Page 11 · spans the page · from the scan, no model involved

The clipping this text was read from
The clipping this text was read from

EL DIA MAS FELIZ DE

CHARLOT

CUENTO CINEMATOGRAFICO EN CUATRO ESCENAS Y UN APOTEOSIS

Escena |

N A UY de mañana van saliendo los emigrantes del fondo del buque, por la escotilla. Traen todavía la modorra en el cuerpo y los ojos rebeldes a la luz. Uno a uno saltan sobre el puente, suben y bajan los brazos, se desperezan, abren la boca en un bostezo infinito. Después, a pasos lentos y sin medida, van a apoyarse sobre la borda y a contemplar estúpida-mente el mar.

Sólo Charlot aparece con ánimo alegre. Tiene un primer tropiezo con sus enormes zapatos y lanza

._--

El día más feliz de Charlot su primera mirada ingenua y sorprendida hacia atrás. Tan acostumbrado está a la tiranía de su indumenta-ria, que ya no podría usar otra. Por un vago sistema de compensaciones, opone a la magnitud de su cal-zado la pequeñez del sombrero, a lo largo de los pantalones lo cortó de su chaqué. El negro bigote recor-tado es un punto de referencia y el bastón le sirve de término medio justo, lo juega entre sus manos y le es tan necesario como un balancín al maromero que baila sobre la cuerda floja. Aparece con ánimo alegre, pero no hay que buscar razón alguna a la clara alegría de Charlot. Ni opí-para comida ni sueño reposado. Como sus compañeros, ha devorado las sobras de los afortunados pasa-jeros de primera y segunda clase; como ellos también, ha dormido en la sucia litera de un camarote para dieciséis personas. Acaso sea, sencillamente, el regocijo de despertar. Silba entre dientes y sus ojos se dirigen primero hacia arriba para perderse entre las nubes; luego resbalan en el mar para ocultarse entre las olas y, por último, se detienen con suavidad sobre los hombres, para enredarse con las miradas de los demás. Por esta vez el cielo es límpido y el mar tranquilo. El aire sopla sin premura y la tibia caricia del sol anuncia un día bueno. ¿Por qué los hombres serán menos amables? Charlot siente que lo empujan, que lo echan hacia un lado, y ante fuerzas opuestas casi pierde el equilibrio. Le hubiera gustado permanecer en muda contemplación, a solas con sus pobres ideas. Pero el hombre gigantesco, de poblados y largos bigotes y de gesto feroz, lo aparta rudamen-te con sus manazas inverosímiles. Después de todo, ésta es otra de sus costumbres. Piensa que sin ella no tendría razón de vivir. Jamás ha dado un paso sin que alguien lo desviara de su camino. Y muestra en un tímido gesto su resignación para seguir esta senda caprichosa, trazada con instrumentos agresi-vos de violencia sobre las amplias llanuras de la con-formidad.

E. González Rojo

El gigante, apenas si se digna mirarlo cuando se aleja con sus grandes zancadas de orgullo. Charlot, en cambio, se sirve de la fuerza elástica del índice que resbala sobre el pulgar, para limpiarse el polvo de la ropa. Flexiona después las piernas hasta tres veces seguidas, juega la frágil caña en su mano derecha. Indicios claros de que se dispone a dar su paseo matinal por el puente de proa. Avanza y sus pasos, aunque tardos, tienen cierta insinuación de nervios. A cada paso vuelve la cabeza hacia atrás; en la conciencia de su inseguridad, tal vez se cree perseguido. Aquí y allá, como informes bultos de mercan-cías, se desparraman los emigrantes. Muy pocos son los que conversan entre sí, demasiado preocupados con sus propios pensamientos. Casi todos fuman en groseras pipas o mascan, de una manera rítmica, el tabaco. Algunos duermen todavía, hechos ovillo, sobre las cóncavas sillas de lona. Otros, tendidos de espaldas sobre las cuerdas enrolladas, tejen sus manos por detrás de la cabeza y así permanecen inmóviles durante varios minutos, horas, días. Andar entre este hacinamiento de formas humanas, es una empresa difícil para Charlot. Mirad cómo resuelve el problema. Con mil precauciones se desliza, salta, sortea con habilidad los peligros. Pero nota que se forma, mientras adelanta, un ambiente de hostili-dad contra él; y entonces sonríe, saluda, pide excusas con su mirada apacible. Los golpes de mar, demasiado frecuentes, al empujar la nave lo arrojan con violencia sobre un individuo que, airado, lo rechaza con sus puños. Tenía que ser el gigante, que ahora se inclina hacia él y le hace una mueca atroz, un espantoso gesto de amenaza. Otro imprevisto golpe de mar, otro sacudimiento de la nave, lo hace caer sentado en el único sitio desierto del buque, y allí se queda, pensativo, ya sin ánimos para conti-nuar su paseo. Se reclina sobre el poyo de negro metal que sirve para amarrar los cables y, sin una sonrisa en los labios, irradia el más puro contento en su rostro.

