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LA OBRA

DE DIEGO RIVERA

]NUTIL intentar substraerse al cuerpo a cuerpo, en conocimiento y en juicio, con la obra de Rivera. México se ha colmado en unos cuantos años de fnturas murales que la voluntad ejemplar del Insurgente ha ido cuajando día tras día, ajeno, o acaso estimulado, for el choque de los elo-gios sin medida y los desfrecios virulentos. Es imposible caminar dos fasos en una dirección que lleve a fines de com-flacencia desinteresada, sin enfrentarse con las propias obras del gntor, o, cuando menos, sin sentirse freso en la difusa malla de afirmaciones y negaciones que, en torno a su capacidad de acción, tejen amigos y enemigos. Las más opuestas actitudes intimas, las más diversas sinrazones, nacidas casi siempre de la impotencia crítica, todo el foso del oscuro resentimiento, la violencia que en-gendra, en tierras mexicanas, la ambición y la lucha for la conquista y el dominio —con la eliminación absoluta del enemigo— en cualquier zona de actividades, se manifiesta con una total evidencia en cuanto a Diego se refiere. A requerimiento de amigos admirados, ya en la brecha de la vida de acción de México y hbre aún de la gasión ardiente que, al negar o afirmar, arrebata y ciega, el pintor que escribe estas notas ofrece al vértigo del medio mexicano un intento de juicio crítico acerca de la obra de Diego R:- vera, Con el propósito de hacer más clara y eficaz su opinión escrita, cuajará en dos versiones, ligadas entre sí, su leal fa-recer. Una mirada sin hondura, un juicio sin control ni orden, acaso hallen contradicción entre esta cara y esta cruz que forman, a muestro juicio, la moneda de curso forzoso que es la compleja obra del fintor de que nos ocupamos. Dero, a foco que se considere el método adoftado, se adver-tirá que es acaso el único que fuede emplearse al enjuiciar una trayectoria estética tan diversa y tan maleable, tan capaz de levar a la confusión y a la injusticia, como la de Diego Rivera.

La Obra de Diego Rivera

LA OBRA ALA LUZ

DE LOS ACONTECIMIENTOS HISTORICOS

A la hora exacta que sin duda le correspondía en el reparto de papeles, aparece en el primer término de la escena artística y política de su país, lle-nando esta con su persona y con su obra, el pintor Diego María Rivera. Expatriado voluntariamente durante muchos años, de formación artística europea, poseedor, en los medios franceses, de una cierta fa-ma de artista bien dotado, de lento y cierto caminar en la busca y conquista de los valores esenciales, se encuentra, en rigor, bien dispuesto para salir con bien de la aventura en que la llamada del suelo le enlaza-ba y comprometía. .

G. García Maroto

Es el 21. La revolución tiene diez años de existencia, tiene ya siglos de existencia para esta vida mexicana de caminar alucinante, en la cual los acontecimientos se producen, afirman y transforman, con vertiginosa rapidez, y en la que los hechos concretos, hitos fijos del ayer mismo, se tornan, por súbito cambio de plano de la atención activa, en leyenda difusa, se funden en la lejanía con el mito ardoroso, reapare-ciendo, con brío inusitado, en el acento popular que busca cauce y expresión en odios y lamentaciones de fines abstractos y procedimientos directos. La revolución tiene ya sus rápsodas. Los corri-dos del pueblo exaltan la memoria de los remotos héroes. Sin embargo la revolución—que no se articu-ló en expresión perfecta—necesita de todo el esfuerzo de sus hombres para afirmar y organizar las virtudes que han motivado y justificado el hecho histórico. Y es entonces cuando Diego Rivera, de vuelta en su país, caldeado en el fuego vivísimo en que se refunden sus gentes, puede mirar y ver, con su mirada que espejó las horas serenas del occidente y del sur de Europa, el rumbo que entre vientos varios sigue el destino de su raza.

