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EL TOQUE DE DIANA
ESCENA 1
Sala modesta. Clase media. Ella y El. El da los: úl: timos toques al arreglo de una maleta. Ella llora silen- Mosa mente.
EL.—Será posible que no dejes de llorar en un solo momento.
FLLA.-—Ya no loro Juan.
EL.—No parece sino que he muerto. ELLA.—No has muerto: pero te vas.
EL.—Te he dicho que es absolutamente indispensable mi partida. ELLA.—No lo entiendo asi.
El Toque de Diana
EL.—Las mujeres no entienden de estas cosas. ELLA.—Puede ser peligroso lo que pretendes. EL.—Cuando se marcha uno a la revolución siempre hay peligro. ELLA.—¿Lo ves? Tú mismo lo comprendes. EL.—Pero ¿Qué remedio, hija? Las circunstancias me obligan. Estamos pobres, no tenemos qué comer... Me persiguen. Si no me marcho la pasaré muy mal... Ayer aprehendieron los federales a dos amigos míos... Nadie sabe de ellos. A estas horas habrán pasado a mejor vida. Si me quedo me sucederá a mí también. De morir con el rifle en la mano a desaparecer misteriosamente es fácil elegir. ELLA.—Tú no tienes carácter para meterte en esas andanzas. Has vivido siempre en la ciudad. Eres un estudiante sin experiencia. Tienes a tu madre, me tienes a mí... Hace unos cuantos meses apenas que nos hemos casado... Quédate. Abandona la política. Termina tu carrera. Si ya lo sé... Con un poco de sacrificio podrás lograrlo todo... Tra-bajaré yo... Sé hacerlo... Fácilmente encontraré colocación en alguna parte... Sé escribir en máquina. Un poco de ejercicio y estaré al corriente en la taquigrafía. Si te persiguen escóndete...
EL.—¿Esconderme yo? ¿Como un cobarde? ¡No! De ninguna manera... He dicho que no hay remedio, que saldré de aquí, que me incorporaré en
]J. Jiménez Rueda algún regimiento revolucionario. Que seré algo por fin. ELLA.—e Qué piensas ser? EL.—General, diputado, ministro. ELLA.—¡Juan! ¡Juan! ¿estás loco? EL.—¿Por qué? Gente que vale menos que yo lo ha sido.
ELLA.—No pienses en eso. EL.—Además no sólo el interés me guía. Tú ronoces mis ideas.
ELLA.—¡Ideas! ¡Ideas! ¿Qué ideas? EL.—Las he expresado concretamente en la prensa, en la tribuna, en el mitin.
FLLA.—No las he oído en la tribuna ni en el mitin.
EL.—Pero las has leído en la prensa.
ELLA.— Tampoco. Leía tus versos cuando me enamorabas. Leí después la novela que escribiste...
EL,—Eso fué en la juventud. ELLA.—Eres joven todavía, Juan, eres joven. A mí me interesaban entonces tus versos, tus cuen-tos, tu novela. Ahora... —-
EL.—Antes eras mi novia. Ahora eres mi esposa. Lograste todo lo que ambicionabas, no te interesa ya por lo tanto lo que escribo.
El Toque de Diana
ELLA.—No es por eso. No le encuentro interés alguno a la política. Es peligrosa, Juan, es peligrosa.
EL.—La única manera de prosperar en México es decidirse a ser político. Lanzarse de plano a la lucha que es lo que yo hago... Hazme favor de dar-me la ropa blanca que está en esa silla...
que
ELLA.—La lucha está llena de peligros... EL.—Los peligros nos cercan por todas partes. ELLA.—Juan, que ya no soy yo solamente la dejas. EL.—Mi madre... ELLA.—Y alguien más Juan...
(Pausa. Visiblemente 8e conmueve él).
EL.— Déjame en paz... No me recuerdes. ..
ELLA.—Que vendrá pronto, Juan... Que es menester que estés a mi lado cuando él venga... Que necesito de tu apoyo... de tu cariño. ¡Juan! ¡Juan!
(Se acerca a él, lo abraza, se reclina en su necho, llora)
EL.—¡Calma! ¡Calma! Es el momento de tener-la, Rosa. Hay que resignarse. No es, además, inevitable mi muerte. Quizá no tenga ocasión de entrar en combate. .. Puedo formar en el grupo de los civiles. Seré de los periodistas de la revolución. Me da-rán lugar entre los que organizan ideológicamente
J. Timénez Rueda el movimiento reivindicador de nuestras libertades... Ten calma Rosa, ten calma... Déjame en paz...
ELLA.—se desploma en una silla)
EL.—Dame el alcohol... Un poco de yodo... Hay que ser previsor. Las heridas, los accidentes deben prevenirse en todas sus formas... Una ven-da... Tela adhesiva.
