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EN BUSCA DE LAS SIETE
CIUDADES
VAZQUEZ DE CORONADO, GOBERNANTE Y EXPLORADOR
DS Francisco Vázquez de Coronado comparte con don Hernán Cortés y con don Nuño de Guzmán la desgracia de ser, en nuestra historia, uno de los personajes más atacados, dicho sea sin pretender establecer entre ellos un paralelo que, tanto por sus éxitos como por sus dotes geniales, es difícil encontrar quien pueda compararse con el estupendo Capitán de Extremadura. Tentado por la enorme cantidad de cargos que se acumulan en contra de don Francisco Vázquez de Coronado, por los que resulta que es superior o cuando menos igual a don Nuño de Guzmán en lo cruel, e inferior en la energía y tenacidad en la suerte ad-versa, he hecho un minucioso estudio de la vida de este caballero desafortunado, encontrando que los crí-menes que se le imputan son exagerados o falsos y que se han olvidado siempre sus méritos indiscutibles de gobernante, de explorador y de guerrero. La vida de don Francisco Vázquez de Coronado, como la de todos los Conquistadores de Indias, se desliza en sus principios obscura y silenciosa en cualquier pueblo español, hasta que ávido de gloria y de riquezas y en plena juventud llega al Nuevo Mundo. Es el propio Coronado quien nos dice, en su información de méritos al Virrey don Antonio de Mendoza, que “es natural de la ciudad de salamanca hijo legitimo de joan vasquez de coronado e de doña ysabel de luxan su muger y que es caballero notorio y pasó a estas partes con vuestra señoría ylustrísima el año de treinta y cinco que a zervido a su magestad por mandado de vuestra señoria por visitador de las mynas de plata y en el cargo de governador e capitan de la nueva galizia de que dio suficiente quenta de la fidelidad con que huso los cargos segun que paresce por su rresidencia e que sirvio de capitan general en el exer-cito que vuestra señoria embio por mandato de su magestad al descubrimiento de la tierra nueva e que en la jornada gasto pasados de cinquenta myll duca-dos y paso muchos e yntolerables trabajos como es
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José G. Heredia
En busca de las siete ciudades notorio de mucho rriesgo peligro e trabajos e derramamiento de sangre e que guardo en todo las yns-trucciones que su magestad manda a los que llevan semejantes cargos sin esceder como consta por las ynformaciones que dello tiene dados e que a doze años que es casado con doña beatriz destrada hija del thesorero alonso destrada y que tiene hijos e hijas en cantidad suplica atento a lo mucho que a servido e a la dinydad de los cargos e a la calidad de su persona e a que no se puede sustentar con los yndios que tiene se le haga merced de le rremunerar e Acre-centar en el rrepartimiento y haze presentación de cierta executoria e mandamyento en ella ynsertos.” Por el estudio de toda su actuación en Nueva España, el lector podrá inclinarse en favor de su autobio-grafía, aumentará las filas de sus enemigos, o bien compartirá un criterio ecléctico y comprensivo que, a mi juicio, es el mejor.
Preso don Nuño de Guzmán, “el mayor tirano que jamás pisó” la Nueva Galicia, el día 19 de enero de 1537, en la ciudad de México, fué nombrado para substituírlo, en una forma definitiva, el señor Licenciado don Diego Pérez de la Torre, su juez de cesidencia, al que el Emperador Carlos V había designado para desempeñarlo con fecha 17 de marzo de 1536, y quien recibió el gobierno de manos del Capitán don Cristóbal de Oñate, que lo ocupaba tran-sitoriamente por delegación del propio don Nuño de Guzmán.
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Efímero fué el gobierno de este ilustre varón que dejó, no obstante, consignado en las crónicas de su época, grato recuerdo de sus virtudes y de su talento. Murió en el año de 1538 a consecuencias de la caída de un caballo, nombrando antes como su sucesor, de acuerdo con el Ayuntamiento de Guadalajara, al mismo Cristóbal de Oñate que dejara Guzmán en ese puesto, a su salida de la Nueva Galicia. Informado el Virrey de la inesperada muerte de don Diego Pérez de la Torre, designó como Justicia Mayor de la provincia a don Luis Galindo, y posteriormente, pero siempre dentro del año de 1538, nombró como Gobernador de la Nueva Galicia a don Francisco Vázquez de Coronado, designación que fué ratificada después por el Emperador Carlos V, el 18 de abril de 1539.
Con anterioridad a este cárgo, Coronado había desempeñado el de visitador de las minas de plata de la Nueva España, “de que dió suficiente quenta de la fidelidad” con que lo hizo, tanto por no haberle resultado responsabilidad alguna en el juicio de resi-dencia que al efecto se le formó, como por la circunstancia, muy significativa, de haber sido ascendido rápidamente a la gobernación de la Nueva Galicia.
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Sobre su actuación como gobernante de esta vas-ta e importante provincia, el Licenciado don Matías de la Mota Padilla nos dice, en su notable obra titulada “Historia de la Conquista de la Nueva Galicia,” Capítulo XXI, párrafo VII, página 110, lo siguiente: “Gobernaba a gusto de todos Francisco Vázquez de Coronado, y procedió a señalar egidos a la villa de Guadalajara, la que ya por el año de 540 se intitula-ba ciudad. ..”, y en la página 111 de la misma obra: “Determinó el Virrey lograr la ocasión de la mucha gente noble que había en México, que como corcho sobre el agua reposado, se andaba sin tener qué hacer ni en qué ocuparse, todos atenidos a que el Virrey les hiciese algunas mercedes, y a que los vecinos de México les sustentasen a sus mesas; y así, le fué fácil aprestar más de trescientos hombres, los más de a caballo, porque ya se criaban muchos; dióles a treinta pesos y prometióles repartimientos en la tierra que se poblase, y más cuando se afirmaba haber un cerro de plata y otras minas, y porque el buen nombre que en la ocasión tenía Francisco Vázquez Coronado, gobernador del reino de la Nueva Galicia le confirió comisión para la jornada.”
