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LA CONQUISTA Y LA

INDEPENDENCIA RELIGIOSA

DE LOS INDIGENAS

A rincipios del siglo XVI, los grandes Estados indígenas de México y los pequeños señoríos independientes, es decir, los grupos. más o menos po-derosos, organizados políticamente detenían en una frontera extensa e imprecisa (Culiacán, Tepic, —Ato-tonilco,—Acámbaro, Jilotepec, Jijitla, Valles y Tampico) el avance hacia el Sur de las hordas cazadoras, chichimecas y de las tribus pimanas. En esta época, el más elevado estadio de civili-zación correspondía a los nahuatlacas del Centro de México: xochimilcas, chalcas, tepanecas, tlahuicas, tlaxcaltecas y aztecas, así como a los cholultecas y huexotzincas, descendientes de los náhoa-toltecas; a los tarascos de Michoacán y a los mixtecas y tzapo-tecas de Oaxaca. La alta cultura maya-quiché había desaparecido en absoluto en unas comarcas y estaba en otras profundamente degenerada, por el afloramiento de las culturas inferiores, debido a múltiples causas de naturaleza diversa. Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Nuño de Guzmán y el adelantado Montejo, al frente de unos cuan- Los cientos de españoles, lograron destruir, en treinta años, la estructura política de todos los Estados y cacicazgos del Centro y Sur de México, incluso la parte septentrional de Centro América, porque el des-embarco de los conquistadores en la costa de Veracruz, coincidió, precisamente, con el período más crítico de la formación de las nacionalidades indígenas. La rápida y certera visión de Cortés le permitió aprovechar, en apoyo de sus planes de conquista, las profundas discordias que esta situación había producido, fomentando el odio de los grupos sojuzgados o simplemente amenazados por los nahuatlacas del Va-lle de México, organizándolos y dirigiendo su común ofensiva contra los aztecas, el núcleo militar y político más poderoso, verdadero embrión de una fuerte nacionalidad. Sus capitanes, después, y más tarde los

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M: O. de Mendizábal diversos jefes de expediciones de descubrimiento y conquista, aplicando la misma táctica, batieron en de-tal, en las distintas regiones del país, con éxito asom-broso, a los pueblos rebeldes a la dominación extran-jera, que sumaban en conjunto muchos millones de individuos, sometiéndolos en absoluto, sin que se re-gistraran, entre ellos, importantes rebeldías poste-riores.

Por el contrario, las tribus de familia pimana del Noroeste de México; las hordas nómades de los chichimecas, teochichimecas, guachichiles, zacatecos, apaches, etc., que recorrían el Norte de la Altiplanicie y el Estado de Tamaulipas; todos los grupos, en suma, de cultura poco evolucionada o retrogradada que, a la llegada de los españoles, no formaban orga-nismos políticos propiamente dichos, porque en ellos la autoridad residía difusa en la colectividad, even tual y condicionalmente delegada en algunos de sus guerreros o hechiceros; pero sin que ninguna institución militar o sacerdotal hubiera logrado, aún, acapa-rarla en absoluto, presentaron una tenaz resistencia a los conquistadores, que se prolongó en ciertas regiones durante toda la Dominación Española, alcan-zando. incluso. hasta nuestros días.

La Conquista de México, fue, desde sus orígenes, una empresa exclusivamente económica. Los españoles arribaron a las playas del Golfo, con intenciones de “rescatar,” tan sólo, espejos, cuentas de vidrio y demás bujerías de industria de Europa, por el oro americano. Más tarde, cuando el éxito coronó, con la caída de Tenochtitlán, la arriesgada aventura de Cortés, para la que no traía ni autorización ni planes definidos, se pensó en establecer, por medio los tributos usuales entre los pueblos indígenas sometidos con tanta facilidad, la explotación sistemática de la riqueza de los países conquistados. Pero ese procedimiento clásico de despojo no pudo aplicarse, por lo menos en la escala enorme que la extensión de los territorios y lo nutrido de la población permitía esperar, porque la medida tradicional de la riqueza, para los indígenas de esta región de América: plumas de aves preciosas, jade, diorita, cacao, etc., era completamente diversa a la de la ci-vilización occidental; y, además, porque el cultivo del maíz, del frijol, del algodón y de las variedades industriales del agave, así como las manufacturas textiles y cerámicas, base económica de las sociedades indígenas, no podían proporcionar riqueza exportable en especie, tanto por ser productos desconocidos o des-usados en Europa, cuanto por que su conducción hubiera demandado un esfuerzo naval superior a las posibilidades de los particulares y contrario a los planes de la Corona, que no hubiera consentido en tomar a su carga tamaña empresa, desatendiendo su programa de supremacía dinástica.

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En vista de ello, el conquistador hubo de trans-formarse necesariamente en colono, para explotar los recursos regionales de acuerdo con su concepto peculiar de la riqueza y con las circunstancias históricas, lo cual demandaba un dominio más efectivo y permanente que el logrado por medio de las armas, sobre las masas trabajadoras indígenas que harían posible esa explotación, puesto que los españoles, en América, sólo por excepción estuvieron dispuestos a desempeñar trabajos manuales. El indio, o por mejor decir, el trabajo del indio, era la única riqueza positiva en la mayoría de las regiones de México, y a controlar en absoluto esa riqueza propen-dió toda la organización política y social de la Dominación Española. Pero si un puñado de españoles había sido suficiente para destruir la estructura política de los principales señoríos del Centro y Sur de México, unos cuantos miles de soldados y colonos, dispersos entre una población de más de treinta millones de individuos, separados unos de otros por rencores centena-rios, por lenguajes distintos, por costumbres diversas y por intereses encontrados, no hubieran podido im-poner una organización política que, sustituyendo los sistemas destruídos por ellos, hiciera posible el control de las masas y su aprovechamiento en las nuevas normas de trabajo, de no mediar un auxiliar podero-sísimo: la religión.

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La Conquista Española, que, como todas las empresas de su género, se tradujo en una serie intermi-nable de atentados contra la vida, la libertad y la propiedad de los pueblos de América, tuvo, “para des-cargo de la real conciencia de los monarcas” y tran-quilidad de las plebeyas conciencias de los conquistadores, la disculpa teológica de la conversión de los indígenas al cristianismo. Lis soldados, como era de esperarse dada la índole de su misión histórica, emprendieron la fase destructiva del programa, de acuerdo con sus posibilidades, su cultura y moralidad per-sonales, sin pensar, siquiera, en iniciar, de manera formal, la conversión de las multitudes nativas. Los sacerdotes que los acompañaban, incluso, simples ca-pellanes de sus ejércitos, más que apóstoles de la fe, poco se preocuparon también de la predicación. Pero los precarios resultados materiales de la conquista de México—el reparto de los tesoros despoja-dos a los indígenas—no bastaron a los soldados de Cortés ni siquiera para saldar sus deudas con el ci-rujano y el desencanto que produjeron las expediciones enviadas en demanda del oro codiciado, con-vencieron a los conquistadores más inteligentes y al gobierno español de la necesidad de organizar la explotación de las “posibilidades” y substituir para ello la conquista militar destructora por la espiritual cons-tructiva. Para lograr esta finalidad, el Rey de España necesitaba tener el control absoluto sobre el clero regular y secular que habría de emprenderla; los papas Alexandro VI, concediéndole el “Real dominio de los Diezmos” y Julio II, otorgándole el “Real Patronato,” le confirieron el dominio efectivo y completo, económico y jerárquico, sobre la Iglesia Ame-ricana: no era el poder temporal el que serviría al espiritual, según cumplía a la ética del siglo, sino la religión la que iba a ser instrumento, más que aliada, del Estado Español. La religión, que había sido en las sociedades indígenas el principal elemento de dominación, serviría, también a los españoles, para dominar económica, social y políticamente a los pueblos indígenas de América. En los grandes Estados del Centro y Sur de México, y, en mayor o menor grado, en todos los pequeños grupos organizados políticamente, el sacerdocio constituía una institución orgánica y, en consecuencia, las prácticas religiosas, normadas por un ritual preciso e inflexible, formaban ya una verdadera especialidad; pero entre los poderes espirituales y temporales existía una interdependencia tan estrecha, que en ocasiones llegaba, como entre los aztecas, a una positiva identidad, puesto que el monarca era, por excelencia, el sumo sacerdote, y de las altas dignidades sacerdotales se solía pasar a los supremos mandos militares y de éstos a aquéllas.

