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TASCO
CUANDO LLUEVE,
"aseo sale a lavarse la cara. En un momento se inundan las calles con chorros de saetas mo-vedizas que, poco a poco, son torrentes. Corramos a refugiarnos en la parroquia. Suena el órgano suaves modulaciones que se redondean en el hueco de las bóvedas y acuden medrosas a guarecerse entre los relieves de los retablos. Y mueren. Media do-cena de niñas desvalidas, ángeles que no gozaron del cielo, ofrecen flores. La pequeñez de la ceremonia se humilla en la majestad del templo; la grandeza del templo se borra bajo la inmensidad de este diluvio. De pronto, una luz verde oxida el oro de los retablos y un golpe seco y macizo nos estremece: un rayo.
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Tasco
Á los cinco minutos se aclara el cielo; el sol de-vuelve sus colores a Tasco, pero más frescos, más nuevos, sin basura ni polvo. Las calles sonríen con sus pedrezuelas azules más azules; más negras las negras, rojas de vergiienza las rosa. Huele a Tasco mojado; olor espeso que nos hinche los pulmones de vida. Sentimos el alma profunda y buena. Un pincel invisible ha esmaltado de verde esme-ralda las hojas de los laureles de la India que ciñen la plaza de Tasco, y las infinitas tejas de los techos aprovecharon breve escampada para darse una buena mano de colorete.
TASCO EN DOMINGO,
ES alegre como una sonaja. La romántica soledad cotidiana desaparece para dejar su sitio a la algazara bullanguera del mercado. (El tianguis, en Tasco, se verifica en domingo porque es el único día que los mineros de los alrededores pueden pa-sárselo en Tasco). ¡Qué aspecto de gozo infunden los mineros en Tasco! ¡Claro! son los glóbulos rojos de la sangre de Tasco; sus habitantes. sedenta-rios, son los glóbulos blancos, y así resulta que éstos devoran lo que ganan aquéllos y les dan, en cambio,
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Manuel Toussaint lo que necesitan para su vida y laborío. Son pinto-rescos, los mineros endomingados en Tasco. Usan unos formidables zapatos que gozan en ver limpiar y relimpiar a los limpiabotas de Tasco —Borda, Alar-cón y mil más que surgen al amor de la calderilla—; usan su calzón blanco anudado en los tobillos; usan su camisa muy blanca con una mascada estriden-tista, pero de seda, cuando no es toda la camisa es-tridentista y empero también de seda: ¡qué regalo! Su sombrero de anchas alas enroscadas, de palma, blanco, completa la indumentaria; ah, y la bolsa de cuero con labores y bordados para guardar los te-colines.
Desde la víspera, sábado, la plaza se reparte en pequeños rectángulos marcados con estacas y cuerdas, con trapos afianzados con piedras, o con petates adheridos al suelo como cumpliendo un voto. Son los sitios apartados para los puestos del día siguiente: quintaesencia del agrarismo, repartición de cen-tímetros cuadrados, aprecio verdadero del valor de la tierra, llevada a su máximo de producción. Algunos vendedores llegan desde el sábado en la noche; sus grávidos fardos exánimes descansan en el sitio apartado por el dueño: están rendidos del viaje, de la travesía de los cerros y barrancas que circundan a Tasco. El domingo, temprano, los veréis abrirse en cuernos de prolífica abundancia; darán a luz inespe-m7
Tasco radas y suculentas verduras, frutos ubérrimos, mer-caderías lujuriosas. Los vendedores se alínean por escuadras, según el plan premeditado por Dios, de acuerdo con don José de la Borda, y siguen sus maniobras con una disciplina tan callada y amistosa que es un gusto. En los escalones del atrio del templo, los que venden maíz; en el ángulo y parte del muro siguiente, los talabarteros, sus cinturones y correas olientes; sus víboras para plata, extenuadas de hambre; sus hua-raches antiderrapant, Good Year o Continental que han impreso más de una vez su huella ultracivilizada sobre el polvo virgen de un cerro inaccesible. En-frente quedan los jarcieros que venden cuerdas ali-neadas en el suelo como culebras tísicas, con sus ca-becitas