El correcto y verídico historiador, Licenciado don Luis Pérez Verdía, en su obra titulada “Historia Plar-ticular del Estado de Jalisco”; tomo primero, página 141, refiriéndose a Vázquez de Coronado, afirma: “Ocupóse luego en visitar algunos pueblos, yendo a
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Compostela y Valle de Banderas, en mercedar terre-nos realengos, siendo los títulos de propiedad que él expidió los más antiguos que se registran y en apla-car las pretensiones de muchos vecinos que no podían conformarse con la prohibición que el rey había hecho para esclavizar y que levantada por Nuño de Guzmán, fué puesta en vigor por Pérez de la Torre”, pues “Con fecha 26 de diciembre de 1539, un grupo numeroso presidido por Diego de Proaño, (el mismo que con sus crueldades suscitó el levantamien-to de Culiacán y que por eso había mandado dego-llar Guzmán), nos dice el citado historiador, pidió a Coronado para que no se perdiese la tierra, les per-mitiese “que estos tales que están rebelados con los chichimecos se hagan esclavos o naboríos de por fuerza para que nos sirvan en nuestras haciendas y granjerías.” En la “Crónica Miscelánea de la Provincia de Jalisco”, escrita por Fray Antonio Tello, probablemente en el año de 1550, cuando tenía la avanzada edad de ochenta y seis años, de donde se infiere que pudo conocer personalmente a los Conquistadores de la Nueva Galicia y recoger de ellos muchas de las noticias que consigna en su notable obra. la más antigua que se conoce sobre esta materia, encontramos: “Después de esto, (la muerte de don Diego Pérez de la Torre) el virrey don Antonio de Mendoza envió por Gobernador de la Galicia a Francisco Vázquez vd
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Coronado, natural de la ciudad de Salamanca, casado con la hija del Tesorero Alonso de Estrada, y llegó a la villa de Guadalajara este mismo año de 1538; y luego a diez y nueve días del mes de noviembre del dicho año, en presencia del escribano Salinas, el dicho Francisco Vázquez, gobernador de la Galicia, dijo que, por cuanto los regidores que han sido este año de la dicha villa, han desistido de sus oficios ante su merced por petición y porque el dicho Sr. gobernador se iba de la dicha villa a la ciudad de Compostela, de donde no podría venir a tiempo para las elecciones, pedían y requerían al dicho señor gobernador nombrase quienes fuesen alcaldes y regidores de la dicha villa, para el año venidero de 1539, El dicho señor gobernador dijo, que nombraba y nombró para regidores de esta villa, en nombre de S. M. a Diego Proaño, a Santiago de Aguirre, a Juan de Zaldívar y a Toribio de Bolaños, vecinos de la villa, porque le parecieron personas hábiles y suficientes para el dicho oficio, y de buena conciencia y que mirarían al servicio de Dios Nuestro Señor y de S. M. y al bien de la villa, y para ejercer el dicho oficio en nombre de S. M., según que de hecho se requiere.” "Fueron recibidos y hicieron juramento en forma, y luego este dicho día, mes y año, el dicho señor gobernador dijo, que por cuanto en la dicha villa no hay alcaldes ordinarios y que él está de camino para la ciudad de Compostela, que les mandaba
José G. Heredia y mandó nombren alcaldes tales que les convengan para el dicho cargo y luego los dichos regidores nombraron a Miguel de Ibarra, a Francisco Barrón, a Diego Vázquez, a Maximiliano de Angulo, a Hernán Flores y a Hernán Ruiz de Ovalle, que son personas honradas y de buena conciencia, tales cuales con-viene; y luego el dicho señor gobernador estando en cabildo, dijo que nombraba y nombró por alcaldes de esta dicha villa, su tierra y jurisdicción, a Diego Vázquez y Miguel de Ibarra, y como a tales alcaldes en nombre de S. M. les daba su poder cumplido y tan bastante como de derecho se requiere, y fueron obedecidos por el Cabildo, hicieron el juramento, y luego nombraron por alguacil a Alonso Lorenzo y por escribano a Juan de Salinas (*)” En la página 326 de la misma obra, el historiador Tello asienta que el virrey don Antonio de Mendoza determinó enviar en comisión a Cíbola y Qui-viria “al Capitán Francisco Vázquez Coronado, gobernador que era de la Galicia, por ser persona de valor y de mucho gobierno”, y en verdad que estas breves palabras encierran el mejor juicio que en su favor pueda hacerse por su gestión administrativa, durante los dos años escasos que gobernó la Nueva Galicia, pues en ellos no se encuentran, como lo indi-zan las citas que he hecho, sino medidas acertadas, ten-di
(*) Capítulo XVI, página 308, vuelta, obra citada,
En busca de las siete ciudades dentes a la pacificación de los territorios, a la estabi-lidad y progreso de las poblaciones y a la expedición en el despacho de los negocios públicos. Tampoco se encuentra en toda su labor de gobernante ningún acto que revele crueldad o tiranía, no obstante que por esta época, 1540, dió principio una rebelión de los naturales que tardó tres años en ser sofocada, y durante la cual los vecinos de Guadalajara le escribie-ron pidiéndole pusiera el remedio que conviniera. (*) No contraría la afirmación relativa a la humanidad de que Coronado usó en la gobernación de la Nueva Galicia, el poco conocido episodio de la muerte de Ayapín, que encuentro consignado nada más en la “Historia de las Indias Occidentales”, Tomo 3o., Década VI, Libro VII, Capítulo VII, página 153, editada en Madrid por Francisco Martínez, año de 1728, en la forma siguiente: “Francisco Vázquez de Coronado, que el año pasado llegó al Nuevo Reino de Galicia por Governador, entendiendo el aprieto en que estaban los de la Villa de San Miguel, de Culiacán, y que la querían despoblar, por la guerra que les hacía un poderoso Cacique llamado AYAPIN, los fue a socorrer, i con el aiuda de costa que los llevó, que los embiaba Don Antonio de Mendoza, i haverles re-partido algunos pueblos que estaban de paz, para que los aiudasen, i con la dililgencia que puso en pa-cificar mucha parte de la tierra. los que aiudaban a
(*) Véase la página 322, de esta mivma obra.
