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Año 1.1928=T. 2, Nr. 5, Repr. 1981
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Ortrz .. .Aontellanc POES”.*7 E POBLE... — E. Cenrález Rojo: EL DIAMAS RELIZ DE CHARLOT.— J. Torri: XE- NIAS. — Maroto: DIBU- JOS. — Nathán Asch: EL CAMPO. — J. G. Heredia: EN BUSCA DE LAS SIETE CIUDADES. MOTIVOS: Nadia (J. Torres Bodet.) - Un Extemporáneo (M. Rojas.) - Galería de Poetas (C. Gorostiza.) - Flor de Romances (E. Abreu Gómez.) - Epica y Economía (E. G. R.) - Tarjetas de Visita (J. T. B.) Precio: * " 7 CO ñ E Un Pesca
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POESIAS DE ROBINSON GRAVEDAD 1 sombrero de nubes, . M ligero de colores y de estilo, como la antigua gorra marinera saluda, con dedos de listones, al viento movedizo. Girando en ola suben las casas de cien pisos, la ronda de gaviotas luminosas, -—ventanas, puertas, vidrios— faros de la marea civil... Todo pretende asirme desatado pero a mi noche, retenida, el viento presta la soledad de su trapecio. za: TD
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Poestas de Robinsón Mi sombrero de nubes aligera la nieve y me transporta por un cielo sin pecas estelares —la tierra no me atrae— pero mis manos, guantes de tacto apenas, de recorrer cansadas la timidez de oruga de todas las montañas y el deleznable fieltro de las noches polares, quieren teñir de sombra la redondez de alcoba con sol en el durazno: tu apetecida forma. ¡Mis manos, paracaídas, me elevarán a ti: tterra de todos! Porque —La tierra no me atrae.— Donde estoy tengo tus ojos cerca.) pero para caídas Tú GACETA Pa las cortinas del alba asoman palomas blancas, otras de overoles grises y las negras, tipográficas.
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B. Ortiz de Montellano Las letras negras, de noche, vuelan de sus plumas -—fuentes— a mi ventana sin brisa: vaso para sol y nieve. ¡Cruzada por las palabras en la edad media del viento! la mañana telegráfica signa mi frente y su puerto. (—eEl telégrafo no dice, por envidia deletreada, que suelo medir el sol cromo un cabello, en la almohada.—) De las ciudades que ignoro tengo noticias y cartas. De las palomas me alejo. rRobinsón de mí ventana! MOTIVOS NEGROS CAROLINA DEL SUR Temblor geográfico de senos. En la civilizada selva luchan felinos ojos de automóviles.
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Poesías de Robinsón BLUES En la isla de tu vientre —disco negro— soplo de pájaro flechado por el vaivén de la palmera. oJOS ¿Quién domina el dominó del ajedrez alterno de tus ojos? JOSEFINA BAKER Tus brazos y tus piernas son las rejas de los museos zoológicos. JAZZ Venganza de serpiente, el saxofón adormece a las flautas en el mercado negro de la orquesta. B. ORTIZ DE MONTELLANO €, 414
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EL DIA MAS FELIZ DE CHARLOT CUENTO CINEMATOGRAFICO EN CUATRO ESCENAS Y UN APOTEOSIS Escena | N A UY de mañana van saliendo los emigrantes del fondo del buque, por la escotilla. Traen toda- vía la modorra en el cuerpo y los ojos rebeldes a la luz. Uno a uno saltan sobre el puente, suben y bajan los brazos, se desperezan, abren la boca en un bostezo infinito. Después, a pasos lentos y sin medida, van a apoyarse sobre la borda y a contemplar estúpida- mente el mar. Sólo Charlot aparece con ánimo alegre. Tiene un primer tropiezo con sus enormes zapatos y lanza ._--
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El día más feliz de Charlot su primera mirada ingenua y sorprendida hacia atrás. Tan acostumbrado está a la tiranía de su indumenta- ria, que ya no podría usar otra. Por un vago sistema de compensaciones, opone a la magnitud de su cal- zado la pequeñez del sombrero, a lo largo de los pan- talones lo cortó de su chaqué. El negro bigote recor- tado es un punto de referencia y el bastón le sirve de término medio justo, lo juega entre sus manos y le es tan necesario como un balancín al maromero que baila sobre la cuerda floja. Aparece con ánimo alegre, pero no hay que bus- car razón alguna a la clara alegría de Charlot. Ni opí- para comida ni sueño reposado. Como sus compañe- ros, ha devorado las sobras de los afortunados pasa- jeros de primera y segunda clase; como ellos tam- bién, ha dormido en la sucia litera de un camarote para dieciséis personas. Acaso sea, sencillamente, el regocijo de despertar. Silba entre dientes y sus ojos se dirigen primero hacia arriba para perderse entre las nubes; luego resbalan en el mar para ocultarse entre las olas y, por último, se detienen con suavidad sobre los hombres, para enredarse con las miradas de los demás. Por esta vez el cielo es límpido y el mar tranqui- lo. El aire sopla sin premura y la tibia caricia del sol anuncia un día bueno. ¿Por qué los hombres serán menos amables? Charlot siente que lo empujan, que lo echan hacia un lado, y ante fuerzas opuestas casi pierde el equilibrio. Le hubiera gustado perma-
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E. González Rojo necer en muda contemplación, a solas con sus po- bres ideas. Pero el hombre gigantesco, de poblados y largos bigotes y de gesto feroz, lo aparta rudamen- te con sus manazas inverosímiles. Después de todo, ésta es otra de sus costumbres. Piensa que sin ella no tendría razón de vivir. Jamás ha dado un paso sin que alguien lo desviara de su camino. Y muestra en un tímido gesto su resignación para seguir esta senda caprichosa, trazada con instrumentos agresi- vos de violencia sobre las amplias llanuras de la con- formidad. El gigante, apenas si se digna mirarlo cuando se aleja con sus grandes zancadas de orgullo. Charlot, en cambio, se sirve de la fuerza elástica del índice que resbala sobre el pulgar, para limpiarse el polvo de la ropa. Flexiona después las piernas hasta tres ve- ces seguidas, juega la frágil caña en su mano dere- cha. Indicios claros de que se dispone a dar su paseo matinal por el puente de proa. Avanza y sus pasos, aunque tardos, tienen cierta insinuación de nervios. A cada paso vuelve la cabeza hacia atrás; en la con- ciencia de su inseguridad, tal vez se cree perseguido. Aquí y allá, como informes bultos de mercan- cías, se desparraman los emigrantes. Muy pocos son los que conversan entre sí, demasiado preocupados con sus propios pensamientos. Casi todos fuman en groseras pipas o mascan, de una manera rítmica, el tabaco. Algunos duermen todavía, hechos ovillo, so- No
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El día más feliz de Charlot bre las cóncavas sillas de lona. Otros, tendidos de espaldas sobre las cuerdas enrolladas, tejen sus ma- nos por detrás de la cabeza y así permanecen inmó- viles durante varios minutos, horas, días. Andar en- tre este hacinamiento de formas humanas, es una empresa difícil para Charlot. Mirad cómo resuelve el problema. Con mil precauciones se desliza, salta, sortea con habilidad los peligros. Pero nota que se forma, mientras adelanta, un ambiente de hostili- dad contra él; y entonces sonríe, saluda, pide excu- sas con su mirada apacible. Los golpes de mar, de- masiado frecuentes, al empujar la nave lo arrojan con violencia sobre un individuo que, airado, lo re- chaza con sus puños. Tenía que ser el gigante, que ahora se inclina hacia él y le hace una mueca atroz, un espantoso gesto de amenaza. Otro imprevisto golpe de mar, otro sacudimiento de la nave, lo hace caer sentado en el único sitio desierto del buque, y allí se queda, pensativo, ya sin ánimos para conti- nuar su paseo. Se reclina sobre el poyo de negro metal que sirve para amarrar los cables y, sin una sonrisa en los labios, irradia el más puro contento en su rostro. Luego reflexiona que, en realidad, se está bien en aquel sitio. ¿Qué cosa mejor que la soledad de ese rincón oculto? Si él quisiera, podría hacer lo que los otros: fumar, estirar los miembros cansados, dor- mir... Nadie lo observa. Es libre. En dos metros a “ 4.5
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E. González Rojo la redonda ningún ser vigila sus acciones. Pero, ¿qué es lo que va a hacer Charlot? La pregunta, que sur- ge inesperada en su mente, lo deja un instante con- fuso. Su mano derecha entra cautelosamente en las profundidades de su bolsillo, hurga sin prisa y saca un astroso juego de cartas. Antes de extenderlas, tor- na a mirar a su alrededor. Después, una por una, las va colocando sobre el sucio piso de la cubierta. Sin vacilar, una por una. Escena || LA muchacha que viaja sola tiene los cabellos ru- bios, dorados, reunidos en dos trenzas sobre la es- palda. Sus ojos son azules como el mar, la nariz res- pingadilla, la boca pequeña y roja. El vestido, —tan corto!—le da un aire infantil y travieso. El gesto es tímido y la mirada curiosa. Así es como aparece en la cubierta, también con el ansia de sorber aires ma- rinos y de escudriñar la línea de los horizontes fuga- ces. Por un momento la ciega el sol, pero un paso ve- loz y definitivo la coloca en el medio del día. Entre sus compañeros apiñados, indiferentes, ella es co- mo la manecilla del reloj al anunciar las doce vibran- tes campanadas. Une los brazos arriba de la cabeza y se yergue por encima de todos a pesar de su peque- ñez. Erguida, lanza su peregrina mirada que los re- corre peligrosamente, a saltos menudos. En uno de
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El día más feliz de Charlot ellos, el más largo, cae y se sumerge en el mar, con un cristalino estruendo de alegría. ¡Magnífico mar hasta donde alcanzan los ojos! Se persiguen las ondas en su juego antiguo y moderno, con clásica serenidad y sencillez profunda. Van unas detrás de otras, como en la frase las palabras. El viento las empuja sin prisa y a cada salto de la es- puma el sol se llega a acariciarlas. El cielo es otro mar azul, pero sin olas. En su tranquilidad uniforme, parece que ignora los vientos; pero, milagro de las nubes en camino, se salpica de chorros de plata y de espumas de oro. En cuanto a la nave, se desliza en- tre los dos mares, el de abajo y el arriba, en un via- je de asombro y de misterio. Hasta el humo de sus negras chimeneas se torna leve, impalpable, y cam- bia saludos armoniosos con las nubes que pasan. La muchacha vuelve a mirar a sus compañeros y, como Charlot, inicia la senda peligrosa en pos de la soledad y el retraimiento. No es que huya la compa- ñía de los hombres, pero teme un poco sus miradas. De las mujeres sí que se aísla, porque sabe que no le perdonan su juventud y su belleza. Esta verdad es una de las pocas que lleva aprendidas en su monóto- na vida a bordo. Desde su llegada al barco, se dió cuenta de que allí era la única mujer joven, la única mujer limpia, la única hermosa y libre. En la prime- ra noche, sus compañeras de camarote se burlaron de su pudor al desnudarse. Ella, que tenía sus car-
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E. González Rojo nes blancas y bellas, las cubría con su camisa de al- godón. Las otras, viejas, desgreñadas y sucias, aho- gadas por el calor, se tendían desnudas sobre las lite- ras, en donde la huella oscura de su cuerpo quedaba impresa para toda la travesía. Ninguna se bañaba. Ella, saltaba de su lecho la última para poder, a solas, dedicarse a solas al minu- cioso aseo de su cuerpo. Gozaba de una alegría pue- ril al sentir las gotas de agua recorrerle la cara, el se- no, la garganta. Luego se limpiaba cuidadosamente los pies que, tras del baño, quedaban rosados y fres- cos, listos para aprisionarse en las medias blancas y en el pequeño zapato sin tacón. Pero lo más impor- tante era el deleitoso arreglo de su cabellera rubia. La alisaba primero con el peine, hasta dejarla suave como la seda, grata a la caricia de las manos. Des- pués, la dividía en dos partes y formaba con ellas dos trenzas, anudadas en las puntas con volanderas cintas de un mismo color. Y así, con aquel tesoro de luz dorada, se miraba en el espejo y se encontraba bonita. ¡Bonita! Esa era la opinión unánime de todos sus compañeros: la del “steward" vestido de dril, la del gordo gigantesco, la de Charlot... El “steward", con miradas afables, muchas veces la había cogido de las manos e intentado llevarla a su camarote; ella, había rehusado sin violencia. Otra vez, en un rincón oscuro del buque, el gigante intentó besarla, estre- chándola poderosamente en sus brazos; ella, se des-
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El día más feliz de Charlot asió como pudo y gritó pidiendo auxilio. En cambio, Charlot la miraba desde lejos y cuando creía que ella no lo observaba. Si lo sorprendía en su muda con- templación, se ponía colorado, desviaba la vista y, jugando en sus manos el bastón, emprendía la fuga con sus pasos habituales. Pero ella no se asombraba de la timidez de su amigo y aun la encontraba natu- ral, apropiada, muy de acuerdo con la actitud de to- dos sus momentos. ¿Dónde se habrá metido Charlot? La muchacha, en su camino, escudriña con interés los rincones de la nave. Se agacha bajo los cables de acero, bor- dea las escotillas, se empina sobre las puntas de los pies, se apoya en los blancos respiraderos de metal. En alguna parte ha de encontrarlo, escondido y solo como siempre. ¡Tan dulce que sería estar a su lado, animarlo un poco, y con él conversar íntimamente! El tema sería la próxima llegada a Nueva York y su probable alojamiento en la gran ciudad. De un ma- nera confusa tiene la intuición femenina de su des- amparo y la urgente necesidad de buscarse los conse- jos y la ayuda de alguien, un amistoso protector en su carrera por el mundo siempre nuevo y desconoci- do. Lo busca mientras atraviesa nerviosa el hacina- miento informe de seres miserables que son sus úni- cos amigos. Ella quiere un amante, ¿y quién mejor que Charlot, de bella mirada triste y profunda? DU
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E. González Rojo Escena lll S llegara la sota de oros antes que el caballo de bas- tos o si apareciera el brillante as de espadas pri- mero que el funesto rey de copas, Charlot sería indudablemente un hombre feliz. Continúa en el mismo sitio en que lo dejamos, absorto en su tarea. Las cartas, desplegadas sobre el suelo en forma ca- prichosa, pero con un orden oculto, le hacen guiños maliciosos a su perplejo semblante. Sólo unas cuan- tas conserva y repasa todavía entre sus dedos, vaci- lante y temeroso de que la suerte, hasta ahora be- nigna, le juegue una mala pasada. Con estudiada cautela va separando del grupo una de ellas, la colo- cada encima de las otras, y cierra los ojos para no verla hasta el último momento, que ha de ser el irre- mediable. Sus constantes movimientos de indecisión hacen la maniobra larga, tanto que parece que no va a ter- minar nunca. La mano derecha va y vuelve como un péndulo movido por el misterioso resorte de la vo- luntad. En uno de sus cortos viajes, frecuentes, se coloca nerviosa sobre la carta. Ahora vuelve con su presa, pero la trae boca abajo y, como no sobran las precauciones, Charlot prosigue con los ojos cerrados. Para abrirlos, procede de una manera semejante. Pri- mero es un leve parpadeo que acompaña un fugaz estremecimiento del bigote, luego el paulatino en- E A
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El día más feliz de Charlot treabrirse de los párpados. Llega la luz y la mirada se resuelve cuando la cabeza se inclina con inusita- da rapidez hacia el lado izquierdo, en un gesto últi- mo para rehuir la imagen de la fortuna o la desgra- cia. Un obstáculo imprevisto lo interrumpe y desazo- na. Hay algo que aplasta su mano derecha sobre el piso hasta causarle un dolor agudo e insoportable que le hace volver con prontitud y enojo la cabeza. Un enorme zapato se apoya sin piedad sobre sus de- dos martirizados, y cuando los ojos en muda interro- gación suben desde los zapatos por el pantalón gro- sero, topan en su ascenso con las manazas inverosí- miles que se crispan violentas, con el pecho vigoroso que soberbio se expande y, por fin, con el rostro an- cho y feroz del gigante que insulta con su risa y ame- naza con la mirada. Charlot, impotente y vencido, baja los ojos al suelo. Muere en su ser toda protesta y el desaliento lo invade con un incontenible estre- mecimiento. Juntos el dolor y el temor se asoman a sus empañadas pupilas. Y, con timidez, para no disgustar al gigante, procura retirar suavemente la mano adolorida, en inútil esfuerzo que la hiere más y más con machucamientos y desgarraduras. El gigante empuja su cuerpo entero sobre las es- paldas de Charlot. Bastaría un solo y leve impulso para que éste perdiera el equilibrio y rodara con es- truendo por la resbalosa cubierta de la nave. De na-
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E. González Rojo da le sirve mirar alrededor. Nadie es capaz de pres- tarle el menor auxilio, ni siquiera de preocuparse por su suerte de una manera benévola. Sabe muy bien que su caída sería saludada por las risas y aclama- ciones de los demás, por la unánime aprobación de sus mismos compañeros, felices de que cualquier epi- sodio venga a romper la monotonía de su vida en el mar. Ya sus miradas investigadoras y hostiles siguen la escena hasta en sus más pequeños detalles y pug- nan por adivinar las intenciones de los dos protago- nistas. En el fondo de su ser desean con vehemencia que estalle la lucha, inútil esperanza cuando está de por medio Charlot, que siempre la rehuye. Su debili- dad manifiesta resta emoción a los episodios violen- tos de la vida. El gigante se inclina ahora sobre las cartas des- parramadas y al hacerlo deja en libertad la mano de Charlot. Este hace una expresiva mueca de satisfac- ción, lanza un suspiro de alivio, juega las coyuntu- ras de sus pobres dedos maltrechos y los limpia auto- máticamente en su raído chaqué rabón. Luego los oculta en las profundidades de su bolsillo. Mientras, sus desconfiados ojos no se despegan de la mole gi- gantesca que se mueve a su lado, Charlot quisiera con toda su alma huír de ella, lejos de su alcance opresor; pero no se siente con valor para intentarlo al recordar el esfuerzo que le costó llegar al sitio en que se encuentra. Además, el enemigo inicia una nueva maniobra inquietante. Paseando sus peludas ED
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El día más feliz de Charlot manos sobre la cubierta, recoge las cartas extendi- das en el suelo, sin prisa, consciente de su poder y de la escasa resistencia de su contrario. Apenas forman un ligero bulto, las hace sonar entre los dedos al des- plegarlas con rapidez insólita en inconsistentes aba- nicos cuyo color es una mancha fugaz en el momen- to. Pero hay una carta que se ha escapado a sus mi- radas y que se oculta milagrosamente a su rapiña. Es aquella que Charlot no ha podido ver todavía, el símbolo que encierra su suerte futura. Charlot la siente debajo de su pierna y con el convencimiento íntimo del milagro, le viene un fervoroso impulso de saber, de descorrer el enigma de su vida. En su re- pentina preocupación, no puede impedir que sus ojos lancen una mirada recelosa al gigante que, ahora de pie, satisfecho, lo observa con descuido. Pero la mi- rada de Charlot es como la mecha para la pólvora, lo pone sobre aviso y estimula su desconfianza. Frun- ce las cejas alborotadas y negras, mueve los brazos musculosos, acerca el rostro suspicaz y maligno. Charlot, asustado, finge indiferencia. Desvía la vis- ta y sus labios se juntan entre sí, se alargan, se ahue- han y dejan escapar un ligero silbido de despreocu- pación aparente. Las manos inquietas, fuera de los bolsillos, tamborilean sobre las tablas sonoras de la cubierta. Con infantil maniobra se acercan ingenua e insensiblemente a los muslos y con velocidad in- di
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E. González Rojo sospechada se apoderan de la carta oculta y mila- grosa. Otro ávido movimiento la lleva hasta delan- te de sus ojos... I¡ AS DE ESPADASI Por un instante solamente, el mundo camina más de prisa. En este absurdo movimiento es cuando sobreviene la catástrofe. Merced al esperado empu- jón de su enemigo, Charlot cae y rueda como una masa inerte sobre el suelo y entre las piernas de los espectadores atónitos. Las cartas de la baraja lo si- guen, como gaviotas de cansadas alas, sobre las ca- bezas de los hombres y hasta la superficie reposada del mar. Escena 1V No ha sido sino un instante nada más y Charlot siente el dolor y la injusticia del golpe. Pero hay unas manos solícitas que levantan su cabeza y la re- clinan cariñosas sobre el muelle regazo de una mu- jer. Hubiera sido un bello despertar a la realidad si ésta escondiera sus infortunios ambientes e inmedia- tos. Entre los brazos de su amiga, Charlot se siente feliz y su mirada permanece inexpresiva, absorta en la contemplación de la femenina imagen. La cerca- nía de los cabellos rubios de la mujer amada lo delei- ta aun más que si la caricia fuera larga y profunda.
