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PERSPECTIVA DE LA
LITERATURA MEXICANA
ACTUAL *
1915 —. 19728
SEMEJANTE a Jano, México presenta al mundo que lo examina dos semblantes distintos, que no podríamos, sin injusticia, considerar verdaderamente opuestos. En el primero—que la política define—la frecuencia de las torturas sociales y económicas a
(*) La naturaleza miema de este ensayo y su necesaria limitación cronológica emplicun la ausencia, en sus páginas, de ciertos nombres esenciales al conjunto de la literatura mexicana moderna (Salvador Diaz Mirón, F. A. de Icaza, Amudo Nervo, Efrén Rebolledo, Luis G. Urbina, María Enriqueta), y de otros, todavía anteriores a los citados, como Gutiérrez Nájera, Manuel José Othón y Angel de Campo. La precisión de esta perspectiva hubiera perdido sín embargo, al estudíarlos, mucho de lo que 8% participación pudiera otorgarle de riqueza o de diversidad. Tno de los compromisos de esta suerte de estudios, cuando se intenta
Perspectiva de la Literatura que la evolución de nuestro pueblo se ha visto some-tida, imprime, nueva máscara de hierro, su sello de desencanto y su perfil áspero, duro. La repetición de la tragedia, la sangre fresca vertida sobre la sangre árida, el estupor de las conciencias entre las pasiones, recuerda, más que el desenfreno de las Ba-cantes, el paso desolador de las Walkirias. Sin embargo, a través de la oscuridad con que los vapores de la fragua ensombrecen el ambiente en que se for-ja, algo fulgura ya de la espada mágica de Sigfrido: una esperanza de redención, el clima de una dicha futura, acaso todavía lejana, pero cierta. El paisaje que el espejo de esa hoja de acero de-vuelve, como un eco brusco de luz, no es—naturalmente—el de una siesta larga y suave de Corot. Tampoco el húmedo y espesamente fecundo de la campi-ña flamenca, recreada por Ruysdael. Menos aún el horizonte de una de esas academias admirables de Clau-dio Lorena, en que las formas, como las palabras en un bello discurso, crean su propia retórica, su orden, en una atmósfera de claridad indivisible, só-lida. Pero, el espectador menos exigente, el menos comprensivo—y ¿no fué Mme. de Stael quien acu-ñó, en una hora feliz, esa máxima tan humana: “tout ceñirlos, en el tiempo, con una red mas o menos exacta, reside precisamente en la obligación de sacriftcar las admiraciones Y uún, E veces, las propias preferencias, con el empeño -—stempre vano— de estrechar dentro de una silueta definida un movimiento espiritual, sólo susceptible de captarse dentro de las fronteras que el gusto le marca. De todas las clasificaciones que, al efecto, se usan, la menos artificial resulta, acuso, la que pretende reunir, en el marco de una generación, los nombres, las pasiones Y ls obras que le interesaron. El presente estudio no tiene otro propósito ní amdiciona otro fin.
Jaime Torres Bodet comprendre c'est tout pardonner”?—una vez aso-mados a este espectáculo en construcción, confesa-rían pronto que no carece ni de fuerza, ni de desesperación dramática. La otra máscara de este símbolo no sonríe. Ale-jada, al parecer, de las torturas reales que expresa-ba la primera, se ocupa en su propia tragedia intelectual: es el semblante que corresponde a la actual generación artística y literaria de México. En él, bruscamente, la temperatura cambia de sentido. La den-sidad del clima a que la otra contemplación nos había habituado, se convierte en una especie de ingra-videz real, atenta a los finos compromisos estéticos en que se debate. Se ha acusado a nuestra literatura de esta separación deliberada—e deliberada?—de sus temas con los que la vida del país le ofrece. Se le ha reprochado su desencanto sombrío, su peligrosa aris-tocracia y se le invita desde la orilla, es decir, en la zona neutra que el peligro no amenaza, a participar de sus dramas, a expresar sus inquietudes y también —e¿por qué no?—a desaparecer en su vértigo. Algunos han creído advertir en este decoro de los nuevos artistas de México, un retorno a las doc-trinas del arte por el arte. No contentos con adver-tirlo, han creído que revelarles su aparente descu-brimiento era ya acusarlos de desorientación, sin comprender que la más deplorable desorientación era la suya y que la belleza sirvió raras veces para ar-ma política sin perder algo de su adusta perfección.
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Por no parecer adular un sistema de cosas que aceptan y en cuya gestión pública algunos de ellos participan, los jóvenes autores de México han sentido rubor de establecer, con sus escritos, una literatura que pudiera creerse de propaganda. Miembros de la renovación de su patria, antes de tocar a la obra de arte, se desnudan de todo prejuicio que no sea el dogma estético, estricto, en que convergen, y fundan esta actitud en la misma escrupulosa razón que hacía sacudir a Goethe, antes de entrar a la quietud de su gabinete de estudio, el polvo con que los afanes de la calle le habían blanqueado las solapas oscuras del gabán. La suavidad de los matices de la altiplanicie que Pedro Henríquez Ureña descubría, con perspicacia, hace algunos años, en la calidad de nuestra lírica, es un efecto de este pudor. Salvo en algunos parajes de la costa, el hablar del mexicano, como los colores en el vestido de sus mujeres, es apagado y sobrio. Evita con elegancia los contrastes demasiado brus-cos, las disonancias demasiado vivas. Más que de so: nar parece dichoso de deslizarse en las eles líqui-das o de lazarse a sí propio, como en la mangana de uno de los charros de nuestras haciendas, en el silbido corredizo y redondo de las eses. Las cualidades de una literatura así, para no insistir en sus defectos, son la modestia, la sobriedad, el delicado equilibrio del pensamiento con la forma, de la idea y de la frase, de la sustancia y del perfil. Ni en los
Jaime Torres Bodet momentos en que el desenfreno romántico de la pa-sada centuria llevó a los poetas de España y de otros países de América a los peores extravíos, la literatura mexicana perdió este pudor esencial del gusto, al que no sólo en parte sirvió, acaso, de tamiz la sensibilidad irónica del sentimiento primitivo indígena. sobre cuyo fondo, en la hora de la conquista, vinie-ron a dibujarse los objetos de la cultura occidental europea.