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Avapín lo desampararon, ¡ Francisco Vázquez le si-p q guió; prendió, ¡ ahorcó, con que todos los naturales de buena gana dexaron la sierra, i se baxaron a g gozar de la mucha abundancia, i comodidad de su tierra:...”
Durante la administración de Coronado, como Gobernador de la Nueva Galicia, que principió en 1538 y terminó, de hecho, en 1540..con su salida para las Siete Ciudades, éste es el único acontecimiento que tiene los caracteres de un enérgico proceder. No he podido averiguar de dónde tomó el historiador don Antonio de Herrera esta noticia, sobre la ctial nada nos dicen el Padre Tello, el más antiguo historiador de la Nueva Galicia, en su “Crónica Miscelánea”, ni los demás Historiadores y Cronistas de esta región, Baltazar de Obregón, Andrés Pérez de Rivas, Mota Padilla, Frejes, Pérez Verdía y Riva Palacio. Probablemente Herrera la consignó en vista de algún documento original que tuvo a su disposi-ción por aquella época, en los archivos de España, y dada la respetabilidad de este cronista oficial, acepto el dato tal y como se contiene en las Décadas, haciendo sobre el particular algunas consideraciones. La conquista y la dominación españolas en México, fueron una completa y verdadera realidad en todos los aspectos de la vida nacional. Dentro de ella, contaban diferentes factores que la representaban, siendo el más importante el Gobierno Colonial, que
En busca de las siete ciudades era precisamente su encarnación. Este Gobierno tenía, como cualquier otro en la actualidad, el esencial derecho de procurar su conservación, asegurar el orden, dar garantías a la sociedad y promover su progreso en todas las manifestaciones de la vida. Para asegurar su existencia, base de todos sus derechos y obligaciones, la razón natural le daba, como le da ahora a todos los gobiernos, los medios dis-ponibles y apropiados para conseguirlo, de tal manera que, para ser justos en nuestras apreciaciones, debemos admitir que los actos de un gobierno que busca su conservación y la seguridad de sus gobernados, solamente son censurables cuando se exceden de lo que permiten las leyes y las costumbres de su época.
Dentro de estas reglas, que considero correctas, la conducta seguida por Vázquez de Coronado para lograr la pacificación de la Provincia de San Miguel de Culiacán, amenazada de ruina y desolación, por las correrías sangrientas de Ayapín, que no respeta-ba ni a los mismos naturales cuando no eran sus se-cuaces, me parece conforme no sólo con las costumbres férreas y enérgicas del siglo dieciséis, sino aun con las normas de nuestra propia civilización. Del texto de la Década citada, se desprende que Coronado empleó primeramente métodos de convencimiento para conseguir la pacificación de Culiacán, con-sistentes en repartir pueblos a los indígenas, ganán-dolos a la causa del orden y del trabajo y que logrado esto persiguió y aprehendió al cacique, dándole garrote, con lo “que todos los naturales de buena gana dexaron la sierra, ¡ se baxaron a gozar de la mucha abundancia, i comodidad de su tierra”, dice don Antonio de Herrera. No se necesita ningún esfuerzo para justificar en este particular la conducta seguida por Coronado; se limitó a ejercer un acto legítimo de gobierno, in-dispensable como tal para su existencia y para dar orden y garantías a la sociedad. Si hubiera habido exceso en la represión, inútil derramamiento de sangre, destrucción de pueblos o esclavizaciones, bien que estallara candente la censura para el tirano; pero, cuando lejos de eso, sólo se sacrificó al causante de los males, dándose ayuda y protección a los pueblos que lo sufrían, de tal manera que con su muerte renació la confianza y el bienestar, salvo que se prefiera la anarquía al orden y la destrucción al progreso, nada se tiene que criticar a quien los procura para sus gobernados, sin llegar a ningún crimen para conseguirlo.
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Esta fue la conducta de don Francisco Vázquez de Coronado durante su breve gobierno de la Nueva Galicia: activo, progresista, administrador hábil y pacificador benigno, por cuyas cualidades considero cierto lo que nos dice Mota y Padilla, “que gobernó a gusto de todos”, y justos los epítetos de valero-so y prudente, que sin reserva alguna le otorga don Vicente Riva Palacio.