La Obra de Diego Rivera

¿Cómo reacciona el pintor ante la nueva realidad en torno? Sus pinturas primeras cuentan de su estado de espíritu. El anfiteatro de la Preparatoria recoge y guarda, con atenta fidelidad, la vacilante situación del mexicano formado en París, que ha ca-minado mucho tiempo a la deriva de sí mismo, aban-donado a influencias diversas, y que acuciado por un medio que se debate en ardorosa pugna social solo acierta a cristalizar en fría teoría artística de una im-personal expresión. Lentamente va siendo ganado Rivera a la causa revolucionaria y paso a paso, sin exaltación violenta, sin olvido de sus finos medios, —como hará más tarde,—va cooperando a la labor común en que el pueblo se halla embargado. Lo primero, el gran ejemplo excepcional del continuado trabajo honesto, la gran labor de cada día, realizada sin solución de continuidad, sin divagación negadora. Trabajo, trabajo, trabajo. México necesita del ejemplo vivo que ofrece la tarea cumplida, y Diego Rivera, ofrece, año tras año, la mejor lección que un mexicano puede dar en las horas que van pasando. Diego Rivera ha de-jado en muy poco tiempo, en los muros de la Secretaría de Educación, en la Escuela Agrícola de Chapingo, un caudal de esfuerzo que pocos podrán supe-rar, que es obligatorio reconocer y en lo que a cada mexicano le sea posible, dentro de su respectiva disciplina, intentar llegar a igualar.

G, García Maroto

!. Fresco de la Secretaría de Educación

Comienza el pintor cantando, comentando, sub-rayando escenas de la vida popular mexicana, y, tími-damente, sirviendo el tema a la expresión plástica,

La Obra de Diego Rivera exaltando motivos de la revolución de México en lo que esta tiene de animadora del humilde, de regula-dora del funcionamiento social perfecto. Grandes frescos recogen esta buena época del pintor. Todo el poder expresivo del artista, toda su capacidad de observación, toda su glotonería del color y la forma, se muestran con viva claridad en esta parte de su obra. Abundancia, superabundancia. .. Los muchos años de disciplinado aprendizaje, de dominio sobre la jugosa fruición directa, de conten-ción frente al sistema a que servir, todas las horas esterilizantes dedicadas con necio empeño a la busca de una no hallada auténtica originalidad, se deshacen súbitamente, como en benéfico deshielo, reaparecien-do en firme obra cuajada en materia definitiva, sirviendo a esa abstracción que es el pueblo y que en posesión de mil sentidos nada dejará de asociar, en la hora exacta de su necesidad biológica, para la formación y enriquecimiento de su organismo vivo. En esa constante revisión a que hombres y pue-blos deben someter sus capacidades y acciones ¿quién podrá ponerse al lado de Diego Rivera en lo que cuenta a esfuerzo organizado, a vigorosa voluntad de afirmación artística, a dotes naturales llevados a máxima eficacia generadora y resumidora? Esta interrogación debiera estar presente siempre, habrá de quedar sin respuesta durante mucho tiempo, debería de ser con-testada con esfuerzo y obra por los que olvidan, al

G. García Maroto

2. Fresco de la Secretaría de Educación considerar la obra de Rivera, el animoso empeño de éste por sacar de sí, y someter a resistencia máxima, todas sus reservas activas. Y con la enseñanza directa de su esfuerzo pleno. otro ofrecimiento ejemplar, una aportación indirecta, incursa en la obra, a veces impulsadora de ésta, en la la Obra de Diego Rivera mayoría de las veces señoreándose de ella en una alianza de muy felices resultados. A su regreso a México, en el 21, Europa, en su expresión artística, se encuentra en el saber de Diego. Lo que es posible conocer y dominar por atención y disciplina, lo que se deja prender sin mengua, es decir, teorías, escuelas, ordenación externa, dominante plástica, problemas que plantearon y resolvieron con plenitud de acierto los genios tutelares, todo está en el conocimiento del pintor. En esta época, en los co-mienzos de su intervención, Rivera, con timidez o con cautela, aparta de sí todo subversivo dato estético, toda conquista parcial reciente, todo lo que acaso pueda dañar la virtud eficaz de la enseñanza razona-ble, y con pasmoso mimetismo, a través de las obras y de las horas, va ofreciendo a la curiosidad mexicana, bajo el disfraz de temas y gentes de México, un resumen ceñido, sucinto, de las grandes corrientes artísticas que han dominado Europa desde Giotto hasta finales del siglo próximo pasado. Todo el aprendizaje atento del pintor, sus preferencias, sus líneas formativas, todo el tejido de esti-maciones del buscador y gustador de los grandes maestros del pasado, puede advertirse en sus primeras obras, más o menos reabsorbido y transfundido en su particular visión del medio plástico a que sirve. Gran enseñanza ésta, si en percibirla y recibirla se pone amor y voluntad.

