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Año 1.1928=Nr. 6
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1 ATRIMC- —..JELO Y DEL IN” OB. ]. Gasté- lum: DEMOCRACIA ASI- METRICA.—M. P. Ferrero: ANDEN.—Charlot: CAR- LOS MERIDA. — Merida: OBRAS.28/MM, Toussaint: TASCO. MOTIVOS: Aniversario de Proust. (Jaime TORRES BO- DET ).—Por el Camino de Proust. (Páginas de AZUELA, ESTRA- DA, GOMEZ PALACIO, GON- ZALEZ ROJO, ORTIZ DE MONTELLANO -- TOR" ac
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CO! -OS REVISTA MEXICANA DE CULTURA EDITORES: BERNARDO J. GASTELUM JAIME TORRES BODET B.ORTIZDE MONTELLANO ENRIQUE GONZALEZ ROJO APARTADO POSTAL 1811 MEXICO, D. F. AÑO lo. NOVIEMBRE NUM. YI SUMARIO DEL NUMERO ANTERIOR: Ortiz de Montellano: POESIAS DE ROBINSON. —. E (González Rojo: EL DIAMAS FELIZ DE CHARLOT. — J. Torrs: XE- NIAS. — Maroto: DIBU- JOS. — Nathán Asch: EL CAMPO. — J. G. Heredia: EN BUSCA DE LAS SIETE CIUDADES. MOTIVOS: Nadja (J. Torres Bodet.) - Un Extemporáneo (M. Rojas.) - Galería de Poetas (C. Gorostiza.) - Flor de Romances (E. Abreu Gómez.) - Epica y Economía (E. G. R.) - Tarjetas de Visita (J. T, B.) CONDICIONES DE VENTA: EN MEXICO: UN NUMERO $ 1.00 SUSCRIPCION A 6 NUMEROS $ 5.00 EN EL EXTRANJERO: UN NUMERO Di.LS, 0.50 SUSCRIPCION A 6 NUMEROS .. 250 PARA TODO ASUNTO DE CARACTER ADMINIS- TRATIVO, LA CORRESPONDENCIA DEBERA DIRIGIR- SE A CONTEMPORANEOS (ADMINISTRACION) APARTADO POSTAL 1811 MEXICO. D. E.
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EL MATRIMONIO DEL CIELO Y DEL INFIERNO ARGUMENTO EQ INTRAH ruge Nubes hambrientas oscilan sobre el abismo. » sacude sus fuegos en el aire opresor. Ayer sumiso, en el sendero peligroso el hombre justo tomó su camino a través del valle de la muerte. Donde crecía la espina han plantado las rosas, sobre la tierra estéril canta la abeja. »
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El Matrimonio del Cielo Entonces, el sendero peligroso fue plantado de árboles y un río y una fuente brotaron de cada roca y tumba; y sobre los huesos blanqueados brotó la roja arcilla. Hasta que el ruin dejó los fáciles senderos para seguir los senderos peligrosos y conducir al hombre justo a las regiones áridas. Ahora, la serpiente hipocrita camina en dulce humildad y el justo se encoleriza en los desiertos donde vagan los leones. Rintrah ruge y sacude sus fuegos en el aire opresor. Nubes hambrientas oscilan sobre el abismo. pu que ha empezado un nuevo cielo y transcurrido treinta y tres años desde su ad- venimiento, el Eterno Infierno se reanima. Y he aquí que Swedenborg es el ángel de pie sobre la tumba; sus escritos, los lienzos plegados.
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William Blake Ahora sobreviene el dominio de Edom y el re- torno de Adán al Paraíso. —Ved Isaías, XXXIV y XXXV. Sin contrarios no hay progreso. Atracción y re- pulsión, razón y energía, amor y odio son necesarios a la existencia humana. Brota de esos contrarios lo que las religiones lla- man el Bien y el Mal. El Bien es el elemento pasivo sumiso a la razón. El Mal es el activo que brota de la energía. Bien es Cielo, Mal es Infierno. LA VOZ DEL DIABLO “TODAS las Biblias o códigos sagrados han sido la causa de los errores siguientes: |.—Que el hombre posee dos principios reales de existencia: un cuerpo y un alma. 2.—Que la Energía, llamada Mal, no procede sino del cuerpo; y que la razón, llamada Bien, no procede sino del alma. 3.—Que Dios atormentará al hombre durante la Eternidad por haber seguido sus energías. Pero los siguientes contrarios son verdaderos: |.—El hombre no tiene un cuerpo distinto. de su al- 7
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El Matrimonio del Cielo ma. Aquello que llamamos cuerpo es una por- ción de alma percibida por los cinco sentidos, pasajes principales del alma en esta edad. La Energía es la única vida, y procede del cuer- po; y la Razón es el límite o circunferencia de la energía. 3.—Energía, delicia eterna. (Q VIENES reprimen su deseo son aquellos cuyo deseo es bastante débil para poder ser repri- mido. De este modo, el elemento restrictor o Razón usurpa el lugar del deseo y gobierna al abúlico. Y una vez reprimido, se vuelve gradualmente pasivo hasta no ser sino la sombra del deseo. La historia de esto se halla escrita en el Paraíso Perdido, y el Dominador o Razón se llama Mesías. Y al primitivo Arcángel, capitán de la armada celeste, se le llama Demonio o Satán, y sus hijos son llamados Pecado y Muerte. Mas en el libro de Job, el Mesías de Milton se llama Satán. Porque esta historia ha sido adoptada por am- bos partidos. A la Razón le parece que el Deseo ha sido ex- "LA
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William Blaka pulsado, pero el Demonio calcula que el Mesías ca- yó y construyó un cielo con lo que robó al Abismo. Así está revelado en el Evangelio donde lo ve- mos rogar al Padre que le envíe el Consolador o De- seo, a fin de que la Razón tenga ideas para con ellas construir.—El Jehová de la Biblia no es sino aquel que vive entre llamas. Sabe que, después de su muerte, Cristo se con- virtió en Jehová. Pero en Milton el Padre es Destino, el Hijo es la Razón de los cinco sentidos, y el Espíritu Santo es la Nada. NOTA.— Milton escribió prisionero cuando habló de los Angeles y de Dios y en libertad cuando ha- bló del infierno y los Demonios porque fue un verdadero poeta y, sin saberlo, del partido de los Demonios. VISION MEMORABLE MIENTRAS paseaba entre las llamas del Infier- no, deleitado con los goces del genio que a los ángeles parece tormento y locura, recogí algunos de sus proverbios pensando que, así como los dichos de un pueblo llevan el sello de su carácter. los prover- » 7
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El Matrimonio del Cielo bios del Infierno muestran la naturaleza de la Sabi- duría Infernal mejor que ninguna descripción de edi- ficios o vestiduras. Cuando volví a mi casa, sobre el abismo de los cinco sentidos, allá donde una doble llanura se des- ploma sobre el presente mundo, vi un poderoso de- monio envuelto en nubes negras, aleteando en las paredes de las rocas; con llamas corrosivas escribió la sentencia siguiente, comprendida por el cerebro de los hombres y leída por ellos en la tierra: ¿No comprendes que cada pajaro que hiende el (camino del aire es un mundo inmenso de delicias cerrado para tus cin- (co sentidos? PROVERBIOS DEL INFIERNO EN tiempo de siembra, aprende; en tiempo de cose- cha, enseña: en invierno, goza. CONDUCE tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos. 7
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William Blake EL camino del exceso conduce al palacio de la sa- biduría. LA Prudencia es una vieja solterona rica y fea cor- tejada por la Incapacidad. A QUEL que desea pero no obra, engendra peste. EL gusano perdona al arado que lo aplasta. SUMERGE en el río a aquel que ama el agua. PL necio no ve el mismo áxol que el sabio. JAMAS se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz.
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El Matrimonio del Cielo L, A Eternidad está enamorada de las obras del tiempo. La abeja laboriosa no tiene tiempo para la tristeza. EL reloj cuenta las horas de la locura, pero ningún reloj puede contar las horas de la sabiduría. [, OS únicos alimentos sanos son aquellos que no coge la red ni el cepo. USA número, pesa y medida en un año de escasez. NINGUN pájaro se eleva demasiado alto, si vuela con sus propias alas. U N cuerpo muerto no venga las injurias.
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William Blake EL acto más sublime consiste en colocar otro delan- te de ti. SI el loco persistiera en su locura se volvería cuerdo. N ECEDAD, máscara de la astucia. P UDOR, máscara del orgullo. Las prisiones están construídas con piedras de la Ley; los burdeles con piedras de la Religión. EL orgullo del pavo real es la gloria de Dios. LUBRICIDAD del chivo, generosidad de Dios. AE
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El Matrimonio del Cielo LA cólera del león es la sabiduría de Dios. LA desnudez de la mujer es la obra de Dios. EXCESO de pena, ríe. Exceso de alegría, llora. EL rugido de los leones, el aullido de los lobos, la cólera del mar tempestuoso y la espada destructora son porciones de eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre. LA zorra cautiva no acusa sino al cepo. LA alegría, fecunda; el dolor da a luz. DEJAD que el hombre vista la piel del carnero y la mujer el vellón de la oveja.
