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ANDEN
H** escuchado el resbalar de las miradas por su cuerpo sin sentir calofrío. Había sabido atra-par el gesto más significativo de cada uno de ellos para colgarlo en su collar como un nuevo adorno. Se había retirado a tiempo en un momento de efer-vescencia para dejar en los ojos de todos un brillo de trrunfo.
Desde entonces no hubo quien no se creyese con derecho a ella—ella se había metamorfoseado en son-risa de todos—. Unos la hicieron el amor en una forma seria; otros buscaron la pequeña aventura de una cita, Pensaban en el beso posible de la muchacha y tenían ya los labios y la mejilla calientes. La habían visto masticando una flor. Empezó a recibir tanta correspondencia que su familia se convenció de que tenía talento. “Encon-trará el mejor novio de la ciudad.” Sus hermanas, que no eran tan lindas, se habían casado todas. Con los mejores, con los mejores. Alguien susurró lo de la carta del desconocido. El susurro se hizo denso, como un rumor de río. Ella lo explicó sencillamente: —Le conocí una vez... Escribe de un modo distinto a los demás... Me gusta... Le veréis... Va a venir. Sus amigas fueron a casa de la modista a encar-garse trajes. Ellos frecuentaron mucho los limpiabotas: querían verle venir por la punta lustrada del zapato, sin mirarle de frente. El era intangible. Ninguno dejó de galantearla. Siempre, al anoche-cido, había una mano que apretaba un pañuelo de tul. Una A: Adriana. Le hubiera gustado Amelia... Pero... ¡Bah! Se enfadó porque una vez llegaron a besarla. Un beso. Nunca creyó que la molestase tanto un beso de cualquiera. Para él también. Como las sonrisas, como las insinuaciones todas. Y se echó a llorar. Maquinalmente contestaba las cartas. Las tro-caba a menudo. Ellos se las cambiarían. Sólo en las suyas llevaba la pluma y el aleteo del seno al compás. Eran de cuatro pliegos. Cruzaba las líneas con delectación. Se sentía tranquila. Fresca: un frescor delicioso dentro de su traje azul de chispazo eléctrico.
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Andén
Luego la encenderían las voces. Echaba atrás la cabeza para pensar la frase. Escribía: “Todo el brazado
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Miguel Pérez
Ferrero de sonrisas para usted. Llegarán fragantes. Las recogí. Los pobrecillos me las daban sin sospechar. Y las miradas. Y los piropos.” lba a escribir: “Y un beso,” pero se le apretaron mucho los dientes y lo dejó. Puso otra vez: “¡Los pobrecillos!”” Abrió la palma de la mano. De un soplo volaron a la nada impe-rativos y súplicas. ¿Por qué dirían aquellas cosas? Y se reconcentró pensando en él.
Decidieron ir a recibirle. Desde el tren vería muchos discos rojos —Peligro—y dos discos verdes—- Paso, paso—. ¿Había una trampa? Quedarían bien sujetos la locomotora y el coche-salón. Alguno inda-gó si resultaría muy caro alquilar una murga. ¡Como iban a deshacerse los suspiros del vapor de agua! Cada apretón de manos le pondría más lívido el rostro. Y las sonrisas de ella oliendo a disculpas. Acaso tuviese el cinismo de prender una disculpa en su ojal. Los discos rojos se aclaraban: era tan divertido. Entraron en una sala de espera que estaba vacía. Si allí bailasen... Así podrían abrazarla por turno. Tararearon la música. Subió un vaho por la vidriera
Ia
Andén de la puerta. Un empleado con bigotes de perro gri-tó: “¡Están bailando!” Hicieron un ruido muy fuerte con los cristales. ¿Por qué no se paraba? Una nube de humo les quitó la luz. Y un silbido. Salieron atro-pellándose con algarabía. No les quedaba otro reme-dio que ir a él. La estación se había poblado de pronto. ¿Dónde? ¿dónde? Y corrieron en un mismo sentido; ella, la primera. De pie—el borde dorado que le cruzaba el pecho abría una franja pura en la transparencia de acuarium—sólo las piernas no se le veían. Entre las manos un libro a medio cerrar: “El tren blindado No. 14-69.” Las cubiertas de la edición española entona-ban con el color de su traje inglés, con su gorra, con sus guantes, Pareció que les iba a decir algo, pero no hizo sino mirar—Ella estaba en el centro—. Tanta quietud en su cara sin expresión patética. Sus ojos eran muy claros. Parecía que les iba a decir lo que dijo: “Voy más lejos.” Y ya no tuvo inconveniente en sonreírles. Ellos bajaron la vista hasta la punta lustrada del zapato: se encontraron a sí mismos. Les temblaban las rodillas. ¿Era la trepidación otra vez? Ella tenía ahora los discos rojos —Peligro, peligro—. Le vieron ladearse; todo él se había sumido en el acuarium. Reclinaba la cabeza. Una mano precipitó una lucecita en la otra en forma de nido.
Se dejaron acuchillar las ventanas del coche-sa-lón. Ellos notaron cómo se quedaban atrás.
» EN
Miguel Pérez Ferrero
Uno la dijo: —Puesto que estás tan triste, ¿quieres ser mi no-via? Respondió que: bueno. Y así. sucesivamente, con todos aquella misma tarde.
Miguel PEREZ FERRERO
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