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Año 1.1928=T. 2, Nr. 4, Repr. 1981
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» Tan i J. Torres Bodet: LITE: RATURA MEXICANA AC. TUAL. — Paul Valéry: PE- QUEÑOS TEXTOS. — R. Tamayo: ACUARELAS Y OLEOS..—E. Abreu. Gómez. EL SUERO DE SOR JUA NA. — J. Jiménez Rueda TOQUE DE DIANA. MOTIVOS: Crucero. (B. O. M.) - Novela y Nube. (J. T. B.) - Guía de Poetas, (X. V.) - Am- bito (E. G. R.) - Exhumacio- nes. (C. G.) + Goya en Zig-Zag. (G. G.- M.)- Romancero Gitana, (B. O. M.) “Cu Precio: Un Peso.
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PERSPECTIVA DE LA LITERATURA MEXICANA ACTUAL * 1915 —. 19728 SEMEJANTE a Jano, México presenta al mundo que lo examina dos semblantes distintos, que no podríamos, sin injusticia, considerar verdaderamente opuestos. En el primero—que la política define—la frecuencia de las torturas sociales y económicas a (*) La naturaleza miema de este ensayo y su necesaria limitación cro- nológica emplicun la ausencia, en sus páginas, de ciertos nombres esenciales al conjunto de la literatura mexicana moderna (Salvador Diaz Mirón, F. A. de Icaza, Amudo Nervo, Efrén Rebolledo, Luis G. Urbina, María Enriqueta), y de otros, todavía anteriores a los citados, como Gutiérrez Nájera, Manuel José Othón y Angel de Campo. La precisión de esta perspectiva hubiera perdido sín embargo, al estudíarlos, mucho de lo que 8% participación pu- diera otorgarle de riqueza o de diversidad. Tno de los compromisos de esta suerte de estudios, cuando se intenta
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Perspectiva de la Literatura que la evolución de nuestro pueblo se ha visto some- tida, imprime, nueva máscara de hierro, su sello de desencanto y su perfil áspero, duro. La repetición de la tragedia, la sangre fresca vertida sobre la san- gre árida, el estupor de las conciencias entre las pa- siones, recuerda, más que el desenfreno de las Ba- cantes, el paso desolador de las Walkirias. Sin em- bargo, a través de la oscuridad con que los vapores de la fragua ensombrecen el ambiente en que se for- ja, algo fulgura ya de la espada mágica de Sigfrido: una esperanza de redención, el clima de una dicha futura, acaso todavía lejana, pero cierta. El paisaje que el espejo de esa hoja de acero de- vuelve, como un eco brusco de luz, no es—natural- mente—el de una siesta larga y suave de Corot. Tam- poco el húmedo y espesamente fecundo de la campi- ña flamenca, recreada por Ruysdael. Menos aún el ho- rizonte de una de esas academias admirables de Clau- dio Lorena, en que las formas, como las palabras en un bello discurso, crean su propia retórica, su or- den, en una atmósfera de claridad indivisible, só- lida. Pero, el espectador menos exigente, el menos comprensivo—y ¿no fué Mme. de Stael quien acu- ñó, en una hora feliz, esa máxima tan humana: “tout ceñirlos, en el tiempo, con una red mas o menos exacta, reside precisamente en la obligación de sacriftcar las admiraciones Y uún, E veces, las propias preferencias, con el empeño -—stempre vano— de estrechar dentro de una silueta definida un movimiento espiritual, sólo susceptible de captarse dentro de las fronteras que el gusto le marca. De todas las clasificaciones que, al efecto, se usan, la menos artificial resulta, acuso, la que pretende reunir, en el marco de una generación, los nombres, las pasiones Y ls obras que le interesaron. El presente estudio no tiene otro propósito ní amdiciona otro fin.
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Jaime Torres Bodet comprendre c'est tout pardonner”?—una vez aso- mados a este espectáculo en construcción, confesa- rían pronto que no carece ni de fuerza, ni de deses- peración dramática. La otra máscara de este símbolo no sonríe. Ale- jada, al parecer, de las torturas reales que expresa- ba la primera, se ocupa en su propia tragedia intelec- tual: es el semblante que corresponde a la actual ge- neración artística y literaria de México. En él, brus- camente, la temperatura cambia de sentido. La den- sidad del clima a que la otra contemplación nos ha- bía habituado, se convierte en una especie de ingra- videz real, atenta a los finos compromisos estéticos en que se debate. Se ha acusado a nuestra literatura de esta separación deliberada—e deliberada?—de sus temas con los que la vida del país le ofrece. Se le ha reprochado su desencanto sombrío, su peligrosa aris- tocracia y se le invita desde la orilla, es decir, en la zona neutra que el peligro no amenaza, a participar de sus dramas, a expresar sus inquietudes y también —e¿por qué no?—a desaparecer en su vértigo. Algunos han creído advertir en este decoro de los nuevos artistas de México, un retorno a las doc- trinas del arte por el arte. No contentos con adver- tirlo, han creído que revelarles su aparente descu- brimiento era ya acusarlos de desorientación, sin comprender que la más deplorable desorientación era la suya y que la belleza sirvió raras veces para ar- ma política sin perder algo de su adusta perfección.
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Perspectiva de la Literatura Por no parecer adular un sistema de cosas que aceptan y en cuya gestión pública algunos de ellos participan, los jóvenes autores de México han senti- do rubor de establecer, con sus escritos, una litera- tura que pudiera creerse de propaganda. Miembros de la renovación de su patria, antes de tocar a la obra de arte, se desnudan de todo prejuicio que no sea el dogma estético, estricto, en que convergen, y fundan esta actitud en la misma escrupulosa razón que hacía sacudir a Goethe, antes de entrar a la quie- tud de su gabinete de estudio, el polvo con que los afanes de la calle le habían blanqueado las solapas oscuras del gabán. La suavidad de los matices de la altiplanicie que Pedro Henríquez Ureña descubría, con perspicacia, hace algunos años, en la calidad de nuestra lírica, es un efecto de este pudor. Salvo en algunos parajes de la costa, el hablar del mexicano, como los colores en el vestido de sus mujeres, es apagado y sobrio. Evita con elegancia los contrastes demasiado brus- cos, las disonancias demasiado vivas. Más que de so: nar parece dichoso de deslizarse en las eles líqui- das o de lazarse a sí propio, como en la mangana de uno de los charros de nuestras haciendas, en el silbido corredizo y redondo de las eses. Las cua- lidades de una literatura así, para no insistir en sus defectos, son la modestia, la sobriedad, el delicado equilibrio del pensamiento con la forma, de la idea y de la frase, de la sustancia y del perfil. Ni en los
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Jaime Torres Bodet momentos en que el desenfreno romántico de la pa- sada centuria llevó a los poetas de España y de otros países de América a los peores extravíos, la litera- tura mexicana perdió este pudor esencial del gusto, al que no sólo en parte sirvió, acaso, de tamiz la sen- sibilidad irónica del sentimiento primitivo indígena. sobre cuyo fondo, en la hora de la conquista, vinie- ron a dibujarse los objetos de la cultura occidental europea. Para los jóvenes que iniciaron su carrera litera- ria por 1915, año que, según alguno de ellos, debería considerarse como el origen común de su genera- ción, el horizonte espiritual se encontraba formado, en gran parte, por el recuerdo del Ateneo de México que la contrarrevolución militarista de Victoriano Huerta y los movimientos civiles que la habían continuado acabaron de desintegrar. Apun- talando sus ruinas, quedaban en México algunas fi- guras de singular relieve. Entre ellas, las más distin- guidas eran las de Antonio Caso y Enrique Gonzá- lez Martínez. El uno en la filosofía, en las letras el otro, ambos—más aún que Alfonso Reyes o el mis- mo José Vasconcelos—fueron, en realidad, los maestros temporales de la promoción que sobrevino después. A la cátedra de Estética de Antonio Caso en la entonces Facultad de Altos Es-
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Perspectiva de la Literatura tudios, concurrían los estudiantes universitarios de mayor cultura: Manuel Toussaint, Manuel Gó- mez Morín, Vicente Lombardo Toledano y otros, más jóvenes: Carlos Pellicer, José Gorostiza, Enri- que González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano. Recuerdo todavía con júbilo el espectáculo de aque- llas noches de bello entusiasmo intelectual en que, si no nos arrojábamos los tinteros a la cabeza, sí, en cambio, paseábamos—bajo la caricia de esa luna de México que, por suave y balsámica, parece nacida de un madrigal de Hafiz—por las avenidas de la Ala- meda, en grupos desordenados o silenciosos, llenas de libros las manos, con rumbo cada quien a su pe- queño destino propio, a través de una ciudad insom- ne, amenazada a cada momento por el asalto de una nueva bandería o puesta, cada noche, en subas- ta por la codicia de una nueva facción. Después, ya desligados de la influencia romántica de ese am- biente, algunos de aquellos jóvenes se han atrevido a juzgar el verdadero valor de Antonio Caso. Sin embargo, salvo algunas excepciones en que la riva- lidad profesional explica pero no excusa las discre- pancias, la gratitud domina a la crítica y, aun en los instantes en que analizan con menos favorable fer- vor sus libros, anotando sus errores, subrayando sus repeticiones, restringiendo—tal vez sin excesiva be- nevolencia—los márgenes de su originalidad, algo los detiene: la noción precisa-—y a la vez muy jus-
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Jaime Torres Bodet ta—de que esos mismos defectos de la obra del pen- sador fueron consecuencia de sus admirables aptitu- des de intérprete, de su elegante claridad de maes- tro. El otro altar de este templo disperso de nuestra cultura juvenil—mucho menos decorativo y solem- ne, pero más fecundo, porque también más íntimo— lo hallábamos en torno a Enrique González Martí- nez. La inteligencia de Antonio Caso resplandecía mejor, sin duda, a la luz escolar de la cátedra, pero el talento y la sensibilidad de González Martínez se entregaban todos en la conversación. Rica, entona- da conversación de hombre del trópico, más sor- prendente aún, para el recién llegado, en un poeta que, como González Martínez, había acostumbrado de lejos a sus lectores a una poesía reflexiva, abs- tracta, de mayor profundidad que amplitud y de más solidez arquitectónica que animación sensual y co- lorida. Dentro del cuadro actual de nuestra poesía, González Martínez representa, al mismo tiempo, el simbolismo de Régnier y de Verhaeren y el roman- ticismo filosófico de Vigny. Su ejemplo de honradez artística y humana nos ayudó a superar, cuando me- nos en el ideal, a los poetas menores que fueron sus contemporáneos y que, sin el genio de Darío, quisie- ron fabricarse una bohemia, repitiendo, en desvaídas versiones, los temas de la célebre Sonatina ode la Marcha Triunfal. Años más tarde, cuando en torno a ese grupo de
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Perspectiva de la Literatura jóvenes se fueron agregando otros y otros más has- ta constituir un núcleo sólido, algunos de los escrito- res de esa bohemia anacrónica habrían de lla- marlos “poetas universitarios”, convirtiendo así ins- tintivamente—para defensa de su propia incultura —en ataque una calidad que, más que motivo de burla, debiera serlo de elogio, Como la de Antonio Caso en la filosofía, la influencia de González Mar- tínez en nuestra lírica pudo haber sido también, más adelante, discutida y, finalmente, abjurada por la mayoría de quienes la recibieron entonces con tan eficaz provecho. En desacuerdo con las nuevas pre- ocupaciones de nuestra sensibilidad y nuestra sen- sualidad, menos apacibles y regulares que las suyas, logró dejar no obstante, en los mismos que ahora la niegan, una costumbre de probidad personal y artística con la que no todos sus antecesores nos te- nían igualmente familiarizados. “Torciéndole el cuello al cisne” de la retórica modernista, González Martínez intentaba una reno- vación, pero su obra tendía más bien a reconstruir, con los mejores materiales de la buena tradición ro- mántica, una poesía de concentración y de pensa- miento, más parecida dentro de su optimismo triste al estoicismo orgulloso de Alfredo de Vigny que al catolicismo sensual de Paul Verlaine, en Sages- se, oal epicureismo de Samain en Les Flancs du Vase y de Henri de Régnier en Les Mé- dailles d' Argile.
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Jaime Torres Bodet De haber sido concebida algunos lustros antes y no haberla truncado el movimiento espiritual de post- guerra ¿qué hubiera resultado de esta poesía armo- niosa y fuerte que Ventura García Calderón no va- ciló alguna vez en calificar, con exactitud, de pu- ritana? Acaso un neorromanticismo bergsoniano, (*) de definiciones muy netas, pero impregnado to- davía y cálido de una alta temperatura cordial. Al lado de Enrique González Martínez, en la re- dacción de Pegaso y, más tarde, en los prime- ros salones de México Moderno, se distin- guía la figura de Ramón López Velarde. Muy inteli- gente, muy noble y de sensibilidad muy bien orien- tada hacia los más agudos hallazgos del color y del gusto, los jóvenes hallaron en él las cualidades y los defectos que faltaban a González Martínez. Sus sen- tidos, ante todo, de espléndida virginidad natural ya sin embargo refinada y exquisita, acaso en virtud de la provincia católica en que el poeta vivió los prime- ros años de su niñez y de su juventud. Y, con sus sentidos, su estremecimiento espiritual, menos me- tódico y grave que el de González Martínez, más es- pontáneo en cambio, y más conmovedor. (*) Es curioso, en ejecio, hacer notar cómo coincide la poesía de Jn- dque González Martínez con cierto aspecto —el más conocido sin duda— de la filosofía expresada por el autor de La Evolución Creadora. El re- sogimiento, la intimidad, que Bergson preconiza para la evaltación de la vida profunda— son, precisamente, la esencia del pensamiento que impregna la obra de González Martínez. También su fe, su especie de misticismo latco, su veneración por la vida, por las lecciones de su intuición, por los caminas praegmáticos de su enseñanza.
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Perspectiva de la Literatura Sin poder limitar proporciones, estas dos influen- cias, tan opuestas, se combinaron en la obra de to- dos o casi todos los nuevos. Del uno heredaron el amor a una forma depurada, a un idioma justo, a un pudor intelectual muy severo. Del otro, la curiosi- dad de nuevas sensaciones, el deseo de una metáfo- ra más original y plástica, el sentido del color y la voluptuosidad del tacto. Junto con estas conquistas de la poesía de Ramón López Velarde, sus contem- poráneos especialmente, se dejaron seducir por otras, a nuestro juicio menos significativas. (*) Una de ellas, fué su mexicanismo. Mexicanismo que, profundo y admirable en él, ha quedado como simple fórmula, es decir, como falsa epidermis en las poesías de sus imitadores, convirtiéndose así, de paisaje que era, en escenario y de vestido en dis- fraz. Más que en todos los puestos de este domingo li- terario, el alma de México vive en el poema que Ra- món López Velarde escribió, algunos meses antes de morir, para El Maestro. En esta Suave Patria del poeta, las cosas de México, sus muje- res, sus fiestas, sus ferrocarriles “que pasan por la vía como aguinaldo de juguetería”, sus selvas en que (*) Canstituyen una encepción de honradez, por la sinceridad de su odra, los poetas Enrique Fernández Ledesma y Francisco González León, in- térpretes ambos del suave espíritu de nuestra provincia católica y sentimen- jal. Más sabio el primero en el arte y la retórica de la composición, el se- gundo —en su actitud humilde— resulta más conmovido y más voancentra- damente nersonal.