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William Blake EL pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre la amistad. EL necio egoísta y sonriente, y el necio triste y ceñudo serán tenidos por sabios y servirán de norma. E VIDENCIA de hoy, imaginación de ayer. LA rata, el ratón, la zorra y el conejo cuidan de las raíces; el león, el tigre, el caballo, el elefante, de los frutos. LA cisterna contiene; la fuente rebosa. UN pensamiento llena la inmensidad. PA
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El Matrimonio del Cielo ESTA pronto a decir siempre tu opinión, y el ruin te evitará. TODO lo creíble es una imagen de la verdad. NUNCA perdió más tiempo el águila que cuando escuchó las lecciones del cuervo. LA zorra se provee; pero Dios provee al león. PIENSA por la mañana, obra al mediodía, come por la tarde y duerme por la noche. A QUEL que ha permitido que le impongas obliga- ciones. te conoce. y Y
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William Blake COMO el arado obedece las palabras, Dios recom- pensa las plegarias. Los tigres de la cólera son más sabios que los caba- llos del saber. DEL agua estancada espera veneno. NUNCA sabrás lo que es suficiente a condición de que sepas lo que es más que suficiente. E SCUCHA el reproche de los necios: es un título real, Los ojos de fuego, la nariz de aire, la boca de agua, la barba de tierra. E
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El Matrimonio del Cielo EL débil en valor es fuerte en astucia. NUNCA pregunta el manzano a el haya cómo cre- cer, ni el león al caballo cómo coger su presa. EL que agradece lo que recibe soporta el peso de su abundante cosecha. SI otros no hubiesen sido necios, nosotros lo sería- mos. EL alma llena de dulce placer no puede ser manchada. EN un águila miras una porción de genio. ¡Alza la cabeza! 276
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Witliuam Blake ASI como la oruga elige las hojas más hermosas pa- ra poner sus huevos, el sacerdote deposita su malldi- ción sobre los mejores goces. CREAR una sola flor es trabajo de siglos. LA maldición, fortifica; la bendición, relaja. EL mejor vino es el más viejo, la mejor agua es la más nueva. Las plegarias no aran; las alabanzas no maduran. Las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran. 2”
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El Matrimonio del Cielo LA cabeza, lo Sublime; el corazón, el Pathos; los órganos genitales, la Belleza; los pies y las manos, la Provorción. COMO el aire al pájaro o el agua al pescado, así el desprecio al despreciable. LA corneja quisiera que todo fuese negro, y el bu- ho que todo fuese blanco. EXUBERANCIA es Belleza. EL león sería astuto si tomara consejo de la zorra. EL progreso traza los caminos derechos; pero los caminos tortuosos. sin progreso, son los caminos del genio. IQ
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William Blake ANTES asesina a un niño en su cuna que nutras de- seos que no ejecutes. EL hombre ausente, la naturaleza estéril. NUNCA puede ser dicha la verdad de manera que pueda ser comprendida sin ser creída. BASTANTE! o, más aún, Demasiado. L OS poetas de la antigiiedad animaron los objetos sensibles con dioses y genios, nombrándolos y dotándolos con las propiedades de los bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y todo lo que sus enormes numerosos sentidos podían percibir, Ayu
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El Matrimonio del Ciel: Estudiaban particularmente el genio de cada ciu- dad y país colocándolo bajo la tutela de una deidad espiritual. Bien pronto, para ventaja de algunos y esclavitud de muchos, se formó un sistema intentando dar rea- lidad a las deidades espirituales o abstraerlas de su ob- jeto. Así dió principio el sacerdocio, instituyendo ritos según los relatos poéticos. Y, al fin, declararon que los Dioses lo habían que- rido de este modo. Así olvidaron los hombres que todas las deida- des residen en el corazón. VISION MEMORABLE [os profetas lsaías y Ezequiel comían conmigo. Yo les pregunté cómo se atrevían a afirmar tan libremente que Dios hablaba con ellos. ¿No habían pensado que, al afirmarlo, corrían el riesgo de ser incomprendidos y de prestar apoyo a la impostura? Isaías respondió: “No he visto ni oído Dios al- guno por medio de una percepción orgánica limita- da, pero mis sentidos descubrían el infinito en cada 220
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William Blake cosa, y, desde entonces, estoy convencido y persua- dido de que la voz de la indignación sincera es la voz de Dios. No pensé en las consecuencias y escribí.” Entonces pregunté: “Para que una cosa exista ¿basta la firme convicción?” Respondió: “Todos los poetas lo creen. Y, en una época imaginativa, esta convicción mueve mon- tañas; mas pocos son capaces de una convicción fir- me de algo.” Ezequiel dijo: “La filosofía de Oriente enseña los principios iniciales de la percepción humana; unas naciones tienen origen en un principio; otras, en atro. Los de Israel enseñamos que el genio poético —como lo llamáis— es el principio inicial, y derivados todos los demás; de aquí nuestro desprecio a los sacerdotes y filósofos de otros países. Por ello profetizamos que todos los dioses tributarios del genio poético, encon- trarían en nosotros su origen, como ha sido probado. Esto fué lo que nuestro gran poeta el rey David de- seaba con tanto fervor e invocaba de manera paté- tica diciendo que a ello debía la conquista de sus ene- migos y el gobierno de sus reinos. Nosotros amamos a nuestro Dios hasta el punto de maldecir, en su nombre, a las deidades de las naciones que nos cir- cundan y que declaramos rebeldes. Por esto, el espi- ritu vulgar piensa que todas las naciones serán, al fin, sometidas a los judíos.” Y añadió: “Esto, como todas las convicciones fir- a
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El Matrimonio del Cielo mes, está llamado a realizarse, ya que todas las na- ciones reconocen el código judío y veneran al Dios de los judíos ¿cabe mayor servidumbre? Yo escuché todo esto con estupor y hube de con- fesar mi convicción. Después de comer, pedí a Isaías que favoreciera al mundo revelando sus obras perdidas. Me dijo que ningún libro suyo de valor se había perdido. Y Eze- quiel dijo otro tanto de los suyos. También pregunté a Isaías qué le impulsó a va- gar desnudo de pies y cuerpo durante tres años. Res- pondió: “Lo mismo que impulsó a nuestro amigo Diógenes el Griego.” Y pregunté a Ezequiel por qué comió excremento y permaneció tanto tiempo yaciendo sobre su costado derecho o izquierdo. Respondió: “El deseo de elevar a los demás hasta la percepción del infinito.” Las tribus de la América del Norte tienen prác- ticas semejantes ¿Es honrado aquel que resiste a su genio o a su conciencia sólo por el bienestar y satis- facción temporal? La antigua tradición, según la cual el mundo será consumido por el fuego al cabo de seis mil años, es verdadera, lo supe en el Infierno. 2:29
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William Blake Porque el ángel con su espada de fuego recibirá orden de abandonar su guardia cerca del Arbol de la Vida, y, en cuanto lo haga, la creación entera será consumida y todo aquello que ahora nos parece fini- to y corrompido aparecerá infinito y puro. Ante todo, la noción de que el hombre tiene un cuerpo distinto de su alma, será abolida; esto lo ha- ré imprimiendo según el método infernal de corrosi- vos que en el Infierno son saludables y medicinales, haciendo desaparecer las superficies aparentes y des- cubriendo el infinito que tenían oculto. Si las ventanas de la percepción estuviesen lim- pias, cada cosa aparecería al hombre como es, infi- nita. Pero el hombre se ha recluído hasta no ver las cosas sino a través de las aberturas de su caverna. VISION MEMORABLE ME hallaba en una imprenta, en el Infierno, y vi el método por el cual se trasmite el conocimien- to de generación en generación. 27
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El Matrimonio del Cielo En la primera cámara había un Dragón-hombre, barriendo los despojos a la boca de una caverna; en el interior, multitud de dragones ahondaban la ca- verna. En la segunda cámara había una serpiente enre- dada en torno a la roca y la caverna, y otras adornán- dola con plata, oro y piedras preciosas. En la tercera cámara, un águila de alas y plumas de aire; y el águila hacía el interior de la caverna infinito; y a mi alrededor, un gran número de águi- las semejantes a hombres edificaban palacios sobre las rocas enormes. En la cuarta cámara, leones de ardientes llamas se paseaban furiosos y fundían los metales en flui- dos vivientes. En la quinta cámara, formas sin nombres arro- jaban al espacio los metales. Estos metales eran recibidos por hombres en la sexta cámara y tomaban la forma de libros y eran co- locados en bibliotecas. TOS gigantes que llevaron este mundo a su exis- tencia sensible y que parecen ahora vivir enca- 74
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William Blake denados son, en verdad, los principios de su vida y las fuentes de su actividad. Pero las cadenas son la astucia de los espíritus débiles y sumisos que tie- nen poder para resistir la energía. Lo dice el proverbio: el débil en valor es fuerte en astucia. De este modo, el Prolífico es una porción del ser; otra, el Devorador. El Devorador cree tener enca- denado al Prolífico; mas no es así: sólo tiene por- ciones de existencia y se imagina tenerlo todo. Mas el Prolífico dejaría de serlo si el Devorador, como un mar, no absorviera el exceso de sus goces. Algunos dirán: ¿No es Dios el único Prolífico? Yo digo: Dios no existe ni obra sino en los seres existentes, en los hombres. Estas dos clases de hombres existen en la tierra y serán siempre enemigos; cualquiera que intente conciliarlos destruirá su existencia. La Religión es un esfuerzo para conciliarlos. NOTA.— Jesucristo no quiso unirlos sino separarlos, como en la parábola de las ovejas y las cabras. Jesucristo dijo: No vine a traer la paz sino la espada. Mesías o Satán o Tentador, era considerado co- mo uno de los antediluvianos, es decir, como una de nuestras Enereías. zi
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El Matrimonio del Cielo VISION MEMORABLE UN ángel vino a mí y dijo: “¡Oh, joven necio, digno de lástima! ¡Horrible, espantable estado el tuyo! Piensa en el calabozo abrasador que te pre- paras por toda la eternidad y a donde te lleva el ca- mino que sigues”. Yo dije: Tal vez podrías mostrarme mi lugar eter- no. Juntos lo contemplaremos hasta ver qué sitio es más deseable: el tuyo o el mío”. Entonces me llevó a través de un establo, a tra- vés de una iglesia y, después, hacia abajo, a la cripta de la iglesia en cuyo extremo había un molino. En- tramos al molino y llegamos a una caverna. A tien- tas seguimos nuestro tedioso trayecto, bajo la tem- pestuosa caverna hasta llegar a un espacio vacío que apareció sobre nosotros como un cielo; agarrándonos a las raíces de los árboles logramos colgarnos domi- nando esta inmensidad. Entonces dije: “Si quieres, nos abandonaremos a este vacío para ver si también en él está la Pro- videncia. Si tú no quieres, yo sí quiero.” Mas él respondió: “Joven presuntuoso. ¿No te basta contemplar tu lugar estando aquí? Cuando cese la obscuridad. anarecerá ” Permanecí entonces, cerca del Angel, sentado en los enlaces de las raíces de un roble, y el Angel que- ,*f
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William Blake dó suspendido en un hongo que colgaba su cabeza sobre el abismo. Poco a poco, la profundidad infinita tornóse dis- tinta, rojiza como el humo de una ciudad incendiada. Sobre nosotros, a una distancia inmensa, el sol negro y brillante. En torno al sol, huellas de fuego; y so- bre las huellas caminaban arañas enormes, arrastrán- dose hacia sus víctimas que volaban o, más bien, na- daban en la profundidad infinita, en forma de ani- males horribles, salidos de la corrupción; y el es- pacio estaba lleno y parecía por ellos formado. Son los demonios, llamados Potencias del aire. Pregunté a mi compañero cuál era mi lugar eter- no. Y dijo: “Entre las arañas negras y blancas”. Pero en ese momento, entre las arañas negras y blancas una nube de fuego estalló rodando a través del abismo, ennegreciendo todo lo que encontraba bajo ella al punto que el abismo inferior quedó ne- gro como un mar y se etremeció con un ruido espan- toso. Nada se podía ver sobre nosotros sino una negra tempestad hasta que, mirando hacia el Oriente, entre las nubes y las olas, vimos una cascada en medio de sangre y fuego y, distante de nosotros sólo unos tiros de piedra, apareció nuevamente el repliegue escamoso de una serpiente monstruosa. Por último, hacia el Oriente, cerca de tres grados distante, apareció, sobre las olas, una cresta inflamada: se elevó lentamente ¿Y
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El Matrimonio del Cielo como una cima rocosa, y vimos dos globos de tuego carmesí, y el mar se escapaba de ellos en nubes de humo. Comprendimos que aquello era la cabeza de Leviathan: la frente surcada de estrías de color ver- de y púrpura como las de la frente del tigre; de pron- to, vimos sus fauces, y sus branquias rojas colgaban sobre la espuma enfurecida tiñendo el negro abismo con rayos de sangre, avanzando hacia nosotros con la fuerza de una existencia espiritual. El Angel mi amigo escaló su sitio en el molino. Quedé solo. La aparición dejó de serlo. Y me encon- tré sentado en una deliciosa terraza, al borde de un río, al claro de luna, oyendo cantar a un arpista que se acompañaba con su instrumento. Y el tema de su canción era: “El hombre que no cambia de opinión es como el agua estancada: engendra los reptiles del esbíritu. ” En seguida, me puse en pie y partí en busca del molino adonde encontré a mi Angel que, sorprendi- do, me preguntó cómo había logrado escapar. Respondí: “Todo lo que vimos juntos procedía de tu metafísica; después de tu fuga, me hallé en una terraza oyendo a un arpista, al claro de luna. Mas ahora que hemos visto mi lugar eterno ¿puedo ense- Sarte el tuvo?” Mi proposición le hizo reír; más yo, de pronto, le -streché en mis brazos y volé a través de la noche de Occidente y, así, nos elevamos por sobre la sombra 2 Q
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William Blake de la tierra; con él, me lancé derecho al cuerpo del sol, allí me vestí de blanco y, tomando los libros de Swedenborg, abandoné esta región gloriosa y. de- jando atrás los demás planetas, llegamos a Saturno. Allí me detuve a fin de reposar. En seguida, me lancé al vacío, entre Saturno y las estrellas fijas. Le dije: “He aquí tu lugar en este espacio, si así puede llamarse.” Súbitamente, vimos el establo y la iglesia y lo llevé al altar y abrí la Biblia, y he aquí un pozo profundo al que descendía llevando al Angel delante de mí. De pronto, vimos siete casas de ladrillo y entramos a una. Había en ella un gran número de monos, cinocéfalos y otros de todas clases encadenados por la mitad de su cuerpo, gesticulando y estrechándose unos contra otros, mas impedidos por lo corto de sus cadenas. Sin embargo, me pareció que su número aumentaba, que el fuerte devoraba al débil y que, gesticulando siem- pre, se agrupaban para devorarse entre sí, arrancando un miembro primero y después otro, hasta que no quedaba sino un miserable tronco que besaban ha- ciendo muecas de ternura para devorarlo al fin. Y aquí y allá, vi a algunos saboreando la carne de su propia cola. El mal olor nos incomodaba horriblemen- te. Entramos al molino. Mi mano atrajo el esqueleto de un cuerpo que fué, en el molino, los Analíticos de Aristóteles. 70
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El Matrimonio del Cielo El Angel me dijo: Tu fantasía se ha impuesto a mí; esto, debería ruborizarte. Respondí: Cada uno impone al otro su fantasía, y es tiempo perdido conversar contigo que nos has producido sino Analíticos. O IEMPRE me ha parecido que los Angeles tienen la vanidad de hablar de si mismos como si sólo ellos fueran sabios; lo hacen con una confianza in- solente que nace del razonamiento sistemático. Así Swedenborg se envanece de que cuanto es- cribe es nuevo, aunque sólo es un índice o un catá- logo de libros publicados antes. Un hombre llevaba un mono a una fiesta y por- que era un poco más sabio que el mono se infló de vanidad y se consideró más sabio que siete hombres. Así es en el caso de Swedenborg que muestra la locura de las iglesias y quita la máscara a los hipó- critas e imagina que todos los hombres son religiosos y que él es el único hombre en la tierra que rompió las mallas de la red. Ahora, oíd el hecho tal como es: Swedenborg no ha escrito una sola verdad nueva. AN
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William Blake Ahora oíd otro hecho: ha escrito todas las false- dades antiguas. Y. ahora, oíd la causa: conversaba con los ánge- les que son, todos, religiosos, y no conversaba con los demonios que odian la religión, porque sus prejuicios lo hacían incapaz. Así es que las obras de Swedenborg son una re- capitulación de todas las opiniones superficiales, y In análisis de las más sublimes; nada más. He aquí otro hecho: .cualquier hombre de talen- to mecánico puede extraer de las obras de Paracelso o de Jacob Behmen diez mil volúmenes de igual va- lor que los de Swedenborg, y un número infinito de los libros de Dante o Shakespeare. Pero, cuando lo haya hecho, que no pretenda sa- ber más que su maestro porque sólo sostiene una bujía en pleno sol. VISION MEMORABLE UN día, en una llama de fuego ví aparecer un demonio ante un Angel sentado en una nube, El demonio dijo estas palabras: “El culto de Dios consiste en honrar sus dones :n los hombres según su genio, dando a los más gran- se 1
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El Matrimonio dei Cielo des más amor. Aquellos que calumnian a los gran- des hombres odian a Dios, porque no hay otro Dios que ellos”. Al oír esto, el Angel se puso azul, mas, conte- niéndose, se puso amarillo y después blanco rosa y, sonriendo, repuso: “Idólatra ¿Dios no es uno? ¿No está visible en Jesucristo? Y, Jesucristo ¿no ha autorizado la ley de los diez mandamientos? ¿No son los demás hombres, necios, pecadores, nada?” El Demonio respondió: “Tritura al necio en el molino con el trigo, luego no podrás separar del tri- go su necedad. Si Jesucristo es el más grande de los hombres, tendrás que amarlo con el amor más grande. Ahora, oye de qué manera ha autorizado la ley de los diez mandamientos: ¿No se burló del Sá- bado, del Sábado de Dios? ¿No dió muerte a aque- llos que por él murieron? ¿No torció la ley para con la mujer adúltera? ¿No robó el trabaio de aquellos que lo mantenían? ¿No toleró el falso testimonio rehusando defenderse ante Pilatos? ¿No codició cuando pidió por sus discípulos y cuando les incitó a sacudir el polvo de sus pies contra los que rehusa- ran darles albergue?” Yo te digo: ninguna virtud que no rompa estos diez mandamientos puede existir. Jesucristo era to- do virtud y obraba por impulsos y no por reglas. Cuando hubo hablado, miré al Angel que alargó 49
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William Blake los brazos, abrazó la llama, fue consumido y apare- ció como Elías. NOTA.—Este Angel vuelto demonio, es mi amigo íntimo: juntos leemos la Biblia en su sentido in- fernal o diabólico que el mundo conocerá si se conduce bien. También tengo la Biblia del Infierno que el mun- do tendrá quiéralo o no. UNA misma ley para el León y el Buey es Opresión. William BLAKE Traducción de Xavier VILLAURRUTIA DA?
