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EXAMEN DE PAUSAS

...y es una exageración, pobres maridos, ser a la vez coquetas y devotas, ¿no cree usted? Como no me atrevo a desmentir a La Bruyere, digo que sí. Pero no basta. Ese silencio de todos significa que debo decir algo más. Luego que, si apoyo con mucho énfasis las opiniones de esa señora, van a creer que empiezo a enamorarme de ella. Es casi una confesión y, desde luego, un sistema. No me siento con voluntad para ser misógino toda mi vida. Apro-baré mejor a la señora de la casa, tan moderada en sus vestidos, en sus opiniones, en sus adulterios. Pero ¿quién tiene mi voz? La oigo sonar, como en un espejo, en aquel rincón. Fué Elvira, me la quitó al besarme, cuando cerrá-bamos el libro de solfeo del balcón, vacíos los alam-bres de gorriones, borrada por la colina la llave del sol. Si la denuncio, sus padres lo descubrirán todo. Nunca volverán a invitarme. Seré el que mira el baile desde la ventana. Seré el ángulo agudo, inclinado sobre los libros, mientras los rectos trabajen para que el obtuso siga recostado en su sillón de aire. —¡Cuidado con humanizarme las matemáticas |— me grita un ángel antiguo. En realidad es aquel maestro de escuela. Era tan calvo, que las miradas se nos iban a rayarle el cráneo, limitando las zonas de una frenología no más inexacta que la otra; la depresión occipital, como una tonsura en hueso vivo, misticis-mo; las prominencias sobre las sienes, difamábamos. afortunado en el juego...

Examen de Pausas

Pero tengo que hablar y Elvira sigue luciendo mi voz. Aún con sordina, se pone a explicarla diciendo que está acatarrada. Y como mi voz nunca ha servido para otra cosa que para repetir impertinencias, se ha puesto a hablar de poesía. Si recita estoy perdido. Y la perderé, además, porque el poeta Gilberto la hará su última voz. Necesita una así para cantar sus pin-turas.

—A propósito. ..—empiezo. No sé nada a propósito, pero todos están esperando mi discurso. Me veo como esos críticos que escriben: “abriendo al azar el libro,” y se ponen a buscar durante muchas horas la página en que desean abrirlo al azar.

Gilberto Qwen

Necesito una frase larga, delgada, con un anzuelo de pescar sonrisas en la punta.

Me molestan los anteojos de ese señor. Su espejo curvo me redondea, engordándome y empequeñecién-dome en una amorfosis desconsoladora. Sus ojillos detrás, me gritan: “¡Al grano!” con sus luces más in-solentes. Ya lo conozco: es incapaz de sensualidad, vacío de imaginación; prefiere las ideas en esquema, sin ramaje dialéctico; suspira por el advenimiento de la alimentación sintética, incapaz de saborear nada. Deseará el amor, acto final, sin preliminares de ter-nura y sin epílogos de ligas, de compromisos. Unirse sin atarse, receta de los que no quieren, luego, arran-carse la cola. No se casaría por amor. La antipatía es la única razón de existir de los que tienen en tan alto aprecio sus ojos, que los guardan bajo cristales tan gruesos, suspicaces, temiendo que se los roben. En venganza le diré a su mujer cosas delgadas; le descubriré que existen los pájaros, los minuetos, la poesía pura. La voy a hacer temblar con el temblor de orden místico que sobrecoge a los profanos cuando oyen hablar del espacio de cuatro dimensiones. ¿Quién me está matando el tiempo? Este minuto no puede vivir más, ni con la manera de respiración ar-tificial, para ahogados, que ensayo saludando a uno que acaba de entrar, ceremonioso. Mi anzuelo de sonrisas necesita el cebo de un recuerdo. Ya no recuerdo, ahora lo veo, ni de qué hablábamos. A propósito...

Examen de Pausas

Elvira—era su obligación—me ha salvado. Me llama; nuestro vals va a empezar. Mi mayor carava-na, señoras. Dentro de cien años yo y Fray Luis se-guiremos: Como decíamos ayer...

