Page 52 · spans the page · from the scan, no model involved

The clipping this text was read from
The clipping this text was read from

EL PRIMERO SUEÑO DE

SOR JUANA

CRITICA (*)

S me resuelvo a publicar este trabajo sobre El Sueño de Sor Juana es Porque creo que ya contiene, en esencia, el espíritu de mi tesis. Mi ofinión acerca de El Sueño, for el momento, me farece formada. Formada: es decir ordenada, construida; de bastante consistencia para poder ser útil en una discusión de buena fe sobre la materia. Por lo menos las razones que la fundamentan tienen no tan sólo un valor particular sino que, además juntándose unas con otras, lejos de contradecirse se apuntalan y refuerzan. Nadie, o casi nadie, se ha ocupado de estudiar El Sueño. Todo lo que se ha dicho acerca de él, se reduce a meras alusiones: desde las fropias falabras de Sor Juana en su carta a Sor Philotea, hasta los comentarios de Manuel Toussarnt, en el tomo de Clásicos Mexicanos dedicado a la foetisa, y las

E. Abreu Cómez apreciaciones de Gerardo Diego en su Antología poética en honor de Góngora. Debería fasar por alto el desastrado jui cio de don Francisco Pimentel. Dueño del mal gusto de su época el autor de la Historia Crítica de la Poesía en México, al tratar de El Sueño asegura que es precisamente una de las composiciones más dignas de reprobación, y su oscuridad es tal, que puede compararse con las más confusas de su modelo (Góngora). En seguida reproduce los dieciocho frime-ros versos del foema y se da a la tarea de hacer burla de la oscuridad y dificultad lírica de cada uno de ellos. De la freparación técnica que suponen no dice una palabra. Tampoco se detiene a considerar las relaciones verdaderas que atan a Sor Juana con la literatura de su tiempo. Yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos: de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto, sino es un papelillo, que llaman El Sueño—escribe Sor Juana, en las últimas fáginas de su ya citada carta a Sor Philotea de la Cruz. Y a propósito de este farecer, Manuel Toussaint asienta que esta declaración de Sor Juana ha de interpretarse como expresando su agrado por una imitación literaria, por un ejercicio intelectual, nunca afirmando que fué solamente allí donde vertió su verdadero espíritu poético. Su verdadero esfi-ritu poético indiscutiblemente que no, pero sí su capacidad intelectiva, su facultad de abstracción. El Sueño está muy lejos del mero devaneo de palabras hueco y sin motivo del mal gongorismo. Todo en él es recio, a fesar de la imitación externa del procedimiento que sigue. Lo que en Góngora es alusión plástica, movimiento, luz, color; en Sor Juana es quietud, pasión contenida, paisaje de evocación, antes que de visión. Nada en El Sueño es obje-tivo. Los retazos mismos de naturaleza que presenta han sido creados, re-creados. Junto a ellos no es la vida misma la que se resfira, sino tan sólo la conciencia, la idea de la vida.

El Primero Sueño

Por eso al través de la línea gris de su dibujo se llega tan prestamente a su profundidad. Y si tuvo gusto Sor Juana en escribir El Sueño fué forque el tema se avino mejor que otro alguno a la condición de su esfíritu de juicio. Bien dice que siempre ha escrito for ruegos y freceftos aquellos temas frofanos que no eran de su predilección, y que, igualmente, infundianle reverendo temor esos otros que se refieren a las cosas sagradas. Sor Juana Inés de la Cruz -—escribe Gerardo Diego— dejó señales tan expresivas de su devoción por Góngora como un poema alegórico El Sueño a imitación de Las Soledades (1). Mucho mejores que los versos enrevesados de ese poema son otros más decorativos y luminosos en que el ingenio de la monja resplandece en sabrosos hallazgos. ¡Y gen-sar que estos versos enrevesados no tienen una sola estrofa —lo contrario de lo que acontece en Las Soledades de Góngora (2)—que no fueda ser descifrada o esclarecida hasta su máxima significación. En cuanto a esos otros versos más decorativos, como son los esdrújulos que dedica a la virreina condesa de Paredes, si es verdad que en ellos el ingenio de la monja resplandece mejor, distan mucho, precisamente for esa ornamentación barroca que ostentan, del espiritu sobrio, continuamente castigado de la verdadera Sor Juana. El Sueño recoge las sombras del gongorismo. —Las Soledades datan de 1613, y Sor Juana escribe más de medio siglo después, entre 1670 y 1690—. Esto explica, con creces, la di-

