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Año 1.1928=T. 1, Nr. 1, Repr. 1981

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9 articles
  1. Encuadernación

  2. [Publicidad]

  3. Espíritu del héroe

  4. Sonetos

  5. La inocente aventura del trópico

  6. Ocho poemas

  7. La obra de Diego Rivera

  8. Motivos

  9. Carta de colores

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105 pages

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2 BE Gastélum: ESPI RI- TU DEL HEROE—]. To rres Bodet: -50 NE TOS.— E. González Rojo: LA 1NO CENTE AVENTURA. B O. de Montell ano: OCHC POEMAS.— G. Garcia Ma roto: LA OBRA DE DIEGLC RIVERA _ MOTIVOS: Una Antología Nueva (B. O. de M.) - Cándide o de la Estadística (J. T. B.) Viajes, Viajeros (X. V.) - Car ta a Fantomas: Bergamín (E ue , d Precio: Un Peso.

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ESPIRITU DEL HEROE LA Historia existe solamente para aquello que es capaz de evolucionar: seres o cosas, pero la que nos interesa comprender esencialmente se refiere al hombre: la que lo interpreta dentro del sentido cósmico y expresa su contenido como una realidad. Lo demás no puede considerarse como verdadera historia en un juicio profundo, sino que entra—como una re- presentación —en la medida de lo que pertenece a cada cuerpo; forma parte de sus transformaciones, de sus pérdidas, de sus aumentos. El hombre o pueblo que no cuenten con nada propio, que no se distingan sino como punto de transición de un grupo a otro grupo, que sólo sean confusión—sin trayectoria clara, sin mutación trascendente en un aspecto único—no nos interesan. La biografía que debe hacerse es la que se elabora cuando la huella trasciende más allá de la fa-

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Espíritu del Héroe milia, cuando abarca un cuadro nuevo del universo, cuando, de la acción recíproca de dos voluntades, flu- ye algo específico. Edifiquemos con estos valores—en el presente—el estilo de una nueva sensibilidad ética y abandonemos el absurdo de descubrir en las ruinas una realidad que fué. Para obrar hay que creer con fe: la principal cualidad del santo y del héroe es la sinceridad. Lo santo sólo se produce en el terreno religioso; el héroe es un producto de la vida civil. El santo es el hombre que todo se da: vive para los otros. En su dependencia con Dios encuentra su mo- ral. Para el héroe su voluntad es su moral; los usos pierden en él su raigambre y domina, con un instin- to profundo, aquellos enlaces que la inteligencia no advierte. El héroe puede ser Dios como Odin y Ma- homa, o bien guerrero, hombre de ciencia, escritor, artista, político. En la supranaturaleza se funda la cualidad del héroe o del santo. La constituyen hechos que racionalmente no se explican, pues se aproximan a la intuición estética y se desenvuelven como suce- sos sentidos. La originalidad que supone cualquier actividad que se aparta de la costumbre se considera como extraña ya que elevarse por encima de lo ordi- nario es preconizar un nuevo uso. De la impresión que cause en la comunidad y de la facilidad con que se adopte depende la innovación de la moral reinan- te. Así se verifica la evaluación en la costumbre: pri- mero, locura del que quebranta la tradición; sorpresa indignada por el prestigio de las buenas prácticas. En

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B. J. Gastélum seguida, la inmoralidad del hombre libre que afina su gusto con una relación más profunda que el valor or- dinario. Después, muchos años después, la admira- ción a una actitud superior que supo resistir a la obe- diencia, al lugar común de la mediocridad. La diferencia esencial entre lo que se deba o no deba de hacerse carece de un significado absoluto. La existencia de una ley moral válida fuera del hombre y del tiempo es lo que más ha atormentado al espíri- tu y no se alcanzará nunca el estatismo espiritual, porque las horas se suceden en esa forma agresiva del carácter que sostiene el aspecto descriptivo de la exis- tencia atada a la sanción de la mediocridad que va a modificarse mañana, en una hora demasiado tardía para nosotros. Desde antes de Bentham se batalla por reconocer si hay algo en la ética social como manda- to expreso de la naturaleza; si esta ley es natural- mente cognoscible como buena y justa, pero hasta ahora nadie ha descubierto su fórmula. Si lo moral pudiera encontrarse como una verdad, de antemano podría trazarse el camino que conviniera seguir. Es- casearían los conflictos, no surgirían ni el héroe ni el santo, y algo se habría conquistado en la práctica de una rectitud absoluta. Pero, por lo contrario, la duda crece a medida que se derrumban ideas que se tenían por seguras. Principiamos a comprender que el pro- blema de la conducta.es un asunto personal que inte- resa al grupo desde el aspecto de su debilidad. Si to- dos los hombres fuesen fuertes a nadie preocuparía

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Espíritu del Héroe lo que hiciera el vecino. Nos aproximaríamos a la ver- dadera libertad. La falta de capacidad y de aptitud de la mayoría funda la costumbre y las maneras socia- les y políticas. Mas si nos hemos referido a estos he- chos no es, por el momento, con el propósito de inte- resarnos en la cuestión moral en sí misma, sino en algo más trascendente: en la ausencia de estímulos que comprometen la conducta del hombre. Hasta ahora hemos perdido el tiempo en inter- pretar aquellas tendencias que traemos como elemen- tos integrantes del contenido cósmico. El adivino y el profeta aplicaron a sus propósitos el desenvolvi- miento de nuestro ser. El santo, muchos años des- pués de practicar el culto, incluye dentro de la creen- cia la ética, refiriendo a la divinidad el bien y el mal. Y cuando la muchedumbre, por la decadencia de la fe, huyó de los profetas, el filósofo se encargó—fren- te al avance de la ciencia —de precisar la verdad de la conducta. Mas ya, desde Spinoza, conocíamos que lo exacto, en la moral, no señala nada sino que es po- sición relacionada a nuestros deseos, a nuestro modo de pensar. Lo único que tiene un valor absoluto es la naturaleza y ésta, en el hombre, formula tenden- cias muy diversas a las que la intelección busca y el sentimiento sueña. De todas estas ideas que persi- guen como finalidad la exaltación de la vida, las más fincadas a la tierra son las del héroe y del santo. Por- que sin ser elaboradas con la convicción científica que la meditación establece para cada punto, respon-

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B. J. Gastélum den, con espontaneidad genial, al sentir de las cosas que se desenvuelven cualquiera que sea la represen- tación que se tenga de ellas. Ordinariamente se acep- ta, por la comunidad, un orden diverso al de su exac- to contenido. No queremos convencernos de que un buen razonamiento vale mucho menos, a veces, que el curso natural de los fenómenos. El héroe y el santo edifican. Los demás formamos la multitud, la masa que trasmite a la posteridad su historia. A ningún hombre de acción le interesa lo que afirma el doctrinario. El es el acontecer, el fenóme- no. Pero no hay duda que su número crecería si el reconocimiento del éxito se colocara dentro de la exis- tencia. Ahora sufrimos la superioridad y nos desqui- tamos de nuestra organización teorética pronuncian- do el juicio fuera de la posibilidad de una refutación oportuna. Si pudiéramos contemplar el resultado de nuestra experiencia como algo cuya profunda signi- ficación hiriese nuestra sensibilidad, entonces contri- buiríamos a hacer el ritmo, incorporándonos dentro de su sentido. Se dignificaría de esta suerte la figura del pensador, no quedando ya él atrás de los aconte- cimientos para hacer su glosa (papel sin trascenden- cia para los próximos grandes espíritus) y la historia dejaría de ser leyenda sin ningún efecto sobre planes futuros y asumiría—dentro de la literatura—un as- pecto heroico. No queremos asegurar que todos llega- rían a convertirse en hombres superiores, pero sí que se afirmaría la ética colectiva.

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Espíritu del Héroe Al mundo se llega como se es, pero el sentimien- to y la moral no son cosas de herencia sino que las impone la cultura. Para el griego que practicaba una moral de interés la cultura relacionaba sus doctrinas al mundo visible. No teniendo historia, ni compren- diendo el futuro, hizo de sus templos un lugar esco- gido donde celebraba el triunfo de los espíritus selec- tos. Sus dioses los creaba su fantasía y el recuerdo de sus hombres superiores, considerándolos como per- sonas reales y dando a su existencia las ideas mora- les que regían la vida. Así, la figura brillante de aquel pueblo desconoció —como acontecía en las creencias brahmánicas—la oposición entre la naturaleza y el espíritu. Su rasgo esencial fué el goce estético: la música, la filosofía, la oratoria, las artes plásticas se cultivaban en forma de deporte nacional. Cada quien pretendía destacarse por su atrevimiento, su destreza o su sensatez. Los juegos, la danza y las canciones animaban los poblados. La opinión pública celebraba la vida laboriosa y pacífica; la justicia, la nobleza, las acciones heroicas. El poema homérico es el libro de todas las clases. Sólo Platón, recomendando una mo- ral ascética, en contradicción a la alegría con que el griego afirmaba su conducta en la existencia real, sostuvo la continuidad del alma después de la muer- te; idea que ya se conocía en los misterios dionisia- cos. La vida habría que considerarla como una pre- paración para la muerte. La interpretación platónica desde este aspecto es precursora del pensamiento cris-

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B. J. Gastélum tiano. La contemplación erudita del paganismo ve a Dios y, años más tarde, Platón es considerado como un teósofo. La falta completa de una disciplina cien- tífica seria hace que se le tome en su aspecto ideal y que una gran mayoría de padres de la Iglesia sean platónicos. La imagen de una existencia mejor des- virtúa el criterio utilitario que había prevalecido en el espíritu de la cultura griega y el aniquilamiento final, que preconizaba Epicuro, es sustituído por el pensamiento de la inmortalidad cristiana. La religión de Cristo—que sucede al politeísmo clásico—adoptó de la teogonía egipcia, del Budismo y del dualismo persa, la forma de considerar la vida. La abnegación, el desinterés, el amor al prójimo, la humildad, el olvi- do del presente, forman el ideal de la nueva fe. Tal parece como si se tratara de reducir la existencia a la voluntad de un espíritu colocado más allá del ascetis- mo y en relación constante con los poderes sobrena- turales que rigen al universo. Por justificados que pa- rezcan el carácter y la elevación de la moral cristia- na, es indudable que el solo hecho de trasladar fuera de la vida sus sanciones ha sido el obstáculo más se- rio para la redención de la libre ética humana. La fi- losofía cristiana desconoció el horizonte natural del hombre, su falta de grandeza y sus determinaciones mezquinas. No se dió cuenta que, a la ausencia de un estímulo sensible y aplaudido por la comunidad, respondería su egoísmo; el despertar ordinario de to- das sus concupiscencias. En efecto, el hombre—a pe-

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Espíritu del Héroe sar de haberse adaptado a todas las innovaciones de la ciencia y de la industria—sigue adherido a la ima- gen religiosa del pasado, se preocupa por llevar una existencia práctica y deja a la especulación como un ejercicio puramente espiritual. Como buen burgués, comercia con las cuestiones de espíritu, se abraza a todos los sistemas, olvida todos los propósitos y, en- tre llanto y risas —refugiándose unas veces en la le- yenda y en la filosofía otras—acaba por alcanzar la culminación de su arte: el lirismo en la ética. Cada cual canta sus propios afectos, sus propias ideas. Fi- listeo, el hombre tiene asegurado el supremo deleite en la contemplación eterna, con un arrepentimiento tardío. La costumbre forma parte de la estética. Por eso el antiguo ensaya, dentro del contenido de cada ma- nera, de cada situación, de cada uso, de cada pala- bra, la armonía de la línea, el matiz del color, el equi- librio gracioso del movimiento. Todo se vuelve obje- to de arte. En un simple saludo, la vida se manifies- ta con todo su misterio o bien pierde carácter ante la perspectiva de un ideal remoto. Cada quien se re- gocija públicamente de lo que hace porque sabe que su figura proyecta rasgos que abarcan un amplio te- rritorio espiritual. La estatua, el homenaje, la fiesta, buscan al héroe. La capacidad de deleite se extiende hasta el mismo límite del valor que expresa en cada quien. Si la filosofía ha borrado esa posibilidad de su-

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B. J. Gastélum frimiento o de goce para una existencia posterior y sitúa, dentro de la tierra, la afirmación exacta de ca- da ser, no hay que continuar fincando la ética en el pensamiento místico. Hagamos que, dentro del mi- crocosmos de cada hombre, se proyecte la luz, o se gradúen las sombras. No hablemos más de los diver- sos aspectos en que pueda considerarse la costumbre ni nos empeñemos en creer que puede haberlas fue- ra de la inquietud social como una fuerza rígida. Los rasgos de las que existen en esas condiciones perte- necen a la biología y no sirven para desarrollar la amistad ni hacen mejores a los hombres. No habrá que considerar a las demás ni buenas ni malas, ni justas ni injustas, sino sólo convenientes. Así el uso tiene toda la plasticidad necesaria para amoldarse a la época y al lugar. Como llama que brota dentro de nosotros mismos, lejos de interpretaciones filosófi- cas, aspira a resolver, en obra maestra, el fluir ordi- nario de los sucesos. Dentro del andamiaje de este pensamiento lo ilícito se convertirá en un hecho ha- bitual y la inteligencia—para no aparecer retrasada — adoptará la moda del instante. Todo hombre sentirá el gozo de lo que adquiera y cuando su obra realice un significado más profundo, cuando ligue dentro de una misma armonía a todos los espíritus, la gracia será con él. Pero en tal forma que, lo que levante, albergue la ambición más alta. Si desde hace diez y nueve siglos hubiésemos encadenado a la ambición la salvación del hombre, si hubiésemos transformado

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Espíritu del Héroe la codicia en instrumento de santidad, el tesoro moral de la humanidad estaría henchido de héroes y de santos. ¿Qué importa que tras de cada uno de ellos aliente un forajido? ¿Qué que la santidad o el he- roísmo puedan ser alcanzadas —cuando no sean una expresión de la comunidad—por quienes tengan fuer- zas para simularlas hasta el fin? Esta exaltación y glorificación del valor del hombre las realizó el Rena- cimiento. Fué entonces cuando el espíritu se eman- cipó de su subordinación a la leyenda y todo empezó a interpretarse con una actitud naturalista. Con la re- novación de los sistemas que buscaban su inspiración en los modelos de la antigiiedad, se descubría un horizonte nuevo, en el que los seres y las cosas pare- cían hechos para el solo deleite. Los bienes que ha- bían sido desdeñados en la Edad Media—en que se consideró la vida como un lugar de transición—re- conquistan entonces su importancia. Se vuelve al go- ce de lo terreno; a la estimación de los más pequeños valores mundanos. No hay sector de la inteligencia del que no brote un nuevo intento para enriquecer la existencia, ni vibración que no proyecte un himno en favor del hombre. En esta carrera, en la que todos participan por igual, se olvida-—por alcanzar la ci- ma—el sentimiento cristiano y la práctica justa. La moral se desprecia. Hay una degradación en la vida privada y pública y el orgullo de cada quien crece a medida de su indignidad. No hay período en la histo- ria que haya producido tantos espíritus selectos, ni

