arte for el arte, unian los dos el mismo anhelo de freciosismo, de refinamiento, que tendía a hacer de la foesia una joya trabajada con la minuciosidad de un orfebre, venciendo la dificultad y el dolor de la dificultad. Sr Gautier dice: “Qui, loeuvre sort plus belle d'une forme au travail rebelle, vers, marbre, onvyx, émail”, nuestro foeta afirma: “Y en arte no me ofusco; y para el himno busco la estética del brusco estímulo mayor” Para las inquietudes de la nueva foesia, la obra frimi- tiva de Diaz Mirón ha muerto, ha muerto aun en los versos de sus continuadores: Liborio Cresfo, Argielles Bringas, Ra- fael López, Abel C. Salazar. Quizás murió con ellos y for ellos. En cambio, la foesía de “Lascas” ferdura y nos dicta su lec- ción de trabajo y de fureza. Se ha dicho que si se formara una antología de versos bellos, Diaz Mirón sería, de nuestros foe- tas, el más ampliamente representado en ella; y es verdad. Por su virtud musical, for su expresión perfecta y colorida, los jóvenes admiran y hacen suya la obra de nuestro gran poeta muerto y vivo. Un grufo de escritores ha aprovechado la muer- te de Díaz Mirón fara lanzarles un temeroso ataque sin fun- damento. Se le compara con los jóvenes y se le ensalza fara denigrarlos. El cadáver del foeta les sirve de escudo. Árre- batárselo, no podría ser; combatiriamos con sombras.—ENRI- QUE GONZALEZ ROJO 206

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Aventuras de la Novela AVENTURAS DE LA NOVELA E" hombre héroe de novela, como los microbios cultivados en las estufas de los gabinetes científicos, ha soportado todas las reacciones de la literatura. Le seguimos los pasos, por la tierra, hacia el oriente de las aventuras guerreras, amorosas, es- pirituales; metidos en su piel le acompañamos al suicidio—con el romanticismo—o atestigiiamos la realidad de sus acciones visto por el ojo de la llave del naturalismo y por el tragaluz de la psico- logía. Los más bajos deseos y la voluntad propicia en acción y en acecho para la fortuna o'la tragedia nos han sido revelados plena- mente por la novela. Stendhal, Dostoyewsky, Proust, Gide, llenan los carteles de la novela humana, en las cuatro dimensiones sensibles, durante los últimos cien años, pero la guerra, el cine y el periodismo univer- sal, causas conocidas y redichas, obligan al novelista moderno a encerrarse en la poesía que en vez de torre de cristal lleva a cues- tas su alcoba de soltero como la tortuga su concha. Tom and Jerry aprendieron en las trincheras a ver, sentir, de- cir todas las cosas por sus nombres, a despreciar la suciedad del cuerpo y la angustia del alma frente a la muerte y la tragedia. El cine, por otra parte, “hecho de actitudes y de movimiento como la danza y el deporte” vistiendo con el desnudo del alma el cuerpo vivo, saquea el campo de la novela, como género vívido descriptor de vidas, reduciéndola al Robinsonismo en su isla nueva y vieja en donde, parece, todo está por hacer. Los robinsones in- ventan, construyen. De la reunión insospechada de dos objetos di- ferentes obtienen el atributo útil y personal: la metáfora, en los límites de la poesía. Entre Robinsón y Simbad anda el novelista contemporáneo. O poetiza la prosa recreándose en su propio juego, desrealizándola en el narcisismo del cuaderno de notas lleno de apuntes perso- nales, creando primero los objetos para subsistir—como el Robin- 07