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Si partir es, todavía, morir un poco, muero, al se-pararme de este grupo, tres centésimos de segundo: por la señora García, por la dueña de la casa y por los anteojos de ese señor. El primer paso es, tan difícil, decisivo al atravesar un salón.

Me llena de recuerdos de viaje. El tren, como un pedazo de la ciudad que echa a correr por el campo; pueblos de la altiplanicie, del mismo color que la tierra, escondiéndose, disimulándose; el tren llega pre-guntando a gritos por ellos, buscándolos a derecha e izquierda, y reanuda su camino con esa rabia sorda de los carteros que se encuentran con que el destinatario ha cambiado de domicilio.

Puebla, perfecta como un poema de estrofas per-fectas, que es lo más perfecto que se conoce; estrofas de cuatro versos de sílabas exactas, con las bellas imágenes, dentro, que son una iglesia, una casa colonial, sin un solo ripio de terrenos baldíos, acabada. Veracruz, las palmeras, esos hisopos, regando agua bendita de cocos y de canciones contra el rostro de la ciudad, bajo aquellas estrellas que no verán ya mis ami-aM!

Gilberto Owen gos de Colombia, y que los yanquis no han acabado de enjaular entre las barras de sus banderas. Al tercer paso siento deseos de llorar, y me duer-mo hasta el cuarto, abandonado al orgullo de saber-me solo, en alta mar, en el punto más eminente y más expuesto del océano de esta sala. ¿Dónde poner las manos? Estoy como en el minuto antes de que se anuncie el fotógrafo: “ya no se muevan”; todos los del grupo se encuentran de pronto ante el problema de las manos, que habían ido dejando para después; no tienen tiempo de resolverlo; las dejan, como yo ahora, caídas, apenas si con un leve esbozo de gesto, intentando a última hora levantarlas, cuando ya no era posible. No se muevan, que va a salir... Pero en alta mar dicen que sólo hay golondrinas; por cierto que su caligrafía es de amplios y sobrios trazos latinos: los colibríes. en cambio, han aprendido la más complicada letra gótica: vuelan en alemán; las golondrinas en esperanto, por lo mucho que han viajado. Ahora, si tropezara... Mil veces preferible un naufragio. Nadie se reiría, y Elvira tal vez lloraría un poco. Si yo fuera Secretario de Estado nadie osa-ría tampoco reírse. Ese caballero correría a arreglar la alfombra, culpando del accidente a una arruga ima-ginaria. Si yo supiera jugar al tennis el Ministro sería mi amigo; me bastaría con el ajedrez para ganarme la confianza del Oficial Mayor; pero como sólo prac-tico el juego del arte. tendré que conformarme con la

Examen de Pausas amistad de las muchachas muy demodadas, como Elvira.

:Cómo nacería este noviazgo? No siempre puede empezarse por el principio, y a veces ni siquiera se sabe por dónde, como la mula de la noria no sabrá nunca si empezó a girar por el principio, por la mitad o por el final del círculo. Pero la circunferencia siempre será infinita, como la señora García, que tiene la culpa de todo, eterna. (La señora García siempre ha tenido, siempre tendrá la misma edad. Como si sólo supiera contar hasta cincuenta, como si hubiera aprendido su aritmética en los ábacos de los billares). Ella descubrió que Elvira y yo tenemos el mismo timbre de voz y usamos las mismas entonaciones; pero Elvira—y es la única diferencia —es incapaz de expresar con ella ideas generales. Esta incapacidad, ya lo sabéis, es femenina. Se aprovechó también de mi predilección por el monólogo para unirnos. Nadie me hará creer nunca que no es un monólogo lo que ha-blamos Elvira y yo.

Junto a ella me siento verso de la misma estrofa. Pero un verso que participara a la vez de las cuali-dades del regular y del libre. Somos unidades silábi-cas iguales, pero somos también por nuestro significado, entidades completas independientes. En fin, que no puedo ahora explicarme esto; acaso luego. Ahora se trata de no parecer asombrado de que me haya llamado, de no demostrarle ninguna gratitud por

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Gilberto Owen su oportunidad. La gratitud es algo que separa, y yo no quiero todavía alejarme de ella.