No

El día más feliz de Charlot

Luego reflexiona que, en realidad, se está bien en aquel sitio. ¿Qué cosa mejor que la soledad de ese rincón oculto? Si él quisiera, podría hacer lo que los otros: fumar, estirar los miembros cansados, dor-mir... Nadie lo observa. Es libre. En dos metros a

“ 4.5

E. González Rojo la redonda ningún ser vigila sus acciones. Pero, ¿qué es lo que va a hacer Charlot? La pregunta, que sur-ge inesperada en su mente, lo deja un instante con-fuso. Su mano derecha entra cautelosamente en las profundidades de su bolsillo, hurga sin prisa y saca un astroso juego de cartas. Antes de extenderlas, torna a mirar a su alrededor. Después, una por una, las va colocando sobre el sucio piso de la cubierta. Sin vacilar, una por una.

Escena ||

LA muchacha que viaja sola tiene los cabellos rubios, dorados, reunidos en dos trenzas sobre la espalda. Sus ojos son azules como el mar, la nariz res-pingadilla, la boca pequeña y roja. El vestido, —tan corto!—le da un aire infantil y travieso. El gesto es tímido y la mirada curiosa. Así es como aparece en la cubierta, también con el ansia de sorber aires ma-rinos y de escudriñar la línea de los horizontes fuga-ces. Por un momento la ciega el sol, pero un paso ve-loz y definitivo la coloca en el medio del día. Entre sus compañeros apiñados, indiferentes, ella es como la manecilla del reloj al anunciar las doce vibran-tes campanadas. Une los brazos arriba de la cabeza y se yergue por encima de todos a pesar de su pequeñez. Erguida, lanza su peregrina mirada que los re-corre peligrosamente, a saltos menudos. En uno de

El día más feliz de Charlot ellos, el más largo, cae y se sumerge en el mar, con un cristalino estruendo de alegría. ¡Magnífico mar hasta donde alcanzan los ojos! Se persiguen las ondas en su juego antiguo y moderno, con clásica serenidad y sencillez profunda. Van unas detrás de otras, como en la frase las palabras. El viento las empuja sin prisa y a cada salto de la es-puma el sol se llega a acariciarlas. El cielo es otro mar azul, pero sin olas. En su tranquilidad uniforme, parece que ignora los vientos; pero, milagro de las nubes en camino, se salpica de chorros de plata y de espumas de oro. En cuanto a la nave, se desliza entre los dos mares, el de abajo y el arriba, en un viaje de asombro y de misterio. Hasta el humo de sus negras chimeneas se torna leve, impalpable, y cambia saludos armoniosos con las nubes que pasan. La muchacha vuelve a mirar a sus compañeros y, como Charlot, inicia la senda peligrosa en pos de la soledad y el retraimiento. No es que huya la compañía de los hombres, pero teme un poco sus miradas. De las mujeres sí que se aísla, porque sabe que no le perdonan su juventud y su belleza. Esta verdad es una de las pocas que lleva aprendidas en su monóto-na vida a bordo. Desde su llegada al barco, se dió cuenta de que allí era la única mujer joven, la única mujer limpia, la única hermosa y libre. En la primera noche, sus compañeras de camarote se burlaron de su pudor al desnudarse. Ella, que tenía sus carnes blancas y bellas, las cubría con su camisa de al-godón. Las otras, viejas, desgreñadas y sucias, aho-gadas por el calor, se tendían desnudas sobre las lite-ras, en donde la huella oscura de su cuerpo quedaba impresa para toda la travesía. Ninguna se bañaba. Ella, saltaba de su lecho la última para poder, a solas, dedicarse a solas al minucioso aseo de su cuerpo. Gozaba de una alegría pueril al sentir las gotas de agua recorrerle la cara, el se-no, la garganta. Luego se limpiaba cuidadosamente los pies que, tras del baño, quedaban rosados y frescos, listos para aprisionarse en las medias blancas y en el pequeño zapato sin tacón. Pero lo más importante era el deleitoso arreglo de su cabellera rubia. La alisaba primero con el peine, hasta dejarla suave como la seda, grata a la caricia de las manos. Después, la dividía en dos partes y formaba con ellas dos trenzas, anudadas en las puntas con volanderas cintas de un mismo color. Y así, con aquel tesoro de luz dorada, se miraba en el espejo y se encontraba bonita.