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Motivos són de la Isla—, o sc lanza a la aventura del viaje por sus sueños y sus instintos en diálogo con Freud (arduo conversador para se- ñoritas sport) o nos cuenta una nueva vida de abejas, de hormi- vas y de térmites, que se parecen al hombre, para atraer nuestra atención y dominarla en este pequeño viaje del tranvía cotidiano. Salvan a la novela actual—o al estilo de la novela por hacer— la poesía y el humorismo pero, sobre todo, el buen gusto. Lo cursi y lo sentimental, murieron de su propia vida, definitivamente, Y para triunfar o asomarse siquiera a la vanguardia de este género sin especie: el hombre externo a quien copiar, se requiere ser crea- dor, poeta, no creatura. En la nueva novela no nos distraen del diálogo directo con el autor, el personaje y la situación. (Creo en Pirandello pero en la novela autobiográfica y narcisista de hoy, alejada de la anécdota que enriquece desde afuera al personaje creado, el autor quiere crearse a sí mismo, mira a su interior, vuelve sobre sus pasos en vez de animar otros personajes que a su vez se conviertan en au- tores de sí mismos, que es lo que ha sucedido en la gran novela desde el Quijote). El autor lo es todo como en la poesía y, como en el poema, cada palabra, cada frase vale por sí, por su propia virtud. Como habla el autor, no el personaje, en la flecha partida, dirigida, en el juego de palabras, difícil consonante de la prosa, hallamos el valor de su espíritu y los matices tónicos de su con- cepción. Así esto que puede dejar de ser la novela enel por- venir es ya su instrumento inevitable. En la aventura actual de la novela cabe también la novela de aventuras de la que Paul Morand es el maestro ¿no viaja a través de la mujer, y alrededor del mundo, la cabeza en París, los pies por el planeta? Todo lo que pensamos frente al título de un libro recién abier- to (*) suele echarlo por tierra su lectura. Vuelta la primera pági- (+) E Villaseñor. Extasis, Novela de Aventuras, Calpe, Madrid, 1928. Na

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Pirandello sin palabras ha de esta novela de aventuras, sin estilo y sin la ironía de la aven- tura; recorridas sus páginas nos queda, solamente, el título de donde tiramos, como de la cuerda el buzo, para salir a flote. El autor, se advierte, es joven y esta sirena—maniquí de la prosa nueva, lo seduce con externas, peligrosas sonrisas. De la aventura resultó una novela en que la sirena perseguida golpea al perseguidor... porque se ha equivocado.—B, ORTIZ DE MON- TELLANO PIRANDELLO SIN PALABRAS (%) NI sé hasta qué punto pudiera comprobarse, dentro de la obra de Pirandello, la suposición de rtalianidad fun- damental que Benjamin Crémieux formula al frente de la versión francesa de Vieja Sicilia. Dar, como explica- ción insustituible del carácter de Pirandello, el torturado argumento de su origen siciliano, resulta un foco estrecho para la calidad de su psicología sin fronteras y recuerda, con proximidad demasiado sumisa, las teorías de Hipólito Tame sobre el medio y su influencia en la obra de arte. (*) A solicitud de Benjamín Crémicuzx, Pirandello escribió pora la traducción francesa de Vieja Sicilia (Kra, París, 1928) las siguien- tes líneas autobiográficas: “Desea usted algunas notas acerca de mi vida. Me hallo, querido amigo, en dificultad extrema para proporcionárse- las. Y esto por la sencilla razón de que me he olvidado de vivir hasta el punto de no poder decir nada, absolutamente nada sobre mi vida, si no es—acaso-—que no la he vivido: la he escrito. De suerte que, si desea usted saber alguna cosa de mí, podría responderle: Espere un poco, que- rido Crémieux, a que proponga su pregunta a mis personajes. Ácaso estén ellos en condiciones de darme a mí mismo algún informe. Pero tampoco puede esperarse mucho de ellos; son, casi todos, gente insa- ciable que no tuvo sino muy poco o nada que agradecer a la vida. Nací—eso, lo sé—en Agrigento, Sicilia, el 28 de junio de 1867. La ahandoné a los 18 años, para venir a Roma, Un año después, salí para In9