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Como consecuencia del excesivo formulismo y jerarquización de las instituciones sacerdotales, los dogmas, los mitos y hasta la ética misma, fueron su-peditados a un complejo ritual, en forma tan estricta, que el espíritu religioso no podía mantenerse, ni casi manifestarse, independientemente del sacerdocio que interpretaba la voluntad de los númenes y que poseía, privativamente, las fórmulas propiciatorias. Paralelo a la constitución del sacerdocio, como casta, y a la supremacía ritual, se desarrolló un concepto materialista que les es complementario: los templos, las representaciones plásticas de los dioses y los implementos ceremoniales, cobraron progresi-vamente una importancia esencial en la religión, de la que eran simple expresión y símbolo, al grado de no ser posible un acto de culto, sino a condición de realizarse en lugar determinado, frente a tal o cual imagen de los númenes y con auxilio de objetos: rituales precisos. Por ello, los conquistadores, al asumir la sobera-nía y el poder condensado en los señores y caciques, aniquilando material o virtualmente las castas militar y sacerdotal que les servían de fundamento, y ocupar el emplazamiento de los teocallis, por lo común pirámides que tenían decisiva importancia como lugares estratégicos, dado que en sus luchas tradicionales habían sido el primer objetivo del ataque y el último baluarte de la resistencia. destruyen-do previamente los templos, los ídolos y los implementos rituales, hirieron de muerte a la religión misma, al propio tiempo, privando a las multitudes indígenas de su consuelo espiritual, en los momentos en que más lo necesitaban por las tremendas vicisitudes que sufrían.

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En este momento crítico y propicio arribaron a las playas de Veracruz los apóstoles de la nueva religión. A los frailes de la Orden de San Francisco, la más prestigiada de Europa, en esa época, correspondió iniciar, el año de 1524, la portentosa obra apostólica y política. Después de los primeros ensayos in-fortunados, producto de un “celo indiscreto,”” que los impulsó a lanzarse a predicar los más abstrusos dogmas del catolicismo, “con mudez y solas señas” o en español, profusamente ilustrado con textos latinos. a las atónitas multitudes náhoas, tarascas u otomíes: logrado el arduo aprendizaje de las lenguas indígenas, “la teología que de todo punto ignoró san Agustín,” y, sobre todo, instruídos en el catecismo y adiestrados en el ritual por Fr. Pedro de Gante, el primer maestro de América, varios centenares de niños de la nobleza vernácula, los franciscanos emprendieron con fervor la conversión de los naturales, desde sus cuatro primitivos conventos de México. Texcoco, Tlaxcala y Huexotzingo.

Ya en su terreno evangélico, en íntimo contacto con las masas nativas, presas de la desorganización,

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Independencia Religiosa el terror y el fatalismo, los monjes penetraron fácil-mente su situación religiosa y supieron aprovechar en favor del catolicismo sus conflictos espirituales.

Ayudados eficazmente por los alumnos de sus colegios y por los catecúmenos indígenas, acabaron de destruir los altares de los dioses caídos; procuraron atraer por medio de discusiones teológicas a los sacerdotes indígenas que habían sobrevivido a la lucha militar, hostilizando sin piedad a los contumaces y persiguiendo los actos clandestinos de los cultos prohibidos, hasta los lugares más apartados del país, con los castigos más severos.

Entre los pueblos politeístas se observa una mar-cada tendencia al eclecticismo religioso; con facilidad aceptan en sus altares un dios extranjero, en particular si atraviesan un período de crecimiento por agre-gación o conquista de otros pueblos, y atribuyen a las divinidades ajenas, lo mismo que a las propias, poder para beneficiar o perjudicar a sus fieles, e, incluso, a los que no lo son. Entre los pueblos nativos del Centro y Sur de México, cuyas religiones eran ya un inextricable conglomerado de mitos de diversas procedencias étnicas y de distintas filiaciones culturales, la conquista implicaba la imposición de los númenes de los vencedores y la aceptación de su culto por los vencidos: no existía entre ellos, en consecuencia, oposición psicológica o tradicional para la admisión de nuevos dioses. Por esto, la religión ca-

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Procesión de los tzotziles en Chamula tólica no encontró grandes resistencias mentales para ser aceptada, como un aporte más; pero fue imposible, por lo menos durante las primeras generaciones, que los indígenas abandonaran sincera y totalmente el culto íntimo de sus divinidades vernáculas, como lo demandaba, en principio, el exclu-sivismo característico de las religiones monoteístas. Por ello, las multitudes nativas, acostumbradas a los ritos cotidianos y múltiples. . necesitadas de una protección divina que no les podían impartir ya sus dioses de piedra. rotos en mil fragmentos que formaban parte de la mampostería de las iglesias de la nueva religión y de las casas de los conquistadores: ha-bituadas a concurrir. día a día y noche a noche, a los

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Independencia Religiosa lugares consagrados por su fe centenaria, ocupados ya por los templos cristianos, presentaron, en realidad, muy poca resistencia para irse sometiendo, en grandes masas, como un acto natural de acatamiento a los vencedores y como un recurso, frecuentemente eficaz, de defensa contra sus abusos, a la, ado-ración, en extremo superficial y mecánica, de los nuevos dioses—pues dichos dioses eran y aun son para muchos de ellos, tanto las tres distintas personas del dogma de la Trinidad, como los elegidos del Santoral Romano—que iban a suplantar, primero, y a substituir más tarde, a sus dioses de los elementos, de las actividades humanas, de los accidentes de la naturaleza y hasta a sus diosecillos domésticos. Con la sola cooperación de los dominicos, a quienes correspondió evangelizar Oaxaca, Chiapas y Guatemala, principalmente, y de los agustinos, a quienes tocó doctrinar Michoacán. Guerrero y la Huax-teca, de preferencia, pues la inmoralidad, incompe-tencia y escasez del clero secular no permitió al Episcopado, en aquella época de roturación, ejercer una acción catequística independiente de las órdenes religiosas, los franciscanos habían logrado, al mediar el Siglo XVI, al decir de los cronistas y de los docu-mentos de ese tiempo, la conversión de los pueblos indígenas del Centro y Sur de México, hecha excepción de los grupos de cultura arcaica, que habían per-durado, incrustados en las jurisdicciones de los eran-des Estados, al amparo de las comarcas de dificil ac-ceso y circulación.

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La conversión de los indígenas al catolicismo, fue un hecho real por lo que se refiere a su absoluta sumisión al clero regular y secular, es decir, desde un punto de vista meramente político y administra-tivo; por lo que hace al culto, esta conversión fue sólo relativa, pues el ritual romano sufrió inevitables modificaciones al enriquecerse con las ceremonias, plegaria y oblaciones de los rituales vernáculos. Aunque el sacerdocio procuró, en el ejercicio de su ministerio, no apartarse de los cánones, sino en aquellos casos de fuerza mayor previstos en los con-cilios, se vió en la imprescindible necesidad de tran-sigir con el uso de las formas propiciatorias tradicionales entre los nativos, sin cuyo requisito la obra apostólica hubiera tropezado con obstáculos difíciles de superar y se habría demorado siglos, tal vez, con grave perjuicio de los intereses políticos de la Colonia.

Por ello. las danzas, incluso de carácter totémico o astronómico, expresión dinámica de las religiones anatematizadas; los antiguos cantares en las lenguas nativas, expurgados, tan sólo, de sus alusiones a los dioses caídos, pero con su mismo espíritu, su misma ética y su misma estética, y las habituales ofrendas, de acuerdo con las normas prescritas en el tonalá-ol

Independencia Religiosu matl maldito, sirvieron para adorar a Tonantzin (Nuestra Madre) del Tepeyac (La Virgen de Gua-dalupe), en el templo edificado donde había sido ado-rada Tonantzin, Nuestra Madre Centéotl, Diosa del Maiz; el Santo Cristo de Chalma en la cue-va de Oztoctéotl, Dios de las Cavernas, com-prendida hoy dentro del recinto del santuario indígena más importante de México, y la Virgen de los Remedios sobre la pirámide de Cholula que soporta-ba, en la época de la Conquista, el más famoso tem-blo de Quetzalcóatl.

