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ANIVERSARIO DE PROUST
Le feintre original, Tartiste ori-gnal frocedent a la facon des ocu-listes. Le trartement far leur fein-ture, par leur frose n est fas tou-jours agréable. Quand 1) est ter-miné, le fracticien nous dit: mam-tenant, regardez. Marcel PROUST
A L devolvernos bruscamente la realidad, de cuya orilla — nos había raptado para emprender un voluptuoso viaje por las Mil y Una Noches de la memoria ¿me atreveré a decir cuánto nos entristeció, a pesar de sus inimitables bellezas. la publicación de Le Temps Retrouvé? Ve-nía a depararnos, en efecto, esa suerte de insaciada melan-colía que el mismo Proust describe, cuando, en las páginas de Journées de Lecture, evoca lo que hay de muerte y de adiós sin conformidad en el solo gesto de cerrar un libro, de concluir un trabajo, de acompañar a un personaje, dentro del breve sarcófago de una novela. hasta el ce-menterio de la encuadernación. Ciñendo el aniversario de su muerte (18 de noviembre de 1922) los estudios de Ernst Robert Curtius, Léon Pierre Quint y Ramón Fernández acerca del creador de Swann ¿cómo podrían consolarnos de su pérdida? Lo que consiguen, en cambio, es atenuar en nosotros la nostalgia del viajero que ve su curiosidad interrumpida; demostrarnos hasta qué punto —para fortuna de nuestros placeres— hay juegos que aún no dominamos, bellezas que no envejecerán, autores, como Proust, que no acabaremos nunca de leer.
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Hace seis años la muerte cumplió con él la promesa que le había hecho de niño, en horas en que no suele anunciarse a los demás. Seis años nutridos con la memoria de otras experiencias. con la pasión v con los celos de otros amantes.
con el florecimiento. en fin. de otras esperanzas y el análisis de otras decepciones.... Á pesar de esta acumulación del tiempo o acaso en razón de su misteriosa complicidad, los escritos de Marcel Proust, en vez de adquirir la amari-llez del cerebral otoño para el que parecían haber sido for-mulados, se pueblan cada día de mayor juventud. La ori- Jinalidad del primer instante —es cierto— ha disminuido sus ángulos de penetración, pero esto mismo nos revela que un obstáculo más ha desaparecido en la aptitud del público para asimilarla y que, al humanizarse, no es la obra la que perdió un solo punto de su interesante avidez, sino la humani-dad la que se enriqueció con una nueva y preciosa conquista de la moral, de la psicología y del gusto. En tal sentido, todo el oscuro rencor que esconde el grito romántico de Juan Ja-cobo, se aclara. “Volved a la naturaleza” gimen los personajes artificiosos del Emilio, de La Nueva Eloí-sa y de las Confesiones, en tanto que los hombres que no han salido de ella, Montaigne por ejemplo y Proust —Proust sobre todo— parecen decir, a través de las dificul- :ades de su obra: “Ascended al arte.”
