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Motivos

UNA ANTOLOGIA NUEVA()

OF ha dicho—¡con qué exacta verdad !—que lo más valioso de la literatura mexicana ha sido y es la lírica. Mientras la :rítica y la novela se confunden todavía con el periodismo y el folletín, con retraso de años largos, la poesía marcha en la primera línea a la altura de la de los países más cultos. Así llega a comprobarlo la Antología de la Poesía Mexicana Moderna que, editada cuidadosamente por la Editorial “Contemporáneos”, acaba de aparecer con notas críticas y estricta selección de poemas de Jorge Cuesta, culto, inteligente escritor nuevo. Hasta ahora, de la poesía mexicana se habían hecho nada más antologías históricas—de una o distintas épocas—recogiendo, (*) Cuesta: Antología de la Poesía Mexicana Moderna, “Contemporáneos”, México.

Una Antología Nueva a juicio del antologista, los mejores poemas de todos los poetas conocidos cuya valorización corría a cargo del número de poemas que a cada quien representaban. El gusto de la época, fino y audaz, preside y guía la selección crítica de la Antología de Jorge Cuesta; ponderado gusto que ni niega ni afirma la existencia de otros poetas pero que ilumina, solamente, la superficie poética que le es afín. Esta limitación—generadora del arte—no excluye libertad ni se logra por opresión, puesto que el gusto, capacidad selectiva de las épocas, no rige al arte sino éste a aquel. Siempre el arte nuevo ha ido en contra del gusto estable-cido, tratando de reformarlo para crear su nueva, propia, atmósfera; porque este poder de agrado por las cosas de la belleza que es el gusto, más profundo en lo social que la moda, sufre las transformaciones que el artista le impone, El artista crea la obra y los ojos para contemplarla. La obra que exploramos no es por definición—se advierte desde luego—la semblanza de un grupo o la imposición de una escuela; “el tímido rigor que la ha medido” es el gusto depurado de Jorge Cuesta, moderno, sensibilizado en el trato de la inteligencia con la más honesta visión estética del mundo contempo-ráneo.

En tres partes, que responden a tres tiempos de una unidad musical, se divide el libro, por épocas más que por generaciones, acercándose del pasado al presente, reunidos—junto a los poetas más jóvenes—los que conservan la juventud, los que contienen la semilla de la nueva poesía, aunque la misma vara—el mismo in-flexible gusto crítico—mida a abuelos, padres e hijos en esta casa solariega—pintada y mnuevecita—de la poesía mexicana.

Motivos

En la primera parte figuran: Othon, Díaz Mirón, Icaza, Ur-bina, Nervo, Rafael López; en la segunda—el intermedio—Rebo-lledo, Tablada, González Martínez, De la Parra, Arenales, López Velarde y Alfonso Reyes; en la tercera: Torres Bodet, Maples Arce, Pellicer, Ortiz de Montellano, González Rojo, Novo, Gorostiza, Villaurrutia y Gilberto Owen. Todos por el orden de aparición de su primer libro de versos. Para la selección de los poetas de la primera parte, lo adi-vinamos, tuvo Jorge Cuesta que enfrentarse con el romantieismo, o con el mausoleo de ese cadáver del siglo XIX: el modernismo americano, y si en la historia de la literatura el romanticismo debe conservar su sitio bello, honroso, en una antología de gusto nuevo, en marcha, la estricta lógica del crítico no podía permitirlo. ¿Qué mayor elogio para los poetas de esa época, que figuran en esta Antología que resistir, con algunos poemas per-fectos, el sentido de la nueva luz que, de frente a sus rostros, los recoge? (Pensamos que en este cambio de luces sucumbió la obra de Gutiérrez Nájera—mejor prosista que poeta—considera-da, por tradición, como punto de partida inevitable de la poesía moderna en México.) La segunda parte es la de mayor interés para fijar el sentido actual de nuestra poesía. Como la vara al cohete—la obra humana no puede aislarse en la creación de sí misma, algo la une al pasado de donde proviene—se liga a la más reciente producción, para el ascenso o la caída, con Enrique González Martínez y Ramón López Velarde. Presenta, además, unido a estos poetas al solitario—Simbad y Robinsón a un tiempo—Ricardo Arenales. nacido en Colombia