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B. J. Gastélum en que el delito haya alcanzado tanta distinción espi- ritual. La idea realista que predomina en la cultura y el naturalismo que funde como elemento necesario todo el pensamiento, trae una conclusión: la excelen- cia del hombre y su predominio sobre lo que existe. De ahí que todo se vuelva motivo de razonamiento y crítica. El sentimiento deja de ordenar la vida y, sobre nuestras cabezas empobrecidas por el positivis- mo, danza la imagen de Comte. No hay que olvidar sin embargo que si tal obra pudo presentar algunos aspectos mezquinos, engen- dró a su vez esa actitud gallarda que dió al hombre la posibilidad de descubrir, en sí mismo, el centro del universo. Este es el milagro del Renacimiento. Un horizonte que ilumina la sensibilidad de cada uno. Una ambición de goce que hace al hombre buscar eternamente, con la mirada fija en las iglesias, la compensación pagana de sus conquistas. Por ello el santo que llega a ser un motivo de veneración uni- versal, desaparece con el siglo diez y seis y el héroe, que está atento a una glorificación inmediata, queda como un refugio de la tendencia mística de la huma- nidad. Mas por una juiciosa valoración de los hechos, se ha purificado la representación del héroe, apare- ciendo de más significación la que—apartándose de la tradición exclusivamente guerrera—agosta de un modo más completo el sentido del dolor. Por eso Goethe, de quien huyen, en forma tan arrebatada, todas las cualidades heroicas, es el tipo del héroe en

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Espíritu del Héroe el espíritu moderno. Conviene recorrer con un ligero recuerdo el círculo de sus éxitos. Toda su obra es una confesión que mezcla la realidad con la poesía. En el alquimista de Fausto se reconoce al médico que lo atendió en una grave enfermedad. En las confesio- nes de una bella alma de Wilhelm Meister,a la amiga de su madre, Mlle. Klettenberg en cuyo círculo social se cultivaba la astrología y las ciencias ocultas. Es lo que da tanta vivacidad a sus creaciones. Mas en todas, conserva la libertad de su espíritu que aplica —a pesar de sus angustias morales—no sólo al arte, sino a las costumbres, alejándose de todas las que pretenden poner un límite al libre juego de su genio. Por ello sus actividades literarias son un des- quite de las inquietudes que lo agitan. Vaga tras un fantasma que habita más allá de la tierra. Así hace su definición de la poesía. Su vida; es el éxito de una inteligencia vigilante atenta a una sensibilidad pro- funda: Werther, Fausto, Tasso son partes de su espíritu, que se transforma en cada época de su existencia. Cada día y en forma pensada amanece un ser diverso. Werther es uno de los episodios de su vida que más claridad arroja sobre el espíritu de Goethe: enamorado de la esposa de un amigo, en- cuentra natural que el joven Jerusalem—-víctima de un caso semejante—se suicide. Acaricia durante mu- chos días un puñal que había extraído de la sala de armas de su padre, atormentado por los recuerdos de Wetzlar; al que sólo su amigo podría darle un uso

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B. J. Gastélum cierto, mientras él cristaliza en una obra poética su propio conflicto moral. A su egoísmo somete los acontecimientos — el Werther promueve una se- rie de suicidios —sin quedar aprisionado por ellos. La exaltación del hombre lograda por el Renaci- miento, Francia es el único país que la recoge como herencia y la cultiva hasta nuestros días. Por el elo- gio de sus actividades creadoras, ha formado así, en el espíritu público, el respeto y la admiración para to- da labor constructiva y ha encendido, en el alma po- pular, la idea del por qué de su consistencia, el sen- tido de su articulación, la necesidad de su arquitec- tura. ¿Hasta qué punto podemos darnos cuenta de la importancia que tiene este proceder para la ética? Basta explorar el horizonte de las ideas para encon- trar, en cada región, una parte del espíritu francés. Así ha podido consolidar, en el ambiente universal, el respeto por sus nombres y la admiración por su cultura, convirtiéndose esta última, en todas las épo- cas, en la moda del pensamiento civilizado. Este es el secreto de Francia y la superioridad de su genio. En cambio, la mayoría de los países—y esen- cialmente el nuestro—resultan inaccesibles al elogio. Desconocen que su fuerza es la única capaz de arran- car de la infecundidad a grupos que se suponen uni- dos, para alcanzar una existencia superior. Se trata de una degeneración moral que sólo siente estímulo para empequeñecer los ímpetus nobles y descansa de su remordimiento y satisface su envidia con un ho-

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Espíritu del Héroe menaje póstumo. Así, la mediocridad recupera para sí misma lo que un espíritu excelso le arrebató, pero que ya no estuvo en posibilidad de gozar. Continua- mos creyendo en el santo y en el héroe auténticos desestimando la importancia de la civilización para formarlos. En la falta de salud descansa ese temor para ejercitar—en beneficio de todo gran proyecto— el aplauso espiritual que lo aliente. Se ha creído que, por el hecho de prodigarlo, instituimos un falso va- lor, cuando bien sabemos que de estas valoraciones inocentes, saldría la idea vital que nos permitiera ca- da día tener un pretexto para mantenernos juntos y un propósito que realizar para mañana. Tal debe ser la trascendencia del criterio filosófico moderno: descubrir en la más honda malignidad una fuente de ternura y de bien, hacer de un juicio mediocre un adjetivo solemne. Transformar el temor, inspirado por la ausencia de genio, en la confianza de una tra- yectoria clara, trazada por un esfuerzo inteligente. Deberemos formar hombres distinguidos no negándo- les el aplauso. Pero para que éste estalle, hagamos el país dándole, junto con la conciencia de su articula- ción, el programa de su existencia. Bernardo J. GASTELUM

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SONETOS PALABRA / QQ” dulce ya, fuera del libro amado, esta palabra lenta, única rosa de haber perdido su significado menos fragante pero más hermosa! Sin futuros sentidos, sin pasado, alegre de inventar la forma ociosa que el lenguaje no hubiera meditado, se oye volar y, sin volver, se posa. Ya está por fin sin tradición, ajena a la razón del verso que la busca por todos sitios, impaciente mano. Lágrima que no brota de la pena, tan sólo nace para ser más brusca y más pronto morir y más en vano.

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Sonetos LIRIO ¡ Cc que lápiz de punta cristalina Ú rayo la luz contra el jarrón oscuro este lado del lirio que se inclina -— más que la sombra que proyecta— al muro? De su vertido cáliz brota, en fina cascada de paciencia, el tallo duro y de su propia fuga se ilumina como el río que nunca está maduro. Pasa del ónix de la copa clara que en la atmósfera cálida lo anima a la blancura póstuma en que muere y lo miro cambiar como una cara que envejece el color y cansa el clima del espejo pausado al que se adhiere. DESNUDO M]UIER pintada en el espejo frío del baño umbroso que te representa, con sólo no moverte una tormenta de colores aplacas en el río. Sales al fin, con el escalofrío de una piel recobrada sin afrenta, y gozas de sentirte menos lenta que en el agua, en el atre del estío.

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]J. Torres Bodet Desde la sien hasta el talón de plata —ñúnica línea de tu cuerpo, dura— tu desnudez su manantial desata. ¡Pero con qué pudor de veste pura recoges del cristal que te retrata, vacia de tu cuerpo, tu figura! UVA ¿ QQ fina mano dibujada en hielo cortó al racimo del calor el grano de esta uva que el musgo del verano vistió. para la sed. de terciopelo? Toco en su piel henchida el vello sano de la sombra y el oro paralelo con que la tarde repartió el anhelo entre los cinco mundos de la mano. Y me dejo absorber, en el sombrío clima del comedor que un árbol puebla con el vecino atardecer del vrado. por esa lucidez del fruto frío en cuya gota se cubrió de niebla el otoño del día terminado.

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Sonetos MANZANA FDONCIENCIA del frutero campesino, manzana; entre las uvas y las nueces ¡de qué rubor tardío te embelleces con el otoño que te presta el vino! Gira en la piel de tu contacto fino una dulzura sana, sin dobleces, y del reflejo en que tu forma acreces llenas, sincera, el vaso cristalino. Porque es tan limpia la pulida esfera de tu carne de plata y tan segura que el paisaje que mira, refrigera. Y corre por la helada dentadura una acidez, al verte, que no altera la sed, sino la moja y la madura. OTOÑO J por ese litoral de la hoja bella en que el verde sombrío del verano quisiera ser de luz, daría el vano esplendor sin otoños de la estrella. La muda eternidad que fluye en ella me deja frío y su temblor lejano envidia la caricia de la mano en que toda la hoja se querella.

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]J. Torres Bodet ¡Otoño! De una orilla improvisada de amarillez la planta se ilumina, dichosa entonces de morir dorada. Ay, pero escrita en esa playa fina de la hoja, la frase interminada duda también y, por brillar, declina... VASO D ETUVE el sol contra la esfera dura del vaso de cristal en que bebía y vi temblar con él de un agua pura la soleada transparencia fria. “Que un vaso —dije— seas, Poesía, donde la sed encienda la frescura como este vaso que congela el día en un diamante sin temperatura”. “Que el vaho mismo de mi voz mojada dibuje en el cristal de tu eco fino una estampa de niebla iluminada y que, al aparecer el repentino rubor, detrás de ti, de una granada, sea su resplandor tu solo vino” Jaime TORRES BODET

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LA INOCENTE AVENTURA DEL TROPICO RELATO DEL SEGUNDO OFICIAL CHARLIE RAE- BURN, DE LA MARINA MERCANTE AMERICA- NA Y AL SERVICIO DE LA UNITED FRUIT CO. N / I deber es confesar, antes que nada, que si ha habido alguna culpa es mía, exclusivamente mía. ¿Cómo podía imaginar que las cosas pasaran de tan insólita manera? Es cierto que soy joven, bastante joven; pero también lo es que siempre me he distin- guido por mi circunspección y mi comedimiento. Soy lo que se llama un buen muchacho, un hombre for- mal: buen hijo, buen estudiante, apreciable marino. Mi hoja de servicios puede atestiguarlo. Aquello sucedió tan de repente y con tanta sen- cillez, que todavía no salgo de mi asombro. Llevo ya tres años de viajar por las mismas latitudes, de sentir

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E. González Roje cómo los rayos del sol se hunden como dardos de fue- go en las verdes entrañas del Mar Caribe, de contem- plar los cielos sin mancha durante el día y sembrados de estrellas por la noche, de entregar mi cuerpo casi desnudo por el calor al soplo del viento apenas tibio. Y, sin embargo, nada hasta entonces me había hecho presentir la extraña aventura de la otra noche. Ni siquiera cuando recogimos este precioso car- gamento de señoritas en Nueva Orleans, tuve la más ligera sospecha de lo que el destino me preparaba en tan corto plazo. Así es que las he visto embarcarse con agrado y simpatía y hasta creo que dije para mis adentros: “¡Cuán justo es, Señor, que estas pobreci- tas muchachas vayan a curarse en la playa del Hotel Washington de la terrible sofocación de Nueva Or- leans!” Luego me di a pensar en aquel pedazo de mar, arrebatado por mis compatriotas al Atlántico, prisionero de vallas de cemento y vigilado por nues- tros bravos marinos. Allí la vista es tan amplia, que se puede ver la sombra del Viejo Continente sobre los mares. Más cerca, los ojos descansan en las pal- meras esponjadas, airosas conductoras del viento, y en las colinas ahogadas de verdura. La alberca es grande y honda. Nace al pie de los jardines enanos, con tapicerías de musgo y avenidas de arena tibia, fina, grata a los pies desnudos de los bañistas que se posan sobre ella. Y cuando nuestros cuerpos se hunden en el agua, los peces y los negros

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La Inocente Aventura nos contemplan curiosos por los redondos agujeros de las redes de alambre que nos separan. De pie sobre el puente de proa, atento a las com- plicadas maniobras del buque, pensaba en estas y en otras muchas cosas. En cuanto a las viajeras, no tuve tiempo de examinarlas una por una; pero la regula- ridad de su fisonomía, que casi era una semejanza, su tipo alegre y sus ademanes juveniles, tan nues- tros, es decir, tan de mi raza, me causaron una im- presión excelente. No pude menos que seguirlas con los ojos desde que saltaron a la cubierta hasta que desaparecieron de mi vista por los corredores de la nave. Antes de continuar este relato, debo aclarar un punto que ahora se me viene a la memoria. Un ami- go mío, cónsul de una república hispanoamericana en Panamá, me hace frecuente bromas respecto a lo que ¿l denomina “la suerte de los marinos con las muje- res.” Sus continuas preguntas, que yo estimo capcio- sas, tienen la molesta virtud de exasperarme y con- fundirme extraordinariamente. Y lo peor del caso es que, cada vez que yo niego y procuro cambiar de conversación, me reprende entre burlas y veras por “mi discreción absurda e impropia de un amigo.” —Aquí en confianza —me dice poniendo sus dos manos sobre mis hombros—cuénteme alguna de sus aventurillas... No tenga usted cuidado, que soy una tumba para guardar los secretos... Entonces siento que toda mi sangre se me sube mn

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E. González Rojo al rostro. A su sonrisa picaresca y a sus desvergonza- das palabras respondo con mi noble silencio, lo que creo más digno, más propio de un caballero nacido en el Oeste de los Estados Unidos. Pues bien, yo quería decir con todos estos cir- cunloquios que no entiendo, que no me explico eso de “la suerte de los marinos con las mujeres," suerte que supongo muy semejante a la de los demás hom- bres. Estas gentes del sur y de los trópicos que hablan el español, tienen una imaginación muy exaltada e inventan el pecado cuando no existe. Las señoras y señoritas que viajan solas en nuestros barcos son, co- mo huéspedes, sagradas para nosotros, aunque ten- gamos con ellas relaciones de cortesía y, a veces, una camaradería cordial. Puedo asegurar que ellas corres- ponden a nuestra respetuosa atención con una amis- tad y una confianza firmes, inocentes. Todavía reci- bo periódicamente cartas y noticias de Miss Evelyn Richards, de Utah, que viajó en nuestra compañía en los primeros días del otoño de 1920. La constancia en los afectos es una de las características de mis com- patriotas que más me llenan de orgullo. Volviendo a mi relato interrumpido, recuerdo haber dicho que en el muelle de Nueva Orleans no me fijé con detenimiento en las jóvenes viajeras, y es verdad. Mas con verlas a bordo constantemente, poco a poco he podido distinguirlas con bastante pre- cisión. Ahora puedo decir, sin temor a equivocarme, que Miss Mabel es la que tiene los ojos más azules y 7 ol

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La Inocente Aventura que el cabello de oro de Miss Mary es realmente in- comparable. La pequeña Billy es traviesa y tiene las naricitas muy cortas. Miss Constance es demasiado seria y Miss Mabel excesivamente sentimental. En cuanto a Miss Claire, atacada sin piedad por el mareo. se ha pasado toda la travesía encerrada en su cama- rote. Viaja también con ellas Mrs. Florence, que es algo así como su dama de compañía, aunque bien po- dría pasar como la madre de las muchachas. Su aspec- to es el de esas viejecitas que aparecen a menudo en el cinematógrafo, con su peinada cabellera blanca tan lisa y brillante que parece un espejo de plata, la mira- da dulce escondida detrás de los anteojos y las ma- nos finas, largas, siempre ocupadas en hacer calceta o en bendecir piadosamente al hijo pródigo. Mi pobre madre, que vive en Tucson, Áriz., se asemeja extraor- dinariamente a Mrs. Florence. ¿Qué dirá cuando se- pa lo que me ha pasado? Espero en Dios que no desmentirá su excelente corazón y que, a la distancia, me seguirá enviando sus bendiciones y sus amorosos besos. Hasta después de haber pasado La Habana, no comenzamos los oficiales del barco a hacer amistad con nuestras compatriotas. El resto del pasaje habla- ba solamente el español y notábamos que ellas se aburrían y desesperaban. Mientras más nos acercába- mos a la línea del ecuador, la temperatura se nos vol- vía más insoportable, y creo que fue la pequeña Billy

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E. González Rojo la que nos pidió que improvisáramos una piscina don- de pudieran refrescar sus cuerpecitos sudorosos. Por fortuna pudimos darles gusto merced a la gran can- tidad de lona impermeable que poseíamos en la bode- ga, y pronto quedó arreglado el baño, que improvi- samos en la depresión que se forma entre la cubierta de Primera Clase y la escotilla de carga, hacia la popa. Su inauguración tuvo los caracteres de una fies- ta magnífica. El capitán asistió a la ceremonia y con él todos los pasajeros, sin distinción de categorías, contemplaron las primeras zambullidas de los nada- dores, llenas de peripecias por el exiguo tamaño de la alberca. La pequeña Billy fue la que conquistó más frecuentes y merecidos aplausos, pues dos horas en- teras se estuvo haciendo prodigios sin que el cansan- cio corporal interrumpiera por un instante sus gra- ciosos juegos. Era de ver cómo encogía su cuerpo en los saltos arriesgados y en el aire lo distendía como un arco flexible. Al lanzar la flecha de sus brazos ha- cia el agua conmovida de antemano, ésta la recibía presurosa en su seno con su cortejo de risas y de es- pumas. Cuando nadaba, aquellos brazos que antes herían acariciaban después las ondas y el cuerpo se deslizaba apacible, movido por un mecanismo ocul- to, lleno de facilidad y elegancia. Al salir de la pisci- na, se sentaba en el borde y pataleando repentina- mente en el agua, mojaba a los asombrados especta- dores de sus hañazas.