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Si hubo alguna vez autor interesado en escribir para una tercera o para una quinta lectura, ese autor fué Proust. Ácos-tumbrado por la enfermedad a exigirse a sí propio una atención tan prolongada como escrupulosa, el hábito de esta paciente penetración de la inteligencia en el pasado de las sensaciones tenía que conducirle a esperar de los demás la misma lentitud activa, el mismo silencioso dominio. ¿Qué importa si tan difíciles virtudes no suelen presentarse juntas, la mayor parte de las veces, en el sector más numeroso de los lectores contemporáneos? Nacida de una voluntaria integración al concepto del tiempo —ese espacio ¡deal de los sedenta-rios— la obra de Proust procura, no obstante, sobreponer-se a él en cuanto a sus efectos artísticos y, cuando lo logra, es porque no se ocupa, a diferencia de los novelistas tradicio-nales, en consignar sus resultados en el balance de ciertos capítulos, sino en crearlos constantemente a través de la perspectiva incesante de la novela, Pero este mundo hermético en que Proust desarrolla sus investigaciones y fuera del. cual se asfixiaría, por ausencia completa de irrealidad, ha tenido un doble efecto: le ha res-tringido la curiosidad, pero se la ha conservado: le ha dis» minuído lectores, pero le ha preparado críticos. Del autor que se entrega entero en la sola emisión de una lectura ¿qué podría el crítico sino aconsejarla... o reprimirla? Y esta dificultad de entregarse, que constituye el mejor atractivo en la obra de Proust, él fué el primero sin duda en com-prenderla, al descubrir el largo proceso de cristalización que Odette necesitó realizar, en el deseo de Swann, para obte-ner su ternura. Desechada al principio, comparada después con la silueta de un Botticelli que le disgusta, lo que la sal-va en el espíritu de su futuro amante es precisamente la resistencia, la repugnancia espiritual que el parecido, al des-agradarle, coloca entre la novedad de su capricho y la conti-quidad de sus preferencias. Al revés de los psicólogos vul-gares —que hacen derivar el amor de la simpatía irrazonada del primer encuentro— Proust lo constituye a favor de una serie de razonadas antipatías entre las cuales. naturalmen-rt
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Motivos te, los celos ocupan el primer lugar. Así su obra no fatiga a los que inicia sino para recompensarlos con el deleite de un descanso mayor. ¿De un descanso? ¡Qué peligrosa palabra y qué injusta cuando se advierte el enorme trabajo de tensión espiritual que costó cada página de esta epopeya de la psicología contemporánea! Por eso la publicación del volumen de trozos escogidos de Proust que acaba de hacer la Nouvelle Revue Francaise, bajola dirección de Ramón Fernández, me parece, a pesar de las razones de rápida difusión en que se funda, una iniciativa poco feliz. Magnífica en ciertos autores —como Valéry— la ides misma de seleccionar a Proust resulta ingrata, tan ingrata como esa costumbre que, en el territorio neutro de las academias de piano, abrevia las composiciones de los grandes maestros con el pretexto de divulgarlas.