Una Antología Nueva y ahora peregrino por Sud-América, que en México escribió, en contacto con los grupos literarios más selectos, lo mejor de su obra actual, cambiando nombre, al salir del país, para dejarnos, nuestro, vivo y muerto el de Arenales. El soplo de Poe circula por las venas—-sangre profunda y doliente—de la poesía del gran poeta que sin desmayos, ajeno a la languidez y a la melancolía superficial, prende en los ritmos más puros la exasperada voz de su dolor. Así González Martínez y López Velarde—el uno por la influencia vital de su obra, el otro por la virtud de su perso - nalidad creadora—marcan el centro del panorama lírico en la Antología. De González Martínez y de su influencia en los jóvenes dice, muy justamente, Torres Bodet en reciente conferencia: “El otro altar de este templo disperso de nuestra cultura juve-nil—mucho menos decorativo y solemne, pero más fecundo, porque también más íntimo—lo hallábamos en torno de Enrique González Martínez. La inteligencia de Antonio Caso resplandecía mejor, sin duda, a la luz escolar de la cátedra, pero el talento y la sensibilidad de Conzález Martínez se entregaban todos en la conversación. Rica, entonada conversación de hombre del trópico, más sorprendente aún, parz el recién llegado, en un poeta que, domo González Matínez, había acostumbrado de lejos a sus lectores a una poesía reflexiva, abstracta, de mayor profundidad que amplitud y de más solidez arquitectónica que animación sensual y colorida.” La “virginidad de los sentidos” que captan, sin violencia, el ambiente y la atmósfera total de la suave patria—litoral del espíritu del poeta—fijan la personalidad de López Velarde más allá de los términos externos nacionalistas, que en él y en los poetas que posean la misma ingenuidad, produ-cidos de dentro a fuera, valdrán por la unidad de la obra pero que significan, para los imitadores, el peligro de la máscara ri-gida en vez del rostro sensible y expresivo. Los imitadores de López Velarde se han quedado en la retórica del poeta, imposi-bilitados para seguirlo hasta el arraigo castizo de su espíritu que, improsperado. en la creación de una escuela, nos da la lección de su honradez estética siendo “fiel a su espejo diario” Los poetas de la tercera parte, los nuevos, se distinguen por su calidad propia, distinta entre sí, y por la formación personal, ascendente, continuando las más puras direcciones de las nuevas líneas estéticas. Sus semejanzas de grupo son mucho menos acentuadas que las de la lírica joven de España. Quizá por ser menos numerosos hayan podido repartirse mejor la Hera laborable para cultivar, evangélicamente, cada quien lo suyo. Los distingue, además, la tendencia a la sensualidad y la plástica, ya sea en color tropical y formas definidas (Pellicer), ya en el dibujo de los objetos y en la calidad de la materia empleada (Villaurrutia). Torres Bodet, Gorostiza unen a esta orientación plástica, un sentido musical que falta a los otros y un contenido poé-tico si no más nuevo sí más profundo, meior enraizado y que, sin abandonar los límites de la nueva creación, los sitúa más sólidamente, ahora, en nuestra poesía. La sensualidad de los nuevos poetas, urgida por la plástica, la inicia López Velarde, reaccionando frente al subjetivismo de González Martínez. Después, el movimiento pictórico moderno, alcanzado súbitamente por la producción y las inquietudes pictó-ricas de México, excitan a la plástica a los poetas nuevos lim-piando sus ojos de la luz de los cielos franceses y de la atormen-tada temperatura gris del simbolismo. El interés real y las virtudes admirables de la Antología de

Motivos

Títulos

Cuesta están, a la vista de un selecto paisaje de excelente poesía, en la incitación al estudio necesario, meditado, de nuestra producción lírica resuelta en fortaleza, finísima en matices, pura y precisa en expresión.—B. O. de M.