La ortodoxia de la iglesia romana y el carácter peculiar de los dogmas católicos, no permitieron, naturalmente, la formación de una nueva religión me-diante su amalgama, yuxtaposición o superposición con los mitos indígenas, aunque no fueron raros los casos en que este fenómeno, habitual en la evolución histórico-cultural prehispánica, se repitió de hecho; los númenes vernáculos fueron derrocados de sus altares, sin excepción ni vacilaciones, y sustituídos, rápida y definitivamente, por los símbolos de la nueva fe; pero la mentalidad religiosa de las multitudes, su concepto sobre la divinidad y las relaciones de los dioses con la naturaleza y con el hombre y los deberes de éste para con aquéllos, no cambió en modo alguno.

Los grandes Estados de México tuvieron siempre una estructura de clases, derivada de la situación

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M 0. de Mendizábal histórica de los diversos elementos étnicos que los in-tegraban. La clase poseedora de la alta cultura, dominante políticamente por su propio poder o por medio de la absorción de las tribus u hordas más enérgicas, gravitaba económicamente sobre las clases formadas por los elementos étnicos de culturas inferiores. Esta situación de privilegio y esta supremacía permanente, radicaban en la posesión privativa de la técnica superior, de los conocimientos científicos, y principalmente, de los rituales, de las fórmulas propiciatorias y de la comunicación directa con los dioses. La Conquista, fue, en realidad, una lucha soste-nida entre las clases indígenas privilegiadas, guerreros y sacerdotes de los diversos Estados de México, contra los españoles que pretendían substituirlos en la explotación sistemática de las multitudes indígenas, ayudados por grupos indígenas que intentaban aprovechar la oportunidad para librarse de esta explotación. El triunfo de los españoles y sus aliados implicó el aniquilamiento definitivo material o virtual de las clases privilegiadas, es decir, de las poseedoras de la cultura, porque los individuos pertenecientes a ellas que sobrevivieron a las sangrientas luchas, des-pojados de la supremacía militar y política, substi-tuídos en el privilegio económico, perdieron también el dominio espiritual de las multitudes, cediéndolo a

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Independencia Religtosa los poseedores de la nueva técnica, de la nueva cien-cia y de la nueva religión. Pero las nuevas clases privilegiadas poseyeron, también privativamente, la técnica superior, los conocimientos científicos, los rituales, los sacramentos y la comunicación directa con la divinidad, por con-ducto del Pontífice Romano, en representación no-minal en la Tierra y de su delegado efectivo en América, el Rey de España. Durante los primeros años que siguieron a la conquista, el fervor de los misioneros, la convenien-cia política y la necesidad imperiosa de intérpretes, asociaron a los jóvenes de la nobleza indígena, previamente adiestrados en colegios especiales, a la predicación, a la destrucción de las instituciones religiosas y políticas de sus mayores y al establecimiento sólido y orgánico de los españoles como clase privilegiada; algunos de sus más distinguidos represen-tantes vistieron el sayal franciscano, la sotana de clé-rigo, la ropilla de curial y hasta los arreos de hombre de armas al servicio de la nueva sociedad; los descendientes de los príncipes indígenas escribieron en latín ciceroniano o en español castizo extensos me-moriales en los que hacían gala, en demanda de nercedes reales, de los servicios prestados por sus antepasados a la Conquista; los educandos de Tlal-telolco y Tirepetío, restituídos a sus cacicazgos here-litarios, expoliaron y oprimieron a sus vasallos en

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M. O. de Mendizábal favor de los encomenderos, de las “Reales Cajas,” de las órdenes religiosas, del episcopado y en propio beneficio, superando las viejas matrículas de tributos. Eficaces agentes de la dominación espiritual y temporal de España, su incorporación, más o menos positiva e íntima a la nueva cultura, fue un hecho individual y poco frecuente que no ejerció influencia sobre la colectividad de donde procedían, ni fue elemento de transformación espiritual. Solamente sirvió, en la mayoría de los casos, para perpetuar a los caciques sumisos a los conquistadores. como un órgano de opresión y una pesada carga económica, en su calidad de “justicias” locales. Recién llegados los “doce” franciscanos, funda-dores de la primera provincia religiosa de Nueva España, poco conocedores del verdadero carácter de las religiones y de la psicología de los indígenas e ig-norantes en absoluto de sus lenguas todavía, pero poseídos de un gran entusiasmo catequístico, enta-blaron, por medio de intérpretes, discusiones teológicas con los principales individuos de esas clases privilegiadas, sacerdotes y caciques, en las que consideraron ingenuamente “refutada” la idolatría y triunfantes los dogmas católicos, como no podía menos de haber sido, dada su condición de representativos espirituales de la conquista militar. Es indudable que de haberse invertido esta situación histórica. los códices indígenas consignarían la victoria del sacerdocio vernáculo sobre sus contradictores en esa

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Indebendencia Religiosa metafísica disputa aun cuando se hubiera enriquecido con algunos mártires más el Santoral Romano. Pero basta leer “las pláticas y coloquios de los doce primeros misioneros de México,” recogidos por Sahagún, después de minuciosamente corregidos por los alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelol-co, expertos en el náhuatl, el español y el latín, para convencernos de que la conversión de los sacerdotes que se rindieron “por siervos de Dios, renegando de los ídolos,” hecho absolutamente real desde el punto de vista material, desde el espiritual no pasa de ser una ilusión de la fe y la simplicidad de los frailes. Dejando a un lado la dificultad, insuperable para los intérpretes, de traducir de una lengua de fle-xión como la española una aglutinante como la náhuatl, ideas abstractas o concretas referentes a temas metafísicos exóticos y a lugares y acontecimientos insospechados; tomando, tan sólo, la doctrina misma, materia de la controversia, fundada en “verda-des reveladas,” resulta inaceptable, por el simple enunciado de sus afirmaciones categóricas, indiscutibles en el concepto de sus profesantes, la repúdiación espiritual de otros dogmas tradicionales, producto de la inspiración o de la palabra divina, también, y también indiscutibles para sus creventes.

Los más conspicuos y experimentados catequistas de la época ponen constantemente sobre aviso a los frailes de sus órdenes respecto a las supervivencias

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M. O. de Mendizábal ocultas de los ritos antiguos y a las continuas rein-cidencias de los sacerdotes indígenas conversos a los cultos prohibidos, y si la Inquisición no mostró mucha actividad para castigarlos—de 131 causas sustanciadas por el primer obispo de México, de 1536 a 1546, sólo 13 fueron incoadas contra indígenas —ello obedeció a que la “relajación en persona” del cacique de Texcoco D. Carlos Chichimecatécotl, quemado durante la gestión inquisitorial del propio D. Fr. Juan de Zumá-rraga, fue duramente censurada, tanto por impolíti-ca, cuanto por ser los indígenas “tan nuevos en la fe, gente flaca y de poca sustancia.” A esta suerte de consideraciones obedeció la piadosa prohibición de que se procesase a los nativos por causas de fe, dictada en el año de 1575.

Fiesta de San Juan en Chamula

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Si esto ocurría con los personajes más encumbra-dos de las naciones conquistadas, en cuya conversión pusieron los frailes todo su empeño y habilidad, por la trascendencia que su ejemplo traería en la conversión de sus vasallos, fácil es conjeturar el estado espiritual de los individuos pertenecientes a los estratos inferiores de las sociedades indígenas, doctrina-dos con apresuramiento tal por los franciscanos, nunca más de sesenta en acción simultánea, hasta entonces, que según Fr. Toribio de Benavente Motoli-nía, habían bautizado, es decir, convertido, instruído y aceptado en la fe católica, “más de nueve millones de ánimas de indios.” Deiando a un lado los reparos puestos, antaño como hogaño, a los bautismos en masa e individuales realizados por los primeros apóstoles, pues justos o injustos no tienen interés esencial para nosotros, solamente haremos notar que las irregularidades que se cometieron y que motivaron la bula Altitudo divino concilii de Pablo III fueron origina-dos por la imposibilidad material de apegarse el ce-remonial, por falta de tiempo, dado el corto número de sacerdotes y la multitud de los neó-fitos.