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DEMOCRACIA ASIMETRICA S queremos recoger una información útil acerca del desarrollo de los sucesos, habrá que investi- garlos ajenos a la patria y al hogar, desarraigados de nuestros afectos, como asentados. en una época de- masiado lejana pero con relación inmediata al espa- cio que nos envuelve. Sólo así se perfilan claros, lu- minosos, con esa pureza de las cosas situadas más allá de nuestras solicitudes. Y, a la vez que nos liber- tan—porque señalan lo cierto—refieren el secreto de la pasión que hizo posible el equilibrio de una ex- periencia, acerca de acontecimientos relacionados a nuestro propio sentir. Nuestro propósito es apuntar un camino al que quede constreñido el deber cívico. Nos asomaremos al valor que algunos elementos jue- gan en nuestra realidad social y, elevada la reflexión por encima de episodios mezquinos, pesados deta- DAA
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B. J. Gastélum lles de carácter que imposibilitan para una visión de perspectiva, sabremos resolver sin sacudidas violen- tas y con la energía que surge de una revelación sú- bita, el misterio de la estructura de la propia naciona- lidad, su dificultad para constituirse y los ingredien- tes a que será necesario recurrir. Algunos de estos defectos no son esencialmente nuestros sino comu- nes a varios países de América. Hereditarios otros, pertenecen a la fisonomía moral de la conquista pues la sangre representa un papel fundamental, impone rasgos que facilitan reconocer la ascendencia. De aquí su importancia en la formación de los grupos sociales, el por qué de sus matices, de sus vicios, de su inteligencia. El conquistador, en el caso de Mé- xico, representa el tipo de una raza que sabe soportar la dominación romana manteniendo su propia vida. Con los suevos, vándalos y visigodos conserva gran parte de su cultura y, por último, el árabe—que du- rante ochocientos años se adueña de la mayor parte de la península después de exterminar, con Rodri- go, la última sangre germana—termina disolviéndo- se en aquella España que imaginó dominar, dejando como resultado de su absorción, en su espíritu ava- ro a todas las adquisiciones, sus artes, su ciencia y su filosofía. No es por lo mismo un drama para los pue- blos de América, como se ha querido asegurar, la sangre de España porque, en una raza que durante largas centurias, conserva sin perder en su espíritu, la expresión enérgica de su fe, de su capacidad y de AR
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Democracia Asimétrica su naturaleza, no puede hablarse de decadencia. No quedó, después de la dominación del Islam, una sola Mezquita ganada a Mahoma sino que el continuo batallar cristiano sepultó para siempre el episodio trágico de la conquista. Si hubo algún error, por par- te de España, en la difusión de su cultura en Améri- ca, no fué ciertamente de raza, sino más bien de His- toria. Puede decirse que, en la práctica de ciertos usos y modas—de los que nos ocuparemos después—es fácil reconocer a la antigua metrópoli, pero hay tam- bién que convenir que no hubiera sido diverso nues- tro destino en manos de cualquier otro país europeo. Queremos significar que, de nuestra condición so- cial, hemos sido y seguiremos siendo los únicos ar- quitectos. Ordinariamente se habla de pueblo. No hay incidente democrático que no haga referencia a él. De hecho no hay realmente pueblo cuando faltan, en la comunidad, propósitos que unifiquen, programas que realizar en común. El espíritu de país, no lo da el pensamiento como concepto, sino más bien depen- de, en cada caso, de la relación recíproca de las nece- sidades y satisfacciones de los grupos entre sí. Si no existe esta posición común, todo queda reducido a núcleos de hombres dedicados. en su interior, a la satisfacción de las necesidades domésticas y, en su ex- terior, a la obediencia ciega, o a la rebelión. Esta es la tragedia de México y de la mayor parte de los paí- ses del continente. Habrá que ver si este estadio de realidad social, implica sólo una ausencia inteligente
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B. Jj vastélum de desenvolvimiento, o es una incapacidad física irre- mediable. lluminados los obstáculos, dejará de ser confuso ese aspecto mental nuestro, que se siente a cada instante irresoluto, entre un afán sentimental a una mayor suerte y la posesión de la técnica que patentiza una victoria sobre la magia. La fe es inci- dente físico. Indispensable porque liga el hombre al cosmos, se funda no en el terror—como se ha su- puesto—sino en algo de la oscuridad que flota en al- gún rincón del universo. Tal sombra, que no agota- rá jamás la inteligencia, sirve de inquietud al pensa- miento, lo angustia, lo hace ahondar más, descubrir o aclarar cada día un nuevo misterio. A medida que un pueblo pasa de la fe a la desconfianza, hay más ci- vilización: es más país. En esta proyección, al hablar de fe, no nos referimos al sentimiento religioso (la religión es proceso que acompaña a las grandes cul- turas) sino a la fe que se otorga a los otros meneste- res de la vida y, esencialmente, a la creencia políti- ca. Es por tanto esta fe una especie de claridad súbi- ta que democratiza a todos los hombres; en la prác- tica, todos nos sentimos iguales porque aparente- mente los rasgos varían poco en el espíritu de los hombres. Incapacitados para toda labor crítica, aten- demos a las realidades inmediatas. descuidando la vi- sión de conjunto—que da el tono y la capacidad— surgiendo la duda hasta el instante mismo del fraca- so. Antes, imaginábamos que los métodos no tenían significación, que no formábamos parte de ningún
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Democracia Asimétrica sistema. A esta magia se encuentra asido el criterio individualista que distingue a las sociedades primiti- vas y que hace que el hombre perezca con la mayor facilidad cuando se trata de un asunto que le concier- ne, pero que no le da el criterio ciudadano, la res- ponsabilidad en el común sentir. Este valor perso- nal—que nos enorgullece con frecuencia—es el que, desde un aspecto elevado, nos disminuye como na- ción. Uno de nosotros se decide a perder la vida por una causa baladí; en cambio, no sabe sacrificarse por un gran ideal, por un gran proyecto que com- prenda la comunidad. El hombre que sólo responde Hor sí mismo, es de lo más elemental como factor en el orden de las comunidades. Desde el punto de vista social es el negro del Africa o el semi-civilizado de las tribus del Asia. La posesión de un deber que se extiende más allá del individuo y de la propia fami- lia ocasiona una reacción a nombre del grupo y es- ta reacción distingue al hombre de cultura verdade- ramente elevada. Cuando se le encuentra con fre- cuencia, formando la mayoría de una comunidad, se puede hablar de país, de nación: entonces existe una entidad política. En otra forma, hay que considerar sus núcleos como agrupaciones aisladas, elementos sin historia, pueblos sumisos a un hombre superior. Lo decisivo, como factor de unificación espiri- tual, es situar—frente a los diversos grupos étnicos que constituyen la nación—el mismo paisaje, darles TAX
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B. J. Gastélum el mismo tono, entonar idéntica melodía. Mezclar con la raza, otras razas superiores en estirpe. No con- tinuar cultivando como plantas valiosas aquellos sec- tores de especies que no guardan ya ningún mensaje para el porvenir y que representan un grave estorbo a toda labor de altura. Lo que no edifiquemos en esta dirección. no es mexicanismo bien entendido, si- no posición inconsciente frente a una realidad que nos devora. La desintegración mental que aqueja al país se debe, en su esencia, a la falta de un proceso de incorporación racial iniciado a partir de la inde- pendencia. Hemos perseguido al español y, en gene- ral, al europeo a nombre de un patriotismo absurdo y, siendo el conquistador el único elemento racial se- lecto con que contábamos, desconocimos que la úni- ca forma de acrecentar un linaje. es el cruzamiento con estirpes superiores y que mejorar la raza debe de ser, en los pueblos de América y esencialmente en México, la preocupación fundamental. La capacidad de un país, su importancia, su sino, depende antes que de otra cosa de la capacidad de su población: no hay rango posible, ni papel histórico apreciable con ideologías de nexo primitivo. Con la multiplica- ción de las especies inferiores o el estancamiento de las más valiosas se amenaza la existencia de una nación y se compromete su naturaleza a una irreme- diable decadencia. La biología no sabe de idealidades democráticas que no sean la confirmación, para la es- pecie humana, de lo que hace largos años viene prac- 7a1
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Democracia Asimétrica ticando en el resto de los seres. A nadie se le ha ocu- rrido, si no es para un fracaso, mejorar los ejem- plares de un género ayuntándolos con individuos de insignificante linaje. Para alcanzar una estirpe selec- ta necesitamos una revalorización inteligente en los métodos educativos puestos en práctica con las cla- ses indígenas; y en los errores de sistema para esti- mular una población laboriosa. La escuela sola, con la que, hasta ahora, hemos pretendido resolver el problema de nuestra cultura es ineficaz. Lo que ella hace deberemos completarlo con el ejemplo que dé en todos los lugares una inmigración escogida. Im- portar buena simiente equivale a nulificar ciertos as- pectos peligrosos de nuestro medio y que tienen su rai- gambre en una oscura y feroz ascendencia. Debe por lo mismo formar parte de una política sabia, termi- nar con el aspecto de beneficencia que revisten al- gunas de nuestras actividades sociales mediante las cuales se protege al mediocre, al vicioso y al insigni- ficante. Para hacer un gran país no debe haber más programa que la verdad, y ésta vale tanto más, cuan- to mayor es su eficacia. Necesitamos desentendernos de aquellos ritmos que no pretenden sino conmover los espíritus, presentándoles un panorama ajeno a la expresión íntegra de la realidad. Remover las rivali- dades de individuo a individuo que imposibilitan to- da acción de conjunto y que no son, en el fondo, más que el antiguo despertar de los antagonismos atávi- EN
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B. y Gastélum cos que fueron aprovechados, en su tiempo, por los conquistadores. Para que los hombres se sientan uni- dos por un mismo ideal y puedan realizar una gran- de obra es indispensable, además, hacer que la idea de disciplina trate de relacionar, en un todo armóni- co, las capacidades más diversas. Que la inteligencia dirija y que sea ella la que lleve el peso de los suce- sos. La idea de igualdad, en un país que carece de clases claramente diferenciadas, dificulta las grandes iniciativas y compromete aún los triunfos en aparien- cia más seguros. Establecer voluntariamente una je- rarquía de aptitudes y emularlas, implica en cambio un criterio real de responsabilidad en el sentir públi- co pues pasa de la improvisación a la técnica y, de la fortuna, al trabajo laborioso. Pero en una comu- nidad que prescinde de estas diferenciaciones y en la que no se estima la eficiencia, por considerar a todos los hombres igualmente capacitados, todo queda des- tinado a una derrota segura. Este error de organiza- ción social se advierte hasta en los detalles más ni- mios de nuestra vida pública: se escala un sitio dis- tinguido con la posesión de un proyecto y no se sa- be—porque antes no se había reflexionado en ello— a qué personas será necesario recurrir para llevarlo a término. No basta alentar un noble empeño si no se encuentra la colaboración indispensable para articu- larlo a la vida. En la proximidad de estas dificultades es cuando se estima el efecto aniquilador que tiene pa- bl 7
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Democracia Asimétrica ra toda labor importante una igualdad artificiosa. Frente a ella surge el desconcierto y, en la elección de personas, la simpatía o la ventura sustituyen a la pericia o al talento. Así es explicable que el criterio mejor templado fracase; que no se planteen proyec- tos incitadores de grandes empresas que comprome- tan la economía pública. Sin estas coyunturas que fortalecen el sentido de la convivencia y desenvuel- ven la disciplina, haciendo a cada quien desempeñar parte de un trabajo sujeto a una dirección más alta, no puede haber grupos que sean, dentro de la es- tructura de la nación, exponentes de actitudes bien elaboradas. Todas ellas reunidas podrían en cambio, dibujar, como manifestaciones orgánicas, las inquie- tudes y necesidades del pueblo, ya que sobre ellas— expresión de una función natural que da vida y mo- vimiento a la comunidad— se injertan los ideales po- líticos que, como un arte de complicada técnica, eje- cutan la rapsodia que comprende los tonos mágicos de la masa. Ahondando de esta manera la fisiología del país, a fin de que la inteligencia perciba cuál es el padeci- miento que imposibilita su integral desarrollo, el es- píritu crítico ciudadano vendrá a sustituir, en la va- loración de los sucesos, la indiferencia o el afán utili- tario con que, hasta ahora, se ha distinguido la co- munidad mexicana. Alcanzar este propósito con des- interés. equivale a dar principio al cincelado de la es- »9