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El día más feliz de Charlot Lo reconforta como un bálsamo, hace latir su cora- zón como un elíxir maravilloso. Las palabras de con- suelo llegan a sus oídos como los sones lejanos en alas de los vientos acompasados y tranquilos. La ter- sura de los blancos brazos que se anudan a su cuello, lo precipitan en los hondos abismos de los goces no soñados. Un instante nada más. El gigante, alerta, destru- ye con un solo gesto la armonía de la escena. Sin pre- cipitaciones, como obedeciendo a un poderoso meca- nismo, avanza su cuerpo y alarga los brazos hasta to- car con sus velludas manos los hombros de la mucha- cha. Todos sus ademanes tienen la virtud de separar, de rechazar, de romper y deshacer los hilos armóni- cos del momento. Su acción es irremediable, ciega, confusa. Ante la humillada víctima, su amor propio no queda satisfecho y aspira al doble triunfo de la lucha y de la posesión femenina. La muchacha, atraí- da inexorablemente por la fuerza de sus puños, de- ja caer de nuevo a Charlot, a quien suplica con la mi- rada. Los espectadores, entre risas estruendosas, go- zan al contemplar su espanto y aplauden con los ojos las hazañas del fuerte. La muchacha que viaja sola se encuentra entre los brazos del gigante y se retuerce y pugna por des- asirse. El rufián tiene suficiente vigor en los múscu- los para atraerla cada vez más y más, en brutal es- trechamiento que la ahoga. Las trensas rubias se des- 2 dez.
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E. González Rojo madejan en sus dedos ásperos, las cintas de color se desanudan y penden lacias sobre los hombros mar- tirizados. Y hay un momento en que su rostro tiene que apoyarse sobre el pecho de su enemigo y aplas- tarse sobre sus carnes sudorosos y peludas. La aturde la sofocación, la desvanace el esfuerzo y ya, rendi- da, se abandona al abrazo innoble, cuando cree sentir que los repugnantes lazos se aflojan y deshacen has- ta dejarla súbitamente en libertad inesperada, vaci- lante el cuerpo adolorido y empañada la vista por el llanto. Charlot, quizás sin darse cuenta de su acción, se ha lanzado a la lucha. En medio de su asombro, na- die podrá averiguar dónde ha nacido ese impulso sencillo y formidable al mismo tiempo. Un puntapié feroz, aplicado con saña en las corvas del hombre gi- gantesco, ha obrado el milagro. El enemigo, rabian- do de dolor, furioso, se revuelve contra él y le lanza sus puños enormes que caen en el vacío, pues Char- lot, con serenidad, los rehuye. En un combate gro- tesco, los dos adversarios se persiguen sin descanso en el estrecho círculo que les dejan libre los especta- dores. A cada impulso del gigante corresponde una oportuna retirada de Charlot. Los puños del rufián, ciego de ira, se estrellan contra las paredes metáli- cas de los camarotes, rompen en astillas los asientos de madera, destruyen con su fuerza todo lo que en- cuentran en su camino. Y Charlot, en cambio, avan- Za, retrocede, salta, se agacha, embiste, acciona con
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El día más feliz de Charlot sus débiles brazos, se escabulle; y unas veces delan- te y otras detrás, menudea sus golpes precisos en la mole demasiado aparente de su enemigo en derrota. Una zancadilla a tiempo hace caer al gigante. Y ya está encima Charlot quien, sin piedad, continúa el comenzado suplicio. Pero poco le dura su victoria. Un brusco movimiento lo tira de espaldas, mien- tras su adversario, amenazador, se yergue y avanza contra él. Ahora no hay escape posible. Las mana- zas inverosímiles ocupan todo el espacio por donde pudiera huír y lo obligan a retroceder, paso a paso hasta la borda. En esta situación apurada sobreviene la angustia. Charlot se encuentra colocado entre su enemigo y el mar. Y no hay tiempo que perder, por- que el gigante se repliega, listo para el salto defini- tivo en que su adversario ha de quedar vencido para siempre. Con soberano impulso, el gigante ha dado este salto. La muchacha oculta el rostro estremecida de horror. Un grito agudo de los demás entenebrece la escena. Mas no hay por qué asustarse, que Charlot se inclina y el gigante vuela sobre la borda hasta caer pesadamente en el mar. Allá le hará compañía a los tiburones. Y mientras, Charlot se yergue, despreocu- pado, sereno. Vuelve hacia las ondas la cabeza en un gesto de curiosidad despectiva. Se compone el som- brero y estira el chaqué, flexiona las piernas con par- simonia y juega entre sus manos el raquítico bastón =L0
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E. González Rojo que no ha abandonado durante la pelea. Y altivo, sin volver ya el rostro, se acerca a la muchacha que lo contempla sonriente y orgullosa. Al llegar a ella, da un salto en semicírculo y mira amenazador a los es- pectadores, que se retiran sorprendidos y asustados. Luego, del brazo de su compañera, atraviesa la va- lla respetuosa que se le va formando en el camino. Él bastón, en sus manos, hace cabriolas de con- tento. Apoteosis Er barco ha entrado en la bahía y se desliza lenta- mente sobre las aguas turbias del Hudson. Atrás ha quedado la enorme masa de la estatua de la Liber- tad, dando la espalda a los Estados Unidos y alumbran- do las sendas tumultuosas del mar. Los rascacielos de Nueva York se vislumbran penosamente entre la bru- ma. Elevan sin misericordia sus agujas y de tanto pi- car la esfera azul harán que un día caiga sobre nos- otros desinflada e inútil. Vendrá, entonces y entre las mujeres, la moda del azul celeste en los vestidos de calle. En cuanto a los militares y los diplomáticos, usarán las estrellas como condecoraciones. CRUZ DEL SUR DE PRIMERA CLASE y GRAN COR- DON DE LA OSA MAYOR. El sol seguirá de largo su camino, pues ya nada le impedirá el paso. La luna se guardará, como una extraña piedra pálida, en al-
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El día más feliz de Charlot gún rincón aparatoso del Metropolitan Museum of Art. Charlot y su compañera, sentados en la punta de la proa, piensan en éstas y otras muchas cosas. Po- dríamos saberlas, pero es una indiscreción turbar sus ilusiones. Entrelazan sus dedos, se miran largamen- te y, dejando caer sus piernas sobre el vacío, por en- cima de las olas, las balancean rítmicamente, sin des- canso. La marcha unida de la nave y del mar los acompaña. Un golpe seco, una voz marinera, el aire que se enreda entre los mástiles... Entonces Juntan los labios y se dan un largo beso de rigor, y aquí termina, señores, EL DIA MAS FELIZ DE CHARLOT. Enrique GONZALEZ ROJO
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” “ENIAS Las buenas frases son la ver- dad en números redondos. H- poeta sin genio ve correr las aguas del río. En vano se fatiga por una nueva imagen poética so- bre el correr del agual La frase no viene nunca y las ondas siguen de ecables su curso. El agua que pasa tiene una gran semejanza con su vida; no la relación secreta que inútilmente se esfuerza en discernir, sino ésta, que su vida pasa tam- bién adelante sin a versos en las manos. Una vez hubo un hombre que escribía acerca de todas las cosas; nada en el universo escapó a su te- rrible pluma, ni los rumbos de la rosa náutica y la vocación de los jóvenes, ni las edades del hombre y de. U
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Xenias las estaciones del año, ni las manchas del sol y el va- lor de la irreverencia en la crítica literaria. Su vida giró. alrededor de este pensamiento: “—Cuando muera se dirá que fuí un genio, que pu- de escribir sobre todas las cosas. Se me citará—co- mo a Goethe mismo—a propósito de todos los asun- tos.” Sin embargo, en sus funerales—que no fueron por cierto un brillante éxito social—nadie lo compa- ró con Goethe. Hay además en su epitafio dos fal- tas de ortografía. LA PROCESION L AS cuestas y llanos se pueblan de los pobrecitos indios. Ya baja allá a lo lejos la imagen que traen en andas, con gran acompañamiento de gentes. Los cirios y candelas brillan amortiguadamente en la se- rena luz de la tarde. Este año ha sido de sequía. Las milpas están resecas, y los gañanes tienen oprimido el corazón. Saben bien que sólo de la Gloriosa po- drá venirles el remedio, las lluvias bienhechoras, las 5 vuZ
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Julio Torri aguas que reverdecen los campos, que tornan su pu- reza al aire y el alegría al alma contristada del la- briego. Por encima de las cabezas descubiertas e hirsu- tas, de las luces que constelan de diamantes el páli- do cielo sin nubes, y de las caras graves y hurañas de los indios, se mantiene la Virgen levemente sobre las andas, en su peana dorada. Es pequeñita; de rostro moreno, casi negro; su manto estofado desciende triangularmente, broslado de gemas, sobre una me- dia luna. Un virrey antaño se despojó de sus insig- nias para que ella las llevase. Cuando el cólera grande despoblaba ciudades y villas, el Presidente de la Re- pública le dió ese collar de amatistas que centellea con tenues fulgores purpurinos. Entonces fué traída con gran pompa a la Catedral de México. Bajo el cielo inclemente, por los requemados maizales, los cánticos se elevan quejumbrosos. El dolor de las gentes sencillas y pobres, la fe obstina- da y potente, el espíritu de esta raza declinante ani- man las letanías, entonadas en falsete. Parpadean los velones. El polvo, esfumino de lejanías, hace me- nos violenta la cresta de la sierra. Las voces implo- ran desafinadas y tercas: ¡Oh Madre tierna, bendita, Ayuda a nuestra Nación, Pues mucho lo necesita! 5
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Xenias EL MAL ACTOR DE SUS PROPLAS EMOCIONES Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el des- aliento y el cansancio: Señor, siete años ha que vine a pedirte conse- jo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “-——Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes.” Y desde enton- ces no encubrí mis pasiones a los hombres. Mi cora- zón fué para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino. El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo: —Encubre a tus hermanos el amor que les ten- gas y disimula tus pasiones ante los hombres, por-
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Julio Torri que eres, hijo mío, un mal actor de tus propias emo- ciones, Javars en effet, en toute sin- certé d'esfrit, prs ! engagement de le rendre a son état frimitif de fils du soleil, et nous errions, nourris du vin des Palermes et du biscuit de la route, moi fres- sé de trouver le lieu et la for- mule. RIMBAUD. Caminaba por la calle silenciosa de arrabal, lle- na de frescos presentimientos de campo. En un am- biente extraterrestre de madrugada polar, la cúpula de azulejos de Nuestra Señora del Olvido brillaba a la luna con serenidad extraña y misteriosa. No sé en qué pensaba. Las inquietudes se habían adormecido piadosamente en mi corazón. En los tiestos las flores parecían como alucinadas en el extrañísimo matiz de la Luna, y recibían las caricias del rocío, amante tímido y casto. ¡Madruga- da sin revuelos de pájaros blancos, sin alucinacio- nes, sin música de órgano! ¿Por qué no me evadí entonces de la Realidad? Hubiera sido tan fácil! Ninguna de las once mil le- yes naturales se hubiera ofendido! Ningún ojo sofis- ticado me acechaba! Mr, David Hume dormía pro- fundamente desde hacía cien años! Julio TORRI .
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OCHO DIBUJOS MEXICANOS DE MAROTO
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EL CAMPO Lo primero que hizo, en la mañana, fué buscar el pronóstico del tiempo. Le contrarió ver en el periódico el anuncio de “variable.” Esa amenaza de lluvia, de niebla, o de mal tiempo, les impediría ir. Ella vendría a decirle que no era prudente; que sería mejor dejarlo para otro sábado. Fué por lo que en la oficina, Jimmy estuvo asomándose cada momento para mirar al cielo entre los huecos de los edificios. A veces estaba blanco, descolorido; otras, algún nubarrón oscurecía la calle. Entonces Jimmy volvía a su trabajo. No era posible, no tenía objeto ir al campo un día lluvioso. Ella no querría ir. Le pa- recía verla diciendo: “Es mejor que no vayamos.” Pero conforme la mañana se acercaba al medio día, el cielo se fué aclarando. En la oficina se afirma- ron las sombras, alternando con manchas brillantes
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Nathan Asch de sol amarillo, y sopló una brisa que despejó el ai- re nublado. Todo parecía más alegre. Todos se pro- metían una gran tarde. lrían al juego, o se pasearían por las calles o, sencillamente, dejarían correr el tiem- po sin hacer nada. Jimmy se sintió más ligero. Ahora que ella no podía encontrar excusas, probablemente irían al campo. Le caía en gracia eso de ir al campo. El le había dicho que sería mejor no decirles a los compañeros a dónde iban; que les dijera que irían al cine, o a cualquiera otra parte. Ella le prome- tió hacerlo y llevar los “sandwiches” que haría su mamá envueltos de tal modo que parecieran una ca- ja de zapatos, y así nadie se enteraría. Y en vez de salir juntos, él debía esperarla en la esquina de la ta- baquería. Había aceptado. Se encontraron frente a la tabaquería y cruzaron rápidamente la calle para que nadie pudiera verlos desde la oficina. Ella lo tomó del brazo y se apresura- ron a embarcarse en el “ferry”. Todo era alegre. El sol brillante, las sombras negras, la gente caminando feliz por las calles, ansiosa de no desperdiciar ni un momento de ese magnífico día. En el “ferry”, Jimmy y su amiga estaban senta- dos afuera, muy juntos, con los brazos enlazados, porque era grande la apretura. Había mucha gente y mucho ruido; todos hablaban; los chiquillos les gritaban a las gaviotas y a los barcos cercanos; una prquesta de tres italianos tocaba canciones populares.