Para los jóvenes que iniciaron su carrera literaria por 1915, año que, según alguno de ellos, debería considerarse como el origen común de su generación, el horizonte espiritual se encontraba formado, en gran parte, por el recuerdo del Ateneo de México que la contrarrevolución militarista de Victoriano Huerta y los movimientos civiles que la habían continuado acabaron de desintegrar. Apun-talando sus ruinas, quedaban en México algunas figuras de singular relieve. Entre ellas, las más distinguidas eran las de Antonio Caso y Enrique González Martínez. El uno en la filosofía, en las letras el otro, ambos—más aún que Alfonso Reyes o el mismo José Vasconcelos—fueron, en realidad, los maestros temporales de la promoción que sobrevino después. A la cátedra de Estética de Antonio Caso en la entonces Facultad de Altos Estudios, concurrían los estudiantes universitarios de mayor cultura: Manuel Toussaint, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano y otros, más jóvenes: Carlos Pellicer, José Gorostiza, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano. Recuerdo todavía con júbilo el espectáculo de aquellas noches de bello entusiasmo intelectual en que, si no nos arrojábamos los tinteros a la cabeza, sí, en cambio, paseábamos—bajo la caricia de esa luna de México que, por suave y balsámica, parece nacida de un madrigal de Hafiz—por las avenidas de la Ala-meda, en grupos desordenados o silenciosos, llenas de libros las manos, con rumbo cada quien a su pequeño destino propio, a través de una ciudad insom-ne, amenazada a cada momento por el asalto de una nueva bandería o puesta, cada noche, en subas-ta por la codicia de una nueva facción. Después, ya desligados de la influencia romántica de ese ambiente, algunos de aquellos jóvenes se han atrevido a juzgar el verdadero valor de Antonio Caso. Sin embargo, salvo algunas excepciones en que la riva-lidad profesional explica pero no excusa las discre-pancias, la gratitud domina a la crítica y, aun en los instantes en que analizan con menos favorable fervor sus libros, anotando sus errores, subrayando sus repeticiones, restringiendo—tal vez sin excesiva be-nevolencia—los márgenes de su originalidad, algo los detiene: la noción precisa-—y a la vez muy jus-ta—de que esos mismos defectos de la obra del pensador fueron consecuencia de sus admirables aptitudes de intérprete, de su elegante claridad de maestro. El otro altar de este templo disperso de nuestra cultura juvenil—mucho menos decorativo y solem-ne, pero más fecundo, porque también más íntimo— lo hallábamos en torno a Enrique González Martínez. La inteligencia de Antonio Caso resplandecía mejor, sin duda, a la luz escolar de la cátedra, pero el talento y la sensibilidad de González Martínez se entregaban todos en la conversación. Rica, entona-da conversación de hombre del trópico, más sor-prendente aún, para el recién llegado, en un poeta que, como González Martínez, había acostumbrado de lejos a sus lectores a una poesía reflexiva, abs-tracta, de mayor profundidad que amplitud y de más solidez arquitectónica que animación sensual y co-lorida. Dentro del cuadro actual de nuestra poesía, González Martínez representa, al mismo tiempo, el simbolismo de Régnier y de Verhaeren y el romanticismo filosófico de Vigny. Su ejemplo de honradez artística y humana nos ayudó a superar, cuando menos en el ideal, a los poetas menores que fueron sus contemporáneos y que, sin el genio de Darío, quisie-ron fabricarse una bohemia, repitiendo, en desvaídas versiones, los temas de la célebre Sonatina ode la Marcha Triunfal. Años más tarde, cuando en torno a ese grupo de
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Perspectiva de la Literatura jóvenes se fueron agregando otros y otros más hasta constituir un núcleo sólido, algunos de los escritores de esa bohemia anacrónica habrían de lla-marlos “poetas universitarios”, convirtiendo así instintivamente—para defensa de su propia incultura —en ataque una calidad que, más que motivo de burla, debiera serlo de elogio, Como la de Antonio Caso en la filosofía, la influencia de González Martínez en nuestra lírica pudo haber sido también, más adelante, discutida y, finalmente, abjurada por la mayoría de quienes la recibieron entonces con tan eficaz provecho. En desacuerdo con las nuevas preocupaciones de nuestra sensibilidad y nuestra sensualidad, menos apacibles y regulares que las suyas, logró dejar no obstante, en los mismos que ahora la niegan, una costumbre de probidad personal y artística con la que no todos sus antecesores nos te-nían igualmente familiarizados. “Torciéndole el cuello al cisne” de la retórica modernista, González Martínez intentaba una renovación, pero su obra tendía más bien a reconstruir, con los mejores materiales de la buena tradición romántica, una poesía de concentración y de pensamiento, más parecida dentro de su optimismo triste al estoicismo orgulloso de Alfredo de Vigny que al catolicismo sensual de Paul Verlaine, en Sages-se, oal epicureismo de Samain en Les Flancs du Vase y de Henri de Régnier en Les Mé-dailles d' Argile.
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De haber sido concebida algunos lustros antes y no haberla truncado el movimiento espiritual de post-guerra ¿qué hubiera resultado de esta poesía armo-niosa y fuerte que Ventura García Calderón no va-ciló alguna vez en calificar, con exactitud, de pu-ritana? Acaso un neorromanticismo bergsoniano, (*) de definiciones muy netas, pero impregnado todavía y cálido de una alta temperatura cordial. Al lado de Enrique González Martínez, en la re-dacción de Pegaso y, más tarde, en los primeros salones de México Moderno, se distin-guía la figura de Ramón López Velarde. Muy inteligente, muy noble y de sensibilidad muy bien orientada hacia los más agudos hallazgos del color y del gusto, los jóvenes hallaron en él las cualidades y los defectos que faltaban a González Martínez. Sus sentidos, ante todo, de espléndida virginidad natural ya sin embargo refinada y exquisita, acaso en virtud de la provincia católica en que el poeta vivió los primeros años de su niñez y de su juventud. Y, con sus sentidos, su estremecimiento espiritual, menos me-tódico y grave que el de González Martínez, más es-pontáneo en cambio, y más conmovedor.