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La Inocente Aventura Por la noche, después de la comida, bailamos en el salón. A falta de orquesta, llevamos a bordo una magnífica “victrola ortofónica,” último modelo, y un extenso repertorio de “discos,” los más famosos en los Estados Unidos desde Nueva York hasta Los An- geles. El mar, que no estaba muy tranquilo, empu- jaba a las parejas unas contra otras y a todas a la vez sobre babor y estribor, siguiendo siempre el balanceo del buque. El espectáculo, nada novedoso para nos- otros los marinos, divertía locamente a los pasajeros y, en especial, a las muchachas. La risa de ellas, ale- gre, continua, parecía un raro comentario de la mú- sica y un acorde extravagante a los repetidos tumbos de las olas. Parecían jugar con el sonido y con el mo- vimiento y excitábanse por grados en aquel juego su- cesivo. Llega un instante en que la realidad no es sufi- ciente para los impulsos del corazón. Con ansia de- seamos y exaltamos la verdad hasta confundirla con la simulación y la mentira. Los golpes de mar no eran ya tan frecuentes y el balanceo de la nave se de- bilitaba por momentos, con dulzura. Y nosotros, qui- zás inconscientemente, seguíamos perdiendo el equi- librio, resbalando sobre las alfombras, estrechando mutuamente nuestros cuerpos y riéndonos a car- cajadas de las graciosas caídas de los menos firmes o de los más audaces. Entre todos los que bailábamos, yo era de los más tímidos. Pero Billy, cuya travesura es verdade-

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E. González Rojo ramente insoportable, me echó la zancadilla en el mo- mento menos oportuno, y allá fuimos los dos contra la respetable Mrs. Florence, sobre cuyas faldas cayó, retorciéndose de risa, la endiablada muchacha. Yo me levanté azorado, intentando dar mis excusas; pero la buena señora no quiso oírlas e hizo sentarme a su lado unos minutos, mientras Billy, arrebatada por otro de los oficiales, continuaba su danza vertiginosa. —Es un diablillo. Nunca se está quieta. ..—ofí que comentaba Mrs. Florence. Y yo, que todavía no salía de mi asombro, asen- tí con la cabeza. Recuerdo que fue en ese momento cuando co- mencé a sentir un interés especial por la pequeña Billy. No sé cómo me vino la idea, mientras la mira- ba bailar, de que sus naricitas cortas agraciaban deci- didamente su rostro. De una manera insensible la comparé con sus amigas y, sobre todo, con Miss Ma- bel, que era la más bella y distinguida. Que Miss Mabel era más bonita que Billy, no me cabía la me- nor duda. Nadie en el mundo podía poseer unos ojos tan azules, tan grandes y tiernos, de tan profunda expresión. Los de la pequeña Billy me parecían her- mosos solamente por su vivacidad, su inquietud, su constante moverse de un lado para otro. También Miss Mary le lleva ventaja con su es- plendorosa cabellera. Cuando antes la comparé con el oro, ha sido solamente para usar de una figura retó- rica que nada dice y dice mucho. Cuando se la mira

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La ITnocente Aventura se comprende que sus cabellos valen más, mil veces más. Con ser tan preciosos a la vista, creo que lo son más aún al tacto y sospecho que una de las mayores delicias sería hundir las manos en ellos, hasta dejar- las enamoradas de su tersura. Los de Billy, en cam- bio, ni siquiera son negros. Tienen ese color impre- ciso que llaman “castaño oscuro.” Lacios'a la vista y al tacto, caen con cierta gracia sobre las sienes, en forma de espolones de navío. De esta manera modi- fican su rostro con dos manchas simétricas sobre las mejillas. Confieso su vulgaridad; pero no dejo de enaltecer su gracia picaresca. En cuanto al carácter alegre de Billy, ¿no debe preferirse a la seriedad de Miss Constance y al senti- mentalismo de Miss Nelly? Como producto de estas observaciones, llegué a la conclusión de que mucho me gustaba la pequeña Billy. Tuve que confesármelo a mí mismo, poco cuidadoso de la importancia que podía tener dicha confesión. La contemplaba mien- tras bailaba con su nuevo compañero y seguía con entusiasmo sus movimientos ágiles, complicados en la técnica del “chárleston.” Mentiría si no dijera que buscaba de vez en cuando sus miradas, que ya prin- cipiaban a causarme cierto desasosiego, y que tardé mucho en darme cuenta de que Mrs. Florence me preguntaba por segunda vez si tendríamos buen tiem- po durante el resto de la travesía. No recuerdo clara- mente cuál fue mi contestación, pero sí que le dije algo respecto al calor insoportable, a la estrechez de

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E. González Rojo la sala de baile, a la aglomeración de gentes y a las exigencias en el cumplimiento de mi deber, termi- nando por pedirle permiso para separarme de ella y salir a la cubierta unos instantes. La verdad es que estaba ahogado por la alta temperatura del salón e inquieto por el giro que ha- bían tomado mis pensamientos respecto a la pequeña Billy. La intención que me llevaba al apartarme de Mrs. Florence era la de encontrarme un rato a solas con el airecillo amistoso del mar y ordenar un poco mis ideas. Así lo hice, en efecto. Pero de aquel paseo sobre cubierta, hecho con lentitud, saboreando a pe- queños sorbos el delgado licor de una brisa insuficien- te, resultó la más extravagante de las aventuras. Lla- maré la atención sobre el hecho de que todos los acon- cimientos que se van a seguir sucedieron sin inte- rrupción, y sin que mi voluntad desviara, en ningún sentido, su curso. Yo no buscaba la aventura; ella venía a mí, me envolvía en sus redes, e imposibili- tado para oponerme a sus despóticos designios, me abandonaba con voluptuosidad a la suerte que me deparaba mi buena o mi mala estrella. Varias veces había recorrido el barco sin encon- trar a ninguna persona en mi camino. En aquella so- ledad impresionante calculé que sería ya más de me- dianoche. Las luces del salón de baile se fueron extin- guiendo una por una. Hacía tiempo que la música reposaba en su caja de madera. La proa de la nave cortaba airosa el mar y la cruz del mástil más alto

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La Inocente Aventura persignaba con orgullo las estrellas. Reclinado sobre la borda, dejaba vagar mis ojos en el ancho y simple paisaje de los astros. Todos los minúsculos puntos luminosos parecían fundirse en una sola vislumbre plateada que descendía lentamente hacia nosotros. Y el mar, con impaciencia, subía sus aguas para tocar la luz. Un tshsst...! autoritario y misterioso me distra- jo de mi serena contemplación. A mi lado, una bre- ve figura femenina, en la que reconocí pronto a Miss Billy, se tenía erguida, con un dedo en los labios y una chispa burlona en la mirada. Aunque el asom- bro no me hubiera vuelto mudo, su imperioso gesto me habría impedido pronunciar una palabra. Ella me ordenaba callar y seguirla con todo género de pre- cauciones para hacer el menor ruido posible. ¿Qué tenía yo que hacer, sino obedecerla? Se puede figurar fácilmente cuál sería mi turba- ción, mi desconcierto ante un caso tan extravagante y fuera de lo normal. Incapaz de dar una solución a las mil preguntas que se cruzaban en mi mente, atro- pellándose, no me quedaba otro camino que el de la obediencia pasiva, sin explicaciones, irreflexiva y cie- ga. Cogida mi mano por la mano tibia de Billy, de puntillas como los malhechores, bajábamos las esca- leras y atravesábamos los corredores del barco, soli- tarios, silenciosos, oscuros. El más leve crujido de las maderas nos hacía detener la marcha. Apenas respirábamos. Volvíamos

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E. González Rojo a emprender nuestro camino y a detenernos después. En una de esas detenciones, me vino el escrúpulo de examinar en mi interior el aspecto moral de aquella caminata nocturna. En un segundo recordé las indis- cretas referencias de mi amigo el cónsul hispanoame- ricano. ¿Tendría razón, después de todo? Y, ¿cuál debía ser la actitud de un hombre de bien en tales cir- cunstancias? ¡Ah! ¡Cómo me lamenté de no tener cer- ca de mí al Reverendo Padre Johnson, mi amigo, mi maestro! El, con su profunda ciencia de la vida y con su hondo conocimiento de las Santas Escrituras, me hubiera tendido una mano, como Jesús, para sacarme de las revueltas ondas del lago de la duda. Las ideas que pasaban por mi cabeza se arremo- linaban confusas, sin ilación y también sin visos de verosimilitud. Tan pronto pensaba en un intriga amo- rosa como en un episodio caballeresco. Y bien podía ser (¿por qué nó?) un juego sin importancia, una burla gentil de mis amiguitas. Pero, sin saber a pun- to fijo la verdadera causa, me inclinaba más a lo pri- mero. Lo hacía por vanidad o por un necio amor pro- pio. Creo que a ningún hombre le es indiferente sa- berse amado por las mujeres y estaba seguro de que Billy había notado mi reciente interés por su per- sona e interceptado mis miradas cuando yo me en- contraba al lado de Mrs. Florence. ¿Dejaba, por es- to de ser extraordinaria su conducta? ¿No podía ha- berme demostrado su cariño de otra manera, más de acuerdo con los preceptos de la iglesia y las conven-

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La Inocente Aventura ciones sociales? ¡No! La pequeña Billy no podía lle- gar a ese grado de frío impudor, producto más apro- piado de la costumbre del vicio. Reanudada nuestra peregrinación por los desier- tos pasillos de la nave, llegamos por fin a la puerta de un camarote de lujo, no un camarote como todos los demás. Esto lo digo para que se vea la clase so- cial a que pertenecían mis amigas. Antes de que pu- diera interrogarla, Billy llamó con discreción y oí murmullos y risas que respondían a su llamada. Una delgada cinta de luz se pintó sobre el suelo y por ese puente luminoso penetramos los dos a la estancia, un poco cegados y aturdidos. En un segundo mis mira- das atónitas recorrieron el saloncito minúsculo don- de, desparramadas sobre las sillas, divanes y lechos, se encontraban mis amigas y compatriotas. Miss Claire, que era la única a quien yo no conocía, me sonrió débilmente. Es una figura interesante, de ojos negros, pálida, con una expresión de cansancio y la- situd producida probablemente por el mareo. Miss Mabel, que fue la que nos abrió la puerta, tenía un cigarrillo entre los labios. Su sonrisa parecía saltar re- gocijadamente entre las espirales de humo. Allí es- taban también, saludándome con los ojos, Mary, Constance y Nelly. Al entrar, como una ovación apa- gada, sólo escuché el susurro de sus voces que decían al unísono: —¡Oh!... Charlie... Pero, Señor, ¿qué significaba todo aquello? ¿Me z

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E. González Rojo había vuelto loco de repente? En medio de la mayor confusión del espíritu y mientras miraba atolondra- do a mi alrededor, Billy me hizo sentarme cerca de ella. Frente a nosotros apareció, como salida del sue- lo y por arte de magia, una mesita llena de copas y licores variadísimos. Un arco iris de licores y en el centro de la mesa una “cocktailera” parecía gober- nar, desde su lugar privilegiado, el desorden aparente de la cristalería. Y, a mi lado, Billy me decía persua- sivamente: —¿Qué te parece, Charlie? Esta es una fiesta íntima. ¿No sabes que tu grosero capitán mandó apa- gar las luces del salón antes de tiempo? Queremos se- guir el baile y te hemos convidado para que seas de la partida... Hay que ponerse en mi lugar. ¿Qué hubiérais contestado vosotros? Fuí débil, y es preciso recono- cerlo. La compañía de aquellas locas chiquillas era demasiado grata para mí y el vino, que yo no proba- ba desde hacía un mes, era un poderoso aliciente para hacer flaquear cualquiera otra decisión en con- tra. La mirada dulce y picaresca de Billy, que sonreía segura de mi aquiescencia, venció mis últimos escrú- pulos. Además, mi razón no encontraba un argumen- to suficiente para negarme a la solicitación de mis amigas. He dicho “mi razón,” pues lo que es mi sen- timiento me advertía calladamente que corríamos un peligro oculto, imposible de precisar; pero no menos cierto e irremediable. a

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La Inocente Aventura Esta inconformidad entre la razón y el senti- miento nunca se me había presentado durante mi vi- da. En todos mis actos habían ido cogidas de la ma- no invariablemente y en este acuerdo maravilloso nu- tría yo mi fortaleza, mis decisiones inquebrantables, mis imperativos de moral y hasta los mismos deseos, aun aquellos que no es posible nombrar en este rela- to. Considero tal motivo la causa principal de mi di- cha anterior, el curso tranquilo y sin tropiezos de mi existencia. Asimismo, siempre he sentido conmisera- ción por los seres cuya razón y sentimiento corren disparejos, con el peligro de no poder refrenarlos en el momento preciso y ser arrastrado por las conse- cuencias de un acto que ya no tiene remedio. Y, sin embargo, yo caía en esa hora en aquello que tantas veces había censurado. Apenas contesté que sí, cuando el programa de la fiesta comenzó a desarrollarse tal como lo habían pensado las muchachas. Los cigarrillos perfumados pasaban de mano en mano y se encendían sin inte- rrupción. Las primeras copas de un licor transparen- te, claro, se vaciaron en medio de brindis entusiásti- cos. La pequeña Billy se apoderó de la “cocktailera” y a los acordes de un “jazz” cantado a la sordina, revolvía rítmicamente el “gin” con el “vermouth” y el “cherry”, en tanto que ejecutaba con su sorpren- dente habilidad los más difíciles pasos del “chárles- ton.” Todo nuestro problema consistía en hacer el

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E. González Rojo menor ruido posible. Las frases apagadas que salían de nuestros labios remedaban la cautela usada en una secreta conspiración de otros días. El acto de servir- nos los “cocktails,” por la sabia mano de Billy, pare- cía una ceremonia solemne. Pero como sólo éramos juramentados del placer, la alegría de los rostros y la ligereza de los ademanes burlaban la sombra de todo ritual romántico. A cada copa de vino, a cada nueva canción, una mayor cantidad de alegría circu- laba con la sangre de nuestro cuerpo. Sentía yo un curioso impulso de ensanchar el horizonte de la estancia. Imaginábala demasiado es- trecha para albergarme con toda la fuerza que se agi- taba dentro de mí, y mis dedos se apretaban con un nuevo vigor insospechado. Comprendía con deslum- bradora claridad que tales eran los efectos de la bebi- da y más me regocijaba al encontrarme audaz y con- tento. Hacía calor, pero un calor que templaba los nervios y tonificaba las arterias. La mirada de mis amigas era más viva, sus gestos más llenos de con- fianza, sus palabras más atrevidas. Respondiendo a sus picantes bromas me atraían de un lado para otro y por fin me obligaron a sentarme en medio de ellas. Miss Nelly, reclinada la cabeza sobre mis hombros, recitaba a media voz unos versos de Tennyson y Miss Constance, sin perder su gravedad, acariciaba mis manos con ternura. Veía a la pequeña Billy, como en un sueño, des- lizarse maravillosamente sobre el piso, contorsiona!

