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DEMOCRACIA ASIMETRICA
S queremos recoger una información útil acerca del desarrollo de los sucesos, habrá que investi-garlos ajenos a la patria y al hogar, desarraigados de nuestros afectos, como asentados. en una época demasiado lejana pero con relación inmediata al espacio que nos envuelve. Sólo así se perfilan claros, lu-minosos, con esa pureza de las cosas situadas más allá de nuestras solicitudes. Y, a la vez que nos liber-tan—porque señalan lo cierto—refieren el secreto de la pasión que hizo posible el equilibrio de una experiencia, acerca de acontecimientos relacionados a nuestro propio sentir. Nuestro propósito es apuntar un camino al que quede constreñido el deber cívico. Nos asomaremos al valor que algunos elementos jue-gan en nuestra realidad social y, elevada la reflexión por encima de episodios mezquinos, pesados detalles de carácter que imposibilitan para una visión de perspectiva, sabremos resolver sin sacudidas violentas y con la energía que surge de una revelación súbita, el misterio de la estructura de la propia naciona-lidad, su dificultad para constituirse y los ingredien-tes a que será necesario recurrir. Algunos de estos defectos no son esencialmente nuestros sino comu-nes a varios países de América. Hereditarios otros, pertenecen a la fisonomía moral de la conquista pues la sangre representa un papel fundamental, impone rasgos que facilitan reconocer la ascendencia. De aquí su importancia en la formación de los grupos sociales, el por qué de sus matices, de sus vicios, de su inteligencia. El conquistador, en el caso de México, representa el tipo de una raza que sabe soportar la dominación romana manteniendo su propia vida. Con los suevos, vándalos y visigodos conserva gran parte de su cultura y, por último, el árabe—que durante ochocientos años se adueña de la mayor parte de la península después de exterminar, con Rodri-go, la última sangre germana—termina disolviéndo-se en aquella España que imaginó dominar, dejando como resultado de su absorción, en su espíritu ava-ro a todas las adquisiciones, sus artes, su ciencia y su filosofía. No es por lo mismo un drama para los pueblos de América, como se ha querido asegurar, la sangre de España porque, en una raza que durante largas centurias, conserva sin perder en su espíritu, la expresión enérgica de su fe, de su capacidad y de
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B. J. Gastélum
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Democracia Asimétrica su naturaleza, no puede hablarse de decadencia. No quedó, después de la dominación del Islam, una sola Mezquita ganada a Mahoma sino que el continuo batallar cristiano sepultó para siempre el episodio trágico de la conquista. Si hubo algún error, por parte de España, en la difusión de su cultura en América, no fué ciertamente de raza, sino más bien de Historia. Puede decirse que, en la práctica de ciertos usos y modas—de los que nos ocuparemos después—es fácil reconocer a la antigua metrópoli, pero hay también que convenir que no hubiera sido diverso nuestro destino en manos de cualquier otro país europeo. Queremos significar que, de nuestra condición social, hemos sido y seguiremos siendo los únicos ar-quitectos. Ordinariamente se habla de pueblo. No hay incidente democrático que no haga referencia a él. De hecho no hay realmente pueblo cuando faltan, en la comunidad, propósitos que unifiquen, programas que realizar en común. El espíritu de país, no lo da el pensamiento como concepto, sino más bien depende, en cada caso, de la relación recíproca de las necesidades y satisfacciones de los grupos entre sí. Si no existe esta posición común, todo queda reducido a núcleos de hombres dedicados. en su interior, a la satisfacción de las necesidades domésticas y, en su ex-terior, a la obediencia ciega, o a la rebelión. Esta es la tragedia de México y de la mayor parte de los países del continente. Habrá que ver si este estadio de realidad social, implica sólo una ausencia inteligente