Pero no podemos menos de declarar, a pesar de lo mucho que sobre el asunto se ha argumentado, siempre con criterio sectario, que si los frailes no tuvieron tiempo para ajustarse al Ritual Romano en

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M. 0. de Mendizábal un sacramento tan rápido como el bautismo, menos lo tuvieron para convertirlos, esto es, para destruir sus ideas religiosas tradicionales, instruirlos en los misterios y dogmas de la nueva religión, y, particu-larmente, inspirarles la fe absoluta, sin dudas ni vacilaciones. condiciones indispensables del catolicismo para admitir en su comunión un nuevo creyente.

La cultura lógica, generadora de las grandes civilizaciones de la América Septentrional, en el centro de México, había sido transmitida por los olmeca-xicalancas, sólo a las clases privilegiadas de los náhoa-toltecas, y por los náhoa-toltecas que quedaron dispersos en los valles de México y Puebla, únicamente a las clases privilegiadas de los nahuatlacas y de los chichimeca-otomíes. Como ocurre aún en nuestra época, incluso en los países más avanzados, las masas trabajadoras de las sociedades indígenas, no alcanzaban, colectiva-mente, el nivel reservado a las clases elevadas, pues como recurso infalible para mantenerlas en una situación social, económica y política subalterna, les estaban vedados los conocimientos superiores. en todos los órdenes, y sólo les eran lícitos los concernien-tes a sus artes o industrias y algunas nociones religiosas de carácter absolutamente popular. Cierto que los nahuatlacas eran, en conjunto, una clase privilegiada, en relación con los innumerables pueblos sojuzgados por ellos; pero su nobleza sacerdotal y militar, aunque no completamente estra-tificada aún, puesto que, por su corto número y lo re-ciente de su predominio, necesitaba todavía fortale-cerse con la admisión de elementos populares indivi-dualmente selectos, no dejaba por ello de ser la poseedora exclusiva de la cultura superior. En consecuencia, cualquiera que fuese el grado de evolución de los grupos políticos dominantes que aprovecha-ban su labor. los macehuales, las clases traba- ¡adoras indígenas, conservaban, dentro de su estrato social correspondiente, su cultura totémica tradicional—incluso las hordas de cultura sub-ártica que, al sedimentarse, habían adoptado, naturalmente, la cultura de los sedentarios—y cualesquiera que fuese su habilidad técnica, su mente seguía siendo pre-ló-gica, es decir, seguía funcionando por asociaciones.

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Esta forma de ideación se distancia progresiva-mente de la mentalidad lógica y principia a ser importante en sus consecuencias culturales, a medida que los seres, las cosas, los hechos y los fenómenos se sustraen a la observación individual y se apartan más de la experiencia acumulada, es decir, desde el momento en que la relación de causa a efecto comienza a ser mediata, llegando a su máxima di-vergencia en el campo de lo abstracto y lo metafísi-co. Sin embargo, la cultura occidental, lógica por excelencia en sus concepciones de orden práctico, en su

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M. 0 de Mendizábal mentalidad mística convergía en lo sobrenatural con las mentalidades indígenas, lógicas o asociativas, puesto que la ignorancia de las causas primeras y el deseo de comunicación con la divinidad les hizo fundar sus dogmas en la revelación y su recurso supre-mo para eludir las leyes naturales en el milagro y la magia.

Por ello, lo sobrenatural jugó papel importantísi-mo en la conversión de los nativos, cuando la elocuencia de los apóstoles de la fe cristiana agotó en vano sus argumentos apoyados en los Santos Padres y en los Doctores de la Iglesia, las “apariciones” se sucedieron sin interrupción en el transcurso de los siglos; ya era el Apóstol Santiago, montado en su brioso caballo blanco, combatiendo al frente de los españoles o de sus aliados indígenas, en los momentos más angustiosos, de un hecho de armas—aunque los ojos mundanos de Bernal Díaz del Castillo no tu-vieran el privilegio de verlo—o la Virgen de los Remedios, patrona de los conquistadores, por cuya intervención se salvaron la Noche Triste; ya Nuestra Señora de Izamal, la Cruz Florida de Tepic, el Señor de Amecameca, la Virgen de Lagos, advocaciones y símbolos de las divinidades occidentales que prote-gerían a los fieles de los dioses caídos, en cada una de las regiones de México, el milagro puso, por así decirlo, un efluvio de divinidad en la obra material y espiritual de los frailes misioneros y unió en una

7] independencia Religiosa sola reverencia a los vencedores y a los vencidos; el conquistador seguía prosternándose ante el altar común con sus plegarias, oblaciones y ritos habituales, y el conquistado comenzaría a acercarse a él con sus danzas, cantares y ofrendas tradicionales; pero sus espíritus seguirían las trayectorias divergentes que les marcaban sus procesos mentales disímiles, y su diversa interpretación de lo subjetivo y de lo meta-físico.

Por ello. asimismo, el milagro, y no sus concep-tuosos argumentos teológicos, cimentó ante las multitudes indígenas la autoridad espiritual de los misioneros, la fama de los santuarios señalados por la presencia de la divinidad, en diferentes formas y circunstancias, y el prestigio de la misma religión, incluso.

Pero no fue la autoridad espiritual, o más con-cretamente, religiosa, de los frailes misioneros, con ser muy importante, la que ejerció mayor influencia sobre los indígenas, conversos o no; fue su autoridad social, derivada de su enérgica y perseverante actitud de protesta contra las iniquidades de que eran víctimas los vencidos, por parte de los conquistadores, de los colonos, y, con frecuencia, de las propias autoridades de la Colonia; fue su conducta personal, su primitivo desinterés y su abnegada indiferencia ante los sufrimientos, las privaciones y la fatiga.

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La íntima relación que existía en las sociedades indígenas, entre los poderes espirituales y temporales, a la que hemos hecho referencia, los había llevado a establecer penas corporales por faltas espirituales; y su concepto peculiar de los deberes del hombre para la colectividad de la que formaba parte, para con sus señores y para con los dioses, reminiscencias de las prohibiciones (tabus) de un totemismo insubsisten-te ya, los había conducido a castigar los delitos con penas extremadas, incluso de esclavitud y muerte. Con diversos matices, tan sólo, pero con la misma tendencia esencial, una legislación inflexible, más duramente aplicada mientras más elevado era el nivel social de quien incurría en sus sanciones, mantenía en los grupos indígenas organizados políticamente. a la vez el orden establecido y los preceptos morales. La Conquista, al destruir la estructura política y religiosa de los Estados indígenas, derogó automáti-camente las leyes que los regían y suprimió los orga-nismos tradicionales que las interpretaban y hacían cumplir, sin que la nueva legislación (reales cédulas, reglamentos, instrucciones, etc.) y los tribunales y magistrados que debían aplicarla, pudieran substituirlos de manera eficaz. Cierto que los conquistadores y colonos asumieron, tan rápidamente como les fue posible, la función de las autoridades nativas, ayudados por los caciques sumisos; pero su interés era exclusivamente económico. Señores feudales o

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Independencia Religiosa simples recaudadores de tributos ordinarios y extraor-dinarios, poco se les daba de la vida espiritual, moral y social de los conquistados, como no perjudicase directamente sus intereses materiales, y las “Leyes de Indias,” fraguadas a más de mil leguas de distancia, iban siendo expedidas lentamente, en consideración a los males trascendentes que urgía remediar, más que con ánimo de prevenir y de orientar en un sentido determinado el desarrollo de la complexa sociedad colonial.