(*) Es curioso, en ejecio, hacer notar cómo coincide la poesía de Jn-dque González Martínez con cierto aspecto —el más conocido sin duda— de la filosofía expresada por el autor de La Evolución Creadora. El re-sogimiento, la intimidad, que Bergson preconiza para la evaltación de la vida profunda— son, precisamente, la esencia del pensamiento que impregna la obra de González Martínez. También su fe, su especie de misticismo latco, su veneración por la vida, por las lecciones de su intuición, por los caminas praegmáticos de su enseñanza.
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Sin poder limitar proporciones, estas dos influencias, tan opuestas, se combinaron en la obra de todos o casi todos los nuevos. Del uno heredaron el amor a una forma depurada, a un idioma justo, a un pudor intelectual muy severo. Del otro, la curiosidad de nuevas sensaciones, el deseo de una metáfo-ra más original y plástica, el sentido del color y la voluptuosidad del tacto. Junto con estas conquistas de la poesía de Ramón López Velarde, sus contemporáneos especialmente, se dejaron seducir por otras, a nuestro juicio menos significativas. (*) Una de ellas, fué su mexicanismo. Mexicanismo que, profundo y admirable en él, ha quedado como simple fórmula, es decir, como falsa epidermis en las poesías de sus imitadores, convirtiéndose así, de paisaje que era, en escenario y de vestido en dis-fraz. Más que en todos los puestos de este domingo literario, el alma de México vive en el poema que Ramón López Velarde escribió, algunos meses antes de morir, para El Maestro. En esta Suave Patria del poeta, las cosas de México, sus mujeres, sus fiestas, sus ferrocarriles “que pasan por la vía como aguinaldo de juguetería”, sus selvas en que
(*) Canstituyen una encepción de honradez, por la sinceridad de su odra, los poetas Enrique Fernández Ledesma y Francisco González León, intérpretes ambos del suave espíritu de nuestra provincia católica y sentimen-jal. Más sabio el primero en el arte y la retórica de la composición, el segundo —en su actitud humilde— resulta más conmovido y más voancentra-damente nersonal.
Jaime Torres Bodet cruza, súbito, “el relámpago verde de los loros”, sus calles en que se derrama, al amanecer, “el santo olor de las panaderías” todo, en una palabra, de lo que tiene el color, el gusto o el perfume de México, se hallaba felizmente evocado, pero no con la minu-ciosa reproducción del copista sino con la intuición genial del poeta. ¡Qué pálido resulta, junto a este sentido insustituible de la patria en López Velarde, el nacionalismo de ocasión de sus imitadores y cómo nos comprueba una vez más este contraste que el argumento y el ornato no añaden nada a la lírica, sino que se embellecen de sus méritos y se renuevan en su juventud!
Del primitivo núcleo del Ateneo de México, se hallaban entonces ausentes—por los aza-res de una vida pública siempre agitada y dispersa — dos de sus más vigilantes espíritus: José Vasconcelos y Alfonso Reyes. El primero, seducido desde muy joven por las sirenas de la acción, se había lanzado—nuevo e imprudente Ulises—a todas las escaramuzas de la guerra civil. ¿Cómo y por qué serie de milagrosos esfuerzos, pudo este hombre conservar ilesa la dignidad de su numen, en el vértigo de aquellos años sin brújula? Desterrado un día, al siguiente Ministro de Instrucción Pública en el gobierno emanado de la Convención, una semana después, errante de nuevo y perseguido, de cerca, a través de las estepas del Norte, por las fuerzas al servi-cio de Carranza, Vasconcelos parecía, como los hé-roes de algunos dramas griegos, o, como las figuras que se reemplazan en el cinematógrafo, interesado sólo en huir de sí mismo, creando—con esta continuidad de ausencias—su personalidad. Las playas de California, las calles de Chicago y Nueva York, las quietas plazas virreinales de Li-ma, lo vieron, durante esos años, rememorar una patria que empezaba a creer abolida y esperar, sin esperanza, el amanecer de una libertad universal. Por momentos, acosado de la furia con que la creación se impone a ciertas almas, lo olvidaba todo para en-cerrarse en un silencio místico. Sus amigos improvi-sados lo sentían entonces distante y como hermético. Así se formó Pitágoras y, después, junto con los relatos y anécdotas que reunió con el nombre de Divagaciones Literarias, asíse for-maron también los primeros ensayos del Monis-mo Estético. En esta obra, henchida de sugestiones, el autor intenta oponer la energía estética, pitagórica, al dinamismo newtoniano y busca los orígenes mismos del gusto en un acto de espirituali-dad religiosa, trascendente, merced al cual—a su juicio—se logra definir la unidad interior de los fenó-menos heterogéneos.
