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GENOVEVA IN FRAGANTI

Er, toda la casa se había hecho ya el temprano y fatigado silencio de las noches en que “el caballero” tenía junta política. Los niños dormían desde el cañonazo. La señora Celia, que había estado largo ra-to en el portal, como de costumbre, abanicándose, suspirando y hendiendo el aire de sonorosas palma-das contra los mosquitos, había acabado también por retirarse morosamente, recogiendo esto y lo otro, en-derezando sillones, apagando luces. Un momento, su figura amplia y pálida se dejó ver, significativamen-te, por la ventana del portal. Era la señal de todas las noches para que la criada diera fin al coloquio en la penumbra de la rampa que bajaba hacia el garaje, entre los chalets contiguos. La calle—calle del Vedado, rumorosa de hojas

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Genoveva in fraganti caídas y vecindad de mar—se había arropado también en un prematuro sosiego pueblerino. El campa-nilleo lejano del mantecadero con su carrito, áspero sobre los baches pedregosos, apenas lo turbaba; mi, más apartado todavía, el gangoso “Se juega mañaaana!” de un billetero tenaz. La brisa de mar traía una suave bendición de des-pedida. Trenzáronse las manos bastas, honradas de labor, de la muchacha y del “primo”; y ella salió co-rriendo, ruborizada como todas las noches, algo ri-dícula en su casta pusilanimidad, mientras los pan-talones de franela del mozo se iban desdibujando y fundiendo en la sombra, hasta surgir luego, vívidamente. en la claridad despejada de “la línea.” Genoveva cerró las puertas, atendió a algunos leves menesteres finales de la jornada, dió las buenas noches a la señora Celia y subió a su cuarto. Al entrar en él, sentíase siempre como si recobra-se su dignidad intrínseca, como si se despojara, en el umbral mismo, de su condición servil y se volviera sólo mujer, hembra humana como su señora. Verdad que, en buena cuenta, no era ella criada de por naturaleza o vocación: no había sido criada nunca, hasta que viniera a Cuba hacía ya cinco años. Por encima de la ropa pensaba ella que se la conocía su rango de señorita de aldea, rebajada antaño a no menos que costurera de capital provinciana. Lo otro de ahora, este heterogéneo servir que le había puesto gordas y rojizas las manos, convino en un principio

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Jorge Mañach a su condición de emigrada; pero ya sentía la fatiga y el rubor de la desviación, y todas las noches, cuando entraba en su cuarto, prometíase con particular ahinco hacer de una vez las diligencias redentoras, buscar la colocación digna que a ella le cuadraba. No era sólo cuestión de distingos en el oficio, sin embargo, lo que la hacía erguirse espiritualmente en esos momentos. Era, en el sanctum de su cuartejo alto, aireado y pulcro, un sentimiento, todas las noches renovado, de albedrío, de independencia, Parecíale que entrara en dominio propio y que la vista de su baulillo, de su vestido dominguero en la percha, de la imagen bendita y el retrato materno en la pared, le reivindicara su prístino señorío. Había entonces una afirmación irrazonable, casi inconsciente, de toda su dignidad natural. Perdía su timidez de maritornes, la imaginación se le abría a románticas visiones y se daba a soñar con voluptuosas liberta-des, vestidos majísimos, esencias, bailes en Tacón, ca-sita propia... Y cuando alguna vez la señora, reti-rada ya, la sorprendía en esos momentos voceándole alguna orden rezagada de la faena del día, Genoveva, a pesar de su devoción al ama, sentíase como agraviada en su fuero inalienable, como si en rigor ya no tuviera la señora el derecho de mandar, ni ella la oblivación de cumplir.

La señora Celia solía insinuar su experiencia de sos trueques nocturnos diciendo, en las visitas, que

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“su gallega era muy buena; pero, hija, cuando ella creía que había cumplido ya con su deber, que no la molestaran, porque tomaba unos humos!...” Para sí, lo atribuía todo, sin embargo, a algún disgus-to que la muchacha había tenido aquella noche con el novio.