En estas condiciones, los frailes de las órdenes religiosas, dispersos en todas las regiones de los países conquistados, comenzaron desde sus conventos a impartir la justicia de una manera arbitraria, con apego únicamente a su criterio personal, puesto que no existían aún códigos que les sirviesen de norma. Frecuentemente se les ha acusado, entonces como ahora, de excesiva dureza en la aplicación de los castigos, por las faltas más leves, inclusive por las simples faltas de devoción; el hecho es cierto y por ello fueron severamente amonestados por el Rey de España en distintas ocasiones; pero esta dureza, en modo alguno excesiva comparada con las crueles sanciones usuales en las sociedades indígenas, raras veces perdió su carácter paternal, y fue, en cierta medida, resultado natural del ambiente de violencia que los rodeaba y de las circunstancias anormales que presidían el nacimiento de la nueva sociedad. Puede decirse que durante las primeras décadas

M. O. de Mendizábal de la Dominación Española; los mandamientos de la ley mosaica adoptados por el cristianismo, y loss mandamientos rituales de la iglesia católica, fueron las únicas leyes para los indígenas, Los pueblos conquistados aceptaron de buen grado esta intervención de los poderes espirituales en lo temporal, tanto porque ello significaba la continuación de sus tradiciones prehispánicas en la materia, cuanto porque, cualquiera que fuese la dureza del castigo impuesto por el fraile, mayor hubiera sido la del que impusieran, en idéntico caso, el corregidor o el en-comendero. Por estas circunstancias la educación moral y la disciplina ritual de las multitudes nativas, fue motivo de una especial atención por parte de los frailes y los resultados obtenidos por ellos fueron más positivos que en materia de dogma.

Pero aún esta actividad catequística superficial, a la que mucho contribuyó la vanidad y el espíritu de corporación, se amortiguó bien pronto. Todavía vi-braba la voz enérgica de Fr. Bartolomé de las Casas en el debate contra el Dr. Sepúlveda, cuando los dominicos de Guatemala, urgidos por el Rey para que continuaran la conversión de los indígenas de la "Tierra de Guerra,” iniciada por aquél con éxito tan grande que conquistó para la comarca el nombre de Vera-Paz, optaron en el Concilio de Cobán por la

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Independencia Religiosa destrucción total de los lacando-nes.

La emulación entre las órdenes religiosas antagó-nicas, no se manifestaba ya, como en los primeros años de su acción evangélica, en el número fantás-tico de los bautismos, en la extensión de los territorios recorridos, en el estoico sufrimiento de las fati-sas y la valiente resignación ante los peligros; la magnitud de las iglesias, la opulencia de los conventos, el esplendor del culto y la riqueza de las jurisdicciones, fundaban el orgullo y atizaban el odio de unas para otras, dando margen, con frecuencia, a verdaderos tumultos. Tan sólo entre los colegios franciscanos de Propaganda Fide de Zacate-cas y Querétaro y los misioneros de la Compañía de Jesús, se conservó el carácter apostólico de la com-petencia, hasta la expulsión de éstos en el año de 1767, en la conquista espiritual de las Provincias Internas (Norte de México y Sur de Norte América) y de las Californias, con ventaja de los primeros en amplitud y supremacía de los últimos en solidez.

No se trataba ya de captar el amor y la reverencia de las fervientes multitudes indígenas, verdadero juguete de las pasiones y los intereses encontrados de los ministros de los nuevos altares, sino de granjearse el favor de la sociedad feudal de la na-ciente colonia, fanática, gazmoña, ignorante y des-ocupada, para la que estas pugnas insanas consti-tuían el más delicado manjar espiritual. El episcopado, en parte por refrenar tanto desorden y en parte por la necesidad de dar ocupación al clero secular—carga sin cesar creciente que la Metrópoli ex-pelía como una toxina para sus colonias; verdadera escoria de las diócesis españolas que por su profun-da inmoralidad, su ambición desenfrenada y su ignorancia crasa, desde muy temprano constituyó el elemento más peligrosamente antisocial—entró en la lucha. reivindicando palmo a palmo los derechos de jurisdicción espiritual y temporal que le corres-pondían, y erigiendo las parroquias en las áreas que se consideraron catequizadas. Los virreyes y las au-diencias, en su empeño incesante de mantener sin menoscabo y aún de ampliar los privilegios del Real Patronato, complicaron al poder civil en esta batalla sin tregua, sólo atenuada un tanto por la presencia de los visitadores o por la desdeñosa prudencia de algún virrey inteligente. Entre tanto, la destrucción de la población indígena proseguía rápida e inalterable: diezmada por las enfermedades epidémicas, tradicionales o aporta-das por los conquistadores, el tifus y la viruela principalmente, que habían encontrado un medio propicio en la miseria creciente, en el trabajo excesivo, en las concentraciones urbanas a las que se redujeron. por órdenes estrictas de carácter político, sus poblados de habitaciones dispersas en los. terrenos labran-tíos; aniquilada en empresas de descubrimiento, de conquista y colonización, desde la de Nuño de Guzmán a la Nueva Galicia, que costó más de veinte mil vidas de “aliados” indígenas e incontables de enemi-gos, hasta la lenta ocupación de las tierras de chichimecas, en las que los pechos de tlaxcaltecas, mexicanos y tarascos servían de valladar a las terribles incursiones de los guerreros nómades, de Guanajua-to a Texas y Nuevo México, haciendo posible a los frailes, a los mineros y a los hacendados fundar sus misiones, laborear sus vetas y multiplicar sus gana-dos.

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Al compás de la despoblación, el empobrecimiento progresivo de las colectividades indígenas, no tanto por el tributo (un peso y media fanega de maíz por término medio), aunque en ocasiones se grava-ba a los vivos con el que correspondía a los muertos, sino por la prestación de servicios en las minas, en la carga, en la hacienda, y principalmente en las cons-trucciones religiosas y profanas, que los obligaban a abandonar a sus familias sin sustento y dejar los campos sin cultivo, permitiendo que el latifundista vecino a los frailes del próximo convento, cuyos ga-nados habían ya talado la semente sin guarda, valién-dose de la ley prehispánica de tierras ociosas del calpulli (barrio), mantenida en vigor tan sólo para perjuicio de los indígenas, pudieran dilatar los linderos de sus haciendas.

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El jefe lacandón, sacerdote de los cultos totémicos, rodeado de su clan

La arquitectura religiosa colonial de México de la que tanto nos enorgullecemos. Las 13727 iglesias, conventos; ermitas y capillas que constituyen el atractivo mayor para el turista, costeados nominal-mente por terceras partes éntre el Rey, el encomen-dero y el indígena, en los primeros tiempos, y por generosas donaciones y limosnas, después, obra exclusiva fueron de la labor directa o indirecta del único trabajador y productor de riqueza en la Nueva España: el indio. El máximo de ese inigualado derro-che de energía correspondió, precisamente, al siglo XVII, coincidiendo con el mínimo de población indígena de todos los tiempos ponderables. En este siglo se construyeron más de ocho mil edificios reli-giosos, no obstante que el Rey de España, el Consejo de Indias y los virreyes mismos, lucharon sin cesar por impedir ese despilfarro de riqueza y energía, sin conseguirlo, desgraciadamente; pero cabe pre-guntar, sin esta tenaz oposición ¿a qué extremo in-sensato habría llegado la Iglesia en su locura de grandeza material y cuáles hubieran sido las cargas que hubieran debido soportar los indígenas para cumplir esa trivial pasión?

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Esto fue producto, se objetará, tal vez, de una ferviente fe religiosa, análoga a la que creó la arquitectura gótica de Europa, por ejemplo, que se expre-saba por medio de las artes plásticas, porque la gran diversidad de idiomas requería de ese idioma internacional sin palabras. Ello es verdad para cierto número de iglesias y santuarios, bien pocos por cierto. en los que los indígenas concentraron de manera especial su sentimiento religioso; pero es inexacto en la mayoría de los casos: El Códice de Teotihuacán- Acolman, en el que los agustinos aparecen flagelan-do y dando tormento a los indígenas que construían su famoso convento, para animar su forzada actividad. es una buena prueba de esto. La Dominación Española, a pesar del fuerte di-namismo de su expansión colonizadora y de su valiente e incansable persecución de la riqueza súbita —la rica veta argentífera—en lo espiritual fué des-esperadamente estática: la misma ética que normó las matanzas de Nuño de Guzmán y las tesis de Fr.

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Domingo de Betanzos, normó las ejecuciones suma-rias del Generalísimo Calleja y los edictos del obispo Abad y Queipo. Treinta años, tan sólo. le bastaron para destruir, hasta en sus más pequeños engranajes, una cultura milenaria y por muchos aspectos admirable, desarro-llada con independencia de influencias extraconti-nentales, y trescientos no le fueron suficientes para substituirla con los rudimentos, siquiera, de su propia cultura.