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De regreso a su patria, la acción—a la que este Ministro de la Regla parece haber querido consagrar lo mejor de su espíritu—había de apoderarse nuevamente de él, para no dejarlo continuar la ruta de sus
L. del
Jaime Torres Bodet primeras creaciones. Salvo algunos aciertos, entre los que se distingue su ensayo sobre la Revul-sión de la Energía, nada hallaremos después, en su obra escrita, comparable al Monis-mo Estético. Contagiado de la prisa de hacer —ila prisa, qué terrible enemiga de la perfección !— sus libros posteriores se resienten todos de esa ner-viosa impaciencia que, acaso, ayude en él al polemis-ta, pero perjudica indudablemente al pensador. Por el temblor y la temperatura de su estilo, por la sinceridad apasionada de sus opiniones y por el ímpetu sin crítica con que emite y defiende sus juicios, Vasconcelos, más que un filósofo, es un lírico y un inspirado. Fuera de sí propio, se pierde en seguida. Cuando trata de resumir sus estudios indos-tánicos, no consigue sino extraviar al lector en el dédalo de una exposición sin método. En cambio, ¿quién, como él, sabría definir las confusas relaciones con que el instinto lo encadena, con religioso vínculo, a cada una de las teorías de que se siente poseído? En esta dirección, podríamos más bien de-finirlo como un místico y, haciendo uso de sus propias palabras, decir de él que “al conciliar, no abs-trae, intensifica lo concreto, lo universaliza y lo convierte en valor estético infinito.” Tan diverso y sutil como Vasconcelos enérgico y simple, Alfonso Reyes provenía de otras inquietudes y realizaba otros propósitos. Dueño, desde muy joven, de una cultura en la que la solidez no era
Perspectiva de la Literatura obstáculo a la elegante agilidad y en posesión de un estilo hecho, como el color del agua, de su sola y lí-quida transparencia, Alfonso Reyes examinaba, a los dieciocho años, los agudos carrizos en que Ma-llarmé eternizó el soplo de su fauno cerebral y de-cadente. Posando sus labios tímidos sobre las huellas del dios, ensayó en esa avena sus primeros can-tos. Depués, con Cartones de Madrid, con El Suicida,con Simpatías y Diferen-cias, Alfonso Reyes dió prueba de la extraordi-haria flexibilidad de su ingenio. Su destino consistió en anudar una cadena de compensaciones constan-tes. La sucesión misma de sus libros, recuerda la sa-biduría con que el alpinista escala las alturas más di-fíciles, alternando la ascensión con el reposo, las obras con las pausas. Ha sido un animador. Su correspondencia, sus libros—ey qué libro suyo no fué una carta abierta?—sus artículos de crítica, sus poemas mismos, incompletos si se quiere pero muy bien orientados, llevaron siempre esta dirección: re-cordar a todos los compromisos del espíritu, su fidelidad indeclinable. Al lado de Alfonso Reyes, en los corrillos de la Escuela de Jurisprudencia, hervía la inquietud inge-niosa de Julio Torri, a quien—por la lucidez intelectual y la mordacidad de la ironía—sus compañeros habían puesto el sobrenombre de Hermano Diablo. Educado en la lectura de los mejores clásicos españoles o ingleses, el estilo en que Julio Torri escribía de
Jaime Torres Bodet tarde en tarde sus breves y preciosos ensayos era ya, entonces, de una extraordinaria pureza. Menos suave que el de Reyes, obedecía a una arquitectura interior más estricta y, a diferencia de aquél, se go-zaba no en ocultar sus dificultades bajo una sonrisa de exquisito diletantismo, sino en superarlas, hacién-dolas más visibles y adornándose, como con una gracia más, con el recuerdo constante de su limitación. Espíritus de tan atormentada calidad no suelen ser muy fértiles y es así como Julio Torri no ha enriquecido el caudal de la literatura mexicana sino con un breve volumen de Ensayos y Poemas. ¡Pero cuántas otras más copiosas contribuciones no daríamos a cambio de esta sutil alforja en que los manjares más raros y el más añejo vino se conser-van para la curiosidad y el deleite del conocedor! En años en que el único género de poemas en prosa imitado en México era el de Baudelaire y Aloy-sius Bertrand, Julio Torri logró modelar pequeñas obras maestras, absolutamente originales, que debían poco a estas dos influencias y que estaban ya—- por el espíritu y por la intención——más cercanas de Max Jacob que de Garpard de la Nuit. Martín Luis Guzmán fué otro de los miembros del Ateneo que había de destacarse, después, con relieves muy firmes. Su primer libro, A Orillas del Hudson, reunía crónicas amables de pensamiento, junto con pintorescos apuntes de viaje y notas inteligentes de crítica, pero el escritor no había dibujado todavía, en esas páginas, su perfil. Fué preciso un silencio de varios años para que se for-jara esa personalidad robusta en que las contribuciones conjuntas del periodismo y la acción producen ahora un resultado muy moderno y, a la vez, muy tradicional. Los relatos de la revolución que publicó, domingo a domingo, en el suplemento de uno de nuestros diarios y que acaba de reunir en un grueso volumen: El Aguila yla Serpiente, constituyen, hasta ahora, el anecdotario más rico, aunque no siempre el más imparcial, de esta época de nuestra guerra civil. Los efectos que logra están obtenidos no como en Los de Abajo, de Mariano Azuela, por una mera simplificación del procedimiento y del estilo naturalistas, sino merced a un esfuerzo de recreación artística que da a sus aciertos un mérito más: el de una técnica más estricta. Para cerrar el panorama de las aportaciones in-dividuales de este grupo, habría que dibujar aquí— ¿con qué lápiz indeciso, trémulo?—la silueta de uno de sus espíritus más curiosos y, acaso, más inasi-bles. Me refiero a Eduardo Colín, autor hasta ahora de dos interesantes libros de crítica: Verbo Se-lecto, Siete Cabezas, y de una colección valiosa de poemas originales: La Vida Intac-ta. De calidad angulosa y un poco cortante, su estilo procede, en la prosa, por sucesiones de espasmos, en un temblor que pone de manifiesto, a la vez, la considerable inteligencia casuista del autor y su
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Jaime Torres Bodet temor o su incapacidad para las generalizaciones demasiado vastas. Educado en la escuela de crítica literaria que representó, para el Simbolismo, la figura de Rémy de Gourmont, Eduardo Colín, vacía, en el molde muy preciso de sus máscaras, el perfil evasivo, en evolución constante, de la personalidad literaria o artística que procura definir.