ELLA.—e¿No vas a entrar en combate y quieres todo eso? EL.—Es menester tenerlo todo ordenado. No voy a un viaje de recreo... Mi Gillete, talco. ELLA.—Con eso vas a la revolución.
EL.—El hombre decente, el hombre limpio. debe llevar en su maleta su máquina de rasurar y un poco de talco.
ELLA.—Harás un mal papel.
EL.—Tú que sabes. ELLA.—Lleva todo lo que quieras. Hazlo todo como lo pretendes ¿qué puedo hacer vo?
EL.—Dejar de llorar. Con tu llanto me impi-des pensar. Es menester pensar libremente en situaciones como ésta, tan graves. Nuestra vida depende de este instante Rosa. De este instante ¿sabes? Puedo correr hacia la fortuna.
ELLA.—O hacia la muere.
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EL.—No pienses así. Hacia la fortuna. No nos. faltará nada. Tendremos dinero suficiente. ELLA.—A mí no me importa el dinero.
EL.—Compraremos una casa, pasearás en auto-móvil. Nuestro hijo tendrá cuanto pueda desear. Lo educaremos bien. Si es posible, en los Estados Unidos, para que sea un hombre fuerte y sepa hablar inglés; pero antes lo enseñaremos a ser muy mexicano, a luchar por su país como lo hago yo ahora. ELLA.—No, eso no, que no luche, que no haga lo que tú ahora. ¿Qué sería de mí sin él?
ElL.—Después de todo no será necesario. Ya los de nuestra generación habremos hecho una patria grande, feliz y respetable. ¿No es verdad?
ELLA.—A costa de tantas lágrimas nuestras. EL.—¡Oh, la mujer! ELLA.—Déjenla como está. No se preocupen más. Trabajen, luchen, pero aquí, cerca de nosotras. EL.—Hace falta un poco de heroísmo en uste-des.
ELLA.—Llevamos cien años de ser heroínas, Juan. Cien años de llorar, de llorar incesantemente...
EL.—Esas son ideas de tu madre. ELLA.—Mi madre no llora más... EL.—Rosa! Rosa mía! por favor. No pienses
J. Jiménez Rueda en cosas tristes... Ve si no me falta nada... Si está todo a punto y en su sitio... Se acerca el momento... Debo estar en la estación dentro de media hora... Creo que nadie me conocerá en este traje. Humilde overol. Así viajaré en segunda hasta la frontera, pasaré a los Estados Unidos, tocaré un punto ocupado por los revolucionarios. Te escribiré. Ya sabes, en clave y por conducto de gente insospechable... :Está todo?
ELLA.—Todo, sí... EL.—¡Ahora un beso y adiós! ELLA.—Toma, toma estas medallitas... Llé-valas siempre aquí, junto al corazón. ¿Te acordarás de mí?
EL.— Adiós! ELLA.—De mamá ¿No te despides?
EL.—No, despídeme tú... ELLA.—¡Juan! FEL.—Adiós!
ELLA.—Me escribes. tu hijo... ¡adiós! ¡adiós!
Piensa en mi, piensa en
Li
El Toque de Diana
ESCENA Il
Salón de una vieja casa de provincia al día siguiente de una batalla. Vidrios ratos. Impactos de rifle en los paredes. Ruinas de mobiliario. En la pared, el retrato del antiguo amo de la casa, sostenido casi por milagro. A lo lejos, de cuando en cuando, el estampido de un cañón, que cesa de pronto. Por las calles de la ciudad un pelotón toca la diana. El sargento. EL, con uniforme de teniente, Sudor, polvo, huellas en el uniforme y en el rostro del combate reciente.
EL SARGENTO.—Por aquí, mi teniente (EL lo sigue como autómata). Esta es la casa de un hombre muy rico. Yo fuí su criado. Ahora seremos otra cosa... Venga mi teniente. ¡Ujule, cómo diablos está esto...! Cuidado mi teniente, aquí hay una trampa en el piso... Si hasta aquí han llegado las balas... Mire qué boquete mi teniente... Se han llevado todo los federales... No han dejado nada pa nosotros mi teniente y había muebles re preciosos... Esto era la sala... Mire mi teniente, mire el retrato de don Ponciano... Así se llamaba el dueño de todo esto y de hartas tierras, parece ahora un ahorcado. .... (lo contempla con mirada de odio, soca lentamente la pistola y apunta, dispara, el retrato cae al suelo, El teniente que se ha sentado en los restos de un banco, pensativo, no se hn dudo cuenta de nada. Al disparo se estremece, se levanta rápidamente; toma al sargento del brazo).