De los dos procesos en que se descompone la adap-tación de una obra musical (mutilación, primero; simpli-ficación técnica después) los Morceaux Choisis de Proust no se hacen, a primera vista, responsables en igual proporción. Aunque altera la totalidad del conjunto, la selección de Ramón Fernández cree haber respeta-do su calidad por el solo hecho de no romper la belleza interior y difícil de cada uno de sus fragmentos. Pero este respeto —que sería real aplicado a las porciones de una antología poética— no atenúa en ningún sentido la violencia de la presente mutilación, Cortar no es sólo, aquí, ro-bar cantidad al todo, sino disminuirle calidad, puesto que la licencia permitida en las artes plásticas —cuvas realiza-ciones se entregan de un solo golpe, fuera del trempo, en una presencia total de cualidades tónicas— resulta inad-misible en el terreno de la música y de la novela. ¡Cómo seleccionar, en efecto, la labor de un Dostoiewsky, de un Bal-zac, de un Dickens, sino es escogiendo, precisamente com pletas entre su repertorio, una, dos, o tres obras preferidas? Y si a esta condición vital indivisible del género noveles-co, añadimos la intención musical de Proust, su tendencia a relacionar las figuras —a través del curso invertido de la memoria— por especies de leit-motivs wagnerianos, se com-prenderá que la circunstancia de respetar la integridad menuda de los fragmentos, aligerándolos sin embargo de la profundidad de la conciencia en que el antor los intercaló, no puede servir de excusa al acto mismo de mutilarlos. Aun arrancados del cuadro e de la escultura a que pertenecen, una cabeza de Franz Hals, un brazo de Donatello, un árbol de Velázquez seguirán siendo invariablemente, para la crítica, Velázquez, Donatellos y Franz Hals. Pero un trozo de la novela de Proust —el admirable trozo de La Re-gar dant Dormir por ejemplo— no es ya Proust, por la misma razón, absolutamente obvia en psicología, por la que un acto cualquiera de Charlus, de Swann o de Albertina, no son jamás considerados por Proust como indices reveladores de un espíritu invariable, sino como simples puntos de apoyo de una línea de cuyo trazo completo sus vidas están hechas y a semejanza de la cual quisiera también estar construído el tiempo milagroso que las repite. ¡El tiempo! ¿Qué otra cualidad, entre las infinitas de
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Proust, podría superarlo en aptitud reveladora? Quien no advierte el trágico juego de equilibrio que cada uno de los personajes de A la Recherche du Temps Perdu está desempeñando sobre esta cuerda floja, quien —para publicar un volumen de trozos escogidos— se atreve a cortarla, a trechos, con peligro de que una brusca sacudida los lance a todos, revueltos y destrozados, al abismo, o no ha entendido el verdadero alcance científico del procedimiento que admira o no advierte, en realidad, el milagro que significa para el arte. Establecer, por eso, huecos y cortes en la obra de Proust no es sólo abreviarla, sino, también, simplificarla. Quitarle la lentitud del majestuoso andante en que se desarrolla es suprimirle, en efecto, una dificultad técnica. Es decir, equivale, en música, a sustituir las fugas de Bach por un álbum que contuviera los temas melódicos que expresan o extractar el canto de un Preludio de Chopin, dejando en la sombra el acompañamiento —profundidad y volumen— que le sirve de apoyo.