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Si me quedara ciego, no podría seguir amándola; sería un narcisismo inconfesable estarme toda la vida hablándome de amor ante ese espejo de palabras. Luego que me copia mis gestos, también, y mi perfume y mis manías, y sólo la vista puede definirnos y separarnos; también la felicidad, que a ella la reju-venece, la hace más bestia joven, y a mí me arruga la frente con exceso. Colecciono manías, pequeñas supersticiones; a cada nueva adquisición corro a Elvira, deseoso de asom-brarla. Ella quién sabe por qué medios, se me ha adelantado ya. De mis profesores tengo este vicio de abstraerme, de no escuchar lo que los otros dicen, o de escuchar-lo a medias, y de hablar a solas, de pronto, sabiendo perfectamente que nadie me oye, como a ellos en la cátedra. Ella se estaría pensando mal de sus amigas, aunque la casa ardiera, aunque sus amigas se hubieran ya vuelto buenas, sin darse cuenta de nada.

De mi amigo el químico me ha quedado esta necesidad de análisis que, cuando saboreo un coctel, lo descompone en mi boca. como un prisma de los sa-bores, dándome distinto el de cada licor; pues bien, ella, equivalente perfecto de esta manía. deshilvana

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Examen d Pausas todos los tejidos de sus amigas, con el pretexto de aprender a hacerlos. De los personajes de Mac Orlan he aprendido a roerme las uñas; ella desde niña sabía ya tirarse, sis-temáticamente, todos los botones de todos sus vestidos. Y, como esto, todo lo que voy aprendiendo en los libros lo sabía ella antes, muchísimo antes. Voy a bailar con ella, seguro de no perder el rit-mo ni una sola vez, porque sabemos exactamente los mismos pasos de baile. Cuando yo le ofrezca el bra- Zo, su mano estará ya a la altura precisa, y cerrará el eslabón de la manera más natural del mundo, como si nos hubiéramos estado una vida ensayándolo, maqui-nalmente, sin titubear un solo momento, no me de- Jará dar completa esa vuelta que hacen todos, al encuentro de su pareja, para el abrazo del baile; me aho-rrará la mitad del viaje, haciéndolo ella. Nos avenimos demasiado, es demasiado hermana mía. Nuestro amor es un amor casi incestuoso, y es castigo bíblico no poder, no querer apartarlo. Me irrita la perfección del espejo y quisiera romperlo, pero no tengo la seguridad de no hacerme daño. La orquesta empieza a llover sobre la sala pañue-los de colores. Son, me parece, los nombres de las muchachas que me han gustado. Azul el de Consuelo, que era sana y robusta, y por eso amaba los valses, pues si en el jardín había luna, le daban la ilusión de

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Gilberto Qwen adelgazar sin necesidad de ponerse a régimen de die-ta; rosa el tango de Alicia, que era como un alba que se eternizó en alba, porque Josué, la muerte, fué a de-tener más allá del horizonte el mediodía que se anun-ciaba en sus besos a las amigas. Llameante el de Ro-saura, de quien, como nunca la vieron de día, y era tan rubia y tan inflamada, las cosas afirmaban que era el sol que bailaba de incógnito. Elvira me dejará un pañuelo metálico, para lim-piarme el rostro con mi propio rostro. Me dejará el lienzo de la Verónica.

Ese vals tiene que ser muy viejo. En cuanto logro aprender de memoria la letra de una canción, comprendo que ha pasado de moda. Igual en esto a ese rival mío, el poeta Gilberto. Atento siempre a la poesía francesa, comienza a ensayar un ismo cualquiera cuando en París ha sido aceptado hasta por el Mer-cure de France, y no habla ya nadie de él. Va a nece-sitar que le envíen por cable los nuevos poemas. Me satisface saber, así, que se arruinará sin remedio. No es que lo odie, pero me molesta demasiado. Es suspicaz, desconfiado, pesimista; si una acción cualquiera permite dos interpretaciones, él escogerá siempre la peor; encontrará las manzanas agusanadas, nunca ¡ay!, los gusanos llenos de manzana: el mar, por ejemplo, no sirve para personaje de poesía; lo pu-