Los resultados de la labor desarrollada por el Ateneo de México hubieran sido, incuestionablemen-te de provecho más amplio en una época de paz. Dis-gregando sus elementos y exagerando sus primeras discordias, la revolución no destruyó sin embargo su influencia. Frutos de su anhelo de depuración artística habían de serlo—si no los jóvenes inmediatamente contiguos—aquellos que iban a formar en las filas de la siguiente generación. Así, entre ellos y el Ateneo, se consolidó un grupo de inteligencias dirigidas, más que a la creación, al estudio, a la enseñanza, a las investigaciones del derecho y a las definiciones de la historia. Sus miembros más distinguidos —los más cercanos también a la vida y a las preocupaciones del Ateneo— fueron Manuel Toussaint y Carlos Díaz Dufóo, hijo. El primero, conocido de la literatura iberoamericana por sus excelentes ediciones de José Asunción Silva, Enrique González Martínez y Sor Juana Inés de la Cruz, demostró, desde un principio, aptitudes considerables de crítico. Un libro de Viajes por España, escrito con amor, con delicioso conocimiento, con recogido e insinuante estilo, fijó una fecha en el desarrollo de su personalidad. La calidad de un escritor suele reconocerse, más que en ninguna otra, en esta peligrosa hazaña: el libro de viajes. Los límites se pierden pronto, en efecto, dentro de él para quien se deja conducir por la velocidad de sus curiosidades o por su ímpetu. Bellos como una aventura, los libros de viaje que no son un viaje a su vez son, casi siempre, o un desencanto del espíritu o un fracaso de la imaginación. Manuel Toussaint supo conservarse en el suyo más allá de la ti-midez pero no más allá de la prudencia. Su obra, llena de ese juvenil entusiasmo del viajero que no es todavía un erudito, se complace sin excesos en recrear, para un público ilustrado, los paisajes y las costumbres de la España que amó y lo logra a menudo sin eludir los compromisos de su propio deleite, con un fino egoísmo estético, a lo Stendhal. Como Alfonso Reyes, Torri, Caso, y en parte, el mismo José Vasconcelos, Manuel Toussaint y Carlos Díaz Dufóo hijo se habían dejado modelar por la disciplina intelectual de Pedro Henríquez Ureña, pero, en tanto que Manuel Toussaint seguía de cerca los pasos de Alfonso Reyes, Díaz Dufóo se encontraba más íntimamente ligado con el talento paradó-jico y sutil de Julio Torri. De allí el tono y la temperatura de Epigramas, el único libro que se
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Jaime Torres Bodet ha resuelto a publicar. Más que un volumen de verdaderos epigramas, esta obra reune—en un desorden no exento de lógica—varios grupos de carac-teres, dibujados, como en la escuela de La Bru-yére, sobre un cartón de maliciosa psicología con el lápiz de un estilo pintoresco, tan hábil en la abstracción de lo que define como intencionado en el perfil de lo que insinúa.
Los otros representantes de la promoción post-ate-neísta, los que no se han dedicado aún a la literatura o lo han hecho sólo excepcionalmente, son Antonio Castro, Alberto Vázquez del Mercado, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo y Narciso Bassols. Los dos primeros, junto con Manuel Toussaint, publicaron hace tiempo una Antología de las Cien Mejores Poesías Líricas Mexicanas. Después, atraído el uno por la política, el otro por la di-plomacia, ambos callaron. De Antonio Castro, se dice que prepara una obra fundamental sobre la historia de la literatura mexicana, desde los orígenes hasta nuestros días. El talento y la seguridad crítica de que ha dado muestras en otros ensavos, lo ha-ría desear así, para bien de los estudiosos a quienes hace falta un resumen de esa índole. Un poco al margen de su movimiento se formó, en 1918, un núcleo de cuentistas y novelistas del virreinato, del que Genaro Estrada había de ser, con el tiempo, el último representante y, a la vez, el exa-minador y el crítico. Artemio de Valle-Arizpe—el
Perspectiva de la Literatura primero de los escritores del grupo—ha sido, también, el de más fecunda vena. Desde Ejemplo hasta La Muy Noble y Leal Ciudad de México, cuatro son los libros de relatos que ha editado, todos ellos escritos en una prosa rica y en-sortijada que recuerda—por la abundancia de los pliegues y los encajes de que se adorna—el andar de una opulenta dama del virreinato, cuando no— por la ostentación de los follajes, labrados y volutas que lo revisten—el altar de una iglesia española de la época de Churriguera. De su paso por el género colonial, Francisco Monterde conservó dos agradables narraciones: El Madrigal de Cetina y El Secreto de la Escala, en tanto que Julio Jiménez Rueda— que dedica, ahora, al teatro lo mejor de sus activida-des—escribía, en torno a la vida de Sor Juana, una novela de época: Sor Adoración y reunía los materiales de Moisén, historia de judaizantes e inquisidores de la Nueva España en el siglo XVII, trazada en breves entreactos de cuya concisión un poco efectista se resiente, a la postre, el interés no-velesco del conjunto. Dueño de una bien orientada cultura histórica, Ermilo Abreu Gómez publicaba entonces Romance deReyes, El Corco-vado y La Vida del Venerable Grego-rio López, obras que una sutil interpretación de la poesía del Virreinato impregna y que avalora el sentimiento de un estilo insinuante, limpio, borrado a veces por la niebla de una ligera oscuridad interior. El examen de estas nuevas caballerías—tan