B. Jj vastélum de desenvolvimiento, o es una incapacidad física irre-mediable. lluminados los obstáculos, dejará de ser confuso ese aspecto mental nuestro, que se siente a cada instante irresoluto, entre un afán sentimental a una mayor suerte y la posesión de la técnica que patentiza una victoria sobre la magia. La fe es incidente físico. Indispensable porque liga el hombre al cosmos, se funda no en el terror—como se ha supuesto—sino en algo de la oscuridad que flota en algún rincón del universo. Tal sombra, que no agota-rá jamás la inteligencia, sirve de inquietud al pensamiento, lo angustia, lo hace ahondar más, descubrir o aclarar cada día un nuevo misterio. A medida que un pueblo pasa de la fe a la desconfianza, hay más civilización: es más país. En esta proyección, al hablar de fe, no nos referimos al sentimiento religioso (la religión es proceso que acompaña a las grandes cul-turas) sino a la fe que se otorga a los otros meneste-res de la vida y, esencialmente, a la creencia política. Es por tanto esta fe una especie de claridad súbita que democratiza a todos los hombres; en la práctica, todos nos sentimos iguales porque aparente-mente los rasgos varían poco en el espíritu de los hombres. Incapacitados para toda labor crítica, aten-demos a las realidades inmediatas. descuidando la visión de conjunto—que da el tono y la capacidad— surgiendo la duda hasta el instante mismo del fracaso. Antes, imaginábamos que los métodos no tenían significación, que no formábamos parte de ningún
Democracia Asimétrica sistema. A esta magia se encuentra asido el criterio individualista que distingue a las sociedades primiti-vas y que hace que el hombre perezca con la mayor facilidad cuando se trata de un asunto que le concier-ne, pero que no le da el criterio ciudadano, la responsabilidad en el común sentir. Este valor perso-nal—que nos enorgullece con frecuencia—es el que, desde un aspecto elevado, nos disminuye como nación. Uno de nosotros se decide a perder la vida por una causa baladí; en cambio, no sabe sacrificarse por un gran ideal, por un gran proyecto que com-prenda la comunidad. El hombre que sólo responde Hor sí mismo, es de lo más elemental como factor en el orden de las comunidades. Desde el punto de vista social es el negro del Africa o el semi-civilizado de las tribus del Asia. La posesión de un deber que se extiende más allá del individuo y de la propia familia ocasiona una reacción a nombre del grupo y esta reacción distingue al hombre de cultura verdaderamente elevada. Cuando se le encuentra con frecuencia, formando la mayoría de una comunidad, se puede hablar de país, de nación: entonces existe una entidad política. En otra forma, hay que considerar sus núcleos como agrupaciones aisladas, elementos sin historia, pueblos sumisos a un hombre superior. Lo decisivo, como factor de unificación espiritual, es situar—frente a los diversos grupos étnicos que constituyen la nación—el mismo paisaje, darles
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B. J. Gastélum el mismo tono, entonar idéntica melodía. Mezclar con la raza, otras razas superiores en estirpe. No con-tinuar cultivando como plantas valiosas aquellos sec-tores de especies que no guardan ya ningún mensaje para el porvenir y que representan un grave estorbo a toda labor de altura. Lo que no edifiquemos en esta dirección. no es mexicanismo bien entendido, sino posición inconsciente frente a una realidad que nos devora. La desintegración mental que aqueja al país se debe, en su esencia, a la falta de un proceso de incorporación racial iniciado a partir de la inde-pendencia. Hemos perseguido al español y, en gene-ral, al europeo a nombre de un patriotismo absurdo y, siendo el conquistador el único elemento racial se-lecto con que contábamos, desconocimos que la única forma de acrecentar un linaje. es el cruzamiento con estirpes superiores y que mejorar la raza debe de ser, en los pueblos de América y esencialmente en México, la preocupación fundamental. La capacidad de un país, su importancia, su sino, depende antes que de otra cosa de la capacidad de su población: no hay rango posible, ni papel histórico apreciable con ideologías de nexo primitivo. Con la multiplica-ción de las especies inferiores o el estancamiento de las más valiosas se amenaza la existencia de una nación y se compromete su naturaleza a una irreme-diable decadencia. La