La obra educativa iniciada por los primeros frailes de las órdenes antiguas (franciscanos, dominicos y agustinos), a pesar de ser muy limitada, sólo acce-sible a las altas clases sociales indígenas, bien pronto comenzó a sufrir oposición y a encontrar obstáculos infranqueables de carácter oficial y oficioso, a causa, precisamente, de su éxito notable: la situación de privilegio, a la que los españoles no estaban dispuestos a renunciar; la supremacía económica y política, según hemos visto, radicaba en la posesión privativa de la técnica superior, de los conocimientos científicos, de los rituales, de las fórmulas propiciatorias y de la comunicación directa con los dioses. Los colonos españoles, los “peninsulares,” trans-mitieron a sus hijos su cultura, como era inevitable; pero sólo a los “criollos,” es decir, al producto de su alianza con mujeres de su raza, pues los habidos por violencia en las vírgenes indias o negras, "mesa

Independencia Religiosa tizos” y “mulatos,” raramente disfrutaron de este derecho inalienable; y adquirían sus nociones sobre los seres y las cosas y sus normas éticas y estéticas, en las plazuelas, en los mercados, en los caminos reales, en los garitos y en las cárceles, es decir, recibieron como única herencia cultural los detritus de una sociedad en descomposición. De hecho, en favor de los criollos se desarrolló, asimismo, toda la obra educativa realizada durante la Dominación Española, puesto que el peninsular, con excepción de los raros casos en que llegaba a América durante la niñez o la primera juventud, instruído o analfabeto, aplicado a la conquista de la riqueza material, poco se preocupaba del enriquecimiento de su espíritu.

La Real y Pontificia Universidad de México, los colegios de ciencias y artes de las órdenes religiosas y los institutos de diverso origen y tendencias encar-gados de la enseñanza superior, no fueron accesi-bles, sino por excepción, a los indígenas ni a las diez y ocho castas en que se distribuyeron los productos de la conjunción de los tres elementos fundamen-tales —blanco, indio y negro—de la demografía colonial; pues, aparte de que severísimos reglamentos exigían como requisito de admisión la probanza de “limpieza de sangre” o la patente de “cristianos viejos,” y fútiles pretextos, insuperables en la práctica, les estorbaban la obtención de grados, una situación económica de progresiva inferioridad se los ve-pA

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O. de Mendizábal daba de hecho. Incluso los institutos fundados ex-profeso para proteger e instruir a los mestizos des-amparados de sus padres, que lo eran la inmensa mayoría, el de San Juan de Letrán, para hombres, y el Colegio de Niñas, a pesar de su reducida capacidad que los hacía inútiles para el cumplimiento de su función, bien pronto fueron invadidos por criollos de familias menesterosas. Además, en el propio San Juan de Letrán, sólo seis estudiantes podían aspirar, anualmente, a la instrucción superior, seleccionados, en principio, en atención a la capacidad y al aprovechamiento, pero de hecho a las influencias que tan señalado papel han jugado siempre entre nosotros. Ello no significó, sin embargo, una situación importante de privilegio para los españoles americanos, puesto que los pingiies cargos políticos, adminis-trativos y judiciales; las altas dignidades eclesiásti-cas y los supremos mandos militares, provistos por el Rey y conferidos a españoles peninsulares, hacían de este monopolio del conocimiento y la técnica superiores, prácticamente nulo desde un punto de vista económico y político, asunto de vanidad y arbi-trio para obtener una dudosa consideración social. La peculiar estructura colonial, que no permitía el ascenso de las castas como clase y estorbaba su mejoramiento individual, limitando su acción a los oficios, a las posiciones subalternas ínfimas y a los servicios domésticos, no impidió, y aun fomentó, el

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Independencia Religiosa descenso del criollo en favor de la supremacía de los peninsulares, restringiendo su participación en las empresas comerciales e industriales, de las que lo apartaban, además, los prejuicios de su educación escolástica y de su torpe concepto aristocrático, de-jándole como única base económica el latifundio, al que los gravámenes hipotecarios excesivos y una agricultura precaria no le permitieron convertirse en media y pequeña propiedad útil, por la excesiva partición hereditaria, concentrándolo en las “manos muertas” de la Iglesia prestamista; y como único recurso posible de subsistencia, el convento, los em-pleos parasitarios en la administración pública y religiosa, y, por último, la plana menor en el incipien-te ejército.

Sélo al finalizar el siglo XVIII, a favor de esta confusión de situaciones y de este desalojamiento de clases sociales a niveles económicos inferiores, muchos individuos pertenecientes a las castas, mestizos y mulatos, lograron penetrar a las vedadas faculta-des, y difundirse, después, en el país como porta-vo-ces de una nueva ideología, para, en unión de los criollos postergados que luchaban por la supremacía de su clase, polarizar las fuerzas latentes de rebeldía a que produjeron la Guerra de Independencia: Hi-dalgo, criollo cultísimo, acosado siempre por necesidades superiores a sus recursos pecuniarios; More-los, mestizo genial, enérgico y puro, cuyo expedien-

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de Mendizábal te universitario encabeza una probanza de “limpieza de sangre.”

Respecto a las escuelas elementales, municipales, parroquiales o particulares, a más de. ser insuficien-tes por su pequeño número, incluso en los centros principales de población y en México mismo, resul-taban absolutamente impotentes para trasmitir la cultura española a menos de que se le considere debi-damente sintetizada en el Catecismo del Padre Ripalda, en el Silabario de San Miguel, en las vidas de santos y en las fábulas, lo cual sería históricamente injusto.

España, se dice, nos legó el magnífico don de su lengua, insuperable “para hablar con Dios”; la lengua de Cervantes y de Santa Teresa que ha servido para expresar tantas cosas profundas, grandilocuen-tes y piadosas, aun cuando en la actualidad resulte un poco inadecuada para el comercio internacional de las ideas modernas, según una de las últimas lamen-taciones de José Vasconcelos. El hecho es cierto; pero sólo en parte y no por cierto resultado de una desinteresada obra cultural. La lengua es por excelencia un elemento y un símbolo de dominación: el conquistador impone siempre su lengua porque generalmente no sabe la de los conquistados y necesita ser atendido para ser obedecido.

Aparte de los criollos, los mestizos, los mulatos

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Independencia Religiosa y las intrincadas castas de ellos descendientes, que recibieron con la vida el derecho al idioma de sus progenitores, los únicos americanos que aprendieron a hablar español y que olvidaron, incluso, su lengua materna, fueron las míseras peonadas indígenas y los servidores domésticos. Más que el sermón del fraile y del doctrinero, el puntapié del patrón y el chicote del capataz, fueron los sabios pedagogos que sirvieron de agentes en esta generosa donación del más importante órgano de la cultura. Las grandes multitudes nativas que no vivieron en íntimo contacto con el español y el criollo y que no fueron víctimas de la peligrosa asiduidad de los mestizos y mulatos, expertos agentes de la extorsión colonial, no aprendieron el español ni olvidaron sus lenguas vernáculas, no obstante que entre ellos, precisamente, se desarrolló de una manera más enérgica y tenaz la obra catequística, tan ensalzada, cuanto inconsistente, porque quedaron al margen del desarrollo de la vida económica de la Colonia. La lglesia tuvo a su cargo, privativamente, la instrucción y la educación pública durante los tres siglos de la Dominación Española; su influencia fue preponderante sobre los distintos estratos sociales de la Nueva España, única y absoluta entre los grupos indígenas; su radio de acción, más amplio que el del Estado mismo, alcanzaba, incluso, a la vida íntima de los individuos y a las más apartadas regiones del