Si la selección de la Nouvelle Revue Francaise sólo añade a Proust la rapidez que no quiso adop-tar, el libro de Ernst Robert Curtius, cuva traducción france-sa llega al mismo tiempo a mis manos, arroja sobre el autor de La Prisonniére una claridad admirablemente lúcida. Escrito en 19929, publicado en Alemania en 1925. se anticipaba ya a los estudios más completos que la obra de Proust ha incitado entre los críticos. La más rápida lectura nos revela, por otra parte, que no contento con precederlos en la cronología, Curtius ha sabido también, casi constantemente, precederlos en el mérito. ¡Qué lejos estamos aquí de la precipitada opinión de André Gide en Incidences y del extenso, pero delgado análisis, de Léon Pierre Quint en Marcel Proust: Sa Vie —Son Oeuvrel Apenas si el artículo de Benjamín Crémieux, en XX eme.—Siecle, le es comparable en la precisión de ciertos juicios. Y, aun en estas coincidencias —en las que, reconozcimosle. más de una vez fué Crémieux quien insinuó el camino— Curtius ha encontrado una opor-tunidad preciosa de reconsideración y de perfeccionamiento. Dividido en veintiocho capítulos breves, su libro abarca casi todas las direcciones del espíritu atormentado y minucio-so de Marcel Proust y, principiando con el esbozo de su bio-grafía, termina con el análisis del platonismo que, a través de las porciones más acusadas de su obra, descubre. Como es lógico un estudio tan inmediato, los ensayos más per-fectos del volumen son los que consagra al estilo y a la sensibilidad del autor. Los que permitirán. en el futuro, mayores y más delicadas contribuciones, aquellos en que se acerca —tímidamente— a los problemas esenciales de la sexualidad y del relativismo.
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El estilo de Proust... ¿Cómo es posible que, a pesar de su temperatura en constante presión, haya habido un escritor de gran talento (*) capaz de equivocarse hasta cali-ficar de paralítica la movidisima acción de su novela? Si hay algo animado y ágil en el mundo no es por cierto el cadáver en que la vida del paralítico se desarrolla —pero sí su imaginación. En tanto que la del hombre de actividad normal se adormece, se paraliza en la inquietud misma con que los hechos la desdeñan, la del paralítico —la del recluso, en el caso de Proust— florece con una súbita y casi monstruosa vitalidad. Sólo un análisis superficial creería inerte el cultivo de acciones apasionadas, intensamente dra-máticas, que hierve en A la Recherche du Temps Perdu. Como de una infusión orgánica de laboratorio puesta a macerar para una experiencia de fisiología, suben de pronto hasta la superficie de este líquido en aparente cal-ma, algunas burbujas —algunos hechos— en que la acción interior estalla con violencia. La maestría de Proust consiste, por consiguiente, en no revelar nunca el hecho esencial sino a través de la unidad escrupulosa de los incidentes que lo preparan en el ánimo de cada personaje o que lo continúan en el lector. Con objeto de expresar mejor esta idea, diré que, para Proust, no hay, ni hechos especialmente esenciales ni momentos especialmente dramáticos. Todos lo son, a su juicio, porque todos presentan una igual superficie de estímulo a su sensibilidad. Su mirada, que participa a la vez del poder del microscopio y del anteojo de larga vista, hace, con un paisaje, una miniatura y al revés: un simple ramo de lilas le proporciona la ocasión de pintar un fresco de proporciones 9igantescas, La transición pragmática que dirige en un solo sentido la acción de otras novelas —las del mismo Stendhal, al parecer tan gratuitas y sin propósito definido-— no se pre-senta jamás en Proust. Cuando un hecho precede a otro, a lo largo de su novela, no es porque el primero prepare el segundo con la intención de lograr un efecto, sino porque el más reciente continúa al más antiguo, merced al impulso del tiempo que los relaciona. Y esta carencia absoluta de sentido práctico —que, en la vida real, hacía del trato de Proust un motivo de constantes delicias— embellece su obra y es la cualidad más noble de su estilo. Toda la literatura de Occidente sufre, en efecto, de un atormentado prurito de demostrar y, por avidez insaciable de convencimiento, tiende oscuramente a la elocuencia. Algo semejante ocurre con la música, en cuyos más suaves ritmos los orientales adivinan siempre un tiempo de marcha y un belicoso anhelo de conquista. (*) El atractivo que los lectores advierten en el relato de Proust, la virtud que los seduce y que algunos no aciertan a explicar es, en
(*) Ortega y Casset: Ideas sobre la Novela, pág. 126.
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(*) “Toda nuestra música, sin distinción, le produce al chino la impresión de una marcha. Este hecho expresa, con superior acierto, la impresión que el dinamismo rítmico de nuestra vida produce en el tao del alma china, que carece de todo acento rítmico”. Spengler: La Decaden-sta de Occidente. 20 T. nág. 25.
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Motivos el fondo, esta condición desinteresada de su espíritu. Ningún golpe más efectivo —n1 menos deliberado— recibió jamás la elocuencia. Por eso huye de la descripción y la sus-tituye por una gradación característica de movimientos espirituales, cuyo procedimiento no consiste en reproducir la realidad sino en suscitarla, creándola de nuevo. “La mate-ria —dice en un luminoso párrafo de A la Recherche du Temps Perdu— es real sólo porque crea una expresión del espíritu”. Y, en otro fragmento, al analizar la vibración de un rayo de sol sobre la piedra mate del bal-cón de su cuarto, agrega: “Yo no veía un color menos opaco; sentía como un esfuerzo hacia un color menos opaco.” De aquí que la precisión más frecuente, en el estilo de Proust, sea una precisión metafórica. Advertido de la ficción que el acto mismo de describir un objeto implica, cuando quiere ceñir el hecho que le interesa, se aparta de el y, de lejos, lo laza con el nudo corredizo, pero inviolable, de la metáfora. Nadie ha comprendido mejor esta astucia de artista que Middleton Mu-rry cuando afirma: “Try to be precise and you are bound to be methaphorical.” ¡Admirable lección de claridad para los críticos incomprensivos que, como Henri Massis, hallan oscuro el sentido de su autor que no buscó jamás intenciona-damente el obstáculo de la novedad!