J. Jiménez Rueda
EL.—eQué haces, imbécil? EL SARGENTO.—Ya lo ve mi teniente, afu-silar a ese. EL.—e¿Por qué lo haces? EL SARGENTO.—Fué mi amo... EL.—e¿Te trató mal? EL SARGENTO.—No; pero fué mi amo... Era rico y yo pobre... Su administrador nos hacía trabajar de sol a sol... Ha huído ahora... EL.—Deja en paz al amo... EL: SARGENTO.—Ya ve. No nos han dejado nada... ¿Para qué estamos peleando? EL.—Por eso destruyes.
EL SARGENTO.—e¿Qué quiere usted que le haga, mi teniente? EL.—-Déjame en paz.
EL SARGENTO.—eEste es el primer combate en que entra mi teniente? EL.—No...
EL SARGENTO.—Está nervioso, mi teniente. Esto no ha sido nada. Ya verá, ya verá... Hay otros que sí dan miedo... No ha sido nada... Unos cuantos tiros... y ya está... No ha pasado por lo mero bueno, mi teniente. Cuando hay hartas balas y har-tos muertos, como en la toma de la barranca del
El Toque de Diana
Cuervo. Subíamos como cabras por el monte y desde arriba zás! zás! caían los compañeros como ma-zorcas de maíz bien maduras. Unos con la cabeza rota, otros con los ojos fuera... otros...
EL.—¡Oh! ¡Déjame en paz!
EL SARGENTO.—A mí me tocó un plomazo en esta pierna. Desde entonces renqueo al caminar. Ya todos los que caían en manos de los otros al pa-redón... Así mataron a trescientos de los nuestros al caer la tarde... ¿sabe? Escapé de milagro. Me es-condí en una cueva. Desde ahí vi la cuerda de los que iban a fusilar... Daba compasión verlos mi teniente, daba compasión. Unos lloraban, eran los menos... A esos debían afusilarlos dos veces, otros ni se daban cuenta. Se dará uno cuenta, mi teniente, de que lo van a matar? Pa mí que todo debe ser como una pesadilla, ¿verdad? No ha recordado uno cuando zás! tiene ya cinco balas en el cuerpo... Había uno muy valiente, mi compadre Cosme. Ese les iba diciendo a los pelones su merecido. Desde entonces, me cuadra mucho matar. EL.—¿Por qué? EL SARGENTO.—No sé; pero me cuadra mucho matar.
(Ha ido obscureciendo lentamente. El sargento dobla un cigarro de hoja y se pone a fumar tranquilamente. Se oyen de pronto gritos fuera, carreras, voces ásperas. Una mujer entra corriendo en escena, tropieza y cue a
1 Jiménez Rueda los pies del teniente, EL la mira con azoro primero, con terror después. Se parece a ELLA. Por lo menos por le ¡maginación del teniente pasa fugaz, la imagen de su mujer. Un oficial borracho viene tras ella).
LA MUJER.— ¡Socorro señor. ..! ¡Ampáreme por caridad!
EL OFICIAL.—Déjela en paz. No la toque... Esta mujer es mía. La quiero yo... EL.—Subteniente, por favor. EL OFICIAL.—¡Qué favor ni qué tal! No se meta en mis asuntos... No sabe usted de lo que se trata. Váyase al diablo... A ver tú, sargento, deten-me a la niña y llévala al cuartel... ¿Qué se está creyendo la señorita? LA MUJER.—No, no... no me abandone señor... no me abandone...
EL.—Sargento, detenga al señor...
EL OFICIAL.—eQuién es usted para mandar-me detener?
EL.—Un hombre que sabe cumplir con su deber... Usted está faltando gravemente a la disciplina, usted no cumple con sus deberes de soldado.
EL OFICIAL.—Eso no me lo dice usted, hijo de...
EL.—Eso tampoco lo vuelve usted a repetir... EL OFICIAL.—Que no...
El Toque de Diana
(Se lanza precipitadamente sobre él. Breve lucha. Un tiro. El oficial se desploma pesadamente a los pies del teniente. Pausa).
EL.—eQué has hecho?... EL SARGENTO.—Ya lo ve mi teniente. A veces es necesario matar...
ESCENA III
Antesala de lo que podría llamarse despacho del general en el cuartel, sumariamente amueblado. Se oye grande algazara en la oficina del general. La gritería puntea los compases de la Adelita canción revolucio-maria, aplausos, gritos. Se festeja el triunfo de las fuerzas que han tomado la plaza. La muchacha y él han sido llevados ahí. La guardia que se supone haberlos condu- “do se ha marchado, Un centinela hace guardia en la puerta de entrada.