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Jaime Torres Bodet cruza, súbito, “el relámpago verde de los loros”, sus calles en que se derrama, al amanecer, “el santo olor de las panaderías” todo, en una palabra, de lo que tiene el color, el gusto o el perfume de México, se hallaba felizmente evocado, pero no con la minu- ciosa reproducción del copista sino con la intuición genial del poeta. ¡Qué pálido resulta, junto a este sentido insustituible de la patria en López Velarde, el nacionalismo de ocasión de sus imitadores y cómo nos comprueba una vez más este contraste que el ar- gumento y el ornato no añaden nada a la lírica, sino que se embellecen de sus méritos y se renuevan en su juventud! Del primitivo núcleo del Ateneo de Mé- xico, se hallaban entonces ausentes—por los aza- res de una vida pública siempre agitada y dispersa — dos de sus más vigilantes espíritus: José Vasconce- los y Alfonso Reyes. El primero, seducido desde muy joven por las sirenas de la acción, se había lanzado—nuevo e imprudente Ulises—a todas las escaramuzas de la guerra civil. ¿Cómo y por qué se- rie de milagrosos esfuerzos, pudo este hombre con- servar ilesa la dignidad de su numen, en el vértigo de aquellos años sin brújula? Desterrado un día, al siguiente Ministro de Instrucción Pública en el go- bierno emanado de la Convención, una semana des- pués, errante de nuevo y perseguido, de cerca, a tra- vés de las estepas del Norte, por las fuerzas al servi-
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Perspectiva de la Literatura cio de Carranza, Vasconcelos parecía, como los hé- roes de algunos dramas griegos, o, como las figuras que se reemplazan en el cinematógrafo, interesado só- lo en huir de sí mismo, creando—con esta continui- dad de ausencias—su personalidad. Las playas de California, las calles de Chicago y Nueva York, las quietas plazas virreinales de Li- ma, lo vieron, durante esos años, rememorar una patria que empezaba a creer abolida y esperar, sin esperanza, el amanecer de una libertad universal. Por momentos, acosado de la furia con que la creación se impone a ciertas almas, lo olvidaba todo para en- cerrarse en un silencio místico. Sus amigos improvi- sados lo sentían entonces distante y como herméti- co. Así se formó Pitágoras y, después, junto con los relatos y anécdotas que reunió con el nombre de Divagaciones Literarias, asíse for- maron también los primeros ensayos del Monis- mo Estético. En esta obra, henchida de suges- tiones, el autor intenta oponer la energía estética, pitagórica, al dinamismo newtoniano y busca los orí- genes mismos del gusto en un acto de espirituali- dad religiosa, trascendente, merced al cual—a su jui- cio—se logra definir la unidad interior de los fenó- menos heterogéneos. De regreso a su patria, la acción—a la que este Ministro de la Regla parece haber querido consagrar lo mejor de su espíritu—había de apoderarse nueva- mente de él, para no dejarlo continuar la ruta de sus L. del
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Jaime Torres Bodet primeras creaciones. Salvo algunos aciertos, entre los que se distingue su ensayo sobre la Revul- sión de la Energía, nada hallaremos des- pués, en su obra escrita, comparable al Monis- mo Estético. Contagiado de la prisa de hacer —ila prisa, qué terrible enemiga de la perfección !— sus libros posteriores se resienten todos de esa ner- viosa impaciencia que, acaso, ayude en él al polemis- ta, pero perjudica indudablemente al pensador. Por el temblor y la temperatura de su estilo, por la sinceridad apasionada de sus opiniones y por el ímpetu sin crítica con que emite y defiende sus jui- cios, Vasconcelos, más que un filósofo, es un líri- co y un inspirado. Fuera de sí propio, se pierde en seguida. Cuando trata de resumir sus estudios indos- tánicos, no consigue sino extraviar al lector en el dédalo de una exposición sin método. En cambio, ¿quién, como él, sabría definir las confusas relacio- nes con que el instinto lo encadena, con religioso vínculo, a cada una de las teorías de que se siente poseído? En esta dirección, podríamos más bien de- finirlo como un místico y, haciendo uso de sus pro- pias palabras, decir de él que “al conciliar, no abs- trae, intensifica lo concreto, lo universaliza y lo con- vierte en valor estético infinito.” Tan diverso y sutil como Vasconcelos enérgico y simple, Alfonso Reyes provenía de otras inquie- tudes y realizaba otros propósitos. Dueño, desde muy joven, de una cultura en la que la solidez no era
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Perspectiva de la Literatura obstáculo a la elegante agilidad y en posesión de un estilo hecho, como el color del agua, de su sola y lí- quida transparencia, Alfonso Reyes examinaba, a los dieciocho años, los agudos carrizos en que Ma- llarmé eternizó el soplo de su fauno cerebral y de- cadente. Posando sus labios tímidos sobre las hue- llas del dios, ensayó en esa avena sus primeros can- tos. Depués, con Cartones de Madrid, con El Suicida,con Simpatías y Diferen- cias, Alfonso Reyes dió prueba de la extraordi- haria flexibilidad de su ingenio. Su destino consistió en anudar una cadena de compensaciones constan- tes. La sucesión misma de sus libros, recuerda la sa- biduría con que el alpinista escala las alturas más di- fíciles, alternando la ascensión con el reposo, las obras con las pausas. Ha sido un animador. Su correspondencia, sus libros—ey qué libro suyo no fué una carta abierta?—sus artículos de crítica, sus poemas mismos, incompletos si se quiere pero muy bien orientados, llevaron siempre esta dirección: re- cordar a todos los compromisos del espíritu, su fide- lidad indeclinable. Al lado de Alfonso Reyes, en los corrillos de la Escuela de Jurisprudencia, hervía la inquietud inge- niosa de Julio Torri, a quien—por la lucidez intelec- tual y la mordacidad de la ironía—sus compañeros habían puesto el sobrenombre de Hermano Diablo. Educado en la lectura de los mejores clásicos españo- les o ingleses, el estilo en que Julio Torri escribía de
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Jaime Torres Bodet tarde en tarde sus breves y preciosos ensayos era ya, entonces, de una extraordinaria pureza. Menos suave que el de Reyes, obedecía a una arquitectura interior más estricta y, a diferencia de aquél, se go- zaba no en ocultar sus dificultades bajo una sonrisa de exquisito diletantismo, sino en superarlas, hacién- dolas más visibles y adornándose, como con una gracia más, con el recuerdo constante de su limita- ción. Espíritus de tan atormentada calidad no suelen ser muy fértiles y es así como Julio Torri no ha en- riquecido el caudal de la literatura mexicana sino con un breve volumen de Ensayos y Poemas. ¡Pero cuántas otras más copiosas contribuciones no daríamos a cambio de esta sutil alforja en que los manjares más raros y el más añejo vino se conser- van para la curiosidad y el deleite del conocedor! En años en que el único género de poemas en prosa imitado en México era el de Baudelaire y Aloy- sius Bertrand, Julio Torri logró modelar pequeñas obras maestras, absolutamente originales, que debían poco a estas dos influencias y que estaban ya—- por el espíritu y por la intención——más cercanas de Max Jacob que de Garpard de la Nuit. Martín Luis Guzmán fué otro de los miembros del Ateneo que había de destacarse, después, con relieves muy firmes. Su primer libro, A Orillas del Hudson, reunía crónicas amables de pen- samiento, junto con pintorescos apuntes de viaje y notas inteligentes de crítica, pero el escritor no ha-
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Perspectiva de la Literatura bía dibujado todavía, en esas páginas, su perfil. Fué preciso un silencio de varios años para que se for- jara esa personalidad robusta en que las contribucio- nes conjuntas del periodismo y la acción producen aho- ra un resultado muy moderno y, a la vez, muy tradi- cional. Los relatos de la revolución que publicó, do- mingo a domingo, en el suplemento de uno de nues- tros diarios y que acaba de reunir en un grueso volu- men: El Aguila yla Serpiente, constitu- yen, hasta ahora, el anecdotario más rico, aunque no siempre el más imparcial, de esta época de nuestra gue- rra civil. Los efectos que logra están obtenidos no co- mo en Los de Abajo, de Mariano Azuela, por una mera simplificación del procedimiento y del estilo naturalistas, sino merced a un esfuerzo de re- creación artística que da a sus aciertos un mérito más: el de una técnica más estricta. Para cerrar el panorama de las aportaciones in- dividuales de este grupo, habría que dibujar aquí— ¿con qué lápiz indeciso, trémulo?—la silueta de uno de sus espíritus más curiosos y, acaso, más inasi- bles. Me refiero a Eduardo Colín, autor hasta ahora de dos interesantes libros de crítica: Verbo Se- lecto, Siete Cabezas, y de una colección valiosa de poemas originales: La Vida Intac- ta. De calidad angulosa y un poco cortante, su es- tilo procede, en la prosa, por sucesiones de espas- mos, en un temblor que pone de manifiesto, a la vez, la considerable inteligencia casuista del autor y su
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Jaime Torres Bodet temor o su incapacidad para las generalizaciones de- masiado vastas. Educado en la escuela de crítica li- teraria que representó, para el Simbolismo, la figura de Rémy de Gourmont, Eduardo Colín, vacía, en el molde muy preciso de sus máscaras, el perfil evasivo, en evolución constante, de la personalidad literaria o artística que procura definir. Los resultados de la labor desarrollada por el Ateneo de México hubieran sido, incuestionablemen- te de provecho más amplio en una época de paz. Dis- gregando sus elementos y exagerando sus primeras discordias, la revolución no destruyó sin embargo su influencia. Frutos de su anhelo de depuración artís- tica habían de serlo—si no los jóvenes inmediata- mente contiguos—aquellos que iban a formar en las filas de la siguiente generación. Así, entre ellos y el Ateneo, se consolidó un grupo de inteligencias dirigidas, más que a la creación, al estudio, a la ense- ñanza, a las investigaciones del derecho y a las defini- ciones de la historia. Sus miembros más distinguidos —los más cercanos también a la vida y a las preocupa- ciones del Ateneo— fueron Manuel Toussaint y Carlos Díaz Dufóo, hijo. El primero, conocido de la litera- tura iberoamericana por sus excelentes ediciones de José Asunción Silva, Enrique González Martínez y Sor Juana Inés de la Cruz, demostró, desde un prin-
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Perspectiva de la Literatura cipio, aptitudes considerables de crítico. Un libro de Viajes por España, escrito con amor, con deli- cioso conocimiento, con recogido e insinuante estilo, fijó una fecha en el desarrollo de su personalidad. La calidad de un escritor suele reconocerse, más que en ninguna otra, en esta peligrosa hazaña: el libro de viajes. Los límites se pierden pronto, en efecto, den- tro de él para quien se deja conducir por la veloci- dad de sus curiosidades o por su ímpetu. Bellos co- mo una aventura, los libros de viaje que no son un viaje a su vez son, casi siempre, o un desencanto del espíritu o un fracaso de la imaginación. Manuel Tous- saint supo conservarse en el suyo más allá de la ti- midez pero no más allá de la prudencia. Su obra, llena de ese juvenil entusiasmo del viajero que no es todavía un erudito, se complace sin excesos en recrear, para un público ilustrado, los paisajes y las costumbres de la España que amó y lo logra a me- nudo sin eludir los compromisos de su propio delei- te, con un fino egoísmo estético, a lo Stendhal. Co- mo Alfonso Reyes, Torri, Caso, y en parte, el mis- mo José Vasconcelos, Manuel Toussaint y Carlos Díaz Dufóo hijo se habían dejado modelar por la disciplina intelectual de Pedro Henríquez Ureña, pe- ro, en tanto que Manuel Toussaint seguía de cerca los pasos de Alfonso Reyes, Díaz Dufóo se encon- traba más íntimamente ligado con el talento paradó- jico y sutil de Julio Torri. De allí el tono y la tem- peratura de Epigramas, el único libro que se
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Jaime Torres Bodet ha resuelto a publicar. Más que un volumen de ver- daderos epigramas, esta obra reune—en un desor- den no exento de lógica—varios grupos de carac- teres, dibujados, como en la escuela de La Bru- yére, sobre un cartón de maliciosa psicología con el lápiz de un estilo pintoresco, tan hábil en la abstrac- ción de lo que define como intencionado en el perfil de lo que insinúa. Los otros representantes de la promoción post-ate- neísta, los que no se han dedicado aún a la literatura o lo han hecho sólo excepcionalmente, son Antonio Castro, Alberto Vázquez del Mercado, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo y Narciso Bassols. Los dos primeros, junto con Manuel Toussaint, publicaron hace tiempo una Antología de las Cien Mejo- res Poesías Líricas Mexicanas. Des- pués, atraído el uno por la política, el otro por la di- plomacia, ambos callaron. De Antonio Castro, se dice que prepara una obra fundamental sobre la his- toria de la literatura mexicana, desde los orígenes hasta nuestros días. El talento y la seguridad críti- ca de que ha dado muestras en otros ensavos, lo ha- ría desear así, para bien de los estudiosos a quienes hace falta un resumen de esa índole. Un poco al margen de su movimiento se formó, en 1918, un núcleo de cuentistas y novelistas del vi- rreinato, del que Genaro Estrada había de ser, con el tiempo, el último representante y, a la vez, el exa- minador y el crítico. Artemio de Valle-Arizpe—el
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Perspectiva de la Literatura primero de los escritores del grupo—ha sido, tam- bién, el de más fecunda vena. Desde Ejemplo hasta La Muy Noble y Leal Ciudad de México, cuatro son los libros de relatos que ha editado, todos ellos escritos en una prosa rica y en- sortijada que recuerda—por la abundancia de los pliegues y los encajes de que se adorna—el andar de una opulenta dama del virreinato, cuando no— por la ostentación de los follajes, labrados y volutas que lo revisten—el altar de una iglesia española de la época de Churriguera. De su paso por el género colonial, Francisco Monterde conservó dos agradables narraciones: El Madrigal de Cetina y El Secreto de la Escala, en tanto que Julio Jiménez Rueda— que dedica, ahora, al teatro lo mejor de sus activida- des—escribía, en torno a la vida de Sor Juana, una novela de época: Sor Adoración y reunía los materiales de Moisén, historia de judaizantes e inquisidores de la Nueva España en el siglo XVII, trazada en breves entreactos de cuya concisión un poco efectista se resiente, a la postre, el interés no- velesco del conjunto. Dueño de una bien orientada cultura histórica, Ermilo Abreu Gómez publicaba entonces Romance deReyes, El Corco- vado y La Vida del Venerable Grego- rio López, obras que una sutil interpretación de la poesía del Virreinato impregna y que avalora el sen-
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Jaime Torres Bodet timiento de un estilo insinuante, limpio, borrado a veces por la niebla de una ligera oscuridad interior. El examen de estas nuevas caballerías—tan abundantes en doncellas y endriagos como las otras —había de aparecer años más tarde, compuesto por uno de los autores que las habían enriquecido más en un principio. Pero Galín es, en efecto, la historia de un bachiller moderno, a quien la manía de las antigiiedades hubiera acabado por enloquecer, de no venir a sacudirlo de la torpeza en que langui- decía el amor de una mujer joven, educada en Los Angeles y experta; naturalmente, en achaques de amor y de cinematógrafo. Lo menos importante, sin embargo, dentro de esta novela, es la novela misma y los capítulos que se leen con mayor interés los que el autor dedica, al principio del libro, con deli- ciosa inteligencia, a parodiar a los escritores que, de- formando su estilo natural, se fabrican una fabla monótona y redundante por un sencillo sistema de arcaísmos y de combinaciones gramaticales desusa- das. Sin querer presentarse como un modelo de au- dacia, la prosa de este relato es, por la agilidad y la frescura de su concepción, de un sabor muy moder- no y simple. Para completar el cuadro de la acción ejercida por el Ateneo de México, sería menester estudiar, aquí, a los escritores y ensayistas que, sin haber pertenecido a él, han ido apareciendo en épocas pos- teriores a la de su homogénea actividad, pero con ho-
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Perspectiva de la Literatura rizontes de cultura muy semejantes a los de sus principales intérpretes. Uno de estos espíritus es el de Bernardo Gastélum, quien, tras de un tratado de Psicología escrito como ilustración de la cá- tedra que sobre esta materia explicó hace algunos años en la Universidad de Occidente, ha dado a la publicidad—en 1927—un volumen de ensayos filo- sóficos, editado por la Colección Contemporánea de la casa Calpe, de Madrid, con el nombre de Inte- ligencia y Símbolo. En dl estudia la ma- yor parte de los problemas psicológicos que se rela- cionan con el drama de la adolescencia y obtiene conclusiones nuevas, especialmente en los capítulos que dedica a la estética del amor, al contenido de la expresión y al arte como actividad de la juventud. Con una orientación más clara, inicia ahora un nue- vo libro: Física de la Actitud del que an- ticipa—en edición especial de este año—un juicio sobre “La clase, considerada como arquitectura de la comunidad”. Valido de una amplia documentación histórica, comprueba en él la categoría biológica de las clases y su imprescindible necesidad social. Ca- racteriza al pensamiento de este escritor, una atina- da consecuencia lógica y lo enriquece, con sus ma- teriales técnicos, una cultura en que la amplitud no estorba al sentimiento de la particularidad. Al lado del Ateneo, separados de él por las direc- ciones mismas de su vocación, figuraron otros hom- bres de letras que no aparecen en la perspectiva —ne- nó
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Jaime Torres Bodet cesariamente limitada—de este paisaje, porque algu- nos, representan todavía las maneras de una estética anterior y otros, como Luis G. Urbina —de quien la Antología de la Poesía Mexicana Moderna editada por Jorge Cuesta reproduce varios sonetos de un lirisma realmente admirable— forman parte de una promoción ya definida que, por sus gustos y sus preferencias, constituye un fondo armónico al movimiento espiritual que le sucedió. En este paréntesis —que no omite el mérito pero que las proporciones y la continuidad lógica de nuestra perspectiva exigen—se instalan los poetas Ra- fael López y José de J. Núñez y Domínguez; de ele- gante retórica parnasiana el primero, el segundo de un amable matiz romántico heredado precisamente de la inspiración del poeta de Lámparas en Agonía. También debe figurar aquí el novelista Carlos González Peña, autor de varios fuertes rela- tos de tendencia naturalista en que se advierte, mez- clada al recuerdo de D'Annunzio y de Emilio Zola, una reproducción muy fiel de los medios sociales que formaban, por 1910, el ambiente confinado y difícil en que iba a estallar la revolución. Fuera de esta pausa y en contacto más directo con las inquietudes de algunos sectores juveniles, quedaron la personalidad y la obra diversas de José Juan Tablada. ¿Qué corriente ideológica, a partir del modernismo, no vino a enriquecerse en su curio- sidad? Sin suficiente pereza para perdurar en nin- e
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Perspectiva de la Literatura guna, Tablada parece haber puesto su orgullo no en poseerlas con pasión de verdadero poeta—de verda- dero amante—sino en acariciarlas con inteligencia de crítico para desprenderse más pronto de ellas y para más pronto difundirlas también. Su voluptuo- sidad se perfeccionó sin duda con este roce de cada doctrina, de cada inquietud nueva en su indecisión. Pero ¿cómo habían de enriquecerla tan pasajeras contribuciones, constantemente en marcha, ocupa- das unas y otras en perseguirse, rara vez satisfechas de sostenerse y orgullosas todas de reemplazarse? Sólo una abstracción esencial de toda lírica podría explicar la rapidez y la elegante deportiva perfec- ción de sus virajes. Con las botas de siete leguas que la curiosidad le calza y que, al lector que lo sigue, dan la impresión de desplazarlo sobre una rápida geogra- fía de ensueño, las distancias más largas se acortan y el Verlaine refinado de las Fiestas Galan- tes queda a un paso del Omar Khayam de los Ru- bayats. Tan cerca el uno del otro como de la inspiración baudeleriana y renacentista del Flori-- legio, la poesía cortada, recortada y entrecorta- da de los deliciosos kai hais de Un día... y de El Jarro de Flores. Una personalidad se destaca, sin conexiones de partido ni deferencias de cenáculo: la de Mariano Azuela que, con la publicación de dos novelas bre- ves: La Malhora y Los de Abajo, haob- tenido en pocos años—tras largas épocas de olvido—