En donde Proust se separa de sus imitadores, superándo-los, es en el punto en que la metáfora deja de ser una ex-plicación y se convierte en un ornato. Causa asombro ver lo poco que sus libros, a primera vista tan recargados, contie-nen en el fondo de puros útiles ornamentales; es decir, de
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Por el Camino de Proust bellezas sobrepuestas. Cualquiera de sus páginas desplaza mayor cantidad de cultura y de exuberancia poética que el más trabajoso relato de un Morand o un Giraudoux. ¡Qué importa! Lo único que esta circunstancia comprueba es que hay espontaneidades más ricas que el más rico artificio.— Jaime TORRES BODET
POR EL CAMINO DE PROUST
PAGINAS DE AZUELA - ESTRADA - GOMEZ PALACIO - GONZALEZ ROJO - ORTIZ DE MONTELLANO y TORRI
¡QU voluptuosidad y revancha descubrir, for ejemplo. | el Atlántico el año de 1928! Y todas las tierras vir-genes. Contra la erudición y la crítica, violadoras estériles y madres del hbro imposible. Marcel Proust llegando quién sabe de dónde, quién sabe cuándo. Como un choque de retrocarga. Refulsión, antipatía, necesidad biológica de evasión inmediata. Pero el nombre queda y la indecisión y la angustia no se van con las páginas arrojadas lejos. Buena señal. Asi con Ibsen, con Dostoiewski
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Motivos y otros. El Valor crea sus valores, rodando sobre valores. Y la sensibilidad burguesa se defiende y defiende sus sagrados derechos a la digestión fácil, a la circulación rítmica, al sueño beato y contra la insolencia del intruso. Mientras, el encanto frosigue en la sombra. Hasta el día en que el libro vuelve a las manos. Á una fágina sigue otra página, a un volumen quince monumentos de tipografía apretada y menuda, sin un claro, sin un resquicio, sin respiración. Y he ahí que al doblar la última fágina, for fin, fara le-vantarse del pecho la lápida, toneladas de flomo, fara res-pirar la santa vida de Dios, se enrarece el aire al brotar las lágrimas y se siente la sufrema desfedida y lo irreparable, Como tristeza de viejo que no supo recoger los tesoros que le frodigaron a lo largo del camino, for imfrevisor, for in-disciplinado, for impaciente. Y en el nudo donde se ataron la cola y la cabeza de la serpiente cuaja el rocío, forque no será otra vez la fristma impresión del descubrimiento de un universo virgen; cuando más, acaso, la meditación serena del microcosmos de un hombre, de una época, de una cultura.—Mariano AZUELA
E ninia de su frofro sueño, va arreglando el fiche-ro del tiempo —berdido— con el análisis de sus fnzas de brime.
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Por vcami]no d: Proust
Amanuense del ensueño que le dicta el sueño, sus ma-terrales son infinitos for incoercibles. La concreción es constante, precisamente for salida de la bruma, como una nube nos puede dar, en focos momentos, toda la lotería de figuras: el elefante, el árbol, el palacio, el sepulcro.
Taguigrafía del esfiritu.
Se ha dicho que es un atormentado buscador de la verdad. La verdad es que se recrea en la anatomía del recuerdo: desde el recuerdo de la mentira hasta el de la ciencia. Amon-tona la imprecisión con tántos datos concretos: examen de nubes. Se fierde la cuenta cuando se cuentan las estrellas.
La imaginación de Proust es la más cercana a la realidad. O al revés. La historia vivida, cuando la explica la subconciencia, se vuelve novela, El andlisis del esfíritu ¿no os hace dudar de vuestras más claras realidades?
Todo en su obra es la fropía fresencia en discusión con el autor. De nada os serviría pensar —los muy listos— en que os va a guiar en la lectura de la obra froustiana el viejo truco de la clave: el autor os entrega la lave desde el pra mer momento. No hallaréis sino el cuarto oscuro, dentro del cual sólo el que sueña, buede ver claramente.
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Sin embargo la revelación del complejo es transparente. Transfarente dentro de las apretadas hojas con que se tute el gran árbol del fárrago.
Proust; receptor delicadisimo de perfección científica, transmite en pulsaciones irregulares de punto y coma, con el evidente dolor de la obligación. Su sentido mórbido de percibir las sensaciones, hasta aquellas que parecen mapre-hensibles, ¡ilumina todos sus instantes, hasta que le baja la sombra de la transmisión obligatoria.
De Boileau a Proust ¡qué gran lección de Francia sobre la evolución del espiritu, para los admiradores de la teoría de Victor Hugo!
Entonces el arte de Marcel Proust ¿buede encontrarse y ser fijado en esas discordancias aparentes con que reune, en su largo discurso, las más heterogéneas ideas? Fácil-mente eso fuede señalarse como un procedimiento: pero los procedimientos interpretan las normas, las normas valen tanto como decir la ley y la ley del escritor es el mandato del arte.
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Define su arte como de sensaciones involuntarias. Nada más sujeto a la voluntad, sin embargo, que este imponerse del complejo, que esta facultad de examinar una for una las arenillas del sueño y de saber mantenerse en el estado invo-luntario.