Porque no estaba en Genoveva el ser bachillera ni respondona. Desempeñaba sus tareas con avispa-da diligencia, pero también con un denso y sufrido acatamiento, “como la mejor.” Ni era tan inteligente que asumieran aquellos humores rebeldes de por las noches una claridad de ponderado análisis. Sabía leer y aún escribir con alguna dificultad. Nadie como ella para tomar fielmente los recados por teléfono o para apuntarlos esencialmente, en letra grande y bajadiza, al dorso de un sobre. Conversaba con pintoresca fluidez cuando estaba de vena. Por estas luces y ciertos visos de mejor procedencia que acu-saban su aire y su ademán, había tenido siempre un ascendiente sobre el resto de la servidumbre (hasta sobre las cocineras, fauna insojuzgable), al punto de que las demás criadas mirasen como cosa natural que, de las dos habitaciones destinadas al servicio, la señora le hubiera concedido una a ella exclusivamente. Esta diferenciación perpetuaba la suerte de lugar-tenencia tácita que Genoveva ejercía en el manejo de la casa, evitando la desmoralizadora promiscui-dad de las horas de descanso. Mas, con tantos distingos y preeminencias, Genoveva era—en la esti-mación de su ama-—una criada, “un enemigo paga-do,” como decía la señora Celia, si bien ese tradicional concepto no empecía para que la hiciese objeto de sus desoladas confidencias, que los desmanes y vejaciones de “el caballero” a diario motivaban. Ya en su cuarto, Genoveva se fué desnudando poco a poco, distraídamente, asomándole de vez en cuando al gesto y aun a los labios el soliloquio interior, vagamente rencoroso. Se vistió su camisa de dormir, echóle una ojeada al framentario espejillo de peinarse, que le devolvió una imagen hidrópica y grotesca, y se sentó al borde de la cama. El cuarto se llenó de un olor a carne limpia y trabajada de mujer. Por la ventana que le daba vista a la azotea, se coló una brisa húmeda, que hacía ondear las ropas menudas tendidas fuera. Genoveva se ensimismó. con la mirada fija en los arabescos del suelo embal-dosado y los brazos colgantes, acariciándose sin de-liberación los tobillos anchos y blanquísimos. Toda su figura fué tomando un aspecto desgajado, de dolorida vacancia, de obtusa y triste animalidad. Abajo, el pregón del billetero, antes diluído en la tenuidad de la noche, se acentuó ahora, al volver de una esquina, hasta cobrar una matemática precisión: “El veintidosmil seis... ¡Se juega mañaaana!” La voz sacó a Genoveva de su abotargamiento con un leve sobresalto. Todas las noches tenía aquel

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Genoveva in fraganti momento de estático desmayo antes de que la rin-diera el cansancio. Su mente, en esa pausa, era algo inmóvil también en que quedaba borrosamente la última impresión trivial, como una imagen en un charco de lluvia. El pensar, el revisar velozmente las peripecias o la rutina del día, el especular a la diabla sobre el porvenir, venían luego, entre la planchada frescura de las sábanas. Ahora, el pregón fué un es-polazo a su entumecida sensibilidad. La insistencia gangosa de aquel grito siempre idéntico, acusado en la solemnidad de la noche, hería un poco el espíritu, igual que una ironía. Genoveva estaba habituada a oírlo; pero nunca lograba sustraerse a la idea de que, con aquel pregón decenal, la fortuna estaba pasando regularmente a su vera, invitándola.

Más que ninguna, esta noche el arrastrado “Se juega mañaaana” le sonaba retador, como si quisiera mofarse de su cansancio, de su ahorratividad, de sus pobrecitas economías. Mientras más atención le prestaba, más embarazada sentíase contra toda ini-ciativa y más cierta se imaginaba, no obstante, la vecindad de la suerte regalona. El pregón se iba acer-cando. Ya las cinco cifras se oían netas y distintas, como cinco promesas. “Veinte-y-dos-mil-seis... ¡el Premio Mayor!,” aventuraba el billetero opacamen-te. sin convicción.