E. González Rojo

¡Bonita! Esa era la opinión unánime de todos sus compañeros: la del “steward" vestido de dril, la del gordo gigantesco, la de Charlot... El “steward", con miradas afables, muchas veces la había cogido de las manos e intentado llevarla a su camarote; ella, había rehusado sin violencia. Otra vez, en un rincón oscuro del buque, el gigante intentó besarla, estre-chándola poderosamente en sus brazos; ella, se des-asió como pudo y gritó pidiendo auxilio. En cambio, Charlot la miraba desde lejos y cuando creía que ella no lo observaba. Si lo sorprendía en su muda contemplación, se ponía colorado, desviaba la vista y, jugando en sus manos el bastón, emprendía la fuga con sus pasos habituales. Pero ella no se asombraba de la timidez de su amigo y aun la encontraba natural, apropiada, muy de acuerdo con la actitud de todos sus momentos.

El día más feliz de Charlot

¿Dónde se habrá metido Charlot? La muchacha, en su camino, escudriña con interés los rincones de la nave. Se agacha bajo los cables de acero, bor-dea las escotillas, se empina sobre las puntas de los pies, se apoya en los blancos respiraderos de metal. En alguna parte ha de encontrarlo, escondido y solo como siempre. ¡Tan dulce que sería estar a su lado, animarlo un poco, y con él conversar íntimamente! El tema sería la próxima llegada a Nueva York y su probable alojamiento en la gran ciudad. De un manera confusa tiene la intuición femenina de su des-amparo y la urgente necesidad de buscarse los conse-jos y la ayuda de alguien, un amistoso protector en su carrera por el mundo siempre nuevo y desconocido. Lo busca mientras atraviesa nerviosa el hacinamiento informe de seres miserables que son sus úni-cos amigos. Ella quiere un amante, ¿y quién mejor que Charlot, de bella mirada triste y profunda?

DU

E. González Rojo

Escena lll

S llegara la sota de oros antes que el caballo de bas-tos o si apareciera el brillante as de espadas primero que el funesto rey de copas, Charlot sería indudablemente un hombre feliz. Continúa en el mismo sitio en que lo dejamos, absorto en su tarea. Las cartas, desplegadas sobre el suelo en forma caprichosa, pero con un orden oculto, le hacen guiños maliciosos a su perplejo semblante. Sólo unas cuantas conserva y repasa todavía entre sus dedos, vaci-lante y temeroso de que la suerte, hasta ahora be-nigna, le juegue una mala pasada. Con estudiada cautela va separando del grupo una de ellas, la colocada encima de las otras, y cierra los ojos para no verla hasta el último momento, que ha de ser el irremediable.

Sus constantes movimientos de indecisión hacen la maniobra larga, tanto que parece que no va a ter-minar nunca. La mano derecha va y vuelve como un péndulo movido por el misterioso resorte de la voluntad. En uno de sus cortos viajes, frecuentes, se coloca nerviosa sobre la carta. Ahora vuelve con su presa, pero la trae boca abajo y, como no sobran las precauciones, Charlot prosigue con los ojos cerrados. Para abrirlos, procede de una manera semejante. Primero es un leve parpadeo que acompaña un fugaz estremecimiento del bigote, luego el paulatino en-treabrirse de los párpados. Llega la luz y la mirada se resuelve cuando la cabeza se inclina con inusita-da rapidez hacia el lado izquierdo, en un gesto último para rehuir la imagen de la fortuna o la desgracia.

