Page 40 · spans the page · from the scan, no model involved

The clipping this text was read from
The clipping this text was read from

PEQUEÑOS TEXTOS

COMENTARIOS DE GRABADOS

LA MADRE JOVEN

TARDE ésta de la más hermosa estación, tan plena como una naranja cuya madurez se acentúa. El jardín en todo su vigor, la luz, la vida, atra-viesan lentamente la época de perfección de su naturaleza. Se diría que todas las cosas, desde su origen, no han venido haciendo más que madurar este destello de unos cuantos momentos. La felicidad es visible, como el sol. La madre joven respira lo más puro de su propia substancia en las mejillas del niño que sostiene. Lo estrecha contra sí, para que siga siendo, siempre, ella misma.

Paul Valéry

Abraza lo que hizo. Se olvida y se alegra de ha-berse dado, ya que vuelve a tomarse y a encontrarse indefinidamente en el tierno contacto de esa carne cuya frescura la embriaga. Y sus hermosas manos aprietan vanamente el fruto que ha formado, pues que se siente por completo pura, y como virgen col-mada.

Sus ojos distraídos acarician el follaje, las flores y el conjunto espléndido del mundo. Es como un Filósofo y un Sabio natural que ha encontrado su idea y se ha construído lo aue le faltaba.

Duda si el centro del Universo está en su corazón o en el corazoncito que late entre sus brazos y hace vivir en torno suyo a todas las cosas.

EL HOMBRE VOLADOR

Lo que es imposible, lo que su naturaleza le pro-hibe, es tentación perpetua para el hombre. No puede concebir nada peor que vivir como vive. Es por eso que envidia a los peces la libertad de sus juegos

Pequeños Textos con el mar, y el divertirse en su profundidad tan fácilmente como en su superficie. Mayor envidia aún sentimos por los seres que se mueven en los aires, donde, creemos, serán tan di-chosos. Su necesidad es nuestro capricho. El modo obligatorio de su vida es cabalmente el tipo de nuestro sueño. Así, pues, hemos acabado por construir lo que necesitábamos para ser semejantes a los animales que vuelan. Construimos máquinas de madera y de tela; les atamos un tiro de aire que las arroja a lo alto del cielo; alcanzamos así hasta las regiones más enrarecidas de la atmósfera, por encima de todas las nubes. La muerte vuela con nosotros. Nos sigue al sol, atraviesa los brazos de mar, cruza el mapa. Mira, abajo, París como, nada más, un poco de saliva. Pero por orgullosa que sea, por embriagada de su suerte que se sienta, es muy poca cosa junto al hombre que vuela y la considera una nada. Ese desprecio es el verdadero secreto de su movimiento.

LA CAZADORA

La cazadora está cansada. De pronto tiene que apoyarse en el tronco de un árbol; tiene que pensar.

Paul Valéry

La fatiga embrolla y rompe la carrera. El cuerpo manda, se desvanece la meta. La joven enrojecida y rota se niega a perseguir a su presa; todo el impulso adquirido se cambia ahora por cosas pasadas, por cosas futuras. Ahora, impotente ella, viene el ciervo a mirarla y a compadecerla. Adelanta el hocico húmedo hacia el seno que el alma levanta. Toda la fábula se acerca poco a poco, curiosa, a la cazadora extenuada, toda la fábula baja de las ramas y de las nubes, se arriesga despacio fuera de sus escondrijos. Husmea el uno las polainas, lame el otro las manos de esa mortal tan rendida que cede al infinito del bosque. Podrían picotear sus orejas. Toda la fábula y toda la infancia serenadas se acercan seguras y se mezclan a favor de las sombras en ese descanso misterioso, en donde se confunden la fatiga, los recuerdos y el rumor profundo y vago de la vida y del bosque.

LA AMAZONA

Y EGUA mía, mi hermosa yegua, iremos al bosque a no pensar sino en nosotras mismas. El aire vivo, las sombras, los árboles, los retiros, los movimientos de tu movimiento —los fantasmas que arranca el furioso galope a los ramajes, y que

Pequeños Textos tira luego a la nada, tras de sí, — los paisajes pro-fundos que entreabre y cierra en seguida tu carrera, —<y esa rara transparencia giratoria de los claros del bosque con sus columnas innumerables cuando se les atraviesa de prisa, — ¡que todo esto nos haga un sueño y una ausencia desatinada! Que tu cuerpo conduzca a mi cuerpo. Yo soy bella como bella eres tú. Eres tú mía y yo soy tuya... ¡En marcha, hop! Espera un momento para asegurarme el sombre-ro, para ponerme sobre el seno esta rosa roja y só-lida, para que me entregue el escudero ese fino lá-tigo.

No es para ti, bestia rubia. Es para esos jóvenes que no se atreven a jugar con el amor.

EL ATENTADO

N ECESITAMOS dinero. Iremos a tomarlo donde lo haya. No nos gustan ni el trabajo ni la incertidum-bre. No somos laboriosos, no somos jugadores. Compraremos pistolas y máscaras de seda fina. Una media de mujer servirá para el caso. Iremos al bosque a combinarlo todo; al café, a estudiar la guía de los ferrocarriles. Tomaremos ese hermoso tren noctur-no. Está lleno de ricos que duermen. Sabemos que en determinado punto disminuye su velocidad. Pon-dremos ahí a nuestros amigos en el coche que habrán robado. Esperaremos. Tú dejarás tu sitio a la hora que las circunstancias lo exijan. Yo estaré en el pasillo, con cinco tiros en cada mano. Encenderás la luz bruscamente. Bruscamente harás esa entrada aparatosa que paraliza los corazones y los miembros. No hay que matar sino a los valerosos, .. —Hay muchos cálculos y riesgos en este asunto. Hay miserables que entregan a los compañeros car-teras falaces. No hay tiempo de contar. Hay las rue-das espantosas del tren que se abandona. Hay las batidas por el campo, y alambres en los que uno cae, a oscuras. Hay, al alba, un cigarrillo que cae muerto de los labios, y un hombre como todos los hombres, cuyo dedo ya oprime el botón del timbre...

Paul Valéry

Paul VALERY

Traducción de G. OWEN