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Motivos Pirandello es un hombre de hoy que fue también—a su hora—un hombre de ayer y que no ha dejado de ser un solo día lo que su teatro revelará siempre: un italiano. En la más descarnada de sus realizaciones, en los mismos Seis Per- sonajes en Busca de Autor, hay escenas enteras en que el sentido y el tono de la emoción, en lugar de acen- fuarse, se atenúan con el fedal indiscreto de cierta inevitable declamación latina. ¡Pero, en cambio, qué enjuto en su con- junto el total de su obra plena! ¡Y qué contenida si se com- para con la de otros autores italianos, antecesores y contem- poráneos suyos! Su estilo—que es un estilo de cosas y no un estilo de palabras como el que se queja de advertir en la mayoría de los grandes artistas de su fueblo—quisiera, al me- nos en la intención, evadirse de la tierra en que nace. Y esta actitud nos hiere lógicamente más en la hora frecisa en que Benjamin Crémieux insiste sobre una necesidad de circuns- Alemania, en donde viví dos y medio. Una tesis escrita en alemán sobre los dialectos romances me valió el doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de Bonn. De allí regresé a Roma, pero no traje a Heine— como algunos se complacen en decir—sino a Goethe, de quien traduje las Elegías Romanas. De todo esto, no me ha quedado nada. Creo realmente que, en la pequeña medida de mi valor, no debo nada a nadie. Lo he hecho todo modestamente, solo. No tuve ningún modelo literario y, con los cajones llenos de manuscritos, luché mucho—más de seis años—por encontrar un editor. No conocí a Carducci. No conozco a d'Annunzio. Con Giovanni Verga no tuve relaciones sino hasta mucho después, cuando las fiestas organizadas por su ciudad—Catane—en ocasión de sus ochenta años. El Consejo Municipal me había invitado a pronunciar el discurso conmemo- rativo. Al hacerlo, expuse las razones por las que su renombre había sido—y debía necesariamente ser—ahogado por el de los demás. En ltalia, se prefiere un estilo de palabras a un estilo de cosas. Por eso Dante murió en el destierro y Petrarca fué coronado en el Ca- pitolio, En cuanto a mí, querido Crémieux, —si licet parva compo- nere magnis—no séa punto fijo por qué no me han lapidado aún, pero le juro que, por mí, no ha faltado”.—Luigi Pirandello. XX

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Pirandello sin balabras tancia y trata de convertirla en terrible necesidad de causa a efecto. Sin embargo, frente a la curiosidad de Pirandello por las cosas ¡cómo cobran singular y nuevo atractivo las palabras! Delicados, preciosos objetos que, al sol meridional de un arte sin concesiones, parecen destinados a no enriquecerse ya, como en la aurora sin crítica del lenguaje, con la sombra indecisa que los continuaba, las falabras, las difíciles pala- bras que él desprecia, nos siguen burlando con la redonda plenitud de su suberficie de esferas, siempre preparadas a huir. Se entiende que un conceftista como Pirandello ignore la delicia de Góngora, su vicio, su elaborada y preciosa virtud. Pero lo que se entiende menos es que un dramaturgo fase, en estas insinuaciones críticas, junto a las palabras sin sentir su tragedia, su profundo, misterioso poder de evocación. ¿Qué escenas de su teatro—y no exceftuamos las mejores—podrían deslizarse hasta el fin si una voluntad maligna, un capricho o, simplemente, una torpeza del traductor hubieran sustituido —a las palabras esenciales en que sus personajes se realizan — el verbo sin expresión o el adjetivo sin temperatura que acaso, en un principio, su misma mano original quiso elegir pero que su penetración más ¿vida rechazó en seguida? Un músico que hiciera profesión de desdeñar los sonidos, un pintor que, al referirse al estilo de otro, lo acusara de ser un estilode colores y no un estilo de asuntos, nos farecerían seguramente imperdonables. Sin embargo su actitud no se distinguiria mucho de la que escoge ahora Pr- randello fara situarse, como Hamlet, en el principio de un nuevo monólogo. Por fortuna, el autor—diestro en el fina ejercicio de las faradojas—se ha anticipado a contradecir él mismo este perfil de su engañosa autobiografía con la línea. mucho más segura y dibujada, de la forma limpia en 211

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Motivos que cristalizó la mayor farte de sus obras maestras, demos- trándonos de nuevo así que, fara desdeñar de prisa la retó- rica de los demás es freciso, casi siempre, haber empezado for dominar lentamente la tropia.—]J. T. B. TEATRO JUDIO:—El Dibbouk por An-Ski | teatro de An-Ski ha sido, seguramente, una sorpresa para el teatro Europeo. Tan grande como la del sabio que cuando volteó receloso, ocultando bajo el saco el fruto tan difícilmente conseguido, vió que otro sabio le seguía, comiendo francamente del mismo fruto. El amor, el adulterio, todas esas pequeñas basuras de que Occidente ha tenido que ir limpiando con tanto trabajo sus esce- harios, han sido siempre para los judíos problemas secundarios de fácil resolución en el misterioso más allá, única realidad para ellos importante, La superstición ingenua, sabiduría de su vieja raza, ligada a través del tiempo por razones de parentesco a otras no menos interesantes, ha sido terreno propicio para la aclimata- ción del teatro contemporáneo. Leyenda dramática, llama el autor a “El Dibbouk”. Queremos creer que se trata de una ironía. Porque ¿hay drama posible en una obra en que el dolor, por obedecer a causas desconocidas, se desrealiza, y en que la muerte no es más que el paso de una vida misteriosa a otra más diáfana, más libre? Más libre para los per- sonajes y para la escena. Aquí los muertos, ausentes, se convierten en los tipos más reales, más palpables, cuando libres de las fuerzas que apartan a los hombres de su destino, se apoderan de él y co- rrigen el de los vivos, irreales en su realidad. La parábola, con carta de naturalización poética, también cabe en esta obra judía. También el personaje del coro griego, que ten- drá que adaptarse al teatro moderno sustituyendo al mismo autor e