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M. O, de Mendizábal territorio: fue, en consecuencia, el organismo más capacitado para realizar una verdadera transformación cultural. Ya en 1644, el Ayuntamiento de México decla-raba al Rey de España que más de la mitad de la propiedad del país estaba en poder de la Iglesia, y que, después de cubiertas todas las plazas de la nu-merosa jerarquía eclesiástica, 6.000 sacerdotes espe-raban con angustia que se presentase una vacante, siendo, entre tanto, una pesada carga para la población. Contó, pues, desde muy temprano, con elementos económicos abundantes y con personal suficiente para haber difundido, hasta entre los últimos grupos indígenas, los rudimentos, siquiera de la cultura de su tiempo. No estuvo. sin embargo, a la altura de su misión histórica, porque había perdido el espíritu esencial de su instituto y hecho traición a las máximas esenciales de su doctrina. A mediados del siglo XVII la religión era ya exclusivamente, un ritual complicado que se desarrollaba con la más grande pompa en los templos más suntuosos; la fe una serie de actos de culto material y una sucesión de donativos que terminaban, frecuentemente. con la donación de la fortuna total de un individuo, para el sostenimiento de los más supersticiosos e inútiles caprichos místi-cos. Las órdenes mendicantes poseían más bienes de fortuna que los latifundistas, comerciantes y mineros

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Independencia Religiosa todos del país; los obispos vivían con dispendioso lujo de príncipes, y los altos dignatarios de la Iglesia, regulares o seculares, eran más que pastores de al-mas, verdaderos gerentes de las únicas instituciones de crédito que funcionaban en la Nueva España. El indígena había dejado de ser para la lglesia, bien pronto, “una alma que ganar para el cielo” con-virtiéndose en una fuente de explotación sistemática, y la labor de sus ministros, en consecuencia, se redujo a una seca función administrativa: los curas, previamente graduados en lenguas indígenas para el mejor manejo de las obvenciones parroquiales, o venidos directamente de España, ayunos de todo conocimiento e interés espiritual, para medrar al amparo de algún prelado poderoso; los recaudadores de diezmos y primicias, más duros que los calpisques de las tiranías prehispánicas; los legos de las órdenes mendicantes, por último, que para no olvidar en sus fastuosos conventos la “santa pobreza” que pres-cribían sus reglas, hacían incursiones periódicas por los campos exhaustos, para colmar sus henchidos graneros, y acrecentar sus rebaños innumerables. Sólo de tiempo en tiempo, cuando se trataba de vencer la resistencia a la expansión colonial de algún grupo guerrero, los plácidos frailes empuñaban de mala gana el viejo báculo apostólico, para regresar apresuradamente a sus conventos, cuando lograban entregar a los rebeldes, inermes y sumisos por la pre-d. de Mendizábal dicación del Evangelio, en manos del poder militar y de los ávidos colonos que debían explotarlos. Pero si la Iglesia no cumplió con la misión espiritual que le era propia, puede decirse que superó al poder civil y militar, como firme sostén y aun como órgano de expansión de la Dominación Española (fueron los franciscanos los que primero se lanzaron a la conquista de Texas al saber que pretendían reali-zarla los franceses), e incluso del Real Patronato, pues si solía protestar débilmente siempre que su ejercicio la lastimaba en sus caros intereses materiales (el Rey de España nunca tuvo el menor respeto a los bienes eclesiásticos) se dejó amputar su miem-bro más vigoroso y ágil, la Compañía de Jesús, cuando por el internacionalismo de su personal y su férrea disciplina a un poder extranjero, fuera del control real, se hizo peligrosa a la corona su labor política y educativa, principalmente en América donde fomen-taba la creación de una aristocracia antiespañola. No cambió su actitud durante la guerra de Independencia. Los principales caudillos de la revolución fueron sacerdotes y numerosos miembros del bajo clero ingresaron a sus filas o propagaron con entusiasmo las ideas de libertad, pero la Iglesia, como institución, fué su más enconada enemiga. Sólo cuando la insurrección de 1820 obligó a Fernando VII a ju-rar la constitución liberal, y las autoridades de la Nueva España se vieron en la necesidad de imitarlo,

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Independencia Religiosa el clero, viendo en peligro sus privilegios, se sirvió como instrumento de Iturbide, el más cruel enemigo de los insurgentes, para hacer en su provecho la Independencia en contra de la cual habían derramado tanta sanogre.

Con la Independencia, el poder incontrastable de la lglesia se vió acrecentado por la abolición de los derechos de Patronato, que el Gobierno Mexicano no supo reivindicar, porque los militares de alta gradua-ción, veteranos de la guerra contra la Independencia y aun los guerrilleros insurgentes mismos, auxilia-dos de los criollos ilustrados, duchos en el expedien-teo y aptos para la política intrascendente, asumieron de nombre el poder; pero fué el propio clero, triun-fante y ensoberbecido, el que gobernó de hecho y en su exclusivo beneficio. Los mestizos, inteligentes y audaces, las castas todas, inexistentes ya, desde un punto de vista legal; pero a las que el Plan de Iguala había defraudado en su esperanza de tomar parte directiva, como clase, en la política del país, y les había impedido, por las transacciones a que dió margen, lograr la base económica indispensable para su existencia y desarrollo, por la reivindicación de las propiedades españolas que debían haber pasado al dominio de la Nación, con el mismo fundamento que la propiedad indígena, pasó, por la Conquista a manos del Rey de España, puesto que la propiedad colonial no dejó de ser on

M 60. de Mendizábal nunca una merced real; congregados en torno de algunos criollos de ideología enciclopédica, un poco ilusos pero firmemente decididos a lograr una verdadera transformación nacional, iniciaron la lucha contra el formidable poder, para suprimir, batalla a batalla y ley a ley, los privilegios medioevales del clero mexicano. Ello resultaba, sin embargo, completamente inútil en la práctica: las reformas decre-tadas por los triunfadores de hoy, eron nulificadas, al día siguiente, por los mantenedores de los derechos materiales de la Iglesia, victoriosos. Las revoluciones sucesivamente triunfantes, al convertirse en gobierno, sólo encontraban en las arcas del tesoro público cuentas insolutas y compromisos apremiantes; para enfrentarse con el poder temporal de la Iglesia, poseedora de toda la fuerza económica del país, e incluso para sostenerlo, pues el clero fué espléndido al incitar, pero parco al sostener a sus guerreros, tuvieron unos y otros que echarse en brazos de los agiotistas extranjeros. Desde entonces, los diplomáticos agentes de negocios atizaron la ho-guera de la productiva anarquía y los almirantes co-bradores comenzaron a hacer sus apremios con las granadas de los cañones de sus barcos de guerra.

Aunque tarde, los liberales, entre los que figura-ban sinceros católicos que invocaban a Dios al iniciar sus discursos reformistas, comprendieron la inutili-dad de la lucha, si no atacaban al clero en el centro

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Independencia Religiosa nervioso de su fuerza y las Leyes de Desamortización comenzaron a minar la omnipotencia política de la lelesia.

Pero los liberales, los puros, como entonces se les llamaba, y lo fueron por muchos conceptos, cometieron el insigne disparate de no aprovechar esa oportunidad, única que se ha presentado, para proporcionar al pueblo mexicano la base económica por la que venía luchando y lucha aún. Como resultado de este trancendental error, la propiedad de “manos muertas” que no pudieron adjudicarse los mestizos, la llamada “clase menesterosa”, por la absoluta imposibilidad de pagar las alcabalas establecidas en la ley y los cuantiosos gastos consecuentes de la traslación de dominio; rechazada por los criollos fa-náticos que se consideraban condenados a las penas infernales si adquirían una parcela de la “tierra de Dios” fue subastada por un puñado de monedas, y pasó a manos de extranjeros, muchos de ellos católicos fervientes que habían dejado el alma allende los mares, para que, amparada por el sagrado derecho romano de la propiedad, y por el no menos sagrado derecho internacional, constituya, ahora, el obstáculo más poderoso para una distribución razonable de los órganos de producción agrícola de México y sea el motivo constante de conflictos presentes y futuros.