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Examen d

Pausas sieron donde está para que las noticias de París le lle-guen con retraso; yo no le reclamo mis libros, ni el dibujo de Diego, y él lo atribuye a mi mala memoria y no a mi buen corazón. Además, me irrita que trate a los grandes hombres como a su cocinera; por la noche, ante el busto de Dante, lee en voz alta sus poemas, exigiéndole luego una opinión que siempre le es favorable, porque como el que calla... En todo procede con falsía; estoy seguro de que también ama a Elvira, y ahora nos sigue su mirada, llena de intenciones muy teatro español y muy repro-bables. Pero me sabe preferido y es incapaz del heroís-mo de ponerse en ridículo declarándose mi rival abier-tamente. Estará esperando que descubra yo su amor; entonces, convencido de que la merece más que yo, renunciaría a Elvira para dársela. Como cuando ha escrito un poema agradable, nunca me lo enseña desde luego; se entretiene, primero, en hacer muchos de-testables entre los cuales lo esconde para darse el gusto de que le descubra yo su probable genialidad. “Tll be loving you always...” Es la única canción que canto con éxito. Mis amigas me piden siempre la letra. Me han obligado a mejorar mi ortogra-fía inglesa, que estaba bien, defectuosa. Ya no me amará Miss Hannah, porque también mi pronuncia-ción ha mejorado, y ya no podré pedirle que me bese cuando quiera rogarle que me perdone. Elvira subraya, sin convicción, mirándome y opri-miéndome la mano, todos los siempres que hay en este vals, pero nadie mejor que ella sabe que nuestro amor no podrá durar gran cosa. No le deseamos ex-lusividad, Xenius, ni, menos aún, eternidad. Somos lo mismo de modestos; no diremos nunca—ella menos, incapaz de generalizaciones alegóricas—, por ejemplo: el sol, atado de mi cabeza, es un péndulo con oscilaciones de doce horas; preferimos humildes confesarnos, atados de un rayo de sol, al mediodía, el plomo de la plomada. Ahora tiene ella en los ojos un azul de llama de alcohol; lo conozco, porque una vez me sorprendí, ante un espejo, pensando mal de alguien. Si no es del poeta Gilberto, será de mi. Prefiero dirigir su pensamiento.

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—Cuídate de Gilberto, —le digo, formulándolo.— Es un hombre que ama la música. ¿No lo decía? Es de él; como si siguiera yo hablando, es ella la que continúa mi frase: —Es cruel, míralo: usa ese gran diamante para engañar, de noche, a las mariposas, que prefieren su fistol a la lámpara. Es mi pensamiento, en imágenes fin de siglo. Y luego: —Tiene el suficiente buen gusto para que ese diamante sea falso—termino yo, infame. Afuera, es cierto, el ruiseñor no sabrá nada de nada; pero le hemos dejado abierta la llave de la lengua al surtidor, retorcido como víbora. El poeta se ha quedado dormido, pero la montaña irá a él; en esta vuelta, sin ponernos de acuerdo, tropezaremos con él Elvira y yo. En vano protesta Gilberto que la vida no le interesa. Hace un esfuerzo, cuenta hasta mil, y se despierta. —Está planeando, fíjate, mis funerales. Me gustaría morir en endecasílabos. Elvira no me atiende. Acaso encuentra inútil que hable yo para decir exactamente lo que ella piensa. Comprendo que estoy perdiendo mucho. Ahora Gilberto es el ángel de la lotería, y me indigna; enjaula a la suerte, como una mosca, en los carretes de hilo del milagro, levanta el cielo y salen siempre seis ases, aunque la ciudad tenga muchísimos más tragaluces. Me está ganando mis mejores adjetivos, y ahora tendré que llamarle al pan vino y al fin la aurora vino siempre, siempre, hasta para los que no teníamos piernas ágiles para saltar, dormidos, doce horas.