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Como documentos relativos a esta época se han conservado, gracias a la traducción italiana de Ra-musio, dos cartas de don Francisco Vázquez de Coronado, una dirigida a don Antonio de Mendoza, con fecha 8 de marzo de 1539, y la otra, con igual fecha, a uno de los secretarios de este Virrey, ambas de la población de San Miguel de Culiacán, Sinaloa. Pueden consultarse en el autor referido, tomo tercero, página 354, anverso y reverso, edición de 1556; o bien en el Ternaux, tomo XIV, denominado “Castañeda, Voyage a Cibola”, edición de 1838, páginas 352 a 354 y 349 a 351. respectivamente. Siendo muy poco conocidas estas cartas y muy importantes, doy a continuación un traslado que hago de los resúmenes de Ternaux, en el orden en que han sido citadas: “Con la ayuda de Dios, saldré de la Isla de San Miguel para Topira el 10 de abril. Yo no podría salir más pronto, porque la pólvora y las cuerdas que me envía Vuestra Señoría, y que deben estar ya en Compostela, no podrán llegar antes de esta época, y además, porque es necesario que yo recorra una gran distancia siguiendo montañas muy elevadas que se pier-den en los cielos, y atraviese un río crecido en esta estación y que no se puede pensar en vadearlo. Se me ha informado que saliendo en la época que he escogido ésto será posible. Se me había dicho que de aquí a Topira no había más que cincuenta leguas, pero yo he sabido que hay más de ochenta. Yo no recuerdo si mandé a Vuestra Señoría, tan pronto como la concluí, una relación sobre Topira. Posteriormente he recogido algunos otros datos que le remi-tiré, y por los que sabrá que Topira es una provincia bien poblada y que se encuentra situada entre dos ríos; tiene más de cincuenta poblados, y más allá de ella está otra provincia aun más importante, cuyo nombre no me han podido decir los naturales, y donde se encuentran en abundancia víveres como maíz, frijoles, chile, melones, calabazas y muchos pavos silvestres. Los habitantes usan adornos de oro con esmeraldas y otras piedras preciosas, emplean el oro y la plata para usos comunes, y cubren sus casas con este último metal. Los jefes se adornan el cuello con gruesas cadenas de oro muy bien trabajado y se visten con telas pintadas. Se encuentran muchas va-cas salvajes y se me ha informado que los habitantes de este País ( Topira) que son poco numerosos, no pueden ir a aquel porque sus naturales son muy bravos. Esta relación me ha sido contada dos veces, por los indios que viven en las cercanías de este nuevo país. Mi partida está fijada en la época que le he indicado, y iu
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En busca de las siete ciudades llevaré conmigo ciento cincuenta jinetes, doce caba-llos de remuda, doscientos infantes, arqueros o arca-buceros, puercos, carneros y todo lo que pueda conseguir para comprar. Vuestra Señoría puede estar se-guro de que yo no volveré a México antes de poderlo informar positivamente de lo que existe, y si encuentro un país conveniente, me detendré en él y daré aviso a Vuestra Señoría para que me ordene lo que deba hacer. Si por desgracia no encuentro nada bueno, tomaré mis providencias para avanzar cien leguas más lejos, y yo espero en Dios encontrar un país en el cual pueda Vuestra Señoría emplear útil-mente a todos los gentileshombres que traje conmigo y a los que puedan venir en seguida. Yo creo que no podría dispensarme de permanecer ahí, porque las aguas, la temperatura, la topografía del país, y lo que encontrare, me indicarán lo que deba hacer. Fray Marcos y Esteban han penetrado en el interior de este país; el siete del mes último, cuando yo los aban-doné, les dejé más de cien indios del Petatlán. Los naturales hicieron a este religioso la mejor acogida posible y le prestaron todos los servicios que estaba a su alcance. Es imposible dar una idea mejor sobre la manera de que ha sido recibido, que la contenida en mis relaciones agregadas a las cartas de Compostela y de San Miguel. Yo he descrito este viaje en la forma más conveniente, pero si no lo hu-ai.
José CG. Heredia biere hecho más que en una décima parte de su acogida, sería siempre demasiado. Le envío con la presente una carta que he recibido de Fray Marcos de Niza; los indios me han con-tado que él era la adoración de todo el mundo; yo creo que en esa forma puede recorrer aún dos mil leguas. Me dice que tan pronto como encuentre un buen territorio, me lo escribirá y yo se lo comunica-ré inmediatamente a Vuestra Señoría. Espero que Dios me permitirá encontrar un país apropiado y habitable en toda su extensión.”
El segundo resumen, traducido también libre-mente, dice: “El Capitán cuenta la llegada de Fray Marcos de Niza a la provincia de Topira, donde el religioso supo que los indios se habían refugiado en las montañas por el temor a los cristianos. Sin embargo todos volvieron con gran interés de conocerlo, y se mostraban muy contentos y sin el menor miedo. Son hombres bien hechos, más grandes que los otros indios y las mujeres son más bellas. No hay grandes poblaciones, las casas están construídas de piedra y son muy sólidas. Los habitantes tienen: mucho oro que les es casi inútil, porque no hacen de él ningún uso. Se adornan con esmeraldas y otras piedras finas de gran precio. Sus armas son de plata y muy fuertes, representando diferentes figuras de animales. Adoran ídolos que conservan en sus casas, y que son
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En busca de las siete ciudades plantas y pájaros; los invocan cantando oraciones en su lengua, que difiere poco de la de Culiacán.
Dicen al religioso que desean hacerse cristianos y súbditos del Emperador, porque ellos no han tenido gobierno establecido, pero que esto será a condi-ción de que no se les mate, se les permita cambiar voluntariamente el oro que posean por artículos que necesiten y que no se les maltrate al otorgar su juramento.
Después de esta provincia existe otra llamada Xalisco, que los nuestros han descubierto. Sus habitantes están desnudos, no llevan nada por delante y a duras penas aceptan el cristianismo. Son salvajes y crueles. Se dedican únicamente a domesticar animales y sus habitaciones son de paja. En ciertas épocas van a celebrar sacrificios en un valle de esta provincia habitado por personas que son tenidas por santas. Se llaman “chichimecas”. Viven en los bosques y no tienen casas. Se alimentan de limosnas, van desnudos, pintados de negro y llevan su miembro ligado a la rodilla por medio de un lienzo. Las mujeres van también todas desnudas.
Sus templos están cubiertos de paja y tiene algunas ventanas llenas de despojos humanos. Enfrente del templo hay una fosa circular rodeada de una serpiente de oro, plata y composiciones metálicas desconocidas, que se muerde la cola. De cuando en cuando los habitantes del valle re-curren a la suerte para saber quién deberá ser sa-crificado, y el que resulta designado, es coronado de flores.