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La Inocente Aventura su cuerpo en una forma inverosímil, quebrar las pier- nas, echar la cabeza hacia atrás, fruncir graciosamen- te los labios como para producir un silbido. Las unta- das guedejas de su cabello castaño se le despegaban de las sienes y volaban, tapando y descubriendo los ojos según el capricho y el vaivén de los pasos de baile. El sudor le corría por la frente cuando, con la “cocktailera” en la mano, la miraba acercarse a mí, extender los brazos, destapar el precioso líquido y verterlo acompasadamente en mi copa, en las de sus amigas, en la suya. La espuma del licor saltaba sobre la alfombra y el sonido de la cristalería, al chocar en- tre sí, formaba alegre coro a nuestras frases, a nues- tras risas, a nuestras canciones. Ya entonces sentía que los objetos se esfumaban ante mi vista, pero seguía bebiendo sin descanso. Me admiraba no sentir ni pesadez ni deseo de dormir, pues el cuerpo se me volvía más liviano y los múscu- los más ágiles. La bruma, en cambio, se hacía densa a mi alrededor. Cerré los ojos inútiles cuando el ros- tro de Miss Nelly había subido desde mis hombros hasta mi boca. Más arriba, aspiraba los perfumados cabellos de Miss Mabel y Mary, sentada en mis rodi- llas, apoyaba sus labios en mi frente, con inquietan- le caricia que no terminaba nunca. El baile de la pequeña Billy tomó de repente ca- racteres fantásticos. Con la falda subida a la mitad del muslo, danzaba en el aire, sobre todos nosotros. En la niebla confusa de la estancia, parecía bailar so- 2

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E. González Rojo bre las nubes. Tendido sobre el lecho, rodeado por mis amigas solícitas, el cuerpo se me iba volviendo temblor y música. Un dulce afán me dominaba y la última sensación fue la de los cálidos brazos de Billy, que se enroscaban lenta, pausadamente, a mi cue- llo... AL DIA SIGUIENTE POR LA TARDE El capitán, que me ha mandado llamar a su ca- marote, ha reprendido con dureza y justicia mi escan- dalosa conducta de anoche. -Creo que sabréis cumplir con vuestro deber, me dijo para terminar.—Vuestra ligereza exige una reparación inmediata. He salido aturdido de la conferencia. El conflic- to me anonada. ¿Una reparación? ¿Y qué clase de reparación es la que se me exige? Que yo sepa, no existe más que una. Y bien, yo estaría dispuesto a casarme con la pequeña Billy... pero... ¿Y Nelly? ¿ Y Miss Mabel?... ¿Y las otras?... Hoy mismo escribo detalladamente a mi madre y a mi querido maestro el Reverendo Padre Johnson. Que ellos, con su bondad y su sabiduría infinitas, ilu- minen el antro pavoroso de mi conciencia. Enrique GONZALEZ ROJO

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OCHO POEMAS PESCA EN tierra, tirando por los dos cabos de la red del ai- re, globo cautivo de las estaciones, tirando hasta echarnos encima el asfalto de los aviadores; tirando hasta hacer salir las cabezas por la lona agujereada —ijqué oscura noche!—para alcanzar, con las ma- nos, las estrellas de escarcha—arañas suspensas de su hilo—y las banderolas en fiesta de las nubes y el reloj primitivo del sol. Tirando por los dos cabos de la red del aire ha- ríamos maravillosa pesca de pájaros en el otro fondo del mar.

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B. Ortíz de Montellano HISTORIA ]) 1ALOGO íntimo en sábanas de lino, la historia de mis sentidos aprendices y maestros queda im- presa como marca de fuego en un papel de cartas. El color y la música del barro adherido a las raí- ces aéreas de las manos; el dibujo de aromas jeroglí- ficos retenido en el viento de la memoria; el relieve de líneas y paisajes grabados en la obsidiana de nues- tros ojos, guardan, para siempre, los tres tiempos del verbo de mi vida. AGRARISMO T ROTA por los caminos el aroma de las hierbas de olor que curan el mal de las palabras, pequeñas hojas verdes puestas sobre la sien de la mañana para evitarle vértigos de vuelo. Bajan de las montañas el agua y el fuego ami- gos y enemigos al borde de la sed entre el jarro y los labios. Sólo la tierra se reparte apenas en la medida del hueco que llenamos, en el aire de la noche, para siem- pre adornado con las hierbas de olor que curan el mal de las palabras... IT

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Ocho Poemas HORIZONTE [os ásperos órganos desgarran la finura del ai- re como los bastos de la baraja el fondo azul de su cielo tipográfico. Pequeño sol herido, —luna roja—, en la llanura sembrada de mazas de acero, ¡secas gargantas de los órganos|, el sol es la única amapola que se mira en el espejito de la luna. Llanura: todos estamos en la ciudad, jugando solos a las cartas con barajas que no son nunca pai- sajes. DIBUJO ENTRE las hojas color de montaña gris, morado, el maíz aprieta los dientes de sus granos exactos: son- risa de la mazorca inmóvil. Envuelto en la montaña del sarape gris, morado, encima la nieve del sombre- ro de palma descubre, el indio, los granos de maíz cuando sonríe—sonrisa de la mazorca inmóvil—y el cinturón de balas cuando defiende su sonrisa. ENCENDEDOR DE ESTRELLAS Quel al cielo por la escalera de un silbato como an- tes escalaba los balcones por las enredaderas del deseo. Los ángeles, vestidos de los ojos que los mi- ran, pasaban cerca de mí sin advertirme, trabajando como los aereoplanos del correo y las palomas men- sajeras.

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B. Ortíz de Montellano El ángel malo, que ha leído a Shaw, cambiaba todos los días los focos de las estrellas, al hombro la bolsa de cuero de la noche llena de monólogos alter- nos como las bolsas de los carteros. Y yo que creía en eseparaíso en donde se dedicaba el tiempo—el insignificante—a la medida de los versos que ángeles y querubines entonaban en coro, no pude hallar otra profesión mejor que la del ángel encendedor de estre- llas, pensando en tus desvelos por seguirme y en lo oscuro y pequeñito de tus ojos que me vieron par- tir!,.. ORACION M! sangre sube, como las bugambilias, roja y en gotas hasta los huecos de los pájaros, puntos sus- pensivos que no terminan la oración porque les vence el sueño—como sucede con los niños.—Y más allá en el aire quieto, domingo del viento vertiginoso, sin nu- bes, por donde va el camino para llegar a Ti. Por el subterráneo de la noche, en el sueño, has- ta el fondo del agua marina, morena y con peces que no se dejan alcanzar para sacarlos—borradores de poe- mas guardados en todas las bolsas: ¿cómo recordar aquella oración con que ensayaba el idioma ?—por la bugambilia de corales muertos, y más allá, más, otra vez al aire, códice nuevo, y a la luz desmemoriada por donde va el camino para llegar a Ti.

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I?cho Poemas ULTIMO SUEÑO ...entonces yo tenía los años que me faltaban para morir. Caminando de puntillas pasé del cuadro negro, sin despertar, al cuadro blanco en donde se aprenden los límites del arte y lo ilimitado del deseo. Las siete cabezas, me seguían, cortadas, por todos los rincones del juego y, obstinadamente, me rodeaban con los brazos de sus miradas y las brasas de sus bocas. (Voluptuosidad. Licor en la copa. Seno en la mano curva, hueca, que enciende la noche con su tacto). Pasaron los días y las noches—cuadro blanco, cuadro negro en el jardín de los ajedreces—renova- dos e iguales, amando a la dama, odiando al rey, has- ta que las siete cabezas de horrible medida me ven- cieron con los brazos de sus miradas y las brasas de sus bocas. Encontré la muerte en un cuadrito negro. ..ne- gro... de noche... de ajedrez. Bernardo ORTIZ DE MONTELLANO

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LA OBRA DE DIEGO RIVERA ]NUTIL intentar substraerse al cuerpo a cuerpo, en cono- cimiento y en juicio, con la obra de Rivera. México se ha colmado en unos cuantos años de fnturas murales que la voluntad ejemplar del Insurgente ha ido cuajando día tras día, ajeno, o acaso estimulado, for el choque de los elo- gios sin medida y los desfrecios virulentos. Es imposible caminar dos fasos en una dirección que lleve a fines de com- flacencia desinteresada, sin enfrentarse con las propias obras del gntor, o, cuando menos, sin sentirse freso en la difusa malla de afirmaciones y negaciones que, en torno a su ca- pacidad de acción, tejen amigos y enemigos. Las más opuestas actitudes intimas, las más diversas sinrazones, nacidas casi siempre de la impotencia crítica, todo el foso del oscuro resentimiento, la violencia que en- gendra, en tierras mexicanas, la ambición y la lucha for la conquista y el dominio —con la eliminación absoluta del ene-

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La Obra de Diego Rivera migo— en cualquier zona de actividades, se manifiesta con una total evidencia en cuanto a Diego se refiere. A requerimiento de amigos admirados, ya en la brecha de la vida de acción de México y hbre aún de la gasión ardiente que, al negar o afirmar, arrebata y ciega, el pintor que escribe estas notas ofrece al vértigo del medio mexicano un intento de juicio crítico acerca de la obra de Diego R:- vera, Con el propósito de hacer más clara y eficaz su opinión escrita, cuajará en dos versiones, ligadas entre sí, su leal fa- recer. Una mirada sin hondura, un juicio sin control ni or- den, acaso hallen contradicción entre esta cara y esta cruz que forman, a muestro juicio, la moneda de curso forzoso que es la compleja obra del fintor de que nos ocupamos. Dero, a foco que se considere el método adoftado, se adver- tirá que es acaso el único que fuede emplearse al enjuiciar una trayectoria estética tan diversa y tan maleable, tan ca- paz de levar a la confusión y a la injusticia, como la de Diego Rivera. LA OBRA ALA LUZ DE LOS ACONTECIMIENTOS HISTORICOS A la hora exacta que sin duda le correspondía en el reparto de papeles, aparece en el primer tér- mino de la escena artística y política de su país, lle- nando esta con su persona y con su obra, el pintor Diego María Rivera. Expatriado voluntariamente du- rante muchos años, de formación artística europea, poseedor, en los medios franceses, de una cierta fa-

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G. García Maroto ma de artista bien dotado, de lento y cierto caminar en la busca y conquista de los valores esenciales, se encuentra, en rigor, bien dispuesto para salir con bien de la aventura en que la llamada del suelo le enlaza- ba y comprometía. . Es el 21. La revolución tiene diez años de exis- tencia, tiene ya siglos de existencia para esta vida mexicana de caminar alucinante, en la cual los acon- tecimientos se producen, afirman y transforman, con vertiginosa rapidez, y en la que los hechos concretos, hitos fijos del ayer mismo, se tornan, por súbito cam- bio de plano de la atención activa, en leyenda difusa, se funden en la lejanía con el mito ardoroso, reapare- ciendo, con brío inusitado, en el acento popular que busca cauce y expresión en odios y lamentaciones de fines abstractos y procedimientos directos. La revolución tiene ya sus rápsodas. Los corri- dos del pueblo exaltan la memoria de los remotos héroes. Sin embargo la revolución—que no se articu- ló en expresión perfecta—necesita de todo el esfuer- zo de sus hombres para afirmar y organizar las vir- tudes que han motivado y justificado el hecho histó- rico. Y es entonces cuando Diego Rivera, de vuelta en su país, caldeado en el fuego vivísimo en que se refunden sus gentes, puede mirar y ver, con su mi- rada que espejó las horas serenas del occidente y del sur de Europa, el rumbo que entre vientos varios si- gue el destino de su raza.

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La Obra de Diego Rivera ¿Cómo reacciona el pintor ante la nueva reali- dad en torno? Sus pinturas primeras cuentan de su estado de espíritu. El anfiteatro de la Preparatoria recoge y guarda, con atenta fidelidad, la vacilante si- tuación del mexicano formado en París, que ha ca- minado mucho tiempo a la deriva de sí mismo, aban- donado a influencias diversas, y que acuciado por un medio que se debate en ardorosa pugna social solo acierta a cristalizar en fría teoría artística de una im- personal expresión. Lentamente va siendo ganado Rivera a la causa revolucionaria y paso a paso, sin exaltación violenta, sin olvido de sus finos medios, —como hará más tar- de,—va cooperando a la labor común en que el pue- blo se halla embargado. Lo primero, el gran ejem- plo excepcional del continuado trabajo honesto, la gran labor de cada día, realizada sin solución de con- tinuidad, sin divagación negadora. Trabajo, trabajo, trabajo. México necesita del ejemplo vivo que ofre- ce la tarea cumplida, y Diego Rivera, ofrece, año tras año, la mejor lección que un mexicano puede dar en las horas que van pasando. Diego Rivera ha de- jado en muy poco tiempo, en los muros de la Secre- taría de Educación, en la Escuela Agrícola de Cha- pingo, un caudal de esfuerzo que pocos podrán supe- rar, que es obligatorio reconocer y en lo que a cada mexicano le sea posible, dentro de su respectiva dis- ciplina, intentar llegar a igualar.