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Jaime Torres Bodet una de rápida notoriedad. Sin preocupaciones de es- tilo, más interesado en descubrir a sus personajes que en describirlos con la delicada lentitud del pro- sador artista, las cualidades de Mariano Azuela son las que más frecuentemente hallamos en el buen novelista tradicional: el sentido pintoresco de los ti- pos, la inteligencia teatral de las situaciones y, sobre todo, el don de una psicología esquemática; por eso mismo, a primera vista, más impresionante. Sin in- sistir en lo que éxito de este escritor pudiera deber a ciertas coincidencias de oportunidad ni buscar una fe política muy generosa en el pesimismo esencial con que limita los problemas que el argumento de sus relatos le propone, hay que declarar que su pro- pio decoro lo hizo digno, la mayor parte de las veces, del tema que se impuso. No agotó, naturalmente, la veta. Ni el admirador más confiado pudiera creerlo, ni él mismo—tan laborioso y modesto—lo querría. Pero fué mucho ya el haber enfocado, con esa au- dacia de novelista, con ese temblor característico también, el caso de la revolución mexicana, sin caer en confusas digresiones demagógicas ni en error de gusto alguno, Por un procedimiento que, en vez de eliminato- rio, ha resultado ser, en realidad, de tímida orienta- ción, nos encontramos ahora frente al despertar de
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Perspectiva de la Literatura una nueva literatura. ¿De una literatura nueva? Las influencias interiores que la norman se desprenden de la calidad de las tendencias que analizamos al ha- blar de González Martínez y de Antonio Caso, de Alfonso Reyes y de José Vasconcelos, ya que, sin que hayan sido, en verdad, los maestros de nuestra generación, sería injusto no reconocer lo que sirvió —a los más jóvenes—el ejemplo de probidad inte- lectual de González Martínez, la lección de energía de José Vasconcelos y la sutil curiosidad de Alfonso Reyes. Más que su influencia directa, lo que recibi- mos, a través de ellos, fué el mensaje del mundo li- terario y filosófico, en que iban plasmando sus pro- pias conquistas. Así, para nosotros, el nombre de José Vasconcelos se encontrará siempre ligado—con esa solidez que guardan, hasta en la senectud, los re- cuerdos de la adolescencia—al de Romain Rolland, cuya lectura recomendaba desde la Rectoría de la Universidad en una hora de optimismo y de laborio- sa confianza administrativa, al de Beethoven y al de Tolstoi. Así también, para nosotros, la obra de Enri- que González Martínez no se reducirá al solo admi- rable conjunto de sus libros de poesía. A él quedará unida, en México, la memoria de todo el simbolismo francés que comentó en conferencias de gran pene- tración crítica e introdujo al caudal de nuestra cul- tura por el doble conducto de sus poemas originales y de sus traducciones. Acaso Maeterlinck, Verhae- ren y Rodenbach, Régnier y Samain, Francis Jam-
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Jaime Torres Bodet mes y la Condesa de Noailles, no habrían significado para nosotros todo lo que significaron, de no encon- trarse reunido el acento de sus nombres a un proble- ma de estética de la juventud, planteado a nuestro análisis, por el lirismo de Los Senderos Ocultos y La Muerte del Cisne. Mucho más complejo que el resumen de estas disciplinas, sería hacer el mapa de las alusiones exó- ticas, de las influencias o de los ejemplos anteriores en que nos reconocimos. Pero en la dificultad de lo- grarlo, es curioso al menos hacer notar que, en tan- to que los maestros de la lírica latinoamericana du- rante el modernismo fueron los simbolistas france- ses, la prosa vivió, en aquellos años, de reproducir los modelos españoles más o menos puros. Invirtien- do con ventaja los términos, la evolución actual vuelve a interesarse por el caudal de nuestra poesía auténtica, pero busca, para apagar su sed, otros ejemplos de prosa que los exquisitos de un Valle- Inclán, porosos y compactos de un Galdós o limitada- mente personales de un Azorín. El conocimiento de la literatura norteamericana—que, con excepción de Poe y de Whitman—había permanecido inédita pa- ra los grupos anteriores a esta promoción, ha sido— para ella—de los resultados más útiles. Sería imposible acertar desde ahora en la elec- ción de los escritores jóvenes que habrán de reali- zar obra más importante en lo porvenir. La labor del crítico tendría que participar de la lucidez del mago
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Perspectiva de la Literatura para no equivocarse, en las proporciones en que la realidad suele no corresponder a la esperanza. Fun- dándonos al menos en la seriedad de los intentos que llevan publicados y en la cultura de que se ha- llan provistos, podríamos citar, en primer término, a los jóvenes que iniciaron, en 1918, el Ateneo de la Juventud, distinto dell Ateneo de México en su constitución y en buena parte de sus propósitos esenciales. Este grupo en el cual—en- tre otros de los nombres que ya hemos estudiado a su tiempo—figuraban Carlos Pellicer, Martín Gómez Palacio, Bernardo Ortiz de Montellano, José Goros- tiza y Enrique González Rojo, se encontraba conce- bido dentro de tal elasticidad que pudo subsistir sin oponerse a la libertad individual de cada uno de sus miembros. Calos Pellicer, José Gorostiza, Ortiz de Monte- llano y Enrique González Rojo son, exclusivamen- te, poetas. Martín Gómez Falacio ha alcanzado, en cambio, mayores éxitos en la novela, gracias a dos li- bros, desiguales en proporciones y en mérito. El pri- mero, El Santo Horror, descubría el drama oscuro de una conciencia juvenil, interrogada por la esfinge de un doble amor simbólico, con raíces—a la vez—en el espíritu y en la carne; con frutos en el deseo y en la renunciación. La solidez del análisis psicológico y, en general, la temperatura del relato, hacían de este libro la promesa de un gran novelista. ¿Por qué entonces El Mejor de los Mun -
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Jaime Torres Budet dos Posibles, la segunda de sus obras de am- plio aliento? El tema escogido: la revolución mexi- cana, era, en esta ocasión, de un alcance mucho más difícil y complejo, pero ¿por qué tocarlo si el autor no se sentía aún dueño de vencerlo? De los poetas del Ateneo de la Juven- tud, Carlos Pellicer es el de un caudal lírico más impetuoso y abundante. Nacida bajo los signos de Lugones y de Santos Chocano—que son signos fa- tales en el zodíaco de las retóricas —su poesía se des- ligó bien pronto del lastre externo de esas influen- cias. Brotó entonces a la superficie de sus versos la más hermosa de sus cualidades: esa especie de apo- teosis salvaje de los sentidos en que su espirituali- dad de hombre del trópico, al mismo tiempo, se vis- te y se desnuda. Cronológicamente anterior a sus compañeros, Carlos Pellicer se anticipó también a ellos en la ambición por definir un ideal plástico del paisaje. Estaba entonces de moda una absurda cla- sificación de los poetas en “subjetivos” y “objeti- vos”. Pellicer exigía orgullosamente—¡con cuánta razón lo reconocemos abora!—un puesto: el prime- ro, entre los segundos. La poesía de José Gorostiza ha nacido de un vo- luntario regreso a la tradición española del siglo XV. Su “manera”, como la de Rafael Alberti, escapa de la contaminación popular meramente folk-lórica, pe- ro no desdeña tocarla, en los ángulos más distantes de su vuelo. Extraordinariamente elaborada, su obra
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Perspectiva de la Literatura es un caso de cristalización poética prematura, insólito en los jóvenes. De una carta suya, reciente, en que habla de las cualidades y de los peligros de ciertas obras actuales, extraigo estas líneas que di- bujan, por ausencia, su silueta real: “En todo caso, es mejor no modernizarse, sino entroncar bien en lo viejo. Si me dieran facultades para escribir Her - mann y Dorotea oel Ulysses, escribiría aquél...” Bernardo Ortiz de Montellano—que ha publica- do dos libros de versos: Avidez, en 1921 y El Trompo de Siete Colores, en 1925— prepara ahora un volumen de poemas en prosa: Red, en que sus cualidades de observación precisa y de fantasía sutil se hacen más delicadas y firmes. El tema mexicano insinuado por la poesía de Ra- món López Velarde y exagerado o torcido por sus imitadores, apunta también en la obra de este es- critor pero con un matiz distinto, más íntimo que pintoresco y menos descriptivo que musical. Conte- ner el sabor, el perfume y, sobre todo, el sentido ar- monioso de los objetos y de las formas de México sería la ambición más viva de su lírica si no le comu- nicara ya, por su sola presencia, el secreto de un atractivo evocador. Más ambiciosa, la obra de Enrique González Ro- jo quiere tocar, a la vez, a la sobriedad antigua que, desde los años juveniles, fué su estímulo y a la com- plejidad moderna, en la que su inteligencia encuen-
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Jaime Torres Bodei tra un tema y procura una dirección. Menos confia- do que sus compañeros en las ventajas del verso li- bre, lo maneja no obstante con fluidez y su poesía— que gira siempre en torno al eje de una idea o de un símbolo—une, en concordia feliz, los materiales de la tradición y los compromisos de la libertad. Inmediatamente posterior a este grupo apareció, en 1922, el de Xavier Villaurrutia y Salvador Novo que congregó hace poco el nombre de una revista: Ulises y la expresión de un ideal gidiano: la cu- riosidad. La inteligencia de Villaurrutia, más orga- nizada y culta, lo ha convertido en el crítico de este pequeño cenáculo al que asisten dos de las promesas más seguras de la nueva generación: Gilberto Owen y Jorge Cuesta. Su poesía, cortada según el mismo ángulo agudo al que sometió, desde un principio, la elaboración de su prosa, describe, junto con los es- tados espirituales que producen los objetos en nues- tra conciencia, su forma misma, suprimiendo a ve- ces el espacio que los sitúa, agrandándolo otras, em- pequeñeciéndolo más a menudo. Sin nexos con la pasión romántica, su espíritu acierta mejor en la ex- presión de algunas emociones de carácter especial- mente intelectual, como la visión de una natura- leza muerta o el duro argumento de un sueño. Un libro de Ensayos definió en seguida a Novo. Ordenado en dos secciones (verso, prosa), tocaba por todas partes a la ironía. Escasas vacila- ciones traicionaban en sus poemas la huella del prin-
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Perspectiva de la Literatura cipiante y el poeta parecía, así, haber invertido el or- den sus estaciones: su primavera era ya su madu- rez, su otoño y—por el descarnado esqueleto de sus emociones deshojadas—su invierno. Con menos limpidez irónica que en la de Novo y un vigor menos significado que en la de Pellicer, se advierte ya, en la obra de Maples Arce, una gene- rosa inquietud de renovación que, aunque no modi- fica sino la superficie de sus poemas ín- terdictos, acabará muy pronto por destruir los andamios interiores , románticos, sobre cuyo esqueleto sentimental el lector atento había visto esbozarse su demasiado rápida construcción. Todo cabe, todo—hasta la poesía—en la impacien- cia laboriosa de este poeta. Pero la temperatura que circula en las arterias de sus alejandrinos lo salva en el preciso punto en que lo compromete, ligándolo— a él que hubiera querido aterrizar de un salto hermo- so, brusco, sobre el litoral de un mundo nuevo—con la misma tradición de melancolías que el programa lírico de su escuela: el estridentismo hace profesión de abominar.' Con la insinuación de lo que estos jóvenes va- yan a definir de sí mismos en el futuro, nuestra visi- ta a los talleres de la literatura mexicana actual que- da súbitamente terminada. Es claro que no todos
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Jaime Torres Bodéet los nombres que estimamos podían caber dentro de sus límites discretos. El hecho de haber omitido a al- gunos no implica desdén para su obra; se funda, só- lo, en el deseo de dar al paisaje descrito una unidad esencial, lógica y cronológica a la vez. Si me equivo- qué al pensarlo, si, en contra de lo que supongo, alguna omisión pudiera sentirse violenta, la am- plitud del asunto que debía tratar me excusaría. Es- te es, no obstante, a grandes trazos, el cuadro de nuestra literatura viva. Estas las corrientes ideológi- cas en que sus talentos se mueven. Literatura que busca, a través del dolor de la vida, que no refleja sino en parte, un cielo más puro que mirar y un ho- rizonte más limpio al que circunscribirse. Poesía en que el “yo” se contempla con una rara exactitud y una penetración psicológica muy fina. Novela en que aparece por momentos—entre ángeles y abis- mos—el escenario brusco de la revolución. Como su pueblo, la literatura de México asciende, hacia la luz, en un esfuerzo de todas las horas, interrumpido también a todas horas. ¿Cómo atreverse sin embar- go a acusarla de las deficiencias que no ha sabido colmar, si en años en que el equilibrio parecía por todas partes roto, ella logró siquiera conservarse den- tro de la pureza del gusto y la discreción que le eran esenciales? Jaime TORRES BODET 27
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PEQUEÑOS TEXTOS COMENTARIOS DE GRABADOS LA MADRE JOVEN TARDE ésta de la más hermosa estación, tan ple- na como una naranja cuya madurez se acentúa. El jardín en todo su vigor, la luz, la vida, atra- viesan lentamente la época de perfección de su na- turaleza. Se diría que todas las cosas, desde su ori- gen, no han venido haciendo más que madurar este destello de unos cuantos momentos. La felicidad es visible, como el sol. La madre joven respira lo más puro de su pro-
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Paul Valéry pia substancia en las mejillas del niño que sostiene. Lo estrecha contra sí, para que siga siendo, siempre, ella misma. Abraza lo que hizo. Se olvida y se alegra de ha- berse dado, ya que vuelve a tomarse y a encontrarse indefinidamente en el tierno contacto de esa carne cuya frescura la embriaga. Y sus hermosas manos aprietan vanamente el fruto que ha formado, pues que se siente por completo pura, y como virgen col- mada. Sus ojos distraídos acarician el follaje, las flores y el conjunto espléndido del mundo. Es como un Filósofo y un Sabio natural que ha encontrado su idea y se ha construído lo aue le fal- taba. Duda si el centro del Universo está en su cora- zón o en el corazoncito que late entre sus brazos y hace vivir en torno suyo a todas las cosas. EL HOMBRE VOLADOR Lo que es imposible, lo que su naturaleza le pro- hibe, es tentación perpetua para el hombre. No pue- de concebir nada peor que vivir como vive. Es por eso que envidia a los peces la libertad de sus juegos
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Pequeños Textos con el mar, y el divertirse en su profundidad tan fá- cilmente como en su superficie. Mayor envidia aún sentimos por los seres que se mueven en los aires, donde, creemos, serán tan di- chosos. Su necesidad es nuestro capricho. El modo obligatorio de su vida es cabalmente el tipo de nues- tro sueño. Así, pues, hemos acabado por construir lo que necesitábamos para ser semejantes a los animales que vuelan. Construimos máquinas de madera y de tela; les atamos un tiro de aire que las arroja a lo al- to del cielo; alcanzamos así hasta las regiones más enrarecidas de la atmósfera, por encima de todas las nubes. La muerte vuela con nosotros. Nos sigue al sol, atraviesa los brazos de mar, cruza el mapa. Mi- ra, abajo, París como, nada más, un poco de saliva. Pero por orgullosa que sea, por embriagada de su suerte que se sienta, es muy poca cosa junto al hom- bre que vuela y la considera una nada. Ese desprecio es el verdadero secreto de su mo- vimiento. LA CAZADORA La cazadora está cansada. De pronto tiene que apoyarse en el tronco de un árbol; tiene que pensar.
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Paul Valéry La fatiga embrolla y rompe la carrera. El cuerpo manda, se desvanece la meta. La joven enrojecida y rota se niega a perseguir a su presa; todo el impul- so adquirido se cambia ahora por cosas pasadas, por cosas futuras. Ahora, impotente ella, viene el ciervo a mirarla y a compadecerla. Adelanta el hocico húmedo hacia el seno que el alma levanta. Toda la fábula se acerca poco a poco, curiosa, a la cazadora extenuada, toda la fábula baja de las ramas y de las nubes, se arriesga despacio fuera de sus escondrijos. Husmea el uno las polainas, lame el otro las manos de esa mortal tan rendida que cede al infinito del bosque. Podrían picotear sus orejas. Toda la fábula y toda la infancia serenadas se acercan seguras y se mezclan a favor de las sombras en ese descanso misterioso, en donde se confunden la fatiga, los recuerdos y el rumor profundo y vago de la vida y del bosque. LA AMAZONA Y EGUA mía, mi hermosa yegua, iremos al bos- que a no pensar sino en nosotras mismas. El aire vivo, las sombras, los árboles, los retiros, los movimientos de tu movimiento —los fantasmas que arranca el furioso galope a los ramajes, y que
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Pequeños Textos tira luego a la nada, tras de sí, — los paisajes pro- fundos que entreabre y cierra en seguida tu carrera, —<y esa rara transparencia giratoria de los claros del bosque con sus columnas innumerables cuando se les atraviesa de prisa, — ¡que todo esto nos haga un sueño y una ausencia desatinada! Que tu cuerpo conduzca a mi cuerpo. Yo soy be- lla como bella eres tú. Eres tú mía y yo soy tuya... ¡En marcha, hop! Espera un momento para asegurarme el sombre- ro, para ponerme sobre el seno esta rosa roja y só- lida, para que me entregue el escudero ese fino lá- tigo. No es para ti, bestia rubia. Es para esos jóvenes que no se atreven a jugar con el amor. EL ATENTADO N ECESITAMOS dinero. Iremos a tomarlo donde lo haya. No nos gustan ni el trabajo ni la incertidum- bre. No somos laboriosos, no somos jugadores. Com- praremos pistolas y máscaras de seda fina. Una me- dia de mujer servirá para el caso. Iremos al bosque a combinarlo todo; al café, a estudiar la guía de los ferrocarriles. Tomaremos ese hermoso tren noctur- no. Está lleno de ricos que duermen. Sabemos que en determinado punto disminuye su velocidad. Pon-
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Paul Valéry dremos ahí a nuestros amigos en el coche que ha- brán robado. Esperaremos. Tú dejarás tu sitio a la hora que las circunstancias lo exijan. Yo estaré en el pasillo, con cinco tiros en cada mano. Encenderás la luz bruscamente. Bruscamente harás esa entrada aparatosa que paraliza los corazones y los miembros. No hay que matar sino a los valerosos, .. —Hay muchos cálculos y riesgos en este asunto. Hay miserables que entregan a los compañeros car- teras falaces. No hay tiempo de contar. Hay las rue- das espantosas del tren que se abandona. Hay las batidas por el campo, y alambres en los que uno cae, a oscuras. Hay, al alba, un cigarrillo que cae muerto de los labios, y un hombre como todos los hombres, cuyo dedo ya oprime el botón del timbre... Paul VALERY Traducción de G. OWEN
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ACUARELAS Y OLEOS DE RUFINO TAMAYO.
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EL PRIMERO SUEÑO DE SOR JUANA CRITICA (*) S me resuelvo a publicar este trabajo sobre El Sueño de Sor Juana es Porque creo que ya contiene, en esencia, el espíritu de mi tesis. Mi ofinión acerca de El Sueño, for el momento, me farece formada. Formada: es decir ordenada, construida; de bastante consistencia para poder ser útil en una discusión de buena fe sobre la materia. Por lo menos las razones que la fundamentan tienen no tan sólo un valor particular sino que, además juntándose unas con otras, le- jos de contradecirse se apuntalan y refuerzan. Nadie, o casi nadie, se ha ocupado de estudiar El Sueño. Todo lo que se ha dicho acerca de él, se reduce a meras alusiones: desde las fropias falabras de Sor Juana en su car- ta a Sor Philotea, hasta los comentarios de Manuel Toussarnt, en el tomo de Clásicos Mexicanos dedicado a la foetisa, y las
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E. Abreu Cómez apreciaciones de Gerardo Diego en su Antología poética en honor de Góngora. Debería fasar por alto el desastrado jui cio de don Francisco Pimentel. Dueño del mal gusto de su época el autor de la Historia Crítica de la Poesía en México, al tratar de El Sueño asegura que es precisamente una de las composiciones más dignas de reprobación, y su oscuridad es tal, que puede compararse con las más confusas de su mo- delo (Góngora). En seguida reproduce los dieciocho frime- ros versos del foema y se da a la tarea de hacer burla de la oscuridad y dificultad lírica de cada uno de ellos. De la fre- paración técnica que suponen no dice una palabra. Tampoco se detiene a considerar las relaciones verdaderas que atan a Sor Juana con la literatura de su tiempo. Yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos: de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto, sino es un papelillo, que llaman El Sueño—escribe Sor Juana, en las últimas fáginas de su ya citada carta a Sor Philotea de la Cruz. Y a propósito de este farecer, Manuel Toussaint asienta que esta declaración de Sor Juana ha de interpretarse como expresando su agrado por una imitación literaria, por un ejer- cicio intelectual, nunca afirmando que fué solamente allí don- de vertió su verdadero espíritu poético. Su verdadero esfi- ritu poético indiscutiblemente que no, pero sí su capacidad intelectiva, su facultad de abstracción. El Sueño está muy lejos del mero devaneo de palabras hueco y sin motivo del mal gongorismo. Todo en él es recio, a fesar de la imitación externa del procedimiento que sigue. Lo que en Góngora es alusión plástica, movimiento, luz, color; en Sor Juana es quietud, pasión contenida, paisaje de evocación, antes que de visión. Nada en El Sueño es obje- tivo. Los retazos mismos de naturaleza que presenta han sido creados, re-creados. Junto a ellos no es la vida misma la que se resfira, sino tan sólo la conciencia, la idea de la vida.