LA MUCHACHA.—¿Por qué nos han traído aquí? EL.—Es el cuartel general y... LA MUCHACHA.—Tengo mucho miedo por usted.
EL.—e¿Qué me puede pasar? No fuí yo quien disparé..
LA MUCHACHA.—Nadie lo vió. El sargento ha desaparecido.
7. Jiménez Rueda
EL.—Es verdad (Una sombra de temor pasa por la frente de la muchacha. Pausa). LA MUCHACHA.—e¿Por qué? ¿Por qué hizo usted eso?
EL.—Me pedía usted socorro. Entró violentamente en el cuarto. ¿Qué podía yo hacer? LA MUCHACHA.—Le digo a usted que es terrible.
EL.—Pero dígame ¿quién es usted? ¿Por qué apareció en ese momento? ¿De dónde salió?
LA MUCHACHA.—Mataron a mi hermano. Lo único que me quedaba en la vida. Le juro a usted que él no se metió en nada. Era un simple trabaja-dor. Hace dos días que empezó el combate, nos en-cerramos en casa. Fué tan rápido el ataque que era imposible tener guardadas provisiones. Fué necesario procurárselas. No había más remedio que salir... unos cuantos pasos y lo hirieron. Un balazo en la cabeza... Hubo que esperar que cesara todo. Unos pocos vecinos caritativos me acompañaron al entie-rro... Como pudimos llegamos al cementerio... Una breve tregua ¿sabe usted? ¿Cómo iba a dejar a mi hermano sin sepultura? Regresábamos. Se re-anudó el combate. Todos huyeron, me dejaron sola. Encontré una puerta abierta: la de la casa de junto. Por ella entré, ahí me sorprendió el oficial... el oficial que usted... que él mató... Esto es todo.
El Toque de Diana
EL.—Cálmese, todo ha de salir bien... LA MUCHACHA.—Y ¿usted? ¿quién es usted?
EL.—eYo? Ya lo ve, un teniente. Un simple teniente que combate ahora en las filas de la revolución. LA MUCHACHA.-——Y ¿antes?
EL.—Un estudiante pobre, ambicioso, con un deseo muy grande de ser rico, influyente, pode-roso y también con unas cuantas bellas ideas en la cabeza... Decía discursos a mis compañeros y mis compañeros me aplaudían. Viví siempre en la ciudad, pero adiviné la tristeza de los campos, el dolor de la tierra sin cultivo y la tragedia de los que, pudiendo vivir mejor, morían de hambre. Todas estas cosas juntas, nobles unas, interesadas las otras, me hicieron abandonar mi hogar, lanzarme a la lucha. Creí que sería fácil conseguirlo todo. Pensé que en las filas de los civiles podía encontrar fácil aco-modo. Se necesitaban hombres en el campo de batalla, y aquí me tiene usted convertido en oficial. ¡Yo, que odié el militarismo! Combatiendo sin tregua al enemigo...
LA MUCHACHA.—¿Dejó usted en casa a alguien? ¿Su madre tal vez?
EL.—Mi esposa...
]. Jiménez Rueda
LA MUCHACHA.—¿Es usted casado? EL.—Hace cinco meses... LA MUCHACHA.—Oh!
EL.—Usted se parece extraordinariamente a mi mujer. A tal grado que, cuando la ví entrar corriendo y llegar a mí, creía que era ella.. Es usted además la primera mujer de cierto aspecto que veo desde hace varios meses... Todas las que nos siguen son otra cosa... LA MUCHACHA.—Pobrecita... EL.—No me la recuerde. .. ¡Creí estar de vuel-ta tan pronto!... Pero no teníamos que comer ¿sabe? Era menester hacer algo cuanto antes. Urgente. Faltaban muchos años para que yo me recibiera. No era posible esperar. El ejército y la política producen pronto... LA MUCHACHA.—Entonces, por eso...
EL.—Le digo a usted que no... También por lo otro. ¿Cuándo en estas cosas interviene solamente el ideal y cuándo el interés? Todo lo llevamos mez-clado en nuestra alma. Interés, ideal, no sabemos cuándo gobierna nuestras acciones uno u otro... (Se oyen grandes risotadas en el despacho del general. La muchacha se estremece, se acerca a él como bus-cando protección). LA MUCHACHA.—Tengo miedo... tengo miedo.
El Toque de Diana
EL.—Se divierten, gozan. Y pensar que no es posible culparlos. Es tan triste, tan dura esta vida de campaña. Se despiertan de tal suerte los instin-tos que tenemos escondidos en nosotros... Sangre. alcohol... fiebre... (La toma de las manos. Ella, rehuye instintivamente el contacto).