La crítica, esta enfermedad de análisis premeditado, que caza ángeles para su gabinete de teratología, ha acabado for confeccionar el hábito froustiano. Paul Souday dijo: oscuridad; Gabory: difusión; Mechin: sinfonía; Pierre-Quint: epopeya. Me acojo al sentido de Pierre-Quint, porque Proust, barajando los tiempos —terdidos, encontrados— ha escrito ya la fequeña éfica de esta éfoca sin epopeya, perdida en el maquinismo—y sus troblemas sociales.
¿Difusión? Sí, como frocedimiento de confusión, que no es nido de urraca, sino caos cósmico de donde va brotando la lucecita de la creación, que luego se enciende en soles y va alumbrando, uno a uno, los episodios, hasta ser la proyección fiel —mtolerable— de la verdad. Cazador de la verdad tor la selva sin veredas.
Explorador de ritmos de la vigilia.
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El fensamiento tiene la capacidad del desdoblamiento fara situarse, simultáneamente, en los más ofuestos extremos. Tesis y antítesis sin un temblor en el pulso. La prueba y la réplica, sin segunda instancia.
Para buscar la verdad —esa obsesión— se vale de un sentido extraño, del amor y de la amistad, usando de su sistema analítico que a veces la interpretación puede traducir por egoismo. Se cansa —y nos cansa— con ese sistema ¿estrlo? tan parecido al del hombre de ciencia, al del lógico con imaginación.
Nada menos frevenido fara la originalidad. Y sin embargo... Pero es que su obra tiene todo el aparato del silencio, o mejor, de la soledad.—Cenaro ESTRADA
(A UTORES de la magnitud de Proust son indispensables y abarecen fatalmente en étfocas de agotamiento de las escuelas. cuando los temas, Y sobre toda los brocedr-mientos frofios de un Romanticismo, o de un Naturalismo, no son más cafaces de encanto. Proust crea entonces un Su-ferrealismo que atrae foderosamente la atención; es más, su acción es más honda: que desfierta, que endereza el tronco de la literatura. Zola, Bourget, no nos habian dado sino meras generalidades sobre los objetos; Proust, sí es andlí-tico, desteje, anatomiza los componentes de toda idea y lo hace hasta lo inconcebible, de manera insospechada antes de la aparición de su sistema. Quien no lo haya leído, no fuede estar al tanto de la actual estética de las letras. Su estilo; su actitud de franco azoro ante las cosas (que hace recordar, a mí al menos, a cada faso los de Dante), funda y embellece la superabundancia y exactitud de sus datos, que sin aquella condición serían verdaderamente mto-lerables. Tiene, aparte esto, recursos de novelista supremo, y así aprendemos a conocer y a sentir a Odette, esa otra Bovary, sin que el escritor allegue una sola fplumada en su trazo, smo que simple y limpiamente se refleja en la tfro-pia psiquis del autor, y como a su pesar, Ya se ha dicho que los escritos de Proust no dejan hueco ni intersticio alguno fara la entrevisión de lejanías; su relato es plano, mate, el alma del lector no debe traspasar la tupida uniformidad de la última forma for la que fermanece presa del arte creador, sin ir ni más acá ni? más allá de la intención del artista. Aspiración y resultado altísimos, que rompen definitivamente con el Simbolismo de ayer fara construir una nueva disciblina-—Martín GOMEZ PALACIO
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D: mí sé decir que nada me imfrestona tanto como ese estilo exuberante y contínuo de Marcel Proust. Otros po-drán fensar en la excelente concepción de su obra, en la memoria y el análisis, en el tiempo y la distancia. Pero yo, en este momento, me quedo en el estilo y en el detalle del estrlo. Más que su brillantez, me seduce su continuidad, sucesión numérica y sistemática. No es frecisamente lo nuevo pero ya comienza a ser lo clásico, Nr en las tormentas, dejan las olas de venir una tras de otra. Es un juego, for lo visto, antiguo y ordenado.