E A

El día más feliz de Charlot

Un obstáculo imprevisto lo interrumpe y desazo-na. Hay algo que aplasta su mano derecha sobre el piso hasta causarle un dolor agudo e insoportable que le hace volver con prontitud y enojo la cabeza. Un enorme zapato se apoya sin piedad sobre sus dedos martirizados, y cuando los ojos en muda interro-gación suben desde los zapatos por el pantalón gro-sero, topan en su ascenso con las manazas inverosímiles que se crispan violentas, con el pecho vigoroso que soberbio se expande y, por fin, con el rostro an-cho y feroz del gigante que insulta con su risa y amenaza con la mirada. Charlot, impotente y vencido, baja los ojos al suelo. Muere en su ser toda protesta y el desaliento lo invade con un incontenible estremecimiento. Juntos el dolor y el temor se asoman a sus empañadas pupilas. Y, con timidez, para no disgustar al gigante, procura retirar suavemente la mano adolorida, en inútil esfuerzo que la hiere más y más con machucamientos y desgarraduras. El gigante empuja su cuerpo entero sobre las espaldas de Charlot. Bastaría un solo y leve impulso para que éste perdiera el equilibrio y rodara con estruendo por la resbalosa cubierta de la nave. De nada le sirve mirar alrededor. Nadie es capaz de pres-tarle el menor auxilio, ni siquiera de preocuparse por su suerte de una manera benévola. Sabe muy bien que su caída sería saludada por las risas y aclama-ciones de los demás, por la unánime aprobación de sus mismos compañeros, felices de que cualquier episodio venga a romper la monotonía de su vida en el mar. Ya sus miradas investigadoras y hostiles siguen la escena hasta en sus más pequeños detalles y pug-nan por adivinar las intenciones de los dos protago-nistas. En el fondo de su ser desean con vehemencia que estalle la lucha, inútil esperanza cuando está de por medio Charlot, que siempre la rehuye. Su debili-dad manifiesta resta emoción a los episodios violen-tos de la vida. El gigante se inclina ahora sobre las cartas des-parramadas y al hacerlo deja en libertad la mano de Charlot. Este hace una expresiva mueca de satisfacción, lanza un suspiro de alivio, juega las coyuntu-ras de sus pobres dedos maltrechos y los limpia auto-máticamente en su raído chaqué rabón. Luego los oculta en las profundidades de su bolsillo. Mientras, sus desconfiados ojos no se despegan de la mole gi-gantesca que se mueve a su lado, Charlot quisiera con toda su alma huír de ella, lejos de su alcance opresor; pero no se siente con valor para intentarlo al recordar el esfuerzo que le costó llegar al sitio en que se encuentra. Además, el enemigo inicia una nueva maniobra inquietante. Paseando sus peludas

E. González Rojo

ED

El día más feliz de Charlot manos sobre la cubierta, recoge las cartas extendi-das en el suelo, sin prisa, consciente de su poder y de la escasa resistencia de su contrario. Apenas forman un ligero bulto, las hace sonar entre los dedos al des-plegarlas con rapidez insólita en inconsistentes aba-nicos cuyo color es una mancha fugaz en el momento.

Pero hay una carta que se ha escapado a sus miradas y que se oculta milagrosamente a su rapiña. Es aquella que Charlot no ha podido ver todavía, el símbolo que encierra su suerte futura. Charlot la siente debajo de su pierna y con el convencimiento íntimo del milagro, le viene un fervoroso impulso de saber, de descorrer el enigma de su vida. En su re-pentina preocupación, no puede impedir que sus ojos lancen una mirada recelosa al gigante que, ahora de pie, satisfecho, lo observa con descuido. Pero la mirada de Charlot es como la mecha para la pólvora, lo pone sobre aviso y estimula su desconfianza. Frun-ce las cejas alborotadas y negras, mueve los brazos musculosos, acerca el rostro suspicaz y maligno. Charlot, asustado, finge indiferencia. Desvía la vista y sus labios se juntan entre sí, se alargan, se ahue-han y dejan escapar un ligero silbido de despreocu-pación aparente. Las manos inquietas, fuera de los bolsillos, tamborilean sobre las tablas sonoras de la cubierta. Con infantil maniobra se acercan ingenua e insensiblemente a los muslos y con velocidad in-di

E. González Rojo sospechada se apoderan de la carta oculta y mila-grosa. Otro ávido movimiento la lleva hasta delante de sus ojos...

