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ESPIRITU DEL HEROE

LA Historia existe solamente para aquello que es capaz de evolucionar: seres o cosas, pero la que nos interesa comprender esencialmente se refiere al hombre: la que lo interpreta dentro del sentido cósmico y expresa su contenido como una realidad. Lo demás no puede considerarse como verdadera historia en un juicio profundo, sino que entra—como una representación —en la medida de lo que pertenece a cada cuerpo; forma parte de sus transformaciones, de sus pérdidas, de sus aumentos. El hombre o pueblo que no cuenten con nada propio, que no se distingan sino como punto de transición de un grupo a otro grupo, que sólo sean confusión—sin trayectoria clara, sin mutación trascendente en un aspecto único—no nos interesan. La biografía que debe hacerse es la que se elabora cuando la huella trasciende más allá de la fa-milia, cuando abarca un cuadro nuevo del universo, cuando, de la acción recíproca de dos voluntades, fluye algo específico. Edifiquemos con estos valores—en el presente—el estilo de una nueva sensibilidad ética y abandonemos el absurdo de descubrir en las ruinas una realidad que fué. Para obrar hay que creer con fe: la principal cualidad del santo y del héroe es la sinceridad. Lo santo sólo se produce en el terreno religioso; el héroe es un producto de la vida civil. El santo es el hombre que todo se da: vive para los otros. En su dependencia con Dios encuentra su moral. Para el héroe su voluntad es su moral; los usos pierden en él su raigambre y domina, con un instin-to profundo, aquellos enlaces que la inteligencia no advierte. El héroe puede ser Dios como Odin y Ma-homa, o bien guerrero, hombre de ciencia, escritor, artista, político. En la supranaturaleza se funda la cualidad del héroe o del santo. La constituyen hechos que racionalmente no se explican, pues se aproximan a la intuición estética y se desenvuelven como sucesos sentidos. La originalidad que supone cualquier actividad que se aparta de la costumbre se considera como extraña ya que elevarse por encima de lo ordinario es preconizar un nuevo uso. De la impresión que cause en la comunidad y de la facilidad con que se adopte depende la innovación de la moral reinan-te. Así se verifica la evaluación en la costumbre: primero, locura del que quebranta la tradición; sorpresa indignada por el prestigio de las buenas prácticas. En

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B. J. Gastélum seguida, la inmoralidad del hombre libre que afina su gusto con una relación más profunda que el valor ordinario. Después, muchos años después, la admiración a una actitud superior que supo resistir a la obediencia, al lugar común de la mediocridad. La diferencia esencial entre lo que se deba o no deba de hacerse carece de un significado absoluto. La existencia de una ley moral válida fuera del hombre y del tiempo es lo que más ha atormentado al espíritu y no se alcanzará nunca el estatismo espiritual, porque las horas se suceden en esa forma agresiva del carácter que sostiene el aspecto descriptivo de la existencia atada a la sanción de la mediocridad que va a modificarse mañana, en una hora demasiado tardía para nosotros. Desde antes de Bentham se batalla por reconocer si hay algo en la ética social como manda-to expreso de la naturaleza; si esta ley es natural-mente cognoscible como buena y justa, pero hasta ahora nadie ha descubierto su fórmula. Si lo moral pudiera encontrarse como una verdad, de antemano podría trazarse el camino que conviniera seguir. Es-casearían los conflictos, no surgirían ni el héroe ni el santo, y algo se habría conquistado en la práctica de una rectitud absoluta. Pero, por lo contrario, la duda crece a medida que se derrumban ideas que se tenían por seguras. Principiamos a comprender que el problema de la conducta.es un asunto personal que interesa al grupo desde el aspecto de su debilidad. Si todos los hombres fuesen fuertes a nadie preocuparía