biología no sabe de idealidades democráticas que no sean la confirmación, para la especie humana, de lo que hace largos años viene prac-ticando en el resto de los seres. A nadie se le ha ocu-rrido, si no es para un fracaso, mejorar los ejemplares de un género ayuntándolos con individuos de insignificante linaje. Para alcanzar una estirpe selec-ta necesitamos una revalorización inteligente en los métodos educativos puestos en práctica con las clases indígenas; y en los errores de sistema para esti-mular una población laboriosa. La escuela sola, con la que, hasta ahora, hemos pretendido resolver el problema de nuestra cultura es ineficaz. Lo que ella hace deberemos completarlo con el ejemplo que dé en todos los lugares una inmigración escogida. Im-portar buena simiente equivale a nulificar ciertos as-pectos peligrosos de nuestro medio y que tienen su rai-gambre en una oscura y feroz ascendencia. Debe por lo mismo formar parte de una política sabia, termi-nar con el aspecto de beneficencia que revisten algunas de nuestras actividades sociales mediante las cuales se protege al mediocre, al vicioso y al insignificante. Para hacer un gran país no debe haber más programa que la verdad, y ésta vale tanto más, cuanto mayor es su eficacia. Necesitamos desentendernos de aquellos ritmos que no pretenden sino conmover los espíritus, presentándoles un panorama ajeno a la expresión íntegra de la realidad. Remover las rivali-dades de individuo a individuo que imposibilitan toda acción de conjunto y que no son, en el fondo, más que el antiguo despertar de los antagonismos atávi-cos que fueron aprovechados, en su tiempo, por los conquistadores. Para que los hombres se sientan uni-dos por un mismo ideal y puedan realizar una grande obra es indispensable, además, hacer que la idea de disciplina trate de relacionar, en un todo armóni-co, las capacidades más diversas. Que la inteligencia dirija y que sea ella la que lleve el peso de los sucesos. La idea de igualdad, en un país que carece de clases claramente diferenciadas, dificulta las grandes iniciativas y compromete aún los triunfos en apariencia más seguros. Establecer voluntariamente una je-rarquía de aptitudes y emularlas, implica en cambio un criterio real de responsabilidad en el sentir público pues pasa de la improvisación a la técnica y, de la fortuna, al trabajo laborioso. Pero en una comunidad que prescinde de estas diferenciaciones y en la que no se estima la eficiencia, por considerar a todos los hombres igualmente capacitados, todo queda des-tinado a una derrota segura. Este error de organización social se advierte hasta en los detalles más ni-mios de nuestra vida pública: se escala un sitio distinguido con la posesión de un proyecto y no se sabe—porque antes no se había reflexionado en ello— a qué personas será necesario recurrir para llevarlo a término. No basta alentar un noble empeño si no se encuentra la colaboración indispensable para articu-larlo a la vida. En la proximidad de estas dificultades es cuando se estima el efecto aniquilador que tiene pa-bl 7
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Democracia Asimétrica
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B. y Gastélum
Democracia Asimétrica ra toda labor importante una igualdad artificiosa. Frente a ella surge el desconcierto y, en la elección de personas, la simpatía o la ventura sustituyen a la pericia o al talento. Así es explicable que el criterio mejor templado fracase; que no se planteen proyec-tos incitadores de grandes empresas que comprome-tan la economía pública. Sin estas coyunturas que fortalecen el sentido de la convivencia y desenvuelven la disciplina, haciendo a cada quien desempeñar parte de un trabajo sujeto a una dirección más alta, no puede haber grupos que sean, dentro de la estructura de la nación, exponentes de actitudes bien elaboradas. Todas ellas reunidas podrían en cambio, dibujar, como manifestaciones orgánicas, las inquie-tudes y necesidades del pueblo, ya que sobre ellas— expresión de una función natural que da vida y mo-vimiento a la comunidad— se injertan los ideales políticos que, como un arte de complicada técnica, eje-cutan la rapsodia que comprende los tonos mágicos de la masa.