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El campo Ella le hablaba de todo; de los chismes de la oficina, de sus amigas, de lo que había hecho la noche ante- rior; le decía con quién había estado, lo que le ha- bían dicho, lo que ella les había dicho. Estaba anima- da, feliz. Tenía la cabeza levantada y le miraba a la boca como si quisiera ver lo que él contestaría. Jimmy tenía la cigarrera en una mano. En la otra, dentro del bolsillo, un cigarro. Tenía ganas de fumar. El campo, para Jimmy, era el campamento de “boy-scout” de cuando niño. Un juego de pelota fue- ra de la ciudad. Un “diamante” improvisado, una cer- ca de alambre atrás del solar de la casa y, más allá, pas- to, árboles y un pueblo. Un paseo en el auto del pa- dre de algún amigo. La carretera negra, autos que pasaban, pueblos dejados atrás. Un par de chicas a las que habían tratado, sin éxito, de subir. Jimmy iba ahora al campo y no sabía a dónde iba. De no ir al campo, hubieran ido al cine. Se hu- bieran sentado a un lado cerca del fondo. Durante un rato hubiesen visto la película. Luego se hubie- ran cogido de las manos y, después de un momen- to, se habrían besado, o, al menos, él lo habría inten- tado, Más tarde, al salir, la hubiera llevado a su casa, para allí, en el recibidor, besarla más. La chica que iba con Jimmy al campo, se llamaba Marion. Trabajaba en un registro en la misma com- pañía en que él era ayudante del contador. El no lo sabía cuando la conoció en un baile del Centro So-
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Nathan Asch cial. Esa noche la llevó a su casa. Trató de besarla y lo hizo. Trató de hacer algo más y le dijeron que NO. Al día siguiente la vió en la oficina. Nunca hubiera llegado a conocerla entre los centenares de emplea- dos que trabajaban allí. El no sabía con seguridad a dónde iban. Tenía la idea de que, al llegar al otro lado, podrían tomar un tranvía. Y fué lo que hicieron cuando el “ferry” atra- có en el muelle y todo el mundo desembarcó. Como había mucha gente, tuvieron que ir de pie. Marion era mucho más baja que Jimmy y se apoyaba en él como si estuvieran bailando. A él también le pareció que estaban bailando. Todavía no sabía lo que ha- rían al llegar a alguna parte. Se comerían los “sand- wiches” y después... No era posible, después de todo, empezar a hacerse el amor, así, sin motivo. No tenía idea de lo que harían. De cualquier modo, la idea del campo, ahora que estaban llegando, le asus- taba más y más. Se sentía incómodo. Se arrepentía de haberlo propuesto. Le gustaba la muchacha, le gustaba como cualquiera otra a la que no hubiera hecho caer todavía; pero... ¿de qué hablarían, qué harían después de comerse los sandwiches, si no era todavía la hora de regresar? El era un muchacho bien parecido, de ojos boni- tos. Marion quería gustarle. Además, quería gus- tarle a cualquier muchacho que no tratara de conse- guir mucho la primera vez que anduviera con ella.
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El Campo No porque le importara que tratara o no,—ella po- día entendérselas con cualquiera—pero si ellos no pedían mucho la primera vez, le gustarían más la segunda y podría permitirles más. No tenía mayor idea del campo que él. Para ella era una casa de huéspedes de verano con tapices mu- grientos, niños chillando, una vid al fondo para ir, en la noche, con los amigos. Fué con Jimmy, porque él se lo pidió, porque quería gustarle y porque no tenía nada qué hacer esa tarde. Probablemente si él le hubiera dicho: “Vamos a dar un paseo en aereo- plano” o “Vamos a dar de comer a los animales del parque zoológico,” ella le hubiera contestado: “Muy bien, vamos a hacer cualquier cosa para pasar el tiempo.” Estaban muy desconcertados ante la idea del campo y trataban de animarse a sí mismos. El la vió y le preguntó: —e¿No te parece agradable este paseo? Y ella le contestó: —Muy agradable. Pero no estaban muy seguros. El carro se estaba quedando vacío. Alrededor ha- bía cosas que parecían el campo. Arboles y pasto y otro grupo de árboles. Luego un arroyo. Casas de campo. Hasta una vaca. Vieron la vaca y no dijeron nada. Ya iba siendo tiempo de bajar del tren. En el ci-
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Nathan Asch ne, ya se sabe cuál es el mejor lugar para sentarse. Si es “vaudeville,” se trata de conseguir los asien- tos delanteros. Si solamente se quiere ver una pelícu- la, se sienta uno enmedio. Ahora, si se está con una muchacha y se quiere pasar el rato con ella, se sien- ta uno en el fondo, a un lado, de modo que el aco- modador no pueda verlo. Pero ¿cuál es el mejor lu- gar para estar en el campo? ¿Cerca de un arroyo? ¿O entre los árboles? ¿O en el pasto? Jimmy no lo sabía. Y Marion no podía ayudarlo. El tranvía estaba ya completamente vacío. Co- rría a gran velocidad a través del campo haciendo un ruido enorme, inclinándose en las curvas. Jimmy tiró del cordón. —Vamos a bajar, dijo. El carro paró. Se abrieron las puertas. Salieron. El seguía con la cigarrera en la mano. El tranvía volvió a cerrar y se fué. Estaban en el campo. —Bueno, vamos, —dijo Jimmy desesperado. La tomó de la mano, atravesaron la carretera, en- traron en el pasto que se doblaba con gracia bajo sus pies y se fueron más lejos. Vieron algunos árbo- les. Fueron hacia ellos. Y, más allá, había más árbo- les y todo parecía tan quieto como si nadie hubiera estado ahí nunca, desde el principio del mundo. Por primera vez en su vida, cada uno de los dos se sintió completamente solo. Podían haber gritado con todas sus fuerzas y haber hecho cualquier cosa, y nadie los hubiera oído, y se asustaron.
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El campo Si Marion hubiera sido más joven y no hubiera sorteado por tanto tiempo toda clase de situaciones peligrosas, habría llorado. Y si Jimmy no hubiera sido un hombre y no hubiera sabido que un hom- bre nunca demuestra su emoción, nunca deja ver sus sentimientos, y a todo pone una cara dura, inmuta- ble, Jimmy habría llorado también. Si hubiera habido a su alrededor alguna cosa co- nocida, una casa, o un automóvil, siquiera una co- lilla de cigarro tirada en el suelo; si hubieran visto alguna cosa a la que estuvieran acostumbrados, se habrían sentido más tranquilos. Habrían podido despreciar el pasto, los árboles, el cielo, con una son- risa. ¿Cielo? ¡Bah! ¿Pasto? ¡Bah! Pero no había na- da. Todo era cielo, árboles y pasto y nadie más que ellos mismos. Ella llevaba un vestido muy corto y medias de seda, y él, “oxfords” perforados y traje azul, Estaba haciendo mucho calor y a Jimmy empe- zaba a molestarle el cuello. Pensó quitárselo, pero no se atrevió. Sentía como si algo fuera a pasar y no sa- bía qué. Se sentía muy formal y muy fuera de lugar en el campo. Y al fin se tendrían que sentar y ¿có- mo sentarse, vestidos como iban? Jimmy empezó a echar maldiciones en voz baja. No muy alto, porque le tenía miedo al campo. Estaba atemorizado. El suelo se hundía bajo sus pies. Los árboles se cerraban más y más. Al fin llegaron a un arroyo. (
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Naihan Asch Cerca había una roca bastante grande. Se sentía fres- co allí y no podían caminar más. Decidieron sentar- se. Jummy sacó un pañuelo, lo extendió cuidadosa- mente sobre la roca y se sentó. Marion se quedó de pie. Su cara había perdido la expresión inmóvil y su boca se contraía. Con mucho cuidado, ella también se sentó en la roca. Y desdeñosamente, dijo: “Me has traído a un lugar muy bonito. ¿Qué vamos a hacer ahora?” A falta de otra cosa qué hacer, comieron. Real- mente, no tenían ganas de comer. Sentían la comida en la garganta, seca, pesada. Tenían sed y no había qué beber. Los dos pensaron volver al camino y to- mar un tranvía de regreso, y los dos tuvieron miedo de decirlo. Habían querido ir al campo. Ya estaban allí, debían estar satisfechos. A su alrededor, los pájaros estaban cantando. El arroyo corría hacia abajo. Llegó una ardilla, los vió, y corrió de nuevo. Hacía fresco donde estaban. Ha- cía fresco y era agradable y cuando acabaron de co- mer llegaron al convencimiento de que ese disgus- to por el campo era algo que estaba en ellos, pero que verdaderamente no debía disgustarles. Era ése, después de todo, un lugar bonito. Sólo que un lugar del que no sabían nada, no podía ser bueno, y no querían admitir que empezaba a gustarles. Fué a Marion a la que empezó a gustar el cam- po. Primero se sentó en la roca; pero la roca era du- - Ud
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El campo ra y el suelo parecía más suave. Se recostó, pues, en el pasto, como inconscientemente, como contra su voluntad, para que Jimmy no pensara que ya le gustaba sentarse en el pasto. No, no le gustaba. Vi- nieron aquí esperando encontrar las mismas cosas que en la ciudad y la cosa era diferente. Y no podían tolerar nada diferente, nada que no pudieran enten- der. Tenían que demostrar que el campo les disgus- taba, que la ciudad era mucho mejor. Pero el campo trabajaba despacio. Al principio sólo conquistó a Marion. Se sentó en el pasto. Su ves- tido se levantó ligeramente. Se le salió un zapato y no trató de ponérselo. Luego se quitó el sombrero. Todo como si no quisiera hacerlo. Sus facciones se dulcificaron. Su cara no era ya ni dura ni suave; era una cara común. Y hasta comió su “sandwich” con más apetito. Pero la manera como el campo cogió a Jimmy, fué ésta: Tenía sed, y pensó que el agua del arroyo podía tomarse. Y como si fuera a hacer otra cosa, como si el agua fuera su idea menos importan- te, llegó hasta la orilla, apoyó un pie en una piedra que estaba un poco más adentro, tomó agua en el hueco de sus manos y bebió. Algunas gotas le cayeron en los pantalones y otras cuantas en los zapatos. Quiso enojarse, pero no pudo. Se quedó mirando el agua que brillaba so- bre su vestido azul y no dijo nada. Luego llamó a Marion. AZ
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Nathan Asch —Ven a tomar agua. Ella fué y tomó en las manos de Jimmy. Más agua cayó en sus vestidos. Hicieron como si no se hubieran dado cuenta. El campo los conquistaba cada vez más. Todavía estaban callados. Cualquiera que los hubiera visto ha- bría pensado que estaban muy incómodos, muy fue- ra de lugar. Pero empezaban a estar a gusto. En su interior dejaron de combatir al campo y empezaron a aceptarlo. Cuando Marion se quitó el otro zapato y las me- dias y atravezó el arroyo, a Jimmy no le llamó la atención. Le pareció completamente natural. Y cuan- do Jimmy empezó a aventar guijarros al agua, cer- ca de Marion, ella gritaba, pero no enojada. Se di- vertía dejando que el agua mojara su vestido. Jimmy se quitó el saco y el cuello y la corbata, se remangó la camisa y quiso obligar a Marion a que saliera del agua. Ella lo salpicó y lo mojó todo. Los dos se rieron. Entonces ella se fijó en las flores y fué descalza a cortarlas. Jimmy estaba tirado en el pasto, cerca de la roca, con la cabeza entre las manos Vió insec- tos y hormigas acarreando ramitas. Luego descubrió un hormiguero, muchos pequeños agujeros en un montículo de arena, y hormigas entrando y saliendo, apareciendo y desapareciendo. El lugar era tranquilo. El arroyo, los pájaros, los - >
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El campo grillos que chirriaban de vez en cuando, sólo hacían el lugar más tranquilo. Esta pequeña planicie con la roca en el centro parecía todo el mundo. Nada exis- tía más allá. Jimmy se sentía transportado, solo, en paz. Marion se acercó descalza, caminando con di- ficultad. Traía las manos llenas de flores. Se sentó a su lado y empezó a tejer una corona. No lo veía. Pa- recía muy seria, muy dedicada a lo que estaba ha- ciendo, enlazando una flor con otra hasta formarlas de tres en tres. Por algún tiempo Jimmy se sintió contento. Ni Marion cuando vino a sentarse junto a él lo hizo pen- sar en nada. Durante un rato, no hubo nada dentro de él. Algo, sin embargo, había, porque él sentía una quietud y un calor interior, que nunca antes había sentido. Era como si una suave corriente eléctrica lo recorriera produciéndole una sensación agradable. Quiso expulsarla, quiso sentarse. No debían pasarle cosas así, no debía sucederle nada que no pudiera ex- plicarse. Pero al mismo tiempo estaba demasiado somnoliento, demasiado contento para poder sentar- se. Mejor se entregó a la corriente combinada con el ruido del arroyo, con el canto de las pájaros, con el aroma del pasto. de los árboles. hasta que cerró los ojos. Marion, sentada a su lado, tejiendo flores sin pensar en nada, parecía haber nacido en el campo, ser de ese lugar.