Ahora que, siendo yo un niño, lei la descripción de un martirio for medio de la caida lenta y sucesiva de una gota de agua sobre la frente de un hombre. Las primeras impre-siones de la victima fueron de fureza, de frescura. Más tarde, cada gota farecia un mazaso dado sobre el cráneo, sobre el cuerfo entero. Asi Proust.—Enrique GONZALEZ ROJO
PROUST EXPLORADOR.—Construye su novela —selva virgen abierta a golbes de lhuz— como las rocas se es-tratifican, en ordenado desorden, acumulando filtraciones y va-forizaciones de un infinito número de gotas de agua. Es un
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Por »1l Camino de Proust explorador de mar y terra. Suprime de sus libros el índice para obligar al lector a la aventura. PROUST MATEMATICO.—Sin grincipio ni fin, el es-pectáculo de su novela es infin to. PROUST ESPECTADOR.—Con la frofunda, atenta, mí-nima observación de los movimientos de su curiosidad para sí mismo, espejo de todos sus fersonajes, advierte la esencia de la vida for el ojo de la cerradura de su sensibilidad como el espectador en el cinematógrafo for venir. PROUST FILOLOGO.—Reduce, investigador, el género de las palabras a su especie ínfima, Usa las palabras ropias a la estirpe espiritual de los interlocutores. Una frase (C'est vrai) dicha for Odette y for Albertina alcanza a Proust fara descubrir el secreto espiritual acumulado, en ellas, por muchas generaciones anteriores. PROUST ARQUEOLOGO.—No inventa personajes. Se reconstruye a sí mismo. — PROUST ESTILISTA.—En la frofusión cósmica de su estilo vertebrado como los anteojos marinos —un cilindro dentro de otro, movibles— para desmenuzar la distancia cla-sifica y gradúa, sin separarlos, lo incidental y lo verdadero del relato tramando el gobelino de una sola novela en varios tomos “comme une machine qui, empechée de changer de place, tourne sur elle-meme”, SENSIBILIDAD DE PROUST.—El universo de Dosto-yewsky rueda de la luz a la sombra, del misterio a la razón, tocando apenas, sin detenerse, la zona de penumbra. Este límite de sueño y subconciencia lo Nena Proust con su enorme
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Motivos sensibilidad poética. La penumbra es su atmósfera. Penumbra frecisada en sus recuerdos, vencida for su sensibilidad. Swan, más que a Odette, ama la penumbra de los celos, PROUST ASTRONOMO.—Reconstruye la amplitud del cielo con un microscofio.-—Bernardo ORTIZ DE MONTE- LLANO
M 199 que evoca fara nosotros en el humo de sus fu-migaciones su vida mundana; nuevo Orfeo que intré-pido y tenaz vuelve al Orco del olvido en busca de las som-bras amadas, de la Euridice incorruptrble y resplandeciente, de las horas vividas; que en insistentes tentativas acuba for crear fara regalo de nuestros sentidos e inteligencia, una realidad exuberante, lena de cambiantes reflejos, con per-durables y acariciadoras resonancias, flena, multiforme, total.