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Se celebran en su honor grandes comidas y fies-tas solemnes; se le acuesta sobre un lecho de flores y de hierbas odoríficas preparado en la fosa; se coloca a cada uno de sus lados grandes cantidades de leña seca, a la que se le prende fuego, y entonces él muere. La víctima permanece sin moverse, aunque no se le haya atado, como si el sacrificio le fuera agradable. El hombre así inmolado adquiere una re-putación de santo y se le adora durante todo el año. Se cantan en su honor himnos en los cuales se celebran sus méritos y la cabeza es colocada junto con la de los otros, en las ventanas del templo. Sacrifican también a los prisioneros, pero en una fosa más honda se les quema, sin hacerles las cere-monias de que acabamos de hablar. Los españoles que van a Xalisco escriben que ellos esperan que tratando bien a esos pueblos, se les puede convertir al cristianismo. El país es excelente, fértil y bien re-gado por aguas abundantes.” Por lo visto, Coronado aun no había visitado la región montañosa de Topira, que se encuentra al oriente de Culiacán, cuando escribió las cartas cuyos resúmenes he traducido. En ellas se limita a comunicar al Virrey los datos que él personalmente había recogido de los indígenas, y los que Fray Marcos de Niza le hacía llegar. Por esos
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En busca de las siete ciudades datos se comprende que todo giraba alrededor de las fantásticas riquezas de las tierras desconocidas, donde sus pobladores vestían trajes de finas pedrerías y techaban sus casas con tejas de plata. Fray Marcos de Niza encontraba siempre estas cosas, y hacía de ellas tentadoras relaciones, y como todo es útil en la vida, redundaban en atrevidas ex-ploraciones que abrían a la civilización vastos campos poblados de indígenas y de incalculables recursos naturales.
Las descripciones que contienen sobre esas regiones, sus habitantes, sus costumbres, sus riquezas, aun descontando lo que pertenece a la quimera, son muy interesantes y revelan en su autor grandes dotes de observador, y sobre todo, a un verdadero hombre de acción, avezado a los peligros y a las sorpresas de lo desconocido. “Yo no podría dejar de permanecer ahí, pues las aguas, la temperatura, la topografía del país y lo que encontrare, me indicarán lo que deba hacer,” dice el propio Coronado, haciendo de estas palabras, su mejor programa. Osados hasta lo imponderable, estos hombres de la Conquista abrían su espíritu a todo lo imprevisto, sin que hubiera para ellos ningún obstáculo ni difi-cultad alguna. Sus virtudes son tantas y sus hazañas tan grandes, que aun ahora nos asombran y nos sub-yugan, y sus defectos, si grandes en algunos, quedan obscurecidos por el brillo de sus proezas.
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No son el producto del azar estos hombres de fie-rro: representan a Europa saliendo del feudalismo, in- FÉlado su blanco velamen por las brisas del Renacimien-to. Son ellos, por su valor, las glorias de Numancia y de Sagunto; por su empuje y acometividad, la juventud de los bárbaros; por su tenacidad y su arro-jo, el Romancero hecho vida; por su fe inagotable, el espíritu de las Cruzadas y por sus cartas y relaciones, el aliento de Bolonia, Salamanca y Alcalá.
Mediaba el siglo XVI agobiado por sus hazañas, y realizada ya la epopeya histórica de la conquista del Anáhuac, la leyenda que envuelve y dora todo lo desconocido tuvo que ausentarse hacia el norte, dando vida a la fantasía de las Siete Ciudades. El norte ha desempeñado desde remotas edades un papel predominante en nuestra Historia: ahí estuvo, real o imaginaria, la perdida Aztlán; de ahí vi-nieron las tribus bárbaras que barrieron la cultura tolteca; ahí espejearon áureas y misteriosas Cívola y Quivira, y de ahí mismo han venido modernas in-vasiones, y nos amenazan peligros sin fin. Así, dominado el Imperio más rico y poderoso del Nuevo Mundo, la imaginación no descansó y dió vida a ensueños lejanos: partieron los caballeros y los
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En busca de las siete ciudades frailes; los primeros, a ganar gloria y riquezas y los segundos, almas para el cielo. Nunca un consorcio más necesario: junto a los dolores de la guerra, los consuelos del amor y la piedad.
Ocupada la ciudad de México por los españoles, en el mismo palacio de Moctezuma, como asienta Baltazar de Obregón en su “Historia de los Descubrimientos”, encontraron éstos las primeras noticias de la remota Aztlán, de donde habían venido los: antiguos pobladores del Anáhuac, según convienen en el fondo todas sus tradiciones y leyendas. Esta región desconocida, se situaba en los con-fines brumosos del septentrión, por las historias de los mexicanos, confirmadas más tarde por la de los indios del Nayar, donde, el Cacique don Francisco Pantecatl la dejó escrita a sus descendientes, como re-cibida y conservada por sus antepasados. Concluida la conquista de los dominios aztecas, la acción de los españoles se fué extendiendo hacia las regiones distantes, entablándose entre ellos una ruda competencia, en la que tuvo que intervenir varias veces el mismo Rey de España. Don Antonio de Mendoza, Hernán Cortés, Nuño de Guzmán y Pedro de Alvarado, se consideraban con iguales derechos para explorar en el norte desconocido, asiento, según se decía, de las más fabulosas y ricas ciudades. Pedro de Castañeda dice en el capítulo primero de su “Relación de la Jornada de Cíbola”, que don Nuño
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José G. Heredia de Guzmán supo desde el año de 1530, por un indio originario del valle de Oxtitipar, la existencia de “siete pueblos muy grandes donde auia calles de pla-tería y que el rumbo que leuaban era el largo de la tierra entre los dos mares siguiendo lauía del norte”, siendo esta noticia, así como el temor que tenía el regreso de Cortés de Centro América, lo que determinó a don Nuño salir a buscarlas en su famosa expedición al Noroeste, que dió principio en noviembre de 1592, en que se ausentó de la ciudad de México. Por su parte don Hernán Cortés, ya de regreso de España, donde había arreglado satisfactoriamente sus asuntos, y de acuerdo con las instrucciones que tenía, el 30 de abril de 1532 envió del puerto de Acapulco dos bergantines llamados San Miguel y San Marcos, al mando de Diego Hurtado de Mendoza, empresa que culminó en un completo fracaso, pues el primer barcó encalló en las costas de Jalisco, y el ségundo, se perdió en las de Sinaloa, muriendo el jefe de la expedición a manos de los indios de Tama-zula, pueblo que aun existe cerca de la desembocadura del río de Sinaloa o Petatlán.