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Nathan Asch Entonces Jimmy comenzó a pensar. Empezó por considerar lo que estaban haciendo, en la situación en que se encontraban. Todavía en reposo, sin in- quietud, se preocupó por lo que sucedería si alguien le preguntara lo que habían hecho la tarde de ese sábado. Si alguien se lo preguntara, ¿qué contesta- ría? “Pues fuimos al campo. Al principio estábamos desconcertados. Luego, parece que nos gustó. Yo me acosté en el pasto, satisfecho, y Marion hizo una co- rona de flores.” ¿Y si dijera eso? Se imaginó a uno de sus ami- gos a quien dijera tal cosa. ¿Qué contestaría él? Se moriría de risa. “¡Bonita manera de pasar la tarde del sábado! ¡Ir al campo! ¡Cerrar los ojos! ¡Tener una muchacha y dejarla hacer coronas de flores!” Si llegara a decir lo que había hecho, nunca espera- ría la contestación. ¡Haciendo coronas! ¡Tirado en el pasto con los ojos cerrados! Abrió los ojos y se sentó. El aroma del pasto desapareció, y la escena a su alrededor empezó a parecerle un poco extraña, co- mo si hubiera llegado a pensar que estaba en su casa sin estarlo. Y si estaba, no debía estar. Un hombre no tiene el derecho de acostarse en el pasto y oler las flores, ni de observar un hormiguero con un millón de hormigas. Otra vez se sintió incómodo, otra vez no supo qué hacer con las cosas a su alcance. Ya no debía sucederle eso, porque ya le gustaba el lugar y
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El campo quería quedarse; pero fué su cabeza la que empezó a trabajar, la que empezó a sentirse incómoda. Miró a Marion. De pronto ella no se dió cuenta de su mirada y siguió tejiendo la corona; pero lue- go se fijó, volteó a verlo, le sonrió, y siguió con sus Flores. También Marion, también Marion debía pensar que él era un estúpido en llevarla a un lugar olvida- do de Dios y no hacer nada para entretenerla. Si la hubiera llevado a un parque de diversiones donde hu- biera ruido y baile y juegos, habría pasado un rato agradable; pero aquí ¿qué hacer? Estaba disgustado de sí mismo. No quería volver en sí, no quería pensar, hacer consideraciones sobre él ni sobre la muchacha que tenía a su lado. Quería acos- tarse otra vez en el pasto, cerrar los ojos y entregar- se al calor de aquella sensación rara. Quería, pero no podía. En su imaginación veía a sus amigos riéndose de él. “¿Eres un atrevido, verdad? ¡Llevar una mu- chacha al campo para que haga coronas de flores!” Se vió en el asiento trasero de un autómóvil con una chica a su lado. ¡Obrar! O en un recibidor después de una tarde de cine con una muchacha impaciente por regresar a su casa, — "Papá debe estar furioso. Mira la hora'—pero en realidad. no tan impaciente. ¡Obrar ! ¡Obrar! Miró otra vez a Marion. La midió con la vista. Y diciéndose a sí mismo: Yo no quiero hacerlo. No sé AD
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Nathan Asch por qué, pero no tengo ganas ahora, se acercó a ella, la abrazó y trató de besarla. “No”, dijo ella, retirándolo. Le agradó que dijera que no. Le pareció raro que hubiera veces en que no se tienen ganas de besar a una muchacha, en que no quiere uno darse cuenta de que existe, cuando se vive consigo mismo, satisfecho consigo mismo. Nunca había tenido este pensamien- to y se entregó a él. Y otra vez cerró los ojos mental- mente, y otros pensamientos pasaron por él. De nuevo vió el recibidor. No quiere decir nada que una muchacha diga que No. Significa que se avergiienza, o que se intimida, o que quiere que le hagan más. Algo en su interior le decía: ¿Por qué debes portarte como en un recibidor? Y algo le con- testaba: No se puede hacer otra cosa. Ella estaba aquí con él, tenía que ser besada. No tenía remedio. No se sale con una muchacha si no es para besarla. Y lo hizo. Otra vez no quería hacerlo, se aver- gonzaba de ello, y sin embargo, se obligó. Se levan- tó un poco, abrazó a Marion fuertemente, y la besó. Luego se retiró y se quedó mirándola. Estaba muy enojada. Con voz estrepitosa, destemplada, gritó: —¡Déjame! ¿Estás loco? Se mostraba irritada, como si no pudiera enten- der por qué se empeñaba él en hacer tal cosa. Su ca- ra era distinta de la de otras muchachas a las que él había besado. Las otras pedían más, se somnreían,
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El campo bajaban los ojos. Querían demostrar de algún modo que no querían que dejara de besarlas. Pero Marion no. Cuando le dijo eso, lo miraba con disgusto, fija- mente, como diciendo: ¿Por qué quieres hacer eso? ¿Aquí? Este no es el lugar ni el tiempo de ha- cerlo. El entendió esa mirada, comprendió que debía contenerse. que no solamente él no tenía ganas de besarla, de abrazarla, sino que ella tampoco quería. Debería volver a su pasto, a olerlo, a cerrar los ojos. Retirarse. Pero no lo hizo. Algo lo condujo, algo lo obligó a seguir insistiendo. Estaba desesperado. No quería hacerlo. No era el lugar. Pero no podía hacer otra cosa. Sencillamente, no podía. Ahora tenía que be- sarla aunque eso no le produjera ningún placer, aun- que supiera que a ella le molestaba. Se sentó a su lado, destrozó la corona que había estado tejiendo con tanto cuidado, y la obligó a que lo besara. La sostuvo fuertemente; con una mano le levantó la cabeza, pasó el otro brazo sobre sus hom- bros y oprimió los labios de Marion contra su boca. Fué un beso duro, duro y seco y desagradable como los “sandwiches” que comieron al llegar. Y a pesar de que ella luchaba por desasirse y de- cía: No, vete. No quiero. Déjame, déjame, vete; él seguía. Estaba apenado. Mientras luchaba con ella, mientras trataba de obligarla, sentía como si hubie-
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Nathan Asch ra perdido algo, algo que antes tenía, que significaba mucho para él. El campo desapareció. A su alrededor había sólo árboles, un arroyo y pasto a propósito para besar a una muchacha. Y cerca de ellos había una ciudad, au- tomóviles oscuros, cines oscuros, recibidores oscu- ros. Entonces comprendió que no tenía razón. Nada le produjo el beso: Ni él ni ella gozaron nada. Ella se despeinó y su vestido se arrugó, y en el suelo, a su al- rededor, quedaron tiradas las flores marchitas. En cuanto pudo desasirse, dijo: “Me voy”. Se puso el sombrero y los zapatos y se arregló un poco. El miró una vez más el campo muerto, feo, extraño. Luego, juntos, subieron al tranvía. Nathan ASCH Traducción de C. GOROSTIZA Au
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EN BUSCA DE LAS SIETE CIUDADES VAZQUEZ DE CORONADO, GOBERNANTE Y EXPLORADOR DS Francisco Vázquez de Coronado comparte con don Hernán Cortés y con don Nuño de Guzmán la desgracia de ser, en nuestra historia, uno de los personajes más atacados, dicho sea sin preten- der establecer entre ellos un paralelo que, tanto por sus éxitos como por sus dotes geniales, es difícil en- contrar quien pueda compararse con el estupendo Ca- pitán de Extremadura. Tentado por la enorme cantidad de cargos que se acumulan en contra de don Francisco Vázquez de Coronado, por los que resulta que es superior o cuan- ñ
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José G. Heredia do menos igual a don Nuño de Guzmán en lo cruel, e inferior en la energía y tenacidad en la suerte ad- versa, he hecho un minucioso estudio de la vida de este caballero desafortunado, encontrando que los crí- menes que se le imputan son exagerados o falsos y que se han olvidado siempre sus méritos indiscutibles de gobernante, de explorador y de guerrero. La vida de don Francisco Vázquez de Coronado, como la de todos los Conquistadores de Indias, se des- liza en sus principios obscura y silenciosa en cualquier pueblo español, hasta que ávido de gloria y de rique- zas y en plena juventud llega al Nuevo Mundo. Es el propio Coronado quien nos dice, en su información de méritos al Virrey don Antonio de Mendoza, que “es natural de la ciudad de salamanca hijo legitimo de joan vasquez de coronado e de doña ysabel de luxan su muger y que es caballero notorio y pasó a estas partes con vuestra señoría ylustrísima el año de trein- ta y cinco que a zervido a su magestad por mandado de vuestra señoria por visitador de las mynas de pla- ta y en el cargo de governador e capitan de la nueva galizia de que dio suficiente quenta de la fidelidad con que huso los cargos segun que paresce por su rresidencia e que sirvio de capitan general en el exer- cito que vuestra señoria embio por mandato de su magestad al descubrimiento de la tierra nueva e que en la jornada gasto pasados de cinquenta myll duca- dos y paso muchos e yntolerables trabajos como es
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En busca de las siete ciudades notorio de mucho rriesgo peligro e trabajos e derra- mamiento de sangre e que guardo en todo las yns- trucciones que su magestad manda a los que llevan semejantes cargos sin esceder como consta por las ynformaciones que dello tiene dados e que a doze años que es casado con doña beatriz destrada hija del thesorero alonso destrada y que tiene hijos e hijas en cantidad suplica atento a lo mucho que a servido e a la dinydad de los cargos e a la calidad de su per- sona e a que no se puede sustentar con los yndios que tiene se le haga merced de le rremunerar e Acre- centar en el rrepartimiento y haze presentación de cierta executoria e mandamyento en ella ynsertos.” Por el estudio de toda su actuación en Nueva Espa- ña, el lector podrá inclinarse en favor de su autobio- grafía, aumentará las filas de sus enemigos, o bien compartirá un criterio ecléctico y comprensivo que, a mi juicio, es el mejor. Preso don Nuño de Guzmán, “el mayor tirano que jamás pisó” la Nueva Galicia, el día 19 de ene- ro de 1537, en la ciudad de México, fué nombrado para substituírlo, en una forma definitiva, el señor Licenciado don Diego Pérez de la Torre, su juez de cesidencia, al que el Emperador Carlos V había de- 02
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José G. Heredia signado para desempeñarlo con fecha 17 de marzo de 1536, y quien recibió el gobierno de manos del Capitán don Cristóbal de Oñate, que lo ocupaba tran- sitoriamente por delegación del propio don Nuño de Guzmán. Efímero fué el gobierno de este ilustre varón que dejó, no obstante, consignado en las crónicas de su época, grato recuerdo de sus virtudes y de su talento. Murió en el año de 1538 a consecuencias de la caída de un caballo, nombrando antes como su sucesor, de acuerdo con el Ayuntamiento de Guadalajara, al mismo Cristóbal de Oñate que dejara Guzmán en ese puesto, a su salida de la Nueva Galicia. Informado el Virrey de la inesperada muerte de don Diego Pé- rez de la Torre, designó como Justicia Mayor de la provincia a don Luis Galindo, y posteriormente, pe- ro siempre dentro del año de 1538, nombró como Go- bernador de la Nueva Galicia a don Francisco Váz- quez de Coronado, designación que fué ratificada después por el Emperador Carlos V, el 18 de abril de 1539. Con anterioridad a este cárgo, Coronado había desempeñado el de visitador de las minas de plata de la Nueva España, “de que dió suficiente quenta de la fidelidad” con que lo hizo, tanto por no haberle resultado responsabilidad alguna en el juicio de resi- dencia que al efecto se le formó, como por la circuns- tancia, muy significativa, de haber sido ascendido rápidamente a la gobernación de la Nueva Galicia. Jal
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En busca de las siete ciudades Sobre su actuación como gobernante de esta vas- ta e importante provincia, el Licenciado don Matías de la Mota Padilla nos dice, en su notable obra titu- lada “Historia de la Conquista de la Nueva Galicia,” Capítulo XXI, párrafo VII, página 110, lo siguiente: “Gobernaba a gusto de todos Francisco Vázquez de Coronado, y procedió a señalar egidos a la villa de Guadalajara, la que ya por el año de 540 se intitula- ba ciudad. ..”, y en la página 111 de la misma obra: “Determinó el Virrey lograr la ocasión de la mucha gente noble que había en México, que como corcho sobre el agua reposado, se andaba sin tener qué ha- cer ni en qué ocuparse, todos atenidos a que el Vi- rrey les hiciese algunas mercedes, y a que los vecinos de México les sustentasen a sus mesas; y así, le fué fácil aprestar más de trescientos hombres, los más de a caballo, porque ya se criaban muchos; dióles a treinta pesos y prometióles repartimientos en la tie- rra que se poblase, y más cuando se afirmaba haber un cerro de plata y otras minas, y porque el buen nombre que en la ocasión tenía Francisco Vázquez Coronado, gobernador del reino de la Nueva Galicia le confirió comisión para la jornada.” El correcto y verídico historiador, Licenciado don Luis Pérez Verdía, en su obra titulada “Historia Plar- ticular del Estado de Jalisco”; tomo primero, página 141, refiriéndose a Vázquez de Coronado, afirma: “Ocupóse luego en visitar algunos pueblos, yendo a
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José G. Heredia Compostela y Valle de Banderas, en mercedar terre- nos realengos, siendo los títulos de propiedad que él expidió los más antiguos que se registran y en apla- car las pretensiones de muchos vecinos que no po- dían conformarse con la prohibición que el rey ha- bía hecho para esclavizar y que levantada por Nuño de Guzmán, fué puesta en vigor por Pérez de la To- rre”, pues “Con fecha 26 de diciembre de 1539, un grupo numeroso presidido por Diego de Proaño, (el mismo que con sus crueldades suscitó el levantamien- to de Culiacán y que por eso había mandado dego- llar Guzmán), nos dice el citado historiador, pidió a Coronado para que no se perdiese la tierra, les per- mitiese “que estos tales que están rebelados con los chichimecos se hagan esclavos o naboríos de por fuerza para que nos sirvan en nuestras haciendas y granjerías.” En la “Crónica Miscelánea de la Provincia de Ja- lisco”, escrita por Fray Antonio Tello, probablemen- te en el año de 1550, cuando tenía la avanzada edad de ochenta y seis años, de donde se infiere que pu- do conocer personalmente a los Conquistadores de la Nueva Galicia y recoger de ellos muchas de las noticias que consigna en su notable obra. la más an- tigua que se conoce sobre esta materia, encontramos: “Después de esto, (la muerte de don Diego Pérez de la Torre) el virrey don Antonio de Mendoza envió por Gobernador de la Galicia a Francisco Vázquez vd
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En busca de las siete ciudades Coronado, natural de la ciudad de Salamanca, casa- do con la hija del Tesorero Alonso de Estrada, y lle- gó a la villa de Guadalajara este mismo año de 1538; y luego a diez y nueve días del mes de noviembre del dicho año, en presencia del escribano Salinas, el dicho Francisco Vázquez, gobernador de la Galicia, dijo que, por cuanto los regidores que han sido este año de la dicha villa, han desistido de sus oficios an- te su merced por petición y porque el dicho Sr. go- bernador se iba de la dicha villa a la ciudad de Com- postela, de donde no podría venir a tiempo para las elecciones, pedían y requerían al dicho señor gober- nador nombrase quienes fuesen alcaldes y regidores de la dicha villa, para el año venidero de 1539, El di- cho señor gobernador dijo, que nombraba y nombró para regidores de esta villa, en nombre de S. M. a Diego Proaño, a Santiago de Aguirre, a Juan de Zal- dívar y a Toribio de Bolaños, vecinos de la villa, por- que le parecieron personas hábiles y suficientes para el dicho oficio, y de buena conciencia y que mirarían al servicio de Dios Nuestro Señor y de S. M. y al bien de la villa, y para ejercer el dicho oficio en nombre de S. M., según que de hecho se requiere.” "Fueron recibidos y hicieron juramento en for- ma, y luego este dicho día, mes y año, el dicho se- ñor gobernador dijo, que por cuanto en la dicha vi- lla no hay alcaldes ordinarios y que él está de cami- no para la ciudad de Compostela, que les mandaba
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José G. Heredia y mandó nombren alcaldes tales que les convengan para el dicho cargo y luego los dichos regidores nom- braron a Miguel de Ibarra, a Francisco Barrón, a Die- go Vázquez, a Maximiliano de Angulo, a Hernán Flores y a Hernán Ruiz de Ovalle, que son perso- nas honradas y de buena conciencia, tales cuales con- viene; y luego el dicho señor gobernador estando en cabildo, dijo que nombraba y nombró por alcaldes de esta dicha villa, su tierra y jurisdicción, a Diego Vázquez y Miguel de Ibarra, y como a tales alcal- des en nombre de S. M. les daba su poder cumplido y tan bastante como de derecho se requiere, y fueron obedecidos por el Cabildo, hicieron el juramento, y luego nombraron por alguacil a Alonso Lorenzo y por escribano a Juan de Salinas (*)” En la página 326 de la misma obra, el historia- dor Tello asienta que el virrey don Antonio de Men- doza determinó enviar en comisión a Cíbola y Qui- viria “al Capitán Francisco Vázquez Coronado, go- bernador que era de la Galicia, por ser persona de valor y de mucho gobierno”, y en verdad que estas breves palabras encierran el mejor juicio que en su favor pueda hacerse por su gestión administrativa, durante los dos años escasos que gobernó la Nueva Galicia, pues en ellos no se encuentran, como lo indi- zan las citas que he hecho, sino medidas acertadas, ten- (*) Capítulo XVI, página 308, vuelta, obra citada, di
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En busca de las siete ciudades dentes a la pacificación de los territorios, a la estabi- lidad y progreso de las poblaciones y a la expedición en el despacho de los negocios públicos. Tampoco se encuentra en toda su labor de gobernante ningún ac- to que revele crueldad o tiranía, no obstante que por esta época, 1540, dió principio una rebelión de los naturales que tardó tres años en ser sofocada, y du- rante la cual los vecinos de Guadalajara le escribie- ron pidiéndole pusiera el remedio que conviniera. (*) No contraría la afirmación relativa a la humani- dad de que Coronado usó en la gobernación de la Nueva Galicia, el poco conocido episodio de la muer- te de Ayapín, que encuentro consignado nada más en la “Historia de las Indias Occidentales”, Tomo 3o., Década VI, Libro VII, Capítulo VII, página 153, edi- tada en Madrid por Francisco Martínez, año de 1728, en la forma siguiente: “Francisco Vázquez de Coro- nado, que el año pasado llegó al Nuevo Reino de Ga- licia por Governador, entendiendo el aprieto en que estaban los de la Villa de San Miguel, de Culiacán, y que la querían despoblar, por la guerra que les ha- cía un poderoso Cacique llamado AYAPIN, los fue a socorrer, i con el aiuda de costa que los llevó, que los embiaba Don Antonio de Mendoza, i haverles re- partido algunos pueblos que estaban de paz, para que los aiudasen, i con la dililgencia que puso en pa- cificar mucha parte de la tierra. los que aiudaban a (*) Véase la página 322, de esta mivma obra.