TITULO a

DE pronto la foesia emprendió la fuga fara quedarse sola, sin anécdota, sin música, sin filosofía. Ahora la hallaría-mos desnuda si se dejara ver completa. Pero sucede que sólo muestra fragmentos, fragmentos en forma de fartes del cuerpo: un ojo, un hombro, un muslo. Ayer, un libro de foesías fodía estularse “Momentos Musicales” o “Paisajes Interiores” o “Parques Lejanos” o “Arboles bajo la Lluvia”. Ahora, esto sería imposible. Sin embargo, no falta quien no quiera darse cuenta del giro de la poesia. Bastaria considerar los nuevos títulos. Un foeta de hoy junta sus foemas con estos nombres: Línea, Vuelta, Red o Manual de Esfumas, Perfil del Aire o Poesia de Perfil. Lo más ligero, lo más huidizo se persigue ahora. Asi, José María Hinojosa publica un nuevo conjunto de poemas con el titulo de Or illas de la Luz. Ayer, el arre de Luis Cernuda tenía su perfil y la poesía del

Motivos propio Hinojosa procuraba, al huir, mostrar su recorte, su contorno. Poesia de Perfil. También la luz fide al poeta que divida su cuerpo cortándolo for un flano vertical. Unas veces, la mano rasga la carne de la luz. Otras, el poeta parece Nevar la luz en los ojos y quererla buscar fuera de ellos. Pero lo que importa no es que el foeta—ahora se Nama José Maria Hinojosa—encuentre el perfil de la luz que leva tan cerca sino que lo siga buscando.—V.

CANDIDO O DE LA ESTADISTICA

. UIEN ignora que uno de los deportes mejor remunerados en ¿Q Norteamérica es el de las buenas estadísticas? Todo, en el tumulto mecánico de sus ciudades, tropieza con el litoral de las cifras exactas. Los hechos, las emociones más diversas, se de-rraman así por los casilleros que el arado del linotipo abre en la blancura del papel. Si se entra en algún restaurante, en vez de la delicada sugestión sensual de los maitres parisienses, es un ejército de estadísticas el que nos saluda, agrupado en fa-langes de vitaminas y dirigido por la táctica inteligente de las calorías que, en estos cuarteles del hambre, desempeñan, según parece, el puesto de militares de alta graduación. Si un teatro nos seduce, el espectáculo sólo llega a nosotros tamizado por la red de su estadística. El programa nos dice, entonces, el número de representaciones que la obra ha obtenido, la cantidad de músicos que “integran” la orquesta, el total de las coristas, el precio de sus desnudos.

E

Cándido o de la Estadística

Se comprende que, en país de semejante aritmética, haya podido tener un éxito numeroso la encuesta, organizada por Vanity Fair hace algunas semanas, para determinar el grado de admiración que los hombres cultos de hoy conservan todavía para sus antecesores y para algunos -—muy pocos— de sus contemporáneos.

Las personas a quienes esa revista se dirigió, para opinar sobre el alcance de más de seiscientos talentos de la humanidad intelectual de hoy y de ayer, fueron Ezra Pound, Aldous Huxley, Franc Molnar, los norteamericanos Brown y Guest, el francés Paul Morand y el filósofo Santayana. La tabla de valores a que sometió su interés ascendía del 0 al 25 y esta última cifra debía implicar, en quien la otorgaba, una admiración total y sin dis-crepancias. Los cómputos más altos fueron obtenidos por Shak-aspeare (con 21 puntos 9 décimos) y Voltaire, con 18 puntos y medio (*). Beethoven no mereció sino 18, con un décimo menos que Dostoiewsky y dos más que Platón, Pero Napoleón 1 logró hacer subir la columna del barómetro a un nivel de 17 grados

(*) Correspondiendo a la encuesta organizada, en 1905, por Le Gaulois sobre la literatura de la Gran Bretaña, los escritores ingleses invitados a opinar acerca de sus autores franceses preferidos, escogieron a Rabelais y a Moliere pero hacian ya una situación aparte a Voltaire de quien dijo entonces Mr. Bodley: “En el siglo XVIII, los grandes escri-lores franceses procuraron ilustrar más que el espiritu de su raza, el de su época. Voltaire es demasiado cosmopolita. En sus libros 8e en-suentra la más brillante manifestación del genio francés, incomparable por la claridad y la naturalidad del estilo, pero el conjunto de 8“ obra exhibe demasiado al huésped de Holland House, al invitado de Potsdam, al monarca de Ferney”.

Motivos en tanto que Mussolini, a pesar de la fiebre tropical de sus dis-cursos, no consiguió sino una temperatura media de 9 puntos escasos.