A las gentes que han desempeñado gran papel en nuestra vida acabamos for agregar, en el recuerdo —con la huella de lo que más hondamente remueve nuestra sensibilidad y agita nuestra inteligencia—, los fersonajes de A la Recherche...: la duquesa de Guermantes, hada mundana llena de sutileza, tan femenina ante la pasión que Marcel abriga for ella, como real en su misma
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Por " Camino de Proust indolencia fara servir a los demás. El barón de Charlus, alma medieval con tara de extraños gustos; famoso tipo for sus pasiones, su impertinencia frincipesca, sus cortantes ex abruptos, su calidad exquisita de arbrter elegantiarum en los circulos más exclusivos e inexpugnables. Madama de Villefarisis, gran señora a quien no se recibe: y el Embajador Norgors, concefptuoso y trivial, residuo en último término de muchos gloriosos hombres de estado. La abuela, tan humana, tan gran corazón, tiene algo de homérico en su naturaleza. Sólo viejas familias burguesas suministran en frovincia esos admirables ejemplares de señoras que resu-men en si tanta experiencia y tanta bondad. Y Swann, In» teligente, certero crítico en achaque de arte, que exorna sus sentimientos descubriendo en Odette ademanes y actitudes de las ondulantes figuras de Botticelli, el pobre Swann vr-virá las horas más patéticas en este tiempo evocado. En Proust sentimos, al frecisar un modo de saludar gro-pio de Sant Louf, o al individualizar una suerte de ingenio privativa de los Guermantes, que nos extraviamos, que fmna!- mente ferdimos el hilo vago que nos guiaba, que hemos em-barrancado en el formenor singularmente engrandecido for una lente maravillosa, iluminado for intensisimo reflector. Pero luego reanudamos el camino ágilmente; de nuevo tor-namos a orrentarnos; todo vuelve a desflazarse y a animarse; los personajes se desenvuelven en direcciones imprevistas; evolucionan no sólo en el gflano social, sino que también se mudan en su naturaleza íntima bajo el influjo de ciertos seres (de Odette, en el caso de Swann; lejos de Rachel, a
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Motivos propósito de Saint Lout). Y así se va desarrollando la acción, con lentitud pero sin reposo, en una especie de polifonía wagneriana; y el alma del lector se anega en algo como de-lente musical. Este ritmo en Proust, en que se esclarecen todas las complejidades y se revela hasta lo mediumnímico que es aún la expresión del rostro menos vigilada for la con-crencia, este ritmo, repito, me farece lo más parecido al de la vida misma, que recuerdo en libros modernos. En este andar sin fremura y sin descanso, se va descubriendo en efecto una enmarañada madeja de móviles en el menor acto, y sondeando frovechosamente en las voliciones de los hé-roes. Nada es casual en el mundo froustiano. Aun la errónea fronunciación con que la Cambremer cita un apellido brocede de la imitación de alguno a quien la s no b tro-vinciana creyó enterado de las bogas farisienses. Lo inde-finible que singulariza una actitud habitual, una presenta-ción, es a menudo un signo atávico. La manifestación casi zoológica del contento en Cottard existe menos defurada en algún otro miembro de su familia, en el frimo René, verbi-gracia. Proust lo nota, lo apunta, lo consigna todo: siempre hay algo insignificante en apariencia, inconsciente en el su-eto, que lo revela y lo individualiza, y que lo relaciona con los suyos en las diversas generaciones. De nada afrovechan aquí los conceptos de real e ideal. La vida analizada de este modo resulta ser lo más bello y poético que fueda darse. Muchas páginas de estos libros mn-mortales encierran más foesía fura o de mejor ley, fara ser más exactos — que las obras completas de algunos ver-sificadores contemporáneos. Hay aquí, en efecto, un her-vir de sentimientos y pasiones de todo orden. De Marcel por Gilberte, for la duquesa de Guermantes, for Albertma; de Swann for Odette; de Saint Louf for Rachel; de Charlus por Morel; de la Princesa de Guermantes for Charlus ... Desde la hipocresia venal que implican los buenos modales hasta el misterio fatal con que un alma se siente atraída por otra; cuanto hay tras las relaciones sociales y en torno al comercio de los hombres, Proust lo tercibe y exhibe de modo incomparable. Nadie acaso ha estudiado desde Thac-keray fara acá, como Proust, el snobismo y sus pun-zantes y variados tormentos. Amistades, inclinaciones, smm-fatías, odios, sentimientos filiales de todos los matices y vol-tajes. Y un exaltado amor for la naturaleza, una comunica-ción intima con ella, revelados for toda la obra en gran variedad de farsajes, desde los jardines de ninfeas en el Vivonne hasta las marinas de Balbec, con tardes de formidables tormentas. Biblia de nuestro tiempo, clave fara entender el compl:- cado mundo moderno; alfabeto mágico que nos fermite leer en cerebros y corazones cuanto es posible hallar en ellos; Iliada de nuestra edad, refinadamente aristocrática, como la otra, y en que palpita y se afana toda una sociedad infini-tamente variada; bellos libros para ser gustados después de los tremnta años, cuando hay un gran deleite intelectual en ver descritas nuestras frofias experiencias, y cuando nuestra sabiduria ha perdido ya su frimera gran batalla y confía en ganar la decisiva.— Julio TORRI
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