I¡ AS DE ESPADASI

Por un instante solamente, el mundo camina más de prisa. En este absurdo movimiento es cuando sobreviene la catástrofe. Merced al esperado empu-jón de su enemigo, Charlot cae y rueda como una masa inerte sobre el suelo y entre las piernas de los espectadores atónitos. Las cartas de la baraja lo siguen, como gaviotas de cansadas alas, sobre las cabezas de los hombres y hasta la superficie reposada del mar.

Escena 1V

No ha sido sino un instante nada más y Charlot siente el dolor y la injusticia del golpe. Pero hay unas manos solícitas que levantan su cabeza y la re-clinan cariñosas sobre el muelle regazo de una mujer. Hubiera sido un bello despertar a la realidad si ésta escondiera sus infortunios ambientes e inmedia-tos. Entre los brazos de su amiga, Charlot se siente feliz y su mirada permanece inexpresiva, absorta en la contemplación de la femenina imagen. La cerca-nía de los cabellos rubios de la mujer amada lo delei-ta aun más que si la caricia fuera larga y profunda.

El día más feliz de Charlot

Lo reconforta como un bálsamo, hace latir su corazón como un elíxir maravilloso. Las palabras de con-suelo llegan a sus oídos como los sones lejanos en alas de los vientos acompasados y tranquilos. La ter-sura de los blancos brazos que se anudan a su cuello, lo precipitan en los hondos abismos de los goces no soñados.

Un instante nada más. El gigante, alerta, destru-ye con un solo gesto la armonía de la escena. Sin pre-cipitaciones, como obedeciendo a un poderoso meca-nismo, avanza su cuerpo y alarga los brazos hasta tocar con sus velludas manos los hombros de la muchacha. Todos sus ademanes tienen la virtud de separar, de rechazar, de romper y deshacer los hilos armóni-cos del momento. Su acción es irremediable, ciega, confusa. Ante la humillada víctima, su amor propio no queda satisfecho y aspira al doble triunfo de la lucha y de la posesión femenina. La muchacha, atraí-da inexorablemente por la fuerza de sus puños, deja caer de nuevo a Charlot, a quien suplica con la mirada. Los espectadores, entre risas estruendosas, go-zan al contemplar su espanto y aplauden con los ojos las hazañas del fuerte.

La muchacha que viaja sola se encuentra entre los brazos del gigante y se retuerce y pugna por desasirse. El rufián tiene suficiente vigor en los múscu-los para atraerla cada vez más y más, en brutal es-trechamiento que la ahoga. Las trensas rubias se des-madejan en sus dedos ásperos, las cintas de color se desanudan y penden lacias sobre los hombros martirizados. Y hay un momento en que su rostro tiene que apoyarse sobre el pecho de su enemigo y aplas-tarse sobre sus carnes sudorosos y peludas. La aturde la sofocación, la desvanace el esfuerzo y ya, rendi-da, se abandona al abrazo innoble, cuando cree sentir que los repugnantes lazos se aflojan y deshacen hasta dejarla súbitamente en libertad inesperada, vaci-lante el cuerpo adolorido y empañada la vista por el llanto. Charlot, quizás sin darse cuenta de su acción, se ha lanzado a la lucha. En medio de su asombro, nadie podrá averiguar dónde ha nacido ese impulso sencillo y formidable al mismo tiempo. Un puntapié feroz, aplicado con saña en las corvas del hombre gigantesco, ha obrado el milagro. El enemigo, rabian-do de dolor, furioso, se revuelve contra él y le lanza sus puños enormes que caen en el vacío, pues Charlot, con serenidad, los rehuye. En un combate gro-tesco, los dos adversarios se persiguen sin descanso en el estrecho círculo que les dejan libre los espectadores. A cada impulso del gigante corresponde una oportuna retirada de Charlot. Los puños del rufián, ciego de ira, se estrellan contra las paredes metálicas de los camarotes, rompen en astillas los asientos de madera, destruyen con su fuerza todo lo que encuentran en su camino. Y Charlot, en cambio, avan- Za, retrocede, salta, se agacha, embiste, acciona con

2 dez.