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B. J Gastélum tatua del solar, confirmando que éste existe como es- tado. Para el espíritu moderno, la civilización es la re- sultante de la capacidad de una energía tenazmente perseguida; vale por la estirpe de la raza y por lo que lleva, en sí, de impulso creador. Esta habilidad que se afina por la suma de beneficios que recibe el conjunto, es ineficaz como apología de una especie que no se afirme en una arquitectura superior. Por eso, mientras no compruebe que ha adquirido la men- talidad de usos selectos, hay que poner en duda la civilización del grupo y nosotros nos hemos empeña- do en adiestrar las manos, aferrados a la doctrina de que con matizar el ambiente, darle un nuevo color, encendemos en las almas un orden más elevado de pensamientos. Amaestrarnos en determinados aspec- tos no es mejorar interiormente el valor de la existen- cia. Los problemas de confort obedecen a una autén- tica necesidad espiritual; imitarlos, es signo de infe- rioridad y aún para esta imitación no nos hemos ma- nifestado lo bastante diestros. El día en que esta- blezcamos una proporción de nuestra posibilidad imi- tativa en relación a los demás pueblos, nos encontra- remos ocupando un sitio muy secundario: el Japón ha alcanzado más prosperidad en menor tiempo que nosotros. Hay que reconocer que, para reproducir cualquier aspecto civilizado, manifestamos menos pre- dilección que para destruirlo: desconocemos la audacia para el descubrimiento fecundo y somos lentos en la A
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Democracia Asimétrica imitación productiva. Todo ello no habla en favor de la ascendencia. Es necesario perfilar estos detalles pa- ra prevenir y orientar por mejores rutas el interés ha- cia aquellos factores que han retardado el progreso de integración. Por ello se trabajará con acierto cuan- do con empeño se enriquezca la sangre que da el ran- go de la raza, es decir, que señala su sino. No hay duda que la estructura política, diversa a la social, expresa fundamentalmente la altura de la comunidad. El matiz social corresponde más bien a la estética de la existencia; forma el marco donde se desenvuelve, señala los límites, la suavidad de color, la intensidad del tono. Constituye en último término una especie de melodía que ensordece las manifestaciones de regre- sión que lleva cada ser; humaniza la pasión, doma el deseo; es el tránsito perenne entre un estado eterna- mente primitivo a otra edad superior. La vida políti- ca es una manifestación de más hondura del grupo, caracteriza mejor su naturaleza, su sentido; como sa- le de lo episódico encarna el aspecto orgánico del es- tado de su vivencia. No nos referimos en este mo- mento al sentido político que supone toda opresión fé- rrea y que requiere para su conservación y desenvol- vimiento aún las más insignificantes unidades huma- nas, sino al que se considera como exponente de la voluntad colectiva; al que se muestra como capaz de modificar sin actitudes violentas las normas esen- ciales de las instituciones. Mas, para alcanzar esta IFA
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3 Gastélum cima, no hay que resignarse a las motivaciones his- tóricas que han sufrido las comunidades escogidas. Habrá que conseguir, por medio de la técnica, la bre- vedad en tiempo necesaria para la elevación de un estado social imperfecto. Esta aplicación de la ciencia a la excelencia de una raza ha sido retardada, en su extrema posibilidad, por el criterio ambientista que encaja dentro de la moral predominante. El progre- so de la biología nos aleja cada vez más de la posibi- lidad de que el ejemplo y las costumbres modifquen determinada finalidad espiritual. La divergencia ten- derá a ahondarse entre un estado de vivir escogido y otro en que el hombre transcurre como empujado por una fuerza que él siente sin que sea capaz de evitarla porque hablará a nombre de su ascendencia. La libertad de espíritu, como la capacidad y la seme- janza física, quedarán constreñidas a las mismas con- diciones que el resto de las funciones fisiológicas: to- do el presente adherido al pasado de cada hombre. La geometría de las complicadas formas espirituales se- dimentándose a través de una larga serie de indivi- duos. Volveremos en el orden psicológico a la idea Arabe de que cada quien encierra su propio destino; y en la ética no está remoto el día en que reproduzca- mos las escenas de la Grecia clásica a fin de acrecen- tar los núcleos selectos. Por lo pronto y para completar este estadio en el porvenir, ensayemos un nuevo compás en la sinfo- PE
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Democracia Asimétrica nía de las costumbres. Con el mal de cada quien for- memos su moral y así, sin pretender modelar en for- ma más perfecta la obra eterna de la naturaleza, esti- maremos en cada hombre lo que traiga. Todo se re- ducirá, mediante un ejercicio al alcance aun de los criterios más medianos, a acomodar el entendimiento a las cambiantes sinuosidades del espíritu. La desvia- ción moral se indicará por la simulación de actitudes que no se tienen. No aparecerán acciones por resen- timiento; en cambio, la mediocridad abrumadora sa- brá reconocer el acierto de las inteligencias selectas para la dirección de los asuntos públicos y, de esta convivencia de los dos grupos, saldrá necesariamen- te la organización del país. Bernardo J. GASTELUM PA
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ANDEN H** escuchado el resbalar de las miradas por su cuerpo sin sentir calofrío. Había sabido atra- par el gesto más significativo de cada uno de ellos para colgarlo en su collar como un nuevo adorno. Se había retirado a tiempo en un momento de efer- vescencia para dejar en los ojos de todos un brillo de trrunfo. Desde entonces no hubo quien no se creyese con derecho a ella—ella se había metamorfoseado en son- risa de todos—. Unos la hicieron el amor en una for- ma seria; otros buscaron la pequeña aventura de una cita, Pensaban en el beso posible de la muchacha y tenían ya los labios y la mejilla calientes. La habían visto masticando una flor. Empezó a recibir tanta correspondencia que su familia se convenció de que tenía talento. “Encon- »E A
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Andén trará el mejor novio de la ciudad.” Sus hermanas, que no eran tan lindas, se habían casado todas. Con los mejores, con los mejores. Alguien susurró lo de la carta del desconocido. El susurro se hizo denso, como un rumor de río. Ella lo explicó sencillamente: —Le conocí una vez... Escribe de un modo dis- tinto a los demás... Me gusta... Le veréis... Va a venir. Sus amigas fueron a casa de la modista a encar- garse trajes. Ellos frecuentaron mucho los limpia- botas: querían verle venir por la punta lustrada del zapato, sin mirarle de frente. El era intangible. Ninguno dejó de galantearla. Siempre, al anoche- cido, había una mano que apretaba un pañuelo de tul. Una A: Adriana. Le hubiera gustado Amelia... Pero... ¡Bah! Se enfadó porque una vez llegaron a besarla. Un beso. Nunca creyó que la molestase tanto un beso de cualquiera. Para él también. Como las sonrisas, como las insinuaciones todas. Y se echó a llorar. Maquinalmente contestaba las cartas. Las tro- caba a menudo. Ellos se las cambiarían. Sólo en las suyas llevaba la pluma y el aleteo del seno al com- pás. Eran de cuatro pliegos. Cruzaba las líneas con delectación. Se sentía tranquila. Fresca: un frescor delicioso dentro de su traje azul de chispazo eléctrico. Luego la encenderían las voces. Echaba atrás la ca- beza para pensar la frase. Escribía: “Todo el brazado ) EQ
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Miguel Pérez Ferrero de sonrisas para usted. Llegarán fragantes. Las re- cogí. Los pobrecillos me las daban sin sospechar. Y las miradas. Y los piropos.” lba a escribir: “Y un beso,” pero se le apretaron mucho los dientes y lo de- jó. Puso otra vez: “¡Los pobrecillos!”” Abrió la pal- ma de la mano. De un soplo volaron a la nada impe- rativos y súplicas. ¿Por qué dirían aquellas cosas? Y se reconcentró pensando en él. Decidieron ir a recibirle. Desde el tren vería mu- chos discos rojos —Peligro—y dos discos verdes—- Paso, paso—. ¿Había una trampa? Quedarían bien sujetos la locomotora y el coche-salón. Alguno inda- gó si resultaría muy caro alquilar una murga. ¡Co- mo iban a deshacerse los suspiros del vapor de agua! Cada apretón de manos le pondría más lívido el ros- tro. Y las sonrisas de ella oliendo a disculpas. Acaso tuviese el cinismo de prender una disculpa en su ojal. Los discos rojos se aclaraban: era tan divertido. Entraron en una sala de espera que estaba vacía. Si allí bailasen... Así podrían abrazarla por turno. Tararearon la música. Subió un vaho por la vidriera Ia
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Andén de la puerta. Un empleado con bigotes de perro gri- tó: “¡Están bailando!” Hicieron un ruido muy fuerte con los cristales. ¿Por qué no se paraba? Una nube de humo les quitó la luz. Y un silbido. Salieron atro- pellándose con algarabía. No les quedaba otro reme- dio que ir a él. La estación se había poblado de pron- to. ¿Dónde? ¿dónde? Y corrieron en un mismo sen- tido; ella, la primera. De pie—el borde dorado que le cruzaba el pecho abría una franja pura en la transparencia de acua- rium—sólo las piernas no se le veían. Entre las ma- nos un libro a medio cerrar: “El tren blindado No. 14-69.” Las cubiertas de la edición española entona- ban con el color de su traje inglés, con su gorra, con sus guantes, Pareció que les iba a decir algo, pero no hizo sino mirar—Ella estaba en el centro—. Tanta quietud en su cara sin expresión patética. Sus ojos eran muy claros. Parecía que les iba a decir lo que dijo: “Voy más lejos.” Y ya no tuvo inconveniente en sonreírles. Ellos bajaron la vista hasta la punta lustrada del zapato: se encontraron a sí mismos. Les temblaban las rodillas. ¿Era la trepidación otra vez? Ella tenía ahora los discos rojos —Peligro, peligro—. Le vieron ladearse; todo él se había sumido en el acuarium. Reclinaba la cabeza. Una mano precipitó una lucecita en la otra en forma de nido. Se dejaron acuchillar las ventanas del coche-sa- lón. Ellos notaron cómo se quedaban atrás. » EN
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Miguel Pérez Ferrero Uno la dijo: —Puesto que estás tan triste, ¿quieres ser mi no- via? Respondió que: bueno. Y así. sucesivamente, con todos aquella misma tarde. Miguel PEREZ FERRERO Ri
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CARLOS MERIDA Y LA PINTURA [)er=D9 de un gusto refinado e implacable, Carlos Mérida eliminó de su obra no solamen- te ciertos elementos bastardos, sino hasta los recur- sos legítimos de que se valen, a menudo, pintores de verdadera integridad. La importancia de estas li- mitaciones en Mérida es tal, que un análisis de su credo estético debe comenzar por una lista de los valores que el pintor deliberadamente NO ha queri- do usar. Con ella quedaría circunscrita y definida su originalidad. No emplea perspectiva lineal, o sea la convergen- cia de paralelas hacia un punto de fuga. Tal perspec- tiva presupone un espectador inmóvil; pero Mérida, 67
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Juan Charlot rechazando este engaño, desecha también el recurso de sugerir por el dibujo el espacio que rodea y aisla a los volámenes. Como corolario lógico, dibuja sus figuras de perfil absoluto o de frente, eliminando los tres cuartos a causa de las deformaciones de perspectiva inherentes. No usa una luz con foco localizado; permea sus cuadros de una luz difusa, la cual afirma el color lo- cal de los objetos pero sin diferenciar los claros de sombra. Esta nueva limitación le quita el recurso de imitar los efectos del sol, (aunque escoge, para pin- tar, asuntos tropicales) y, sobre todo, le impide el modo más fácil de describir los volúmenes: el de exaltar sus contrastes de valor. Quizá para su men- talidad llena de escrúpulos el hecho de sombrear apa- rezca como un medio más propio del escultor. Las líneas que prefiere Mérida se deben poco a la improvisación; prefiere el círculo, el óvalo y, entre las rectas, las verticales y horizontales. Cuando usa diagonales, lo hace con el cuidado de no contrastar- las, huyendo toda sugestión dinámica. Su composi- ción es voluntariamente primaria: un eje mediano vertical y los lados simétricos o en variaciones sobre el tema. En fin, y quizás sea esto el sacrificio más ra- dical, no quiere lograr efectos tactiles; los pigmentos puestos con cuidado, sin pincelada visible o en em- paste, cubren la tela con uniformidad mecánica sin quebrar ni esconder el plano físico del cuadro. Deberíamos pensar el mundo pictórico en el que A