Genoveva se asomó. Por cima del filo de la azotea, VIÓ aproximarse allá abajo la figura desarrapada

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Jorge Mañach y cansina del vendedor, un pobre diablo con un para-guas. En esto. súbitamente, frente a la ventana pasó la sorda levedad de un gato que a Genoveva le pare-cIÓ negro.

Y se decidió. De lo más recóndito de su baulillo ventrudo, hurgando a tientas, extrajo un billete ple-gado en el doblez de un pañuelo. No se demoró para calzarse ni para echarse nada encima. Hacía calor; todos dormían... Bajó con rápida cautela la escalera que terminaba junto a la cocina. Avanzó luego, a oscuras, por el corredor, destacado a trechos por los retales de claridad lunar que atravesaba los venta-nales del patio.

Al pasar junto al cuarto de la señora Celia, puso el oído a la mampara; la señora respiraba densamen-te, con un laborioso dormir, entrecortado de quejosos suspiros. Siguió Genoveva adelante, más apretado el corazón a medida que se aproximaba a lo enfática-mente señorial de la casa, al lujo de la sala y de la sa-leta. Al llegar a ésta, la alfombra áspera y espesa le devolvió una tibia serenidad por las plantas descal-zas. El pregón se filtraba ahora, muy neto y solícito, por las persianas de la sala: “El vein-ti-dosmil-seis!” Con el billete estrujado contra el seno. Genoveva se dirigió, resuelta, hacia la puerta principal. La luna —mno sabía ella desde dónde ni por qué resquicios— la constelaba de claridades. Iba ya a abrir. De súbito, trajinó un llavín en la

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Genoveva in fraganti puerta de entrada a la casa y se oyó el rezongar de un automóvil que arrancaba fuera. En el vano, contra la fronda parda y el cielo lunado, se cuajó la figura del caballero, vestido de blanco. Quiso Genoveva sofocar un “Ay” en una vana esperanza de di-simulo y escape. El caballero escrutó sorprendido un momento, cerró luego cuidadosamente la puerta, mientras ella le miraba, fija sobre las losas de már-mol blanco, clara y fría como si fuese parte de ellas. La puerta, al cerrarse, suscitó una efímera corriente de aire, levantando el borde inferior de la camisa y revelando las piernas rotundas, azules de luna. Al fin, quedamente, preguntó él con más curiosidad que rigor:

—e Qué haces aquí? Genoveva se echa a llorar. Intenta una excu-sa; pero la emoción le hace elevar demasiado la voz y resta coherencia a sus frases. El caballero le pone la mano en la boca:

—Cállate: ya me explicarás... Se puede des-pertar la señora.

Se recoge ello con timidez. El tuteo insólito del caballero, la sensación de la mano suave y anillada en la boca, sobresaltan aun más su castidad humilde de sierva. Quiere separarse, evadirse ya; pero él le ciñe ligeramente con el brazo la espalda semidesnu-da y le dice muy bajo, tan cerca que el aliento le ba-ña la cara llorosa:

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Jorge Mañach

—Vé a tu cuarto... Ya me contarás. No hay que apurarse, boba... Y la va empujando untuosamente con las palabras y con el brazo, que no le quita de en torno, mientras ella le elude a saltitos ariscos, en su compungida desnudez de ninfa captada.

(y OMO ocurrió luego aquello, Genoveva nunca supo explicárselo de modo que aplacase su hon-do bochorno.