En auxilio de esta expedición que no volvía, don Hernando—con la inquebrantable tenacidad que ponía en todas sus empresas—mandó otra nueva, formada por dos barcos, la Concepción y el San Lázaro, que salieron del puerto de Manzanillo el 30 de octu-bre de 1533, y, como la primera, fracasó en absoluto. Estas desgracias determinaron a Cortés a ir personalmente en otra expedición que formada de tres barcos, salió de Tehuantepec para el puerto de Chiame-tla, desembocadura del río del Rosario, en Sinaloa, a donde él se dirigía por tierra, y en el que se embarcó el 15 de abril de 1533, para llegar a la Paz, Baja Ca-lifornia, el tres de mayo del mismo año, sin obtener mayores resultados que los consiguientes descubrimientos geográficos. Ya en pleno período de fiebre por la busca de las Siete Ciudades, Cortés pudo mandar otra expedición dirigida por Francisco de Ulloa, que salió del puerto de Acapulco el 8 de julio de 1539, para no volver lamás.
En busca de las siete ciudades
No quiso ser menor el Adelantado de Guatemala don Pedro de Alvarado y, de acuerdo con las capitu-laciones que había celebrado con el Rey, se puso al frente de sus naves para hacer descubrimientos en la mar del Sur, llegando con algunas de ellas al puerto de Navidad, en Jalisco, mientras que otras ancla-ban en el de Acapulco. No menos desgraciada que las de Cortés fué esta expedición de Alvarado, pues habiendo sido reque-rido para que prestara auxilio a los españoles que estaban en grave apuro en Guadalajara, con motivo de la rebelión de los indios, encontró la muerte al caerse de su caballo, el día 14 de julio de 1541, sin haber ob-tenido ninguno de sus propósitos.
La pugna entre estas grandes personalidades por encontrar las regiones áureas del norte. sufrió un
José G. Heredia fuerte impulso con la relación que Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el más grande entre los grandes exploradores españoles, dió al Virrey don Antonio de Mendoza, sobre los dilatados países que había visitado en unión de sus tres compañeros, náufragos supervi-vientes de la expedición de Narváez, que llegaron a México el 23 de julio de 1536.
El espíritu religioso no era inferior al militar de la época al que no solamente igualaba, sino muchas veces superaba con su bondad y sacrificio sin lími-tes: si los Conquistadores ensanchaban los ámbitos de la Nueva España, los frailes aumentaban los sier-vos de Cristo, aun en regiones a donde no habían llegado todavía las armas victoriosas de León y de Cas-tilla.
Según relata el Padre Tello, en 1538, Fray Anto. nio de Ciudad Rodrigo, de la Orden de los Menores, y Ministro Provincial del Santo Evangelio de la Nueva España, poseído de un gran celo evangélico, mandó en una de las expediciones de Cortés (su-pongo que fué en la de Ulloa, que Orozco y Berra fi-ja en 1539) a tres religiosos a una “tierra de que había noticia de que estaba poblada y era muy rica”, y en la cual no encontraron lo que esperaban, por lo que, el mismo fraile envió a otros religiosos en compañía de un capitán, que por tierra se dirigieron a las costas del mar del Sur, caminando hacia el norte. Uno de los religiosos regresó con el capitán, y el otro, junto con dos indígenas que no lo abandonaron, con-e -
En busca de las siete ciudades tinuó la expedición, recabando noticias de vastos países poblados y ricos.
Don Antonio de Mendoza, alucinado por las relaciones de Cabeza de Vaca, mordido por el deseo de emular a Hernán Cortés y a Nuño de Guzmán, y es-timulado por el medio, giró al franciscano Fray Marcos de Niza, en 1539, sus famosas instrucciones para que hiciera un viaje de exploración por el norte: “Dareis á entender á los indios que yo os envío—decía—en nombre de S. M., para que los traten bien y sepan que le ha pesado de los agravios y males que han recibido; y de aquí en adelante serán bien trata-dos, y los que mal les hicieren serán castigados.” “Asimismo les certificareis que no se harán más esclavos dellos, ni los sacarán de sus tierras; sino que los dejarán libres en ellas, sin hacelles mal ni daño; que pierdan el temor y conozcan á Dios Nuestro Señor, que está en el Cielo, y al Emperador, que está puesto de su mano en la tierra para regilla y gober-nalla”
Según cuenta el mismo Fray Marcos de Niza en su entusiasta Relación, que puede verse íntegra en el tomo tercero de los “Documentos de Indias”, el día siete de marzo de 1539 salió de San Miguel de ii
José G. Heredia
Culiacán, llevando como compañeros a Fray Hono-rato, al negro Estebanico, comprado a Dorantes, famoso por su viaje realizado en unión de éste y de Cabeza de Vaca, algunos indios igualmente comprados para esta expedición, y otros muchos que voluntariamente se prestaron para el mismo fin, nativos del Petatlán, hoy Sinaloa, y del pueblo del “Cuchillo”, distante cincuenta leguas de la población de Culiacán, según la crónica expresada. Hizo el camino hasta Petatlán, bajo arcos triun-fales, como homenaje de los indios a quien les anun-ciaba su libertad, y en ese lugar dejó a Fray Hono-rato, que había enfermado, continuando su ruta después de haber holgado tres días, por regiones donde era muy bien recibido por los naturales, que le lla-maban “hombre del cielo”, hasta que llegó a una “razonable población” que se llamaba “Vacapa”, probablemente Matapa, en el centro de Sonora, sobre el río de su nombre, el día 23 de marzo de 1539, donde pasó la Semana Santa, informándose de las islas que estaban cerca de la costa y que eran muy nu-merosas.