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La orquesta, sabiéndose efímera, repite “always” con la obstinación del que tuviera un hijo muerto entre los brazos y lo arrullara para dormirlo. Canción de cuna de Los Angeles. Creo en Cali-fornia. También del Extremo Occidente, que se toca con el Extremo Oriente, puede llegarnos la revelación alguna vez. Y porque todos lo sabemos, y porque esta canción vino de allá, nadie atiende al significado irónico que la anima. Todos la cantarían con solemnidad. Yo también, con acompañamiento de guitarra, precisamente, porque la actitud de uno que baila es la de uno que toca la guitarra. La música. Llega de lejos. En el camino se entretiene bailando, con la horda, en torno de las hogue-ras; luego se martiriza, gime y se hace salmo bíblico, o se perfuma y se hace carne de sirena. Pero Pitágo-ras, con su muslo de oro, vivía junto al taller de un herrero, y la hizo número. Y entonces comprendí que ya no podría llorar tranquilamente, porque siempre habría alguien que me contara los segundos, y de no cesar antes de diez me declarara K. O.—Ese alguien era, también, yo. “a pesar del número uno; a pesar del amor, dos.” Voy a perder el paso, por la dicha de .la ilumi-nación inesperada; es posible hacer una diferenciación más entre Elvira y yo. “Yo” no es indivisible, no es unidad. Hay, ella, el yo que hace; yo seré el yo que me veo, en ella, hacer. Tengo que ser un espectador que provoque el acontecimiento, que lo dirija y lo explique. La felicidad me está arrugando el rostro. Tanto mejor: es la máscara que conviene al coro griego. Nosotros —¿puedo seguir diciendo yo?—duda-mos un momento si Narciso moriría de aburrimiento. El espectáculo cansa, a la larga. Aunque ella tenga mayor resistencia, por la costumbre de muchas horas diarias de tocador, es indudable que también está sin-

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Frausas tiendo la necesidad de dirigir su pensamiento fuera de sí misma, es decir, de mí. Queremos amarte, X.—¿Por quién substituir esta X? Estamos vacíos desde que, ya no habitantes de la casa, más que eso, la casa misma, nos hemos hecho, idénticos, copiándonos con perfección fotográfica, la pared frente a la pared, techo y piso, aristas pa-ralelas, rincón y rincón, iguales y, sin embargo, tan opuestos.

Nos llamamos lo mismo, y nos rechazamos. Va-mos a buscar el otro polo. Yo, sobre su hombro, voy a coquetear con la señora García. No, sería una horri-ble traición al siglo veinte; no, aunque ahora me sienta excesivamente romántico. Además, sería apar-tarme de un incesto para caer en otro mayor. A la señora García le debo algo así como la vida. en cierto sentido. En el principio era mi instinto, enteramente, cien-tíficamente aislado por un caos de amnesia, el que Freud quiere apartar de sobre los años infantiles. Y mi instinto estaría chupándose el dedo, narcisismo prehistórico que luego ha evolucionado hasta la manía de hacer relatos autobiográficos y enamorarme de todas las fuentes. Aquí entra también la señora García como culpable, porque un sábado, en la doctrina, dijo distraída un fiat lux narrativo que yo inter-preté en imperativo, dirigido a mí, y por mis malas calificaciones en lengua nacional la luz se hizo. Es mi primer recuerdo distinto; en aquella época

Gilbert.2 Owen el bien y el mal tenían una frontera precisa, definida, la barda que separaba del atrio a la huerta. De este lado baldosas obscuras, bancas incómodas en que los futuros fieles cristianos aprendíamos cosas que vio-lar, y el Padre Ripalda, sabio y tenebroso, que era como un corsé o unos tirantes de fuerza para erguir, rí-gidos, los cuerpos de las catequistas, fuera de allí personas que no se comían palos de escoba. Del otro lado... Después lo supe muy bien, porque luego nos ex-plicaron el episodio de la serpiente, y al otro sábado salté la tapia de la huerta, y ni me rompí una pierna, ni me gané la merecida indigestión, y eso que aún no leífamos a Mark Twain, amigo Alfonso Reyes. Descartamos, pues—nosotros es yo—, a la señora García. ¿Por quién substituir la X? ¿A quién amare-mos ahora? ¿Lo habré dicho en voz alta? Ya está hablando Elvira. —Me gustaría amar a un hombre nocturno, con el sentido, aún, de la vehemencia. Es decir, un poco tonto. A Gilberto, por ejemplo...

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