Ella, en efecto, sólo recordaba claramente que el caballero la había acompañado hasta el arranque mismo de la escalera, junto a la cocina, repitiéndole siempre que se acostase y que no temiera nada. Pero mientras ella subía, estremeciéndose a cada crugido del maderamen, había tenido que recatarse de su mirada codiciosa, hasta que le viera retirarse brusca-mente hacia sus habitaciones, que eran contiguas a las de la señora Celia. Por primera vez, aquella noche, al entrar en su cuarto, no había experimentado la habitual fruición de digna independencia. Le había parecido que la peripecia había traído consigo una irrevocable humilla-ción, un compromiso externo tan categórico que, por mucho que ella explicara y explicara, nunca más se creería ya en su honradez. Descalza y casi desnuda

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Genoveva in fraganti y a oscuras bajar, en la noche, a comprar un billete de lotería por el resquicio de la puerta señorial ¡era algo tan simble! Y, sin embargo, ella había presen-tido, tras el encuentro inesperado, que la misma na-turalidad del hecho le haría más difícil de cohones-tar. En un criado—pensaba turbiamente—lo espon-táneo se tiene siempre por deliberado, lo inocente por malicioso.

Estaba condenada por las apariencias. La despe-dirían, sí; y se marcharía a otra casa, y la señora Celia, que era tan buena, acaso lo silenciara todo cuando le pidiesen referencias de su conducta; pero ella, Genoveva Puga, sabía que la tacharían contra toda protesta, como a una cualquiera. ¿De qué servía que su conciencia estuviera en paz? ¡Ya casi no lo estaba! La elocuencia inmediata de lo sucedido se le apa-reció en seguida tan abrumadora que, poco a poco, se fué familiarizando ella misma con la idea de su potencial culpabilidad. La entretenía morbosamente, sintiendo, en su trastorno, que la vergiienza de esa ficción era preferible a la ira de barruntarse víctima de una injusticia. Sentada al borde de la estrecha cama, especulaba si la compra del billete no había sido, en realidad, un pretexto que ella misma se pusiera para... sí, para robar al amparo de las sombras. Recordaba con qué iuegos de ilusión había mirado más de una vez las alhajas que la señora Celia solía dejar, descuidadamente, en la coqueta. ¿No había llegado, xQ

Jorge Mañach un día, a ponerse el collar aquel de ámbar, conjetu-rando qué efecto le haría a Paco vérselo con el traje amarillo de los domingos? A lo mejor, todo había sido una tentación más fuerte que ella, disimulada con lo del billete... Pues ¿no comprara ya días antes un “pedacito,” que estaba allí, en el mismo pañuelo, con el dinero? ¿Ni qué abundancia tenía ella para jugar dos veces en el mismo sorteo? Inquisidora de sí misma, fuese enredando así en la malla de sus propias imputaciones. Todos los malos, humanos deseos inhibidos a lo largo de sus meses de servicio, toda esa vaga hampa de apetitos sojuzgados por el sentido moral, surgían ahora, al que-branto de éste, enlazándolo con la inocente peripecia. De vez en cuando, sin embargo, la conciencia co-braba un brío fugaz, encabritábasele de nuevo la dignidad y el ánimo se le henchía de soberbia. ¡No! No había querido robar, no había querido robar! ¿Por qué dudaba de sí misma? Mentían quienes lo dijeran: mentían las apariencias y el caballero y la señora Celia, si llegaba a creerlo... El caballero... ¿Para qué había llegado tan temprano aquella noche?... Pero ¿sabía ella qué hora era?... Era tar-dísimo! ¿Cómo se le ocurrió bajar así, a oscuras, desnuda casi?... Y la falsa conciencia de los momentos en que el pánico es señor, acogía un reproche de im-prudencia que llevaba, de contrabando, la otra idea tenaz de latrocinio.

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Había mirado entonces, encandilada y llorosa, el retrato de su madre. Era una postal hecha en Lugo, poco antes de embarcarse Genoveva para Cuba. La madre estaba sentada, vestida de negro, con sus ala-dares blanquecinos y su rostro severo; al lado, la propia Genoveva, de pie, con una mano desairada sobre el hombro de la viejuca. La postal estaba prendida con un alfiler a la jamba de la puerta. Genoveva la había contemplado con los ojos melados devol-viendo en destellos la luz de la bombilla demasiado baja y había hecho al fin un gesto desgajado, escon-diendo la cara en las ropas crispadas de la cama. Así recordaba ella haber pasado algunos minutos, lloran-do.