(1) EL SUEÑO tiene la miema estructura de versificación que las SO- LEDADES de Góngora, Usa la silva, versos combinados de once y de siete sílabas; y su extensión —975 versos— se acerca a la extensión de la Soledad Primera: 1091 versos en la Biblioteca His-páñica, y 1098 según la edición de Dámaso Alonso en la edición de la Revista de Occidente. Véanse las notas de Dámaso Alonso en las SOLEDADES de Góngora (edición de la Revista de Occidente, 1927, páginas 232-238),

(2)

E. Abreu Gómez ferencia especifica que hay entre El Sueño y el gongorismo. El gongorismo for su distancia en el tiemfo, no llega a Sor Juana for los carriles del medio ambiente, sino que se traba en su foesía, conscientemente, for mera licencia que recibe de la monja. Además ¿no significan nada las variantes filo= sóficas que se realizan de una a otra época? Todavia en el tiempo de Góngora está vivo, fleno, uno de los elementos que constituyen el ideal del Renacimiento: la afirmación de los atributos de la naturaleza. La estética del cultéranismo puede, más o menos, disfrazar esta afirmación for medio del frecuente uso de metáforas y perifrasis pero el desarraigo de la realidad no se realiza totalmente. En el tiempo de Sor Juana estas relaciones no son ya tan estrictas. Los dos mundos (el hombre y la naturaleza) se separan. Hasta hay un atisbo de esta verdad en El Sueño. Y es que la Iteratura far-ticipa ya del esfíritu analítico —racionalista—, de la época. El caso de Sor Juana al imitar a Góngora no es el mismo, for ejemplo, que el de Villamediana. Villamediana —escribe Alfonso Reyes—imitó al maestro en todas las exterioridades técnicas de su arte, pero difícilmente pudo repetir el proceso psicológico que aquellas exterioridades envuelven. En estas exterioridades, —alusiones eruditas, abuso del h:i-pérbaton, supresión de artículos—, también se queda Sor Juana. Pero se advierte, en seguida, con sólo releer los versos de ambos foetas que sus espiritus son antagónicos. En tanto que Villamediana es medularmente un foeta externa, capaz de arrancar el ornamento de su foesía de la vida que fluye cerca de si, Sor Juana lucha contra toda manrfesta-ción tangible tratando de interfretarla y de descubrirla. Villamediana goza lo $lástico, Sor Juana se contenta con el esquema. Villamediana, como escribiría don Francisco A. de Icaza, es un ser apoflético; en tanto que Sor Juana afenas si tiene aliento físico para soportar el aire del mundo. Los conocimien-tos que tiene de él son más bien teóricos. Y si Vrilamediana

El Primero Sueño no fudo refetir el proceso psicológico del gongorismo fué forque le faltó genio para ello. Pero—aunque fobre de estro— está compenetrado, hasta lo hondo, del sentido de Góngora. Y Sor Juana, con gran conciencia de su capacidad, ni siquiera prensa en interpretar tal sentido; deja a un lado la materia, la substancia del gongorismo; tal vez quiso continuar, a su modo, la soledad de los campos, y la de las riberas con la soledad de la noche que otra cosa no es Primero Sueño. Y gara realizar este intento no se afresura, ni violenta sus condicio-nes: quieta, sin luz alguna del exterior, sola con su mente, traza el esquema de su Sueño sin valerse —como Góngora— de ninguna intriga, sino tan sólo de la armadura de una ¡dea drestramente espaciada. Para sintentizar, finalmente, diré que El Sueño me farece un poema gongorista, superficialmente gongorista, de un poeta conceptuoso. Puede no ser un poema de calidad fero es, sin duda, un foema de carácter: el de más carácter en Sor Juano.

