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CARLOS MERIDA
Y LA PINTURA
[)er=D9 de un gusto refinado e implacable, Carlos Mérida eliminó de su obra no solamen-te ciertos elementos bastardos, sino hasta los recursos legítimos de que se valen, a menudo, pintores de verdadera integridad. La importancia de estas li-mitaciones en Mérida es tal, que un análisis de su credo estético debe comenzar por una lista de los valores que el pintor deliberadamente NO ha querido usar. Con ella quedaría circunscrita y definida su originalidad.
No emplea perspectiva lineal, o sea la convergen-cia de paralelas hacia un punto de fuga. Tal perspectiva presupone un espectador inmóvil; pero Mérida,
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Juan Charlot rechazando este engaño, desecha también el recurso de sugerir por el dibujo el espacio que rodea y aisla a los volámenes. Como corolario lógico, dibuja sus figuras de perfil absoluto o de frente, eliminando los tres cuartos a causa de las deformaciones de perspectiva inherentes. No usa una luz con foco localizado; permea sus cuadros de una luz difusa, la cual afirma el color lo-cal de los objetos pero sin diferenciar los claros de sombra. Esta nueva limitación le quita el recurso de imitar los efectos del sol, (aunque escoge, para pintar, asuntos tropicales) y, sobre todo, le impide el modo más fácil de describir los volúmenes: el de exaltar sus contrastes de valor. Quizá para su men-talidad llena de escrúpulos el hecho de sombrear apa-rezca como un medio más propio del escultor. Las líneas que prefiere Mérida se deben poco a la improvisación; prefiere el círculo, el óvalo y, entre las rectas, las verticales y horizontales. Cuando usa diagonales, lo hace con el cuidado de no contrastar-las, huyendo toda sugestión dinámica. Su composi-ción es voluntariamente primaria: un eje mediano vertical y los lados simétricos o en variaciones sobre el tema. En fin, y quizás sea esto el sacrificio más ra-dical, no quiere lograr efectos tactiles; los pigmentos puestos con cuidado, sin pincelada visible o en em-paste, cubren la tela con uniformidad mecánica sin quebrar ni esconder el plano físico del cuadro. Deberíamos pensar el mundo pictórico en el que
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Mérida y la Pintura se recrea Carlos Mérida, como un universo sin espacio, sin volumen, sin luz localizable, sin imprevisto lineal; es decir un mundo a dos dimensiones, sin mo-vimiento, sin vida o peso, algo semejante al papel re-cortado, a un tapete o a un vitral. Pero Mérida, es buen previsor, ha sabido guardarse de tal derrota; en su “retirada estratégica” ha conservado intacto el elemento decisivo con el cual logra vencer: EL CO- LOR. El papel que el artista negó al dibujo, lo en-carga al color; con éste recrea espacio, volumen, mo-vimiento, peso; hace arte total y, al fin, su pintura se beneficia por la pureza intachable y casi exagera-da de sus medios.
De la geometría del color, más misteriosa y de más alcance que la de la línea, Mérida es maestro consciente. Por eso le gusta que sea leve el andamia-je del dibujo. Su color, por muy complejo que sea, es homogéneamente mezclado; aislado, semejaría ma-teria muerta pero, sobre la tela, de tono a tono, em-piezan las reacciones ópticas y tales vibraciones, tales fronteras vivas entre colores ligan las partes del cuadro, le dan profundidad, volumen, vida, más que cualquier trabajo que pudiera realizarse sobre la tela misma. Esta existencia óptica del cuadro es su fin legíti-mo y justo, al cual tendrá que subordinarse la existencia física del mismo. Carlos Mérida aplica esta ley al color desde que empezó a pintar pero no es
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Juan Charlot sino recientemente cuando, en progresión lógica, en-saya su aplicación al dibujo. En sus primeras obras, la línea es de una geometría ortodoxa y su rigor mismo la exalta ópticamente hasta aminorar el papel del color, con lo cual resulta cierto desentendimiento entre los distintos factores del cuadro; en sus últimos óleos y acuarelas la línea está trazada, a propósito, de un modo geométricamente deficiente, las curvas y las rectas se ondulan; el ojo rectifica tales líneas y la mente logra sin esfuerzo ver la imagen que sugi-rió, sin trazarla, el artista; línea y color tienen ya existencias de homogénea calidad.
En estos experimentos fructuosos llega a descom-poner, en vista de su recomposición mental, no sola-mente línea y color sino aun personajes enteros; emplea también—aunque con suma discreción—cier-tas modulaciones dentro de un mismo color, cierto modelar del volumen bajo el disfraz de una imperfec-ción técnica; gusta ya de la recomposición óptica del color y de algunos efectos tactiles por medio de un puntillismo sencillo y de pinceladas visibles. Abriendo así un poco más el tesoro de sus recursos pictóricos, Carlos Mérida enriquece su arte sin desviarlo y nos acerca a su contenido espiritual. Tal obra, aunque llena de reservas y de intimidad, está en efecto, viva y palpitante. Quizás, sin la plena consciencia del pintor, sus cuadros afirman a “sotto voce.” pero con erande convicción, la belleza del in-dígena, su equilibrio mental, su poder contemplati-vo; tal parece que al lado del “redimir al indio” usa-do por los políticos, Mérida nos propone, en correspondencia, la redención del blanco por el indio, lo cual, si halaga menos nuestro amor propio, se nos antoja, también, de no menos apremiante necesidad.
AE
Mérida y la Pintura
Juan CHARLOT
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