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El Primero Sueño Por eso al través de la línea gris de su dibujo se llega tan prestamente a su profundidad. Y si tuvo gusto Sor Juana en escribir El Sueño fué for- que el tema se avino mejor que otro alguno a la condición de su esfíritu de juicio. Bien dice que siempre ha escrito for ruegos y freceftos aquellos temas frofanos que no eran de su predilección, y que, igualmente, infundianle reverendo te- mor esos otros que se refieren a las cosas sagradas. Sor Juana Inés de la Cruz -—escribe Gerardo Diego— dejó señales tan expresivas de su devoción por Góngora co- mo un poema alegórico El Sueño a imitación de Las Soleda- des (1). Mucho mejores que los versos enrevesados de ese poema son otros más decorativos y luminosos en que el in- genio de la monja resplandece en sabrosos hallazgos. ¡Y gen- sar que estos versos enrevesados no tienen una sola estrofa —lo contrario de lo que acontece en Las Soledades de Gón- gora (2)—que no fueda ser descifrada o esclarecida hasta su máxima significación. En cuanto a esos otros versos más decorativos, como son los esdrújulos que dedica a la virreina condesa de Paredes, si es verdad que en ellos el ingenio de la monja resplandece mejor, distan mucho, precisamente for esa ornamentación barroca que ostentan, del espiritu sobrio, continuamente castigado de la verdadera Sor Juana. El Sueño recoge las sombras del gongorismo. —Las Sole- dades datan de 1613, y Sor Juana escribe más de medio siglo después, entre 1670 y 1690—. Esto explica, con creces, la di- (1) EL SUEÑO tiene la miema estructura de versificación que las SO- LEDADES de Góngora, Usa la silva, versos combinados de once y de siete sílabas; y su extensión —975 versos— se acerca a la extensión de la Soledad Primera: 1091 versos en la Biblioteca His- páñica, y 1098 según la edición de Dámaso Alonso en la edición de la Revista de Occidente. Véanse las notas de Dámaso Alonso en las SOLEDADES de Gón- gora (edición de la Revista de Occidente, 1927, páginas 232-238), (2)
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E. Abreu Gómez ferencia especifica que hay entre El Sueño y el gongorismo. El gongorismo for su distancia en el tiemfo, no llega a Sor Juana for los carriles del medio ambiente, sino que se traba en su foesía, conscientemente, for mera licencia que recibe de la monja. Además ¿no significan nada las variantes filo= sóficas que se realizan de una a otra época? Todavia en el tiempo de Góngora está vivo, fleno, uno de los elementos que constituyen el ideal del Renacimiento: la afirmación de los atributos de la naturaleza. La estética del cultéranismo puede, más o menos, disfrazar esta afirmación for medio del frecuente uso de metáforas y perifrasis pero el desarraigo de la realidad no se realiza totalmente. En el tiempo de Sor Juana estas relaciones no son ya tan estrictas. Los dos mun- dos (el hombre y la naturaleza) se separan. Hasta hay un atisbo de esta verdad en El Sueño. Y es que la Iteratura far- ticipa ya del esfíritu analítico —racionalista—, de la época. El caso de Sor Juana al imitar a Góngora no es el mis- mo, for ejemplo, que el de Villamediana. Villamediana —es- cribe Alfonso Reyes—imitó al maestro en todas las exterio- ridades técnicas de su arte, pero difícilmente pudo repetir el proceso psicológico que aquellas exterioridades envuelven. En estas exterioridades, —alusiones eruditas, abuso del h:i- pérbaton, supresión de artículos—, también se queda Sor Juana. Pero se advierte, en seguida, con sólo releer los ver- sos de ambos foetas que sus espiritus son antagónicos. En tanto que Villamediana es medularmente un foeta externa, capaz de arrancar el ornamento de su foesía de la vida que fluye cerca de si, Sor Juana lucha contra toda manrfesta- ción tangible tratando de interfretarla y de descubrirla. Villa- mediana goza lo $lástico, Sor Juana se contenta con el esque- ma. Villamediana, como escribiría don Francisco A. de Icaza, es un ser apoflético; en tanto que Sor Juana afenas si tiene aliento físico para soportar el aire del mundo. Los conocimien- tos que tiene de él son más bien teóricos. Y si Vrilamediana
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El Primero Sueño no fudo refetir el proceso psicológico del gongorismo fué for- que le faltó genio para ello. Pero—aunque fobre de estro— está compenetrado, hasta lo hondo, del sentido de Góngora. Y Sor Juana, con gran conciencia de su capacidad, ni siquiera prensa en interpretar tal sentido; deja a un lado la materia, la substancia del gongorismo; tal vez quiso continuar, a su modo, la soledad de los campos, y la de las riberas con la so- ledad de la noche que otra cosa no es Primero Sueño. Y gara realizar este intento no se afresura, ni violenta sus condicio- nes: quieta, sin luz alguna del exterior, sola con su mente, traza el esquema de su Sueño sin valerse —como Góngora— de ninguna intriga, sino tan sólo de la armadura de una ¡dea drestramente espaciada. Para sintentizar, finalmente, diré que El Sueño me fa- rece un poema gongorista, superficialmente gongorista, de un poeta conceptuoso. Puede no ser un poema de calidad fero es, sin duda, un foema de carácter: el de más carácter en Sor Juano. Mucha importancia tiene la opinión que de El Sueño dió el P. Diego Calleja S. J., revisor de los escritos de Sor Juana, Su pa- recer —és honrado—, está desprovisto de cualquier prejuicio de es- cuela, Las conclusiones a que llega en su Aprobacilba de Fama y Obras Posthumas del Fénix de México, dezima musa, poetisu americana, Sor Juana Inés de la Cruz, Madrid, 1700, refuerzan, de un modo elocuente, el punto de vistu que expongo en este trabajo, Dice el P. Calleja, en la parte relativa: “otro papel de que es fuerza no desentendernos es El Sueño, obra de que dice ella misma (Sor Juana) que a sola contemplación suya escri- bió. En este Sueño se suponen sabidas cuantas materias en los Libros de Anima se establecen; muchas de las que tratan los mi- tológicos, los físicos, aun en cuanto médicos; las historias profanas y naturales y otras no vulgares erudiciones. El metro es de silva, suelta de tasur los consonantes a cierto número de versos, como el que arditró el Príncipe Númen de don Luis de Góngora en sus Soledades; a cuya imitación, sin duda, se animó en este Sueño la Madre Juana; y si no tan sublime, ninguno que la entienda bien, negará que vuelan ambos por una esfera misma. No le dis- putemos alguna (sea mucha) ventaja a don Luis; pero es me- xester balancear también las materias: mues aunque
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E. Abreu Gómez TESIS PASABA ya la media noche y la sombra de la tierra encaminaba al cielo la punta de sus obe- liscos pretendiendo escalar las estrellas. Vano empe- ño porque las bellas luces, libres en su altura, como evadiendo la guerra que las amenazaba, se burlaban de ella. Así la sombra, sin que pudiera llegar al cie- lo, orbe superior de las tres veces hermosa Diana, quedaba vencida y sólo dueña del aire que empaña- ba con su aliento, y en la quietud de su silencioso imperio apenas si consentía las sumisas voces de las la poetisa, cuanto es de su parte las prescinde, hay unas más que otras capaces de que en ellas vuele la pluma con desahogo. De esta calidad fueron cuantas tomó don Luis para componer sus So- ledades; pero las más, que para su Sueño la Madre Juana Inés escogió, son materias por su naturaleza tan áridas que haberlas hecho flerecer tanto arguye maravillosa fecundidad en el cultivo. ¿Qué cosa más ajena de poderse decir con airoso númen poético que los principios, medios y fines con que se cuece en el estómago el manjar, hasta hacerse substancia del alimentado? ¿Lo que pasa en las especies sensibles, desde el sentido externo, al co- mún, al entendimiento agente, a ser intelección? Y otras cosas de esta ralea, con tan mustio fondo, que causa admiración justí- sima haber sobre ella labrado muestra poetisa primores de tan va- lente garbo. Si el espíritu de D. Luis es alabado con tanta razón de que a dos asuntos tan poco extendidos de sucesos los adornase con tan copiosa elegancia de perífrasis y fantasías; la Madre Juana Inés no tuvo en este escrito más campo que este: Siendo de moche, me dormí; soñé que de una vez quería comprender todas las cosas de que el universo se compone; no pude, ni aun divisar por sus categorías, ni aún un solo individuo. Desengañada, amaneció y des- perté. A este angostísimo cauce redujo grande golfo de erudicio- nes, de sutilezas y de elegancias, con que hubo por fuerza de salir profundo; y por consecuencia difícil de entender, de los que pasan la hondura por oscuridad; pero los que saben los puntos de las facultades, historias y fábulas que toca, y entienden en sus traslaciones los términos alegorizado y alegorizante, con el que resulta del careo de ambos, están bien ciertos de que no escribió nuestra poetisa otro papel que con claridad semejante nos dejase ver la grandeza de tan sutil esvíritu.
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El Primero Sueño aves nocturnas. De esta manera la hermética capi- lla de la noche se iba llenando de las pausas que se abrían entre las voces. Y este mudo clamor de que se nutría el viento, esparciéndose cauteloso, entre los ámbitos de las tinieblas, lejos de llamar la atención convidaba al descanso y al sueño. Nadie se rebelaba contra su orden, ni intentaba el más pequeño torpe ruido. Todos eran obedientes al tiránico mandato de Harpócrates. Ante el altar de su silencio—que con labio y dedo señalaba—yacía el viento; aquietaba el mar la inestable cuna de su espaciosa llanura, donde los siempre mudos peces eran dos veces mudos; y tupían lo montes sus senos cavernosos. Amansában- se también los brutos: desde el león que afecta vi- gilancia en sus dominios y el inquieto venado que al menor suspiro del ambiente alterna la oreja aguda, y el águila, generosa mensajera de Júpiter, hasta la leve turba de los menores pájaros que mecen la ha- maca de su nido en la movediza y oscura copa de los árboles. Tornábanse así los vivientes, en la quietud de su descanso, cadáveres con alma. Y los sentidos corporales quedaban, si no privados, al menos sus: pendidos de su natural ejercicio. Los principales ór: ganos contribuían también, con regular movimiento, a este sosegado concierto: el corazón impulsaba, manso, el vital volante de la sangre; manejaban los pulmones el blando arcaduz de sus vasos; y el estó- mago, centrífica oficina despensera equitativa de los miembros, repartía con medida las necesarias subs-
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E. Abreu Gómez tancias para el renuevo del calor. Y al unísono todos enviaban al cerebro los claros espíritus de los atem- perados cuatro humores. Con esta cálida ganancia, entonces, se engrosa- ban los alientos de la facultad imaginativa y se agi gantaba el apetito de la fantasía. Se adueñaba ésta no tan sólo de las criaturas sublunares, sino también de aquellas otras, intangibles, de intelectual condición. Al verse así el alma en la plenitud de su esencia bella, libre de la material cadena que la sujeta y li- mita en sus ansias, discurre sin miedo acerca de los conceptos que le son debidos. En la primera ganan- cia de su afán se mira en la más eminente cumbre— cumbre de racionalismo puro—ante la cual el propio Atlante es enano y el Olimpo aplastada loma de are- na. Desde ella tiende, orgullosa, la vista pretendien- do abarcar los ámbitos de la naturaleza y penetrar los distintos y ocultos rincones de sus tesoros. Pero aunque avanza valiente y se desenvuelve por los ca- minos infinitos de las infinitas alturas, presta retro- cede, tropezando en los escollos de la propia lumbre del sol—símbolo del pensamiento oculto. En su fra- caso queda ciega y embotada su facultad intelecti- va. Entonces admite que mejor fuera, para su alien- to párvulo, reducir a pequeñas partes universales su contemplación y hacer escala de un concepto en otro hasta alcanzar, sin fatiga, el ápice del saber. Quiere ir entonces del inanimado ser a la más noble jerar- quía del hombre. Pero aun así desiste de su empeño
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El Primero Sueño prejuzgando gigantesca la empresa de emprender ta- maño problema. ¿Y cómo no había de flaquear su esfuerzo, si ni alientos tiene para entender el más flaco efecto natural, ni el secreto de la rosa, ni la ar- quitectura que supone el grano de arena? Pero no se arredra. Toma ejemplo en el claro joven auriga del ardiente carro que huella la banda celeste, en- ciende el escaso impulso de su mente y se dispone a no cejar en la lid hasta no ser dueña del lauro ape- tecido. En estos quebrantos heroicos se mira, cuando las cadenas del sueño, desatando su presa, apaciguan aquellas insanas visiones del orgullo. Sale de su cár- cel el cuerpo y cae en la suya propia, deshecha, el alma. Y en tanto que los miembros, cansados del descanso, van recobrándose y, ni despiertos ni dor- midos, se desesperan por entrar en nueva actividad, el entendimiento se nubla y no ve sino la torpe su- perficie inútil de las cosas. Con la luz que entra por los materiales ojos huyen del cerebro, como fantas- mas de leve humo sacudido, los anhelos mejores. Y cuando el lucero de la mañana rompe el albor pri- mero y el fogoso planeta recluta las bisoñas vislum- bres de su ejército, para vencer a la noche que co- barde y en derrota, tocando las roncas bocinas de el ánimo, ayuno de saber, se rinde y sobre la natura- leza iluminada queda, a la vida normal, despierto. Ermilo ABREU GOMEZ
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EL TOQUE DE DIANA ESCENA 1 Sala modesta. Clase media. Ella y El. El da los: úl: timos toques al arreglo de una maleta. Ella llora silen- Mosa mente. EL.—Será posible que no dejes de llorar en un solo momento. FLLA.-—Ya no loro Juan. EL.—No parece sino que he muerto. ELLA.—No has muerto: pero te vas. EL.—Te he dicho que es absolutamente indis- pensable mi partida. ELLA.—No lo entiendo asi.
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El Toque de Diana EL.—Las mujeres no entienden de estas cosas. ELLA.—Puede ser peligroso lo que pretendes. EL.—Cuando se marcha uno a la revolución siempre hay peligro. ELLA.—¿Lo ves? Tú mismo lo comprendes. EL.—Pero ¿Qué remedio, hija? Las circunstan- cias me obligan. Estamos pobres, no tenemos qué comer... Me persiguen. Si no me marcho la pasaré muy mal... Ayer aprehendieron los federales a dos amigos míos... Nadie sabe de ellos. A estas horas habrán pasado a mejor vida. Si me quedo me suce- derá a mí también. De morir con el rifle en la mano a desaparecer misteriosamente es fácil elegir. ELLA.—Tú no tienes carácter para meterte en esas andanzas. Has vivido siempre en la ciudad. Eres un estudiante sin experiencia. Tienes a tu madre, me tienes a mí... Hace unos cuantos meses ape- nas que nos hemos casado... Quédate. Abandona la política. Termina tu carrera. Si ya lo sé... Con un poco de sacrificio podrás lograrlo todo... Tra- bajaré yo... Sé hacerlo... Fácilmente encontraré colocación en alguna parte... Sé escribir en máqui- na. Un poco de ejercicio y estaré al corriente en la taquigrafía. Si te persiguen escóndete... EL.—¿Esconderme yo? ¿Como un cobarde? ¡No! De ninguna manera... He dicho que no hay remedio, que saldré de aquí, que me incorporaré en
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]J. Jiménez Rueda algún regimiento revolucionario. Que seré algo por fin. ELLA.—e Qué piensas ser? EL.—General, diputado, ministro. ELLA.—¡Juan! ¡Juan! ¿estás loco? EL.—¿Por qué? Gente que vale menos que yo lo ha sido. ELLA.—No pienses en eso. EL.—Además no sólo el interés me guía. Tú ronoces mis ideas. ELLA.—¡Ideas! ¡Ideas! ¿Qué ideas? EL.—Las he expresado concretamente en la prensa, en la tribuna, en el mitin. FLLA.—No las he oído en la tribuna ni en el mitin. EL.—Pero las has leído en la prensa. ELLA.— Tampoco. Leía tus versos cuando me enamorabas. Leí después la novela que escribiste... EL,—Eso fué en la juventud. ELLA.—Eres joven todavía, Juan, eres joven. A mí me interesaban entonces tus versos, tus cuen- tos, tu novela. Ahora... —- EL.—Antes eras mi novia. Ahora eres mi es- posa. Lograste todo lo que ambicionabas, no te inte- resa ya por lo tanto lo que escribo.
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El Toque de Diana ELLA.—No es por eso. No le encuentro inte- rés alguno a la política. Es peligrosa, Juan, es peli- grosa. EL.—La única manera de prosperar en Méxi- co es decidirse a ser político. Lanzarse de plano a la lucha que es lo que yo hago... Hazme favor de dar- me la ropa blanca que está en esa silla... que ELLA.—La lucha está llena de peligros... EL.—Los peligros nos cercan por todas partes. ELLA.—Juan, que ya no soy yo solamente la dejas. EL.—Mi madre... ELLA.—Y alguien más Juan... (Pausa. Visiblemente 8e conmueve él). EL.— Déjame en paz... No me recuerdes. .. ELLA.—Que vendrá pronto, Juan... Que es menester que estés a mi lado cuando él venga... Que necesito de tu apoyo... de tu cariño. ¡Juan! ¡Juan! (Se acerca a él, lo abraza, se reclina en su necho, llora) EL.—¡Calma! ¡Calma! Es el momento de tener- la, Rosa. Hay que resignarse. No es, además, inevi- table mi muerte. Quizá no tenga ocasión de entrar en combate. .. Puedo formar en el grupo de los civi- les. Seré de los periodistas de la revolución. Me da- rán lugar entre los que organizan ideológicamente
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J. Timénez Rueda el movimiento reivindicador de nuestras libertades... Ten calma Rosa, ten calma... Déjame en paz... ELLA.—se desploma en una silla) EL.—Dame el alcohol... Un poco de yodo... Hay que ser previsor. Las heridas, los accidentes de- ben prevenirse en todas sus formas... Una ven- da... Tela adhesiva. ELLA.—e¿No vas a entrar en combate y quie- res todo eso? EL.—Es menester tenerlo todo ordenado. No voy a un viaje de recreo... Mi Gillete, talco. ELLA.—Con eso vas a la revolución. EL.—El hombre decente, el hombre limpio. de- be llevar en su maleta su máquina de rasurar y un poco de talco. ELLA.—Harás un mal papel. EL.—Tú que sabes. ELLA.—Lleva todo lo que quieras. Hazlo to- do como lo pretendes ¿qué puedo hacer vo? EL.—Dejar de llorar. Con tu llanto me impi- des pensar. Es menester pensar libremente en situa- ciones como ésta, tan graves. Nuestra vida depende de este instante Rosa. De este instante ¿sabes? Pue- do correr hacia la fortuna. ELLA.—O hacia la muere.