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G, García Maroto !. Fresco de la Secretaría de Educación Comienza el pintor cantando, comentando, sub- rayando escenas de la vida popular mexicana, y, tími- damente, sirviendo el tema a la expresión plástica,

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La Obra de Diego Rivera exaltando motivos de la revolución de México en lo que esta tiene de animadora del humilde, de regula- dora del funcionamiento social perfecto. Grandes frescos recogen esta buena época del pintor. Todo el poder expresivo del artista, toda su capacidad de observación, toda su glotonería del co- lor y la forma, se muestran con viva claridad en esta parte de su obra. Abundancia, superabundancia. .. Los muchos años de disciplinado aprendizaje, de dominio sobre la jugosa fruición directa, de conten- ción frente al sistema a que servir, todas las horas esterilizantes dedicadas con necio empeño a la busca de una no hallada auténtica originalidad, se deshacen súbitamente, como en benéfico deshielo, reaparecien- do en firme obra cuajada en materia definitiva, sir- viendo a esa abstracción que es el pueblo y que en posesión de mil sentidos nada dejará de asociar, en la hora exacta de su necesidad biológica, para la forma- ción y enriquecimiento de su organismo vivo. En esa constante revisión a que hombres y pue- blos deben someter sus capacidades y acciones ¿quién podrá ponerse al lado de Diego Rivera en lo que cuen- ta a esfuerzo organizado, a vigorosa voluntad de afir- mación artística, a dotes naturales llevados a máxima eficacia generadora y resumidora? Esta interrogación debiera estar presente siempre, habrá de quedar sin respuesta durante mucho tiempo, debería de ser con- testada con esfuerzo y obra por los que olvidan, al

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G. García Maroto 2. Fresco de la Secretaría de Educación considerar la obra de Rivera, el animoso empeño de éste por sacar de sí, y someter a resistencia máxima, todas sus reservas activas. Y con la enseñanza directa de su esfuerzo pleno. otro ofrecimiento ejemplar, una aportación indirecta, incursa en la obra, a veces impulsadora de ésta, en la

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la Obra de Diego Rivera mayoría de las veces señoreándose de ella en una alianza de muy felices resultados. A su regreso a México, en el 21, Europa, en su expresión artística, se encuentra en el saber de Diego. Lo que es posible conocer y dominar por atención y disciplina, lo que se deja prender sin mengua, es de- cir, teorías, escuelas, ordenación externa, dominante plástica, problemas que plantearon y resolvieron con plenitud de acierto los genios tutelares, todo está en el conocimiento del pintor. En esta época, en los co- mienzos de su intervención, Rivera, con timidez o con cautela, aparta de sí todo subversivo dato estéti- co, toda conquista parcial reciente, todo lo que acaso pueda dañar la virtud eficaz de la enseñanza razona- ble, y con pasmoso mimetismo, a través de las obras y de las horas, va ofreciendo a la curiosidad mexica- na, bajo el disfraz de temas y gentes de México, un resumen ceñido, sucinto, de las grandes corrientes ar- tísticas que han dominado Europa desde Giotto hasta finales del siglo próximo pasado. Todo el aprendizaje atento del pintor, sus prefe- rencias, sus líneas formativas, todo el tejido de esti- maciones del buscador y gustador de los grandes maestros del pasado, puede advertirse en sus prime- ras obras, más o menos reabsorbido y transfundido en su particular visión del medio plástico a que sirve. Gran enseñanza ésta, si en percibirla y recibirla se pone amor y voluntad.

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G. García Maroto 2 Fresco de la Escuela de Agricultura en Chabingo Diego Rivera intenta, sin proponérselo sin duda, la gran tarea de incorporar a México los finos valo- res europeos que han resistido al tiempo formando, a través de los siglos, la brillante historia artística del

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La Obra de Diego Rivera Occidente. Gran tarea esta, absolutamente indispen- sable para un normal funcionamiento de la cultura artística mexicana, tan necesitada, en muchos mati- ces, de las variantes que ofrece Europa en su articu- lado y perfecto desenvolvimiento estético. Gran lección la que Rivera ofrece a su país, en donde, salyo algunos casos, en lo que a cultura artís- tica europea se refiere, se ha de vivir de referencias indirectas, de ecos de ecos, en muchos casos de atri- buciones apresuradas, de singularísimas y elípticas interpretaciones. Diego Rivera ha intentado integrar en la vida artística de América, en abreviada síntesis que el recipiente particular recoge, la aguda concre- ción del tema real llevado a plenitud por los primiti- vos sieneses, el ver de bulto, en observación reitera- da, el tema puesto ante los ojos. Igualmente, y con gracia incorporadora, ha sabido ligar a su obra la ex- presión flamenca del siglo XV, que es como una pe- regrinación atenta a la busca del horizonte, es decir, de la profundidad real que luego se ha de trasmitir al mundo artístico, creado en la angustiosa y falsa zo- na de las dos dimensiones. Y el Renacimiento italia- no, en su perfección peligrosa, en el punto exacto de su desmoronamiento, cuando la ley barroca hecha de abundancia formal y de resonancia melódica llama en su ayuda a ciertos poderes románticos capaces de evi- tar, o de disimular al menos. el hundimiento inminen-

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CG. Garcíta Maroto 4. Fresco de la Secretaría de Educación te de la escuela llevada a plenitud por la virtud del genio. Y muchas otras influencias—en este caso incor- poraciones del acervo común del arte mexicano—que habrá que destacar y afirmar, cuando las circunstan- cias favorables den tiempo y lugar apropiados, pero sólo hasta fin de siglo, hasta Renoir, a veces hasta adquirir tangencia con cierta expresión cezaniana. El trato de Diego con los hombres de su gene- ración que han hecho en Europa las vías por donde marcha el arte nuevo, tan sólo influyó en el pintor, a la hora de las realizaciones que han cuajado su nom- bre en el conocimiento público, en aspectos parciales, no desdeñables, en verdad, pero con escaso valor por

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La Obra de Diego Rivera sí, esclavizados y aun enterrados por el tono clásico dominante. (Diego Rivera, pintor de formación mo- derna y de clásicas preferencias, sirve al pueblo te- mas populares en un idioma antiguo que un cierto abandono técnico de tipo actual, con la cercanía del motivo, hace difícil de estimar.) Nunca será mucho insistir acerca de la trascen- dencia, en la vida artística mexicana, de la aparición del pintor a que nos vamos refiriendo. A medida que se ve y se juzga con más cuidado su intervención en México a la luz de los acontecimientos mexicanos, más se advierte su valor de clave, su calidad de cau- ce por el que han de pasar y en el que han de espe- jarse obras y actitudes de la mayor diversidad. ¿Qué vibración participadora tenían las artes mexicanas antes de aparecer Diego Rivera a las luces vivas del escenario de su país? El mismo José Cle- mente Orozco, este gran artista de hoy, no ha reali- zado para esta hora sino algunas obras menores que no se atreven a rebasar la línea fría que pone límite a la anécdota, no ha salido aún para aquella fecha de la vaga zona que se limita a insinuar su gran viveza de expresión ¿Qué cuentan, en una vida de exigen- cia artística mínima, las pinturas de Julio Ruelas, de Saturnino Herrán, de algunos más, que las buenas obras ajenas, el sentimiento crítico despierto, y los días sucesivos, irán reduciendo a los breves límites de su valor preciso? Ligados a la aparición de Diego,

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G. García Maroto 5 Fresco de la Secretaría de Educación apoyados por su entusiasmo, animados por gobernan- tes poseídos por la buena ambición de vivificar la cultura, surgen estimables acontecimientos de orden artístico, que pueden estar soterrados, como perdidos, IU

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La Obra de Diego Rivera hoy, pero que la mirada insistente y atenta, la capa- cidad de virginidad crítica, pueden y deben ir sacan- do a la luz, pidiendo y consiguiendo para ellos plaza y rango correspondiente a su valor exacto. Sin la in- tervención decisiva de Diego en la vida de acción ar- tística de México, acaso no existiera hoy, hubiera retrasado su aparición, o se hubiera manifestado con menor exigencia estética, el grupo de jóvenes artis- tas, de interés evidente, que son hoy promesa, y lle- gan casi a realidades del arte nuevo mexicano. Se perdía el arte en un intento humilde de imi- tación servil, halagadora, y por esto mismo rehuidora de los temas que con Diego habían de ponerse en cir- culación eficaz. Se hacía arte de arte, caligrafía, se había reducido la enseñanza de las artes plásticas a una especie de clase de adorno, cuando más se aspi- raba a cristalizar en armonía representativa,y el cie- lo de la grey artística tenía la triste densidad de las horas sin solución. Han pasado unos cuantos años, pocos, y el pa- norama es bien distinto: en primer término, pidien- do su parte en la lucha que es toda obra de creación artística, el tema mexicano—personas, cosas, .mi- tos—impone su expresión natural. El artista sabe bien ya, por aprendizaje reciente, que ha de lucharse por imponer al tema las leyes de dominación que to- do artista personal lleva en sí mismo. No más la ser- vidumbre humilde frente a la naturaleza en torno.

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G, García Maroto 6. Frasmento de un fresco de la Secretaría de Educación Lección antigua esta, pero mal aprendida, y que hoy, en más o en menos, con mayor o menor eficacia, es- tá presente en todo artista mexicano de formación

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La Obra de Diego Rivera posterior a la revolución. Gran conquista, a la que no es ajeno—antes factor decisivo—el pintor Diego Rivera. No importa que él, en su obra, a veces no aspire, o no consiga, cuajar realidades estéticas que correspondan a la dominante óptica presente; sin du- da, para la buena eficacia total, para la incorpora- ción—con mayor o menor unanimidad—del núcleo artístico mexicano, y de un modo reflejo hasta el de todo el Continente, al movimiento artístico del mun- do, ha sido benéfico no saltar sobre siglos, no seguir desligados, por ignorancia cierta, de las tendencias europeas integradas en la gran obra del gran resumi- dor a que venimos refiriéndonos. Resumidor, integrador, punto de partida del ar- te nuevo mexicano. Estimulador, animador de toda actividad estética en los últimos años, eso es para nosotros Diego Rivera visto a la luz de los aconteci- mientos artísticos de México. Así vemos a este pin- tor ateniéndonos a las realidades en torno. Nada me- nos que esta categoría gigante adquieren sus inter- venciones si las relacionamos con las de los artistas de su hora que han realizado en México, o han teni- do ocasión de realizar, esfuerzos y obras. Otro valor adquirirá ante nuestra mirada, como podrá verse más tarde, si sometemos a revisión crítica su labor, desli- gándola de circunstancia y medio, si la consideramos como creación artística en sí, libre de toda clase de obligaciones y servidumbres que no sean las que lle-

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G. García Maroto va en sí misma toda pura función estética, si le pedi- mos, y exigimos, la buena, parte mayor o menor, esencial siempre, que todo artista creador aporta a la común riqueza. LA OBRA A LA LUZ DE LA EXIGENCIA CRITICA LA VISION ORIGINAL DEL MUNDO No relato mis gestos, sino mi individuo y mi esencia. A NTE la mañana reciente, la mirada niña del pin- A_tor rehace conforme a nuevas normas los ele- mentos naturales que se ofrecen a su dominio recom- poniendo el mundo a la imagen y semejanza de esa cierta idea que de siempre guardan, en el centro de su sensibilidad viva, los grandes artistas creadores. Esto, en el bien logrado estaba perfecto, a cualquier hora de la vida, más allá, de ese falso punto de perfec- ción técnica a que se llega fatalmente tras el aprendi- zaje honrado y laborioso que suele ser principio y fin de los artistas bien dotados. Gentes y cosas, a medida que van entrando en la porción de mundo que la mirada del pintor descubre, se desnaturalizan, se desprenden de su función nor- mal, adquieren calidades nuevas, pasando a servir, en juego de armonía perfecta, con rango pleno y fun- ción viva, las apremiantes exigencias del artista do- minador.

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La Obra de Diego Rivera En más o en menos, siempre la misma ley vital: “En tu propio país, —decía Rembrandt a su discípulo Hoegtraten—encontrarás tantas bellezas, que tu vi- da será muy corta para comprenderlas; Italia tan be- lla como es, no te servirá para nada si tu no sabes dominar a la naturaleza que te rodea.” Se entabla, pues, al punto en que el artista, en función creadora. comienza a mirar y comienza a ver, una lucha dra- mática entre el concepto del artista, siempre afirmán- dose y haciéndose, siempre avivado y renovado, y la naturaleza siempre nueva, de la que sale vencedor quien puede. Es lo frecuente, que el pintor sea ven- cido, y que éste se condene—casi siempre con el fer- vor y el favor públicos, —a trasladar o traducir, con dependencia manifiesta, aspectos salientes del mundo real al mundo de las imitaciones. Pero de tiempo en tiempo aparece en el estadio humano un hombre de excepción que impone servidumbre a la vida en tor- no creando mundos artísticos —de mayor o menor brevedad—que exigen para entrar en ellos una capa- cidad de comprensión y adaptación de la misma na- turaleza aquella que impulsó y sostiene, en la cons- telación artística, los nuevos astros. Con la visión artística original va enlazada siem- pre, como va la fruta a la flor, su estilo adecuado. Todo concepto estético claro, destinado a vivir, lleva en sí su cauce expresivo, su técnica correspondien-

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G. García Maroto 7. Pintura al óleo te, sus reservas vitales que han de aparecer a su tiem- po siguiendo el curso de su vida. Diego Rivera deja ver, a través de su obra, toda su formación estética, todo su aprendizaje, el trato frecuente, sin incorporación esencial en la mayoría de las veces, con los artistas del pasado. Rara vez aparece en él, tan en pleno dominio de ciertas dotes naturales, la limpia visión original, desnuda y nueva,

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La Obra de Diego Rivera atenida a justa y pura referencia plástica, que se ade- lanta siempre con todo artista de excepción. Una previa alianza confusa entre el tema a representar y una exigencia estética desinteresada, produce en mu- chas ocasiones una realidad artística de trivial estilo, de un acento sin convicción, sin fe, es decir, sin el lazo íntimo que una la obra artística con la zona vir- gen, personal, insobornable, que suscita la necesidad de la original creación. Intenta en muchos casos se- guir la buena ley—en la realidad con un solo pie— mas al insinuar su camino, a la busca de la superación perfecta, se dirá que resbala, que se hunde en otro matiz de realidad, que tiñe la expresión de la obra de una materia inadecuada, que reduce el intento, que lo deforma, que lo alía con el odioso enemigo malo, hasta que el artista, desesperado de salvarla, hace entrega de ella al más próximo ciudadano, que mu- chas veces resulta un ser vulgar desemejante y de muy dudosa elocuencia. La visión de un mundo cansado, usado, a veces desechado ya, desde luego manoseado en horas ante- riores por el propio artista, se adelanta con la total obra de Diego, tan abundante e insistente que recuer- da en muchos momentos la dialéctica contumaz de los líderes populares. Pero no siempre así, pues el pintor sabe de tiempo en tiempo contener su expre- sión, ahogar su palabreo, volver sobre su propia obra,

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G. García Maroto 8. Frarsmento de un fresco de la Secretaría de Educación exigiendo a ésta calidades artísticas que saben resis- tir a la más despiadada de las exigencias críticas. EL COLOR El color en Diego adquiere con frecuencia finas delicadezas. Desde la simple gama gris hasta la más compleja sinfonía tonal, su paleta recorre, con evi- dente acierto, una gran zona de armonías creadas, no representativas, y aunque no corresponde siempre al artista la primacía de la invención, hay que indicar cómo es de aguda su percepción cromática y cómo sabe recoger, precisar, fijar y exaltar, las más delica- das conquistas hechas al color natural por los artistas De

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La Obra de Diego Rivera creadores. No importa que, de cuando en cuando, a lo largo de la abundante obra, surja y reaparezca, se- noreándose de cierto grupo de pinturas, una armonía odiosa; para vencer este abandono del artista hay cien obras de rango noble en que la perfecta armo- nía, consciente y dependiente, llevan a justo término la hermosa ambición del pintor. EL TEMA El tema. El tema... Una gran parte de la obra de Diego sirve a temas impuestos a su arte por ese reciente compañero—no pasan en sus relaciones ín- timas del año 21—que en todo momento juega-a desnaturalizar los puros intentos estéticos. (Una ob- servación pertinente: ¿No será la mejor manera de servir los auténticos intereses de la democracia el es- forzarse cada uno en sacar de sí mismo lo más per- fecto en sí,-—tras la elemental cooperación a lo co- mún y primario hhmano—aceptando después serena- mente, como consecuencia de obra y vida, el puesto justo que la exigente valoración integral adjudique en su exacta hora?) Los frescos de Diego Rivera, por boca de los personajes representados, cuentan, cantan, maldicen. sobrecogen el ánimo—intentan sobrecogerlo al me- nos,—con violencias y asperezas, procuran llevar al espectador a un terreno ajeno del que corresponde a un perfecto valor estético, hacen del arte un instru-

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G. García Maroto 2 Frasmento de un fresco de la Secretaría de Educación mento político-social, un instrumento mecanizado, mecanizador, poco refinado, y en ese aparte peligro- so que hace el camino del artista, ciertas virtudes ini- ciales se hacen borrosas, se abandonan a la desespe- ranza deshechas por la narración, la oratoria y la ironía gesticulante.