E. González Rojo

El día más feliz de Charlot sus débiles brazos, se escabulle; y unas veces delante y otras detrás, menudea sus golpes precisos en la mole demasiado aparente de su enemigo en derrota. Una zancadilla a tiempo hace caer al gigante. Y ya está encima Charlot quien, sin piedad, continúa el comenzado suplicio. Pero poco le dura su victoria. Un brusco movimiento lo tira de espaldas, mientras su adversario, amenazador, se yergue y avanza contra él. Ahora no hay escape posible. Las manazas inverosímiles ocupan todo el espacio por donde pudiera huír y lo obligan a retroceder, paso a paso hasta la borda. En esta situación apurada sobreviene la angustia. Charlot se encuentra colocado entre su enemigo y el mar. Y no hay tiempo que perder, porque el gigante se repliega, listo para el salto definitivo en que su adversario ha de quedar vencido para siempre.

Con soberano impulso, el gigante ha dado este salto. La muchacha oculta el rostro estremecida de horror. Un grito agudo de los demás entenebrece la escena. Mas no hay por qué asustarse, que Charlot se inclina y el gigante vuela sobre la borda hasta caer pesadamente en el mar. Allá le hará compañía a los tiburones. Y mientras, Charlot se yergue, despreocu-pado, sereno. Vuelve hacia las ondas la cabeza en un gesto de curiosidad despectiva. Se compone el sombrero y estira el chaqué, flexiona las piernas con par-simonia y juega entre sus manos el raquítico bastón

=L0

E. González Rojo que no ha abandonado durante la pelea. Y altivo, sin volver ya el rostro, se acerca a la muchacha que lo contempla sonriente y orgullosa. Al llegar a ella, da un salto en semicírculo y mira amenazador a los espectadores, que se retiran sorprendidos y asustados. Luego, del brazo de su compañera, atraviesa la va-lla respetuosa que se le va formando en el camino. Él bastón, en sus manos, hace cabriolas de contento.

Apoteosis

Er barco ha entrado en la bahía y se desliza lenta-mente sobre las aguas turbias del Hudson. Atrás ha quedado la enorme masa de la estatua de la Libertad, dando la espalda a los Estados Unidos y alumbran-do las sendas tumultuosas del mar. Los rascacielos de Nueva York se vislumbran penosamente entre la bru-ma. Elevan sin misericordia sus agujas y de tanto pi-car la esfera azul harán que un día caiga sobre nosotros desinflada e inútil. Vendrá, entonces y entre las mujeres, la moda del azul celeste en los vestidos de calle. En cuanto a los militares y los diplomáticos, usarán las estrellas como condecoraciones. CRUZ DEL SUR DE PRIMERA CLASE y GRAN COR- DON DE LA OSA MAYOR. El sol seguirá de largo su camino, pues ya nada le impedirá el paso. La luna se guardará, como una extraña piedra pálida, en algún rincón aparatoso del Metropolitan Museum of Art.

El día más feliz de Charlot

Charlot y su compañera, sentados en la punta de la proa, piensan en éstas y otras muchas cosas. Podríamos saberlas, pero es una indiscreción turbar sus ilusiones. Entrelazan sus dedos, se miran largamen-te y, dejando caer sus piernas sobre el vacío, por encima de las olas, las balancean rítmicamente, sin descanso. La marcha unida de la nave y del mar los acompaña. Un golpe seco, una voz marinera, el aire que se enreda entre los mástiles... Entonces

Juntan los labios y se dan un largo beso de rigor, y aquí termina, señores, EL DIA MAS FELIZ DE CHARLOT.

Enrique GONZALEZ ROJO