LA MUCHACHA.—eQué hace usted? EL.—La muerte está tan cerca de nosotros. LA MUCHACHA.— (Ahogando un grito). Oh! EL.—Hoy, mañana, ¿quién sabe? (Nuevas risas. Bailoteo en las mesas, choque de bo-tellas y de copas. Los compases de la Adelita. Pausa).
LA MUCHACHA.—Debió haber huído. .. EL.—Cómo?
LA MUCHACHA.—Lo juzgarán, lo...
EL.—¡Calle!... ¡No diga esas cosas... Cierto que aquí se puede fácilmente fusilar a un hombre, pero...
(Se abre en esos instantes la puerta y aparece el General, le acompaña un ayudante).
EL GENERAL.— — (al ayudante). < Quiénes son éstos? ¿Qué hacen aguí? AL AYUDANTE.—Mi general, este es el teniente que mató al capitán Pradillo.
EL.—No es cierto. Yo no he matado a nadie. EL GENERAL.—Silencio y ¿ésta?
J. Jiménez Rueda
EL AYUDANTE.—La señora es su amante. EL.—Mentira. A la señorita la he conocido hace unos momentos. No sé quién es. EL GENERAL.—¡Vamos, hombre!
EL.—Le juro a usted. EL GENERAL.—¡Silencio! Usted sabe que ha cometido una grave falta. Sabe que la ordenanza castiga esto con la muerte... EL.—Mi general.
EL GENERAL.—He ordenado que lo fusilen inmediatamente. LA MUJER.—Por favor, General... El no ha sido.
EL GENERAL.- (Aparténdola bruscamente ) Quite usted de aquí. ¿Quién es usted? Ha sido sin duda la causa. Parece mentira que se comprometa hasta este punto por una mujer... Vamos, quite de ahí... Véame...
EL.—El capitán Pradillo perseguía a la señorita. No estaba en sus cabales, General. La señorita me vidió auxilio. Yo como caballero...
EL GENERAL.— Déjese de tonterías. ¿Caballero, señorita...? ¡Vamos!
EL.—Le suplico a usted general que no tome esa actitud. No tiene usted derecho para...
El Toque de Diana
EL GENERAL.— ¿Quién es usted para ense-ñarme mis obligaciones? Venga acá... Lléveselo al Capitán Fuentes y que lo pase por las armas inmediatamente. LA MUJER.—Le suplico a usted... por lo que más quiera... El señor dice la verdad... El señor no ha hecho nada... no ha tenido la culpa. De rodillas se lo pido, no vaya usted a cometer seme- ¡ante barbaridad. ..
EL.—Además, no puedo ser ejecutado sin for-mación de causa. Que se me juzgue. Que se me cas-tigue si he delinquido... Pero antes, el juicio... EL GENERAL.—eQué juicio? EL.—Supongo que en estos casos habrá un tribunal que... EL GENERAL.—Aquí no hay más tribunal que yo. En campaña no hay más autoridad que la mía y fuera de campaña también... ¡Hombre! No faltaba más... Pero ¿qué diablos se figura usted? ¿Que es lo mismo que en la ciudad? Se equivoca usted amiguito. Usted viene de la Capital... Aquí no hay nada de eso. Lo fusilo porque puedo... Porque tengo derecho para hacerlo... ¿Entiende? ya no me haga rabiar, porque en vez de media hora le quedan cinco minutos de vida. ¿Conque? (Pasea febrilmente por la habitación. EL no se atre-ve a decir palabra. ELLA llera sin atreverse, tampoco, a interceder. El general se detiene de vronto).
Pero vamos a ver, ¿está usted enamorado de esta mujer. ..? Deje de llorar, que no es para tanto... Levante esa cara... Es usted joven... Vamos, que no tiene mal gusto el amigo... Tiene usted cara de gente decente.
J. Jiménez Rueda
LA MUJER.—Yo señor...
EL GENERAL.— ¿El Capitán Pradillo quería... ? ¡Diablo de hombre! Era imposible contenerlo cuando bebía... Se iba tras las faldas... Venga para acá... Dígame ¿quiere mucho a éste?... Tiene una cara linda. LA MUJER.—Perdónelo usted general... EL GENERAL.—Se ha insubordinado, me ha insultado... LA MUJER.—Perdónelo, que ha sido sin querer.
EL GENERAL.—Averiguaremos los hechos... Veremos si éste tiene razón. Por lo pronto, habrá que separarlos. Mire, lléveme a la señora allá dentro... ordene que vigilen a este... El. —General...
