Page 42 · spans the page · from the scan, no model involved

The clipping this text was read from
The clipping this text was read from

EL CAMPO

Lo primero que hizo, en la mañana, fué buscar el pronóstico del tiempo. Le contrarió ver en el periódico el anuncio de “variable.” Esa amenaza de lluvia, de niebla, o de mal tiempo, les impediría ir. Ella vendría a decirle que no era prudente; que sería mejor dejarlo para otro sábado. Fué por lo que en la oficina, Jimmy estuvo asomándose cada momento para mirar al cielo entre los huecos de los edificios. A veces estaba blanco, descolorido; otras, algún nubarrón oscurecía la calle. Entonces Jimmy volvía a su trabajo. No era posible, no tenía objeto ir al campo un día lluvioso. Ella no querría ir. Le parecía verla diciendo: “Es mejor que no vayamos.” Pero conforme la mañana se acercaba al medio día, el cielo se fué aclarando. En la oficina se afirma-ron las sombras, alternando con manchas brillantes

Nathan Asch de sol amarillo, y sopló una brisa que despejó el aire nublado. Todo parecía más alegre. Todos se pro-metían una gran tarde. lrían al juego, o se pasearían por las calles o, sencillamente, dejarían correr el tiempo sin hacer nada. Jimmy se sintió más ligero. Ahora que ella no podía encontrar excusas, probablemente irían al campo. Le caía en gracia eso de ir al campo.

El le había dicho que sería mejor no decirles a los compañeros a dónde iban; que les dijera que irían al cine, o a cualquiera otra parte. Ella le prome-tió hacerlo y llevar los “sandwiches” que haría su mamá envueltos de tal modo que parecieran una ca-ja de zapatos, y así nadie se enteraría. Y en vez de salir juntos, él debía esperarla en la esquina de la tabaquería. Había aceptado. Se encontraron frente a la tabaquería y cruzaron rápidamente la calle para que nadie pudiera verlos desde la oficina. Ella lo tomó del brazo y se apresura-ron a embarcarse en el “ferry”. Todo era alegre. El sol brillante, las sombras negras, la gente caminando feliz por las calles, ansiosa de no desperdiciar ni un momento de ese magnífico día. En el “ferry”, Jimmy y su amiga estaban sentados afuera, muy juntos, con los brazos enlazados, porque era grande la apretura. Había mucha gente y mucho ruido; todos hablaban; los chiquillos les gritaban a las gaviotas y a los barcos cercanos; una prquesta de tres italianos tocaba canciones populares.

El campo

Ella le hablaba de todo; de los chismes de la oficina, de sus amigas, de lo que había hecho la noche anterior; le decía con quién había estado, lo que le habían dicho, lo que ella les había dicho. Estaba anima-da, feliz. Tenía la cabeza levantada y le miraba a la boca como si quisiera ver lo que él contestaría. Jimmy tenía la cigarrera en una mano. En la otra, dentro del bolsillo, un cigarro. Tenía ganas de fumar. El campo, para Jimmy, era el campamento de “boy-scout” de cuando niño. Un juego de pelota fuera de la ciudad. Un “diamante” improvisado, una cerca de alambre atrás del solar de la casa y, más allá, pasto, árboles y un pueblo. Un paseo en el auto del padre de algún amigo. La carretera negra, autos que pasaban, pueblos dejados atrás. Un par de chicas a las que habían tratado, sin éxito, de subir. Jimmy iba ahora al campo y no sabía a dónde iba. De no ir al campo, hubieran ido al cine. Se hubieran sentado a un lado cerca del fondo. Durante un rato hubiesen visto la película. Luego se hubieran cogido de las manos y, después de un momento, se habrían besado, o, al menos, él lo habría intentado, Más tarde, al salir, la hubiera llevado a su casa, para allí, en el recibidor, besarla más. La chica que iba con Jimmy al campo, se llamaba Marion. Trabajaba en un registro en la misma compañía en que él era ayudante del contador. El no lo sabía cuando la conoció en un baile del Centro Social. Esa noche la llevó a su casa. Trató de besarla y lo hizo. Trató de hacer algo más y le dijeron que NO. Al día siguiente la vió en la oficina. Nunca hubiera llegado a conocerla entre los centenares de emplea-dos que trabajaban allí.