Mucha importancia tiene la opinión que de El Sueño dió el P. Diego Calleja S. J., revisor de los escritos de Sor Juana, Su parecer —és honrado—, está desprovisto de cualquier prejuicio de escuela, Las conclusiones a que llega en su Aprobacilba de Fama y Obras Posthumas del Fénix de México, dezima musa, poetisu americana, Sor Juana Inés de la Cruz, Madrid, 1700, refuerzan, de un modo elocuente, el punto de vistu que expongo en este trabajo, Dice el P. Calleja, en la parte relativa: “otro papel de que es fuerza no desentendernos es El Sueño, obra de que dice ella misma (Sor Juana) que a sola contemplación suya escribió. En este Sueño se suponen sabidas cuantas materias en los Libros de Anima se establecen; muchas de las que tratan los mi-tológicos, los físicos, aun en cuanto médicos; las historias profanas y naturales y otras no vulgares erudiciones. El metro es de silva, suelta de tasur los consonantes a cierto número de versos, como el que arditró el Príncipe Númen de don Luis de Góngora en sus Soledades; a cuya imitación, sin duda, se animó en este Sueño la Madre Juana; y si no tan sublime, ninguno que la entienda bien, negará que vuelan ambos por una esfera misma. No le dis-putemos alguna (sea mucha) ventaja a don Luis; pero es me-xester balancear también las materias: mues aunque

E. Abreu Gómez

TESIS

PASABA ya la media noche y la sombra de la tierra encaminaba al cielo la punta de sus obe-liscos pretendiendo escalar las estrellas. Vano empeño porque las bellas luces, libres en su altura, como evadiendo la guerra que las amenazaba, se burlaban de ella. Así la sombra, sin que pudiera llegar al cielo, orbe superior de las tres veces hermosa Diana, quedaba vencida y sólo dueña del aire que empaña-ba con su aliento, y en la quietud de su silencioso imperio apenas si consentía las sumisas voces de las la poetisa, cuanto es de su parte las prescinde, hay unas más que otras capaces de que en ellas vuele la pluma con desahogo. De esta calidad fueron cuantas tomó don Luis para componer sus Soledades; pero las más, que para su Sueño la Madre Juana Inés escogió, son materias por su naturaleza tan áridas que haberlas hecho flerecer tanto arguye maravillosa fecundidad en el cultivo. ¿Qué cosa más ajena de poderse decir con airoso númen poético que los principios, medios y fines con que se cuece en el estómago el manjar, hasta hacerse substancia del alimentado? ¿Lo que pasa en las especies sensibles, desde el sentido externo, al común, al entendimiento agente, a ser intelección? Y otras cosas de esta ralea, con tan mustio fondo, que causa admiración justí-sima haber sobre ella labrado muestra poetisa primores de tan va-lente garbo. Si el espíritu de D. Luis es alabado con tanta razón de que a dos asuntos tan poco extendidos de sucesos los adornase con tan copiosa elegancia de perífrasis y fantasías; la Madre Juana Inés no tuvo en este escrito más campo que este: Siendo de moche, me dormí; soñé que de una vez quería comprender todas las cosas de que el universo se compone; no pude, ni aun divisar por sus categorías, ni aún un solo individuo. Desengañada, amaneció y des-perté. A este angostísimo cauce redujo grande golfo de erudiciones, de sutilezas y de elegancias, con que hubo por fuerza de salir profundo; y por consecuencia difícil de entender, de los que pasan la hondura por oscuridad; pero los que saben los puntos de las facultades, historias y fábulas que toca, y entienden en sus traslaciones los términos alegorizado y alegorizante, con el que resulta del careo de ambos, están bien ciertos de que no escribió nuestra poetisa otro papel que con claridad semejante nos dejase ver la grandeza de tan sutil esvíritu.