EL GENERAL.—Le prometo que se arreglarán las cosas bien... Todo depende de la declaración de ella. ¿No es así como se dice? Ya ve como estoy enterado de las palabras que usan los licenciados. Declarar. ¿No se dice declarar?
(Sonríe intencionadamente, El ayudante conduce a ta mujer. El general da unas palmadas en el hombro de EL).
El Toque de Diana
Todo depende de su declaración. (Sigue a lo lejos la jarana. El se derrumba en una silla. Desesperación, rabia mal contenida. Rumores de ri-ña, sale del fondo la China, mujer de catadura vulgar, de aspecto libre. El no se da cuenta de la presencia de ella).
LA CHINA.—e¿Eres el amante de ella? EL.—e¿De quién? LA CHINA.—De la mujer que acaba de entrar allí.
EL.—No. LA CHINA.— Te dejas arrebatar la novia con facilidad.
esa
EL.—No sé qué estás diciendo. LA CHINA.—Te han dado de beber. EL.—No, déjame en paz. LA CHINA.—Matas a un oficial por defender novia y... EL.—¿Cómo lo sabes? LA CHINA.—Todo el mundo lo dice y,.. EL.—Y ¿qué? LA CHINA.—y, para salvarte, se la regalas al
A tu general...
EL.—eQue yo. ..? LA CHINA.—Todos son iguales. El dinero, el interés...
J. Jiménez Rueda
EL.—Pero supones que... LA CHINA.—El te ha ofrecido salvarte si tu... EL.——Calla, calla, que... LA CHINA.—Claro está... EL.—Pero...
LA CHINA.—Se la has dado, se la has dado... Una más en ese cuarto... y nosotros las que teníamos algún derecho en la calle... por una noche... EL.—Pero... LA CHINA.—Me ha echado por ella, por la tuya... No eres hombre, eres un canalla, eres un... El..—eQuieres callar? No te permito que di-gas semejante cosa... Infeliz... todavía tengo fuerzas para...
(Se dirige umenazador a ella, la toma del cuello, la estruja. Ella ahoga un grito).
Ya ¿a qué más? (Pausa).
LA CHINA.— Perdóname... después de todo ¿qué me importa?... ¿Te he causado algún mal? perdóname... EL.— (Conmovido). Oh! he sido impulsivo, brusco. No creí llegar a...
LA CHINA.—No haces daño. Hay otros que molestan más... tus manos son finas... (Se arrastra de rodillas hasta donde se encuentra él, Le loma las manos. las acaricia).
El Toque de Diana
Finas... las de los otros, son ásperas, duras... Suelen pegar. Tú vienes de la ciudad... Haces mal en estar aquí... Acabarás por morir en el campo o fusilado.,. No está bien eso... EL.—e¿Quién eres tú? LA CHINA.—Me dicen la China... Fuí buena... Ahora la vida... Me enamoré de un oficial que pasó por mi pueblo... Me escapé con él. Ahora...
EL.—eEras la amante del general? LA CHINA.—La novia... EL.—Una de tantas. LA CHINA.—La que quería... EL.—Vamos... (Sigue el jaleo, gritos, música, la voz ahogada de la mujer que protesta. El se levanta, hace impulso de ir ul fondo. Ella se interpone).
LA CHINA.—¿A qué? EL.—Es verdad.
LA CHINA.—Vete... Si entras, te matarán... : Te importa tanto ella. ..?
EL.—No... LA CHINA.—No es nada tuyo. EL.—No. LA CHINA.— (Radiante). ¿De veras? EL.—No.
J. Jiménez Rueda
LA CHINA.—Vete... Vámonos. EL.—¿Cómo? ¿A dónde? LA CHINA.— Donde quieras. Tomamos por la sierra. Ganamos otras tierras. EL.—Vine a luchar por una causa... LA CHINA.—No importa... Vámonos. Es tan fácil salir... Yo engaño al centinela. Te encuentro más tarde. Es fácil, es fácil, Mira... (Sale violentamente. Desde fuera unas cuantas frases: “Oh está linda la moche... quieres algo de beber... De-bes estar cansado... Sí... sí... no hay cuidado... Ando” Aprovechando el instante él se desliza suavemente al exterior. Pausa. El ayudante entra a poco), EL AYUDANTE.—China, china! (Entra violentamente la China). EL AYUDANTE.—e¿Qué haces aquí? El general te llama. Hacen falta mujeres... Ven... LA CHINA.— Allá voy... allá voy... ESCENA IV
Breve calabozo de una prisión militar improvisada en campaña en el antro más obscuro de un cuartel. Gris todo, casi negro. Un débil foquillo de luz ilumina la escena. El aparece, sentado en una silla frente a una mesa. Papel y tinta frente. Hace ademán de escribir. Rompe lo escrito. Se oye un leve ruido, fija los ojos en el rincón de aue narece salir. Surge la sombra del general.