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Teatro Judío en las notas que no hace mucho se usaron como aclaración, fuera de la obra. Pero si la inquietud occidental hizo viajar al teatro europeo por caminos extraviados, en tanto que la raza judía se conserva- ba pura en su quietud, ésta ha tenido que recurrir ahora a las en- señanzas y a la experiencia adquiridas por los errores occidenta- les. Desde luego, no podía sustraerse a la influencia rusa tan cercana, ni a la alemana, notable sobre todo en los decorados de sus teatros, aunque algunos pintores, formados en Francia, como Falk, continuador de Cézanne en Rusia, hayan ampliado las in- fluencias. De formación francesa es también An-Ski, contaminado du- rante su vida en Francia, a principios de siglo, de los ímpetus re- volucionarios de Antoine y de Copeau. Sólo así fué posible que un hombre que dedicó las mejores actividades de su vida a los estudios sociales y por ellos sufrió destierro, nos ofreciera un teatro de- purado, artístico, ajeno a la propaganda de ideas, tan en boga en Rusia, entre sus contemporáneos. Ciertamente, la influencia europea es la que ha permitido a An-Ski desarrollar un juego lento, limpio, se diría que casi sin palabras, en el silencio de la Sinagoga de muros patinados, frente a un sepulero encantado, en esos lugares propicios para el adveni- miento de las potencias desconocidas que hacen al espíritu vivir, por un momento, la realidad que la vida tumultuosa no puede ofre- cerle. Pero si este autor, como los demás representativos del teatro judío, no hubiera hecho más que aprovechar las influencias euro- peas, hay que convenir en que las ha aprovechado muy bien, y ha logrado con ellas, un teatro personal, nacionalista y al mismo tiempo universal, con el que puede ahora ofrecer una enseñanza a sus mismos maestros, y, sobre todo, a quienes están en el principio de todos los caminos, sin decidirse por ninguno.—C EL ESTINO GOROSTIZA. 153

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Motivos MORALIDADES LEGENDARIAS R ELEER—con curiosidad, con caprichos, con estudiados desórdenes—es, casi siempre, abrir una nueva caja de Pandora. ¿Qué sorpresas fodrían no caber en este baúl má- gico: un libro ya leido? Y, como desde que lo abrimos for pri- mera vez hasta el instante en que lo releemos, el tiempo nos ha insensiblemente enriquecido, hacer la suma de sus tesoros es hacer también el inventario de nuestras experiencias. Si no con este deseo, con otros—que se le farecen mucho— LeMercuredeFrance ha decidido reeditar a Lafor- gue. ¿Reeditarlo no es ya una incitación a releerlo? ¡Cuántos giros sutiles, cuántas rápidas siluetas que mu- chos creyeron sin duda absolutamente de hoy, originales, ca- ben en estas fábulas modestas! Desde la fostura de su ironía hasta el ágil escorzo de su estilo, todo hace de Jules Laforgue uno de los maestros más directos de la prosa francesa con- temporánea. ¿Dor qué, entonces, no haberlo hecho figurar en las antologías de los frosistas nuevos? Una de las damas abandonó su brazo, desnudo, sobre el agua. Los ladridos, las risas, y las voces del lago llegaban hasta él, ela- rificados. como en una acuarela. Esta frase, que podría interpolarse en un relato de Gi- raudoux, es simplemente la descripción de un atardecer fren- te a la explanada de Elsinor. En esta otra, fina y sensual como el lágiz de cosmético rojo con que Morand dibuja los besos artificiales de sus heroínas: Pero, como bocas, quedaron sus ojos suculentos, mientras su boca se entreabría con la tristeza de una mirada.. Buscar modelos fara la buena Prosa de hoy no sería tan dificil como algunos, recién legados a escribirla. vanidosn- 4