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La Obra de Diego Rivera El pintor ha recogido el mito, el dato histórico, el hecho inmediato, la referencia callejera, poniéndo- los en circulación ataviados con un disfraz de fuerza estética. O al revés: ha cogido un principio estético y ha intentado animarlo—y diluirlo—en el relato y el accidente. Ya sabemos, ya, lo de siempre, pero ese siempre aplicado a los grandes artistas, aun a los más tangentes con lo representativo, ha estado limi- tado, condicionado, reducido a términos precisos; el tema ha sido dominado, traido a la pura y fina luz estética, al propio campo del artista, al medio que una visión original y una técnica correspondiente marcan con agudeza y precisión. Un solo dato, referente a un artista que vivió siempre en crudo combate con la anécdota: Goya. Goya relata y cuenta siempre, mas ¡cómo realiza y afirma! Recordemos ese su gran cua- dro que representa los fusilamientos de la Moncloa. ¿Qué cuenta dicha obra? Bien sabido es de to- dos: unos soldados invasores, unos paisanos aguerri- dos, el asesinato inminente de éstos... Y todo ello bajo el cielo oscuro, a la luz grave de un farol. El artista, sobrecogido por el hecho, se revuelve, y cuen- ta, y protesta llevando su verdad al lienzo. Su obli- gación como español y como hombre le lleva a decir su palabra, pero a la hora de modularla en obra de arte ¡qué dominio del arte sobre el tema vivo, qué esclavitud de éste a las exigencias estéticas, y qué

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G. García Maroto ausencia total, por sobre gestos y actitudes, de come- dia y gesticulación! LA FORMA Si con atenta y honesta disposición crítica remi- ramos la obra de Rivera buscando en ella la expre- sión formal, si salvamos del juicio ese grupo de obras —en otro lugar encomiadas, —cuyo nacimiento co- rresponde directamente a la influencia de artistas europeos, si anteponemos ante obra y mirada un cris- tal opaco que haga huir el color—ya elogiado en ante- rior nota—y quedan las obras frente a nosotros redu- cidas a su valor estructural, a su juego exacto de lí- neas y de claroscuro, tal como la fotografía las muestra, ¿qué núcleos de virtudes y taras se dejarán ver y conocer? En el primer patio de la Secretaría de Educación se hallan, a nuestro juicio, las obras de más perfecta solución formal. Sin duda las más im- personales, pero las más perfectas en sí, las más exi- gentes y enraizadas con ciertos valores complejos. A medida que la obra de Diego se desenvuelve, va des- apareciendo el centrado deseo de perfección plástica, dando paso franco a la palabra fácil, a la frase sin precisión, al esfuerzo de efecto cómodo, a la ordena- ción exterior, al desfile de gestos y actitudes resuel- tos en plástica conforme al impulso dado, a un cierto tipo standard, sin gran expresión ni viveza estética, al olvido de ciertas leyes indispensables para animar

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La Obra de Diego Rivera y sostener todo el lineal acorde que obras de tan gran ambición, de tamaña extensión exigen. El camino de formas que empieza limpio, casi desnudo, atenido a finas leyes constructivas de filiación realista, anima- do ligeramente de una delicada melodía italiana, a cada nuevo paso va haciéndose más complicado y grandielocuente, hasta llegar, en la última época, en el corrido de la Revolución que se canta, cuenta y re- cuenta en la galería superior, a un grado tal de barro- quismo y de superabundancia, a una tal esclavitud por la anécdota y a una tal excesiva acumulación de elementos complementarios, que sólo un técnico co- mo Rivera, sólo un artista de tantos recursos de ex- presión, podrá salir sin grave mal de una empresa planteada con aliados tan enemigos de los valores plásticos esenciales. El pintor sigue la ruta opuesta a la que han se- guido la mayoría de los grandes artistas. Ya las gen- tes del Renacimiento sabían y decían que el arte lle- ga a su perfección cuando se consigue eliminar de él todas las calidades superfluas; y en la hora actual, un agudo definidor ha podido afirmar con fina iro- nía: “cuando un arquitecto no sabe construir, orna- menta.” En Chapingo, en la serie de estancias que el pin- tor realizó en la parte baja de los muros de la Capi- lla, hay hermosas composiciones que responden a una ley serena, de hermoso reparto lineal, de fino poder

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G. García Maroto 10. Retrato expresivo. Y en sus obras de caballete, hechas con más atención por los limpios fines estéticos, se suele llegar a un grado tal de perfección, que nuestro buen deseo constante de la obra plena desearía encontrar repetido, con su natural y correspondiente diferencia técnica, en las amplias obras murales.

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La Obra de Diego Rivera LA DOMINANTE OPTICA Siguiendo paso a paso su escrupuloso aprendi- zaje, Diego Rivera se aleccionó convenientemente en la disciplina cubista. Durante varios años cursó, con envidiable éxito, dicha asignatura, sometió el hecho natural al juego de las abstracciones, purificó colores y formas, intentó sumar, en una superficie dada, ele- mentos afines que vivían perdidos para la unidad es- tética sirviendo a simples realidades. Pero el pintor abandona pronta tan rigurosas exigencias y tal olvi- do pone en sí de esta bien laboriosa etapa de su edu- cación europea, que no hay modo de hallar más tar- de, en su obra, el menor vestigio del bien encamina- do esfuerzo. Diego Rivera no ha sido prendido a las domi- nantes plásticas de nuestra época —maquinismo, es de- cir, precisión, hormigón armado, es decir, eficiencia máxima. Su mirada lenta y curiosa no ha gustado, con exigencia fiel, del grupo de organizados seres que el moderno poder humano ha creado y lanzado a la vida enriquecidos de valores exactos. Pintor magnífi- camente dotado, sirve, con mayor o menor ardor, a una ley romántica de entronque y expresión natura- lista, desnaturalizadora, enemiga, de los puros fines estéticos; se abandona a la melodía fácil, y en su olvi- do de ciertos valores fundamentales del arte nuevo llega a desdeñar, en sus obras, el principio vital que obliga a ordenar con rigor y exigencia plástica el es-

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G. García Maroto pacio en los cuadros. Empapada su sensibilidad en el espectáculo revuelto, confuso, del mar humano de su patria, no ha querido, o no ha podido aún, resu- mir sus capacidades estéticas en obras que afirmen nuestra hora en sus dominantes precisas, aun sirvien- do a las realidades en torno, aun sirviendo a los mis- mos temas a que hoy entrega generosamente sus.im- ponderables esfuerzos. LA CONTINUIDAD Si atalayamos la trayectoria estética seguida por Rivera desde que sus medios expresivos llegan a cier- ta plenitud, nos asombrará la diversidad de alianzas, la abundancia de preferencias, nos someterán sus marchas y sus contramarchas a una movilidad tan agobiadora que el cansancio será en nosotros. Igual que el viajero, a la deriva de sí mismo, camina y ca- mina días y días sin hallar fuerzas para dominar el difuso impulso, Diego Rivera atravesará las más va- riadas y enemigas zonas estéticas, dejándose prender en todas, en más o en menos, por lo más llamativo y destacado de cada una. Un aprendizaje, sin duda, pero más parece, en verdad, una huída insistente de sí mismo, un rehuir el descubrimiento interior, un jugar al conocimiento fugaz y a la definición somera en vez de eiclavizarse a la ley dramática de la com- punción removedora que ha regido la acción vital de los grandes artistas de siempre. Ante nuestra vista de

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La Obra de Diego Rivera mexicanos, la muestra clara: el Anfiteatro de la Pre- paratoria, los patios de la Secretaría de Educación, la Escuela Agrícola de Chapingo, ofrecen, tras la abun- dancia sin igual, la diversidad de expresión plástica y la continuidad temática que salvó de la indecisión al pintor que aquí intentamos estudiar. En los últimos años, tan solo el motivo, el argumento, es lo que se mantiene y confirma en la obra de Rivera; la ley es- tética teje y desteje sus variaciones, anda y desanda mil senderos, haciendo pie y perdiendo ritmo, encon- trándose hoy detenida en un enrevesado impasse, del que sólo la voluntad de poderío del pintor, sabría sa- lir sin grave daño. LA MATERIA DE LA OBRA ARTISTICA Se ha podido afirmar, y con evidente razón, que los imitadores de Cezanne han sabido manchar, con un centímetro cudrado de la obra del maestro, ki- lómetros de tela. También Rivera, con una cantidad de obra propia, de esa obra que se confirmará per- fecta a través del tiempo, ha cubierto enormes super- ficies de muros que se ofrecen públicamente, a la amistad, a la enemistad y a la indiferencia públicas de México. Organización plástica descuidada, apresurada afirmación de elementos confusos, una porción mo- desta de materia viva desleida convenientemente en un aglutinante amable de no muy pura calidad... Y

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G. García Maroto 1. Fragmento de un fresco de la Secretaría de Educación sin embargo, Diego Rivera, tan bien dotado, culto, reflexivo, pudo, puede, como ningún artista mexica- no, traer a cauce hondo su expresion artística, despe- garse en impulso lírico de las realidades en torno ele- vando a rango de creación artística la suma de ele- mentos plásticos del medio mexicano, poner mano al freno, contener esa glotonería ciega que le lleva a devorarlo todo: afinar, cantar, de exigir más y más en cada momento a sus calidades estéticas.

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La Obra de Diego Rivera RESUMEN Es indispensable llevar a término este intento de ensayo que la complejidad del tema hizo difícil de ordenar y la limitación de espacio hace imposible de precisar con algún rigor y matiz. Como una selva espesa, amable, agresiva, aparece ante nuestra vista la obra de Rivera. No importa que sepamos hallar conocidos caminos; cuando se ha atravesado toda, el cansancio y la confusión se apoderan de nuestras fuerzas físicas. Gran ejemplo de esfuerzo manifiesto para los aliados con la indecisión y la pereza. O su enemigo más decidido, si el resentimiento envidioso les cierra el camino de las realizaciones. Abundante, abundante esta obra, como la concreción dinámica de la revolución social y política que reavivó el país ha- ciéndole pasar del fuego al frío sin un instante de reposo. Abundante. ¿Excesiva? De sabor clásico en su realización, confusa, de elocuencia gesticulante en ocasiones, de aguda intención bien precisa de tiempo en tiempo, divagadora, conceptuosa, buscando y ha- llando con frecuencia eficaces apoyaturas en las obras ajenas que el tiempo fijó y comprobó, de finísimas calidades, de expresión amorfa. .., una muestra, en fin, de lo que puede llegar a realizar un hombre mag- níficamente dotado, que casi casi roza el poder del genio, y que ha sido zarandeado por el espectáculo

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S. García Maroto vertiginoso de un país que multiplica en cada ins- tante sus gestos y actitudes en una necesidad vital de asir la ley de su destino. Gabriel GARCIA MAROTO NOTA A LOS GRABADOS 1.—Interpolada en una obra de la segunda época, se puede hallar esta cabeza de caballo, trasunto fie]l de un fresco sienés. 2.—Una hermosa obra de bien trabados elementos, de fuerte po- der rítmico, ante la presencia de la cual se asocia el recuerdo de las visitaciones italianas. 3.—Barroquismo renacentista. Elefantiasis. Grandes acade- mias forzadas a vivir en un medio que aspira a ser simulta- nista. +—DNeoclasicismo (Por qué no un Puvis de Chavannes más sabio y rejuvenecido que el francés?) 5.—Armonía cromática impresionista. Fina gracia. Delicadeza oriental. Color decantado sin pérdida de su vivacidad realista. 6.—Composición confusa. Sistematización muy del gusto, y del abandono, de Diego Rivera. 7. —Pequeñita y hermosa obra construída conforme a buena ley estética. 3.—Ordenación fría, externa, de virtud tan sólo aparente y muy escasa de puros valores estéticos. 9.—Rostros resueltos según sistema sin hondura. Reparto lineal sin acierto. 10.—Realismo de oscura rudeza. Ambición de hallar por caminos de precisión torpe la psicología elemental. 11.—Esfuerzo insistente y trivial. Estampería. Ilustración realista por ojo atento y mano fácil. Ausencia de poder plástico re- sumidor. Sumando con atención los elementos que aquí se encuentran reunidos se podrá hallar la cifra exacta de los valores de Rivera. M.

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Motivos UNA ANTOLOGIA NUEVA() OF ha dicho—¡con qué exacta verdad !—que lo más valioso de la literatura mexicana ha sido y es la lírica. Mientras la :rítica y la novela se confunden todavía con el periodismo y el folletín, con retraso de años largos, la poesía marcha en la pri- mera línea a la altura de la de los países más cultos. Así llega a comprobarlo la Antología de la Poesía Mexicana Moderna que, editada cuidadosamente por la Editorial “Contemporáneos”, aca- ba de aparecer con notas críticas y estricta selección de poemas de Jorge Cuesta, culto, inteligente escritor nuevo. Hasta ahora, de la poesía mexicana se habían hecho nada más antologías históricas—de una o distintas épocas—recogiendo, (*) Cuesta: Antología de la Poesía Mexicana Moderna, “Con- temporáneos”, México.