Espíritu del Héroe lo que hiciera el vecino. Nos aproximaríamos a la verdadera libertad. La falta de capacidad y de aptitud de la mayoría funda la costumbre y las maneras sociales y políticas. Mas si nos hemos referido a estos hechos no es, por el momento, con el propósito de inte-resarnos en la cuestión moral en sí misma, sino en algo más trascendente: en la ausencia de estímulos que comprometen la conducta del hombre. Hasta ahora hemos perdido el tiempo en inter-pretar aquellas tendencias que traemos como elementos integrantes del contenido cósmico. El adivino y el profeta aplicaron a sus propósitos el desenvolvimiento de nuestro ser. El santo, muchos años después de practicar el culto, incluye dentro de la creen-cia la ética, refiriendo a la divinidad el bien y el mal. Y cuando la muchedumbre, por la decadencia de la fe, huyó de los profetas, el filósofo se encargó—frente al avance de la ciencia —de precisar la verdad de la conducta. Mas ya, desde Spinoza, conocíamos que lo exacto, en la moral, no señala nada sino que es po-sición relacionada a nuestros deseos, a nuestro modo de pensar. Lo único que tiene un valor absoluto es la naturaleza y ésta, en el hombre, formula tendencias muy diversas a las que la intelección busca y el sentimiento sueña. De todas estas ideas que persiguen como finalidad la exaltación de la vida, las más fincadas a la tierra son las del héroe y del santo. Porque sin ser elaboradas con la convicción científica que la meditación establece para cada punto, responden, con espontaneidad genial, al sentir de las cosas que se desenvuelven cualquiera que sea la representación que se tenga de ellas. Ordinariamente se acep-ta, por la comunidad, un orden diverso al de su exacto contenido. No queremos convencernos de que un buen razonamiento vale mucho menos, a veces, que el curso natural de los fenómenos. El héroe y el santo edifican. Los demás formamos la multitud, la masa que trasmite a la posteridad su historia. A ningún hombre de acción le interesa lo que afirma el doctrinario. El es el acontecer, el fenóme-no. Pero no hay duda que su número crecería si el reconocimiento del éxito se colocara dentro de la existencia. Ahora sufrimos la superioridad y nos desqui-tamos de nuestra organización teorética pronuncian-do el juicio fuera de la posibilidad de una refutación oportuna. Si pudiéramos contemplar el resultado de nuestra experiencia como algo cuya profunda significación hiriese nuestra sensibilidad, entonces contri-buiríamos a hacer el ritmo, incorporándonos dentro de su sentido. Se dignificaría de esta suerte la figura del pensador, no quedando ya él atrás de los acontecimientos para hacer su glosa (papel sin trascendencia para los próximos grandes espíritus) y la historia dejaría de ser leyenda sin ningún efecto sobre planes futuros y asumiría—dentro de la literatura—un aspecto heroico. No queremos asegurar que todos llega-rían a convertirse en hombres superiores, pero sí que se afirmaría la ética colectiva.