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El Toque de Diana EL.—No pienses así. Hacia la fortuna. No nos. faltará nada. Tendremos dinero suficiente. ELLA.—A mí no me importa el dinero. EL.—Compraremos una casa, pasearás en auto- móvil. Nuestro hijo tendrá cuanto pueda desear. Lo educaremos bien. Si es posible, en los Estados Uni- dos, para que sea un hombre fuerte y sepa hablar inglés; pero antes lo enseñaremos a ser muy mexica- no, a luchar por su país como lo hago yo ahora. ELLA.—No, eso no, que no luche, que no ha- ga lo que tú ahora. ¿Qué sería de mí sin él? ElL.—Después de todo no será necesario. Ya los de nuestra generación habremos hecho una pa- tria grande, feliz y respetable. ¿No es verdad? ELLA.—A costa de tantas lágrimas nuestras. EL.—¡Oh, la mujer! ELLA.—Déjenla como está. No se preocupen más. Trabajen, luchen, pero aquí, cerca de nosotras. EL.—Hace falta un poco de heroísmo en uste- des. ELLA.—Llevamos cien años de ser heroínas, Juan. Cien años de llorar, de llorar incesantemente... EL.—Esas son ideas de tu madre. ELLA.—Mi madre no llora más... EL.—Rosa! Rosa mía! por favor. No pienses
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J. Jiménez Rueda en cosas tristes... Ve si no me falta nada... Si es- tá todo a punto y en su sitio... Se acerca el momento... Debo estar en la estación dentro de media hora... Creo que nadie me conocerá en este traje. Humilde overol. Así viajaré en segunda hasta la frontera, pa- saré a los Estados Unidos, tocaré un punto ocupado por los revolucionarios. Te escribiré. Ya sabes, en clave y por conducto de gente insospechable... :Está todo? ELLA.—Todo, sí... EL.—¡Ahora un beso y adiós! ELLA.—Toma, toma estas medallitas... Llé- valas siempre aquí, junto al corazón. ¿Te acordarás de mí? EL.— Adiós! ELLA.—De mamá ¿No te despides? EL.—No, despídeme tú... ELLA.—¡Juan! FEL.—Adiós! ELLA.—Me escribes. tu hijo... ¡adiós! ¡adiós! Piensa en mi, piensa en Li
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El Toque de Diana ESCENA Il Salón de una vieja casa de provincia al día siguiente de una batalla. Vidrios ratos. Impactos de rifle en los paredes. Ruinas de mobiliario. En la pared, el retrato del antiguo amo de la casa, sostenido casi por milagro. A lo lejos, de cuando en cuando, el estampido de un cañón, que cesa de pronto. Por las calles de la ciudad un pelotón toca la diana. El sargento. EL, con uniforme de teniente, Sudor, polvo, huellas en el uniforme y en el rostro del combate reciente. EL SARGENTO.—Por aquí, mi teniente (EL lo sigue como autómata). Esta es la casa de un hom- bre muy rico. Yo fuí su criado. Ahora seremos otra cosa... Venga mi teniente. ¡Ujule, cómo diablos está esto...! Cuidado mi teniente, aquí hay una trampa en el piso... Si hasta aquí han llegado las balas... Mire qué boquete mi teniente... Se han llevado todo los federales... No han dejado nada pa nosotros mi teniente y había muebles re precio- sos... Esto era la sala... Mire mi teniente, mire el retrato de don Ponciano... Así se llamaba el dueño de todo esto y de hartas tierras, parece ahora un ahorcado. .... (lo contempla con mirada de odio, soca lentamente la pistola y apunta, dispara, el retrato cae al suelo, El teniente que se ha sentado en los restos de un banco, pensativo, no se hn dudo cuenta de nada. Al disparo se estremece, se levanta rápidamente; toma al sargento del brazo).
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J. Jiménez Rueda EL.—eQué haces, imbécil? EL SARGENTO.—Ya lo ve mi teniente, afu- silar a ese. EL.—e¿Por qué lo haces? EL SARGENTO.—Fué mi amo... EL.—e¿Te trató mal? EL SARGENTO.—No; pero fué mi amo... Era rico y yo pobre... Su administrador nos hacía trabajar de sol a sol... Ha huído ahora... EL.—Deja en paz al amo... EL: SARGENTO.—Ya ve. No nos han dejado nada... ¿Para qué estamos peleando? EL.—Por eso destruyes. EL SARGENTO.—e¿Qué quiere usted que le haga, mi teniente? EL.—-Déjame en paz. EL SARGENTO.—eEste es el primer combate en que entra mi teniente? EL.—No... EL SARGENTO.—Está nervioso, mi teniente. Esto no ha sido nada. Ya verá, ya verá... Hay otros que sí dan miedo... No ha sido nada... Unos cuan- tos tiros... y ya está... No ha pasado por lo me- ro bueno, mi teniente. Cuando hay hartas balas y har- tos muertos, como en la toma de la barranca del
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El Toque de Diana Cuervo. Subíamos como cabras por el monte y des- de arriba zás! zás! caían los compañeros como ma- zorcas de maíz bien maduras. Unos con la cabeza rota, otros con los ojos fuera... otros... EL.—¡Oh! ¡Déjame en paz! EL SARGENTO.—A mí me tocó un plomazo en esta pierna. Desde entonces renqueo al caminar. Ya todos los que caían en manos de los otros al pa- redón... Así mataron a trescientos de los nuestros al caer la tarde... ¿sabe? Escapé de milagro. Me es- condí en una cueva. Desde ahí vi la cuerda de los que iban a fusilar... Daba compasión verlos mi te- niente, daba compasión. Unos lloraban, eran los menos... A esos debían afusilarlos dos veces, otros ni se daban cuenta. Se dará uno cuenta, mi teniente, de que lo van a matar? Pa mí que todo debe ser co- mo una pesadilla, ¿verdad? No ha recordado uno cuando zás! tiene ya cinco balas en el cuerpo... Ha- bía uno muy valiente, mi compadre Cosme. Ese les iba diciendo a los pelones su merecido. Desde enton- ces, me cuadra mucho matar. EL.—¿Por qué? EL SARGENTO.—No sé; pero me cuadra mu- cho matar. (Ha ido obscureciendo lentamente. El sargento dobla un cigarro de hoja y se pone a fumar tranquilamente. Se oyen de pronto gritos fuera, carreras, voces ásperas. Una mujer entra corriendo en escena, tropieza y cue a
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1 Jiménez Rueda los pies del teniente, EL la mira con azoro primero, con terror después. Se parece a ELLA. Por lo menos por le ¡maginación del teniente pasa fugaz, la imagen de su mujer. Un oficial borracho viene tras ella). LA MUJER.— ¡Socorro señor. ..! ¡Ampáreme por caridad! EL OFICIAL.—Déjela en paz. No la toque... Esta mujer es mía. La quiero yo... EL.—Subteniente, por favor. EL OFICIAL.—¡Qué favor ni qué tal! No se meta en mis asuntos... No sabe usted de lo que se trata. Váyase al diablo... A ver tú, sargento, deten- me a la niña y llévala al cuartel... ¿Qué se está creyendo la señorita? LA MUJER.—No, no... no me abandone se- ñor... no me abandone... EL.—Sargento, detenga al señor... EL OFICIAL.—eQuién es usted para mandar- me detener? EL.—Un hombre que sabe cumplir con su de- ber... Usted está faltando gravemente a la disci- plina, usted no cumple con sus deberes de soldado. EL OFICIAL.—Eso no me lo dice usted, hijo de... EL.—Eso tampoco lo vuelve usted a repetir... EL OFICIAL.—Que no...
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El Toque de Diana (Se lanza precipitadamente sobre él. Breve lucha. Un tiro. El oficial se desploma pesadamente a los pies del teniente. Pausa). EL.—eQué has hecho?... EL SARGENTO.—Ya lo ve mi teniente. A ve- ces es necesario matar... ESCENA III Antesala de lo que podría llamarse despacho del ge- neral en el cuartel, sumariamente amueblado. Se oye grande algazara en la oficina del general. La gritería puntea los compases de la Adelita canción revolucio- maria, aplausos, gritos. Se festeja el triunfo de las fuer- zas que han tomado la plaza. La muchacha y él han sido llevados ahí. La guardia que se supone haberlos condu- “do se ha marchado, Un centinela hace guardia en la puerta de entrada. LA MUCHACHA.—¿Por qué nos han traído aquí? EL.—Es el cuartel general y... LA MUCHACHA.—Tengo mucho miedo por usted. EL.—e¿Qué me puede pasar? No fuí yo quien disparé.. LA MUCHACHA.—Nadie lo vió. El sargento ha desaparecido.
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7. Jiménez Rueda EL.—Es verdad (Una sombra de temor pasa por la frente de la mu- chacha. Pausa). LA MUCHACHA.—e¿Por qué? ¿Por qué hizo usted eso? EL.—Me pedía usted socorro. Entró violenta- mente en el cuarto. ¿Qué podía yo hacer? LA MUCHACHA.—Le digo a usted que es te- rrible. EL.—Pero dígame ¿quién es usted? ¿Por qué apareció en ese momento? ¿De dónde salió? LA MUCHACHA.—Mataron a mi hermano. Lo único que me quedaba en la vida. Le juro a usted que él no se metió en nada. Era un simple trabaja- dor. Hace dos días que empezó el combate, nos en- cerramos en casa. Fué tan rápido el ataque que era imposible tener guardadas provisiones. Fué necesa- rio procurárselas. No había más remedio que salir... unos cuantos pasos y lo hirieron. Un balazo en la cabeza... Hubo que esperar que cesara todo. Unos pocos vecinos caritativos me acompañaron al entie- rro... Como pudimos llegamos al cementerio... Una breve tregua ¿sabe usted? ¿Cómo iba a dejar a mi hermano sin sepultura? Regresábamos. Se re- anudó el combate. Todos huyeron, me dejaron sola. Encontré una puerta abierta: la de la casa de jun- to. Por ella entré, ahí me sorprendió el oficial... el oficial que usted... que él mató... Esto es todo.
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El Toque de Diana EL.—Cálmese, todo ha de salir bien... LA MUCHACHA.—Y ¿usted? ¿quién es us- ted? EL.—eYo? Ya lo ve, un teniente. Un simple teniente que combate ahora en las filas de la revo- lución. LA MUCHACHA.-——Y ¿antes? EL.—Un estudiante pobre, ambicioso, con un deseo muy grande de ser rico, influyente, pode- roso y también con unas cuantas bellas ideas en la cabeza... Decía discursos a mis compañeros y mis compañeros me aplaudían. Viví siempre en la ciudad, pero adiviné la tristeza de los campos, el do- lor de la tierra sin cultivo y la tragedia de los que, pudiendo vivir mejor, morían de hambre. Todas es- tas cosas juntas, nobles unas, interesadas las otras, me hicieron abandonar mi hogar, lanzarme a la lu- cha. Creí que sería fácil conseguirlo todo. Pensé que en las filas de los civiles podía encontrar fácil aco- modo. Se necesitaban hombres en el campo de bata- lla, y aquí me tiene usted convertido en oficial. ¡Yo, que odié el militarismo! Combatiendo sin tregua al enemigo... LA MUCHACHA.—¿Dejó usted en casa a al- guien? ¿Su madre tal vez? EL.—Mi esposa...
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]. Jiménez Rueda LA MUCHACHA.—¿Es usted casado? EL.—Hace cinco meses... LA MUCHACHA.—Oh! EL.—Usted se parece extraordinariamente a mi mujer. A tal grado que, cuando la ví entrar corrien- do y llegar a mí, creía que era ella.. Es usted ade- más la primera mujer de cierto aspecto que veo des- de hace varios meses... Todas las que nos siguen son otra cosa... LA MUCHACHA.—Pobrecita... EL.—No me la recuerde. .. ¡Creí estar de vuel- ta tan pronto!... Pero no teníamos que comer ¿sa- be? Era menester hacer algo cuanto antes. Urgente. Faltaban muchos años para que yo me recibiera. No era posible esperar. El ejército y la política produ- cen pronto... LA MUCHACHA.—Entonces, por eso... EL.—Le digo a usted que no... También por lo otro. ¿Cuándo en estas cosas interviene solamen- te el ideal y cuándo el interés? Todo lo llevamos mez- clado en nuestra alma. Interés, ideal, no sabemos cuándo gobierna nuestras acciones uno u otro... (Se oyen grandes risotadas en el despacho del gene- ral. La muchacha se estremece, se acerca a él como bus- cando protección). LA MUCHACHA.—Tengo miedo... tengo miedo.
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El Toque de Diana EL.—Se divierten, gozan. Y pensar que no es posible culparlos. Es tan triste, tan dura esta vida de campaña. Se despiertan de tal suerte los instin- tos que tenemos escondidos en nosotros... Sangre. alcohol... fiebre... (La toma de las manos. Ella, rehuye instintivamente el contacto). LA MUCHACHA.—eQué hace usted? EL.—La muerte está tan cerca de nosotros. LA MUCHACHA.— (Ahogando un grito). Oh! EL.—Hoy, mañana, ¿quién sabe? (Nuevas risas. Bailoteo en las mesas, choque de bo- tellas y de copas. Los compases de la Adelita. Pausa). LA MUCHACHA.—Debió haber huído. .. EL.—Cómo? LA MUCHACHA.—Lo juzgarán, lo... EL.—¡Calle!... ¡No diga esas cosas... Cier- to que aquí se puede fácilmente fusilar a un hom- bre, pero... (Se abre en esos instantes la puerta y aparece el General, le acompaña un ayudante). EL GENERAL.— — (al ayudante). < Quiénes son éstos? ¿Qué hacen aguí? AL AYUDANTE.—Mi general, este es el te- niente que mató al capitán Pradillo. EL.—No es cierto. Yo no he matado a nadie. EL GENERAL.—Silencio y ¿ésta?
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J. Jiménez Rueda EL AYUDANTE.—La señora es su amante. EL.—Mentira. A la señorita la he conocido ha- ce unos momentos. No sé quién es. EL GENERAL.—¡Vamos, hombre! EL.—Le juro a usted. EL GENERAL.—¡Silencio! Usted sabe que ha cometido una grave falta. Sabe que la ordenanza castiga esto con la muerte... EL.—Mi general. EL GENERAL.—He ordenado que lo fusilen inmediatamente. LA MUJER.—Por favor, General... El no ha sido. EL GENERAL.- (Aparténdola bruscamente ) Quite usted de aquí. ¿Quién es usted? Ha sido sin duda la cau- sa. Parece mentira que se comprometa hasta este punto por una mujer... Vamos, quite de ahí... Véame... EL.—El capitán Pradillo perseguía a la señori- ta. No estaba en sus cabales, General. La señorita me vidió auxilio. Yo como caballero... EL GENERAL.— Déjese de tonterías. ¿Caballe- ro, señorita...? ¡Vamos! EL.—Le suplico a usted general que no tome esa actitud. No tiene usted derecho para...
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El Toque de Diana EL GENERAL.— ¿Quién es usted para ense- ñarme mis obligaciones? Venga acá... Lléveselo al Capitán Fuentes y que lo pase por las armas inmediatamente. LA MUJER.—Le suplico a usted... por lo que más quiera... El señor dice la verdad... El se- ñor no ha hecho nada... no ha tenido la culpa. De rodillas se lo pido, no vaya usted a cometer seme- ¡ante barbaridad. .. EL.—Además, no puedo ser ejecutado sin for- mación de causa. Que se me juzgue. Que se me cas- tigue si he delinquido... Pero antes, el juicio... EL GENERAL.—eQué juicio? EL.—Supongo que en estos casos habrá un tribunal que... EL GENERAL.—Aquí no hay más tribunal que yo. En campaña no hay más autoridad que la mía y fuera de campaña también... ¡Hombre! No faltaba más... Pero ¿qué diablos se figura usted? ¿Que es lo mismo que en la ciudad? Se equivoca usted amiguito. Usted viene de la Capital... Aquí no hay nada de eso. Lo fusilo porque puedo... Porque ten- go derecho para hacerlo... ¿Entiende? ya no me haga rabiar, porque en vez de media hora le quedan cinco minutos de vida. ¿Conque? (Pasea febrilmente por la habitación. EL no se atre- ve a decir palabra. ELLA llera sin atreverse, tampoco, a interceder. El general se detiene de vronto). Pero vamos a ver, ¿está usted enamorado de es-
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J. Jiménez Rueda ta mujer. ..? Deje de llorar, que no es para tanto... Levante esa cara... Es usted joven... Vamos, que no tiene mal gusto el amigo... Tiene usted cara de gente decente. LA MUJER.—Yo señor... EL GENERAL.— ¿El Capitán Pradillo quería... ? ¡Diablo de hombre! Era imposible contenerlo cuan- do bebía... Se iba tras las faldas... Venga para acá... Dígame ¿quiere mucho a éste?... Tiene una cara linda. LA MUJER.—Perdónelo usted general... EL GENERAL.—Se ha insubordinado, me ha insultado... LA MUJER.—Perdónelo, que ha sido sin que- rer. EL GENERAL.—Averiguaremos los hechos... Veremos si éste tiene razón. Por lo pronto, habrá que separarlos. Mire, lléveme a la señora allá den- tro... ordene que vigilen a este... El. —General... EL GENERAL.—Le prometo que se arreglarán las cosas bien... Todo depende de la declaración de ella. ¿No es así como se dice? Ya ve como estoy enterado de las palabras que usan los licenciados. Declarar. ¿No se dice declarar? (Sonríe intencionadamente, El ayudante conduce a ta mujer. El general da unas palmadas en el hombro de EL).