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In discípulo Argentino mente lo suponen. Pero no los busquemos. Acaso la tarea de ferseguirlos nos marchitara la delicia de encontrarlos. —M. ROJAS. UN DISCIPULO ARGENTINO DE LOPEZ VELARDE [L muerte inesperada halló a López Velarde joven, en produc- ción plena. Su obra quedó trunca, incompleta, pero viviente y alentadora. Discutida y atacada en vida del poeta, ahora se exalta, se magnifica, marca un camino y constituye un ejemplo. Su gran virtud ha sido, en realidad, la de enseñarnos a ver las cosas de la patria con una mirada nueva y un espíritu ortodoxo, lleno de amor y de fuerza. La riqueza de las imágenes y de los adjetivos impre- vistos en un metro que raras veces dejó de ser tradicional—cató- lico—, hizo de la obra de Ramón López Velarde un esfuerzo perso- nal, original en la literatura mexicana. Tuvo discípulos, en México. Algunos de ellos, acompañándolo en vida, a la zaga de sus pasos y descubrimientos; otros, póstu- mos, que parecen haber nacido de su muerte y, en cierto modo, viven de su memoria. En el extranjero, hasta ahora, ha sido un des- conocido o un incomprendido. Más bien lo último. Los accesorios de espacio y de lenguaje—andaz y sorprendente—le imponían una limitación para las inteligencias lejanas. Pero en esta poesía de tono elegíaco y doloroso condenada por su autor a torturarse a sí misma, a morir varias veces y renacer más pura, había un senti- do nuevo, una recreación continua del arte. Los dos aspectos-Mistintos, definidos —de la obra de López Ve- larde han corrido diversa suerte. El primero de ellos, superficial, ITA

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Motivos formal, muy personal en último caso, ha constituído una falange le jóvenes enamorados líricamente de la provincia, sin ahondar en ella, como lo hacía el maestro; y de viejos catalogadores de pa- labras mexicanas, de temas mexicanos, que no pueden introducir en sus repertorios una chispa de poesía que los anime, López Ve- larde tenía la provincia en sí mismo. De ahí la ingenuidad mez- clada a la sabiduría, la timidez de mano de la audacia. De ahí también esa visión pura y complicada a la vez, de los seres y de as cosas—relaciones sutiles, religiosas, entre el paisaje y el alma. El nacionalismo de López Velarde nace de una lucha, de una ¿asión oscura en el espíritu del poeta. Espectador de los años crue- :es de la revolución mexicana, miraba las ruinas ambientes en los paisajes maravillosos de la tierra y de los hombres. Era demasia- do católico para ser revolucionario; había en su alma un fermento de reacción inevitable. Un complejo, fácil de comprender en un hombre que iba a la vanguardia del arte y a la retaguardia de la política, lo lanzó a esa exaltación piadosa-—nostálgica, dolorida— ide las bellezas de la vida y del paisaje de México. En el poema central de esta manera del poeta, “LA SUAVE PATRIA," los re- proches ocultos van unidos a algunos de sus mejores versos. “Como la sota moza, Patria mía, en piso de metal, vives al día, de milagro, como la lotería. Tu imagen, el Palacio Nacional, con tu misma grandeza y con tu igual astatura de niño y de dedal” LA SUAVE PATRIA Y todo un poema, “EL RETORNO MALEFICO,” deja transpa- rentar, más que ningún otro, esta azonía de su nensamiento: A