B. J. Gastélum

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Al mundo se llega como se es, pero el sentimiento y la moral no son cosas de herencia sino que las impone la cultura. Para el griego que practicaba una moral de interés la cultura relacionaba sus doctrinas al mundo visible. No teniendo historia, ni compren-diendo el futuro, hizo de sus templos un lugar esco-gido donde celebraba el triunfo de los espíritus selectos. Sus dioses los creaba su fantasía y el recuerdo de sus hombres superiores, considerándolos como personas reales y dando a su existencia las ideas morales que regían la vida. Así, la figura brillante de aquel pueblo desconoció —como acontecía en las creencias brahmánicas—la oposición entre la naturaleza y el espíritu. Su rasgo esencial fué el goce estético: la música, la filosofía, la oratoria, las artes plásticas se cultivaban en forma de deporte nacional. Cada quien pretendía destacarse por su atrevimiento, su destreza o su sensatez. Los juegos, la danza y las canciones animaban los poblados. La opinión pública celebraba la vida laboriosa y pacífica; la justicia, la nobleza, las acciones heroicas. El poema homérico es el libro de todas las clases. Sólo Platón, recomendando una moral ascética, en contradicción a la alegría con que el griego afirmaba su conducta en la existencia real, sostuvo la continuidad del alma después de la muerte; idea que ya se conocía en los misterios dionisia-cos. La vida habría que considerarla como una pre-paración para la muerte. La interpretación platónica desde este aspecto es precursora del pensamiento cristiano. La contemplación erudita del paganismo ve a Dios y, años más tarde, Platón es considerado como un teósofo. La falta completa de una disciplina científica seria hace que se le tome en su aspecto ideal y que una gran mayoría de padres de la Iglesia sean platónicos. La imagen de una existencia mejor des-virtúa el criterio utilitario que había prevalecido en el espíritu de la cultura griega y el aniquilamiento final, que preconizaba Epicuro, es sustituído por el pensamiento de la inmortalidad cristiana. La religión de Cristo—que sucede al politeísmo clásico—adoptó de la teogonía egipcia, del Budismo y del dualismo persa, la forma de considerar la vida. La abnegación, el desinterés, el amor al prójimo, la humildad, el olvido del presente, forman el ideal de la nueva fe. Tal parece como si se tratara de reducir la existencia a la voluntad de un espíritu colocado más allá del ascetis-mo y en relación constante con los poderes sobrena-turales que rigen al universo. Por justificados que pa-rezcan el carácter y la elevación de la moral cristiana, es indudable que el solo hecho de trasladar fuera de la vida sus sanciones ha sido el obstáculo más se-rio para la redención de la libre ética humana. La filosofía cristiana desconoció el horizonte natural del hombre, su falta de grandeza y sus determinaciones mezquinas. No se dió cuenta que, a la ausencia de un estímulo sensible y aplaudido por la comunidad, respondería su egoísmo; el despertar ordinario de todas sus concupiscencias. En efecto, el hombre—a pesar de haberse adaptado a todas las innovaciones de la ciencia y de la industria—sigue adherido a la imagen religiosa del pasado, se preocupa por llevar una existencia práctica y deja a la especulación como un ejercicio puramente espiritual. Como buen burgués, comercia con las cuestiones de espíritu, se abraza a todos los sistemas, olvida todos los propósitos y, entre llanto y risas —refugiándose unas veces en la leyenda y en la filosofía otras—acaba por alcanzar la culminación de su arte: el lirismo en la ética. Cada cual canta sus propios afectos, sus propias ideas. Fi-listeo, el hombre tiene asegurado el supremo deleite en la contemplación eterna, con un arrepentimiento tardío.

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La costumbre forma parte de la estética. Por eso el antiguo ensaya, dentro del contenido de cada manera, de cada situación, de cada uso, de cada palabra, la armonía de la línea, el matiz del color, el equi-librio gracioso del movimiento. Todo se vuelve objeto de arte. En un simple saludo, la vida se manifiesta con todo su misterio o bien pierde carácter ante la perspectiva de un ideal remoto. Cada quien se re-gocija públicamente de lo que hace porque sabe que su figura proyecta rasgos que abarcan un amplio te-rritorio espiritual. La estatua, el homenaje, la fiesta, buscan al héroe. La capacidad de deleite se extiende hasta el mismo límite del valor que expresa en cada quien.