G. García Maroto

2 Fresco de la Escuela de Agricultura en Chabingo

Diego Rivera intenta, sin proponérselo sin duda, la gran tarea de incorporar a México los finos valores europeos que han resistido al tiempo formando, a través de los siglos, la brillante historia artística del

La Obra de Diego Rivera Occidente. Gran tarea esta, absolutamente indispensable para un normal funcionamiento de la cultura artística mexicana, tan necesitada, en muchos matices, de las variantes que ofrece Europa en su articu-lado y perfecto desenvolvimiento estético. Gran lección la que Rivera ofrece a su país, en donde, salyo algunos casos, en lo que a cultura artística europea se refiere, se ha de vivir de referencias indirectas, de ecos de ecos, en muchos casos de atri-buciones apresuradas, de singularísimas y elípticas interpretaciones. Diego Rivera ha intentado integrar en la vida artística de América, en abreviada síntesis que el recipiente particular recoge, la aguda concreción del tema real llevado a plenitud por los primiti-vos sieneses, el ver de bulto, en observación reitera-da, el tema puesto ante los ojos. Igualmente, y con gracia incorporadora, ha sabido ligar a su obra la expresión flamenca del siglo XV, que es como una peregrinación atenta a la busca del horizonte, es decir, de la profundidad real que luego se ha de trasmitir al mundo artístico, creado en la angustiosa y falsa zona de las dos dimensiones. Y el Renacimiento italia-no, en su perfección peligrosa, en el punto exacto de su desmoronamiento, cuando la ley barroca hecha de abundancia formal y de resonancia melódica llama en su ayuda a ciertos poderes románticos capaces de evi-tar, o de disimular al menos. el hundimiento inminente de la escuela llevada a plenitud por la virtud del genio. Y muchas otras influencias—en este caso incor-poraciones del acervo común del arte mexicano—que habrá que destacar y afirmar, cuando las circunstan-cias favorables den tiempo y lugar apropiados, pero sólo hasta fin de siglo, hasta Renoir, a veces hasta adquirir tangencia con cierta expresión cezaniana. El trato de Diego con los hombres de su generación que han hecho en Europa las vías por donde marcha el arte nuevo, tan sólo influyó en el pintor, a la hora de las realizaciones que han cuajado su nombre en el conocimiento público, en aspectos parciales, no desdeñables, en verdad, pero con escaso valor por

CG. Garcíta Maroto

4. Fresco de la Secretaría de Educación

La Obra de Diego Rivera sí, esclavizados y aun enterrados por el tono clásico dominante. (Diego Rivera, pintor de formación moderna y de clásicas preferencias, sirve al pueblo temas populares en un idioma antiguo que un cierto abandono técnico de tipo actual, con la cercanía del motivo, hace difícil de estimar.) Nunca será mucho insistir acerca de la trascendencia, en la vida artística mexicana, de la aparición del pintor a que nos vamos refiriendo. A medida que se ve y se juzga con más cuidado su intervención en México a la luz de los acontecimientos mexicanos, más se advierte su valor de clave, su calidad de cauce por el que han de pasar y en el que han de espe-jarse obras y actitudes de la mayor diversidad. ¿Qué vibración participadora tenían las artes mexicanas antes de aparecer Diego Rivera a las luces vivas del escenario de su país? El mismo José Cle-mente Orozco, este gran artista de hoy, no ha realizado para esta hora sino algunas obras menores que no se atreven a rebasar la línea fría que pone límite a la anécdota, no ha salido aún para aquella fecha de la vaga zona que se limita a insinuar su gran viveza de expresión ¿Qué cuentan, en una vida de exigencia artística mínima, las pinturas de Julio Ruelas, de Saturnino Herrán, de algunos más, que las buenas obras ajenas, el sentimiento crítico despierto, y los días sucesivos, irán reduciendo a los breves límites de su valor preciso? Ligados a la aparición de Diego,

G. García Maroto

5 Fresco de la Secretaría de Educación apoyados por su entusiasmo, animados por gobernan-tes poseídos por la buena ambición de vivificar la cultura, surgen estimables acontecimientos de orden artístico, que pueden estar soterrados, como perdidos,