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Mérida y la Pintura se recrea Carlos Mérida, como un universo sin espa- cio, sin volumen, sin luz localizable, sin imprevisto li- neal; es decir un mundo a dos dimensiones, sin mo- vimiento, sin vida o peso, algo semejante al papel re- cortado, a un tapete o a un vitral. Pero Mérida, es buen previsor, ha sabido guardarse de tal derrota; en su “retirada estratégica” ha conservado intacto el elemento decisivo con el cual logra vencer: EL CO- LOR. El papel que el artista negó al dibujo, lo en- carga al color; con éste recrea espacio, volumen, mo- vimiento, peso; hace arte total y, al fin, su pintura se beneficia por la pureza intachable y casi exagera- da de sus medios. De la geometría del color, más misteriosa y de más alcance que la de la línea, Mérida es maestro consciente. Por eso le gusta que sea leve el andamia- je del dibujo. Su color, por muy complejo que sea, es homogéneamente mezclado; aislado, semejaría ma- teria muerta pero, sobre la tela, de tono a tono, em- piezan las reacciones ópticas y tales vibraciones, ta- les fronteras vivas entre colores ligan las partes del cuadro, le dan profundidad, volumen, vida, más que cualquier trabajo que pudiera realizarse sobre la tela misma. Esta existencia óptica del cuadro es su fin legíti- mo y justo, al cual tendrá que subordinarse la exis- tencia física del mismo. Carlos Mérida aplica esta ley al color desde que empezó a pintar pero no es HA
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Juan Charlot sino recientemente cuando, en progresión lógica, en- saya su aplicación al dibujo. En sus primeras obras, la línea es de una geometría ortodoxa y su rigor mis- mo la exalta ópticamente hasta aminorar el papel del color, con lo cual resulta cierto desentendimiento en- tre los distintos factores del cuadro; en sus últimos óleos y acuarelas la línea está trazada, a propósito, de un modo geométricamente deficiente, las curvas y las rectas se ondulan; el ojo rectifica tales líneas y la mente logra sin esfuerzo ver la imagen que sugi- rió, sin trazarla, el artista; línea y color tienen ya existencias de homogénea calidad. En estos experimentos fructuosos llega a descom- poner, en vista de su recomposición mental, no sola- mente línea y color sino aun personajes enteros; em- plea también—aunque con suma discreción—cier- tas modulaciones dentro de un mismo color, cierto modelar del volumen bajo el disfraz de una imperfec- ción técnica; gusta ya de la recomposición óptica del color y de algunos efectos tactiles por medio de un puntillismo sencillo y de pinceladas visibles. Abriendo así un poco más el tesoro de sus recur- sos pictóricos, Carlos Mérida enriquece su arte sin desviarlo y nos acerca a su contenido espiritual. Tal obra, aunque llena de reservas y de intimidad, está en efecto, viva y palpitante. Quizás, sin la plena consciencia del pintor, sus cuadros afirman a “sotto voce.” pero con erande convicción, la belleza del in- AE
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Mérida y la Pintura dígena, su equilibrio mental, su poder contemplati- vo; tal parece que al lado del “redimir al indio” usa- do por los políticos, Mérida nos propone, en corres- pondencia, la redención del blanco por el indio, lo cual, si halaga menos nuestro amor propio, se nos antoja, también, de no menos apremiante necesidad. Juan CHARLOT 266
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OBRAS DE CARLOS MERIDA
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TASCO CUANDO LLUEVE, "aseo sale a lavarse la cara. En un momento se inundan las calles con chorros de saetas mo- vedizas que, poco a poco, son torrentes. Corramos a refugiarnos en la parroquia. Suena el órgano sua- ves modulaciones que se redondean en el hueco de las bóvedas y acuden medrosas a guarecerse entre los relieves de los retablos. Y mueren. Media do- cena de niñas desvalidas, ángeles que no gozaron del cielo, ofrecen flores. La pequeñez de la ceremonia se humilla en la majestad del templo; la grandeza del templo se borra bajo la inmensidad de este diluvio. De pronto, una luz verde oxida el oro de los retablos y un golpe seco y macizo nos estremece: un rayo. 72
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Tasco Á los cinco minutos se aclara el cielo; el sol de- vuelve sus colores a Tasco, pero más frescos, más nuevos, sin basura ni polvo. Las calles sonríen con sus pedrezuelas azules más azules; más negras las ne- gras, rojas de vergiienza las rosa. Huele a Tasco mojado; olor espeso que nos hinche los pulmones de vida. Sentimos el alma profunda y buena. Un pincel invisible ha esmaltado de verde esme- ralda las hojas de los laureles de la India que ciñen la plaza de Tasco, y las infinitas tejas de los techos aprovecharon breve escampada para darse una buena mano de colorete. TASCO EN DOMINGO, ES alegre como una sonaja. La romántica sole- dad cotidiana desaparece para dejar su sitio a la algazara bullanguera del mercado. (El tianguis, en Tasco, se verifica en domingo porque es el único día que los mineros de los alrededores pueden pa- sárselo en Tasco). ¡Qué aspecto de gozo infunden los mineros en Tasco! ¡Claro! son los glóbulos ro- jos de la sangre de Tasco; sus habitantes. sedenta- rios, son los glóbulos blancos, y así resulta que éstos devoran lo que ganan aquéllos y les dan, en cambio, IA
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Manuel Toussaint lo que necesitan para su vida y laborío. Son pinto- rescos, los mineros endomingados en Tasco. Usan unos formidables zapatos que gozan en ver limpiar y relimpiar a los limpiabotas de Tasco —Borda, Alar- cón y mil más que surgen al amor de la calderilla—; usan su calzón blanco anudado en los tobillos; usan su camisa muy blanca con una mascada estriden- tista, pero de seda, cuando no es toda la camisa es- tridentista y empero también de seda: ¡qué regalo! Su sombrero de anchas alas enroscadas, de palma, blanco, completa la indumentaria; ah, y la bolsa de cuero con labores y bordados para guardar los te- colines. Desde la víspera, sábado, la plaza se reparte en pequeños rectángulos marcados con estacas y cuer- das, con trapos afianzados con piedras, o con petates adheridos al suelo como cumpliendo un voto. Son los sitios apartados para los puestos del día siguien- te: quintaesencia del agrarismo, repartición de cen- tímetros cuadrados, aprecio verdadero del valor de la tierra, llevada a su máximo de producción. Al- gunos vendedores llegan desde el sábado en la noche; sus grávidos fardos exánimes descansan en el sitio apartado por el dueño: están rendidos del viaje, de la travesía de los cerros y barrancas que circundan a Tasco. El domingo, temprano, los veréis abrirse en cuernos de prolífica abundancia; darán a luz inespe- m7
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Tasco radas y suculentas verduras, frutos ubérrimos, mer- caderías lujuriosas. Los vendedores se alínean por escuadras, según el plan premeditado por Dios, de acuerdo con don José de la Borda, y siguen sus maniobras con una disciplina tan callada y amistosa que es un gusto. En los escalones del atrio del templo, los que venden maíz; en el ángulo y parte del muro siguiente, los talabarteros, sus cinturones y correas olientes; sus víboras para plata, extenuadas de hambre; sus hua- raches antiderrapant, Good Year o Continental que han impreso más de una vez su huella ultracivilizada sobre el polvo virgen de un cerro inaccesible. En- frente quedan los jarcieros que venden cuerdas ali- neadas en el suelo como culebras tísicas, con sus ca- becitas rojas o verdes; que venden ayates o morra- les o cinchas, o esos gordos sudaderos rebanados de quién sabe qué árbol, raíz o zacate. Algunos días, de los buenos, llevan pieles; yo vi dos de leopardo, magníficas, recién matados los animales; todavía las garras salían feroces de sus vainas, venganza pós- tuma, a la más ligera presión que se les daba. Per- pendiculares, en línea desplegada, están los vendedo- res de tabaco mije —hay también en Tasco tabaco silvestre que llaman tenejiete— y este tabaco lo fu- man en hojas de mazorca de maíz, enrollándolo en cigarros gruesos, como un dedo, mayores que un puro. Haciéndoles cortesía y reverencia, está la fila 276
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Manuel Toussaint de los que venden el tequesquite y la sal, pálida y desmayada porque olvidó su vanity-case. Atrás de los tabaqueros se extienden los que venden sarapes, jorongos o simples cotones, grises todos, con labores blancas y negras y un fuerte toque rojo. En el gran espacio que queda entre el jardín y las tiendas que por el poniente limitan la plaza, se insta- lan los vendedores de legumbres y fruta. Allí están los que llevan huamuches o pinzanes, fruta roja en forma de camarón, los melones, las papayas, los man- gos, los suculentos aguacates, de gruesa corteza y carne untuosa, como una crema; capulines que miran pudorosos, toronjas que se ríen de las naranjas, na- ranjas que desdeñan a las toronjas. Las sandías tra- taban de explotar sus colores formando sindicatos nacionalistas. ¿Querrían sustituir al nopal en el es- cudo de las armas nacionales? Las lechugas, los betabeles, los grandes rábanos que procuraban ocultar sus vergiienzas entre los ma- ternales repollos, las zanahorias coqueteando con los nabos, los jitomates de rostros borrachos y sangulí- neos, los tomates biliosos, las cebollas de enmaraña- da cabellera, los ajos calvos... todo un universo. Un poco escondidos entre tanta exuberancia que- dan los dulces. Y ¡vaya que son sabrosos los dulces de Tasco! Veréis allí el rico jamoncillo de pepita, los alfajores, las panochitas de ajonjolí, las palanquetas, la alegría, las tortitas de pinole, o unas excelentes 27777
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Tasco tostadas de maíz, dulces con un discreto toque sa- lado a las cuales llaman pipilol. Venden también hierros, herraduras, puntas para lanza, arados; venden también cristal, vasos de for- mas elegantes que se diría trajeron de Bohemia o de Murano; venden también loza, sin carácter especial; venden baratijas; venden hierbas medicinales o sa- gradas. Una fila de consideración es aquella en que se de- leita el deseo y el paladar se anticipa: ¡los chicharro- nes de Tasco! Aunque diariamente los venden, los domingos parecen ser especiales, más sabrosos. Allí, encontraréis la ceniza, las morcillas, la longaniza, la barbacoa... Hombres que pasáis la mitad de vuestra vida en comer y beber para pasar la otra mitad en ayunas y medicinándoos, ¡venid a Tasco! Aquí po- dréis ser heroicos: comed un domingo todos los bas- timentos de este mercado y vuestra misión estará cumplida: habréis seguido el rabelesiano ejemplo; yo, como cronista de Tasco, escribiré vuestro panegírico. EL CLIMA DE TASCO Ha sido siempre muy elogiado por todos los visitan- tes célebres. Ningún clima es más estable, más uniforme. En verano, a medio día, parece que quiere
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Manuel Toussaint empezar a hacer calor. En la noche, refresca para que podamos cubrirnos con una sábana, todas las ven- tanas abiertas. Suelen soplar vientos, pero es con discreción y mesura. Los aguaceros son torrenciales, pero rápidos, otras veces nocturnos, con sólo un fin de limpia. Hay sus tormentas, nutridas de rayos a veces; pero Santa Prisca los ha hecho inofensivos, los ha amaestrado, los ha vuelto de tigres, corderos; de azotes, caricias; del más terrorífico de los meteoros ha obtenido bellas decoraciones, bambalinas de fuego, sobre un cielo desgarrado de mal humor, como si fue- ra del Greco. Manuel TOUSSAINT 70
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Motivos ANIVERSARIO DE PROUST Le feintre original, Tartiste ori- gnal frocedent a la facon des ocu- listes. Le trartement far leur fein- ture, par leur frose n est fas tou- jours agréable. Quand 1) est ter- miné, le fracticien nous dit: mam- tenant, regardez. Marcel PROUST A L devolvernos bruscamente la realidad, de cuya orilla — nos había raptado para emprender un voluptuoso viaje por las Mil y Una Noches de la memoria ¿me atreveré a decir cuánto nos entristeció, a pesar de sus inimitables be- llezas. la publicación de Le Temps Retrouvé? Ve- 2