Si la filosofía ha borrado esa posibilidad de su-frimiento o de goce para una existencia posterior y sitúa, dentro de la tierra, la afirmación exacta de cada ser, no hay que continuar fincando la ética en el pensamiento místico. Hagamos que, dentro del mi-crocosmos de cada hombre, se proyecte la luz, o se gradúen las sombras. No hablemos más de los diver-sos aspectos en que pueda considerarse la costumbre ni nos empeñemos en creer que puede haberlas fuera de la inquietud social como una fuerza rígida. Los rasgos de las que existen en esas condiciones perte-necen a la biología y no sirven para desarrollar la amistad ni hacen mejores a los hombres. No habrá que considerar a las demás ni buenas ni malas, ni justas ni injustas, sino sólo convenientes. Así el uso tiene toda la plasticidad necesaria para amoldarse a la época y al lugar. Como llama que brota dentro de nosotros mismos, lejos de interpretaciones filosófi-cas, aspira a resolver, en obra maestra, el fluir ordinario de los sucesos. Dentro del andamiaje de este pensamiento lo ilícito se convertirá en un hecho ha-bitual y la inteligencia—para no aparecer retrasada — adoptará la moda del instante. Todo hombre sentirá el gozo de lo que adquiera y cuando su obra realice un significado más profundo, cuando ligue dentro de una misma armonía a todos los espíritus, la gracia será con él. Pero en tal forma que, lo que levante, albergue la ambición más alta. Si desde hace diez y nueve siglos hubiésemos encadenado a la ambición la salvación del hombre, si hubiésemos transformado

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Espíritu del Héroe la codicia en instrumento de santidad, el tesoro moral de la humanidad estaría henchido de héroes y de santos. ¿Qué importa que tras de cada uno de ellos aliente un forajido? ¿Qué que la santidad o el he-roísmo puedan ser alcanzadas —cuando no sean una expresión de la comunidad—por quienes tengan fuerzas para simularlas hasta el fin? Esta exaltación y glorificación del valor del hombre las realizó el Renacimiento. Fué entonces cuando el espíritu se eman-cipó de su subordinación a la leyenda y todo empezó a interpretarse con una actitud naturalista. Con la re-novación de los sistemas que buscaban su inspiración en los modelos de la antigiiedad, se descubría un horizonte nuevo, en el que los seres y las cosas parecían hechos para el solo deleite. Los bienes que habían sido desdeñados en la Edad Media—en que se consideró la vida como un lugar de transición—re-conquistan entonces su importancia. Se vuelve al goce de lo terreno; a la estimación de los más pequeños valores mundanos. No hay sector de la inteligencia del que no brote un nuevo intento para enriquecer la existencia, ni vibración que no proyecte un himno en favor del hombre. En esta carrera, en la que todos participan por igual, se olvida-—por alcanzar la ci-ma—el sentimiento cristiano y la práctica justa. La moral se desprecia. Hay una degradación en la vida privada y pública y el orgullo de cada quien crece a medida de su indignidad. No hay período en la historia que haya producido tantos espíritus selectos, ni

B. J. Gastélum en que el delito haya alcanzado tanta distinción espiritual. La idea realista que predomina en la cultura y el naturalismo que funde como elemento necesario todo el pensamiento, trae una conclusión: la excelen-cia del hombre y su predominio sobre lo que existe. De ahí que todo se vuelva motivo de razonamiento y crítica. El sentimiento deja de ordenar la vida y, sobre nuestras cabezas empobrecidas por el positivis-mo, danza la imagen de Comte. No hay que olvidar sin embargo que si tal obra pudo presentar algunos aspectos mezquinos, engen-dró a su vez esa actitud gallarda que dió al hombre la posibilidad de descubrir, en sí mismo, el centro del universo. Este es el milagro del Renacimiento. Un horizonte que ilumina la sensibilidad de cada uno. Una ambición de goce que hace al hombre buscar eternamente, con la mirada fija en las iglesias, la compensación pagana de sus conquistas. Por ello el santo que llega a ser un motivo de veneración universal, desaparece con el siglo diez y seis y el héroe, que está atento a una glorificación inmediata, queda como un refugio de la tendencia mística de la humanidad. Mas por una juiciosa valoración de los hechos, se ha purificado la representación del héroe, apareciendo de más significación la que—apartándose de la tradición exclusivamente guerrera—agosta de un modo más completo el sentido del dolor. Por eso Goethe, de quien huyen, en forma tan arrebatada, todas las cualidades heroicas, es el tipo del héroe en