Nathan Asch

El no sabía con seguridad a dónde iban. Tenía la idea de que, al llegar al otro lado, podrían tomar un tranvía. Y fué lo que hicieron cuando el “ferry” atra-có en el muelle y todo el mundo desembarcó. Como había mucha gente, tuvieron que ir de pie. Marion era mucho más baja que Jimmy y se apoyaba en él como si estuvieran bailando. A él también le pareció que estaban bailando. Todavía no sabía lo que harían al llegar a alguna parte. Se comerían los “sandwiches” y después... No era posible, después de todo, empezar a hacerse el amor, así, sin motivo. No tenía idea de lo que harían. De cualquier modo, la idea del campo, ahora que estaban llegando, le asus-taba más y más. Se sentía incómodo. Se arrepentía de haberlo propuesto. Le gustaba la muchacha, le gustaba como cualquiera otra a la que no hubiera hecho caer todavía; pero... ¿de qué hablarían, qué harían después de comerse los sandwiches, si no era todavía la hora de regresar?

El era un muchacho bien parecido, de ojos boni-tos. Marion quería gustarle. Además, quería gustarle a cualquier muchacho que no tratara de conseguir mucho la primera vez que anduviera con ella.

El Campo

No porque le importara que tratara o no,—ella podía entendérselas con cualquiera—pero si ellos no pedían mucho la primera vez, le gustarían más la segunda y podría permitirles más. No tenía mayor idea del campo que él. Para ella era una casa de huéspedes de verano con tapices mu-grientos, niños chillando, una vid al fondo para ir, en la noche, con los amigos. Fué con Jimmy, porque él se lo pidió, porque quería gustarle y porque no tenía nada qué hacer esa tarde. Probablemente si él le hubiera dicho: “Vamos a dar un paseo en aereo-plano” o “Vamos a dar de comer a los animales del parque zoológico,” ella le hubiera contestado: “Muy bien, vamos a hacer cualquier cosa para pasar el tiempo.”

Estaban muy desconcertados ante la idea del campo y trataban de animarse a sí mismos. El la vió y le preguntó: —e¿No te parece agradable este paseo? Y ella le contestó: —Muy agradable. Pero no estaban muy seguros. El carro se estaba quedando vacío. Alrededor había cosas que parecían el campo. Arboles y pasto y otro grupo de árboles. Luego un arroyo. Casas de campo. Hasta una vaca. Vieron la vaca y no dijeron nada. Ya iba siendo tiempo de bajar del tren. En el cine, ya se sabe cuál es el mejor lugar para sentarse. Si es “vaudeville,” se trata de conseguir los asientos delanteros. Si solamente se quiere ver una película, se sienta uno enmedio. Ahora, si se está con una muchacha y se quiere pasar el rato con ella, se sienta uno en el fondo, a un lado, de modo que el aco-modador no pueda verlo. Pero ¿cuál es el mejor lugar para estar en el campo? ¿Cerca de un arroyo? ¿O entre los árboles? ¿O en el pasto? Jimmy no lo sabía. Y Marion no podía ayudarlo. El tranvía estaba ya completamente vacío. Corría a gran velocidad a través del campo haciendo un ruido enorme, inclinándose en las curvas. Jimmy tiró del cordón. —Vamos a bajar, dijo. El carro paró. Se abrieron las puertas. Salieron. El seguía con la cigarrera en la mano. El tranvía volvió a cerrar y se fué. Estaban en el campo. —Bueno, vamos, —dijo Jimmy desesperado. La tomó de la mano, atravesaron la carretera, en-traron en el pasto que se doblaba con gracia bajo sus pies y se fueron más lejos. Vieron algunos árboles. Fueron hacia ellos. Y, más allá, había más árboles y todo parecía tan quieto como si nadie hubiera estado ahí nunca, desde el principio del mundo. Por primera vez en su vida, cada uno de los dos se sintió completamente solo. Podían haber gritado con todas sus fuerzas y haber hecho cualquier cosa, y nadie los hubiera oído, y se asustaron.

Nathan Asch

El campo

Si Marion hubiera sido más joven y no hubiera sorteado por tanto tiempo toda clase de situaciones peligrosas, habría llorado. Y si Jimmy no hubiera sido un hombre y no hubiera sabido que un hombre nunca demuestra su emoción, nunca deja ver sus sentimientos, y a todo pone una cara dura, inmuta-ble, Jimmy habría llorado también.