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Aniversario de Proust nía a depararnos, en efecto, esa suerte de insaciada melan- colía que el mismo Proust describe, cuando, en las páginas de Journées de Lecture, evoca lo que hay de muerte y de adiós sin conformidad en el solo gesto de cerrar un libro, de concluir un trabajo, de acompañar a un persona- je, dentro del breve sarcófago de una novela. hasta el ce- menterio de la encuadernación. Ciñendo el aniversario de su muerte (18 de noviembre de 1922) los estudios de Ernst Robert Curtius, Léon Pierre Quint y Ramón Fernández acerca del creador de Swann ¿có- mo podrían consolarnos de su pérdida? Lo que consiguen, en cambio, es atenuar en nosotros la nostalgia del viajero que ve su curiosidad interrumpida; demostrarnos hasta qué punto —para fortuna de nuestros placeres— hay juegos que aún no dominamos, bellezas que no envejecerán, autores, como Proust, que no acabaremos nunca de leer. Hace seis años la muerte cumplió con él la promesa que le había hecho de niño, en horas en que no suele anunciarse a los demás. Seis años nutridos con la memoria de otras ex- periencias. con la pasión v con los celos de otros amantes. con el florecimiento. en fin. de otras esperanzas y el análi- 1
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Motivos sis de otras decepciones.... Á pesar de esta acumulación del tiempo o acaso en razón de su misteriosa complicidad, los escritos de Marcel Proust, en vez de adquirir la amari- llez del cerebral otoño para el que parecían haber sido for- mulados, se pueblan cada día de mayor juventud. La ori- Jinalidad del primer instante —es cierto— ha disminuido sus ángulos de penetración, pero esto mismo nos revela que un obstáculo más ha desaparecido en la aptitud del público pa- ra asimilarla y que, al humanizarse, no es la obra la que per- dió un solo punto de su interesante avidez, sino la humani- dad la que se enriqueció con una nueva y preciosa conquista de la moral, de la psicología y del gusto. En tal sentido, todo el oscuro rencor que esconde el grito romántico de Juan Ja- cobo, se aclara. “Volved a la naturaleza” gimen los perso- najes artificiosos del Emilio, de La Nueva Eloí- sa y de las Confesiones, en tanto que los hombres que no han salido de ella, Montaigne por ejemplo y Proust —Proust sobre todo— parecen decir, a través de las dificul- :ades de su obra: “Ascended al arte.” Si hubo alguna vez autor interesado en escribir para una tercera o para una quinta lectura, ese autor fué Proust. Ácos- tumbrado por la enfermedad a exigirse a sí propio una atención tan prolongada como escrupulosa, el hábito de esta paciente penetración de la inteligencia en el pasado de las sensacio- nes tenía que conducirle a esperar de los demás la misma lentitud activa, el mismo silencioso dominio. ¿Qué importa si tan difíciles virtudes no suelen presentarse juntas, la ma- yor parte de las veces, en el sector más numeroso de los lec- 29
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Aniversario de Proust tores contemporáneos? Nacida de una voluntaria integración al concepto del tiempo —ese espacio ¡deal de los sedenta- rios— la obra de Proust procura, no obstante, sobreponer- se a él en cuanto a sus efectos artísticos y, cuando lo logra, es porque no se ocupa, a diferencia de los novelistas tradicio- nales, en consignar sus resultados en el balance de ciertos capítulos, sino en crearlos constantemente a través de la perspectiva incesante de la novela, Pero este mundo hermético en que Proust desarrolla sus investigaciones y fuera del. cual se asfixiaría, por ausencia completa de irrealidad, ha tenido un doble efecto: le ha res- tringido la curiosidad, pero se la ha conservado: le ha dis» minuído lectores, pero le ha preparado críticos. Del autor que se entrega entero en la sola emisión de una lectura ¿qué podría el crítico sino aconsejarla... o reprimirla? Y esta dificultad de entregarse, que constituye el mejor atractivo en la obra de Proust, él fué el primero sin duda en com- prenderla, al descubrir el largo proceso de cristalización que Odette necesitó realizar, en el deseo de Swann, para obte- ner su ternura. Desechada al principio, comparada después con la silueta de un Botticelli que le disgusta, lo que la sal- va en el espíritu de su futuro amante es precisamente la resistencia, la repugnancia espiritual que el parecido, al des- agradarle, coloca entre la novedad de su capricho y la conti- quidad de sus preferencias. Al revés de los psicólogos vul- gares —que hacen derivar el amor de la simpatía irrazonada del primer encuentro— Proust lo constituye a favor de una serie de razonadas antipatías entre las cuales. naturalmen- rt
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Motivos te, los celos ocupan el primer lugar. Así su obra no fatiga a los que inicia sino para recompensarlos con el deleite de un descanso mayor. ¿De un descanso? ¡Qué peligrosa palabra y qué injusta cuando se advierte el enorme trabajo de tensión espiritual que costó cada página de esta epope- ya de la psicología contemporánea! Por eso la publicación del volumen de trozos escogidos de Proust que acaba de ha- cer la Nouvelle Revue Francaise, bajola dirección de Ramón Fernández, me parece, a pesar de las razones de rápida difusión en que se funda, una iniciativa poco feliz. Magnífica en ciertos autores —como Valéry— la ides misma de seleccionar a Proust resulta ingrata, tan in- grata como esa costumbre que, en el territorio neutro de las academias de piano, abrevia las composiciones de los grandes maestros con el pretexto de divulgarlas. De los dos procesos en que se descompone la adap- tación de una obra musical (mutilación, primero; simpli- ficación técnica después) los Morceaux Choisis de Proust no se hacen, a primera vista, responsables en igual proporción. Aunque altera la totalidad del conjun- to, la selección de Ramón Fernández cree haber respeta- do su calidad por el solo hecho de no romper la belleza in- terior y difícil de cada uno de sus fragmentos. Pero este respeto —que sería real aplicado a las porciones de una antología poética— no atenúa en ningún sentido la violen- cia de la presente mutilación, Cortar no es sólo, aquí, ro- bar cantidad al todo, sino disminuirle calidad, puesto que la licencia permitida en las artes plásticas —cuvas realiza- PA
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Aniversario de Prousl ciones se entregan de un solo golpe, fuera del trempo, en una presencia total de cualidades tónicas— resulta inad- misible en el terreno de la música y de la novela. ¡Cómo se- leccionar, en efecto, la labor de un Dostoiewsky, de un Bal- zac, de un Dickens, sino es escogiendo, precisamente com pletas entre su repertorio, una, dos, o tres obras preferidas? Y si a esta condición vital indivisible del género noveles- co, añadimos la intención musical de Proust, su tendencia a relacionar las figuras —a través del curso invertido de la memoria— por especies de leit-motivs wagnerianos, se com- prenderá que la circunstancia de respetar la integridad me- nuda de los fragmentos, aligerándolos sin embargo de la profundidad de la conciencia en que el antor los intercaló, no puede servir de excusa al acto mismo de mutilarlos. Aun arrancados del cuadro e de la escultura a que per- tenecen, una cabeza de Franz Hals, un brazo de Donatello, un árbol de Velázquez seguirán siendo invariablemente, pa- ra la crítica, Velázquez, Donatellos y Franz Hals. Pero un trozo de la novela de Proust —el admirable trozo de La Re- gar dant Dormir por ejemplo— no es ya Proust, por la misma razón, absolutamente obvia en psicología, por la que un acto cualquiera de Charlus, de Swann o de Alber- tina, no son jamás considerados por Proust como indices reveladores de un espíritu invariable, sino como simples puntos de apoyo de una línea de cuyo trazo completo sus vidas están hechas y a semejanza de la cual quisiera tam- bién estar construído el tiempo milagroso que las repite. ¡El tiempo! ¿Qué otra cualidad, entre las infinitas de » >»
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Motivos Proust, podría superarlo en aptitud reveladora? Quien no advierte el trágico juego de equilibrio que cada uno de los personajes de A la Recherche du Temps Perdu está desempeñando sobre esta cuerda floja, quien —para publicar un volumen de trozos escogidos— se atreve a cortarla, a trechos, con peligro de que una brusca sacudida los lance a todos, revueltos y destrozados, al abismo, o no ha entendido el verdadero alcance científico del procedi- miento que admira o no advierte, en realidad, el milagro que significa para el arte. Establecer, por eso, huecos y cortes en la obra de Proust no es sólo abreviarla, sino, también, simplificarla. Quitarle la lentitud del majestuoso andante en que se desarrolla es suprimirle, en efecto, una dificultad técnica. Es decir, equivale, en música, a sustituir las fugas de Bach por un álbum que contuviera los temas melódicos que expresan o extractar el canto de un Preludio de Chopin, dejando en la sombra el acompañamiento —profundidad y volumen— que le sirve de apoyo. Si la selección de la Nouvelle Revue Fran- caise sólo añade a Proust la rapidez que no quiso adop- tar, el libro de Ernst Robert Curtius, cuva traducción france- 250
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Aniversario de Proust sa llega al mismo tiempo a mis manos, arroja sobre el autor de La Prisonniére una claridad admirablemente lúcida. Escrito en 19929, publicado en Alemania en 1925. se anticipaba ya a los estudios más completos que la obra de Proust ha incitado entre los críticos. La más rá- pida lectura nos revela, por otra parte, que no contento con precederlos en la cronología, Curtius ha sabido también, casi constantemente, precederlos en el mérito. ¡Qué lejos estamos aquí de la precipitada opinión de André Gide en Incidences y del extenso, pero delgado análisis, de Léon Pierre Quint en Marcel Proust: Sa Vie —Son Oeuvrel Apenas si el artículo de Benjamín Crémieux, en XX eme.—Siecle, le es comparable en la precisión de ciertos juicios. Y, aun en estas coincidencias —en las que, reconozcimosle. más de una vez fué Crémieux quien insinuó el camino— Curtius ha encontrado una opor- tunidad preciosa de reconsideración y de perfeccionamiento. Dividido en veintiocho capítulos breves, su libro abarca ca- si todas las direcciones del espíritu atormentado y minucio- so de Marcel Proust y, principiando con el esbozo de su bio- grafía, termina con el análisis del platonismo que, a través de las porciones más acusadas de su obra, descubre. Como es lógico un estudio tan inmediato, los ensayos más per- fectos del volumen son los que consagra al estilo y a la sensibilidad del autor. Los que permitirán. en el futuro, ma- yores y más delicadas contribuciones, aquellos en que se acerca —tímidamente— a los problemas esenciales de la sexualidad y del relativismo. ”i nu ;
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Motivos El estilo de Proust... ¿Cómo es posible que, a pesar de su temperatura en constante presión, haya habido un es- critor de gran talento (*) capaz de equivocarse hasta cali- ficar de paralítica la movidisima acción de su nove- la? Si hay algo animado y ágil en el mundo no es por cierto el cadáver en que la vida del paralítico se desarrolla —pero sí su imaginación. En tanto que la del hombre de activi- dad normal se adormece, se paraliza en la inquietud misma con que los hechos la desdeñan, la del paralítico —la del recluso, en el caso de Proust— florece con una súbita y ca- si monstruosa vitalidad. Sólo un análisis superficial creería inerte el cultivo de acciones apasionadas, intensamente dra- máticas, que hierve en A la Recherche du Temps Perdu. Como de una infusión orgánica de laboratorio puesta a macerar para una experiencia de fisiología, suben de pronto hasta la superficie de este líquido en aparente cal- ma, algunas burbujas —algunos hechos— en que la acción interior estalla con violencia. La maestría de Proust consiste, por consiguiente, en no revelar nunca el hecho esencial sino a través de la unidad escrupulosa de los incidentes que lo preparan en el ánimo de cada personaje o que lo continúan en el lector. Con objeto de expresar mejor esta idea, diré que, para Proust, no hay, ni hechos especialmente esenciales ni momentos especialmente dramáticos. Todos lo son, a su juicio, porque todos presentan una igual superficie de estímulo a su sen- (*) Ortega y Casset: Ideas sobre la Novela, pág. 126.