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El Toque de Diana Todo depende de su declaración. (Sigue a lo lejos la jarana. El se derrumba en una silla. Desesperación, rabia mal contenida. Rumores de ri- ña, sale del fondo la China, mujer de catadura vulgar, de aspecto libre. El no se da cuenta de la presencia de ella). LA CHINA.—e¿Eres el amante de ella? EL.—e¿De quién? LA CHINA.—De la mujer que acaba de entrar allí. EL.—No. LA CHINA.— Te dejas arrebatar la novia con facilidad. esa EL.—No sé qué estás diciendo. LA CHINA.—Te han dado de beber. EL.—No, déjame en paz. LA CHINA.—Matas a un oficial por defender novia y... EL.—¿Cómo lo sabes? LA CHINA.—Todo el mundo lo dice y,.. EL.—Y ¿qué? LA CHINA.—y, para salvarte, se la regalas al A tu general... EL.—eQue yo. ..? LA CHINA.—Todos son iguales. El dinero, el interés...
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J. Jiménez Rueda EL.—Pero supones que... LA CHINA.—El te ha ofrecido salvarte si tu... EL.——Calla, calla, que... LA CHINA.—Claro está... EL.—Pero... LA CHINA.—Se la has dado, se la has dado... Una más en ese cuarto... y nosotros las que tenía- mos algún derecho en la calle... por una noche... EL.—Pero... LA CHINA.—Me ha echado por ella, por la tuya... No eres hombre, eres un canalla, eres un... El..—eQuieres callar? No te permito que di- gas semejante cosa... Infeliz... todavía tengo fuerzas para... (Se dirige umenazador a ella, la toma del cuello, la estruja. Ella ahoga un grito). Ya ¿a qué más? (Pausa). LA CHINA.— Perdóname... después de todo ¿qué me importa?... ¿Te he causado algún mal? perdóname... EL.— (Conmovido). Oh! he sido impulsivo, brus- co. No creí llegar a... LA CHINA.—No haces daño. Hay otros que molestan más... tus manos son finas... (Se arrastra de rodillas hasta donde se encuentra él, Le loma las manos. las acaricia).
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El Toque de Diana Finas... las de los otros, son ásperas, duras... Suelen pegar. Tú vienes de la ciudad... Haces mal en estar aquí... Acabarás por morir en el campo o fusilado.,. No está bien eso... EL.—e¿Quién eres tú? LA CHINA.—Me dicen la China... Fuí bue- na... Ahora la vida... Me enamoré de un oficial que pasó por mi pueblo... Me escapé con él. Aho- ra... EL.—eEras la amante del general? LA CHINA.—La novia... EL.—Una de tantas. LA CHINA.—La que quería... EL.—Vamos... (Sigue el jaleo, gritos, música, la voz ahogada de la mujer que protesta. El se levanta, hace impulso de ir ul fondo. Ella se interpone). LA CHINA.—¿A qué? EL.—Es verdad. LA CHINA.—Vete... Si entras, te matarán... : Te importa tanto ella. ..? EL.—No... LA CHINA.—No es nada tuyo. EL.—No. LA CHINA.— (Radiante). ¿De veras? EL.—No.
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J. Jiménez Rueda LA CHINA.—Vete... Vámonos. EL.—¿Cómo? ¿A dónde? LA CHINA.— Donde quieras. Tomamos por la sierra. Ganamos otras tierras. EL.—Vine a luchar por una causa... LA CHINA.—No importa... Vámonos. Es tan fácil salir... Yo engaño al centinela. Te encuentro más tarde. Es fácil, es fácil, Mira... (Sale violentamente. Desde fuera unas cuantas frases: “Oh está linda la moche... quieres algo de beber... De- bes estar cansado... Sí... sí... no hay cuidado... Ando” Aprovechando el instante él se desliza suavemente al ex- terior. Pausa. El ayudante entra a poco), EL AYUDANTE.—China, china! (Entra violentamente la China). EL AYUDANTE.—e¿Qué haces aquí? El gene- ral te llama. Hacen falta mujeres... Ven... LA CHINA.— Allá voy... allá voy... ESCENA IV Breve calabozo de una prisión militar improvisada en campaña en el antro más obscuro de un cuartel. Gris todo, casi negro. Un débil foquillo de luz ilumina la es- cena. El aparece, sentado en una silla frente a una me- sa. Papel y tinta frente. Hace ademán de escribir. Rom- pe lo escrito. Se oye un leve ruido, fija los ojos en el rincón de aue narece salir. Surge la sombra del general. EL GENERAL.—Está todo preparado. Todo, absolutamente todo. Y ¿usted? Creyó fácil escapar.
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El Toque de Diana Bien se conoce que viene de la ciudad! No es lo mis- mo amiguito. Lástima que el aprendizaje no le sir- va de nada. Es absurdo lo que usted ha hecho. ¿Huir? ¡Huir! Si no sabe usted montar a caballo y para escapar se necesita atravesar la llanura y la montaña. Es usted además un traidor. Un simple traidor. Nos abandonaba para pasarse al enemigo, para denunciar nuestros planes y que hicieran con nosotros lo que vamos a hacer con usted. Por fortu- ua todo ha fracasado. Volvió a caer en nuestras ma- nos. Por eso yo no quiero en las filas niños de la ciudad. Son inútiles, son traidores como usted. Siem- bran la desconfianza en las filas y acaban por ser rebeldes. Son ambiciosos, además, quieren la mesa puesta. No diga usted que no. Usted ha venido al campo para ve1 lo que pesca. Usted no ha sentido la revolución. Usted es un pobre hombre. . un po- bre hombre... No proteste. Le conozco bien. Sé que es mi enemigo. ¿Por qué cuando me tuvo frente no me mató? Eso hacen, eso han hecho siempre los hombres. Veremos ahora qué tal se porta frente a las cinco carabinas de mis soldados... (El quiere hablar, rebelarse contra la terrible pesa- dilla que lo obsesiona y que adquiere realidad frente a él. Hunde la cabeza en las manos con deseveración). EL GENERAL.—Son buenos tiradores. Los he escogido entre lo mejor de mi gente. Tienen prác- tica además. Los prisioneros de cierta importancia son ellos los que los liquidan. En la madrugada lo
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J. Jiménez Rueda sabrá usted... Cinco tiros. Buena, deliciosa mane- ra de perecer de todos los que son como usted... ¿va a protestar? ¿El juicio? Uno como usted lo es- tá haciendo en este mismo instante. Un joven de la ciudad como usted y abogado. Además escribe pa- peles y más papeles. Ahí está su confesión. Clara, expresiva, amplísima. ¿Por qué abre esos ojos. ¿Le parece mal? Los abogados sirven para eso. Además, será menester que yo me justifique ante la superio- ridad. Yo tengo que decir que usted es un desertor, un asesino, un traidor. Por menos se ha fusilado a otros. No es posible esperar mucho ni perder tiem- po en formalidades. Pero también no es posible des- pacharlo nada más así. Las cosas hay que hacerlas bien. Con todas las reglas. Yo no estudié en ninguna parte; pero sé que las cosas deben hacerse bien... EL CENTINELA.— ¡Centinela alerta! EL GENERAL.—Oye usted. Ahora le será más difícil escapar. Tengo a mis hombres debidamen- te apostados en todas partes. No tendrá además una mujer que lo salve. La China está lejos de aquí. No podrá escapar de ninguna manera. Su momento ha llegado. Pórtese como los hombres. Quiero ver si los niños de la ciudad son como los nuestros. Firme! (Maquinalmente se coloca en la posición pedida. El general lo mira de arriba abajo. Levanta el fuete y le cruza la cara. Al dolor del golpe cae nuevamente sobre la mesa llorando de rabia y desesperación. Surge la som- bra de ella pálida, enlutada).,
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El Toque de Diana ELLA.—Lo ves. ¿Qué has hecho? Recuerda mis últimas palabras. Te dije que era absolutamente inútil, completamene tonto lo que hacías. ¿Qué has ganado en ello? Dejas a una mujer y a un hijo. Tu hijo vendrá al mundo dentro de muy poco. No ten- drá padre. Su padre habrá muerto ignominiosamen- te. ¿Dónde encontraremos sus restos? ¿Qué nombre tiene este lugar? ¿A cuántos kilómetros está del nuestro? ¿Quién sabrá de ti, quién te cerrará los ojos? Una tumba obscura. Una pobre tumba que yo no podré cubrir de flores. ¿Por qué has hecho esto? Recuerda mis palabras de entonces: “Tú no tiene carácter para estas andanzas, Has vivido siem- pre en la ciudad. Eres un estudiante sin experiencia. Tienes a tu madre, me tienes a mí. Hace unos cuan- tos meses apenas que nos hemos casado. Quédate, abandona la política. Termina tu carrera, con un po- co de sacrificio podrás lograrlo todo...” EL.—Calla! Calla! (Se cubre nerviosamente los oídos). ELLA.—No hiciste caso. Pensaste que el egois- mo de la mujer era el que inspiraba estas palabras. Y no... no... Las mujeres tenemos razón. Tene- mos razón siempre. No es la cabeza la que habla en nosotras. Es, es otra cosa... Adivinamos sencilla- mente, adivinamos... Quién puede salvarte ahora ¡Juan, Juan mío. ..! No te volveré a ver más. ¡Dios mío, Dios mío! "Pasa las manos levemente por la cabeza de él. Ma-
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J. Jiménez Rueda ros que lucen en la obscuridad como animadas de sobre- humano fulgor. En el reloj de una torre cercana cuen lontamente trea cammnanadas ). ELLA —Las tres. A las cuatro. A las cuatro. ¡Qué poco falta! y después... No quiero, no quiero que suceda tal cosa... y sin embargo... sucederá. (La sombra se pega al cuerpo de él lo abraza apa- sionadamente trata de ampararlo de otra sombra que viene. la de la mujer). LA MUJER.—Ha sido inútil todo. Inútil mi sa- -rificio. Inútil todo lo que he hecho por él. ELLA.— Mentira. Usted lo perdió. LA MUJER.—El me salvó. Hizo bien. Yo tra- té de pagarle la deuda. He debido sacrificarme por él. ¿Para qué ha servido todo esto? ¿Cuál será mi porvenir? ELLA.—No hable usted de su porvenir. Piense en el mío. LA MUJER.—Usted tendrá un hijo que la ado- re ELLA.—e Usted? LA MUJER.—Rodaré por el mundo. Seré una de tantas. El me salvó de la primera caída. La suerte no lo quiso... Han muerto mis padres. He quedado completamente sola. ¿Comprende usted mi tragedia? ELLA.—La mía es superior. Lo amaba. En ple- na luna de miel pierdo a mi esposo.
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El Toque de Diana LA MUJER.—En plena luna de miel... espo- so. Ha conocido usted la dicha por un momento ¿y yo? Sin esposo ni amante he tenido que sufrir lo que he sufrido. EL.—Dejadme por Dios... No quiero padecer lo que padezco en estos momentos. Me atormentan estas discusiones inútiles. LA MUJER.—Dejémoslo. Tiene razón. nues- tro drama no le interesa a... ELLA.—El mío sí... el mío sí... es el dra- ma de él... El de usted claro que no... LA MUJER.—El mío también ¿por aué no? Cuando se está en el umbral de la muerte interesan los dramas de todas las criaturas. Los dramas todos se funden en el drama nuestro. ELLA.<No... No... No... (Las negaciones van siendo cada vez más débiles. Las sombras se diluyen a medida que una tenue luz de ama- necer va iluminando la cárcel. Todavía es tiempo de que avarezca la sombra de la China). LA CHINA.—Quise esperar que se fueran ellas para venir yo. Me daba vergiienza reunirme con las dos. ¡Soy tan indigna! Hice todo lo posible por salvarte. Sufrí la brutalidad del soldado, los gol- pes del general. Mira cómo tengo este brazo y la ca- beza... Creí que me mataba. Afortunadamente to- do pasó... Desgraciadamente no como queríamos. ¿Por qué no fuiste más rápido en huir? Te cogieron
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) Jiménez Rueda muy pronto. Es absurdo, totalmente absurdo lo que has hecho. Y ahora no tiene remedio. No sabes lo adolorida que estoy, del alma y del cuerpo. Un hom- bre como tú me hubiera salvado. Me he enamorado de tan pocos hombres que valen la pena. De ningu- no. A ti te habría amado locamente. No sé por qué; pero te habría amado locamente, por eso hice lo que hice. Por eso sería capaz de todo... y no sé siquie- ra cómo te llamas... Nunca sé cómo se llaman los hombres que están conmigo... Pero tu nombre... tu nombre... (Se acerca lentamente a él, le toma la cabeza entre los manos. Lo mira fijamente a los ojos. Palpitan sus labios). La última imagen del mundo será la mía... Mira- me, mírame más cerca, más... (sus labios se unen. Se estremece él. De pronto rompe el espacio el agudo son de un clarín que toca la diana. La luz invade prestamente la cárcel. La sombra se des- vanece. El silencio se hace después. Un lento redoblar de tambores se escucha después de la pausa. Los tam- bores se acercan. Se abre la puerta. Aparece un te- niente). TENIENTE.—Compañero, es la hora... EL. — (Mira a todas partes, se arregla el desorden del ves- tido). A sus órdenes mi teniente. (Marcha como autómata, La puerta se cierra tras él. Los redobles del tambor acompañan la marcha, El sol ha invadido por completo la cárcel). J. JIMENEZ RUEDA
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Motivos CRUCERO (*) E" viajero —no podemos evadir este tipo sintético de la épo- ca— se dispone a partir nuevamente en el vehículo de últi- ma invención. Conoce las inquietudes de la marcha en barco vele- ro, en ligero esquife de vapor y en trasatlántico con humos. En su equipaje podrían hallarse huellas del clavecín, en donde ahora le acompaña la victrola portátil. Puede ser, para algunos, un diletante enamorado del aspecto bello de las cosas. Pero un viajero di letante es dos veces, siempre, un hombre de buen gusto. De Genaro Estrada, literato y hombre de mundo, se conoce más el ambiente como paisaje de sus cualidades vivas que la inten- ción profunda de su espíritu. La cercanía del dato vivo vela los olos de sus comentaristas cercanos, ¿Genaro Estrada ha logrado (*) CRUCERO.—Poemas por Genaro Estrada.—Editorial Cultura.— México, 1928.