Si hubiera habido a su alrededor alguna cosa co-nocida, una casa, o un automóvil, siquiera una co-lilla de cigarro tirada en el suelo; si hubieran visto alguna cosa a la que estuvieran acostumbrados, se habrían sentido más tranquilos. Habrían podido despreciar el pasto, los árboles, el cielo, con una sonrisa. ¿Cielo? ¡Bah! ¿Pasto? ¡Bah! Pero no había nada. Todo era cielo, árboles y pasto y nadie más que ellos mismos. Ella llevaba un vestido muy corto y medias de seda, y él, “oxfords” perforados y traje azul,

Estaba haciendo mucho calor y a Jimmy empezaba a molestarle el cuello. Pensó quitárselo, pero no se atrevió. Sentía como si algo fuera a pasar y no sabía qué. Se sentía muy formal y muy fuera de lugar en el campo. Y al fin se tendrían que sentar y ¿cómo sentarse, vestidos como iban? Jimmy empezó a echar maldiciones en voz baja. No muy alto, porque le tenía miedo al campo. Estaba atemorizado. El suelo se hundía bajo sus pies. Los árboles se cerraban más y más. Al fin llegaron a un arroyo.

(

Naihan Asch

Cerca había una roca bastante grande. Se sentía fresco allí y no podían caminar más. Decidieron sentarse. Jummy sacó un pañuelo, lo extendió cuidadosamente sobre la roca y se sentó. Marion se quedó de pie. Su cara había perdido la expresión inmóvil y su boca se contraía. Con mucho cuidado, ella también se sentó en la roca. Y desdeñosamente, dijo: “Me has traído a un lugar muy bonito. ¿Qué vamos a hacer ahora?”

A falta de otra cosa qué hacer, comieron. Real-mente, no tenían ganas de comer. Sentían la comida en la garganta, seca, pesada. Tenían sed y no había qué beber. Los dos pensaron volver al camino y tomar un tranvía de regreso, y los dos tuvieron miedo de decirlo. Habían querido ir al campo. Ya estaban allí, debían estar satisfechos. A su alrededor, los pájaros estaban cantando. El arroyo corría hacia abajo. Llegó una ardilla, los vió, y corrió de nuevo. Hacía fresco donde estaban. Hacía fresco y era agradable y cuando acabaron de comer llegaron al convencimiento de que ese disgusto por el campo era algo que estaba en ellos, pero que verdaderamente no debía disgustarles. Era ése, después de todo, un lugar bonito. Sólo que un lugar del que no sabían nada, no podía ser bueno, y no querían admitir que empezaba a gustarles. Fué a Marion a la que empezó a gustar el campo. Primero se sentó en la roca; pero la roca era dura y el suelo parecía más suave. Se recostó, pues, en el pasto, como inconscientemente, como contra su voluntad, para que Jimmy no pensara que ya le gustaba sentarse en el pasto. No, no le gustaba. Vi-nieron aquí esperando encontrar las mismas cosas que en la ciudad y la cosa era diferente. Y no podían tolerar nada diferente, nada que no pudieran entender. Tenían que demostrar que el campo les disgus-taba, que la ciudad era mucho mejor. Pero el campo trabajaba despacio. Al principio sólo conquistó a Marion. Se sentó en el pasto. Su vestido se levantó ligeramente. Se le salió un zapato y no trató de ponérselo. Luego se quitó el sombrero. Todo como si no quisiera hacerlo. Sus facciones se dulcificaron. Su cara no era ya ni dura ni suave; era una cara común. Y hasta comió su “sandwich” con más apetito. Pero la manera como el campo cogió a Jimmy, fué ésta: Tenía sed, y pensó que el agua del arroyo podía tomarse. Y como si fuera a hacer otra cosa, como si el agua fuera su idea menos importante, llegó hasta la orilla, apoyó un pie en una piedra que estaba un poco más adentro, tomó agua en el hueco de sus manos y bebió. Algunas gotas le cayeron en los pantalones y otras cuantas en los zapatos. Quiso enojarse, pero no pudo. Se quedó mirando el agua que brillaba sobre su vestido azul y no dijo nada. Luego llamó a Marion.

- Ud

El campo

AZ

Nathan Asch

—Ven a tomar agua. Ella fué y tomó en las manos de Jimmy. Más agua cayó en sus vestidos. Hicieron como si no se hubieran dado cuenta.

El campo los conquistaba cada vez más. Todavía estaban callados. Cualquiera que los hubiera visto habría pensado que estaban muy incómodos, muy fuera de lugar. Pero empezaban a estar a gusto. En su interior dejaron de combatir al campo y empezaron a aceptarlo.