IU

La Obra de Diego Rivera hoy, pero que la mirada insistente y atenta, la capacidad de virginidad crítica, pueden y deben ir sacan-do a la luz, pidiendo y consiguiendo para ellos plaza y rango correspondiente a su valor exacto. Sin la intervención decisiva de Diego en la vida de acción artística de México, acaso no existiera hoy, hubiera retrasado su aparición, o se hubiera manifestado con menor exigencia estética, el grupo de jóvenes artistas, de interés evidente, que son hoy promesa, y llegan casi a realidades del arte nuevo mexicano. Se perdía el arte en un intento humilde de imi-tación servil, halagadora, y por esto mismo rehuidora de los temas que con Diego habían de ponerse en circulación eficaz. Se hacía arte de arte, caligrafía, se había reducido la enseñanza de las artes plásticas a una especie de clase de adorno, cuando más se aspiraba a cristalizar en armonía representativa,y el cielo de la grey artística tenía la triste densidad de las horas sin solución.

Han pasado unos cuantos años, pocos, y el panorama es bien distinto: en primer término, pidiendo su parte en la lucha que es toda obra de creación artística, el tema mexicano—personas, cosas, .mi-tos—impone su expresión natural. El artista sabe bien ya, por aprendizaje reciente, que ha de lucharse por imponer al tema las leyes de dominación que todo artista personal lleva en sí mismo. No más la servidumbre humilde frente a la naturaleza en torno.

G, García Maroto

6. Frasmento de un fresco de la Secretaría de Educación

Lección antigua esta, pero mal aprendida, y que hoy, en más o en menos, con mayor o menor eficacia, está presente en todo artista mexicano de formación

La Obra de Diego Rivera posterior a la revolución. Gran conquista, a la que no es ajeno—antes factor decisivo—el pintor Diego Rivera. No importa que él, en su obra, a veces no aspire, o no consiga, cuajar realidades estéticas que correspondan a la dominante óptica presente; sin duda, para la buena eficacia total, para la incorporación—con mayor o menor unanimidad—del núcleo artístico mexicano, y de un modo reflejo hasta el de todo el Continente, al movimiento artístico del mundo, ha sido benéfico no saltar sobre siglos, no seguir desligados, por ignorancia cierta, de las tendencias europeas integradas en la gran obra del gran resumidor a que venimos refiriéndonos. Resumidor, integrador, punto de partida del arte nuevo mexicano. Estimulador, animador de toda actividad estética en los últimos años, eso es para nosotros Diego Rivera visto a la luz de los acontecimientos artísticos de México. Así vemos a este pintor ateniéndonos a las realidades en torno. Nada menos que esta categoría gigante adquieren sus inter-venciones si las relacionamos con las de los artistas de su hora que han realizado en México, o han teni-do ocasión de realizar, esfuerzos y obras. Otro valor adquirirá ante nuestra mirada, como podrá verse más tarde, si sometemos a revisión crítica su labor, desli-gándola de circunstancia y medio, si la consideramos como creación artística en sí, libre de toda clase de obligaciones y servidumbres que no sean las que lleva en sí misma toda pura función estética, si le pedi-mos, y exigimos, la buena, parte mayor o menor, esencial siempre, que todo artista creador aporta a la común riqueza.

G. García Maroto

LA OBRA A LA LUZ DE LA EXIGENCIA

CRITICA

LA VISION ORIGINAL DEL MUNDO

No relato mis gestos, sino mi individuo y mi esencia.

A NTE la mañana reciente, la mirada niña del pin- A_tor rehace conforme a nuevas normas los elementos naturales que se ofrecen a su dominio recom-poniendo el mundo a la imagen y semejanza de esa cierta idea que de siempre guardan, en el centro de su sensibilidad viva, los grandes artistas creadores. Esto, en el bien logrado estaba perfecto, a cualquier hora de la vida, más allá, de ese falso punto de perfección técnica a que se llega fatalmente tras el aprendizaje honrado y laborioso que suele ser principio y fin de los artistas bien dotados. Gentes y cosas, a medida que van entrando en la porción de mundo que la mirada del pintor descubre, se desnaturalizan, se desprenden de su función normal, adquieren calidades nuevas, pasando a servir, en juego de armonía perfecta, con rango pleno y función viva, las apremiantes exigencias del artista do-minador.