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Aniversario de Proust sibilidad. Su mirada, que participa a la vez del poder del microscopio y del anteojo de larga vista, hace, con un pai- saje, una miniatura y al revés: un simple ramo de lilas le proporciona la ocasión de pintar un fresco de proporciones 9igantescas, La transición pragmática que dirige en un solo sentido la acción de otras novelas —las del mismo Stendhal, al parecer tan gratuitas y sin propósito definido-— no se pre- senta jamás en Proust. Cuando un hecho precede a otro, a lo largo de su novela, no es porque el primero prepare el segundo con la intención de lograr un efecto, sino porque el más reciente continúa al más antiguo, merced al impulso del tiempo que los relaciona. Y esta carencia absoluta de sen- tido práctico —que, en la vida real, hacía del trato de Proust un motivo de constantes delicias— embellece su obra y es la cualidad más noble de su estilo. Toda la literatura de Occidente sufre, en efecto, de un atormentado prurito de demostrar y, por avidez insaciable de convencimiento, tiende oscuramente a la elocuencia. Algo semejante ocurre con la música, en cuyos más suaves rit- mos los orientales adivinan siempre un tiempo de marcha y un belicoso anhelo de conquista. (*) El atractivo que los lectores advierten en el relato de Proust, la virtud que los seduce y que algunos no aciertan a explicar es, en (*) “Toda nuestra música, sin distinción, le produce al chino la im- presión de una marcha. Este hecho expresa, con superior acierto, la im- presión que el dinamismo rítmico de nuestra vida produce en el tao del alma china, que carece de todo acento rítmico”. Spengler: La Decaden- sta de Occidente. 20 T. nág. 25. 220
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Motivos el fondo, esta condición desinteresada de su espíritu. Nin- gún golpe más efectivo —n1 menos deliberado— recibió ja- más la elocuencia. Por eso huye de la descripción y la sus- tituye por una gradación característica de movimientos es- pirituales, cuyo procedimiento no consiste en reproducir la realidad sino en suscitarla, creándola de nuevo. “La mate- ria —dice en un luminoso párrafo de A la Recherche du Temps Perdu— es real sólo porque crea una expresión del espíritu”. Y, en otro fragmento, al analizar la vibración de un rayo de sol sobre la piedra mate del bal- cón de su cuarto, agrega: “Yo no veía un color menos opa- co; sentía como un esfuerzo hacia un color menos opaco.” De aquí que la precisión más frecuente, en el estilo de Proust, sea una precisión metafórica. Advertido de la ficción que el acto mismo de describir un objeto implica, cuando quiere ceñir el hecho que le interesa, se aparta de el y, de lejos, lo laza con el nudo corredizo, pero inviolable, de la metáfora. Nadie ha comprendido mejor esta astucia de artista que Middleton Mu- rry cuando afirma: “Try to be precise and you are bound to be methaphorical.” ¡Admirable lección de claridad para los críticos incomprensivos que, como Henri Massis, hallan os- curo el sentido de su autor que no buscó jamás intenciona- damente el obstáculo de la novedad! En donde Proust se separa de sus imitadores, superándo- los, es en el punto en que la metáfora deja de ser una ex- plicación y se convierte en un ornato. Causa asombro ver lo poco que sus libros, a primera vista tan recargados, contie- nen en el fondo de puros útiles ornamentales; es decir, de 29(
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Por el Camino de Proust bellezas sobrepuestas. Cualquiera de sus páginas desplaza mayor cantidad de cultura y de exuberancia poética que el más trabajoso relato de un Morand o un Giraudoux. ¡Qué importa! Lo único que esta circunstancia comprueba es que hay espontaneidades más ricas que el más rico artificio.— Jaime TORRES BODET POR EL CAMINO DE PROUST PAGINAS DE AZUELA - ESTRADA - GOMEZ PALACIO - GONZALEZ ROJO - ORTIZ DE MONTELLANO y TORRI ¡QU voluptuosidad y revancha descubrir, for ejemplo. | el Atlántico el año de 1928! Y todas las tierras vir- genes. Contra la erudición y la crítica, violadoras estériles y madres del hbro imposible. Marcel Proust llegando quién sabe de dónde, quién sabe cuándo. Como un choque de retrocarga. Refulsión, antipatía, necesidad biológica de evasión inmediata. Pero el nombre queda y la indecisión y la angustia no se van con las páginas arrojadas lejos. Buena señal. Asi con Ibsen, con Dostoiewski 01
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Motivos y otros. El Valor crea sus valores, rodando sobre valores. Y la sensibilidad burguesa se defiende y defiende sus sagrados derechos a la digestión fácil, a la circulación rítmica, al sue- ño beato y contra la insolencia del intruso. Mientras, el en- canto frosigue en la sombra. Hasta el día en que el libro vuelve a las manos. Á una fágina sigue otra página, a un vo- lumen quince monumentos de tipografía apretada y menuda, sin un claro, sin un resquicio, sin respiración. Y he ahí que al doblar la última fágina, for fin, fara le- vantarse del pecho la lápida, toneladas de flomo, fara res- pirar la santa vida de Dios, se enrarece el aire al brotar las lágrimas y se siente la sufrema desfedida y lo irreparable, Como tristeza de viejo que no supo recoger los tesoros que le frodigaron a lo largo del camino, for imfrevisor, for in- disciplinado, for impaciente. Y en el nudo donde se ataron la cola y la cabeza de la serpiente cuaja el rocío, forque no será otra vez la fristma impresión del descubrimiento de un universo virgen; cuando más, acaso, la meditación serena del microcosmos de un hombre, de una época, de una cultu- ra.—Mariano AZUELA E ninia de su frofro sueño, va arreglando el fiche- ro del tiempo —berdido— con el análisis de sus fnzas de brime. uy
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Por vcami]no d: Proust Amanuense del ensueño que le dicta el sueño, sus ma- terrales son infinitos for incoercibles. La concreción es cons- tante, precisamente for salida de la bruma, como una nube nos puede dar, en focos momentos, toda la lotería de figu- ras: el elefante, el árbol, el palacio, el sepulcro. Taguigrafía del esfiritu. Se ha dicho que es un atormentado buscador de la ver- dad. La verdad es que se recrea en la anatomía del recuerdo: desde el recuerdo de la mentira hasta el de la ciencia. Amon- tona la imprecisión con tántos datos concretos: examen de nubes. Se fierde la cuenta cuando se cuentan las estrellas. La imaginación de Proust es la más cercana a la realidad. O al revés. La historia vivida, cuando la explica la subcon- ciencia, se vuelve novela, El andlisis del esfíritu ¿no os ha- ce dudar de vuestras más claras realidades? Todo en su obra es la fropía fresencia en discusión con el autor. De nada os serviría pensar —los muy listos— en que os va a guiar en la lectura de la obra froustiana el viejo truco de la clave: el autor os entrega la lave desde el pra mer momento. No hallaréis sino el cuarto oscuro, dentro del cual sólo el que sueña, buede ver claramente. 24
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Motivos Sin embargo la revelación del complejo es transparente. Transfarente dentro de las apretadas hojas con que se tute el gran árbol del fárrago. Proust; receptor delicadisimo de perfección científica, transmite en pulsaciones irregulares de punto y coma, con el evidente dolor de la obligación. Su sentido mórbido de percibir las sensaciones, hasta aquellas que parecen mapre- hensibles, ¡ilumina todos sus instantes, hasta que le baja la sombra de la transmisión obligatoria. De Boileau a Proust ¡qué gran lección de Francia so- bre la evolución del espiritu, para los admiradores de la teoría de Victor Hugo! Entonces el arte de Marcel Proust ¿buede encontrarse y ser fijado en esas discordancias aparentes con que reune, en su largo discurso, las más heterogéneas ideas? Fácil- mente eso fuede señalarse como un procedimiento: pero los procedimientos interpretan las normas, las normas valen tan- to como decir la ley y la ley del escritor es el mandato del arte. 294
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Por e - Camino de Proust Define su arte como de sensaciones involuntarias. Nada más sujeto a la voluntad, sin embargo, que este imponerse del complejo, que esta facultad de examinar una for una las arenillas del sueño y de saber mantenerse en el estado invo- luntario. La crítica, esta enfermedad de análisis premeditado, que caza ángeles para su gabinete de teratología, ha acabado for confeccionar el hábito froustiano. Paul Souday dijo: oscu- ridad; Gabory: difusión; Mechin: sinfonía; Pierre-Quint: epopeya. Me acojo al sentido de Pierre-Quint, porque Proust, barajando los tiempos —terdidos, encontrados— ha escrito ya la fequeña éfica de esta éfoca sin epopeya, perdida en el maquinismo—y sus troblemas sociales. ¿Difusión? Sí, como frocedimiento de confusión, que no es nido de urraca, sino caos cósmico de donde va brotando la lucecita de la creación, que luego se enciende en soles y va alumbrando, uno a uno, los episodios, hasta ser la pro- yección fiel —mtolerable— de la verdad. Cazador de la ver- dad tor la selva sin veredas. Explorador de ritmos de la vigilia. E
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Motivos El fensamiento tiene la capacidad del desdoblamiento fa- ra situarse, simultáneamente, en los más ofuestos extremos. Tesis y antítesis sin un temblor en el pulso. La prueba y la réplica, sin segunda instancia. Para buscar la verdad —esa obsesión— se vale de un sentido extraño, del amor y de la amistad, usando de su sis- tema analítico que a veces la interpretación puede traducir por egoismo. Se cansa —y nos cansa— con ese sistema ¿estr- lo? tan parecido al del hombre de ciencia, al del lógico con imaginación. Nada menos frevenido fara la originalidad. Y sin embar- go... Pero es que su obra tiene todo el aparato del silencio, o mejor, de la soledad.—Cenaro ESTRADA (A UTORES de la magnitud de Proust son indispensables y abarecen fatalmente en étfocas de agotamiento de las escuelas. cuando los temas, Y sobre toda los brocedr- 206
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Por e. Camino lic Prous: mientos frofios de un Romanticismo, o de un Naturalismo, no son más cafaces de encanto. Proust crea entonces un Su- ferrealismo que atrae foderosamente la atención; es más, su acción es más honda: que desfierta, que endereza el tron- co de la literatura. Zola, Bourget, no nos habian dado sino meras generalidades sobre los objetos; Proust, sí es andlí- tico, desteje, anatomiza los componentes de toda idea y lo hace hasta lo inconcebible, de manera insospechada antes de la aparición de su sistema. Quien no lo haya leído, no fue- de estar al tanto de la actual estética de las letras. Su estilo; su actitud de franco azoro ante las cosas (que hace recordar, a mí al menos, a cada faso los de Dante), funda y embellece la superabundancia y exactitud de sus da- tos, que sin aquella condición serían verdaderamente mto- lerables. Tiene, aparte esto, recursos de novelista supremo, y así aprendemos a conocer y a sentir a Odette, esa otra Bovary, sin que el escritor allegue una sola fplumada en su trazo, smo que simple y limpiamente se refleja en la tfro- pia psiquis del autor, y como a su pesar, Ya se ha dicho que los escritos de Proust no dejan hueco ni intersticio alguno fara la entrevisión de lejanías; su rela- to es plano, mate, el alma del lector no debe traspasar la tupida uniformidad de la última forma for la que fermanece presa del arte creador, sin ir ni más acá ni? más allá de la intención del artista. Aspiración y resultado altísimos, que rompen definitivamente con el Simbolismo de ayer fara cons- truir una nueva disciblina-—Martín GOMEZ PALACIO 247