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Crucero deliberadamente apartarlos de una atención más serian y prefe- rida a los rasgos esenciales de su personalidad? El hombre inteligente, en los principios de la madurez tem- poral crea su técnica, el modo particular de relacionar su espíritu con las cosas del exterior, el término justo —o injusto— de relación con los hombres y la vida. Genaro Estrada, gusta de la sorpresa; prestidigitador, siempre ingenioso, muestra la sonrisa antes que la voz. Su más reciente sorpresa ha sido la publicación de Cruce- ro, su primer libro de poemas, editado con la siempre nueva y hermosa tipografía que, como ademanes decorosos, busca para sus obras. ¡Hasta en sus libros primero la sonrisa que puede traicio- nar el comentario de su interlocutor! Genaro Estrada en sus obras publicadas es, además de via- jero, un curioso. Su curiosidad —una virtud de ahora—, no es nada más la reducida aptitud femenina de estar a la moda sino una atención inquieta que lo hace dueño de la virtud li- teraria propagada por el moralista intelectual de Les Faux Monna- yeurs. Así, el navegante de Crucero, lo fué antes de la Nao colonial, incendiando, a tiempo, las velas del género exhumante en su novela moderna: Pero Galín. Crucero está situado “en el ala delgada del viento” y equi- distante de los cuatro puntos cardinales de la poesía para que circulen sus versos con libertad de la forma del romance casti- zo a la más novedosa del verso libre, aunque el mismo espíritu escéptico y actual dirija sus pasos. Lejos de la definición madrigalesca: Poesía eres tú que conformaba a escritores dotados de inmediata sencillez es ahora, para nosotros, indefinible en materiales precisos la poesía. Posiblemente la gran poesía seguirá siendo siempre la misma aunque cambien las ceremonias para alcanzar el supremo furor divino, que es su manifestación exclusiva. Para el juego y la adi- vingnza súbita del misterio oscuro de la existencia en cualquiera
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Motivos de sus ritmos se crean sensibilidad y propiedades nuevas que no tratamos de definir pero que se reconocen por sus cristalizacio- nes, como ocurre con ciertos agentes químicos. La moderna poesía de Crucero es una fina cristalización de ambientes, de semitonos interiores y de sueños quebrados cuan. do el poeta intenta asir, con sensualidad original, el paisaje y las cosas exteriores: De pronto desaparecieron los sentidos que eran copos de invisible algodón entre el aire negro del cuarto. Esta experiencia de sombras domina enlos poemas que como “Soledad” y “De prisa” —los más bellos del libro— juzgamos de la más reciente evolución de Genaro HEs- trada, a salvo ya de ciertos acordes cercanos de una poesía dis- tinta, de ayer, que alguna vez se entrelaza a la melodía geomé- trica, lineal, de Crucero que como: La mariposa del silencio está golpeando contra la Tuc. Gabriel García Maroto acompaña con cinco grabados y una litografía en color, la melodía geométrica, lineal, del libro. La sensibilidad del pintor contrastada en rudeza y ternura y su sentido lírico de la línen coinciden, superándose, en la interpre- tación—B. ORTIZ DE MONTELLANO
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Novela y Nube NOVELA Y NUBET(*) ¡pre Rémy de Gourmont quien —fara exaltar, en arte, ¿ la importancia del estilo— afirmó que toda la novela humana, desde Grecia, hubiera podido escribirse, sin perder variedad, sobre los amores de Dafnis y Cloe? Los autores nuevos, en España, en América, en Francia, farecen querer al menos demostrarlo, oponiendo a la queja de Ortega y Gas- set sobre el empobrecimiento del asunto en la novela mo- derna, el ejemplo de una brillante serie de relatos sutiles, ágiles —algunos ya de oblicua y tendenciosa gfrofundidad. En ellos, si no ha desaparecido del todo, si no se ha del todo evaforado, queda afenas, como fretexto amable, en breve gota de rocio sobre cuya superficie, transfarente, gira un paisaje matinal, de colores resbalados y tiernos. La inspiración de estos novelistas no reside, en efecto, en la historia erótica que el poema de Longo describe, fero es de todas suertes, un idilio: un idilio incompleto. Las más finas de sus concepciones: la Livra Schubert Incomógleta de Pedro Salinas, El Profesor Inútil de Benjamín Jarnés, Le Coeur d'Or de Philithe Soufault no son otra cosa que un viaje alrededor del amor, más romántico y cargado de re- mordimientos en Salinas, más perfilado de dibujo en Jarnés, más tímido y confuso en Soupault, Stendhaliano también, en el sentido de la vida, no de la obra de Stendhal. “El amor —ÑLce Punl Morand en uno de sus relatos de (*) G. Quen, Novela Como Nube, Ediciones de Ulises, Méxi- zo, 1928,
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Motivos La Europa Galante—se ha convertido ya en algo tan abu- rrido que, en lugar de hacerlo entre dos, se empieza a hacerlo entre tres... o entre más”. Cierto acaso para la moda de la fisiología, este desencanto no halla comprobación en el interés con que los novelistas nuevos enfocan su psicología, lenta en descubrir sus complicados caminos, alegre a veces de extra- viarse en ellos, fero siempre satisfecha de su egoísmo esen- cial. Tan dichosa que, fara romper todo compromiso exter no con la acción, todo diálogo, se ha hecho monólogo inte- rior, autobiografía de fausas y, para sentirse más sola. se ex- tiende desnuda sobre su reflejo y viaja en él, sobre su profia conciencia, como un Narciso que hubiera leido a Freud y que, en vez de acuñar su imagen en la moneda redonda, inmóvil, de una fuente, frefiriera fluir con el arroyo que, al retratarlo, lo corrige, lo deshace y, a fedazos, lo reconstruye. La novela de Gilberto Owen se ha hecho una frofundr- dad de esta superficie. Más aérea —no más sutil— que las de sus compañeros, la nube con que el artista la comparó, al nombrarla, no es una de esas nubes sólidas, de mármol, con que Góngora decora los gfaisajes más cincelados de su Galatea. Tampoco recuerda, for contraste, ningún noctur- no de Debussy, ningún reflejo en el agua, simo —en la incoherencia —.el mundo poblado de imágenes de los goetas en prosa y, en el estilo, el impresionismo elegante de Girau- doux. Sólo que, en Owen, el procedimiento de Giraudoux pierde un foco de la afinidad que, en las fáginas del nove- lista francés, conservaba con el deforte, más que de baila- rín —como en Owen— alegría esbelta y rápidd de jugador. Hasta gara disparar la flecha más aguda, la frosa de esta
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Novela y Nube novela requiere el arco más curvo, la más tendida esfera, el perimetro de la más lenta freparación. Es curioso observar, desde este funto de vista, cómo la linea genealógica del estilo de Giraudoux—que farte de los Goncourt, atraviesa las Moralidades Legendarias de La- forgue y se enriquece con la temperatura y la sensibilidad únicas de Marcel Proust—se quiebra al tocar a la mayor farte de las nuevas novelas de América y de España, irisándose de luz indirecta, intelectual, en Benjamin Jarnés, desfalleciendo de gravidez morosa en el flano de los relatos de Pedro Salinas 0, como en Owen ahora, recortando sus capitulos, en una es- fecie de sucesión inconexa, hecha, como las nubes, de la voluntad del aire que la contiene y de los cafrichos de su fuidez. Junto a Dama de Co-azone: for ejemplo, de Xavier Villaurrutia, la novela de Gilberto Owen marca un camino de sentido contrario, ferfendicular a la intención del dibujo hermético que —como en una silueta de baraja metálica— recortaba, en el relato de aquel, los materiales del sueño y de la vigilia con los equilibrios misteriosos de la subconcien- cia y de la razón. S: Dama de Corazones resume, en su precisión un foco limitada, la actitud de una estricta ideolo- gía occidental, Novela como Nube recuerda más bien ese estado de gracia, esa ausencia de voluntad y de cor- creción que el budista busca en los éxtasis. El que mira una nube ¿cómo fodría no acabar for disociar los elementos de su atención, dejándola adquirir las formas, los volúmenes y
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Motivos el vuelo del espectáculo de blandura que contempla? Se rein- tegra así a esa suerte de vida vegetativa—no for fobreza de ahorro, sino for derroche de desganada abundancia—en que Keyserling descubre los origenes fisiológicos del Nirvana. Y, para la obra de arte, el feligro de esta orientación consiste precisamente en ser la que más fronto conduce a la saciedad, la que —como la teoría misma del Nirvana a que se aseme- ja —mata todo deseo de superación, anulando la curiosidad del artista en el goce imitado, fero superficial, de una con- tinuidad de imágenes sin compromisos. Se ha reprochado a la foesía en frosa de Gilberto Owen la oscuridad, fero sucede que sólo acierta el refroche en los puntos en que el estilo del autor deja de ser Poesia, en los rincones de resfiro en que el baile fierde un minuto el com- pás y se desarticula del movimiento de la música, forque— como él mismo lo dice—"son las cosas demasiado diáfanas las que no se ven: aire, cristal, poesía”. Y el pequeño artifi- cio de que se le fuede acusar —fecado de inmodestia, aca- s0— es realmente el de oscurecer adrede las fausas, para que pueda el lector descubrir lo claro, lo cristalino, lo invr- vible de su foesia. Con el tiempo, sin embargo, cuando se convenza Owen de que, fara esos ojos inexpertos, es mútil querer acentuar los contrastes, frocurará que toda su obra consiga la transparencia que ahora se refugia en sus frag- mentos. Y ganará sin duda en el cambio, ya que, a la postre, el verdadero atrevimiento de la belleza se reconoce en la desnudez y la mayor audacia del misterio, en la claridad.—Jaime TORRES BODET.
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Guía de Poetas GUIA DE POETAS NORTEAMERICANOS As a new heaven is begun, and it is now ¡hirty-three years since its advent ..... w B repuesto que ha empezado un nuevo cielo y transcurrido treinta y tres años desde su advenimiento...” el mundo de la poesía norteamericana se reanima. Estas líneas de Blake son un epígrafe digno de presidir una ideal antología de poetas nor- teamericanos. Más de treinta y tres años hace que, muerto Walt Whitman, apareció (1592) la colección completa de sus poesías. A los doce poemas que formaban la primera edición se añadieron lantos que suman ahora cerca de cuatrocientos. Una época pare- cía concluir con Whitman. No era sino un nuevo paraíso el que regalaba a los poetas norteamericanos que, desde el Renacimiento de 1912 hasta hoy, han recibido más de una inspiración, más de un punto de apoyo, y, sobre todo, la conciencia de una libertad rica en deberes personales para su empleo, conquistada para ellos por este gran espíritu. Washington de la poesía se le ha llamado, y Lincoln. Mejor me parece llamarlo Adán de la poesfa norteame- ricana. Sólo perdiendo un paraíso el poeta se hace acreedor a otro, al suyo. Whitman lo obtuvo y no sólo para sí, Una tierra propia que cultivar y la necesidad de una expresión inconfundible, for- maron el legado del Whitman que superó el paraíso gratuito de su :iempo. A lo lejos, Poe hace las veces de Jehová.... La dicha de este nuevo paraíso póstumo la comparte Whitman con una mujer, Emily Dickinson. Contemporánea de Whitman, Eva de la Poesfa norteamericana, fina y hermética, sin ambiciones lXterarias, muere antes de publicar sus poesías. Nada espera, na- da recibe de sus contemporáneos. Pero el tiempo maestro la re- conoce al fin y, ahora, la perfila. Por su modernidad y porque su obra no es aún claramente conocida, Conrad Aiken la hace inau-
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Motivos gurar la misma colección de poetas americanos en que su perver- sidad crítica ha rechazado nada menos que a Sandburg, Pound y Lee Masters. Emily Dickinson anticipa a la nueva poesfa los finos ritmos, el gusto eplgramático y un admirable deseo de exactitud y síntesis. Como de Walt Whitman es la voz dinámica que rueda en los versículos, de ella la llama inmóvil de la voz que arde sin consumirse y que hiere en vez de quemar. Rápida en Europa, la resonancia de Whitman se convierte en una lenta y eficaz influencia en los Estados Unidos. Después de una reveladora pausa, en 1912 la revista Poetry anuncia un nuevo y feliz despertar de poesía, y en unos cuantos años (1913-1917) los poetas Vachel Lindsay, James Oppenheim, Amy Lowell, Robert Frost, Edgar Lee Masters, John Gould Fletcher y Carl Sandburg inician el fervor. Algunos libros ahora famosos aparecieron entonces: Chicago Poe ms de Sandburg, Spoon River Anthology de Masters. Con ayuda de Masters se fijan las cualidades de una gran porción de poesía nor- teamericana: el dibujo acabado, la ausencia de abundancia, el re- torno a un lenguaje simple y directo que ha sabido ahogar toda literatura. Masters mantiene eu propia poesía no sólo con la pre- cisión psicológica de sus tipos, de sus pequeños cuadros y dra- mas poéticos, sino también con la orgullosa modestia de una mi- rada que penetra tan hondamente en su mundo pequeño que rea- liza el milagro de elevarlo a categoría universal, Sandburg toma de Whitman cuanto necesita para realizarse, prolongándolo, enriqueciéndose en su admiración y enriquecien- do a su vez la música del autor de “Leaves of grass”. La voz de Whitman renace en los poemas de James Oppenheim. También la voz de la Biblia, por boca de los salmistas, se escucha detrás de los largos versos de este guerrero místico que acepta y cultiva, como Masters, una poesía de asunto, tan íntima que, a menudo, nos obliga a reconocernos en ella, sirviéndonos de espejo:
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Guía de Poetas “And as in a trance I hear these boys knocking asunder the world I lived in. And opening up a larger world of mystery and passion... And yet so soon as 1 see this larger world I know it is mine also...” La preocupación de Lindsay es diversa. Aparta los elementos dramáticos de sus compañeros y se inclina esencialmente a la busca y práctica de ritmos actuales. Su poesía, inspirada en las disonancias del jazz y en las sugestiones de la danza de los ne- gros, es un intento de arquitectura musical. Primaria y refinada a un tiempo, se opone a la de Alfred Kreymborg —el más original de los jóvenes insurgentes, lo llama Untermayer— que traza dibu- jos musicales sin sombra de contrastes, sin atrevidas discordan- cias, y que conduce una gracia lineal deliciosa, infantil. Si una porción del movimiento renacentista se define a la vista de la poesía de Whitman, en otra porción la música de Emily Dickinson parece haber anticipado el tono. En cierto modo —ya se ha dicho— Emily Dickinson es, en el tiempo, el primer poeta imagista. El uso de un lenguaje sencillo, el mismo de la expresión hablada, sólo que empleado con exactitud y sin éxtasis decorativo; la no insistencia en el uso del verso libre co- mo la única forma de expresión poética; la libertad de selección del sujeto de poesía —cualquiera puede serlo en manos de un verdadero poeta—; el uso de imágenes exactas y particulares; y el afán de concentración esencial en poesía, fueron las reglas de los poetas imagistas y, en muchas ocasiones, la dirección, si no única, característica de la poesía norteamericana moderna. El poeta Ezra Pound forma el grupo que integran tres poetas 1n- gleses, Aldington, Flint, Lawrence y tres americanos, John Gould Fletcher, H, D. y Amy Loweil. De las dos mujeres, H. D., Hilda Do- olíttle, permanece fiel a las normas de su grupo y realiza poesías perfiladas, verdaderos poemas imagistas. Como un poco de agua, JA
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Motivos Amy Lowell se entrega a todas las formas sin dar tiempo a que sl vaso, conteniéndola un momento, la deforme. Radicado en Europa, Ezra Pound, amigo de James Joyce, es el Ulises de esta poesía. Curioso, inquieto, viaja por los caminos de Europa y de su literatura, estudia a Lope de Vega..... Su nom- bre trae a la memoria, por asociación de afinidades y destinos, los nombres de otros poetas que como él han vivido Europa o en ella: T. S. Elliot. Ernest Hemingway. También, por razones de reografía, el de Sherwod Anderson. Viajes diversos, llevan a Pound y Elliot a preocupaciones poé- ticas que no están lejos de las europeas. En cambio, Anderson prefiere conservar la mirada virginal característica de la poe- sía norteamericana, opuesta a la mirada llena de ironía, de quí- mica, que quisiera para sí la poesía europea. Virginidad y pu- reza son los términos que pueden calificar, de pronto, estos dos mundos. Poesía virginal la americana. Poesía que pretende rea- lizarse a fuerza de pureza, la europea. Dos términos que no sólo difieren sino que, a menudo, se oponen. Como Edgar Poe, Thomas Stearus Elliot es, al mismo tiempo que un poeta, un teórico de la composición. A menudo, sus con- clusiones son exactas de claridad y síntesis. Quisiera Elliot, en al momento de la creación, separar el hombre y sus pasiones de la mente que crea, con el objeto de que ésta aproveche con ma- yor lucidez y trasmute las pasiones que la alimentan... Y añade, "no es la magnitud, la intensidad de las emociones, los com- ponentes, lo que importa, sino la intensidad del proceso artís- tico, la presión, por decirlo así, bajo la cual tiene Tugar la fusión.” Su poesía está llena de la lucidez que exige al espíritu que crea, y de una ironía que impide a la pasión, siempre presente, des- sordar. Ningún poeta de Estados Unidos consigue una lentitud tan precisa, tan completa en sus expresiones, ni la elegancia natural de movimientos y de imágenes. Todos los espasmos, todos .08 relámpagos. todas las intermitencias, están ausentes.
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Guía de Poetas El puís donde florece la poesía se ha llamado a los Estados Unidos. El pafs donde fiorece y fructifica la poesía. Sin duda, la cantidad de poetas hace difícil una mirada atenta. Los eríticos y antologistas —Untermayer, Monroe, Lowell, Alken, O'Neil— de- tienen su información, injustamente, un momento antes de pre- gentar a los poetas recientes. En las antologías clásicas no apa- recen poetas como John Dos Passos o E. E. Cummings de agu- da sensibilidad, fino producto el segundo de las conquistas nuevas de la poesía. En compañía de Elliot Paul y Robert Sage, Eugene Jolas dirige en París la revista Transition, tiene 34 años y aca- ba de publicar para la casa KRA, una antología de la nueva poesía de su país (*). Bajo una corteza del mismo color na- ranja, la casa KRA publicó hace algún tiempo dos selecciones de escritores franceses, una para la prosa, otra para la poesía, que se mantenían por buenas razones de arquitectura crítica, por su criterio rigoroso y hasta por sus omisiones distinguidas: Cocteau, Breton, Lacretelle y Crevel no aparecen representados en la an- tología de prosistas. La colección que se ha confiado al gobierno de Jolas parece dichosa de abrir sus hojas a todos los poetas americanos que se han colocado al alcance de su mano, de su me- moria y de un conocimiento del francés poco común, en los nor- teemericanos, Entre los poetas escogidos, al fin la puerta es ancha, el mismo traductor. Ocurre pensar que, acaso, un afinado sentido de la modestia decidió a Jolas a abrir de esa manera el compás de su admisión con el objeto de que su presencia pasa- ra inadvertida o, si advertida, perdonada. Pero una Antología (*) Anthologie de la nouvelle poésic américaine, par Eugene Jolas. Kra, París, 1928.
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Motivos no es nunca un banquete al que pueda asistir cualquiera que pa- gue su cuota. El poeta propone y el crítico dispone. Para justi- ficar su amor a la cantidad y a la superficie, Jolas debió pensar en un título irónico para su colección. Supongamos: E s ta- dfística de poetas norteamericanos o, de otro modo, Catálogo y muestras de poetas norteamericanos. De la vertiginosa estadística a que se entrega el poeta ame- ricano podemos sacar informaciones curiosas. Por ejemplo, que Countee Cullen, nacido en 1903, es el más joven de los poetas ne- gros americanos. Que George Dillon lo es más que los tiernos poe- tas mexicanos o españoles que parecían tener una edad ínimi- table. En fin, que Eugene Jolas no contento con exponer 126 poe- tas ha traducido ligeramente uno o dos poemas de cada cual, y que las muestras que hace llegar a nuestros ojos apenas si presen- tan al poeta. ¿Cómo pedir que lo representen si Jolas no se pre- ocupa de elaborar sino un “échantillon réduit”? Alfred Kreym- borg, aparece en el catálogo con sólo un poema, como Amy Lowell. James Oppenheim, E. E. Cummings, T. S. Eltot, Robert Frost, Hemingway, Edgar Lee Masters, Edna St Vicent, William Carlos Williams... y Eugene Jolas. Ezra Pound, Sandburg, H. D. y An- derson merecieron, por una concesión inexplicable en el coleccio- nista, dos poemas. Jolas se olvida que un poema bien traducido se convierte en medio poema: el cambio de palabras y de ruidos lo reduce, cuando menos, a una pálida mitad. Ahora sólo falta de- decir que las traducciones de Jolas reducen más de la mitad, El propósito expreso del coleccionista fué reflejar el espíritu poético de les últimos quince años en los Estados Unidos y dar a conocer en Francia a los principales poetas que se revelaron du- rante el renacimiento de 1912. Pero la superficial ambición de Jolas, entregándose a una pasión numérica, se convierte al fin en su enemiga ensombreciendo su idea de la nueva poesía ameri- cana. Un buen número de poemas de Lindsay, Lowell, Masters.
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Ambito Sandburg y Frost habría bastado para dibujar la estación más intensa, no la única ni la más fina de la poesía americana. La preferencia de Jolas por cierto grupo o, al menos, por ciertos nombres de poetas nuevos habría sido útil para orientar, asf fue- ra sólo por reacción, a los nuevos visitantes de la poesía norte- americana. Y no es esto todo. Asombrémonos. La única preocu- pación que en Jolas parecía perfecta y que consistía en no olvi- dar a nadie, resulta mutilada. El afán de prestar atención a sus poetas imprecisos lo hace olvidar a otros importantes, definidos ya —como John Dos Passos— y a una mujer más joven aún que los- más jóvenes poetas que presenta: James Feibleman, Braving Imbs, Countee Cullen, George Dillon. Niña prodigio, nacida en 1910. Hilda Conkling, la olvidada, escribía ayer deliciosamente: The world turns softy not to spill its Takes and rivers. The water is held in the water. What is water, that powurs silver, and can hold the sky? Esperábamos de Jolas un mapa ordenado de la poesía nar- teemericana y encontramos una nebulosa; deseábamos una guía de poetas y encontramos una mediana estadística. — Xavier VILLAURRUTIA AMBITO, PAISAJE DE IDEAS Ao queremos que el paisaje, el eterno paisaje, se detenga ante nosotros y que frente a su inmovilidad nosotros sea- mos puro movimiento. Pero en el tiempo en que los hombres se
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Motivos detenían frente al paisaje, éste movía sus tentáculos de luz, los atraía, los envolvía en la red de las formas y los colores. Hubo alguno que se convirtiera él mismo en un paisaje y otro que se hizo un fascinado espejo del paisaje. ¡Extraño destino el dé aque- llos hombres! Los que no eran absorbidos, asimilados, reflejaban —copia flel e inútil— un cuerpo que no era cuerpo y un alma que no era alma. Hemos aprendido, por fortuna, que el paisaje no es un tema poético, porque su finalidad plástica, esencial, es inaccesible a la expresión literaria. Sabemos que al llamado de un ambiente ex- terior, visual, la mente describe o recrea. También existe una reac- ción subjetiva, romántica; pero ésta empaña la sensación y la su- merge en un éxtasis gris, uniforme, inasible para la precisión de los sentidos. Y un paisaje, sin sentidos para captario, deja de ser un paisaje. Las ideas nacidas de “un temblor de aguas en la frente,” se dramatizan. Fuera de una recreación poética adecua- da, donde los elementos plásticos se reconstruyan para formar una nueva realidad, ideas y paisajes se barajan sometidos a una rea lidad común. Esto nos lo sugiere la poesía de Vicente Aleixandre, joven escritor que acaba de publicar un libro: Ambito (*). Poe sía de frases cortadas, de léxico puro, donde la emoción se su jeta y sacrifica en aras del estilo, Las bellas palabras, cuidadosa- mente acomodadas para sugerir virtudes musicales, denuncian el trabajo meticuloso, paciente, del artista. A todo ello se une, con la limpieza y elegancia de la edición, una discreción, un buen gusto que es ya frecuente en los jóvenes escritores de España. El libro de Aleixandre es, ante todo, un libro de paisaje. Ideas de paisajes y paisaje de ideas. Minuciosas descripciones que vaD del mar, de la noche, del viente, a los campos, sombras, luces, si- (*) Vicente Aleixandre, Ambito, VI Sur, Málaga, 1928. Suplemento de Litoral, Imp.