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Un discípulo Argentino "Mejor será no regresar al pueblo. al edén subvertido que se calla en la mutilación de la metralla.. “Y la fusilería grabó en la cal de todas las paredes de la aldea espectral, negros y aciagos mapas. porque en ellos leyese el hijo pródigo al volver a su umbral en un anochecer de maleficio. a la luz de petróleo de una mecha, su esperanza deshecha...” <.. Y una íntima tristeza reaccionaria” EL RETORNO MALEFICO El “nacionalismo” de Ramón López Velarde no es —como re- cientemente lo ha dicho un crítico—una expresión de la vida y el alma nacional, en un sentido objetivo, sino de su vida y alma pro- pias. Pero el sentido recóndito de su obra huye continuamente de la comprensión de las mayorías. Parece gozarse en permanecer oculto, impuro, mezclado en la veta a metales de bajo precio. Muy pocos son los que han sabido extraerlo, desligado de impu- rezas, para mostrarlo en su esplendor de buena ley. Abundan los prasélitos, pero faltan los discípulos inteligentes. En ese panorama curioso de la literatura argentina, donde el ímpetu criollo se desorienta ante la inmigración, se funde en ella, se quiere crear una tradición que no existe y da pasos de costado crevendo que son al frente. López Velarde ha encontrado un pro- AU

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Motivos sélito—¿un discípulo?—Este hecho no debe parecernos inusitado, porque ya es tiempo de que López Velarde traspase las fronteras. Su poesía honda, llena de sugerencias, no debe quedar solamente antre nosotros, para delectación de una minoría depurada. Ricardo E, Molinari, autor de “EL IMAGINERO,” es uno de los poetas jóvenes que ampara la Editorial Proa de Buenos Aires. Es- te volumen, de hermosa presentación, se abre con una cita de Bo- zángel y se cierra con un verso de Mallarmé. En ese punto de re- lación en que se coloca el poeta argentino, entre el francés y Bo- “ángel, el equilibrio es emocionante, por difícil. Pero estos epf- srafes engañosos nada tienen que ver con la obra de Molinari, Inútil- mente buscamos en ella el vínculo que la liga, espiritual y formal- mente, a Mallarmé. Ese afán purificador—retórico en gran parte— del poeta francés, está por completo ausente y en contradicción con “EL IMAGINERO.” Nos encontramos en presencia de un “nacionalismo” tímido, complicado con modalidades nuevas, no tanto en la factura de los versos como en el ángulo desde el cual se enfoca el arte. El “POE- MA DE LA NIÑA VELAZQUEÑA”—sin duda el acierto del libro— contiene los mejores elementos de esta clase de poesía, que se “onstruye con una emotividad romántica sobre complicaciones mo- Jdernas de estilo. Cuando no se llega a una realización discreta—lo que sucede a menudo en el libro de Molinari—el prosaísmo aparece en su des- nudez anti-rftmica. Bocángel se queda en el umbral y Mallarmé 1uye por la puerta trasera. Sólo quedan, guardando el templo, un >sfuerzo de novedad y una influencia. Esta influencia es la de Ra- ón López Velarde. La “ELEGIA A LA MUERTE DE UN POETA JOVEN” nos lo zonfirma a priori, Y, aunque la crítica no necesita para ello de es- ta prueba circunstancial, los siguientes versos: “yo he de vivir como la vainilla 21 A

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Un discípulo Argentino honesta, en su frasco y en su alacena.” HOSTERIA *,.. que era metal labrado y compotero...” EL TMAGINERO nos recuerdan casi a la letra las frecuentes asociaciones que hacía López Velarde, entre su alma pura, de emanaciones aromáticas, y la canela, la vainilla, el ajonjolí. Su espíritu—alacena—conser- vaba ese perfume tradicional de las viejas arcas, donde yacían re- vueltos, en familia, las especias, las compotas, todo un pasado ho- nesto de provincia. Cuando Molinari huye de estas relaciones case- ras, cae entonces, con las mismas palabras, en las citas religio- sas de López Velarde: “Yo quebraré la tierra labrantía como lo hicieron mis hermanos; y encenderé una vela a San Isidro Labrador...” POEMA DEL ALMACEN Pero hay ciertas cosas de técnica difusa que se escapan a un análisis rápido como éste. Ese algo vaporoso que forma el estilo inconfundible de los poetas que tienen una poderosa perconalidad. Asf, quien lea los siguientes versos de “EL IMAGINERO,” no podrá menos que reconocer en ellos la infhiencia clara, precisa, sin lu- sar a dudas. del poeta mexicano. “...tu dedal que ha de servir de mausoleo y catedral...”