La Obra de Diego Rivera

En más o en menos, siempre la misma ley vital: “En tu propio país, —decía Rembrandt a su discípulo Hoegtraten—encontrarás tantas bellezas, que tu vida será muy corta para comprenderlas; Italia tan bella como es, no te servirá para nada si tu no sabes dominar a la naturaleza que te rodea.” Se entabla, pues, al punto en que el artista, en función creadora. comienza a mirar y comienza a ver, una lucha dramática entre el concepto del artista, siempre afirmán-dose y haciéndose, siempre avivado y renovado, y la naturaleza siempre nueva, de la que sale vencedor quien puede. Es lo frecuente, que el pintor sea ven-cido, y que éste se condene—casi siempre con el fervor y el favor públicos, —a trasladar o traducir, con dependencia manifiesta, aspectos salientes del mundo real al mundo de las imitaciones. Pero de tiempo en tiempo aparece en el estadio humano un hombre de excepción que impone servidumbre a la vida en torno creando mundos artísticos —de mayor o menor brevedad—que exigen para entrar en ellos una capacidad de comprensión y adaptación de la misma naturaleza aquella que impulsó y sostiene, en la cons-telación artística, los nuevos astros. Con la visión artística original va enlazada siempre, como va la fruta a la flor, su estilo adecuado. Todo concepto estético claro, destinado a vivir, lleva en sí su cauce expresivo, su técnica correspondiente, sus reservas vitales que han de aparecer a su tiempo siguiendo el curso de su vida. Diego Rivera deja ver, a través de su obra, toda su formación estética, todo su aprendizaje, el trato frecuente, sin incorporación esencial en la mayoría de las veces, con los artistas del pasado. Rara vez aparece en él, tan en pleno dominio de ciertas dotes naturales, la limpia visión original, desnuda y nueva,

G. García Maroto

7. Pintura al óleo

La Obra de Diego Rivera atenida a justa y pura referencia plástica, que se adelanta siempre con todo artista de excepción. Una previa alianza confusa entre el tema a representar y una exigencia estética desinteresada, produce en muchas ocasiones una realidad artística de trivial estilo, de un acento sin convicción, sin fe, es decir, sin el lazo íntimo que una la obra artística con la zona virgen, personal, insobornable, que suscita la necesidad de la original creación. Intenta en muchos casos seguir la buena ley—en la realidad con un solo pie— mas al insinuar su camino, a la busca de la superación perfecta, se dirá que resbala, que se hunde en otro matiz de realidad, que tiñe la expresión de la obra de una materia inadecuada, que reduce el intento, que lo deforma, que lo alía con el odioso enemigo malo, hasta que el artista, desesperado de salvarla, hace entrega de ella al más próximo ciudadano, que muchas veces resulta un ser vulgar desemejante y de muy dudosa elocuencia.

La visión de un mundo cansado, usado, a veces desechado ya, desde luego manoseado en horas ante-riores por el propio artista, se adelanta con la total obra de Diego, tan abundante e insistente que recuer-da en muchos momentos la dialéctica contumaz de los líderes populares. Pero no siempre así, pues el pintor sabe de tiempo en tiempo contener su expresión, ahogar su palabreo, volver sobre su propia obra,

G. García Maroto

8. Frarsmento de un fresco de la Secretaría de Educación exigiendo a ésta calidades artísticas que saben resistir a la más despiadada de las exigencias críticas.

EL COLOR

El color en Diego adquiere con frecuencia finas delicadezas. Desde la simple gama gris hasta la más compleja sinfonía tonal, su paleta recorre, con evidente acierto, una gran zona de armonías creadas, no representativas, y aunque no corresponde siempre al artista la primacía de la invención, hay que indicar cómo es de aguda su percepción cromática y cómo sabe recoger, precisar, fijar y exaltar, las más delica-das conquistas hechas al color natural por los artistas

De

La Obra de Diego Rivera creadores. No importa que, de cuando en cuando, a lo largo de la abundante obra, surja y reaparezca, se-noreándose de cierto grupo de pinturas, una armonía odiosa; para vencer este abandono del artista hay cien obras de rango noble en que la perfecta armonía, consciente y dependiente, llevan a justo término la hermosa ambición del pintor.