EL GENERAL.—Está todo preparado. Todo, absolutamente todo. Y ¿usted? Creyó fácil escapar.
El Toque de Diana
Bien se conoce que viene de la ciudad! No es lo mismo amiguito. Lástima que el aprendizaje no le sir-va de nada. Es absurdo lo que usted ha hecho. ¿Huir? ¡Huir! Si no sabe usted montar a caballo y para escapar se necesita atravesar la llanura y la montaña. Es usted además un traidor. Un simple traidor. Nos abandonaba para pasarse al enemigo, para denunciar nuestros planes y que hicieran con nosotros lo que vamos a hacer con usted. Por fortu-ua todo ha fracasado. Volvió a caer en nuestras manos. Por eso yo no quiero en las filas niños de la ciudad. Son inútiles, son traidores como usted. Siem-bran la desconfianza en las filas y acaban por ser rebeldes. Son ambiciosos, además, quieren la mesa puesta. No diga usted que no. Usted ha venido al campo para ve1 lo que pesca. Usted no ha sentido la revolución. Usted es un pobre hombre. . un pobre hombre... No proteste. Le conozco bien. Sé que es mi enemigo. ¿Por qué cuando me tuvo frente no me mató? Eso hacen, eso han hecho siempre los hombres. Veremos ahora qué tal se porta frente a las cinco carabinas de mis soldados...
(El quiere hablar, rebelarse contra la terrible pesadilla que lo obsesiona y que adquiere realidad frente a él. Hunde la cabeza en las manos con deseveración).
EL GENERAL.—Son buenos tiradores. Los he escogido entre lo mejor de mi gente. Tienen práctica además. Los prisioneros de cierta importancia son ellos los que los liquidan. En la madrugada lo
J. Jiménez Rueda sabrá usted... Cinco tiros. Buena, deliciosa manera de perecer de todos los que son como usted... ¿va a protestar? ¿El juicio? Uno como usted lo está haciendo en este mismo instante. Un joven de la ciudad como usted y abogado. Además escribe papeles y más papeles. Ahí está su confesión. Clara, expresiva, amplísima. ¿Por qué abre esos ojos. ¿Le parece mal? Los abogados sirven para eso. Además, será menester que yo me justifique ante la superio-ridad. Yo tengo que decir que usted es un desertor, un asesino, un traidor. Por menos se ha fusilado a otros. No es posible esperar mucho ni perder tiempo en formalidades. Pero también no es posible des-pacharlo nada más así. Las cosas hay que hacerlas bien. Con todas las reglas. Yo no estudié en ninguna parte; pero sé que las cosas deben hacerse bien... EL CENTINELA.— ¡Centinela alerta! EL GENERAL.—Oye usted. Ahora le será más difícil escapar. Tengo a mis hombres debidamen-te apostados en todas partes. No tendrá además una mujer que lo salve. La China está lejos de aquí. No podrá escapar de ninguna manera. Su momento ha llegado. Pórtese como los hombres. Quiero ver si los niños de la ciudad son como los nuestros. Firme! (Maquinalmente se coloca en la posición pedida. El general lo mira de arriba abajo. Levanta el fuete y le cruza la cara. Al dolor del golpe cae nuevamente sobre la mesa llorando de rabia y desesperación. Surge la sombra de ella pálida, enlutada).,
El Toque de Diana
ELLA.—Lo ves. ¿Qué has hecho? Recuerda mis últimas palabras. Te dije que era absolutamente inútil, completamene tonto lo que hacías. ¿Qué has ganado en ello? Dejas a una mujer y a un hijo. Tu hijo vendrá al mundo dentro de muy poco. No tendrá padre. Su padre habrá muerto ignominiosamen-te. ¿Dónde encontraremos sus restos? ¿Qué nombre tiene este lugar? ¿A cuántos kilómetros está del nuestro? ¿Quién sabrá de ti, quién te cerrará los ojos? Una tumba obscura. Una pobre tumba que yo no podré cubrir de flores. ¿Por qué has hecho esto? Recuerda mis palabras de entonces: “Tú no tiene carácter para estas andanzas, Has vivido siempre en la ciudad. Eres un estudiante sin experiencia. Tienes a tu madre, me tienes a mí. Hace unos cuantos meses apenas que nos hemos casado. Quédate, abandona la política. Termina tu carrera, con un poco de sacrificio podrás lograrlo todo...”
EL.—Calla! Calla! (Se cubre nerviosamente los oídos).