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José G. Heredia Avapín lo desampararon, ¡ Francisco Vázquez le si- p q guió; prendió, ¡ ahorcó, con que todos los natura- les de buena gana dexaron la sierra, i se baxaron a g gozar de la mucha abundancia, i comodidad de su tierra:...” Durante la administración de Coronado, como Gobernador de la Nueva Galicia, que principió en 1538 y terminó, de hecho, en 1540..con su salida pa- ra las Siete Ciudades, éste es el único acontecimien- to que tiene los caracteres de un enérgico proceder. No he podido averiguar de dónde tomó el historia- dor don Antonio de Herrera esta noticia, sobre la ctial nada nos dicen el Padre Tello, el más antiguo historiador de la Nueva Galicia, en su “Crónica Mis- celánea”, ni los demás Historiadores y Cronistas de esta región, Baltazar de Obregón, Andrés Pérez de Rivas, Mota Padilla, Frejes, Pérez Verdía y Riva Pa- lacio. Probablemente Herrera la consignó en vista de algún documento original que tuvo a su disposi- ción por aquella época, en los archivos de España, y dada la respetabilidad de este cronista oficial, acepto el dato tal y como se contiene en las Décadas, ha- ciendo sobre el particular algunas consideraciones. La conquista y la dominación españolas en Mé- xico, fueron una completa y verdadera realidad en todos los aspectos de la vida nacional. Dentro de ella, contaban diferentes factores que la representaban, siendo el más importante el Gobierno Colonial, que
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En busca de las siete ciudades era precisamente su encarnación. Este Gobierno te- nía, como cualquier otro en la actualidad, el esen- cial derecho de procurar su conservación, asegurar el orden, dar garantías a la sociedad y promover su progreso en todas las manifestaciones de la vida. Para asegurar su existencia, base de todos sus derechos y obligaciones, la razón natural le daba, co- mo le da ahora a todos los gobiernos, los medios dis- ponibles y apropiados para conseguirlo, de tal ma- nera que, para ser justos en nuestras apreciaciones, debemos admitir que los actos de un gobierno que busca su conservación y la seguridad de sus goberna- dos, solamente son censurables cuando se exceden de lo que permiten las leyes y las costumbres de su época. Dentro de estas reglas, que considero correctas, la conducta seguida por Vázquez de Coronado para lograr la pacificación de la Provincia de San Miguel de Culiacán, amenazada de ruina y desolación, por las correrías sangrientas de Ayapín, que no respeta- ba ni a los mismos naturales cuando no eran sus se- cuaces, me parece conforme no sólo con las costum- bres férreas y enérgicas del siglo dieciséis, sino aun con las normas de nuestra propia civilización. Del texto de la Década citada, se desprende que Corona- do empleó primeramente métodos de convencimien- to para conseguir la pacificación de Culiacán, con- sistentes en repartir pueblos a los indígenas, ganán-
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José G. Heredia dolos a la causa del orden y del trabajo y que logra- do esto persiguió y aprehendió al cacique, dándole garrote, con lo “que todos los naturales de buena ga- na dexaron la sierra, ¡ se baxaron a gozar de la mu- cha abundancia, i comodidad de su tierra”, dice don Antonio de Herrera. No se necesita ningún esfuerzo para justificar en este particular la conducta seguida por Coronado; se limitó a ejercer un acto legítimo de gobierno, in- dispensable como tal para su existencia y para dar orden y garantías a la sociedad. Si hubiera habido exceso en la represión, inútil derramamiento de san- gre, destrucción de pueblos o esclavizaciones, bien que estallara candente la censura para el tirano; pe- ro, cuando lejos de eso, sólo se sacrificó al causante de los males, dándose ayuda y protección a los pue- blos que lo sufrían, de tal manera que con su muer- te renació la confianza y el bienestar, salvo que se prefiera la anarquía al orden y la destrucción al pro- greso, nada se tiene que criticar a quien los procura para sus gobernados, sin llegar a ningún crimen pa- ra conseguirlo. Esta fue la conducta de don Francisco Vázquez de Coronado durante su breve gobierno de la Nueva Galicia: activo, progresista, administrador hábil y pacificador benigno, por cuyas cualidades conside- ro cierto lo que nos dice Mota y Padilla, “que gober- nó a gusto de todos”, y justos los epítetos de valero- 171
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En busca de las siete ciudades so y prudente, que sin reserva alguna le otorga don Vicente Riva Palacio. Como documentos relativos a esta época se han conservado, gracias a la traducción italiana de Ra- musio, dos cartas de don Francisco Vázquez de Co- ronado, una dirigida a don Antonio de Mendoza, con fecha 8 de marzo de 1539, y la otra, con igual fe- cha, a uno de los secretarios de este Virrey, ambas de la población de San Miguel de Culiacán, Sinaloa. Pueden consultarse en el autor referido, tomo terce- ro, página 354, anverso y reverso, edición de 1556; o bien en el Ternaux, tomo XIV, denominado “Cas- tañeda, Voyage a Cibola”, edición de 1838, páginas 352 a 354 y 349 a 351. respectivamente. Siendo muy poco conocidas estas cartas y muy importantes, doy a continuación un traslado que hago de los resúme- nes de Ternaux, en el orden en que han sido citadas: “Con la ayuda de Dios, saldré de la Isla de San Mi- guel para Topira el 10 de abril. Yo no podría salir más pronto, porque la pólvora y las cuerdas que me envía Vuestra Señoría, y que deben estar ya en Com- postela, no podrán llegar antes de esta época, y ade- más, porque es necesario que yo recorra una gran dis- tancia siguiendo montañas muy elevadas que se pier-
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José G. Heredia den en los cielos, y atraviese un río crecido en esta estación y que no se puede pensar en vadearlo. Se me ha informado que saliendo en la época que he es- cogido ésto será posible. Se me había dicho que de aquí a Topira no había más que cincuenta leguas, pero yo he sabido que hay más de ochenta. Yo no re- cuerdo si mandé a Vuestra Señoría, tan pronto co- mo la concluí, una relación sobre Topira. Posterior- mente he recogido algunos otros datos que le remi- tiré, y por los que sabrá que Topira es una provincia bien poblada y que se encuentra situada entre dos ríos; tiene más de cincuenta poblados, y más allá de ella está otra provincia aun más importante, cuyo nombre no me han podido decir los naturales, y donde se encuentran en abundancia víveres como maíz, frijoles, chile, melones, calabazas y muchos pavos silvestres. Los habitantes usan adornos de oro con esmeraldas y otras piedras preciosas, emplean el oro y la plata para usos comunes, y cubren sus casas con este último metal. Los jefes se adornan el cuello con gruesas cadenas de oro muy bien trabajado y se visten con telas pintadas. Se encuentran muchas va- cas salvajes y se me ha informado que los habitantes de este País ( Topira) que son poco numerosos, no pue- den ir a aquel porque sus naturales son muy bravos. Esta relación me ha sido contada dos veces, por los in- dios que viven en las cercanías de este nuevo país. Mi partida está fijada en la época que le he indicado, y iu
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En busca de las siete ciudades llevaré conmigo ciento cincuenta jinetes, doce caba- llos de remuda, doscientos infantes, arqueros o arca- buceros, puercos, carneros y todo lo que pueda con- seguir para comprar. Vuestra Señoría puede estar se- guro de que yo no volveré a México antes de poderlo informar positivamente de lo que existe, y si en- cuentro un país conveniente, me detendré en él y daré aviso a Vuestra Señoría para que me ordene lo que deba hacer. Si por desgracia no encuentro na- da bueno, tomaré mis providencias para avanzar cien leguas más lejos, y yo espero en Dios encontrar un país en el cual pueda Vuestra Señoría emplear útil- mente a todos los gentileshombres que traje conmigo y a los que puedan venir en seguida. Yo creo que no podría dispensarme de permanecer ahí, porque las aguas, la temperatura, la topografía del país, y lo que encontrare, me indicarán lo que deba hacer. Fray Marcos y Esteban han penetrado en el interior de este país; el siete del mes último, cuando yo los aban- doné, les dejé más de cien indios del Petatlán. Los naturales hicieron a este religioso la mejor acogida posible y le prestaron todos los servicios que esta- ba a su alcance. Es imposible dar una idea mejor sobre la manera de que ha sido recibido, que la contenida en mis relaciones agregadas a las cartas de Compostela y de San Miguel. Yo he descrito este viaje en la forma más conveniente, pero si no lo hu- ai.
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José CG. Heredia biere hecho más que en una décima parte de su aco- gida, sería siempre demasiado. Le envío con la presente una carta que he recibi- do de Fray Marcos de Niza; los indios me han con- tado que él era la adoración de todo el mundo; yo creo que en esa forma puede recorrer aún dos mil leguas. Me dice que tan pronto como encuentre un buen territorio, me lo escribirá y yo se lo comunica- ré inmediatamente a Vuestra Señoría. Espero que Dios me permitirá encontrar un país apropiado y habitable en toda su extensión.” El segundo resumen, traducido también libre- mente, dice: “El Capitán cuenta la llegada de Fray Marcos de Niza a la provincia de Topira, donde el re- ligioso supo que los indios se habían refugiado en las montañas por el temor a los cristianos. Sin embargo todos volvieron con gran interés de conocerlo, y se mostraban muy contentos y sin el menor miedo. Son hombres bien hechos, más grandes que los otros in- dios y las mujeres son más bellas. No hay grandes poblaciones, las casas están construídas de piedra y son muy sólidas. Los habitantes tienen: mucho oro que les es casi inútil, porque no hacen de él ningún uso. Se adornan con esmeraldas y otras piedras finas de gran precio. Sus armas son de plata y muy fuer- tes, representando diferentes figuras de animales. Adoran ídolos que conservan en sus casas, y que son L ¿ J.
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En busca de las siete ciudades plantas y pájaros; los invocan cantando oraciones en su lengua, que difiere poco de la de Culiacán. Dicen al religioso que desean hacerse cristianos y súbditos del Emperador, porque ellos no han teni- do gobierno establecido, pero que esto será a condi- ción de que no se les mate, se les permita cambiar voluntariamente el oro que posean por artículos que necesiten y que no se les maltrate al otorgar su ju- ramento. Después de esta provincia existe otra llamada Xalisco, que los nuestros han descubierto. Sus habi- tantes están desnudos, no llevan nada por delante y a duras penas aceptan el cristianismo. Son salvajes y crueles. Se dedican únicamente a domesticar ani- males y sus habitaciones son de paja. En ciertas épocas van a celebrar sacrificios en un valle de esta provincia habitado por personas que son tenidas por santas. Se llaman “chichimecas”. Vi- ven en los bosques y no tienen casas. Se alimentan de limosnas, van desnudos, pintados de negro y lle- van su miembro ligado a la rodilla por medio de un lienzo. Las mujeres van también todas desnudas. Sus templos están cubiertos de paja y tiene algu- nas ventanas llenas de despojos humanos. Enfrente del templo hay una fosa circular rodeada de una ser- piente de oro, plata y composiciones metálicas des- conocidas, que se muerde la cola. De cuando en cuando los habitantes del valle re-
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José G. Heredia curren a la suerte para saber quién deberá ser sa- crificado, y el que resulta designado, es coronado de flores. Se celebran en su honor grandes comidas y fies- tas solemnes; se le acuesta sobre un lecho de flores y de hierbas odoríficas preparado en la fosa; se co- loca a cada uno de sus lados grandes cantidades de leña seca, a la que se le prende fuego, y entonces él muere. La víctima permanece sin moverse, aunque no se le haya atado, como si el sacrificio le fuera agradable. El hombre así inmolado adquiere una re- putación de santo y se le adora durante todo el año. Se cantan en su honor himnos en los cuales se cele- bran sus méritos y la cabeza es colocada junto con la de los otros, en las ventanas del templo. Sacrifican también a los prisioneros, pero en una fosa más honda se les quema, sin hacerles las cere- monias de que acabamos de hablar. Los españoles que van a Xalisco escriben que ellos esperan que tratando bien a esos pueblos, se les puede convertir al cristianismo. El país es excelente, fértil y bien re- gado por aguas abundantes.” Por lo visto, Coronado aun no había visitado la región montañosa de Topira, que se encuentra al oriente de Culiacán, cuando es- cribió las cartas cuyos resúmenes he traducido. En ellas se limita a comunicar al Virrey los datos que él personalmente había recogido de los indígenas, y los que Fray Marcos de Niza le hacía llegar. Por esos |
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En busca de las siete ciudades datos se comprende que todo giraba alrededor de las fantásticas riquezas de las tierras desconocidas, don- de sus pobladores vestían trajes de finas pedrerías y techaban sus casas con tejas de plata. Fray Marcos de Niza encontraba siempre estas co- sas, y hacía de ellas tentadoras relaciones, y como todo es útil en la vida, redundaban en atrevidas ex- ploraciones que abrían a la civilización vastos cam- pos poblados de indígenas y de incalculables recursos naturales. Las descripciones que contienen sobre esas regio- nes, sus habitantes, sus costumbres, sus riquezas, aun descontando lo que pertenece a la quimera, son muy interesantes y revelan en su autor grandes dotes de observador, y sobre todo, a un verdadero hombre de acción, avezado a los peligros y a las sorpresas de lo desconocido. “Yo no podría dejar de permane- cer ahí, pues las aguas, la temperatura, la topogra- fía del país y lo que encontrare, me indicarán lo que deba hacer,” dice el propio Coronado, haciendo de estas palabras, su mejor programa. Osados hasta lo imponderable, estos hombres de la Conquista abrían su espíritu a todo lo imprevisto, sin que hubiera para ellos ningún obstáculo ni difi- cultad alguna. Sus virtudes son tantas y sus hazañas tan grandes, que aun ahora nos asombran y nos sub- yugan, y sus defectos, si grandes en algunos, quedan obscurecidos por el brillo de sus proezas.
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José G. Heredia No son el producto del azar estos hombres de fie- rro: representan a Europa saliendo del feudalismo, in- FÉlado su blanco velamen por las brisas del Renacimien- to. Son ellos, por su valor, las glorias de Numancia y de Sagunto; por su empuje y acometividad, la ju- ventud de los bárbaros; por su tenacidad y su arro- jo, el Romancero hecho vida; por su fe inagotable, el espíritu de las Cruzadas y por sus cartas y relacio- nes, el aliento de Bolonia, Salamanca y Alcalá. Mediaba el siglo XVI agobiado por sus hazañas, y realizada ya la epopeya histórica de la conquista del Anáhuac, la leyenda que envuelve y dora todo lo desconocido tuvo que ausentarse hacia el norte, dan- do vida a la fantasía de las Siete Ciudades. El norte ha desempeñado desde remotas edades un papel predominante en nuestra Historia: ahí estu- vo, real o imaginaria, la perdida Aztlán; de ahí vi- nieron las tribus bárbaras que barrieron la cultura tolteca; ahí espejearon áureas y misteriosas Cívola y Quivira, y de ahí mismo han venido modernas in- vasiones, y nos amenazan peligros sin fin. Así, dominado el Imperio más rico y poderoso del Nuevo Mundo, la imaginación no descansó y dió vi- da a ensueños lejanos: partieron los caballeros y los EA
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En busca de las siete ciudades frailes; los primeros, a ganar gloria y riquezas y los segundos, almas para el cielo. Nunca un consorcio más necesario: junto a los dolores de la guerra, los consuelos del amor y la piedad. Ocupada la ciudad de México por los españoles, en el mismo palacio de Moctezuma, como asienta Baltazar de Obregón en su “Historia de los Descubri- mientos”, encontraron éstos las primeras noticias de la remota Aztlán, de donde habían venido los: anti- guos pobladores del Anáhuac, según convienen en el fondo todas sus tradiciones y leyendas. Esta región desconocida, se situaba en los con- fines brumosos del septentrión, por las historias de los mexicanos, confirmadas más tarde por la de los indios del Nayar, donde, el Cacique don Francisco Pantecatl la dejó escrita a sus descendientes, como re- cibida y conservada por sus antepasados. Concluida la conquista de los dominios aztecas, la acción de los españoles se fué extendiendo hacia las regiones distantes, entablándose entre ellos una ruda competencia, en la que tuvo que intervenir va- rias veces el mismo Rey de España. Don Antonio de Mendoza, Hernán Cortés, Nuño de Guzmán y Pe- dro de Alvarado, se consideraban con iguales dere- chos para explorar en el norte desconocido, asiento, según se decía, de las más fabulosas y ricas ciudades. Pedro de Castañeda dice en el capítulo primero de su “Relación de la Jornada de Cíbola”, que don Nuño E.