De esta población mandó exploradores hacia el mar y a Esteban el Negro rumbo al norte, quien, a los cuatro días, le mandó decir que lo siguiera porque había tenido noticias de “la mayor cosa del mundo”, que se llamaba “Cíbola”, y que estaba a treinta jornadas de Vacapa. Por su parte los exploradores de la costa le trajeron informes sobre treinta y cuatro
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En busca de las siete ciudades islas, todas ellas pobres de alimentos, aunque con criaderos de perlas.
Entusiasmado con las noticias de Estebanico y con las que le dieron tres indios pintados que vinie-ron a buscarlo del norte, respecto de las famosas Siete Ciudades, la primera de las cuales era Cíbola, salió Fray Marcos de Niza el segundo día de la Pascua Florida, y caminando cuatro días, encontró otros indios que le ratificaron lo que los pintados le habían dicho sobre las fabulosas Siete Ciudades, agregando que más adelante había otras no menos ricas y fastuo-sas naciones llamadas Marata, Acus y Totonteac. Estos indios conocían a Cíbola, pues iban a ella a trabajar, recibiendo en pago de sus servicios turquesas y cueros labrados o pintados, y manifestaban que la población estaba guarnecida de piedras preciosas y que sus habitantes usaban ricos trajes de al-godón, parecidos, dice Fray Marcos, a los que usaban los Bohemios. Continuó su ruta el padre Marcos de Niza recibiendo por donde pasaba noticias más detalladas de las grandezas de las ciudades que bus-caba, encontrando muchas personas que habían estado en ellas y hasta un prófugo de la justicia que impartía en Cíbola, un Cacique sostenido por el señor de Ahacus, la principal de las Siete Ciudades, siendo todas ellas construidas de cal y canto, con sus puertas y paredes cubiertas de turquesas. Mucho llama la atención de Fray Marcos la uni-formidad de las noticias que los indios le facilitaban,
José G. Heredia y las cuales estaban de acuerdo con las que recogía Estebanico, quien, según dijo en los informes que mandaba, nunca había encontrado que los naturales mintieran, cosa con la cual estaba conforme el padre Niza.
Llegado el padre a un valle que dista quince días de Cíbola, fué rogado por los naturales que descan-sara tres días en su pueblo, antes de emprender el camino por el desierto que conduce el final de su ruta, colmándolo de atenciones, regalos y provisio-nés. Aquí supo que más de trescientos vecinos habían salido con Esteban hacia Cíbola y confirmó una vez más, todas las noticias que tenía sobre las Siete Ciudades.
Después de tres días de descanso, acompañado de treinta indios de los principales, emprendió la última etapa de su camino, entrando en el despoblado que lo separaba de Cíbola, el nueve de mayo de mil quinientos treinta y nueve, es decir, a los tres meses y dos días de haber salido de San Miguel de Culiacán, encontrando huellas del paso de Esteban y de los caminantes que iban a las Siete Ciudades. A los 12 días llegó un indio que le traía noticias de la expedición que llevaba Estebanico, las cuales no podían ser más funestas: el Señor de Cibola les había prohibido que entraran a su ciudad, bajo amenaza de muerte, y como el negro no hizo caso de tales amenazas, al llegar, fué hecho prisionero
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En busca de las siete ciudades junto con los que con él iban, y al día siguiente, al pretender fugarse, lo mataron los ciboleños. No amedrentaron estas noticias a Fray Marcos de Niza, no obstante verlas confirmadas por otros prófugos, y después de haber aplacado un conato de rebelión de los indios que lo acompañaban, por con-siderarlo responsable de la muerte de sus parientes que iban con Estebanico, en unión de dos indios principales del valle último y famoso que visitó, y de los naturales de Petatlán, así como de los intérpretes. emprendió la jornada final para llegar a la misteriosa Cíbola, que divisó “en un llano, a la falda de un cerro redondo.” Tenía “muy hermosos parescer de pueblo, el mejor que en estas partes yo he visto; son las casas por la manera que los indios me dixeron, todas de piedra con sus sobrados y azuteas, á lo que me pareció desde un cerro donde me puse a vella. La población es mayor que la ciudad de México; algunas veces fuí tentado de irme a ella, porque sabía que no aventu-raba sino la vida, y esto ofrescí a Dios el día que co-mencé la jornada; al cabo temí considerando mi peligro y que si yo moría, no se podría haber razón desta tierra, que a mí ver es la mayor y mejor de todas las descubiertas.”
Esta es en resumen la relación de Fray Marcos de Niza sobre su estupendo viaje, que puso en manos del propio Virrey don Antonio de Mendoza, en presencia de don Francisco Vázquez de Coronado, Gobernador de la Nueva Galicia y a la sazón en México, por haber acompañado al padre Niza desde la ciudad de Compostela, dondo lo encontró. Esta relación fué legalizada el día dos septiembre de 1539 por Juan Baeza de Herrera, escribano mayor de la Real Audiencia y de la Gobernación de la Nueva España, y por Antonio de Trucíos, que lo era de S. M., y aca-bó de entusiasmar al Virrey en tal grado, que determinó ir personalmente al descubrimiento de tales maravillas. Como esta empresa requería bastante tiempo para realizarse, los amigos del Virrey le hicieron ver los graves inconvenientes que resultarían de una larga ausencia de la Capital, y en atención a ellos encomendó su jefatura a una de las personas que por su valor y prudencia le pareció más apropiada, siendo el escogido don Francisco Vázquez de Coronado, Gobernador de la Nueva Galicia. Por entonces había en la ciudad de México un gran número de Conquistadores, segundones y aventureros sin ocupación alguna, y faltos de recursos para sostenerse, que ansiaban una oportunidad para dar digno em-pleo a sus ocios, enlistándose en una expedición que les diera gloria y dinero, como supusieron fuera la de Coronado, a cuyas banderas ocurrieron presuro-sos.