ELLA.—No hiciste caso. Pensaste que el egois-mo de la mujer era el que inspiraba estas palabras. Y no... no... Las mujeres tenemos razón. Tenemos razón siempre. No es la cabeza la que habla en nosotras. Es, es otra cosa... Adivinamos sencilla-mente, adivinamos... Quién puede salvarte ahora ¡Juan, Juan mío. ..! No te volveré a ver más. ¡Dios mío, Dios mío!
"Pasa las manos levemente por la cabeza de él. Ma-ros que lucen en la obscuridad como animadas de sobre-humano fulgor. En el reloj de una torre cercana cuen lontamente trea cammnanadas ).
J. Jiménez Rueda
ELLA —Las tres. A las cuatro. A las cuatro. ¡Qué poco falta! y después... No quiero, no quiero que suceda tal cosa... y sin embargo... sucederá. (La sombra se pega al cuerpo de él lo abraza apa-sionadamente trata de ampararlo de otra sombra que viene. la de la mujer).
LA MUJER.—Ha sido inútil todo. Inútil mi sa- -rificio. Inútil todo lo que he hecho por él. ELLA.— Mentira. Usted lo perdió.
LA MUJER.—El me salvó. Hizo bien. Yo tra-té de pagarle la deuda. He debido sacrificarme por él. ¿Para qué ha servido todo esto? ¿Cuál será mi porvenir?
ELLA.—No hable usted de su porvenir. Piense en el mío. LA MUJER.—Usted tendrá un hijo que la ado-re
ELLA.—e Usted?
LA MUJER.—Rodaré por el mundo. Seré una de tantas. El me salvó de la primera caída. La suerte no lo quiso... Han muerto mis padres. He quedado completamente sola. ¿Comprende usted mi tragedia?
ELLA.—La mía es superior. Lo amaba. En plena luna de miel pierdo a mi esposo.
El Toque de Diana
LA MUJER.—En plena luna de miel... esposo. Ha conocido usted la dicha por un momento ¿y yo? Sin esposo ni amante he tenido que sufrir lo que he sufrido.
EL.—Dejadme por Dios... No quiero padecer lo que padezco en estos momentos. Me atormentan estas discusiones inútiles. LA MUJER.—Dejémoslo. Tiene razón. nuestro drama no le interesa a...
ELLA.—El mío sí... el mío sí... es el drama de él... El de usted claro que no...
LA MUJER.—El mío también ¿por aué no? Cuando se está en el umbral de la muerte interesan los dramas de todas las criaturas. Los dramas todos se funden en el drama nuestro.
ELLA.<No... No... No...
(Las negaciones van siendo cada vez más débiles. Las sombras se diluyen a medida que una tenue luz de amanecer va iluminando la cárcel. Todavía es tiempo de que avarezca la sombra de la China).
LA CHINA.—Quise esperar que se fueran ellas para venir yo. Me daba vergiienza reunirme con las dos. ¡Soy tan indigna! Hice todo lo posible por salvarte. Sufrí la brutalidad del soldado, los gol-pes del general. Mira cómo tengo este brazo y la cabeza... Creí que me mataba. Afortunadamente todo pasó... Desgraciadamente no como queríamos. ¿Por qué no fuiste más rápido en huir? Te cogieron
) Jiménez Rueda muy pronto. Es absurdo, totalmente absurdo lo que has hecho. Y ahora no tiene remedio. No sabes lo adolorida que estoy, del alma y del cuerpo. Un hombre como tú me hubiera salvado. Me he enamorado de tan pocos hombres que valen la pena. De ninguno. A ti te habría amado locamente. No sé por qué; pero te habría amado locamente, por eso hice lo que hice. Por eso sería capaz de todo... y no sé siquiera cómo te llamas... Nunca sé cómo se llaman los hombres que están conmigo... Pero tu nombre... tu nombre...
(Se acerca lentamente a él, le toma la cabeza entre los manos. Lo mira fijamente a los ojos. Palpitan sus labios). La última imagen del mundo será la mía... Mira-me, mírame más cerca, más... (sus labios se unen. Se estremece él. De pronto rompe el espacio el agudo son de un clarín que toca la diana. La luz invade prestamente la cárcel. La sombra se desvanece. El silencio se hace después. Un lento redoblar de tambores se escucha después de la pausa. Los tambores se acercan. Se abre la puerta. Aparece un teniente). TENIENTE.—Compañero, es la hora... EL. — (Mira a todas partes, se arregla el desorden del vestido).
A sus órdenes mi teniente. (Marcha como autómata, La puerta se cierra tras él. Los redobles del tambor acompañan la marcha, El sol ha invadido por completo la cárcel).
J. JIMENEZ RUEDA