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José G. Heredia de Guzmán supo desde el año de 1530, por un indio originario del valle de Oxtitipar, la existencia de “siete pueblos muy grandes donde auia calles de pla- tería y que el rumbo que leuaban era el largo de la tierra entre los dos mares siguiendo lauía del norte”, siendo esta noticia, así como el temor que tenía el regreso de Cortés de Centro América, lo que deter- minó a don Nuño salir a buscarlas en su famosa ex- pedición al Noroeste, que dió principio en noviembre de 1592, en que se ausentó de la ciudad de México. Por su parte don Hernán Cortés, ya de regreso de España, donde había arreglado satisfactoriamente sus asuntos, y de acuerdo con las instrucciones que te- nía, el 30 de abril de 1532 envió del puerto de Aca- pulco dos bergantines llamados San Miguel y San Marcos, al mando de Diego Hurtado de Mendoza, empresa que culminó en un completo fracaso, pues el primer barcó encalló en las costas de Jalisco, y el ségundo, se perdió en las de Sinaloa, muriendo el jefe de la expedición a manos de los indios de Tama- zula, pueblo que aun existe cerca de la desemboca- dura del río de Sinaloa o Petatlán. En auxilio de esta expedición que no volvía, don Hernando—con la inquebrantable tenacidad que po- nía en todas sus empresas—mandó otra nueva, for- mada por dos barcos, la Concepción y el San Lázaro, que salieron del puerto de Manzanillo el 30 de octu- bre de 1533, y, como la primera, fracasó en absoluto. Estas desgracias determinaron a Cortés a ir personal-
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En busca de las siete ciudades mente en otra expedición que formada de tres bar- cos, salió de Tehuantepec para el puerto de Chiame- tla, desembocadura del río del Rosario, en Sinaloa, a donde él se dirigía por tierra, y en el que se embarcó el 15 de abril de 1533, para llegar a la Paz, Baja Ca- lifornia, el tres de mayo del mismo año, sin obtener mayores resultados que los consiguientes descubri- mientos geográficos. Ya en pleno período de fiebre por la busca de las Siete Ciudades, Cortés pudo mandar otra expedición dirigida por Francisco de Ulloa, que salió del puerto de Acapulco el 8 de julio de 1539, para no volver lamás. No quiso ser menor el Adelantado de Guatemala don Pedro de Alvarado y, de acuerdo con las capitu- laciones que había celebrado con el Rey, se puso al frente de sus naves para hacer descubrimientos en la mar del Sur, llegando con algunas de ellas al puer- to de Navidad, en Jalisco, mientras que otras ancla- ban en el de Acapulco. No menos desgraciada que las de Cortés fué es- ta expedición de Alvarado, pues habiendo sido reque- rido para que prestara auxilio a los españoles que es- taban en grave apuro en Guadalajara, con motivo de la rebelión de los indios, encontró la muerte al caerse de su caballo, el día 14 de julio de 1541, sin haber ob- tenido ninguno de sus propósitos. La pugna entre estas grandes personalidades por encontrar las regiones áureas del norte. sufrió un
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José G. Heredia fuerte impulso con la relación que Alvar Núñez Cabe- za de Vaca, el más grande entre los grandes explora- dores españoles, dió al Virrey don Antonio de Men- doza, sobre los dilatados países que había visitado en unión de sus tres compañeros, náufragos supervi- vientes de la expedición de Narváez, que llegaron a México el 23 de julio de 1536. El espíritu religioso no era inferior al militar de la época al que no solamente igualaba, sino muchas veces superaba con su bondad y sacrificio sin lími- tes: si los Conquistadores ensanchaban los ámbitos de la Nueva España, los frailes aumentaban los sier- vos de Cristo, aun en regiones a donde no habían lle- gado todavía las armas victoriosas de León y de Cas- tilla. Según relata el Padre Tello, en 1538, Fray Anto. nio de Ciudad Rodrigo, de la Orden de los Meno- res, y Ministro Provincial del Santo Evangelio de la Nueva España, poseído de un gran celo evangélico, mandó en una de las expediciones de Cortés (su- pongo que fué en la de Ulloa, que Orozco y Berra fi- ja en 1539) a tres religiosos a una “tierra de que ha- bía noticia de que estaba poblada y era muy rica”, y en la cual no encontraron lo que esperaban, por lo que, el mismo fraile envió a otros religiosos en com- pañía de un capitán, que por tierra se dirigieron a las costas del mar del Sur, caminando hacia el norte. Uno de los religiosos regresó con el capitán, y el otro, junto con dos indígenas que no lo abandonaron, con- e -
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En busca de las siete ciudades tinuó la expedición, recabando noticias de vastos paí- ses poblados y ricos. Don Antonio de Mendoza, alucinado por las re- laciones de Cabeza de Vaca, mordido por el deseo de emular a Hernán Cortés y a Nuño de Guzmán, y es- timulado por el medio, giró al franciscano Fray Mar- cos de Niza, en 1539, sus famosas instrucciones pa- ra que hiciera un viaje de exploración por el norte: “Dareis á entender á los indios que yo os envío—de- cía—en nombre de S. M., para que los traten bien y sepan que le ha pesado de los agravios y males que han recibido; y de aquí en adelante serán bien trata- dos, y los que mal les hicieren serán castigados.” “Asimismo les certificareis que no se harán más es- clavos dellos, ni los sacarán de sus tierras; sino que los dejarán libres en ellas, sin hacelles mal ni daño; que pierdan el temor y conozcan á Dios Nuestro Se- ñor, que está en el Cielo, y al Emperador, que está puesto de su mano en la tierra para regilla y gober- nalla” Según cuenta el mismo Fray Marcos de Niza en su entusiasta Relación, que puede verse íntegra en el tomo tercero de los “Documentos de Indias”, el día siete de marzo de 1539 salió de San Miguel de ii
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José G. Heredia Culiacán, llevando como compañeros a Fray Hono- rato, al negro Estebanico, comprado a Dorantes, fa- moso por su viaje realizado en unión de éste y de Ca- beza de Vaca, algunos indios igualmente comprados para esta expedición, y otros muchos que volunta- riamente se prestaron para el mismo fin, nativos del Petatlán, hoy Sinaloa, y del pueblo del “Cuchillo”, distante cincuenta leguas de la población de Culia- cán, según la crónica expresada. Hizo el camino hasta Petatlán, bajo arcos triun- fales, como homenaje de los indios a quien les anun- ciaba su libertad, y en ese lugar dejó a Fray Hono- rato, que había enfermado, continuando su ruta des- pués de haber holgado tres días, por regiones donde era muy bien recibido por los naturales, que le lla- maban “hombre del cielo”, hasta que llegó a una “razonable población” que se llamaba “Vacapa”, probablemente Matapa, en el centro de Sonora, so- bre el río de su nombre, el día 23 de marzo de 1539, donde pasó la Semana Santa, informándose de las is- las que estaban cerca de la costa y que eran muy nu- merosas. De esta población mandó exploradores hacia el mar y a Esteban el Negro rumbo al norte, quien, a los cuatro días, le mandó decir que lo siguiera porque ha- bía tenido noticias de “la mayor cosa del mundo”, que se llamaba “Cíbola”, y que estaba a treinta jor- nadas de Vacapa. Por su parte los exploradores de la costa le trajeron informes sobre treinta y cuatro 1.
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En busca de las siete ciudades islas, todas ellas pobres de alimentos, aunque con criaderos de perlas. Entusiasmado con las noticias de Estebanico y con las que le dieron tres indios pintados que vinie- ron a buscarlo del norte, respecto de las famosas Sie- te Ciudades, la primera de las cuales era Cíbola, salió Fray Marcos de Niza el segundo día de la Pascua Flo- rida, y caminando cuatro días, encontró otros indios que le ratificaron lo que los pintados le habían dicho sobre las fabulosas Siete Ciudades, agregando que más adelante había otras no menos ricas y fastuo- sas naciones llamadas Marata, Acus y Totonteac. Estos indios conocían a Cíbola, pues iban a ella a trabajar, recibiendo en pago de sus servicios tur- quesas y cueros labrados o pintados, y manifestaban que la población estaba guarnecida de piedras pre- ciosas y que sus habitantes usaban ricos trajes de al- godón, parecidos, dice Fray Marcos, a los que usa- ban los Bohemios. Continuó su ruta el padre Marcos de Niza recibiendo por donde pasaba noticias más detalladas de las grandezas de las ciudades que bus- caba, encontrando muchas personas que habían es- tado en ellas y hasta un prófugo de la justicia que impartía en Cíbola, un Cacique sostenido por el se- ñor de Ahacus, la principal de las Siete Ciudades, siendo todas ellas construidas de cal y canto, con sus puertas y paredes cubiertas de turquesas. Mucho llama la atención de Fray Marcos la uni- formidad de las noticias que los indios le facilitaban,
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José G. Heredia y las cuales estaban de acuerdo con las que recogía Estebanico, quien, según dijo en los informes que mandaba, nunca había encontrado que los naturales mintieran, cosa con la cual estaba conforme el pa- dre Niza. Llegado el padre a un valle que dista quince días de Cíbola, fué rogado por los naturales que descan- sara tres días en su pueblo, antes de emprender el camino por el desierto que conduce el final de su ruta, colmándolo de atenciones, regalos y provisio- nés. Aquí supo que más de trescientos vecinos ha- bían salido con Esteban hacia Cíbola y confirmó una vez más, todas las noticias que tenía sobre las Siete Ciudades. Después de tres días de descanso, acompañado de treinta indios de los principales, emprendió la úl- tima etapa de su camino, entrando en el despoblado que lo separaba de Cíbola, el nueve de mayo de mil quinientos treinta y nueve, es decir, a los tres meses y dos días de haber salido de San Miguel de Culia- cán, encontrando huellas del paso de Esteban y de los caminantes que iban a las Siete Ciudades. A los 12 días llegó un indio que le traía no- ticias de la expedición que llevaba Estebanico, las cuales no podían ser más funestas: el Señor de Ci- bola les había prohibido que entraran a su ciudad, ba- jo amenaza de muerte, y como el negro no hizo ca- so de tales amenazas, al llegar, fué hecho prisionero "u
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En busca de las siete ciudades junto con los que con él iban, y al día siguiente, al pretender fugarse, lo mataron los ciboleños. No amedrentaron estas noticias a Fray Marcos de Niza, no obstante verlas confirmadas por otros prófugos, y después de haber aplacado un conato de rebelión de los indios que lo acompañaban, por con- siderarlo responsable de la muerte de sus parientes que iban con Estebanico, en unión de dos indios prin- cipales del valle último y famoso que visitó, y de los naturales de Petatlán, así como de los intérpretes. emprendió la jornada final para llegar a la misterio- sa Cíbola, que divisó “en un llano, a la falda de un cerro redondo.” Tenía “muy hermosos parescer de pueblo, el me- jor que en estas partes yo he visto; son las casas por la manera que los indios me dixeron, todas de piedra con sus sobrados y azuteas, á lo que me pareció des- de un cerro donde me puse a vella. La población es mayor que la ciudad de México; algunas veces fuí tentado de irme a ella, porque sabía que no aventu- raba sino la vida, y esto ofrescí a Dios el día que co- mencé la jornada; al cabo temí considerando mi pe- ligro y que si yo moría, no se podría haber razón desta tierra, que a mí ver es la mayor y mejor de to- das las descubiertas.” Esta es en resumen la relación de Fray Marcos de Niza sobre su estupendo viaje, que puso en manos del propio Virrey don Antonio de Mendoza, en pre- sencia de don Francisco Vázquez de Coronado, Go- bernador de la Nueva Galicia y a la sazón en Méxi-
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José CG. Heredia co, por haber acompañado al padre Niza desde la ciu- dad de Compostela, dondo lo encontró. Esta relación fué legalizada el día dos septiembre de 1539 por Juan Baeza de Herrera, escribano mayor de la Real Audiencia y de la Gobernación de la Nueva España, y por Antonio de Trucíos, que lo era de S. M., y aca- bó de entusiasmar al Virrey en tal grado, que deter- minó ir personalmente al descubrimiento de tales maravillas. Como esta empresa requería bastante tiempo para realizarse, los amigos del Virrey le hicie- ron ver los graves inconvenientes que resultarían de una larga ausencia de la Capital, y en atención a ellos encomendó su jefatura a una de las personas que por su valor y prudencia le pareció más apropiada, sien- do el escogido don Francisco Vázquez de Coronado, Gobernador de la Nueva Galicia. Por entonces ha- bía en la ciudad de México un gran número de Con- quistadores, segundones y aventureros sin ocupa- ción alguna, y faltos de recursos para sostenerse, que ansiaban una oportunidad para dar digno em- pleo a sus ocios, enlistándose en una expedición que les diera gloria y dinero, como supusieron fuera la de Coronado, a cuyas banderas ocurrieron presuro- sos. En pocos días dice Castañeda, se reunieron más de trescientos españoles y ochocientos naturales o A
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En busca de las siete ciudades sean indígenas, “y entre los españoles hombres de gran calidad tantos y tales que dudo en indias aber- se juntado tan noble gente y tanta en tan pequeño número como fueron trescientos hombres y de to- dos ellos capitán general francisco uasquees corona- do gouernador de la nueba galicia por aber sido el autor de todo hico todo esto el buen virey don Anto- nio porque a la sacon era francisco uasques la per- sonalidad mas allegada a el por pribanca porque te- nía entendido era hombre sagaz abil y de buen con- sejo allende de ser cauallero como lo era tenido tu- biera mas atención y respto a el estado en que lo po- nía y cargo que llebaua que no a la renta que dexaba en la nueba españa o a lo menos a la honra que ga- naba y auia de ganar lleuando tales caualleros de ba- xo de su bando pero no le salió ansí como a delante se herá en el fin de este tratado ni el supo conserbar aquel estado ni la gouernación que tenía.” Efectivamente, en la expedición de Coronado se alistaron caballeros de esclarecido linaje, como fué don Pedro de Tobar, muy conocido en Culiacán, por haber ido con don Nuño de Guzmán y ser uno de sus fundadores; era hijo de don Fernando de Tobar, ma- yordomo de la Reina doña Juana la Loca, y pertene- cía a la casa de Boca de Huélgamo. Su esposa doña Francisca de Guzmán, hija de don Gonzalo de Guz- mán, Gobernador que fué de Cuba, es muy alabada por su hermosura y discreción por Baltazar de Obre- gón, y doña Isabel de Tobar, probablemente su hija, 0
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Nathan Asch está mencionada en encomio por su belleza y virtu- des, nada menos que por Bernardo de Balbuena en su famosa Grandeza Mexicana, por haberla conoci- do este gran poeta del siglo dieciseis, quizás en el mismo San Miguel de Culiacán. Don Lope de Samaniego, que había ocupado el importante puesto de Regidor y Alcalde de las Ata- razanas de la ciudad de México; don Tristán de Are- llano, el mismo que después fué jefe de la expedición a Florida; don Pedro de Guevara, hijo de don Juan de Guevara y sobrino del Conde de Oñate; don Gar- cí López de Cárdenas; don Rodrigo de Maldonado, cuñado del Duque del Infantado; don Diego López veinticuatro de Sevilla; don Francisco de Barrio Nue- vo, caballero de Granada; don Diego de Gutiérrez; don Juan de Zaldívar, sobrino de Cristóbal de Oña- te; don Francisco de Ovando, don Juan Gallego, don Melchor Díaz, que fué Alcalde de Culiacán, por de- signación de don Nuño de Guzmán, don Alonso Manrique de Lara, don Lope de Urrea, caballero ara- gonés, Gómez Suárez de Figueroa, Luis Ramírez de Vargas, Juan de Sotomayor, Francisco de Corbalá, Alvaro de Bracamonte, Joan de Beteta, Antonio Pé- rez Buscavida, Pedro de Ledesma, Joan Rodríguez, Joan de Cepeda, Joan de Paladinas y su mujer María Maldonado, Pedro Nieto, Juan de Céspedes, Alonzo Rodríguez Parra, Juan Ruiz, Pedro y Francisco de Santillana, García Rodríguez, Diego Madrid Aven- daño y Diego de Alcaraz, entre otros, que os- ¿Má
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En busca de las siete ciudades tentan como se ha visto apellidos de los más llustres en la Heráldica Española. El propio vi- rrey repartió entre los principales caballeros de la ex- pedición, los puestos de más importancia, siendo de- signados don Pedro de Tobar, como Alférez General, don Lope de Samaniego, como Maestro de Campo y por Capitanes, Tristán de Arellano, Pedro de Gueva- ra, Rodrigo de Maldonado, Hernando de Alvarado, Juan de Zaldívar, Pablo de Melgosa, Diego de Gu- tiérrez, Garcí López de Cárdenas, Diego de Alcaraz, Ramírez de Vargas, Alvaro Bracamonte y Diego Ló- pez, veinticuatro de Sevilla. Personalmente don Antonio de Mendoza acom- pañó parte de la expedición desde la ciudad de Mé- xico donde se formó, hasta Santiago de Compostela, en Nayarit, según consta en la información que se le- vantó en esta última población, y confirman en sus Crónicas Baltazar de Obregón y Castañeda de Ná- jera. Llegado que hubo el Virrey a Santiago de Com- postela, ciudad fundada cinco años antes por don Nuño de Guzmán, y arreglados todos los detalles del viaje, arengó a las tropas que salían y las acompañó dos jornadas adelante, despidiéndose de ellas y regre- sando en unión de su espléndido cortejo a la Capital de la Nueva España. Los elementos de la expedición hicieron su sali- da de la ciudad de México en grupos pequeños, tanto para no ocasionar perjuicios a los españoles que es-
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José G. Heredia taban radicados en el tránsito, como para no levan- tar alarma entre ellos y enardecer rebeldías conteni- das de los naturales. La partida debe haber sido por el mes de diciembre de 1539, puesto que se reunie- ron todos en Compostela en Carnestolendas de 1540, y la del Virrey poco después, ya que, el 1* de enero de ese año, se encontraba en Pátzcuaro, Michoacán, como asienta Castañeda, aunque equivocando en uno la fecha. La información que se levantó en Santiago de Compostela para tranquilizar a los españoles que se quedaban en los poblados, y entre los cuales había cundido la alarma por la salida de tantos compatrio- tas, empezó el 21 de febrero de 1540 y terminó el 28 del mismo mes, por lo que se infiere que los expedi- cionarios salieron de esta población hacia el Norte, a principios del mes de marzo de 1540. José G. HEREDIA “es
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Motivos NADJA, DE ANDRE BRETON(*) (E no poseer, para estimar la obra de André Breton, el circunstanciado conocimiento de su existencia que, en las primeras páginas de Nadja , reclama del crítico. Y es que un acontecimiento no se desprende de la vida que lo proyecta, para adquirir validez individual, sin un poco de decrepitud en la gloria, una orilla de tiempo en las acciones o una perspectiva de distancia en la admiración. HEnvejecer... ¡qué ocupación más de- liciosa! ¡Lástima que se necesite emplear en ella la vida! No es el marco vivo de la anécdota, sin embargo, el que, a mi gusto, ceñiría meior la novela de André Breton. sino el de la le- (*) André Breton, Nadia, Nouvelle Revue Francaise. Paria. 1928.