EL TEMA

El tema. El tema... Una gran parte de la obra de Diego sirve a temas impuestos a su arte por ese reciente compañero—no pasan en sus relaciones ín-timas del año 21—que en todo momento juega-a desnaturalizar los puros intentos estéticos. (Una observación pertinente: ¿No será la mejor manera de servir los auténticos intereses de la democracia el es-forzarse cada uno en sacar de sí mismo lo más perfecto en sí,-—tras la elemental cooperación a lo común y primario hhmano—aceptando después serena-mente, como consecuencia de obra y vida, el puesto justo que la exigente valoración integral adjudique en su exacta hora?) Los frescos de Diego Rivera, por boca de los personajes representados, cuentan, cantan, maldicen. sobrecogen el ánimo—intentan sobrecogerlo al menos,—con violencias y asperezas, procuran llevar al espectador a un terreno ajeno del que corresponde a un perfecto valor estético, hacen del arte un instrumento político-social, un instrumento mecanizado, mecanizador, poco refinado, y en ese aparte peligro-so que hace el camino del artista, ciertas virtudes iniciales se hacen borrosas, se abandonan a la desespe-ranza deshechas por la narración, la oratoria y la ironía gesticulante.

G. García Maroto

2 Frasmento de un fresco de la Secretaría de Educación

La Obra de Diego Rivera

El pintor ha recogido el mito, el dato histórico, el hecho inmediato, la referencia callejera, poniéndo-los en circulación ataviados con un disfraz de fuerza estética. O al revés: ha cogido un principio estético y ha intentado animarlo—y diluirlo—en el relato y el accidente. Ya sabemos, ya, lo de siempre, pero ese siempre aplicado a los grandes artistas, aun a los más tangentes con lo representativo, ha estado limi-tado, condicionado, reducido a términos precisos; el tema ha sido dominado, traido a la pura y fina luz estética, al propio campo del artista, al medio que una visión original y una técnica correspondiente marcan con agudeza y precisión. Un solo dato, referente a un artista que vivió siempre en crudo combate con la anécdota: Goya. Goya relata y cuenta siempre, mas ¡cómo realiza y afirma! Recordemos ese su gran cuadro que representa los fusilamientos de la Moncloa. ¿Qué cuenta dicha obra? Bien sabido es de todos: unos soldados invasores, unos paisanos aguerri-dos, el asesinato inminente de éstos... Y todo ello bajo el cielo oscuro, a la luz grave de un farol. El artista, sobrecogido por el hecho, se revuelve, y cuenta, y protesta llevando su verdad al lienzo. Su obli-gación como español y como hombre le lleva a decir su palabra, pero a la hora de modularla en obra de arte ¡qué dominio del arte sobre el tema vivo, qué esclavitud de éste a las exigencias estéticas, y qué

G. García Maroto ausencia total, por sobre gestos y actitudes, de come-dia y gesticulación! LA FORMA

Si con atenta y honesta disposición crítica remi-ramos la obra de Rivera buscando en ella la expresión formal, si salvamos del juicio ese grupo de obras —en otro lugar encomiadas, —cuyo nacimiento corresponde directamente a la influencia de artistas europeos, si anteponemos ante obra y mirada un cristal opaco que haga huir el color—ya elogiado en anterior nota—y quedan las obras frente a nosotros redu-cidas a su valor estructural, a su juego exacto de líneas y de claroscuro, tal como la fotografía las muestra, ¿qué núcleos de virtudes y taras se dejarán ver y conocer? En el primer patio de la Secretaría de Educación se hallan, a nuestro juicio, las obras de más perfecta solución formal. Sin duda las más im-personales, pero las más perfectas en sí, las más exi-gentes y enraizadas con ciertos valores complejos. A medida que la obra de Diego se desenvuelve, va des-apareciendo el centrado deseo de perfección plástica, dando paso franco a la palabra fácil, a la frase sin precisión, al esfuerzo de efecto cómodo, a la ordenación exterior, al desfile de gestos y actitudes resueltos en plástica conforme al impulso dado, a un cierto tipo standard, sin gran expresión ni viveza estética, al olvido de ciertas leyes indispensables para animar

La Obra de Diego Rivera y sostener todo el lineal acorde que obras de tan gran ambición, de tamaña extensión exigen. El camino de formas que empieza limpio, casi desnudo, atenido a finas leyes constructivas de filiación realista, anima-do ligeramente de una delicada melodía italiana, a cada nuevo paso va haciéndose más complicado y grandielocuente, hasta llegar, en la última época, en el corrido de la Revolución que se canta, cuenta y re-cuenta en la galería superior, a un grado tal de barroquismo y de superabundancia, a una tal esclavitud por la anécdota y a una tal excesiva acumulación de elementos complementarios, que sólo un técnico como Rivera, sólo un artista de tantos recursos de expresión, podrá salir sin grave mal de una empresa planteada con aliados tan enemigos de los valores plásticos esenciales. El pintor sigue la ruta opuesta a la que han se-guido la mayoría de los grandes artistas. Ya las gentes del Renacimiento sabían y decían que el arte llega a su perfección cuando se consigue eliminar de él todas las calidades superfluas; y en la hora actual, un agudo definidor ha podido afirmar con fina ironía: “cuando un arquitecto no sabe construir, orna-menta.”