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Motivos D: mí sé decir que nada me imfrestona tanto como ese es- tilo exuberante y contínuo de Marcel Proust. Otros po- drán fensar en la excelente concepción de su obra, en la me- moria y el análisis, en el tiempo y la distancia. Pero yo, en este momento, me quedo en el estilo y en el detalle del estrlo. Más que su brillantez, me seduce su continuidad, sucesión numérica y sistemática. No es frecisamente lo nuevo pero ya comienza a ser lo clásico, Nr en las tormentas, dejan las olas de venir una tras de otra. Es un juego, for lo visto, antiguo y ordenado. Ahora que, siendo yo un niño, lei la descripción de un martirio for medio de la caida lenta y sucesiva de una gota de agua sobre la frente de un hombre. Las primeras impre- siones de la victima fueron de fureza, de frescura. Más tar- de, cada gota farecia un mazaso dado sobre el cráneo, sobre el cuerfo entero. Asi Proust.—Enrique GONZALEZ ROJO PROUST EXPLORADOR.—Construye su novela —selva virgen abierta a golbes de lhuz— como las rocas se es- tratifican, en ordenado desorden, acumulando filtraciones y va- forizaciones de un infinito número de gotas de agua. Es un » Ox
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Por »1l Camino de Proust explorador de mar y terra. Suprime de sus libros el índice para obligar al lector a la aventura. PROUST MATEMATICO.—Sin grincipio ni fin, el es- pectáculo de su novela es infin to. PROUST ESPECTADOR.—Con la frofunda, atenta, mí- nima observación de los movimientos de su curiosidad para sí mismo, espejo de todos sus fersonajes, advierte la esencia de la vida for el ojo de la cerradura de su sensibilidad como el espectador en el cinematógrafo for venir. PROUST FILOLOGO.—Reduce, investigador, el género de las palabras a su especie ínfima, Usa las palabras ropias a la estirpe espiritual de los interlocutores. Una fra- se (C'est vrai) dicha for Odette y for Albertina alcanza a Proust fara descubrir el secreto espiritual acumulado, en ellas, por muchas generaciones anteriores. PROUST ARQUEOLOGO.—No inventa personajes. Se re- construye a sí mismo. — PROUST ESTILISTA.—En la frofusión cósmica de su estilo vertebrado como los anteojos marinos —un cilindro dentro de otro, movibles— para desmenuzar la distancia cla- sifica y gradúa, sin separarlos, lo incidental y lo verdadero del relato tramando el gobelino de una sola novela en varios tomos “comme une machine qui, empechée de changer de place, tourne sur elle-meme”, SENSIBILIDAD DE PROUST.—El universo de Dosto- yewsky rueda de la luz a la sombra, del misterio a la razón, tocando apenas, sin detenerse, la zona de penumbra. Este lí- mite de sueño y subconciencia lo Nena Proust con su enorme 99
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Motivos sensibilidad poética. La penumbra es su atmósfera. Penum- bra frecisada en sus recuerdos, vencida for su sensibilidad. Swan, más que a Odette, ama la penumbra de los celos, PROUST ASTRONOMO.—Reconstruye la amplitud del cielo con un microscofio.-—Bernardo ORTIZ DE MONTE- LLANO M 199 que evoca fara nosotros en el humo de sus fu- migaciones su vida mundana; nuevo Orfeo que intré- pido y tenaz vuelve al Orco del olvido en busca de las som- bras amadas, de la Euridice incorruptrble y resplandeciente, de las horas vividas; que en insistentes tentativas acuba for crear fara regalo de nuestros sentidos e inteligencia, una realidad exuberante, lena de cambiantes reflejos, con per- durables y acariciadoras resonancias, flena, multiforme, total. A las gentes que han desempeñado gran papel en nues- tra vida acabamos for agregar, en el recuerdo —con la huella de lo que más hondamente remueve nuestra sensi- bilidad y agita nuestra inteligencia—, los fersonajes de A la Recherche...: la duquesa de Guermantes, hada mundana llena de sutileza, tan femenina ante la pa- sión que Marcel abriga for ella, como real en su misma 200
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Por " Camino de Proust indolencia fara servir a los demás. El barón de Charlus, alma medieval con tara de extraños gustos; famoso tipo for sus pasiones, su impertinencia frincipesca, sus cortantes ex abruptos, su calidad exquisita de arbrter elegantiarum en los circulos más exclusivos e inexpugnables. Madama de Villefarisis, gran señora a quien no se recibe: y el Embajador Norgors, concefptuoso y trivial, residuo en último término de muchos gloriosos hombres de estado. La abuela, tan humana, tan gran corazón, tiene algo de homérico en su na- turaleza. Sólo viejas familias burguesas suministran en frovincia esos admirables ejemplares de señoras que resu- men en si tanta experiencia y tanta bondad. Y Swann, In» teligente, certero crítico en achaque de arte, que exorna sus sentimientos descubriendo en Odette ademanes y actitudes de las ondulantes figuras de Botticelli, el pobre Swann vr- virá las horas más patéticas en este tiempo evocado. En Proust sentimos, al frecisar un modo de saludar gro- pio de Sant Louf, o al individualizar una suerte de ingenio privativa de los Guermantes, que nos extraviamos, que fmna!- mente ferdimos el hilo vago que nos guiaba, que hemos em- barrancado en el formenor singularmente engrandecido for una lente maravillosa, iluminado for intensisimo reflector. Pero luego reanudamos el camino ágilmente; de nuevo tor- namos a orrentarnos; todo vuelve a desflazarse y a animarse; los personajes se desenvuelven en direcciones imprevistas; evolucionan no sólo en el gflano social, sino que también se mudan en su naturaleza íntima bajo el influjo de ciertos seres (de Odette, en el caso de Swann; lejos de Rachel, a 01
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Motivos propósito de Saint Lout). Y así se va desarrollando la ac- ción, con lentitud pero sin reposo, en una especie de polifonía wagneriana; y el alma del lector se anega en algo como de- lente musical. Este ritmo en Proust, en que se esclarecen todas las complejidades y se revela hasta lo mediumnímico que es aún la expresión del rostro menos vigilada for la con- crencia, este ritmo, repito, me farece lo más parecido al de la vida misma, que recuerdo en libros modernos. En este andar sin fremura y sin descanso, se va descubriendo en efecto una enmarañada madeja de móviles en el menor acto, y sondeando frovechosamente en las voliciones de los hé- roes. Nada es casual en el mundo froustiano. Aun la errónea fronunciación con que la Cambremer cita un apellido brocede de la imitación de alguno a quien la s no b tro- vinciana creyó enterado de las bogas farisienses. Lo inde- finible que singulariza una actitud habitual, una presenta- ción, es a menudo un signo atávico. La manifestación casi zoológica del contento en Cottard existe menos defurada en algún otro miembro de su familia, en el frimo René, verbi- gracia. Proust lo nota, lo apunta, lo consigna todo: siempre hay algo insignificante en apariencia, inconsciente en el su- eto, que lo revela y lo individualiza, y que lo relaciona con los suyos en las diversas generaciones. De nada afrovechan aquí los conceptos de real e ideal. La vida analizada de este modo resulta ser lo más bello y poético que fueda darse. Muchas páginas de estos libros mn- mortales encierran más foesía fura o de mejor ley, fara ser más exactos — que las obras completas de algunos ver-
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Por el Camino de Proust sificadores contemporáneos. Hay aquí, en efecto, un her- vir de sentimientos y pasiones de todo orden. De Marcel por Gilberte, for la duquesa de Guermantes, for Albertma; de Swann for Odette; de Saint Louf for Rachel; de Charlus por Morel; de la Princesa de Guermantes for Charlus ... Desde la hipocresia venal que implican los buenos modales hasta el misterio fatal con que un alma se siente atraída por otra; cuanto hay tras las relaciones sociales y en torno al comercio de los hombres, Proust lo tercibe y exhibe de modo incomparable. Nadie acaso ha estudiado desde Thac- keray fara acá, como Proust, el snobismo y sus pun- zantes y variados tormentos. Amistades, inclinaciones, smm- fatías, odios, sentimientos filiales de todos los matices y vol- tajes. Y un exaltado amor for la naturaleza, una comunica- ción intima con ella, revelados for toda la obra en gran variedad de farsajes, desde los jardines de ninfeas en el Vivonne hasta las marinas de Balbec, con tardes de formi- dables tormentas. Biblia de nuestro tiempo, clave fara entender el compl:- cado mundo moderno; alfabeto mágico que nos fermite leer en cerebros y corazones cuanto es posible hallar en ellos; Iliada de nuestra edad, refinadamente aristocrática, como la otra, y en que palpita y se afana toda una sociedad infini- tamente variada; bellos libros para ser gustados después de los tremnta años, cuando hay un gran deleite intelectual en ver descritas nuestras frofias experiencias, y cuando nues- tra sabiduria ha perdido ya su frimera gran batalla y confía en ganar la decisiva.— Julio TORRI 2:17
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En “Sanborr day frases que s. imponen cuando sc trata de »»lener obielos «wc calidad Y mérito al precio me deben darse. or esid razón, a nadie extrana oír “En Sattborns, ur supuesto”, poraue es en SATBORNS el úy.r donde se encuentra des los conforts de moco” TO "11 a ste. ieles le Pret JOML: es cenumarment Iriant! 44 E IE ler: NS Todo ae primer oraei como lo ameritan * se —- los Azulejos” muestra escogida clientela nd INCet,
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EDICIONES DE CONTEMPORANEOS ACABA DE APARECER LA ANTOLOGIA DE LA POESIA MEXICANA MODERNA EDITADA POR JORGE CUESTA UNA HERMOSA SELECCION DE LOS MEJORES POEMAS DE LOS MEJORES POETAS DE MEXICO PRECIO DEL EJEMPLAR $3 00 RED POEMAS EN PROSA DE BERNARDO ORTIZ DE MONTELLANO CON CINCO DIBUJOS DE JULIO CASTELLANOS PRECIO DEL EJEMPLAR $1.50 DE INMINENTE PUBLICACION : E. GONZALEZ ROJO ANTOLOGIA DE LA PROSA MEXICANA MODERNA CON ABUNDANTES NOTAS CRITICAS Y BIBLIOGRAFICAS SI UD. SE INTERESA POR ADQUIRIRLAS DIRIJASE A CONTEMPORANEOS APARTADO POSTAL No. 1811 MeEXICO. D.
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