abundantes en doncellas y endriagos como las otras —había de aparecer años más tarde, compuesto por uno de los autores que las habían enriquecido más en un principio. Pero Galín es, en efecto, la historia de un bachiller moderno, a quien la manía de las antigiiedades hubiera acabado por enloquecer, de no venir a sacudirlo de la torpeza en que langui-decía el amor de una mujer joven, educada en Los Angeles y experta; naturalmente, en achaques de amor y de cinematógrafo. Lo menos importante, sin embargo, dentro de esta novela, es la novela misma y los capítulos que se leen con mayor interés los que el autor dedica, al principio del libro, con deliciosa inteligencia, a parodiar a los escritores que, de-formando su estilo natural, se fabrican una fabla monótona y redundante por un sencillo sistema de arcaísmos y de combinaciones gramaticales desusa-das. Sin querer presentarse como un modelo de audacia, la prosa de este relato es, por la agilidad y la frescura de su concepción, de un sabor muy moderno y simple. Para completar el cuadro de la acción ejercida por el Ateneo de México, sería menester estudiar, aquí, a los escritores y ensayistas que, sin haber pertenecido a él, han ido apareciendo en épocas posteriores a la de su homogénea actividad, pero con ho-rizontes de cultura muy semejantes a los de sus principales intérpretes. Uno de estos espíritus es el de Bernardo Gastélum, quien, tras de un tratado de Psicología escrito como ilustración de la cátedra que sobre esta materia explicó hace algunos años en la Universidad de Occidente, ha dado a la publicidad—en 1927—un volumen de ensayos filo-sóficos, editado por la Colección Contemporánea de la casa Calpe, de Madrid, con el nombre de Inteligencia y Símbolo. En dl estudia la mayor parte de los problemas psicológicos que se rela-cionan con el drama de la adolescencia y obtiene conclusiones nuevas, especialmente en los capítulos que dedica a la estética del amor, al contenido de la expresión y al arte como actividad de la juventud. Con una orientación más clara, inicia ahora un nuevo libro: Física de la Actitud del que anticipa—en edición especial de este año—un juicio sobre “La clase, considerada como arquitectura de la comunidad”. Valido de una amplia documentación histórica, comprueba en él la categoría biológica de las clases y su imprescindible necesidad social. Ca-racteriza al pensamiento de este escritor, una atinada consecuencia lógica y lo enriquece, con sus materiales técnicos, una cultura en que la amplitud no estorba al sentimiento de la particularidad. Al lado del Ateneo, separados de él por las direc-ciones mismas de su vocación, figuraron otros hombres de letras que no aparecen en la perspectiva —ne-nó
Jaime Torres Bodet
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Jaime Torres Bodet cesariamente limitada—de este paisaje, porque algunos, representan todavía las maneras de una estética anterior y otros, como Luis G. Urbina —de quien la Antología de la Poesía Mexicana Moderna editada por Jorge Cuesta reproduce varios sonetos de un lirisma realmente admirable— forman parte de una promoción ya definida que, por sus gustos y sus preferencias, constituye un fondo armónico al movimiento espiritual que le sucedió. En este paréntesis —que no omite el mérito pero que las proporciones y la continuidad lógica de nuestra perspectiva exigen—se instalan los poetas Rafael López y José de J. Núñez y Domínguez; de elegante retórica parnasiana el primero, el segundo de un amable matiz romántico heredado precisamente de la inspiración del poeta de Lámparas en Agonía. También debe figurar aquí el novelista Carlos González Peña, autor de varios fuertes relatos de tendencia naturalista en que se advierte, mez-clada al recuerdo de D'Annunzio y de Emilio Zola, una reproducción muy fiel de los medios sociales que formaban, por 1910, el ambiente confinado y difícil en que iba a estallar la revolución. Fuera de esta pausa y en contacto más directo con las inquietudes de algunos sectores juveniles, quedaron la personalidad y la obra diversas de José Juan Tablada. ¿Qué corriente ideológica, a partir del modernismo, no vino a enriquecerse en su curiosidad? Sin suficiente pereza para perdurar en nin-e
Perspectiva de la Literatura guna, Tablada parece haber puesto su orgullo no en poseerlas con pasión de verdadero poeta—de verdadero amante—sino en acariciarlas con inteligencia de crítico para desprenderse más pronto de ellas y para más pronto difundirlas también. Su voluptuosidad se perfeccionó sin duda con este roce de cada doctrina, de cada inquietud nueva en su indecisión. Pero ¿cómo habían de enriquecerla tan pasajeras contribuciones, constantemente en marcha, ocupa-das unas y otras en perseguirse, rara vez satisfechas de sostenerse y orgullosas todas de reemplazarse? Sólo una abstracción esencial de toda lírica podría explicar la rapidez y la elegante deportiva perfección de sus virajes. Con las botas de siete leguas que la curiosidad le calza y que, al lector que lo sigue, dan la impresión de desplazarlo sobre una rápida geogra-fía de ensueño, las distancias más largas se acortan y el Verlaine refinado de las Fiestas Galan-tes queda a un paso del Omar Khayam de los Ru-bayats. Tan cerca el uno del otro como de la inspiración baudeleriana y renacentista del Flori-- legio, la poesía cortada, recortada y entrecorta-da de los deliciosos kai hais de Un día... y de El Jarro de Flores.