En Chapingo, en la serie de estancias que el pintor realizó en la parte baja de los muros de la Capi-lla, hay hermosas composiciones que responden a una ley serena, de hermoso reparto lineal, de fino poder

G. García Maroto

10. Retrato expresivo. Y en sus obras de caballete, hechas con más atención por los limpios fines estéticos, se suele llegar a un grado tal de perfección, que nuestro buen deseo constante de la obra plena desearía encontrar repetido, con su natural y correspondiente diferencia técnica, en las amplias obras murales.

La Obra de Diego Rivera

LA DOMINANTE OPTICA

Siguiendo paso a paso su escrupuloso aprendizaje, Diego Rivera se aleccionó convenientemente en la disciplina cubista. Durante varios años cursó, con envidiable éxito, dicha asignatura, sometió el hecho natural al juego de las abstracciones, purificó colores y formas, intentó sumar, en una superficie dada, elementos afines que vivían perdidos para la unidad estética sirviendo a simples realidades. Pero el pintor abandona pronta tan rigurosas exigencias y tal olvido pone en sí de esta bien laboriosa etapa de su educación europea, que no hay modo de hallar más tarde, en su obra, el menor vestigio del bien encamina-do esfuerzo. Diego Rivera no ha sido prendido a las dominantes plásticas de nuestra época —maquinismo, es decir, precisión, hormigón armado, es decir, eficiencia máxima. Su mirada lenta y curiosa no ha gustado, con exigencia fiel, del grupo de organizados seres que el moderno poder humano ha creado y lanzado a la vida enriquecidos de valores exactos. Pintor magnífi-camente dotado, sirve, con mayor o menor ardor, a una ley romántica de entronque y expresión naturalista, desnaturalizadora, enemiga, de los puros fines estéticos; se abandona a la melodía fácil, y en su olvido de ciertos valores fundamentales del arte nuevo llega a desdeñar, en sus obras, el principio vital que obliga a ordenar con rigor y exigencia plástica el espacio en los cuadros. Empapada su sensibilidad en el espectáculo revuelto, confuso, del mar humano de su patria, no ha querido, o no ha podido aún, resu-mir sus capacidades estéticas en obras que afirmen nuestra hora en sus dominantes precisas, aun sirviendo a las realidades en torno, aun sirviendo a los mismos temas a que hoy entrega generosamente sus.im-ponderables esfuerzos.

G. García Maroto

LA CONTINUIDAD

Si atalayamos la trayectoria estética seguida por Rivera desde que sus medios expresivos llegan a cierta plenitud, nos asombrará la diversidad de alianzas, la abundancia de preferencias, nos someterán sus marchas y sus contramarchas a una movilidad tan agobiadora que el cansancio será en nosotros. Igual que el viajero, a la deriva de sí mismo, camina y camina días y días sin hallar fuerzas para dominar el difuso impulso, Diego Rivera atravesará las más variadas y enemigas zonas estéticas, dejándose prender en todas, en más o en menos, por lo más llamativo y destacado de cada una. Un aprendizaje, sin duda, pero más parece, en verdad, una huída insistente de sí mismo, un rehuir el descubrimiento interior, un jugar al conocimiento fugaz y a la definición somera en vez de eiclavizarse a la ley dramática de la com-punción removedora que ha regido la acción vital de los grandes artistas de siempre. Ante nuestra vista de

La Obra de Diego Rivera mexicanos, la muestra clara: el Anfiteatro de la Preparatoria, los patios de la Secretaría de Educación, la Escuela Agrícola de Chapingo, ofrecen, tras la abundancia sin igual, la diversidad de expresión plástica y la continuidad temática que salvó de la indecisión al pintor que aquí intentamos estudiar. En los últimos años, tan solo el motivo, el argumento, es lo que se mantiene y confirma en la obra de Rivera; la ley estética teje y desteje sus variaciones, anda y desanda mil senderos, haciendo pie y perdiendo ritmo, encon-trándose hoy detenida en un enrevesado impasse, del que sólo la voluntad de poderío del pintor, sabría salir sin grave daño.