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En pocos días dice Castañeda, se reunieron más de trescientos españoles y ochocientos naturales o
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En busca de las siete ciudades sean indígenas, “y entre los españoles hombres de gran calidad tantos y tales que dudo en indias aber-se juntado tan noble gente y tanta en tan pequeño número como fueron trescientos hombres y de todos ellos capitán general francisco uasquees coronado gouernador de la nueba galicia por aber sido el autor de todo hico todo esto el buen virey don Antonio porque a la sacon era francisco uasques la personalidad mas allegada a el por pribanca porque tenía entendido era hombre sagaz abil y de buen con-sejo allende de ser cauallero como lo era tenido tu-biera mas atención y respto a el estado en que lo ponía y cargo que llebaua que no a la renta que dexaba en la nueba españa o a lo menos a la honra que ga-naba y auia de ganar lleuando tales caualleros de ba-xo de su bando pero no le salió ansí como a delante se herá en el fin de este tratado ni el supo conserbar aquel estado ni la gouernación que tenía.” Efectivamente, en la expedición de Coronado se alistaron caballeros de esclarecido linaje, como fué don Pedro de Tobar, muy conocido en Culiacán, por haber ido con don Nuño de Guzmán y ser uno de sus fundadores; era hijo de don Fernando de Tobar, ma-yordomo de la Reina doña Juana la Loca, y pertene-cía a la casa de Boca de Huélgamo. Su esposa doña Francisca de Guzmán, hija de don Gonzalo de Guzmán, Gobernador que fué de Cuba, es muy alabada por su hermosura y discreción por Baltazar de Obregón, y doña Isabel de Tobar, probablemente su hija,
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Nathan Asch está mencionada en encomio por su belleza y virtudes, nada menos que por Bernardo de Balbuena en su famosa Grandeza Mexicana, por haberla conocido este gran poeta del siglo dieciseis, quizás en el mismo San Miguel de Culiacán.
Don Lope de Samaniego, que había ocupado el importante puesto de Regidor y Alcalde de las Ata-razanas de la ciudad de México; don Tristán de Arellano, el mismo que después fué jefe de la expedición a Florida; don Pedro de Guevara, hijo de don Juan de Guevara y sobrino del Conde de Oñate; don Garcí López de Cárdenas; don Rodrigo de Maldonado, cuñado del Duque del Infantado; don Diego López veinticuatro de Sevilla; don Francisco de Barrio Nuevo, caballero de Granada; don Diego de Gutiérrez; don Juan de Zaldívar, sobrino de Cristóbal de Oñate; don Francisco de Ovando, don Juan Gallego, don Melchor Díaz, que fué Alcalde de Culiacán, por designación de don Nuño de Guzmán, don Alonso Manrique de Lara, don Lope de Urrea, caballero ara-gonés, Gómez Suárez de Figueroa, Luis Ramírez de Vargas, Juan de Sotomayor, Francisco de Corbalá, Alvaro de Bracamonte, Joan de Beteta, Antonio Pérez Buscavida, Pedro de Ledesma, Joan Rodríguez, Joan de Cepeda, Joan de Paladinas y su mujer María Maldonado, Pedro Nieto, Juan de Céspedes, Alonzo Rodríguez Parra, Juan Ruiz, Pedro y Francisco de Santillana, García Rodríguez, Diego Madrid Aven-daño y Diego de Alcaraz, entre otros, que os-tentan como se ha visto apellidos de los más llustres en la Heráldica Española. El propio virrey repartió entre los principales caballeros de la expedición, los puestos de más importancia, siendo de-signados don Pedro de Tobar, como Alférez General, don Lope de Samaniego, como Maestro de Campo y por Capitanes, Tristán de Arellano, Pedro de Guevara, Rodrigo de Maldonado, Hernando de Alvarado, Juan de Zaldívar, Pablo de Melgosa, Diego de Gutiérrez, Garcí López de Cárdenas, Diego de Alcaraz, Ramírez de Vargas, Alvaro Bracamonte y Diego López, veinticuatro de Sevilla. Personalmente don Antonio de Mendoza acompañó parte de la expedición desde la ciudad de México donde se formó, hasta Santiago de Compostela, en Nayarit, según consta en la información que se levantó en esta última población, y confirman en sus Crónicas Baltazar de Obregón y Castañeda de Ná-jera.
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En busca de las siete ciudades
Llegado que hubo el Virrey a Santiago de Compostela, ciudad fundada cinco años antes por don Nuño de Guzmán, y arreglados todos los detalles del viaje, arengó a las tropas que salían y las acompañó dos jornadas adelante, despidiéndose de ellas y regre-sando en unión de su espléndido cortejo a la Capital de la Nueva España. Los elementos de la expedición hicieron su salida de la ciudad de México en grupos pequeños, tanto para no ocasionar perjuicios a los españoles que estaban radicados en el tránsito, como para no levan-tar alarma entre ellos y enardecer rebeldías conteni-das de los naturales. La partida debe haber sido por el mes de diciembre de 1539, puesto que se reunieron todos en Compostela en Carnestolendas de 1540, y la del Virrey poco después, ya que, el 1* de enero de ese año, se encontraba en Pátzcuaro, Michoacán, como asienta Castañeda, aunque equivocando en uno la fecha. La información que se levantó en Santiago de Compostela para tranquilizar a los españoles que se quedaban en los poblados, y entre los cuales había cundido la alarma por la salida de tantos compatrio-tas, empezó el 21 de febrero de 1540 y terminó el 28 del mismo mes, por lo que se infiere que los expedi-cionarios salieron de esta población hacia el Norte, a principios del mes de marzo de 1540.
José G. Heredia
José G. HEREDIA
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