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Motivos “... la lentitud perpleja de tu minutero...” EL IMAGINERO *Vives en una presencia que jamás es escándalo...” TRES POEMAS PARA UNA SOLEDAD Y seguiríamos citando versos y más versos de la mayoría de los poemas contenidos en el libro de Molinari. Los anteriores, para nuestro objeto, son suficientes. El poeta de “EL IMAGINERO”, por desgracia, se ha limitado a la primera de las influencias que par- ten de López Velarde, es decir, la meramente formal. Hubiéramos querido que algo del espíritu del maestro hubiera pasado a las pá- ginas del primer libro del poeta argentino, interesado solamente en la expresión verbal del poeta nuestro. Ese algo hubiera merecido elogios, no censuras. Estas se vienen a la mente cuando las pala- bras recuerdan a otras palabras y todo se vuelve palabras. El libro de Molinari está hecho con las palabras de López Velarde.—E., G. R. LE

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, con los antiguos metodos + ue mensajes, las carar eristicás - emás modernos de comunite- creíbies e 1lustran el enorme esfuerzo uel hombre para acercarse a sus semejantes por medios cada vez mas ri pvidos. LE A DESDE 16. “raynani” aztecas—los célebres correos de Moctezuma—ia rapidez ha s1vu el tactor mas valioso en la transmision ue mensajes. En 10s negocios, el ele- mento del tiempo es huy todavia más importante que en aquellos remotos tiempos. Los momentos perdidos en el arreglo de un asunto, a menudo establecen la aiferencia entre el éxito y el fracaso. EL SISTEMA telefónico “MEXICANA” en la Re- publica está conectado con el 80 por « fonos en uso en el mundo entero, Este: 'ioso es para el público el serviciu ” Por e teléfono « v3A” puede usted co municarse con cualquiera persona entre el Ibrstrin Federai, Queretaro, San Luis Potosi, Salertte terrey, Nuevo Laredo y Tampico y los Estados dos, Canada, Cuba, Inzhuterra, Escocia, Gutes. Ale mania y puntos de Francia Bélriea. Holland: mambrea Y Sue” DÍ

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Del mismo modo que buen pan 1- “1 .. de Un los órg: To 1 . Civestio Dicorór da E Es Ll. rr E” fuerz- — de hy itad: E a ¿TT ¿dio suDre a o Fa a A

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_A vOJZ7 NUEVA INSTALACIONES ELECTRICAS XEVISTA DE OPINION RFCT)R RICARDO DE ALCAZAR EN LOS mEJORES EDIFICIOS DE LA cun “EMOS ne NETA LAZIO« ELEC TRIC “La NC fi cardo MJEVI MEXIC 1 A ” SEOGRA HISTÓN, e e N nt NUM. —. EXICO J Y Ek” LE Y Ti x UNIVERSxr T¿uRAL Y .UMANAS 12-98 ERICSSON Y, NEU LEA USTED REVISTA DF OCCIDENTE VWADRIJ -+2B-LA HABANA UBLICACn. Pon INSTITUT NOSOTROS - BUENOS AIRE: REPRESEN] OS PA EXCLUSI La VYLNTA EN MEXICO ICRA Ca NOS SQUINA Mu . YN FEIN JUST: a Yu Ei PROSPECTOS NOUVEL.Z REVUE FRANCA.SE * pe REPERTORIO AMERICANO 1INSE C KR

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"DQUIERA USTEL EN 147 PRINCIPALES LIBRE .ASCZELAREPUBLICA C,DIRECTE.. NTE, SOLICI- - DOLO POr CORREC FRANC” "7 PORTE, 5 CONTEMPOR ANEOS AS SIGUIENTES OBRAS. INTELIGENCIA Y SIMBOLO, CALPE, MADRID, 3 2.6 AIME TORRES BODET PC GONZALEZ ROJO GARCIA MARI, o FAC. Tia: BL lona MEX o. xev3feriITICA) Ho RRES MEXICO ,, 2.0( La 1 MUNDO LATINC MADRIL ?2 0” sdLo3. MADRID .. 1.5" ANDALuUC:.. ESPA. MÁGICA ... ASCIC. InaaZade MONTELLAN). ZL TROMPO DE SIETE CUA E .. CULTURA, MEXICO j EN PROSA) PROXIMO A PUBLICARSE JOSE GOROSTIZA CANCIONES PARA CANTAR EN LAS BARCAS CULTURA, MEXICO ,. 1.56 ai? * ILCAURRUTIA. Re, ELL

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