El indio, entre tanto, quemaba cohetes en honor

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de su Santo Patrono y de sus dioses preferidos; pa-gaba sus obvenciones parroquiales y sus alcabalas; entregaba religiosamente su diezmo de los pocos gra-nos que habían dejado en sus graneros las caballe-rías bélicas y las primicias con los corderos y los le-chones que no consumieron los guerreros en las bar-bacoas tradicionales o que no habían ingresado como tequio a los corrales del curato. Soldado de todos los ejércitos, cargador de todas las impedimentas, objeto de todos los tributos y gravámenes, vegetaba, y se fundía en los diversos elementos étnicos, en las nuevas generaciones mestizas, o moría por los fueros de la Iglesia o por la libertad, sin que en su corto léxi-co, útil tan sólo para las necesidades del trabajo, fi-guraran siquiera esas palabras con sentido cabal. Pero las leyes de desamortización de los bienes del clero, que, por un subterfugio infantil, se habían hecho extensivas a los bienes de comunidad en general, sin que los protegiera ningún reglamento restric-tivo, afectando las instituciones de beneficencia, de educación y los ayuntamientos mismos, hirió principalmente a la propiedad comunal de los pueblos, a los humildes ejidos indefensos, que, más fáciles de obtener, atrajeron de preferencia la atención de los mestizos defraudados en su justo deseo de posesio-narse de la gran propiedad eclesiástica, y, después, la de los grandes hacendados colindantes. tan mima-dos por la paternal administración del General Díaz o.

Independencia Religiosa y tan respetados por sus jefes políticos y sus jueces de Primera Instancia.

Los “criollos nuevos” latifundistas y aun los fla-mantes pequeños propietarios, bien pocos por cierto, no resolvieron naturalmente el gran problema mexicano de la tierra y de la producción agrícola. Subs-tituída la Iglesia, como institución bancaria legal, por el capital del clero en función clandestina, y por el capital agiotista extranjero, favorecidos por la ley liberal de “libertad de usura”, que iba a poder dar sus primeros resultados positivos, la agricultura mexicana, practicada según los procedimientos egipcios, no podía subvenir a los crecidos réditos y a los cuantiosos gastos particulares de los señores de la tierra, ni alimentar a la población parásita de las ciudades y de la creciente clase rural no productora, sino a costa de los salarios de hambre en los campos y del hambre sin salario de los pueblos indígenas. Entonces, la minería en auge, la construcción de ferroca-rriles y las incipientes industrias de transformación, fueron atrayendo a sus centros de trabajo a las ma-cilentas peonadas; y la vida imposible de los pueblos sin tierra de comunidad, dispersó en las haciendas a los grupos indígenas que habían mantenido su per-sonalidad étnica. merced al aislamiento.. Después de la caída del Imperio de Maximiliano, la Iglesia Mexicana se vió en trance apurado. La: Constitución de 57 y las Leyes de Reforma se co-yA

M. O. de Mendizábal menzaron a aplicar según cumplía al jacobinismo de los republicanos triunfantes; el alto clero, involucra-do en la tentativa monárquica apoyada por el ejército francés, tuvo que sufrir en el destierro las consecuencias de su derrota, y los sacerdotes extranjeros, agentes viajeros de la salvación eterna, abando-naron al rebelde país que no la quería, de sus manos. El sacerdocio aristocrático que pudo permanecer en México, ocultó su despecho entre las más producti-vas feligresías y los humildes curas rurales, que no habían disfrutado las dulzuras de los días buenos, soportaron las amarguras de los malos en sus parroquias pueblerinas. Unos y otros se sintieron estrecha-mente vigilados y fueron más cautos o vivieron con más apego a la moral. Bien pronto, sin embargo, la influencia social de la aristocracia imperialista se hizo sentir sobre la na-ciente aristocracia republicana, y los viejos caudillos jacobinos, bajo la persuasiva presión femenina, dul-cificaron sus asperezas anticatólicas, relegándolas a las tenidas masónicas o a las ceremonias luctuosas del 18 de Julio; el episcopado manejó con prudencia sus difíciles relaciones con los guerrilleros liberales, convertidos en gobernadores, y, por medio de sus ministros, volvió a ser como en la Epoca Colonial, en cierta medida, un colaborador oficioso del Estado Laico. en la tarea de mantener inmutable un “estado

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Independencia Religiosa de cosas” que, a la larga, se tornaría favorable para sus intereses.

A pesar de ello, la Iglesia, que había perdido su poder político directo, al perder su predominio en la vida económica de México, sólo pudo conservar ín-tegro su influjo social sobre la antigua aristocracia criolla, ampliándolo, en cierto grado, entre las aris-tocracias de cepa liberal. Las clases medias, formadas principalmente por mestizos, fatalmente burocráti-cas por falta de base económica, representaban la in-telectualidad y, más o menos sinceramente, el libre pensamiento. A servir los intereses de las primeras y a atraer o combatir abierta o solapadamente a las segundas, se redujo, desde entonces, el sistemático esfuerzo clerical.

Las clases trabajadoras de México; obreros, peo-nes y campesinos de los de los grupos indígenas que sobrevivieron a la pérdida de sus ejidos, no habían sufrido modificación espiritual ninguna, porque nadie se había preocupado de ello; pero, en cambio, el nivel económico de su vida había descendido en una forma terrible. Las “tiendas de raya” y el comercio independiente, grande o pequeño, incluso, ac-tivo colaborador de los señores feudales de la tierra y de la industria protegida, en la tarea absurda de aniquilar fisiológicamente el único elemento de trabajo posible en México, dentro de los sistemas sos-tenidos por ellos mismos, habían hecho inútil el doloroso desalojamiento de los campesinos proletarizados: el salario medio de 37 cts., igual al que se paga-ba en la segunda mitad del Siglo XVIII, tenía un poder adquisitivo de 3 a 4 veces menor. El déficit que implica esta desproporción entre el salario y el costo de la vida, no es exacto en la realidad, desde el punto de vista alimenticio, por cuanto el indio mexicano ha hecho retroceder el límite de lo comestible. en una forma verdaderamente asombrosa; pero limitaba al mínimun su poder de tributación directa. Las jurisdicciones parroquiales tuvieron, por ello, que ampliarse desmesuradamente, al compás de la despoblación y del empobrecimiento del campo. y las precarias obvenciones parroquiales no permitieron el sostenimiento de los coadjutores necesarios. Muchos pueblos sólo eran visitados por su párroco en el día del Patrono, y los había, incluso, que reci-bían la visita cural cada cuatro años, para casar a posteriori y bautizar a fornidos chicuelos que ya ayu-daban a sus padres en las faenas agrícolas. Respecto a los últimos sacramentos, tan importantes para los creyentes, raros eran, por imposibilidad material o por desidia, los que lograban recibirlos. La vida religiosa de los indígenas, naturalmente, no se paralizó por esto. Los mayordomos de las co-fradías, simples sacristanes en otras épocas, comenzaron a ejercer, por la necesidad, funciones sacerdotales en ausencia del cura y llegaron a asumir el y

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Independencia Religiosa pontificado en materias de dogma y en asuntos de he-chicería; la visita del cura fué, desde entonces, para la mayoría de los pueblos indígenas, un acontecimiento inevitable y poco grato, pues significaba una severa reprensión por las innovaciones del culto y, principalmente, un pesado desembolso pecuniario. La revolución mexicana, iniciada con pretextos políticos, pero originada en el profundo malestar económico, sucesivamente iba concretando sus vagas as-piraciones en programas de transformación social y económica, mal o bien definidos, pues no contó con precursores ideológicos, ni con dirección intelectual oportuna. El clero, incluso el clero bajo que en otras épocas sintió con el pueblo, ha sido, en calidad de aliado fiel de los latifundistas y de las clases privilegiadas, un obstáculo constante para la realización de estos programas. Por ello, el conflicto religioso, episodio de interés secundario dentro de la revolución, ha afectado profundamente a las clases aristocráticas y a los elementos católicos de la clase media, es decir, a parte de la pequeña burguesía de la ciudad y de los campos, aunque la primera se haya limitado a cuestaciones y ro-gativas, en tanto que la segunda ha sostenido la lucha armada; pero, salvo en determinadas regiones del Centro de México, en las que, por causas especiales, la acción del clero no se ha dejado de ejercer, no ha tenido repercusión intensa en el pueblo: entre los elementos proletarizados, porque saben que la Iglesia, o por mejor decir, sus ministros, han toma-do partido por las clases sociales contra las que lu-chan; entre los pueblos indígenas, porque no han sido afectados por el abstencionismo ritual del clero, o lo han sido muy débilmente. En materia religiosa se bastan a sí mismos: han recuperado el ejercicio del ritual. de las fórmulas propiciatorias y la comunicación directa con los dioses.

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