rojas o verdes; que venden ayates o morra-les o cinchas, o esos gordos sudaderos rebanados de quién sabe qué árbol, raíz o zacate. Algunos días, de los buenos, llevan pieles; yo vi dos de leopardo, magníficas, recién matados los animales; todavía las garras salían feroces de sus vainas, venganza pós-tuma, a la más ligera presión que se les daba. Per-pendiculares, en línea desplegada, están los vendedores de tabaco mije —hay también en Tasco tabaco silvestre que llaman tenejiete— y este tabaco lo fu-man en hojas de mazorca de maíz, enrollándolo en cigarros gruesos, como un dedo, mayores que un puro. Haciéndoles cortesía y reverencia, está la fila
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Manuel Toussaint de los que venden el tequesquite y la sal, pálida y desmayada porque olvidó su vanity-case. Atrás de los tabaqueros se extienden los que venden sarapes, jorongos o simples cotones, grises todos, con labores blancas y negras y un fuerte toque rojo. En el gran espacio que queda entre el jardín y las tiendas que por el poniente limitan la plaza, se insta-lan los vendedores de legumbres y fruta. Allí están los que llevan huamuches o pinzanes, fruta roja en forma de camarón, los melones, las papayas, los man-gos, los suculentos aguacates, de gruesa corteza y carne untuosa, como una crema; capulines que miran pudorosos, toronjas que se ríen de las naranjas, naranjas que desdeñan a las toronjas. Las sandías tra-taban de explotar sus colores formando sindicatos nacionalistas. ¿Querrían sustituir al nopal en el es-cudo de las armas nacionales? Las lechugas, los betabeles, los grandes rábanos que procuraban ocultar sus vergiienzas entre los ma-ternales repollos, las zanahorias coqueteando con los nabos, los jitomates de rostros borrachos y sangulí-neos, los tomates biliosos, las cebollas de enmarañada cabellera, los ajos calvos... todo un universo.
Un poco escondidos entre tanta exuberancia quedan los dulces. Y ¡vaya que son sabrosos los dulces de Tasco! Veréis allí el rico jamoncillo de pepita, los alfajores, las panochitas de ajonjolí, las palanquetas, la alegría, las tortitas de pinole, o unas excelentes
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Tasco tostadas de maíz, dulces con un discreto toque sa-lado a las cuales llaman pipilol. Venden también hierros, herraduras, puntas para lanza, arados; venden también cristal, vasos de formas elegantes que se diría trajeron de Bohemia o de Murano; venden también loza, sin carácter especial; venden baratijas; venden hierbas medicinales o sa-gradas.
Una fila de consideración es aquella en que se de-leita el deseo y el paladar se anticipa: ¡los chicharro-nes de Tasco! Aunque diariamente los venden, los domingos parecen ser especiales, más sabrosos. Allí, encontraréis la ceniza, las morcillas, la longaniza, la barbacoa... Hombres que pasáis la mitad de vuestra vida en comer y beber para pasar la otra mitad en ayunas y medicinándoos, ¡venid a Tasco! Aquí po-dréis ser heroicos: comed un domingo todos los bas-timentos de este mercado y vuestra misión estará cumplida: habréis seguido el rabelesiano ejemplo; yo, como cronista de Tasco, escribiré vuestro panegírico.
EL CLIMA DE TASCO
Ha sido siempre muy elogiado por todos los visitan-tes célebres. Ningún clima es más estable, más uniforme. En verano, a medio día, parece que quiere
Manuel Toussaint empezar a hacer calor. En la noche, refresca para que podamos cubrirnos con una sábana, todas las ventanas abiertas. Suelen soplar vientos, pero es con discreción y mesura. Los aguaceros son torrenciales, pero rápidos, otras veces nocturnos, con sólo un fin de limpia. Hay sus tormentas, nutridas de rayos a veces; pero Santa Prisca los ha hecho inofensivos, los ha amaestrado, los ha vuelto de tigres, corderos; de azotes, caricias; del más terrorífico de los meteoros ha obtenido bellas decoraciones, bambalinas de fuego, sobre un cielo desgarrado de mal humor, como si fuera del Greco.
Manuel TOUSSAINT
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