De pronto, había sentido en todo el cuerpo como un calofrío sutil, y una mano tibia que se le posaba en las espaldas. Se incorporó sobresaltada. El caballero, otra vez, estaba allí, vestido ahora extrañamen-te, de seda color violeta... ¿Qué había pasado después? El alaba había encontrado a Genoveva tendida sobre la cama, poseída de una vaga lasitud. Las sábanas, las almohadas, el cuarto todo, estaban llenos de un olor a pomada, a barbería. En el suelo, al vol-verse, había visto una colilla de cigarro. Fuera, los gallos cantaban con un timbre de sorna. Estaba tran-quila, como entontecida. Sólo una idea, una idea fija, le rondaba la conciencia sin turbarla: Paco. No había recobrado aún su suficente lucidez para meditar en las consecuencias que, respecto de su novio, pudiera tener lo que acababa de pasar. El hecho mismo, ella no intentaba precisárselo, explicárselo todavía. Su memoria se refería a él torpemente, sin coherencia, en burdos atisbos de su causalidad. Sentíase física y mentalmente magullada, y entreveía los momentos de la larga y arisca claudicación como pudiera visualizar su travesía vertiginosa quien se hubiera precipitado inadvertidamente desde una gran altura. Poco a poco. sin embargo, la memoria se le fué despejando por lampos, como un cielo anubarra-do. Reconstruía...: el apresamiento en el cuarto exiguo, la ventana cerrada, el ambiente espeso; en la cara y por todo el cuerpo jadeante, un hálito ar-doroso que la envolvía, la envolvía, licuándola hasta la médula de su voluntad intimidada. Y recordaba frases vagas, unas en tono de repugnante y vis-cosa codicia; otras, firmes y sordas como amenazas: Dinero... silencio... la Señora... Vestidos... “No le iba a pesar”... “Si no, iba a ser peor”... Y siempre el hálito caliente, el vaho de hombre y de pomada que la asfixiaba como una humareda, que la expulsaba de su castidad y le iba ganando invaso-ramente las fuerzas. hasta el desesperado abandono... En seguida, la memoración se enturbiaba y surgía la figura de Paco que la miraba con un gesto apacible, sonreído casi.

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¿Por qué no se lo imaginaba poseso ya de celosa “racundia? ¿Por qué era su evocación tan plácida,

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Genoveva in fraganti tan sin remordimientos todavía, como en un sueño absurdo de esos que invisten a los seres queridos de las más vergonzantes complicidades? ¿Es que no la querría?... Y ¿cómo se resignaba ella tan fácilmen-te a esa suposición, acariciando un vivo sentimiento brusco de autonomía, de “al fin y al cabo, no tengo por qué darle cuentas”?

Repasó vívidamente la historia de su noviazgo. La ironía casera solía llamar a todos los galanes de idilio a la puerta “primos,” fundándose en la simula-ción de ese parentesco, frecuente en las mismas criadas. Pero si alguna vez hubo galán que fuese autén-ticamente primo, era Paco. Su padre, portero de una casa acomodada en Lugo, casara con una tía de Genoveva, hermana de su madre, muerta del primero y único parto. Genoveva había tratado poco al primo huérfano. Vivieron su niñez, casi contemporánea, separados: el muchacho en la ciudad, ella en la aldea. Cuando Genoveva al fin fué a Lugo a colocarse de costurera, tras los reveses de su casa, el mozo, ya barbiponiente, salía a prestar sus servicios al Rey en la guarnición de Cartagena, y apenas si se vieron algunas tardes en la Alameda, un poco corridos de su parentesco sin confianza. La ausencia del muchacho en el servicio. acostumbró al padre a prescindir de aquel hijo único en quien tenía puestos sus mejores amores de viudo no exento de tentaciones, obviando así la realización, por parte del muchacho, de un in-sistente anhelo de irse a las Américas. Paco volvió, pues, a Lugo para despedirse de su padre y seguir rumbo a La Coruña, donde debía embarcar. Durante aquel brevísimo tránsito, tratáronse los primos otra vez. Ella estaba más hecha y avisada de malicias; él, más curtido también por los tratos de cuartel. La alameda les pareció entonces a ambos tan propicia como el parentesco: a la sombra de una y otro fueron los primeros disimulos románticos de la carne. Cuando él se embarcó días después, llevaba prendido sobre el pecho un detente bordado con pelo de Genoveva y ésta se quedaba con una postal fotográfica que mostraba a Paco muy seguro de sí mismo, vestido de cabo de infantería, al volante de un automóvil de cartón.