Cuando Marion se quitó el otro zapato y las medias y atravezó el arroyo, a Jimmy no le llamó la atención. Le pareció completamente natural. Y cuando Jimmy empezó a aventar guijarros al agua, cerca de Marion, ella gritaba, pero no enojada. Se di-vertía dejando que el agua mojara su vestido. Jimmy se quitó el saco y el cuello y la corbata, se remangó la camisa y quiso obligar a Marion a que saliera del agua. Ella lo salpicó y lo mojó todo. Los dos se rieron.

Entonces ella se fijó en las flores y fué descalza a cortarlas. Jimmy estaba tirado en el pasto, cerca de la roca, con la cabeza entre las manos Vió insec-tos y hormigas acarreando ramitas. Luego descubrió un hormiguero, muchos pequeños agujeros en un montículo de arena, y hormigas entrando y saliendo, apareciendo y desapareciendo. El lugar era tranquilo. El arroyo, los pájaros, los

-

>

El campo grillos que chirriaban de vez en cuando, sólo hacían el lugar más tranquilo. Esta pequeña planicie con la roca en el centro parecía todo el mundo. Nada exis-tía más allá. Jimmy se sentía transportado, solo, en paz.

Marion se acercó descalza, caminando con di-ficultad. Traía las manos llenas de flores. Se sentó a su lado y empezó a tejer una corona. No lo veía. Parecía muy seria, muy dedicada a lo que estaba haciendo, enlazando una flor con otra hasta formarlas de tres en tres. Por algún tiempo Jimmy se sintió contento. Ni Marion cuando vino a sentarse junto a él lo hizo pensar en nada. Durante un rato, no hubo nada dentro de él. Algo, sin embargo, había, porque él sentía una quietud y un calor interior, que nunca antes había sentido. Era como si una suave corriente eléctrica lo recorriera produciéndole una sensación agradable. Quiso expulsarla, quiso sentarse. No debían pasarle cosas así, no debía sucederle nada que no pudiera ex-plicarse. Pero al mismo tiempo estaba demasiado somnoliento, demasiado contento para poder sentarse. Mejor se entregó a la corriente combinada con el ruido del arroyo, con el canto de las pájaros, con el aroma del pasto. de los árboles. hasta que cerró los ojos. Marion, sentada a su lado, tejiendo flores sin pensar en nada, parecía haber nacido en el campo, ser de ese lugar.

Nathan Asch

Entonces Jimmy comenzó a pensar. Empezó por considerar lo que estaban haciendo, en la situación en que se encontraban. Todavía en reposo, sin inquietud, se preocupó por lo que sucedería si alguien le preguntara lo que habían hecho la tarde de ese sábado. Si alguien se lo preguntara, ¿qué contestaría? “Pues fuimos al campo. Al principio estábamos desconcertados. Luego, parece que nos gustó. Yo me acosté en el pasto, satisfecho, y Marion hizo una corona de flores.” ¿Y si dijera eso? Se imaginó a uno de sus amigos a quien dijera tal cosa. ¿Qué contestaría él? Se moriría de risa. “¡Bonita manera de pasar la tarde del sábado! ¡Ir al campo! ¡Cerrar los ojos! ¡Tener una muchacha y dejarla hacer coronas de flores!” Si llegara a decir lo que había hecho, nunca espera-ría la contestación. ¡Haciendo coronas! ¡Tirado en el pasto con los ojos cerrados! Abrió los ojos y se sentó. El aroma del pasto desapareció, y la escena a su alrededor empezó a parecerle un poco extraña, como si hubiera llegado a pensar que estaba en su casa sin estarlo. Y si estaba, no debía estar. Un hombre no tiene el derecho de acostarse en el pasto y oler las flores, ni de observar un hormiguero con un millón de hormigas. Otra vez se sintió incómodo, otra vez no supo qué hacer con las cosas a su alcance. Ya no debía sucederle eso, porque ya le gustaba el lugar y

El campo quería quedarse; pero fué su cabeza la que empezó a trabajar, la que empezó a sentirse incómoda.

Miró a Marion. De pronto ella no se dió cuenta de su mirada y siguió tejiendo la corona; pero luego se fijó, volteó a verlo, le sonrió, y siguió con sus Flores.