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Una Antología Nueva a juicio del antologista, los mejores poemas de todos los poetas conocidos cuya valorización corría a cargo del número de poemas que a cada quien representaban. El gusto de la época, fino y au- daz, preside y guía la selección crítica de la Antología de Jorge Cuesta; ponderado gusto que ni niega ni afirma la existencia de otros poetas pero que ilumina, solamente, la superficie poética que le es afín. Esta limitación—generadora del arte—no excluye libertad ni se logra por opresión, puesto que el gusto, capaci- dad selectiva de las épocas, no rige al arte sino éste a aquel. Siempre el arte nuevo ha ido en contra del gusto estable- cido, tratando de reformarlo para crear su nueva, propia, atmós- fera; porque este poder de agrado por las cosas de la belleza que es el gusto, más profundo en lo social que la moda, sufre las transformaciones que el artista le impone, El artista crea la obra y los ojos para contemplarla. La obra que exploramos no es por definición—se advierte desde luego—la semblanza de un grupo o la imposición de una escuela; “el tímido rigor que la ha medido” es el gusto depurado de Jorge Cuesta, moderno, sensibilizado en el trato de la inte- ligencia con la más honesta visión estética del mundo contempo- ráneo. En tres partes, que responden a tres tiempos de una unidad musical, se divide el libro, por épocas más que por generaciones, acercándose del pasado al presente, reunidos—junto a los poetas más jóvenes—los que conservan la juventud, los que contienen la semilla de la nueva poesía, aunque la misma vara—el mismo in- flexible gusto crítico—mida a abuelos, padres e hijos en esta ca- sa solariega—pintada y mnuevecita—de la poesía mexicana.

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Motivos En la primera parte figuran: Othon, Díaz Mirón, Icaza, Ur- bina, Nervo, Rafael López; en la segunda—el intermedio—Rebo- lledo, Tablada, González Martínez, De la Parra, Arenales, López Velarde y Alfonso Reyes; en la tercera: Torres Bodet, Maples Arce, Pellicer, Ortiz de Montellano, González Rojo, Novo, Go- rostiza, Villaurrutia y Gilberto Owen. Todos por el orden de apa- rición de su primer libro de versos. Para la selección de los poetas de la primera parte, lo adi- vinamos, tuvo Jorge Cuesta que enfrentarse con el romantieismo, o con el mausoleo de ese cadáver del siglo XIX: el modernismo americano, y si en la historia de la literatura el romanticismo debe conservar su sitio bello, honroso, en una antología de gus- to nuevo, en marcha, la estricta lógica del crítico no podía permitirlo. ¿Qué mayor elogio para los poetas de esa época, que figuran en esta Antología que resistir, con algunos poemas per- fectos, el sentido de la nueva luz que, de frente a sus rostros, los recoge? (Pensamos que en este cambio de luces sucumbió la obra de Gutiérrez Nájera—mejor prosista que poeta—considera- da, por tradición, como punto de partida inevitable de la poesía moderna en México.) La segunda parte es la de mayor interés para fijar el sen- tido actual de nuestra poesía. Como la vara al cohete—la obra humana no puede aislarse en la creación de sí misma, algo la une al pasado de donde proviene—se liga a la más reciente pro- ducción, para el ascenso o la caída, con Enrique González Mar- tínez y Ramón López Velarde. Presenta, además, unido a estos poetas al solitario—Simbad y Robinsón a un tiempo—Ricardo Arenales. nacido en Colombia

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Una Antología Nueva y ahora peregrino por Sud-América, que en México escribió, en contacto con los grupos literarios más selectos, lo mejor de su obra actual, cambiando nombre, al salir del país, para dejarnos, nuestro, vivo y muerto el de Arenales. El soplo de Poe circula por las venas—-sangre profunda y doliente—de la poesía del gran poeta que sin desmayos, ajeno a la languidez y a la melancolía superficial, prende en los ritmos más puros la exasperada voz de su dolor. Así González Martínez y López Velarde—el uno por la in- fluencia vital de su obra, el otro por la virtud de su perso - nalidad creadora—marcan el centro del panorama lírico en la Antología. De González Martínez y de su influencia en los jóve- nes dice, muy justamente, Torres Bodet en reciente conferencia: “El otro altar de este templo disperso de nuestra cultura juve- nil—mucho menos decorativo y solemne, pero más fecundo, por- que también más íntimo—lo hallábamos en torno de Enrique Gon- zález Martínez. La inteligencia de Antonio Caso resplandecía mejor, sin duda, a la luz escolar de la cátedra, pero el talento y la sensibilidad de Conzález Martínez se entregaban todos en la conversación. Rica, entonada conversación de hombre del trópico, más sorprendente aún, parz el recién llegado, en un poeta que, domo González Matínez, había acostumbrado de lejos a sus lec- tores a una poesía reflexiva, abstracta, de mayor profundidad que amplitud y de más solidez arquitectónica que animación sen- sual y colorida.” La “virginidad de los sentidos” que captan, sin violencia, el ambiente y la atmósfera total de la suave patria—li- toral del espíritu del poeta—fijan la personalidad de López Ve-

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Motivos larde más allá de los términos externos nacionalistas, que en él y en los poetas que posean la misma ingenuidad, produ- cidos de dentro a fuera, valdrán por la unidad de la obra pero que significan, para los imitadores, el peligro de la máscara ri- gida en vez del rostro sensible y expresivo. Los imitadores de López Velarde se han quedado en la retórica del poeta, imposi- bilitados para seguirlo hasta el arraigo castizo de su espíritu que, improsperado. en la creación de una escuela, nos da la lección de su honradez estética siendo “fiel a su espejo diario” Los poetas de la tercera parte, los nuevos, se distinguen por su calidad propia, distinta entre sí, y por la formación per- sonal, ascendente, continuando las más puras direcciones de las nuevas líneas estéticas. Sus semejanzas de grupo son mucho me- nos acentuadas que las de la lírica joven de España. Quizá por ser menos numerosos hayan podido repartirse mejor la Hera laborable para cultivar, evangélicamente, cada quien lo suyo. Los distingue, además, la tendencia a la sensualidad y la plástica, ya sea en color tropical y formas definidas (Pellicer), ya en el di- bujo de los objetos y en la calidad de la materia empleada (Vi- llaurrutia). Torres Bodet, Gorostiza unen a esta orientación plás- tica, un sentido musical que falta a los otros y un contenido poé- tico si no más nuevo sí más profundo, meior enraizado y que, sin abandonar los límites de la nueva creación, los sitúa más sólidamente, ahora, en nuestra poesía. La sensualidad de los nuevos poetas, urgida por la plástica, la inicia López Velarde, reaccionando frente al subjetivismo de González Martínez. Después, el movimiento pictórico moderno, alcanzado súbitamente por la producción y las inquietudes pictó-

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Títulos ricas de México, excitan a la plástica a los poetas nuevos lim- piando sus ojos de la luz de los cielos franceses y de la atormen- tada temperatura gris del simbolismo. El interés real y las virtudes admirables de la Antología de Cuesta están, a la vista de un selecto paisaje de excelente poesía, en la incitación al estudio necesario, meditado, de nuestra pro- ducción lírica resuelta en fortaleza, finísima en matices, pura y precisa en expresión.—B. O. de M. TITULO a DE pronto la foesia emprendió la fuga fara quedarse sola, sin anécdota, sin música, sin filosofía. Ahora la hallaría- mos desnuda si se dejara ver completa. Pero sucede que sólo muestra fragmentos, fragmentos en forma de fartes del cuerpo: un ojo, un hombro, un muslo. Ayer, un libro de foesías fodía estularse “Momentos Musicales” o “Paisajes Interiores” o “Parques Lejanos” o “Arboles bajo la Lluvia”. Ahora, esto sería imposible. Sin embargo, no falta quien no quiera darse cuenta del giro de la poesia. Bastaria considerar los nuevos títulos. Un foeta de hoy junta sus foemas con estos nombres: Línea, Vuelta, Red o Manual de Esfumas, Perfil del Aire o Poesia de Perfil. Lo más ligero, lo más huidizo se persigue ahora. Asi, José María Hinojosa publica un nuevo conjunto de poemas con el titulo de Or illas de la Luz. Ayer, el arre de Luis Cernuda tenía su perfil y la poesía del

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Motivos propio Hinojosa procuraba, al huir, mostrar su recorte, su contorno. Poesia de Perfil. También la luz fide al poeta que divida su cuerpo cortándolo for un flano vertical. Unas ve- ces, la mano rasga la carne de la luz. Otras, el poeta parece Nevar la luz en los ojos y quererla buscar fuera de ellos. Pe- ro lo que importa no es que el foeta—ahora se Nama José Maria Hinojosa—encuentre el perfil de la luz que leva tan cerca sino que lo siga buscando.—V. CANDIDO O DE LA ESTADISTICA . UIEN ignora que uno de los deportes mejor remunerados en ¿Q Norteamérica es el de las buenas estadísticas? Todo, en el tumulto mecánico de sus ciudades, tropieza con el litoral de las cifras exactas. Los hechos, las emociones más diversas, se de- rraman así por los casilleros que el arado del linotipo abre en la blancura del papel. Si se entra en algún restaurante, en vez de la delicada sugestión sensual de los maitres parisienses, es un ejército de estadísticas el que nos saluda, agrupado en fa- langes de vitaminas y dirigido por la táctica inteligente de las calorías que, en estos cuarteles del hambre, desempeñan, según parece, el puesto de militares de alta graduación. Si un teatro nos seduce, el espectáculo sólo llega a nosotros tamizado por la red de su estadística. El programa nos dice, entonces, el número de representaciones que la obra ha obtenido, la cantidad de mú- sicos que “integran” la orquesta, el total de las coristas, el pre- cio de sus desnudos. E

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Cándido o de la Estadística Se comprende que, en país de semejante aritmética, haya podido tener un éxito numeroso la encuesta, organizada por Va- nity Fair hace algunas semanas, para determinar el grado de admiración que los hombres cultos de hoy conservan todavía para sus antecesores y para algunos -—muy pocos— de sus con- temporáneos. Las personas a quienes esa revista se dirigió, para opinar sobre el alcance de más de seiscientos talentos de la humanidad intelectual de hoy y de ayer, fueron Ezra Pound, Aldous Huxley, Franc Molnar, los norteamericanos Brown y Guest, el francés Paul Morand y el filósofo Santayana. La tabla de valores a que sometió su interés ascendía del 0 al 25 y esta última cifra debía implicar, en quien la otorgaba, una admiración total y sin dis- crepancias. Los cómputos más altos fueron obtenidos por Shak- aspeare (con 21 puntos 9 décimos) y Voltaire, con 18 puntos y medio (*). Beethoven no mereció sino 18, con un décimo menos que Dostoiewsky y dos más que Platón, Pero Napoleón 1 logró hacer subir la columna del barómetro a un nivel de 17 grados (*) Correspondiendo a la encuesta organizada, en 1905, por Le Gaulois sobre la literatura de la Gran Bretaña, los escritores ingleses invitados a opinar acerca de sus autores franceses preferidos, escogieron a Rabelais y a Moliere pero hacian ya una situación aparte a Voltaire de quien dijo entonces Mr. Bodley: “En el siglo XVIII, los grandes escri- lores franceses procuraron ilustrar más que el espiritu de su raza, el de su época. Voltaire es demasiado cosmopolita. En sus libros 8e en- suentra la más brillante manifestación del genio francés, incomparable por la claridad y la naturalidad del estilo, pero el conjunto de 8“ obra exhibe demasiado al huésped de Holland House, al invitado de Potsdam, al monarca de Ferney”.

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Motivos en tanto que Mussolini, a pesar de la fiebre tropical de sus dis- cursos, no consiguió sino una temperatura media de 9 puntos escasos. Mozart, preferido a Beethoven en un concurso anterior de la misma índole, no mereció de sus jueces actuales sino 16 pun- bos, los mismos que el autor de la Tetralogía del Rhin y que el vintor español de los Caprichos. Es curioso hacer notar que, de los hombres célebres en actividad, el que obtuvo un índice más elogioso en este certamen, no fue ni un escritor (Joyce, Gide, Pi- randello, Ortega y Gasset) ni nn filósofo (Keyserling, Spengler, Santayana) ni un estadista (Mussolini, Poincaré) sino un actor genial: Charles Chaplin, que fue calificado por Vanity Fair con 13 puntos y 9 décimos, casi en la misma categoría que Chopin y que Ibsen de quien se ha conmemorado, hace poco, el natalicio. De la comparación de esta encuesta con los resultados de ntra, semejante, realizada también por Vanity Fair en 1922, se deducen consecuencias muy sugestivas. Desde luego, el nombre de Anatole France —que entonces ocupaba el cuarto lu- gar en la lista de las preferencias— no figura actualmente sino con un promedio muy bajo. Ya no los críticos, los lectores han acabado por hastiarse de la ironía inconsecuente y dócil de este escritor a quien una moda favoreció y otra ha venido a sumer- gir en una oscuridad tan justa o tan injusta como su gloria. En cambio, Voltaire —que es en 1928, después de Shakespeare, el es- critor de cómputo más elevado— no logró en 1922 sino el undécimo lugar, figurando entonces, después de Nietzsche, de Goethe y de Gustavo Flaubert. ¿Por qué motivos el mismo jurado, que lo

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Cándido o de la Estadístiac absuelve, condena a France en cuyo espíritu —de falso perfil he- lénico—- se reflejó la luz de su misma desencantada ironía y se continuó la fórmula de su misma incredulidad iconoclasta? ¿Qué audacia, qué generosidad, qué amplitud humana —ÑYvi- gilantes en la crítica de Voltaire— hacen falta, al lector moder- 20, en el mosaico de la prosa de Mr. Bergeret? La tradición tie- ne este peligro: fija demasiado pronte el contorno de la foto- zrafía que revela y, dando el perfil en que obra el litoral de una axpresión verdadera pero rápida, le roba la animación con que la vida se suprime y se reemplaza a sí misma en los rostros que verdaderamente invade. ¿No habrá une error de valoración en la atiqueta desdeñosa con que los titulos Voltaire siguen vendién- dose en los mercados de la literatura europea? La curiosidad —que André Gide pone en el origen de todas las virtudes— está siempre detrás de cada libelo de Voltaire, en cada injusticia lar- ga, en cada ironía breve de su Diccionario Filosófico, En tanto que el peor enemigo del humorismo de France es su tediosa, bur- guesa y plácida incuriosidad. Para los que quisieran un arte deshumanizado, France no podría ofrecer sino un ejemplo descon- solador. Los hombres, las emociones que se deslizan sobre la piel sin profundidad de su pequeño río de estampas, se despegan de la humanidad, que quisieran contener, como la calcomanía —in- colora en sí misma— que, al caer del cristal que la iluminaba por dentro, queda sin dibujo ni transparencia. ¡Cuánto más rica humanidad hallamos en las opiniones de Voltaire, en el viaje de continuados asombros que hizo —desde la Italia de Shakespeare en que el balcón de los amantes se abría a la noche de Verona—

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Motivos hasta el paisaje de esa otra noche abstracta del pizarrón en que la mano fina de la Marquesa du Chatelet, junto a la traducción de un verso de Virgilio, dibujaba para él las cifras del binomio de Newton, reuniendo a la magia de la poesía bucólica, la poesía de la magia matemática. Con raras excepciones, los resultados de la encuesta orga- nizada por Vanity Fair son favorables a los románticos. Es cierto que, junto a los nombres que el uso había empezado a desmonetizar en 1914, se comienzan ya a precisar otros, más nuevos, más cargados de sentido vital, envueltos todavía, por for- tuna, en esa atmósfera de vibración crítica en que el mérito no se ha hecho aún consigna, ni índice clasificador, ni “epíteto”; Proust, Joyce, Picasso, Cocteau... ¿Qué otros más? Al cerrar la revista—dentro de cuyas páginas un mundo de formas y de fechas queda intacto—comparamos, con el cua- dro de nuestras antiguas preferencias, el paisaje sin marco de las actuales, en que nos reconocemos. Vista así, con ese doble espejo en que nuestra cultura se mira, a la vez, en el reflejo de ayer y en el de hoy ¡cómo gana en volumen, en dimensión ter- cera y profunda, lo que pierde en aparente y superficial uni- dad! Se siente casi deseo de añadir—a la interminable lista de las encuestas—otra más: la de los diez escritores célebres que leíamos en 1915, que nos parecían insustituíbles y que, no obs- tante, hemos acabado por sustituir, —]). 7. B.