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Fué, sin embargo, demasiado mar por medio. Ella recordaba que su enamoramiento fulminante se había aplacado mucho con las lágrimas de la primera semana de abandono. Al cabo, las cartas que Paco le-yera con nostálgica voracidad, durante las largas veladas de guardia, sentado en su taburete a la puerta de un almacén de tejidos en la calle de la Muralla, se habían ido haciendo muy escasas y familiares, hasta llegar firmadas con un: “Tu prima, Genoveva.” Esto le dolió a él como un insulto, y no volvieron a es-cribirse más.

Al año y medio, Genoveva también llegaba a Cuba. El había ido a sacarla de la estación de inmigran-tes de Triscornia, muy peripuesto, con el pantalón de franela de las grandes ocasiones; le había buscado alojamiento, la había paseado los primeros domingos en torno a la retreta del Malecón, le había insertado en los diarios las solicitudes de empleo, e iba a lle-varla un domingo a una jira en “La Tropical” cuando Genoveva obtuvo colocación en esta casa del Dr. Pérez Garrido, —abogado y representante a la Cá-mara, —donde aún permanecía. Después sa había ido engendrando, paulatina-mente, lo inevitable. A Genoveva se le hiciera muy cuesta arriba, en un principio, acostumbrarse al nuevo ambiente, a las nuevas responsabilidades. El calor inmisericorde del trópico, aplanándole el espíritu, pugnaba en ella con la conciencia resignada de sus deberes, y en la aspereza de este drama cotidiano se fué afilando la morriña primeriza del terruño. Entonces buscó un desahogo a su tristeza en Paco. que la venía a “sacar” todos los domingos. El primo le hablaba melosamente de Lugo, de la Alameda, de las gentes amigas, de los días frescos y los cielos grises. La melancolía del uno y la del otro, se junta-ban, y de ese ayuntamiento nació una simpatía más fervorosa que, referida poco a poco al porvenir, to-mó al cabo traza de noviazgo. Una tarde, sentados ambos en el muro del Malecón, el muchacho le habló románticamente, poniendo en sus palabras mucho fervor personal y no pocos ripios de las novelas leí-das en las veladas del almacén. Y ella, sorprendida por la fe capciosa de Paco en la reciprocidad de su amor, se halló de repente excusándose de sus olvi-dos y admitiendo que de veras lo quería. Desde entonces, el primo había ido dos noches por semana a conversar con ella en la acera.

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El hábito—poderoso alcahuete—hizo lo demás. De tanto hablar en novia y ser tratada como tal por Paco. Genoveva llegó a mirarle como a su esposo predestinado. Ni una sola vez—hasta ahora—le había ocurrido pensar que todo aquello pudiera ser un refugio sentimental de su nostalgia. Habían tenido, eso sí, en ocasiones, vivas discrepancias por motivos tan triviales que a ella misma le sorprendían, pro-vocando esas bascas recónditas con que se defiende el corazón desamorado. Y cada querella había traído, durante una semana, el disfrute insconsciente de un pueril albedrío; pero, al cabo. la nostalgia la ga-naba de nuevo; comenzaba a echar de menos los coloquios de la esquina, que la distraían de sus fatigas y de sus humillaciones, y acababa por escribirle a Paco, laboriosamente, algunas líneas de reconcilia-ción en papel rosado. Indefectiblemente, el primo había acudido. ojeroso y más tierno que nunca.