También Marion, también Marion debía pensar que él era un estúpido en llevarla a un lugar olvidado de Dios y no hacer nada para entretenerla. Si la hubiera llevado a un parque de diversiones donde hubiera ruido y baile y juegos, habría pasado un rato agradable; pero aquí ¿qué hacer? Estaba disgustado de sí mismo. No quería volver en sí, no quería pensar, hacer consideraciones sobre él ni sobre la muchacha que tenía a su lado. Quería acostarse otra vez en el pasto, cerrar los ojos y entregar-se al calor de aquella sensación rara. Quería, pero no podía. En su imaginación veía a sus amigos riéndose de él. “¿Eres un atrevido, verdad? ¡Llevar una muchacha al campo para que haga coronas de flores!” Se vió en el asiento trasero de un autómóvil con una chica a su lado. ¡Obrar! O en un recibidor después de una tarde de cine con una muchacha impaciente por regresar a su casa, — "Papá debe estar furioso. Mira la hora'—pero en realidad. no tan impaciente. ¡Obrar ! ¡Obrar!

Miró otra vez a Marion. La midió con la vista. Y diciéndose a sí mismo: Yo no quiero hacerlo. No sé

AD

Nathan Asch por qué, pero no tengo ganas ahora, se acercó a ella, la abrazó y trató de besarla. “No”, dijo ella, retirándolo. Le agradó que dijera que no. Le pareció raro que hubiera veces en que no se tienen ganas de besar a una muchacha, en que no quiere uno darse cuenta de que existe, cuando se vive consigo mismo, satisfecho consigo mismo. Nunca había tenido este pensamiento y se entregó a él. Y otra vez cerró los ojos mental-mente, y otros pensamientos pasaron por él. De nuevo vió el recibidor. No quiere decir nada que una muchacha diga que No. Significa que se avergiienza, o que se intimida, o que quiere que le hagan más. Algo en su interior le decía: ¿Por qué debes portarte como en un recibidor? Y algo le con-testaba: No se puede hacer otra cosa. Ella estaba aquí con él, tenía que ser besada. No tenía remedio. No se sale con una muchacha si no es para besarla. Y lo hizo. Otra vez no quería hacerlo, se aver-gonzaba de ello, y sin embargo, se obligó. Se levantó un poco, abrazó a Marion fuertemente, y la besó. Luego se retiró y se quedó mirándola. Estaba muy enojada. Con voz estrepitosa, destemplada, gritó: —¡Déjame! ¿Estás loco?

Se mostraba irritada, como si no pudiera entender por qué se empeñaba él en hacer tal cosa. Su cara era distinta de la de otras muchachas a las que él había besado. Las otras pedían más, se somnreían,

El campo bajaban los ojos. Querían demostrar de algún modo que no querían que dejara de besarlas. Pero Marion no. Cuando le dijo eso, lo miraba con disgusto, fija-mente, como diciendo: ¿Por qué quieres hacer eso? ¿Aquí? Este no es el lugar ni el tiempo de hacerlo.

El entendió esa mirada, comprendió que debía contenerse. que no solamente él no tenía ganas de besarla, de abrazarla, sino que ella tampoco quería. Debería volver a su pasto, a olerlo, a cerrar los ojos. Retirarse.

Pero no lo hizo. Algo lo condujo, algo lo obligó a seguir insistiendo. Estaba desesperado. No quería hacerlo. No era el lugar. Pero no podía hacer otra cosa. Sencillamente, no podía. Ahora tenía que besarla aunque eso no le produjera ningún placer, aunque supiera que a ella le molestaba. Se sentó a su lado, destrozó la corona que había estado tejiendo con tanto cuidado, y la obligó a que lo besara. La sostuvo fuertemente; con una mano le levantó la cabeza, pasó el otro brazo sobre sus hombros y oprimió los labios de Marion contra su boca. Fué un beso duro, duro y seco y desagradable como los “sandwiches” que comieron al llegar. Y a pesar de que ella luchaba por desasirse y decía: No, vete. No quiero. Déjame, déjame, vete; él seguía. Estaba apenado. Mientras luchaba con ella, mientras trataba de obligarla, sentía como si hubiera perdido algo, algo que antes tenía, que significaba mucho para él. El campo desapareció. A su alrededor había sólo árboles, un arroyo y pasto a propósito para besar a una muchacha. Y cerca de ellos había una ciudad, automóviles oscuros, cines oscuros, recibidores oscuros. Entonces comprendió que no tenía razón. Nada le produjo el beso: Ni él ni ella gozaron nada. Ella se despeinó y su vestido se arrugó, y en el suelo, a su alrededor, quedaron tiradas las flores marchitas. En cuanto pudo desasirse, dijo: “Me voy”. Se puso el sombrero y los zapatos y se arregló un poco. El miró una vez más el campo muerto, feo, extraño. Luego, juntos, subieron al tranvía.

Nathan Asch

Nathan ASCH Traducción de C. GOROSTIZA

Au