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Nadia yenda, menos real y acaso menos improbable. Convertir la exis- tencia de cada ser en el principio de su pintoresca mitología ¿no es el significado esencial, la dirección y la excusa de todo realismo? ¿Y qué intentan, en efecto, los suprarrealistas sino ganar a la rea- lidad —a la más aguda, a la más sólida— el dominio siempre eludi- ble de la Metafísica? Desde este Angulo de observación, cada pequeño detalle anec- dótico de una vida deberfa atravesar la cristalización de una o de varias muertes para llegar, en depurado instrumento de análisis, 2 las manos del crítico. Sin duda para suplir esta pobreza de mi- tos de una existencia demasiado joven, sin duda también para ayu- dar al comentarista —que él entiende sólo en funciones de inti- midad— André Breton, ha intercalado, en las páginas de Na d ja, varias fotografías de sus amigos (Benjamin Peret, Robert Desnos y Paul Eluard) y varias tarjetas postales que representan los sitios de París en que desarrolla lo que, con cierta benevolencia de la imaginación, podríamos llamar su argumento: la estatua de Etienne Dolet en la Plaza Maubert, el “Marché aux Puces” de Saint Quen, la librería de “L'Humanité” y la cervecería de “La Nouvelle France.” Dentro del movimiento en que el libro transcurre, estas ins- tantáneas, dos veces súbitas, recuerdan las fotografías inmóviles del cinematógrafo que Jean Cocteau evoca en Le M ystére Laic. “Una casa es distinta en la fotografía y en el cinemató- grafo” dice. Y agrega: “aun cuando nada se mueve, el cinemató- grafo registra el tiempo que pasa. Nada intriga más que una foto- grafía, en medio de una película. Pero no se reduce a esta intermitencia de retratos imprevis- tos la voluntad confidencial que, fuera del psicoanálisis —en que nG cree muy profundamente—, desnuda ahora a André Breton, Pa- ra ayudar a la fotografía, demasiado limitada en sus hallazgos, acude por eso al relato autobiográfico y, al revés de los acuarelistas —que encierran colores evasivos dentro de un marco duro— cíñe él con una blanda ventana de alucinaciones el contorno real de los per- +45
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Motivos sonajes que asoman, de trecho en trecho, en la calle de su anéc- dota. Los pequeños capítulos que quisiéramos linritar por consi- guiente en Nadja (un relato dentro de otro y otro dentro del primero) se unen por una cadena de sugestiones imperceptibles como, en el plano de un observatorio, los puntos de una región afec- tada por un mismo movimiento sísmico o como los nudos de una red nerviosa muy delicada en un corte seccional de anatomía. Al- gunos de ellos, entre los que cuenta la representación de un me- lodrama en el Théatre des Deux Masques, cobran a veces calidad de positivos espasmos. Otros, meras historias de aparecidos, son, a pesar de los datos concretos con que intentan di- simularse, especies un poco vagas de experiencias espíritas, con- tactos del instinto con lo inexplicable cotidiano, lagunas de la razón en que “el capricho de la hora deja flotar lo que flota.” Se advierte en seguida las posibilidades, las posibilidades fáci- les de novedad que «ste procedimiento ofrece al artista, haciendo surgir en un ambiente sin compromisos cada asunto y cada cosa como problemas vivos, actuales, y despertando en todo ins- tante una atención de otro modo adormecida. Uno de los recursos más frecuentes de Chirico —el pintor que André Breton debe pre- ferir— consiste precisamente en instalar, dentro de una naturaleza muerta, un busto de yeso; en amueblar un paisaje o, por lo me- nos, en mezclar dos culturas en un choque violento de tradiciones: bajo un cielo italiano, de azul líquido y puro, un templo griego, o una bestia apasionada (un caballo de crines retóricas, por ejemplo) sobre una atmósfera irrespirable, de granito, como la que cristaliza sólidamente las uvas en la siesta de Mallarmé. La costumbre de trabar ciertas ideas según una regla in- variable: de asociación, acaba por imponer a los sitios, a las ciu- dades y a las personas que vemos un mismo aire de familia, es decir: un mismo aspecto de respetabilidad y de cansancio. Salvan- do todas las sanciones, la aventura del arte no es otra que la de
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Nadia romper ese nexo conyugal. El adulterio —tan aburrido en la vida, a partir de Mme. Bovary— ha conservado, en el arte, toda su riqueza de importación. De aquí que un buen sector de escritores, pintores y músicos contemporáneos se empeñe en disociar ese mundo tácito de convenciones en que la honradez no es, a menudo, sino máscara de la cobardía. “El. verdadero realismo consiste en mostrar las cosas sorpren- dentes que la costumbre impide ver.” Lo romántico, lo falso del suprarrealismo, es, por lo contrario, esta afición suya al color lo- cal, esta teoría de los ambientes en que se afana y en donde, como eñ un laberinto, su credulidad supersticiosa se pierde. Un paisaje, una plaza pública, el semblante de un amigo ¿qué son sino la expresión de un contrato? Los árboles, las nubes, las figuras, todo parece haberse puesto de acuerdo para reunirse en la rea- lidad. Penetrar un paisaje, tocar “el árbol que no nos deja ver el bosque” equivale, por eso, a rescindir ese contrato anterior, fun- dado en el artificio, sustituyendo a una costumbre de la imaginación, una nueva experiencia de los sentidos. ¿Hasta qué punto el autor de Nadja ha realizado para la literatura esta liberación que los buenos pintores de hoy inician con fortuna para las artes plásticas? Así formulada, la pregunta no dejaría de inquietar a los lectores, a nuestro gusto demasiado sumisos, que tiene ya entre los jóvenes. Liberación, regreso a la naturaleza, fe en la espontaneidad de la vida, todas estas tendencias se cruzan como hilos conductores de una misma electricidad en el juego de palabras cruzadas que la obra de Breton representa para la psicología. Pero estos valores —de indiscutible aptitud moral— no son siempre, en arte, argu- mentos significativos. Entre la libertad que se posee y la que se
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Motivos conquista, hay una diferencia que el espíritu varonil aprecia con deleite. Sólo de la última se enriquece nuestra virtud y es ella precisamente la que no encuentro aún bien organizada ni en el cuadro general del suprarrealismo ni en la novela insinuante y movediza de André Breton. Rehuir las dificultades de la composición trae siempre en arte, como castigo lógico, la sujeción a un nuevo compromiso. En el ca- so de Nadia es la sujeción a una ley de invariable coinci- dencia. Más caprichosa, la reconozco, que la de simple causali- dad ¿es acaso por eso menos apremiante en sus exigencias? En la ruleta de acontecimientos en que el autor y la protagonista apues- tan sus vidas, el azar se reduce así a un juego de sorpresas gemelas. Durante todo el libro, ninguno de sus personajes podrá hablar de otro sin en seguida evocarlo como por un conjuro. Ninguna rela- ción normal será compatible con este criterio de pueril monotonía. ¡Cuánto más rica en consecuencias verdaderamente poéticas la preocupación extricta del misterio que anima las historias extraordinarias de Edgar Poe! Frente a esta manía de convertirlo todo en milagro, la actitud artística viene a ser la de convertir, a su vez, todo milagro, en transparencia, en aire mismo de nuestra respiración. En alguna parte de la novela de André Breton, Nadja —que se llama así “porque, en ruso, es el principio de la palabra espe- ranza y no es sino el principio”— propone al autor el siguiente juego, del que parece haber surgido el libro todo: “Di algo. Cierra los ojos y di algo. No importa qué: una cifra, un pronombre. Así: dos... ¿Dos, qué? Dos mujeres. ¿Cómo están? De negro. ¿Dónde se hallan? En el parque. ¿Qué hacen?... Anda, es tan sencillo! ¿Por qué no quieres jugar? Así es como yo me hablo a mí misma cuando estoy sola y me cuento toda clase de historias... Más aún, así es como vivo.” Sólo que, en Najda, cada figura que apa- rece quiere ser única en su género y, a fuerza de multiplicar los casos singulares, el lector acaba por perder las proporciones de lo
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Un extemporáneo original. La monotonía de lo extraordinario no es ni mucho más aventurada ni mucho más agradable que la otra y, al acertar con la áltima letra de este juego de palabras cruzadas, advertimos que el mejor enigma no es, casi nunca, el que lo parece.— Jaime TORRES BODET UN EXTEMPORANEO C UANDO la goesía se aleja voluntariamente de los temas cuyo contacto fuede turbar su esencia, y cuando ha re- suelto afartar todo aquello que amenaza confundirla con la novela o el drama, un señor César Arconada, desde las pág: nas de “La Gaceta Literaria”, se ha fropuesto pedir a la poesía de los jóvenes de México un impropio tono éfico o civico. La actitud es incomprensible. En cambio. nos ayuda a comprender a su autor, ¿Cómo exigir a un conjunto de foetas líricos que cambie su tono gratuito, personal, for el épico? Relegada a ilustra- ción de los textos de retórica, la poesía éfica es ahora extem- foránea, en México como en España. El soplo de lo que aún puede llamarse éfico se ha refugiado en cierta clase de no- velas, encontrando en ella acomodo. Esto lo supo un contem- foráneo, Homero, que escribió una éfica novela de aventu- Ju
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Motivos ras: La Odisea. ¿Cómo exig'r que lo sepa el extemporáneo señor Arconada? Inconforme con pedir a la foesia nueva aquello que no se propone lograr, el señor Arconada desliza una encubierta frase afirmando que los foetas nuevos de México se nutren en Jean Giraudoux. Pensaríamos que esto es mala fe si ol- vidéramos que los ojos del señor Arconada no tienen un al- cance humano, limitado, sino éfico. Nada deben, en su foesia, los nuevos de México a Jean Giraudoux. Un ojo normal fue- de advertirlo. En situación dificil deja el señor Arconada a los foetas mexicanos, cuando atreve la posibilidad de ser él, un día, mexicano. Creo que llegado el caso se nacionalizarían, ellos, españoles. Ingenuo entre mil, el señor Arconada que no fuede dejar de reconocer la calidad de la nueva foesía mexicana, se atre- ve a rechazar su tono forque no lo encuentra desorbitado o estridente. Tranquilicemos a los jóvenes poetas españoles. Si el señor Arconada es ingenuo, también es único. Nosotros no somos dueños de esa ingenuidad que se atreva a fedir a la poesia Vrica española un tono que no sea el suyo propio. Nos- otros no podemos imaginar a Jorge Guillén cantando, en apre- tadas décimas, la dictadura de Primo de Rivera, ni a Fede- rico Garcia Lorca foniendo en tradicional metro de romance las hazañas de Martinez Anido. —M. ROJAS 200
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Galería de poetas GALERIA DE POETAS NUEVOS DE MEXICO A“ frescos la Antología de la Poesía Mexicana Moderna pu- , blicada por Jorge Cuesta, y comentarios en torno, un plano más se nos ofrece de nuestra joven poesía: La “Galería de Poe- tas Nuevos de México,” selección de Gabriel García Maroto, que acaba de ser editada por “La Gaceta Literaria” de Madrid. Parecería una simple repetición del libro mexicano, que a su vez puede parecerlo de lo mucho que ya se ha dicho sobre ese tema, sí no advirtiéramos que fué el gusto de un español el que lo selec- cionó. Y no es poco importante esto. Si hay algo que no puede cerrarse, darse por concluído en un punto determinado, premedita- do, ello es la crítica. Al contrario, cada nuevo crítico debe dejar abierto el eslabón en que puedan engarzarse, indefinidamente, los aspectos sucesivos del asunto que trate; aspectos que pueden variar, +'ambién indefinidamente, según el lugar en que se sitúe el objeto, según el lugar desde el cual se observe. De aquí que en la selec- sión de Maroto, la sola selección ofrezca una perspectiva nueva, muy estimable. También nueva y estimable resulta la postura en que se nos presentan los jóvenes poetas. Por primera vez los vemos hacer au- tocrítica. Ellos, a quienes tocó derribar, con miras más altas y jui- cio más sereno, los ídolos levantados por la fácil admiración fa- miliar, empiezan ahora a fijar, con el mismo criterio, su propia obra. En efecto, un afán de revalorización se trasluce a lo largo de todas sus opiniones. Han llegado nuevos a esta rápida estación en que se vuelven a presenciar, por un momento, el camino reco- rrido, para pronto, en la misma vuelta, preferir el camino por re- correr. La estatua de sal ha sido burlada. También se presiente que los buenos caminos que ansían tra- an
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Motivos zarse, DO son ya los revolucionarios de destrucción, sino, más bien, los constructivos, que no son, por eso, menos nuevos. Y con ello, no hacen más que seguir respirando, como hasta ahora, el aire del mundo, porque esa ansia está en el aire y se empieza a respirar en todas partes. Motivo de reproche ha sido para ellos, otras veces, respirar atmósferas distintas a las que se revuelven donde tienen los pies. Es el mismo reproche que haría un náufrago sin fuerzas, a otro, capaz de sostenerse a flote. Además, ese anhelo de nuestros jóvenes, ¿no es un anhelo de poetas? Ignoramos las causas que hayan hecho a Maroto preferir el orden alfabético en que figuran los poetas de su galería. Posible- mente, nada más su corto número. Abordémosles, según aparecen en la obra. Enrique González Rojo que, como Gilberto Owen, no aparece juzgado por sí mismo, aunque a los dos los traicione su prosa, con- 3esa sus orgullos, muy justos, que han hecho de él un trabajador sereno, paciente, que no cesa de buscar su propia expresión a tra- vés de las influencias de que se ha ido liberando. A las corrien- tes de la moda ha opuesto la severidad de su buen gusto, que lo conserva en un lugar de elegante discreción. Manos que fueron fuertes mal podían dóciles ser como la oveja al reclamo vibrante del pastor. En sus gustos, que lo ligan a la tradición, se parece a José Go- rostiza, que como él, revela un gran orgullo, aunque escondido en la modestia com que se refiere a la pobreza de su obra. No debe interpretarse esto como una vulgar modestia falsa. José Gorostiza está en el punto aristocrático en que el orgullo y la modestia, como axtremos, se tocan. La atormentada selección que ha presidido su 02
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Galería de poetas obra, reduciéndola en cantidad, no es más que un resultado de ese orgullo que aspira a la perfección. No por capricho ni por azar ha vuelto los ojos a los moldes más viejos. Su sensibilidad moderna encontró parentescos, muy ex- plicables, en esos moldes. Después de él —ya lo hizo notar Jorge Cuesta en su antologífa— algunos jóvenes de España ensayaron los mismos caminos. Lástima que Manuel Maples Arce no haya hecho el balance de su obra. Sería interesante anotar las experiencias y los propósitos de este poeta de emoción romántica, que impoftó el futuris- mo para fundar una escuela que, con el nombre de estriden- tismo, puso al servicio de sus ideas sociales. Por la misma razón no podermos hablar, a su tiempo, de Carlos Pellicer, ese poeta alucinado del trópico, que, a fuerza de atempe- rar su pasión, sus apetitos, ha logrado un tono completamente nue- vo en nuestra lírica. Sus inquietudes, siempre en tensión, se reve- lan a lo largo de su obra, hasta llegar a “Hora y 20,” que, como cada uno de sus libros fué una agradable sorpresa que obliga a es- nerar la próxima. Salvador Novo, que buscó nuevas rutas en la literatura norte- americana, ha logrado una expresión muy suya, y es uno de nues- tros poetas más libres, con libertad más legítimamente ganada. Asombra, además, la facilidad con que su humorismo le permite abordar todos los temas, tocar todas las cosas, transformándolas. “No cree, sinceramente, volver a hacer versos.” Los que lo cono- cemos, para hacer honor a su humorismo, hemos de ver en esa afirmación la mejor promesa de nuevos versos. Llegamos aquí a un poeta, Bernardo Ortiz de Montellano, que extrae del folk-lore la sustancia de su poesía. Conoce, como López Velarde, sin que ninguna influencia lo lígue a él, la suave pa- tria, Posee la gracia y la ingenuidad infantiles de su pueblo. Pero cree en la pureza del arte, y no puede ponerlo al servicio de la po- lítica. Además, su cultura no le permite caer en lo pintoresco. Du- 7.
