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“ENIAS

Las buenas frases son la verdad en números redondos.

H- poeta sin genio ve correr las aguas del río. En vano se fatiga por una nueva imagen poética sobre el correr del agual La frase no viene nunca y las ondas siguen de ecables su curso. El agua que pasa tiene una gran semejanza con su vida; no la relación secreta que inútilmente se esfuerza en discernir, sino ésta, que su vida pasa también adelante sin a versos en las manos. Una vez hubo un hombre que escribía acerca de todas las cosas; nada en el universo escapó a su te-rrible pluma, ni los rumbos de la rosa náutica y la vocación de los jóvenes, ni las edades del hombre y de. U

Xenias las estaciones del año, ni las manchas del sol y el valor de la irreverencia en la crítica literaria. Su vida giró. alrededor de este pensamiento: “—Cuando muera se dirá que fuí un genio, que pu-de escribir sobre todas las cosas. Se me citará—como a Goethe mismo—a propósito de todos los asuntos.” Sin embargo, en sus funerales—que no fueron por cierto un brillante éxito social—nadie lo compa-ró con Goethe. Hay además en su epitafio dos fal-tas de ortografía.

LA PROCESION

L AS cuestas y llanos se pueblan de los pobrecitos indios. Ya baja allá a lo lejos la imagen que traen en andas, con gran acompañamiento de gentes. Los cirios y candelas brillan amortiguadamente en la se-rena luz de la tarde. Este año ha sido de sequía. Las milpas están resecas, y los gañanes tienen oprimido el corazón. Saben bien que sólo de la Gloriosa podrá venirles el remedio, las lluvias bienhechoras, las

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Julio Torri aguas que reverdecen los campos, que tornan su pureza al aire y el alegría al alma contristada del la-briego. Por encima de las cabezas descubiertas e hirsu-tas, de las luces que constelan de diamantes el páli-do cielo sin nubes, y de las caras graves y hurañas de los indios, se mantiene la Virgen levemente sobre las andas, en su peana dorada. Es pequeñita; de rostro moreno, casi negro; su manto estofado desciende triangularmente, broslado de gemas, sobre una media luna. Un virrey antaño se despojó de sus insig-nias para que ella las llevase. Cuando el cólera grande despoblaba ciudades y villas, el Presidente de la Re-pública le dió ese collar de amatistas que centellea con tenues fulgores purpurinos. Entonces fué traída con gran pompa a la Catedral de México. Bajo el cielo inclemente, por los requemados maizales, los cánticos se elevan quejumbrosos. El dolor de las gentes sencillas y pobres, la fe obstina-da y potente, el espíritu de esta raza declinante ani-man las letanías, entonadas en falsete. Parpadean los velones. El polvo, esfumino de lejanías, hace menos violenta la cresta de la sierra. Las voces implo-ran desafinadas y tercas:

¡Oh Madre tierna, bendita, Ayuda a nuestra Nación, Pues mucho lo necesita!

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Xenias

EL MAL ACTOR DE SUS

PROPLAS EMOCIONES

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio: Señor, siete años ha que vine a pedirte conse-jo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “-——Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes.” Y desde entonces no encubrí mis pasiones a los hombres. Mi corazón fué para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.

El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo: —Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus propias emociones,

Julio Torri

Javars en effet, en toute sin-certé d'esfrit, prs ! engagement de le rendre a son état frimitif de fils du soleil, et nous errions, nourris du vin des Palermes et du biscuit de la route, moi fres-sé de trouver le lieu et la for-mule. RIMBAUD.

Caminaba por la calle silenciosa de arrabal, lle-na de frescos presentimientos de campo. En un ambiente extraterrestre de madrugada polar, la cúpula de azulejos de Nuestra Señora del Olvido brillaba a la luna con serenidad extraña y misteriosa. No sé en qué pensaba. Las inquietudes se habían adormecido piadosamente en mi corazón. En los tiestos las flores parecían como alucinadas en el extrañísimo matiz de la Luna, y recibían las caricias del rocío, amante tímido y casto. ¡Madrugada sin revuelos de pájaros blancos, sin alucinaciones, sin música de órgano! ¿Por qué no me evadí entonces de la Realidad? Hubiera sido tan fácil! Ninguna de las once mil leyes naturales se hubiera ofendido! Ningún ojo sofis-ticado me acechaba! Mr, David Hume dormía profundamente desde hacía cien años!

Julio TORRI

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