El Primero Sueño aves nocturnas. De esta manera la hermética capi-lla de la noche se iba llenando de las pausas que se abrían entre las voces. Y este mudo clamor de que se nutría el viento, esparciéndose cauteloso, entre los ámbitos de las tinieblas, lejos de llamar la atención convidaba al descanso y al sueño. Nadie se rebelaba contra su orden, ni intentaba el más pequeño torpe ruido. Todos eran obedientes al tiránico mandato de Harpócrates. Ante el altar de su silencio—que con labio y dedo señalaba—yacía el viento; aquietaba el mar la inestable cuna de su espaciosa llanura, donde los siempre mudos peces eran dos veces mudos; y tupían lo montes sus senos cavernosos. Amansában-se también los brutos: desde el león que afecta vi-gilancia en sus dominios y el inquieto venado que al menor suspiro del ambiente alterna la oreja aguda, y el águila, generosa mensajera de Júpiter, hasta la leve turba de los menores pájaros que mecen la ha-maca de su nido en la movediza y oscura copa de los árboles. Tornábanse así los vivientes, en la quietud de su descanso, cadáveres con alma. Y los sentidos corporales quedaban, si no privados, al menos sus: pendidos de su natural ejercicio. Los principales ór: ganos contribuían también, con regular movimiento, a este sosegado concierto: el corazón impulsaba, manso, el vital volante de la sangre; manejaban los pulmones el blando arcaduz de sus vasos; y el estómago, centrífica oficina despensera equitativa de los miembros, repartía con medida las necesarias subs-tancias para el renuevo del calor. Y al unísono todos enviaban al cerebro los claros espíritus de los atem-perados cuatro humores. Con esta cálida ganancia, entonces, se engrosa-ban los alientos de la facultad imaginativa y se agi gantaba el apetito de la fantasía. Se adueñaba ésta no tan sólo de las criaturas sublunares, sino también de aquellas otras, intangibles, de intelectual condición. Al verse así el alma en la plenitud de su esencia bella, libre de la material cadena que la sujeta y limita en sus ansias, discurre sin miedo acerca de los conceptos que le son debidos. En la primera ganancia de su afán se mira en la más eminente cumbre— cumbre de racionalismo puro—ante la cual el propio Atlante es enano y el Olimpo aplastada loma de arena. Desde ella tiende, orgullosa, la vista pretendiendo abarcar los ámbitos de la naturaleza y penetrar los distintos y ocultos rincones de sus tesoros. Pero aunque avanza valiente y se desenvuelve por los caminos infinitos de las infinitas alturas, presta retro-cede, tropezando en los escollos de la propia lumbre del sol—símbolo del pensamiento oculto. En su fracaso queda ciega y embotada su facultad intelectiva. Entonces admite que mejor fuera, para su aliento párvulo, reducir a pequeñas partes universales su contemplación y hacer escala de un concepto en otro hasta alcanzar, sin fatiga, el ápice del saber. Quiere ir entonces del inanimado ser a la más noble jerar-quía del hombre. Pero aun así desiste de su empeño

E. Abreu Gómez

El Primero Sueño prejuzgando gigantesca la empresa de emprender ta-maño problema. ¿Y cómo no había de flaquear su esfuerzo, si ni alientos tiene para entender el más flaco efecto natural, ni el secreto de la rosa, ni la arquitectura que supone el grano de arena? Pero no se arredra. Toma ejemplo en el claro joven auriga del ardiente carro que huella la banda celeste, en-ciende el escaso impulso de su mente y se dispone a no cejar en la lid hasta no ser dueña del lauro ape-tecido.

En estos quebrantos heroicos se mira, cuando las cadenas del sueño, desatando su presa, apaciguan aquellas insanas visiones del orgullo. Sale de su cárcel el cuerpo y cae en la suya propia, deshecha, el alma. Y en tanto que los miembros, cansados del descanso, van recobrándose y, ni despiertos ni dor-midos, se desesperan por entrar en nueva actividad, el entendimiento se nubla y no ve sino la torpe superficie inútil de las cosas. Con la luz que entra por los materiales ojos huyen del cerebro, como fantasmas de leve humo sacudido, los anhelos mejores. Y cuando el lucero de la mañana rompe el albor primero y el fogoso planeta recluta las bisoñas vislum-bres de su ejército, para vencer a la noche que cobarde y en derrota, tocando las roncas bocinas de el ánimo, ayuno de saber, se rinde y sobre la naturaleza iluminada queda, a la vida normal, despierto.

Ermilo ABREU GOMEZ