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Motivos da del valor de sus libros publicados, pero no piensa apartarse de la esencia de su obra, que seguirá perfeccionando. Los poemas en prosa de “Red” que acaba de publicar, y las poestfas inéditas que aparecen en la Galería, son una muestra de pureza y perfección. Un caso excepcional en nuestra lírica, es Gilberto Owen, dotado de extraordinarias cualidades de asimilación. Para encontrarse, ha sabido perderse, y para no darse a nadie, se ha dado a todos. De ahí ha resultado esa poesía singular de malabarismo puro, que es la suya. Owen no debiera abandonar el camino que ha empren- dido, porque dentro de esa línea, conforme se ha ido superando a sí mismo, ha hecho a su obra superarlo, y de esos juegos es de donde suelen resultar los milagros. Y al fin nos encontramos con Jaime Torres Bodet, que ocupa lugar tan importante entre los jóvenes. Su actitud puede definirse como de sinceridad. De sinceridad artística, bien entendido. El no ha querido sorprender con la obra definitiva. Sus lectores han po- dido seguir el proceso de su elaboración a través de sus libros, hen- chidos cada uno, de una nueva inquietud, de una nueva ambición. Ahora, después de haber dominado todas las formas, todas las com- binaciones posibles, se ha refugiado, buscando siempre obstácu- los que vencer, en el soneto; para decirlo con sus palabras, en “las difíciles posibilidades del soneto”, del que ya ha dado, en revistas. algunas muestras brillantes. Cierra la antología Xavier Villaurrutia, el más inquieto, el más curioso. Dice: “Por eso prefiero nutrir el viaje con un movi- miento tan lento que no pueda distinguirse de la quietud.” Yo di: ria que prefiere nutririo con un movimiento tan rápido, que no se distinga de la quietud: el milagro del disco de Newton. Se ha uti- lizado su gusto por la pintura, para relacionarlo con su poesía. Y en la poesía de Villaurrutia no hay de la pintura más que el rigor arquitectónico. Cuando dice: “Quiero para mi poesía la forma de ella misma, siempre diferente; la forma de los objetos que ma
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Flor de Romances describo,” no hay que olvidar que el boeta, como el pintor, hasta :uando describen, inventan. Y aquí, con la cabeza como nube de Villaurrutia, acaba esta salería de retratos con que Maroto ilustró el texto, y en los que, a decir verdad, puso menos cuidado que en la Selección.—Ce]estrno GOROSTIZA FLOR DE ROMANCES(*) PINA Don Ramón Menéndez Pidal que la epopeya no es O mero producto espontáneo de la lírica popular, sino el resul- tado de una consciente aspiración literaria personal que quiere, por esta misma circunstancia culta, identificarse con el carácter del medio a que pertenece. Con este criterio —por desgracia poco conocido todavía— se ha venido a desechar el entusiasmo román- tico de los eruditos que, como J. Grimm, intentaban ver en toda epopeya la calidad de un aliento sobrenatural, infundido por Dios mismo en la voz del pueblo. La idea de los romances protohbistóricos, retazos de un organismo literario perdido, pie de la ampliación que ba llegado hasta nosotros, no es sostenida ya con crédito. Estas teorías, casi religiosas, que se apoyaban precisamente en el ejem- Ylo que ofrecía la epopeya española, encontraron su ruibva, no muy tarde, en el conocimiento arqueológico del propio romance castella- (*) R. Menéndez Pidal: Flor Nueva de Romances Viejos. Ma- drid, 1928, Dd
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Motivos no. Para esto fué necesario que Andrés Bello, primero, y Milá después, sugirieran el principio —todavía en boga-— de que la poesía del pueblo, en último análisis, no es sino poesía superior, compuesta de un modo técnico e individual, aunque expuesta, co- mo toda belleza abandonada en manos colectivas, a sufrir varia- ciones y enmiendas. Asf es como se llegó a demostrar, valga la muestra, que, inicialmente, la poesfa de Homero —del Homero múltiple, casi etéreo de Wolf— no la cantaba, ni la poseía el pue- blo, sino un cuerpo de trovadores de pulida retórica, pura deleite y lección de reyes. Tras estas aclaraciones generales y otras de menor cuantía, y tras de la exposición del proceso evolutivo del romance, Me- néndez Pidal precisa la diferencia que existe entre poesfa poypu- lar y poesía tradicional. Las dos categorías se des- Tindan. Sus explicaciones son diáfanas y concluyentes: la po- pular por más repetida que sea, conserva sus ritmos e ideas matrices; la tradicional, apenas nace, se deja modelar y alterar por las voces y el sentimiento de las regiones que habita, Parece que lleva dentro de sf el germen de su trasmutación. Y no realiza sus cambios —como pudiera pensarse en un principlo— sólo cuando es de forma breve, sino también cuando es de exten- sión y de carácter profundamente épico. Varían sf los procedimien- tos de su rejuego. En tanto que en las obras menores las varian- tes no hieren el argumento del cantar, en las mayores, afectan —tal vez por exigencias del credo o del color del partido que las repite—, cambios de fndole escénica. De esta manera un rey ven- gador, resulta vengado y una doncella violada, vuelve ilesa, al ca- bo de los años, al solar paterno. De aquí resulta que estudiar la geografía y la ética de un sitio, es ponerse en camino propicio para intuir la verdad de los sentimientos religiosos y de las con- cepciones políticas que acusan sus romances. Por estos rumbos de erudita investigación camina la inteligencia de Menéndez Pidal. Los frutos de su saber nos son conocidos. ¿Ahora nos es dable sa- .
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Flor de Romances borear parte de su labor creadora. Para esto nos brinda su Flor Nueva de Romances Viejos. Esta Flor Nueva de Romances Viejos re- Sume, en una sola redacción, las diversas versiones que consignan Menéndez, Durán y Wolf. En su escritura convergen las bellezas diversas de las ediciones antiguas y se elaboran otras novísimas. En esta labor Menéndez Pidal sigue “los mismos procedimientos tradicionales por los que se han elaborado todos los textos conoci- dos.” Por eso no olvida anotar que cualquiera recitador de roman- ces, viejo o nuevo, modifica su relato de acuerdo con su gusto o capacidad poética. Este desenvolvimiento mutable del cantar, va como recogiendo la savia de las edades que lo realizan, En donde quiera que un romance florece, abre el sentido de su música como una granada; y en tanto que una mano riega sus granos maduros, otra entibia los verdes y los ayuda a sazonar. Pero este aliento de la composición popular agoniza. Ya los romances no se renuevan. Yacen en bocas rústicas sin prestiglo y sin amor. La civilización enmudece las gargantas cultas; ahoga los vagidos del cantar noble, Hora es ya de que los romances vuel- van a ser animados con altísimo aliento. Tal es lo que intenta la pluma —docta y tierna— de Menéndez Pidal, el “español de todos los tiempos que haya ofdo y lefdo más romances.” Santo orgullo. Suave fiereza. ¿Y cómo realiza, el maestro, esta tarea que ha tenido su Antí- Bona, y su aureola de misterio? No se piense que le fué necesario retorcer más la cuerda de su saber. Se dejó conducir —clego vi- dente— por esa intuición que suele ser propicia a los que han pen- sado hondo y a tiempo. Entonces el saber sube a los labios por vías místicas y florece adivinando no la certeza, sino la gracia de la verdad. La idea se aleja de la senda certera, pero larga del lógico, y se adentra por esa otra, misteriosa, pero breve, del geómetra. Así con “unos cuantos versos” incorpora a la tradición el pri- mer Romance de Rodrigo; enmienda el relato de Puy"
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Motivos Gerineldo y la Infanta, valiéndose de las normas más arcaicas; completa el cantar de la Linda Melisenda, y acorta, en ciertos párrafos, la Historia de los Infan- Les de Lara. Pero el mérito de Menéndez Pidal no está en aligerar la carga iepuradora del hablista —sea vulgo o señor— sino en la lección de sobriedad que nos ofrece su estilo; en la compenetración íntima, in- disoluble del espíritu antiguo que revelan sus versos nuevos. Se diría que en Menéndez Pidal la literatura crítica que cul- tiva, - no es sino el ansia previa de la literatura creadora que atesora.— E, ABREU GOMEZ EPICA Y ECONOMIA (”) DE" España, un incomprensivo —no tenemos razones para dudar de su buena fe— nos pide a los mexicanos que hagamos voesfa épica. En México, una escritora peruana (*) nos aconse- ja que orientemos muestra lírica hacia una estética económica. Es raro que todavía no hayan surgido un sentimental que proclame la vuelta al romanticismo, un académico que nos recomiende la lectura de los neo-clásicos o un escéptico que nos suplique haga- mos sátiras, epigramas, humorismo en nuestros versos. Los críticos no penetran en el espíritu de la presente lite- (*) Magda Portal, El Nuevo Poema i su estética económica.—Ediciones Apra, México, 1928 Orientación hacia una JS
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Epica y Economía ratura mexicana. Les es más cómodo quedarse en el umbral y en el hueco de la puerta entornada gritar: —Olga usted, ¿por qué no se cambia de casa? Hay algo que nos parece fuera de duda. La actitud de los poe- tas mexicanos defrauda la esperanza de los extranjeros. Una es- peranza que tiene como base una larga leyenda de perturbaciones políticas, de revoluciones y luchas de toda especie, amén de las sobadas características de p a y 8-c ha u d, “muy interesante” para las equilibradas mentes europeas. Quisieran ver, en nuestros versos, la pistola que Pancho Villa esgrimía en las batallas, y junto al rifle y la canana de la revolución, toda la bella litera- tura de las proclamas laboristas, agraristas y comunistas. La señora Magda Portal —tampoco dudamos de su buena fe— es una convencida de su tesis. Nos dice “que no puede permanecer el arte marginizado de los movimientos sociales, en su exclusi- vismo estético. Si el arte responde a su época, i es la interpre- tación en belleza de los fenómenos sociológicos, la nueva hora de América debía contar en las manifestaciones artísticas, su ló- gica demostración.” El español Arconada pregunta con desconsue- lo, dónde se encuentra el Diego Ribera de la poesía mexicana y la señora Portal nos dice también, amargamente: “No encontramos aún el poeta surgido del centro mismo de la plebe.” Y a renglón seguido, su bohemia literaria le sugiere el reproche: “No podrá larlo todavía América, donde la clase intelectual es la salida de las Universidades en su mayoría” No podemos negar que es una lástima que los intelectuales salgan todavía de las Universidades. En este error la América sigue n Europa y al mundo entero. La señora Portal piensa, segu- ramente destruir los centros de cultura de América para que de sus ruinas surja, el día menos pensado, el auténtico poeta de la plebe. Mientras tanto, tiene otras bellas ideas. Nos dice que “el poeta será sólo la representación de la emoción de la multitud” y asegura rotundamente que “orientado el Arte poético —como el 44
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Motivos pictórico en México— hacia una tendencia esencialmente econó- mica, ha quedado relegado a un último término su marginización en la corriente de la estética pura.” Es cierto que en todo el fo- lleto no se explica satisfactoriamente eso del “arte económico,” pe- ro Bmosotros creemos entender que está alejado por completo del Interés del autor. La señora Portal termina su libro con hermosas frases llenas de entusiasmo. “El poema de hoy --nos dice— con toda su esencial belleza, no produce el placer estético, desligado de humanidad —deshumanizado, marginizado en el egoísmo del poeta que ex- presa el sentimiento de la clase dominante, engreída en su posi- ción— sino la inquietud punzante de su llamado fuerte, arengato- rio, venido de todos los ángulos de la tierra —las minas, el cam- po, la fábrica, el arrabal— para que acordes con el momento his- tórico que vivimos, nos entreguemos a la obra colectiva, desper- sonalizados, en el nuevo egofsmo nietzchano (sic), del sacrificio 1 el aniquilamiento de la personalidad (sic), sumándonos como simples factores anónimos, a la energía central que dirige la lucha 'ihertaria.” El estudio de la señora Portal se ilustra con abundantes ejem- plos de poetas nuevos de América, de los cuales conservamos al- gunos nombres no desprovistos de belleza: Mariblanca Sabás Alo- má, Serafín Delmar, Oscar Cerruto, Omar Estrella, Masikes, Dro- mundo, Gamaliel Churata. De un poema de Alejandro Peralta, se debe renroducir un fragmento: Las palabras le queman los oídos i en la crepitación de sus dientes brincan los besos de la muerta Anoche envuelta en sus harapos de bayeta la Francisca se retorció como un resorte. E. G. R.
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Tarjetas de Visita TARJETAS DE VISITA Ds amigos muy estimados de esta Revista nos visitaron en septiembre: los catedráticos Américo Castro y Paul Hazard. Para satisfacción del fúblico, cada vez más numeroso y atento, que lo rodea, el f$rimero continúa exponiendo—con admirable competencia de investigador, con modestia no me- nos admirable de intérfrete—el material de ideas fundamen- tales que ha reunido sobre algunos temas de literatura caste- llana que prefiere y que preferimos con él: La Celestina, El Lazarillo, Santa Teresa de Jesús, Quevedo y, como sintesis de una constante dialéctica occidental pero, sobre todo, es- pañola, el Quijote. El segundo, apremiado for las necesidades del curso de literatura francesa que va a exflicar en la Uni- versidad de Chicago, se despidió ya de nosotros. A ambos saludamos ahora, con el retraso un foco deliberado con que los verdaderos afectos intentan prolongar las despedidas, en este andén del tiempo que aspira ser Contemporáneos. Unidos for una misma inquietud encomiable de sobrie- dad inteligente ¡qué diversos, en cambio, estos espiritus, en brofundidad fersonal, en ligereza! En Américo Castro, a quien apreciébamos ya tanto de lejos, hemos aprendido a estimar, de cerca, el vigilante dominio y la mesura de una erudición que sabe contenerse á tiempo fara no invalidar con su lujo el impulso vivo del pensamiento y la comprensión sensible de la crítica. En Paul Hazard, la amenidad de una cultura que quiso ofrecérsenos toda en espectáculo, nos pareció sin embargo más interesada en apagar nuestra sed que en frovocarla. ¿Di- Pd
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Motivos remos que el objeto de seducción que se fropuso no lo logró, por fortuna, completamente? ¿Diremos más bien—para ser más exactos—que no lo logró siempre en el sentido en que lo procuró con más insinuaciones? El conocimiento de esos alrededores de la vida de un grande hombre que, en la biografía de Stendhal, describió Mr. Paul Hazard con excelente penetración de biógrafo nos hacia esperar de él una solidez y un juicio depurado, clásicos, que no se revelaron for igual en todas sus conferencias, Es cierto que eligió, acaso for concesión a un público que supuso todavia imprefarado, temas de ayer o, apenas, de anteayer: los escritores de la Revolución, el Romanticismo, Verlaine... Pero hay una cierta manera de representarse a los autores vivos que denuncia en seguida, en quien la asume, qué ruta seguiría frente a otros, menos actuales. Para no citar sino un ejemplo ¿cómo fodría acertar en la exégesis verdadera del sentido de fasión y de voluntario naufragio que toda la obra de Pascal implica, un escritor que teme extraviarse en la curiosidad y que rechaza la influencia de Gide, for perju- dicral a los jóvenes, dejándola sólo—como manjar especioso de decadencia—para el paladar de los hombres maduros? To- do lo que un hbro de André Gide contiene: la sed, el deseo, la curiosidad, “la invitación al viaje” ¡qué amargas lecciones de avidez fara la sensibilidad de un hombre de “ experiencia”! ¡Y qué gran vigor no debiera haber sustraido a la vida un lector de esta indole, para foder—sin tragedia—afroximarse con los cabellos canos a un esfíritu que, como en la Ronda de la Granada, antes que dividirlo, frefiere perder el fruto que deseal—]. T. B. i2
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