LA MATERIA DE LA OBRA ARTISTICA

Se ha podido afirmar, y con evidente razón, que los imitadores de Cezanne han sabido manchar, con un centímetro cudrado de la obra del maestro, ki-lómetros de tela. También Rivera, con una cantidad de obra propia, de esa obra que se confirmará perfecta a través del tiempo, ha cubierto enormes super-ficies de muros que se ofrecen públicamente, a la amistad, a la enemistad y a la indiferencia públicas de México. Organización plástica descuidada, apresurada afirmación de elementos confusos, una porción mo-desta de materia viva desleida convenientemente en un aglutinante amable de no muy pura calidad... Y

G. García Maroto

1. Fragmento de un fresco de la Secretaría de Educación sin embargo, Diego Rivera, tan bien dotado, culto, reflexivo, pudo, puede, como ningún artista mexicano, traer a cauce hondo su expresion artística, despe-garse en impulso lírico de las realidades en torno ele-vando a rango de creación artística la suma de elementos plásticos del medio mexicano, poner mano al freno, contener esa glotonería ciega que le lleva a devorarlo todo: afinar, cantar, de exigir más y más en cada momento a sus calidades estéticas.

La Obra de Diego Rivera

RESUMEN

Es indispensable llevar a término este intento de ensayo que la complejidad del tema hizo difícil de ordenar y la limitación de espacio hace imposible de precisar con algún rigor y matiz. Como una selva espesa, amable, agresiva, aparece ante nuestra vista la obra de Rivera. No importa que sepamos hallar conocidos caminos; cuando se ha atravesado toda, el cansancio y la confusión se apoderan de nuestras fuerzas físicas. Gran ejemplo de esfuerzo manifiesto para los aliados con la indecisión y la pereza. O su enemigo más decidido, si el resentimiento envidioso les cierra el camino de las realizaciones. Abundante, abundante esta obra, como la concreción dinámica de la revolución social y política que reavivó el país ha-ciéndole pasar del fuego al frío sin un instante de reposo. Abundante. ¿Excesiva? De sabor clásico en su realización, confusa, de elocuencia gesticulante en ocasiones, de aguda intención bien precisa de tiempo en tiempo, divagadora, conceptuosa, buscando y ha-llando con frecuencia eficaces apoyaturas en las obras ajenas que el tiempo fijó y comprobó, de finísimas calidades, de expresión amorfa. .., una muestra, en fin, de lo que puede llegar a realizar un hombre mag-níficamente dotado, que casi casi roza el poder del genio, y que ha sido zarandeado por el espectáculo

S. García Maroto vertiginoso de un país que multiplica en cada instante sus gestos y actitudes en una necesidad vital de asir la ley de su destino.

Gabriel GARCIA MAROTO

NOTA A LOS GRABADOS 1.—Interpolada en una obra de la segunda época, se puede hallar esta cabeza de caballo, trasunto fie]l de un fresco sienés. 2.—Una hermosa obra de bien trabados elementos, de fuerte poder rítmico, ante la presencia de la cual se asocia el recuerdo de las visitaciones italianas. 3.—Barroquismo renacentista. Elefantiasis. Grandes acade-mias forzadas a vivir en un medio que aspira a ser simulta-nista. +—DNeoclasicismo (Por qué no un Puvis de Chavannes más sabio y rejuvenecido que el francés?) 5.—Armonía cromática impresionista. Fina gracia. Delicadeza oriental. Color decantado sin pérdida de su vivacidad realista. 6.—Composición confusa. Sistematización muy del gusto, y del abandono, de Diego Rivera. 7. —Pequeñita y hermosa obra construída conforme a buena ley estética. 3.—Ordenación fría, externa, de virtud tan sólo aparente y muy escasa de puros valores estéticos. 9.—Rostros resueltos según sistema sin hondura. Reparto lineal sin acierto. 10.—Realismo de oscura rudeza. Ambición de hallar por caminos de precisión torpe la psicología elemental. 11.—Esfuerzo insistente y trivial. Estampería. Ilustración realista por ojo atento y mano fácil. Ausencia de poder plástico resumidor. Sumando con atención los elementos que aquí se encuentran reunidos se podrá hallar la cifra exacta de los valores de Rivera. M.