Espíritu del Héroe el espíritu moderno. Conviene recorrer con un ligero recuerdo el círculo de sus éxitos. Toda su obra es una confesión que mezcla la realidad con la poesía. En el alquimista de Fausto se reconoce al médico que lo atendió en una grave enfermedad. En las confesio-nes de una bella alma de Wilhelm Meister,a la amiga de su madre, Mlle. Klettenberg en cuyo círculo social se cultivaba la astrología y las ciencias ocultas. Es lo que da tanta vivacidad a sus creaciones. Mas en todas, conserva la libertad de su espíritu que aplica —a pesar de sus angustias morales—no sólo al arte, sino a las costumbres, alejándose de todas las que pretenden poner un límite al libre juego de su genio. Por ello sus actividades literarias son un des-quite de las inquietudes que lo agitan. Vaga tras un fantasma que habita más allá de la tierra. Así hace su definición de la poesía. Su vida; es el éxito de una inteligencia vigilante atenta a una sensibilidad profunda: Werther, Fausto, Tasso son partes de su espíritu, que se transforma en cada época de su existencia. Cada día y en forma pensada amanece un ser diverso. Werther es uno de los episodios de su vida que más claridad arroja sobre el espíritu de Goethe: enamorado de la esposa de un amigo, encuentra natural que el joven Jerusalem—-víctima de un caso semejante—se suicide. Acaricia durante muchos días un puñal que había extraído de la sala de armas de su padre, atormentado por los recuerdos de Wetzlar; al que sólo su amigo podría darle un uso

B. J. Gastélum cierto, mientras él cristaliza en una obra poética su propio conflicto moral. A su egoísmo somete los acontecimientos — el Werther promueve una serie de suicidios —sin quedar aprisionado por ellos. La exaltación del hombre lograda por el Renacimiento, Francia es el único país que la recoge como herencia y la cultiva hasta nuestros días. Por el elogio de sus actividades creadoras, ha formado así, en el espíritu público, el respeto y la admiración para toda labor constructiva y ha encendido, en el alma popular, la idea del por qué de su consistencia, el sentido de su articulación, la necesidad de su arquitectura. ¿Hasta qué punto podemos darnos cuenta de la importancia que tiene este proceder para la ética? Basta explorar el horizonte de las ideas para encontrar, en cada región, una parte del espíritu francés. Así ha podido consolidar, en el ambiente universal, el respeto por sus nombres y la admiración por su cultura, convirtiéndose esta última, en todas las épocas, en la moda del pensamiento civilizado. Este es el secreto de Francia y la superioridad de su genio. En cambio, la mayoría de los países—y esencialmente el nuestro—resultan inaccesibles al elogio. Desconocen que su fuerza es la única capaz de arran-car de la infecundidad a grupos que se suponen unidos, para alcanzar una existencia superior. Se trata de una degeneración moral que sólo siente estímulo para empequeñecer los ímpetus nobles y descansa de su remordimiento y satisface su envidia con un homenaje póstumo. Así, la mediocridad recupera para sí misma lo que un espíritu excelso le arrebató, pero que ya no estuvo en posibilidad de gozar. Continua-mos creyendo en el santo y en el héroe auténticos desestimando la importancia de la civilización para formarlos. En la falta de salud descansa ese temor para ejercitar—en beneficio de todo gran proyecto— el aplauso espiritual que lo aliente. Se ha creído que, por el hecho de prodigarlo, instituimos un falso valor, cuando bien sabemos que de estas valoraciones inocentes, saldría la idea vital que nos permitiera cada día tener un pretexto para mantenernos juntos y un propósito que realizar para mañana. Tal debe ser la trascendencia del criterio filosófico moderno: descubrir en la más honda malignidad una fuente de ternura y de bien, hacer de un juicio mediocre un adjetivo solemne. Transformar el temor, inspirado por la ausencia de genio, en la confianza de una trayectoria clara, trazada por un esfuerzo inteligente. Deberemos formar hombres distinguidos no negándo-les el aplauso. Pero para que éste estalle, hagamos el país dándole, junto con la conciencia de su articulación, el programa de su existencia.

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Bernardo J. GASTELUM