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Exhumaciones lencios, valles y ríos. Pensamos en Carlos Pellicer y en la “or- questa panorámica de Río de Janeiro”; pero sólo por un con. traste. El mar de Aleixandre es fljo, concreto, plasmado en una sola e inmóvil actitud, y el mar de Pellicer es viaje, movimien- to, y transporta las olas de Nápoles a las playas de América asem- bradas. Hay, en las poesías de Ambito un intento loable de sen- rillez y de pureza, intento que sólo se realiza en contadas com- posiciones del libro, tales como Forma, La Fuente, Viento. Estos tres poemas nos recuerdan, sin embargo, a Juan Ramón Jiménez, cuya influencia entre los jóvenes poetas españoles se confirma en cada nuevo libro que nos llega. Pero la imagen, en Aleixandre, es un signo que se nos buye a fuerza de querer ser exacto. Sólo cautiva la huella de las cosas y stu litoral es orilla. A fuerza de humedecer sus arenas el mar -—en movimien- to— del paisaje, las empequeñece o las arrastra. La impresión de una pisada se esfuma, y con ella desaparece la única forma hu- mana que atravesara, por descuido, por la gloria juvenil del día.— Enrique GONZALEZ ROJO EXHUMACIONES A un filón de oro se ofreció a las manos de aventureros ambiciosos que lo descubrieron después de penosas correrías a través de las sierras, en Guerrero. Les pagó sus esfuerzos con riqueza, y por ella nació el pueblo de Taxco, con su iglesia, con SU plaza, con sus casas de mineros. Agotado el mineral —su úni- ca razón de ser— se detuvo como un reioj sin cuerda, que mar- cara el siglo XVIII. Hoy, las paletadas de tierra, que abrían un camino para acercar la capital a la costa Sur de la República, lo exhuman y lo ponen a fácil alcance del capitalino aburrido. Se
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Motivos convierte en el centro del turismo. Sus torres, sus callejas, sus ventanas de hierro forjado que ya los mnegociantes de antigieda- des habían puesto de moda, son reproducidas por las “kodaks,” por los periódicos. Taxco está en bonanza. Un nuevo filón ha sido des- cubierto. Se trata ahora de un filón de libros. Dos tengo enfrente: Perfiles de Taxco de Francisco Monterde y Vida Ejemplar de Don José de la Borda de Ma nuel Horta. Otros serán publicados. No pueden leerse sin cierto prejuicio estos libros. Causa des- confianza el viajero que va a un lugar determinado con plan de antemano definido. Y en este caso, la desconfianza acaba por afir- marse. De amor, de amor a la princesa desconocida, en quien sin duda, Jos amantes, pensarán no hallar defecto, y de prisa, era el plan de Monterde, El de Horta, de prisa y de exhumación de la literatura colonializante. Perfiles de Taxco es, casi, casi, un inventario. Poco 3e cuidó Monterde de la calidad y el gusto de sus observaciones. Acumuló fichas sobre cada lugar, sobre cada detalle, desde el la- brado de una puerta hasta la envoltura de un huevo, y sin tiempo para ligarlas o seleccionarias, las agrupó apenas por sus más rela- tivos parentescos. A veces, y es cuando creemos descubrir la per- sonalidad de Monterde, captan una imagen bonita, bien traba- Jada; otras, parece que se acercan a la greguería. Las más, se quedan en apuntes volanderos. Y no es eso lo que hace esperar la gracia, ya que no la novedad, con que se ligan, por ejemplo, astas flechas que tomo —no al azar— del principio del libro: “Cuando la oscuridad suprime las lejanfas, la noche —noche aromática de tierra caliente— se ilumina a inter- alos con la palpitación de las luciérnagas.” “Una luciérnaga brilla alto, con luz más larga; se xtingue; vuelve a encenderse.... Es la primera luz del antiguo Real de minas, que juega al escondite en los re- sodos del camino.” II
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Goya en Zig-Zag Pero después, el autor, con ese amoroso empeño que trai- mona al propagandista trata de convencernos de que en Taxco, las asas que reciben el sol por un lado, tieneu la sombra por el otro, y de que, “Cada minúsculo establecimiento mercantil se halla en al sitio en que debe estar.” La Vida Ejemplar está tratada, a pesar de la “fa- bla,” con tanta prisa, a tan grandes saltos, que nos da la im- presión de una película, muy vieja, a la que faltaron pedazos. Resulta así la vida de Borda tan movida, tan rápida, que quedamos a punto de verlo convertido en un magnate del siglo XX con aeroplano, yate, etc. Por lo demás, otro tanto le ha sucedido a Taxco. No es po- sible dar cuerda a un reloj para que siga marcando la misma hora. Taxco, a pesar de las “oportunas iniciativas,” con sus in- dispensables hotel para turistas, estación de gasolina, “Kodaks” y libros, no será más el mineral del siglo XVIII. Apenas un paseo romántico del XX._ Celestino GOROSTIZA GOYA EN ZIG-ZAG (*) 1 hd de la Encina, el crítico español que más ha excitado, e irritado, en los últimos tiempos, el medio artístico es- pañol, ha llevado al libro su ofinión acerca de Goya, del que “hase hablado tanto desde que hace ahora frecisamente un siglo que se murió, que el seguir hablando de él es como ha- blar de la mar”, según anota en su arbitrario frologuillo el nuevo y agudo glosador de la obra, la vida y la leyenda del gran $intor de Fuendetodos.. (*) Goya en Zig-Zag.— Juan de la Encina, España, Calpe, Madrid. 1
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Motivos Entristecido por no haber hallado, en el rebulhcio del centenario, un afortunado cazador del punto de vista nuevo, no muy cierto de aportar él un nuevo ángulo de observación acerca de la abundante obra de don Francisco el de los toros, publica su libro “que ha escrito sin querer, sin barruntar siquiera lo que con su publicación pretende". A pesar de este tono escéptico que traba en z19-7ag contumaz el conceftuoso prefacio, Juan de la Encina ha fuesto en este nuevo libro suyo su más vivo y ardiente entusiasmo, aunque se haya cur- dado bien de frenar su espiritu, de adelantar su habitual gesto frío, dubitativo, irónico, de agrio perfil racionalista. Para tejer su obra, “de todos los discretos, que no son por cierto legión, o de casi todos, para no ser jactancioso, he tomado cuanto cuadraba a mi fropósito”. Ya en foder de la opinión ajena, sirviéndose de ella con noble y fina agil dad, apoyándose con un gesto huidizo en datos frecisos a que su desdén gor la exactitud no concede absoluta fe, el crítico hace surgir ante nosotros un Goya de matices bien definidos, creador y farticipador a la vez de su leyenda y de su histo- ria y que tiene, indudablemente, valor único entre la abun- dancia de juicios que posibilitan el trato y el conocimiento de la obra del pintor. Lo primero, en el libro, la afirmación de que Goya fué, sin el menor asomo de duda, el hombre merecedor de su leyenda, la certidumbre de que hay que aceftar del gran prntor, como verdad más cierta que la enjuta historia de ma- tz notarial, su resonancia legendaria, ese nimbo brillante,
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Coya en Zig-Zag de frecisión dudosa, que foetiza una gran zona de la exis- tencia del artista. Coya aparece en el libro de Juan de la Encina como un hombre de escasa unidad de conciencia, contradictorio, ave a frueba de las más fuertes tempestades y que sabe trazar al mismo tiempo la más gentil y quebradiza curva del ma- drigal más entonado. “Cree en brujas y se burla de ellas; cree en el diablo más que en la virgen del Pilar. Si hubo alma shakesperiana fué la suya.” A través de las fáginas de este “Goya en Zig-Zag”, el artista, a la luz en que lo sitúa, con razón y con emoción, el nuevo animador, “toma el mundo, acaso como su hacedor, en espectáculo ; y lo mismo los espantos de la guerra que las gracias voluftuosas de una danza festiva son para él motivos de genésico placer espiritual”. En vaivén de dificil valoración moral, atravesado for las mil flechas a que sus sentidos, en toda ocasión, abren cami- no, en brazos siempre de su ardoroso frenesí que cristaliza en múltiples y sorprendentes hechos de vida y de arte, Goya ha requerido, para el conocimiento más o menos afrox:ma- do de sus valores esenciales, de este siglo de vida con que cuentan ya su obra y su leyenda, y de esa abundancia de interpretaciones escritas a que la foesía y la realidad de su doble existencia han sido sometidas. Este nuevo hbro, de titulo tan expresivo, resume de mo- do extraordinario, sin olvido de ningún matiz imfortante, la gran figura del pintor español: su aprendizaje, los mil cami- nos en que se nutrió y decantó su visión flástica del mundo, ru
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Motivos la vida amorosa, particularmente en lo que a su embriaguez for la Duquesa Cayetana se refiere, el medio físico en que cuajó una gran farte de su obra, la especificación cuidadosa de ésta, todo aparece en la obra del crítico español traido a plano de exigencia atenta y de exaltada comprensión. Los mil veneros entusiastas que Juan de la Encina con- tiene y habitualmente retiene, han sido abiertos, fese a su previa dubitación escéptica, con ocasión de este gran tema a su avivación. Un gran libro, de sobrio estilo literario, de ancho y de hondo cauce for el que corre, con muy gustosa lentitud, la linfa, levemente empolvada for el limo romántico, de una obra y una vida esfléndidas, formadas for mil ricas fuer- zas de calidad diversa. Un libro excepcional, indispensable a todo amigo de las artes y de los artistas, este “Goya en Zig-Zag”, que contiene en sí y sobrepasa, en su bien atinada extensión y en su afr nada calidad, la rama de escritos a que el autor supo ligarse sin ferder de vista la obra, la leyenda y la historia del satá nico y angélico don Francisco-—G. G. MAROTO ROMANCERO GITANO *) Le sabías investigaciones de Menéndez Pidal dirigidas, recien- temente, a la reconstrucción y estudio de los característicos romances españoles confirman la noción europea de España (*) Romancero Gitano por Federico García Lorca. Edición de La Pevista de Occidente.—Madrid, 1928.
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Romancero Gitano como país del romancero en donde la forma poé- tica de arraigo nacional es tan consistente que siendo ya en el pue- blo bello y tradicional instrumento, se ha visto enriquecida por la cultura del pasado, perdurando todavía su garbosa influencia en la generación de poetas nuevos y jóvenes de Es- paña. Así, hasta en la evasiva poesfa de hoy que sólo acepta verse en el espejo de sf misma, sentimos ahondar —ribera que guarda el río— el sentimiento popular expresivo, impar, de la literatura española. ¿Es acaso Federico García Lorca —gitano de los romanos nue- vYos— un hereje? ¿Hasta qué punto podemos distinguir, en los exactos límites de su poesía, la fe heredada y oscura del creyente y el libre examen, experto de inteligencia, de un espíritu perso- nal? Góngora, el audaz cordobés explorador de la estética actual, tejió escalas para la evasión del romance de su forma popular dra- mática, amorosa y narrativa —con las inevitables excepciones—no obstante que en esta forma poética apenas ensayaba ingenio e idio- ma para las complicaciones de su verdadera poesía, a la que, no pretendemos negarlo, pertenecen los romances. En el poeta cor- dobés se advierte siempre al inventor dominando el interior im- pulso ciego y por eso sus romances se alejan, visiblemente, del sentido nada más tradicional. Pero —lo sabemos— Cóngora en su tiempo se dedicó ¡con qué fino talento! a la peligrosa, fecunda, actividad de la herejía. El problema del folk-lore y del aliento popular en el arte ha renacido en los últimos años, siguiendo para la literatura dis- tintos caminos: uno de fidelidad, apego y perfecciones técnicas; el otro, más orgulloso, inventivo, personal. García Lorca, en el libro que glosamos, marcha con los primeros. Bergamín, con Enemigo que Hu y e, podría ser de los últimos. Mengua y virtud de la poesía —v oz de clavel va- ¡IM
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Motivos ronil— de García Lorca en Romancero Gitano es su inserción, inevitable, de raíz en tierra a la espléndida heren- cia del espíritu español po p ula r cerca de Góngora, menos de lo que quisiéramos alejado de la expresión folk-lórica. Dentro de la melodía andaluza que será siempre —de Meri- mée a Waldo Frank— conquistadora para España, descubre Gar- cía Lorca el tono particular de sus romances: sueño concreto y sin norte de madera de ouitarra... inclinados a la sensualidad dramática y el agudo color del gi- tanismo, veta inconfundible del mármol occidental, En imágenes precisas donde juegan los ojos del poeta con la gracia penetran- te de la luz advertimos el inusado, en los romances viejos, rito de la gitanería cuando dibuja el paisaje en los límites de la baraja adivinatoría: Una dura luz de naipe recorta en el agrio verde caballos enfurecidos y perfiles de jinetes o al repasar la estampería de sus retablos —romances de San Miguel, San Rafael y San Gabriel— que tienen la calidad mística, el sensualismo, de algún imaginero convertido: Angeles de largas trenzas y corazones de aceite vasta tocar, en frases de maldición y de conjuro, la imagen trá- sica: be NP.
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Romancero Gitano Sangre resbalada gime muda canción de serpiente. Lo anecdótico del romance —Prendimiento y muerte de An- toñito el Camborio—, tanto como lo pintoresco, en vestuario de teatro infantil, perduran en el Romancero sin intentar a menudo los saltos mortales logrados con la misma fluyente arcilla, en esguince de gracia interior, nacida como la aceituna, a su tiempo, en el libro anterior del mismo poeta: Canciones. Pero si la construcción interna de esta poesía tradicional no rebasa los límites de los romances viejos; si la arquitectura del idioma barajado no alcanza el juego lúcido de Góngora —aunque en la sensualidad imaginativa, por ejemplo, conserve semejanzas— podemos afirmar que en el aspecto nuevo de las imágenes —tren- zadas, desrealizadas— la sensibilidad de García Lorca, tan li mitada y profunda geográficamente, resiste, como las monedas antiguas, la impresión del nuevo cuño: el perfil de poeta e su época que se asoma a los corredores del aire: Barandales de la luna mor donde retumba el agua.... La luz juega al ajedrez alto de la celosía... y que sabe jugar a las distancias, en el romance perfecto de La Casada Infiel: un horizonte de perros ladra muy lejos del río..
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Motivos y en el de la Guardía Civil: El cielo se les antoja una vitrina de espucias. Como Alberti y algunos de los escritores malagueños de L1- teral, tiene este poeta, para su fortuna en las letras, la inma- nente tradición de la España lfrica rendida hoy a Góngora y a Juan Ramón Jiménez sus dos, señeros, ojos. Dueño, además, de un temperamento más sugestivo y rico que el de sus compañeros ¿intentará la revisión herética de su poesía? B, O. de M. .U8
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Fn Este Palacio AQUI, en este Palacio de historia gran- diosa, se embelesan los espiritus de la época actual. en la contem- plación y adquisición de los más meritosos CTapetes y Alfombras que el mundo produce. El Oriente lejano, la China misteriosa, la gloriosa Francia, la ltalia del Arte, y, para que nada falte, la Cierra del Dólar, surten nues- tro Departamento de “Tapetes y Alfombras [en los altos], con sus maravillosos trabaios de tetido. Disite Ud. el "Palacio de los Azulejos.” En él están los conforts de la vida moderna. - (ngorNs” SANBOR. =xico HNOS. — S. A. Av Madero. 4. NBORNS 'EXICO Av. Madero, 4.
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UNIVERSIDAD NACIONAL DEPARTAMENTO DE INTERCAMBIO: UNIVERSITARIO CONFERENCIAS SOBRE LITERATURA FRANCESA POR EL PROFESOR PAUL HAZARD EL CENTENARIO DEL ROMANTICISMO FRANCES “rancia hace cien años. -s románticos franceses ante el tribunal de la crítica. - literatura y las artes plásticas en la época romántica. 1 literatura y la música en la época romántica. Estas conferencias serán dados en francés y se efectuarán en el Paraninfo de la Universidad, comenzando a las 20 heras. El Profesor Hazard dará una segunda serie, que se efectuará en el mismo local, los días 17, 18, 19 y 20 de septiembre, según programa que ss anunciará oportunamente. CONFERENCIAS DEL PROFESOR AMÉRICO CASTRO Septiembre 11, La Celestina y el Humanismo en tiempos de los Reyes Católicos. 12. Problemas actuales de la lingilística española con trabajos de se- minario. 14 Continuación del estudio sobre “La Celestina”. EDICIONES DE ULISES" CONOZCA USTED LOS HECHOS Y LoS HOMBRES DE LA REVOLUCION MEXICANA LEYENDO XAVIER VILLAURRUTIA DAMA DE CORAZONES” GILBERTO OWEN NOVELA COMO NUBE” EDICIONES LIMITADAS $ 3.00 EJEMPLAR SAMUEL RAMOS HIPOTESIS" $ 1.00 EJEM. OCHO MIL KILCMETROS EN CAMPAÑA RELACION DE LAS ACCIO- NES DE ARMAS, EFECTUA- DAS EN VEINTE ESTADOS DE LA REPUBLICA DURAN- TE UN PERIODO DE MAS DE CUATRO AÑOS. POR EL AENERAL A' VARO OBREGON Y DESCRITAS POR EL MISMO: PEDIDOS A BRASIL, 42 DESPACHO 10 PDALO EN LAS LIBRERIAS
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