Una personalidad se destaca, sin conexiones de partido ni deferencias de cenáculo: la de Mariano Azuela que, con la publicación de dos novelas breves: La Malhora y Los de Abajo, haob-tenido en pocos años—tras largas épocas de olvido—
Jaime Torres Bodet una de rápida notoriedad. Sin preocupaciones de estilo, más interesado en descubrir a sus personajes que en describirlos con la delicada lentitud del pro-sador artista, las cualidades de Mariano Azuela son las que más frecuentemente hallamos en el buen novelista tradicional: el sentido pintoresco de los tipos, la inteligencia teatral de las situaciones y, sobre todo, el don de una psicología esquemática; por eso mismo, a primera vista, más impresionante. Sin insistir en lo que éxito de este escritor pudiera deber a ciertas coincidencias de oportunidad ni buscar una fe política muy generosa en el pesimismo esencial con que limita los problemas que el argumento de sus relatos le propone, hay que declarar que su propio decoro lo hizo digno, la mayor parte de las veces, del tema que se impuso. No agotó, naturalmente, la veta. Ni el admirador más confiado pudiera creerlo, ni él mismo—tan laborioso y modesto—lo querría. Pero fué mucho ya el haber enfocado, con esa audacia de novelista, con ese temblor característico también, el caso de la revolución mexicana, sin caer en confusas digresiones demagógicas ni en error de gusto alguno,
Por un procedimiento que, en vez de eliminato-rio, ha resultado ser, en realidad, de tímida orientación, nos encontramos ahora frente al despertar de
Perspectiva de la Literatura una nueva literatura. ¿De una literatura nueva? Las influencias interiores que la norman se desprenden de la calidad de las tendencias que analizamos al hablar de González Martínez y de Antonio Caso, de Alfonso Reyes y de José Vasconcelos, ya que, sin que hayan sido, en verdad, los maestros de nuestra generación, sería injusto no reconocer lo que sirvió —a los más jóvenes—el ejemplo de probidad intelectual de González Martínez, la lección de energía de José Vasconcelos y la sutil curiosidad de Alfonso Reyes. Más que su influencia directa, lo que recibi-mos, a través de ellos, fué el mensaje del mundo literario y filosófico, en que iban plasmando sus propias conquistas. Así, para nosotros, el nombre de José Vasconcelos se encontrará siempre ligado—con esa solidez que guardan, hasta en la senectud, los recuerdos de la adolescencia—al de Romain Rolland, cuya lectura recomendaba desde la Rectoría de la Universidad en una hora de optimismo y de laboriosa confianza administrativa, al de Beethoven y al de Tolstoi. Así también, para nosotros, la obra de Enrique González Martínez no se reducirá al solo admirable conjunto de sus libros de poesía. A él quedará unida, en México, la memoria de todo el simbolismo francés que comentó en conferencias de gran penetración crítica e introdujo al caudal de nuestra cultura por el doble conducto de sus poemas originales y de sus traducciones. Acaso Maeterlinck, Verhaeren y Rodenbach, Régnier y Samain, Francis Jam-mes y la Condesa de Noailles, no habrían significado para nosotros todo lo que significaron, de no encontrarse reunido el acento de sus nombres a un problema de estética de la juventud, planteado a nuestro análisis, por el lirismo de Los Senderos Ocultos y La Muerte del Cisne. Mucho más complejo que el resumen de estas disciplinas, sería hacer el mapa de las alusiones exó-ticas, de las influencias o de los ejemplos anteriores en que nos reconocimos. Pero en la dificultad de lograrlo, es curioso al menos hacer notar que, en tanto que los maestros de la lírica latinoamericana durante el modernismo fueron los simbolistas franceses, la prosa vivió, en aquellos años, de reproducir los modelos españoles más o menos puros. Invirtien-do con ventaja los términos, la evolución actual vuelve a interesarse por el caudal de nuestra poesía auténtica, pero busca, para apagar su sed, otros ejemplos de prosa que los exquisitos de un Valle- Inclán, porosos y compactos de un Galdós o limitada-mente personales de un Azorín. El conocimiento de la literatura norteamericana—que, con excepción de Poe y de Whitman—había permanecido inédita para los grupos anteriores a esta promoción, ha sido— para ella—de los resultados más útiles. Sería imposible acertar desde ahora en la elec-ción de los escritores jóvenes que habrán de realizar obra más importante en lo porvenir. La labor del crítico tendría que participar de la lucidez del mago
Jaime Torres Bodet
Perspectiva de la Literatura para no equivocarse, en las proporciones en que la realidad suele no corresponder a la esperanza. Fun-dándonos al menos en la seriedad de los intentos que llevan publicados y en la cultura de que se ha-llan provistos, podríamos citar, en primer término, a los jóvenes que iniciaron, en 1918, el Ateneo de la Juventud, distinto dell Ateneo de México en su constitución y en buena parte de sus propósitos esenciales. Este grupo en el cual—entre otros de los nombres que ya hemos estudiado a su tiempo—figuraban Carlos Pellicer, Martín Gómez Palacio, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza y Enrique González Rojo, se encontraba conce-bido dentro de tal elasticidad que pudo subsistir sin oponerse a la libertad individual de cada uno de sus miembros.
Calos Pellicer, José Gorostiza, Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo son, exclusivamen-te, poetas. Martín Gómez Falacio ha alcanzado, en cambio, mayores éxitos en la novela, gracias a dos libros, desiguales en proporciones y en mérito. El primero, El Santo Horror, descubría el drama oscuro de una conciencia juvenil, interrogada por la esfinge de un doble amor simbólico, con raíces—a la vez—en el espíritu y en la carne; con frutos en el deseo y en la renunciación. La solidez del análisis psicológico y, en general, la temperatura del relato, hacían de este libro la promesa de un gran novelista. ¿Por qué entonces El Mejor de los Mun -
Jaime Torres Budet dos Posibles, la segunda de sus obras de amplio aliento? El tema escogido: la revolución mexicana, era, en esta ocasión, de un alcance mucho más difícil y complejo, pero ¿por qué tocarlo si el autor no se sentía aún dueño de vencerlo?
De los poetas del Ateneo de la Juventud, Carlos Pellicer es el de un caudal lírico más impetuoso y abundante. Nacida bajo los signos de Lugones y de Santos Chocano—que son signos fa-tales en el zodíaco de las retóricas —su poesía se des-ligó bien pronto del lastre externo de esas influencias. Brotó entonces a la superficie de sus versos la más hermosa de sus cualidades: esa especie de apo-teosis salvaje de los sentidos en que su espirituali-dad de hombre del trópico, al mismo tiempo, se vis-te y se desnuda. Cronológicamente anterior a sus compañeros, Carlos Pellicer se anticipó también a ellos en la ambición por definir un ideal plástico del paisaje. Estaba entonces de moda una absurda cla-sificación de los poetas en “subjetivos” y “objeti-vos”. Pellicer exigía orgullosamente—¡con cuánta razón lo reconocemos abora!—un puesto: el primero, entre los segundos. La poesía de José Gorostiza ha nacido de un vo-luntario regreso a la tradición española del siglo XV. Su “manera”, como la de Rafael Alberti, escapa de la contaminación popular meramente folk-lórica, pero no desdeña tocarla, en los ángulos más distantes de su vuelo. Extraordinariamente elaborada, su obra
Perspectiva de la Literatura es un caso de cristalización poética prematura, insólito en los jóvenes. De una carta suya, reciente, en que habla de las cualidades y de los peligros de ciertas obras actuales, extraigo estas líneas que di-bujan, por ausencia, su silueta real: “En todo caso, es mejor no modernizarse, sino entroncar bien en lo viejo. Si me dieran facultades para escribir Her - mann y Dorotea oel Ulysses, escribiría aquél...”