Así habían pasado los siete meses que llevaba de “colocada.” Ahora, en esta madrugada de retrospec-ciones, dolorida del agravio brutal, la imagen de Paco, “que siempre la había respetado, a pesar de todo,” se le presentaba aureolada de una hidalguía humilde. El no hubiera sido capaz... ¿Lo sería de comprender, de excusar, si ella le contara? Sentía ya el ansia de desahogar su secreto, de poner sobre la dignidad escaldada frescor de ternuras amigas: y el ansia ésta era más poderosa que todas las admonicio-nes cautas del instinto.

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Pero, en seguida, el recuerdo del atropello le cua-jaba de temores y de vergilenzas el ánimo. La imaginación, recobrando su agilidad mañanera, recorría, a saltos, toda la escala de “las consecuencias.” Evo: caba los viejos escándalos de la aldea, que habían in-trigado su niñez—las mozas engañadas en el azar y la jácara de las romerías, las mancebas parias, a cuyo paso se persignaban mordazmente las beatas—; parecíale que se había rebajado al mismo arroyo ig-nominioso, y se pasaba las manos por la cara ardo-rosa, como si quisiera borrarse un estigma presunto de pecado. De súbito, reconocía que su voluntad apenas había intervenido en la peripecia. Ella no lo había querido ni un solo momento: antes luchó con todas sus fuerzas y sus uñas, cruzando de zarpazos despavoridos la misma cara que se había acostum-brado a respetar en el servicio, pese a los relatos

Jorge Mañach quejumbrosos de la señora. Pero el rostro la había acosado hasta abrumarla. La palabra era demasiado culta para que ella se la formulase; toscamente, sin embargo, a su manera, distinguía que aquello había sido una violación, un “abuso,” no una caída... Mas ¿no era el mismo resultado? ¿Quién le iba a creer a ella sus distingos? Ni, de creerlos, ¿quién les daría importancia? Una señorita puede permitirse el lujo de tales especificaciones; la mujer humilde pe-ca siempre sin atenuantes, por sucio instinto. Entre la versión honrada que ella diera y la versión cínica o la mentira descarada del caballero, ¿cómo esperar que prevaleciera su decir? Se veía confesándoselo todo a la Señora, entre sollozos y protestas; la des-pedida inmediata; las frases decepcionadas y severas de la Señora Celia, y los cuchicheos sarcásticos de los demás criados, que se aprovecharían del trance para vengarse de las anteriores subordinaciones. Resolvió no hablar: no contar nada. Vería qué actitud tomaba el caballero. Y al pensar en él Genoveva no pudo evitar que se insinuara, en un rincon-cillo poco vigilado de su conciencia, el recuerdo de las promesas hechas “a cambio.” Un momento, se hicieron señales subrepticias de inteligencia sus ata-vismos de raza expoliada, sus fatigas de sierva y las vagas y rápidas vislumbres de recompensa posible.

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Avergonzada, se arrojó del lecho premiosamen-te. Al despojarse de la camisa larga de dormir, con-sideró un instante su cuerpo macizo, en que la re-friega había dejado algunas huellas violáceas. Luego se arropó ligeramente. El día apenas despuntaba aún. Los demás criados dormían. Cruzó el trozo de azotea que hacía servicio de alto patinillo y que separaba su cuarto del baño y demás habitaciones de la servidumbre; y alterando su horario habitual, se lanzó bajo la ducha fría, en el estrecho y mondo re-trete de la dependencia.

Cuando volvió a entrar en su cuarto, le pareció que el baño de la mañana habíale devuelto un poco de su antigua y limpia dignidad.

Jorge MANACH

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