Ahondando de esta manera la fisiología del país, a fin de que la inteligencia perciba cuál es el padeci-miento que imposibilita su integral desarrollo, el espíritu crítico ciudadano vendrá a sustituir, en la va-loración de los sucesos, la indiferencia o el afán utili-tario con que, hasta ahora, se ha distinguido la comunidad mexicana. Alcanzar este propósito con des-interés. equivale a dar principio al cincelado de la es-
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J Gastélum tatua del solar, confirmando que éste existe como estado. Para el espíritu moderno, la civilización es la re-sultante de la capacidad de una energía tenazmente perseguida; vale por la estirpe de la raza y por lo que lleva, en sí, de impulso creador. Esta habilidad que se afina por la suma de beneficios que recibe el conjunto, es ineficaz como apología de una especie que no se afirme en una arquitectura superior. Por eso, mientras no compruebe que ha adquirido la men-talidad de usos selectos, hay que poner en duda la civilización del grupo y nosotros nos hemos empeña-do en adiestrar las manos, aferrados a la doctrina de que con matizar el ambiente, darle un nuevo color, encendemos en las almas un orden más elevado de pensamientos. Amaestrarnos en determinados aspec-tos no es mejorar interiormente el valor de la existencia. Los problemas de confort obedecen a una autén-tica necesidad espiritual; imitarlos, es signo de infe-rioridad y aún para esta imitación no nos hemos ma-nifestado lo bastante diestros. El día en que esta-blezcamos una proporción de nuestra posibilidad imi-tativa en relación a los demás pueblos, nos encontra-remos ocupando un sitio muy secundario: el Japón ha alcanzado más prosperidad en menor tiempo que nosotros. Hay que reconocer que, para reproducir cualquier aspecto civilizado, manifestamos menos pre-dilección que para destruirlo: desconocemos la audacia para el descubrimiento fecundo y somos lentos en la
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Democracia Asimétrica imitación productiva. Todo ello no habla en favor de la ascendencia. Es necesario perfilar estos detalles para prevenir y orientar por mejores rutas el interés hacia aquellos factores que han retardado el progreso de integración. Por ello se trabajará con acierto cuando con empeño se enriquezca la sangre que da el rango de la raza, es decir, que señala su sino. No hay duda que la estructura política, diversa a la social, expresa fundamentalmente la altura de la comunidad. El matiz social corresponde más bien a la estética de la existencia; forma el marco donde se desenvuelve, señala los límites, la suavidad de color, la intensidad del tono. Constituye en último término una especie de melodía que ensordece las manifestaciones de regre-sión que lleva cada ser; humaniza la pasión, doma el deseo; es el tránsito perenne entre un estado eterna-mente primitivo a otra edad superior. La vida política es una manifestación de más hondura del grupo, caracteriza mejor su naturaleza, su sentido; como sale de lo episódico encarna el aspecto orgánico del estado de su vivencia. No nos referimos en este momento al sentido político que supone toda opresión fé-rrea y que requiere para su conservación y desenvolvimiento aún las más insignificantes unidades huma-nas, sino al que se considera como exponente de la voluntad colectiva; al que se muestra como capaz de modificar sin actitudes violentas las normas esenciales de las instituciones. Mas, para alcanzar esta
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Gastélum cima, no hay que resignarse a las motivaciones his-tóricas que han sufrido las comunidades escogidas. Habrá que conseguir, por medio de la técnica, la bre-vedad en tiempo necesaria para la elevación de un estado social imperfecto. Esta aplicación de la ciencia a la excelencia de una raza ha sido retardada, en su extrema posibilidad, por el criterio ambientista que encaja dentro de la moral predominante. El progreso de la biología nos aleja cada vez más de la posibilidad de que el ejemplo y las costumbres modifquen determinada finalidad espiritual. La divergencia ten-derá a ahondarse entre un estado de vivir escogido y otro en que el hombre transcurre como empujado por una fuerza que él siente sin que sea capaz de evitarla porque hablará a nombre de su ascendencia. La libertad de espíritu, como la capacidad y la semejanza física, quedarán constreñidas a las mismas condiciones que el resto de las funciones fisiológicas: todo el presente adherido al pasado de cada hombre. La geometría de las complicadas formas espirituales se-dimentándose a través de una larga serie de individuos. Volveremos en el orden psicológico a la idea Arabe de que cada quien encierra su propio destino; y en la ética no está remoto el día en que reproduzca-mos las escenas de la Grecia clásica a fin de acrecentar los núcleos selectos.
Por lo pronto y para completar este estadio en el porvenir, ensayemos un nuevo compás en la sinfonía de las costumbres. Con el mal de cada quien for-memos su moral y así, sin pretender modelar en forma más perfecta la obra eterna de la naturaleza, esti-maremos en cada hombre lo que traiga. Todo se re-ducirá, mediante un ejercicio al alcance aun de los criterios más medianos, a acomodar el entendimiento a las cambiantes sinuosidades del espíritu. La desvia-ción moral se indicará por la simulación de actitudes que no se tienen. No aparecerán acciones por resen-timiento; en cambio, la mediocridad abrumadora sa-brá reconocer el acierto de las inteligencias selectas para la dirección de los asuntos públicos y, de esta convivencia de los dos grupos, saldrá necesariamen-te la organización del país.
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Democracia Asimétrica
Bernardo J. GASTELUM
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