Bernardo Ortiz de Montellano—que ha publica-do dos libros de versos: Avidez, en 1921 y El Trompo de Siete Colores, en 1925— prepara ahora un volumen de poemas en prosa: Red, en que sus cualidades de observación precisa y de fantasía sutil se hacen más delicadas y firmes. El tema mexicano insinuado por la poesía de Ramón López Velarde y exagerado o torcido por sus imitadores, apunta también en la obra de este escritor pero con un matiz distinto, más íntimo que pintoresco y menos descriptivo que musical. Conte-ner el sabor, el perfume y, sobre todo, el sentido ar-monioso de los objetos y de las formas de México sería la ambición más viva de su lírica si no le comu-nicara ya, por su sola presencia, el secreto de un atractivo evocador. Más ambiciosa, la obra de Enrique González Rojo quiere tocar, a la vez, a la sobriedad antigua que, desde los años juveniles, fué su estímulo y a la com-plejidad moderna, en la que su inteligencia encuentra un tema y procura una dirección. Menos confiado que sus compañeros en las ventajas del verso libre, lo maneja no obstante con fluidez y su poesía— que gira siempre en torno al eje de una idea o de un símbolo—une, en concordia feliz, los materiales de la tradición y los compromisos de la libertad. Inmediatamente posterior a este grupo apareció, en 1922, el de Xavier Villaurrutia y Salvador Novo que congregó hace poco el nombre de una revista: Ulises y la expresión de un ideal gidiano: la curiosidad. La inteligencia de Villaurrutia, más orga-nizada y culta, lo ha convertido en el crítico de este pequeño cenáculo al que asisten dos de las promesas más seguras de la nueva generación: Gilberto Owen y Jorge Cuesta. Su poesía, cortada según el mismo ángulo agudo al que sometió, desde un principio, la elaboración de su prosa, describe, junto con los estados espirituales que producen los objetos en nuestra conciencia, su forma misma, suprimiendo a veces el espacio que los sitúa, agrandándolo otras, em-pequeñeciéndolo más a menudo. Sin nexos con la pasión romántica, su espíritu acierta mejor en la expresión de algunas emociones de carácter especialmente intelectual, como la visión de una naturaleza muerta o el duro argumento de un sueño. Un libro de Ensayos definió en seguida a Novo. Ordenado en dos secciones (verso, prosa), tocaba por todas partes a la ironía. Escasas vacila-ciones traicionaban en sus poemas la huella del prin-cipiante y el poeta parecía, así, haber invertido el orden sus estaciones: su primavera era ya su madurez, su otoño y—por el descarnado esqueleto de sus emociones deshojadas—su invierno. Con menos limpidez irónica que en la de Novo y un vigor menos significado que en la de Pellicer, se advierte ya, en la obra de Maples Arce, una generosa inquietud de renovación que, aunque no modi-fica sino la superficie de sus poemas ín-terdictos, acabará muy pronto por destruir los andamios interiores , románticos, sobre cuyo esqueleto sentimental el lector atento había visto esbozarse su demasiado rápida construcción. Todo cabe, todo—hasta la poesía—en la impaciencia laboriosa de este poeta. Pero la temperatura que circula en las arterias de sus alejandrinos lo salva en el preciso punto en que lo compromete, ligándolo— a él que hubiera querido aterrizar de un salto hermoso, brusco, sobre el litoral de un mundo nuevo—con la misma tradición de melancolías que el programa lírico de su escuela: el estridentismo hace profesión de abominar.'
Jaime Torres Bodei
Perspectiva de la Literatura
Con la insinuación de lo que estos jóvenes va-yan a definir de sí mismos en el futuro, nuestra visi-ta a los talleres de la literatura mexicana actual queda súbitamente terminada. Es claro que no todos
Jaime Torres Bodéet los nombres que estimamos podían caber dentro de sus límites discretos. El hecho de haber omitido a algunos no implica desdén para su obra; se funda, sólo, en el deseo de dar al paisaje descrito una unidad esencial, lógica y cronológica a la vez. Si me equivo-qué al pensarlo, si, en contra de lo que supongo, alguna omisión pudiera sentirse violenta, la amplitud del asunto que debía tratar me excusaría. Este es, no obstante, a grandes trazos, el cuadro de nuestra literatura viva. Estas las corrientes ideológi-cas en que sus talentos se mueven. Literatura que busca, a través del dolor de la vida, que no refleja sino en parte, un cielo más puro que mirar y un horizonte más limpio al que circunscribirse. Poesía en que el “yo” se contempla con una rara exactitud y una penetración psicológica muy fina. Novela en que aparece por momentos—entre ángeles y abis-mos—el escenario brusco de la revolución. Como su pueblo, la literatura de México asciende, hacia la luz, en un esfuerzo de todas las horas, interrumpido también a todas horas. ¿Cómo atreverse sin embargo a acusarla de las deficiencias que no ha sabido colmar, si en años en que el equilibrio parecía por todas partes roto, ella logró siquiera conservarse dentro de la pureza del gusto y la discreción que le eran esenciales?
Jaime TORRES BODET
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