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Viajes, Viajeros VIAJES, VIAJEROS(") ue azar sería un maestro admirable si mo fuera a menudo, sola- mente, el discípulo de nuestros deseos inconfesados. Así ha de- jado solos, de pronto y como sin objeto, sobre mi mesa, tres libros de tres hombres que podrían entablar una conversación superficial si bablaran el mismo idioma, ya que visitaron no hace mucho tiempo el mismo país: España. Ahora, al extender mí mano los li- bros como un juego de cartas, sonrío pensando que los tres auto- res han regresado ya. ¿Qué otra cosa es escribir un libro de viajes sino regresar? Cansado o dispuesto a un nuevo viaje, pobre o enri- quecido, no importa, el viajero regresa. Uno de los autores es un norteamericano, un francés el otro, un mexicano el más joven, el tercero. ¿Qué buscaba cada uno? ¿Qué ha encontrado cada quién? Ninguno de los tres ha llegado a Es- paña sin objeto preciso. Viajar por viajar es difícil. El viajero na- ce. No lo improvisa el azar o el dinero. Waldo Franck, el norteamericano, ¿no ha ido a llenar las par- tes del esqueleto que ha de formar un cuerpo sinfónico de su Es- paña? El mexicano. ¿No ha ido a España a cumplir con el deber de cierto tipo de americano que considera incompleto su cultivo sin el viaje por Europa? El objeto que persigue Jacques de Lacre- telle al partir para España es, ante todo, huir de Francia y, más exactamente, de su amante francesa. Su movimiento es el más pu- ro. Jacques de Lacretelle—a quien llamaremos en esta nota por sus (*) Jacques de Lacretelle: Lettres Espagnoles. Waldo Franck: España Virgen. Manuel Cómez Morín: España Fiel.

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Motivos iniciales J. L. para aparentar confundirlo con Jacques Legrand 2squivando la ironía afilada que dedica Lacretelle a quienes se atre- van a pensar que él mismo es su entelequia—apenas va a España para algo. Le interesa huir de su pasión. No busca nada en España Y, cuando encuentra algo, este algo es... la mujer a quien se pro- pone olvidar. Sin embargo, no sin una deliciosa sonrisa, J. L sub- raya la necesidad de un pretexto que explique el viaje aunque sea superficialmente. Para ello su amante desliza a su oído el nombre de Maurice Barrés, invitándolo a contradecirlo un poco. El pretex- 0 del viaje a España de J. L, resulta contradecir a Barrés. El ob- jeto verdadero, huir de aquello que cada momento ha de apare- cer a su lado con una pasión que no abandona su inteligencia a pe- sar de su intensidad. Este viaje de J. L. a España es el viaje alre- dedor de su amante. Así, cuando se detiene a contemplar la maja desmuda de Goya, no hace sino revivir, con una temperatura admi- rable, una intimidad amorosa de su amada francesa. Viaje en torno de una pasión, viaje en torno también, de uma inteligencia fran- cesa. Cuando J. L. mira vn retrato de Goya viejo acaba por en- contrarle parecido, ¿con quién?, con Sthendhal, Y el parecido no se detiene en las líneas cansadas, resentidas del rostro del español. Se prolonga en los espíritus, J. L. encuentra en Gova y en Beyle la misma dureza en el trazo; algunas veces, un poco de caricatura: a menudo, un poco de odio; y, frente a la belleza femenina, la mis- ma sensibilidad a pesar del cinismo común a Goya y Sthendhal J. L. recorre España y España lo penetra, a veces. Otras, la vi- da española es sólo un pretexto para afinar sus teorías, para apo- var su técnica de escritor, Asiste a una corrida de toros esperan- do sensaciones vivas, variadas, y sólo encuentra una diversión tea-

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Viajes, Viajeros tral monótona. Apenas si la entrada de la cuadrilla le regala un poco de belleza. El juego de los toros le parece estrecho y brutal. Y, añade, “a pesar de los accidentes, deja poco Tugar a lo impre- visto”... Un libro de Barrés y unos cuantos pliegos de papel para escribir forman el equipaje de J. L. El libro le servirá para man- tener despierta su ironía, los pliegos para ir anotando sus hallaz- gos, sus reflexiones y, sobre todo, para hablar de su pasión amo- rosa. Todo ello en cartas que dirige a su amante a quien quisiera dejar de amar sin violencia, alejándose de ella para siempre, sin odio ni amargura. Jacques de Lacretelle llega a España con unos pliegos de papel impreso o en blanco, escritos o por llenar, Waldo Tranck lleva a España un baúl mundo. Todo parece caber—no todo cabe—en este baúl musical que el norteamericano lleva sobre la espalda sin fa- tiga, acomodando en su interior todo aquello que encuentra sin sorpresa porque parece haber ido a España a recogerlo. La delicia el viajero es, precisamente, la inversa: encontrar lo que no busca. Waldo Franck encuentra justamente lo que desea para apoyar sus ideas sobre España: ejemplos, datos, fechas y fichas, hombres y nombres. De este modo acomoda sus notas en el baúl del cual un día saca, flamante, nada menos que una sintonía española. ¿Nada menos? Y nada más. La visión panorámica de Franck hace pensar en una sinfonía de un maestro de ayer. ¿Strauss? Repartido muy hábilmente (El cielo de España, La Tragedia, Más allá de España) y ejecutada con mu- cha temperatura (Waldo Franck es al mismo tiempo la partitura y la orquesta) esta obra cerrada y de fuerte apariencia tendrá ecos inmediatos, los tiene ya. El tono del libro y la temperatura del es- tilo aparecen contagiosos, han contagiado ya algunos espíritus ve-

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Motivos getales. El versículo bíblico, el proverbio árabe, la estrofa castella- na, todo aparece en el discurso de Franck, formando aquello que un espíritu apresurado se atreve a llamar lirismo. Ninguna equi- vocación más exacta. ¿Cómo confundir el lirismo con la oratoria? Oratoria inteligente, dueña de sf, amiga del giro y de la pausa, de la definición inesperada y de la comparación inevitable. Pero, ¿el viaje? El viaje de Franck se resuelve en torno a la Historia de España, en torno a los hombres vivientes de España. A veces, creemos que Franck va a dejar sus hipótesis, sus alegorías, que va a dar un paso fuera de su andante, pero esto no sucede. ¿Cómo exigírselo? Waldo Franck no es, casi, un viajero. Encuen- tra lo que busca y escribe un libro wagneriano, atractivo o no, según el espíritu que lo que lee—iba a decir que lo escucha. ¿Un libro de viajes? La España Virgen de Waldo Franck es mucho más que un libro de viajes. Pero también mucho menos. El mexicano parece haber ido a buscar la madurez sin zumo de España. Una España maestra, dura, agostada. Y ha encontra- do la España presentida por nosotros inmóviles, joven otra vez y amiga. Gracias a este delicioso fracaso, Manuel Gómez Morín ha hallado una tierra viva, fiel a su misión. España fiel. Y un paisaje que recibe y describe ahora, agradecido, con viveza. También a su modo, ha encontrado elementos para formar una arquitectura mu- sical española. “De Castilla—dice—vienen esas notas graves que en la “sinfonía” España no se escuchan a veces pero que insensi- blemente, sin cambiar de tono, apresuran el compás, se acercan y dominan con imperio varonil, con resonancias trascendentales, to- do el caudal de las otras melodías.” (¿No será esto el recuerdo sub+ consciente de una suite española ¿de Albéniz? ¿de Granados?). Pe-

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Serenata ro lo que importa es que Manuel Gómez Morín ha ido a encontrar en España en vez de su propia madurez, su juventud espiritual, su fervor y —quisiéramos—su desconfianza. Sus ojos de hombre de acción buscaban en España la pereza inactiva, la pobreza, la Tuti- na del trabajo primario y han encontrado fuerzas activas, riquezas repartidas, trabajos modernos. En vez de decepcionario, de robarle fuerzas para la acción, España Jo asegura y él, en recompensa, ascribe y lee públicamente unas cuantas páginas—de las que Wal- io Franck no está ausente—cálidas, discretas, agradecidas. —X . Villaurrutra. SERENATA DE SCHUBERT E“ este ritmo con que los nombres y las leyendas del ochocientos se repiten, en esta multiplicidad de los cen- senarios individuales (Beethoven, Schubert) que anuncian el balance general del romanticismo, hay algo más que la sola coincidencia de una época fecunda: la alegría nretzscheana con que la generación de hoy se afresura a romper los vincu- Jos que la ataban a un fasado sentimental. La misma impaciencia nuestra se apoderó sin duda de los escritores y de los músicos que recordamos, fero no con la misma honradez, ni con la misma lealtad crítica. Antes de olvi- dar esta tradición romántica, era útil repetir—aunque fuese en su centenario—la decréfita Serenata de Schubert que enternecía a los amantes de Gutiérrez Nájera. Regetirla, so- bre todo, para comprobar que la nueva voz es ya tan justa,

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Motivos tan segura de sí, que fuede fasar a través del almibar de las más untuosas romanzas, sin adherirse a su eco, sin desviarse en su comodidad. Despejada así la escena que tan frolongado desfile de homenajes fobló ¿no sería ya hora, sin embargo, de que los ejercicios de lu memoria pasaran a segundo término? ¡Qué bien la Serenata de Schubert junto a las Noches del “gálido Musset" y en la garganta eucológica de la Malibran! Pero, si la música ha de dar el tono de la vida que enriquece, ¿no resultaría más adecuado reunir a la juventud de hoy—detor- va y elástica—en torno a la Consagración de su Primavera? —J. T. B. CARTA A FANTOMAS-BERGAMIN (*) “¡Te conozco, intelectual! El tiempo fué la carcoma de tu cabeza y las ideas se te budrieron en el cerebro llenándotelo de gusanos; de fantasmas de tus pensamien- los, de gusanos de ideas. —J. B. EN este silencio ensordecedor de las estrellas, querido Ber- gamín, ¿dónde está el enemigo que huye? ¿No será us- ted mismo, con su coro de fantasmas? En el Palacio de Elsinor y en el gabinete del Doctor Fausto, dan las doce horas muertas (*) J. Bergamín, Enemigo que Huye. Atenea, Madrid, 1928.

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Cartu y perfectas. Una campanada más y desapareceríamos con usted por los tejados. Huír o no huír. Esta es la cuestión. Otras cuestiones: huír, ¿de qué huír? ¿a dónde huír? La huída no es ni negación ni positividad. Ni siquiera es una contradicción. Es parar el reloj en las doce horas de la noche y suprimir de un golpe el tiempo v dejarlo que se devore a sí mismo. El mundo de fantasmas en que caemos nos enseñará un tiempo y un silencio nuevos. También nuestra sombra nos huye —sombra de fantasma— pero sólo en apariencia. En realidad —¡dichosa realidad!— nos- otros huímos de nuestra sombra y los fantasmas de la sombra nos persiguen. Pero sucede que todos nos perdemos en la reali- dad, esa realidad que se forma de polvo, ceniza y nube —humo—, Todo es humo y lo mismo. Si es cierto que la verdadera poesía se burla de la poesía; y el verdadero amor, del amor; y el verdadero teatro, del teatro; ¿para qué son tantos rodeos? La gran verdad será la poesía, y el amor, y el teatro; porque son esenciales y llevan consigo su burla, su afirmación, su negación, latentes. Otras cuestiones: poesía, amor, teatro, que debieran resolverse —sin fantasmas— en este monólogo. Si usted, querido Bergamín, huye de la poesía, ¿no cae en la burla de la poesía? Y si huye del amor y del teatro, ¿no cae en la burla del amor y del teatro? Hamlet, ahora, ya no dice monólogos, sino diálogos; y la redoma del Doctor Fausto no en- cierra ningún secreto para el mundo moderno, desde Voronoff... y los “dadaístas.” Aunque es cierto que los contemporáneos te- A

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Motivos nemos demonios familiares —fantasmas, siempre fantasmas— y 'orman el único vínculo que todavía nos une con el Diablo. ¿Debemos, por eso, huír de los fantasmas? ¿Y para qué, si los fantasmas se huyen y nos huyen? El humo que los crea nos hace sombra de fantasmas y Don Juan puede andar desnudo por las calles, sin temor, porque es fantasma, humo, sombra de fantasma, y sombra de sí mismo, ¿Quién contó al gato los pies y dijo que no eran tres? Cuidémonos de ver a través de la conciencia de la culpa, ya que la culpa es la conciencia de la ciencia. Un rodeo más y cae- ramos de nuevo, con estrépito, en el mundo de la realidad, de esa realidad que no es la suya ni la mía, querido Bergamín. Us- ted y su fantasma huyen juntos y yo quisiera, a veces, seguirlos en su huída. Desgraciadamente, yo tengo también mi fantasma, y ese fantasma tiene su sombra —sombra de fantasma—. El por qué de esta fuga de fantasmas no lo sabremos nunca. Lo único sierto es que huyen, huyen de nosotros y de los fantasmas de nos- »ros. y de los otros. - Y no es menos cierto que la sombra de los fantasmas tie- ne su sombra. ¿No estaremos ya en la realidad, en el tiempo? El tiempo es el hormiguero del Diablo; pero sin hormigas. A las doce en punto hemos transportado las hormigas a otro lugar, a otro hormiguero que no es el tiempo; pero que es también del Dia- blo. Mientras, los fantasmas siguen nuestros pasos en una bru- ma gris, de humo. Todo es humo y lo mismo. El regreso puede encontrarnos cansados, con la ciencia, con

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Carta la culpa, con la ciencia sin la vida —¿con la muerte?— y la conciencia que nos salva, como un latido del corazón. Entonces será tiempo —jel tiempo!— de decir con el escarabajo sagrado: No armemos la pelotera por si era o si no era; cada cual a su trabajo como buen escarabajo.—-E, G. R. P. S. ¿Ve usted, querido Bergamín, cómo con los elementos de su cultura podía una realidad desnudarse, si no hasta el fan- tasma, sí al menos hasta el maillot con que el cine —incapaz de asirlo— se contenta con representarlo? A través de la serie monótona de tantas preguntas y respuestas, como hay en su libro, el mérito intrínseco de la obra se nos huye. Falta en ella ese soplo animador de poesía que hace viva la obra. Por hufr de ella, cae usted en los peligros de la ciencia sin la vida, y la burla del amor y del teatro quedan simplemente en burla, en la culpa sin conciencia, en la muerte sin temperatura.

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