Mozart, preferido a Beethoven en un concurso anterior de la misma índole, no mereció de sus jueces actuales sino 16 pun-bos, los mismos que el autor de la Tetralogía del Rhin y que el vintor español de los Caprichos. Es curioso hacer notar que, de los hombres célebres en actividad, el que obtuvo un índice más elogioso en este certamen, no fue ni un escritor (Joyce, Gide, Pi-randello, Ortega y Gasset) ni nn filósofo (Keyserling, Spengler, Santayana) ni un estadista (Mussolini, Poincaré) sino un actor genial: Charles Chaplin, que fue calificado por Vanity Fair con 13 puntos y 9 décimos, casi en la misma categoría que Chopin y que Ibsen de quien se ha conmemorado, hace poco, el natalicio.

De la comparación de esta encuesta con los resultados de ntra, semejante, realizada también por Vanity Fair en 1922, se deducen consecuencias muy sugestivas. Desde luego, el nombre de Anatole France —que entonces ocupaba el cuarto lugar en la lista de las preferencias— no figura actualmente sino con un promedio muy bajo. Ya no los críticos, los lectores han acabado por hastiarse de la ironía inconsecuente y dócil de este escritor a quien una moda favoreció y otra ha venido a sumer-gir en una oscuridad tan justa o tan injusta como su gloria. En cambio, Voltaire —que es en 1928, después de Shakespeare, el escritor de cómputo más elevado— no logró en 1922 sino el undécimo lugar, figurando entonces, después de Nietzsche, de Goethe y de Gustavo Flaubert. ¿Por qué motivos el mismo jurado, que lo

Cándido o de la Estadístiac absuelve, condena a France en cuyo espíritu —de falso perfil he-lénico—- se reflejó la luz de su misma desencantada ironía y se continuó la fórmula de su misma incredulidad iconoclasta? ¿Qué audacia, qué generosidad, qué amplitud humana —ÑYvi-gilantes en la crítica de Voltaire— hacen falta, al lector moder- 20, en el mosaico de la prosa de Mr. Bergeret? La tradición tiene este peligro: fija demasiado pronte el contorno de la foto-zrafía que revela y, dando el perfil en que obra el litoral de una axpresión verdadera pero rápida, le roba la animación con que la vida se suprime y se reemplaza a sí misma en los rostros que verdaderamente invade. ¿No habrá une error de valoración en la atiqueta desdeñosa con que los titulos Voltaire siguen vendién-dose en los mercados de la literatura europea? La curiosidad —que André Gide pone en el origen de todas las virtudes— está siempre detrás de cada libelo de Voltaire, en cada injusticia lar-ga, en cada ironía breve de su Diccionario Filosófico, En tanto que el peor enemigo del humorismo de France es su tediosa, bur-guesa y plácida incuriosidad. Para los que quisieran un arte deshumanizado, France no podría ofrecer sino un ejemplo descon-solador. Los hombres, las emociones que se deslizan sobre la piel sin profundidad de su pequeño río de estampas, se despegan de la humanidad, que quisieran contener, como la calcomanía —in-colora en sí misma— que, al caer del cristal que la iluminaba por dentro, queda sin dibujo ni transparencia. ¡Cuánto más rica humanidad hallamos en las opiniones de Voltaire, en el viaje de continuados asombros que hizo —desde la Italia de Shakespeare en que el balcón de los amantes se abría a la noche de Verona—

Motivos hasta el paisaje de esa otra noche abstracta del pizarrón en que la mano fina de la Marquesa du Chatelet, junto a la traducción de un verso de Virgilio, dibujaba para él las cifras del binomio de Newton, reuniendo a la magia de la poesía bucólica, la poesía de la magia matemática. Con raras excepciones, los resultados de la encuesta organizada por Vanity Fair son favorables a los románticos. Es cierto que, junto a los nombres que el uso había empezado a desmonetizar en 1914, se comienzan ya a precisar otros, más nuevos, más cargados de sentido vital, envueltos todavía, por fortuna, en esa atmósfera de vibración crítica en que el mérito no se ha hecho aún consigna, ni índice clasificador, ni “epíteto”; Proust, Joyce, Picasso, Cocteau... ¿Qué otros más? Al cerrar la revista—dentro de cuyas páginas un mundo de formas y de fechas queda intacto—comparamos, con el cuadro de nuestras antiguas preferencias, el paisaje sin marco de las actuales, en que nos reconocemos. Vista así, con ese doble espejo en que nuestra cultura se mira, a la vez, en el reflejo de ayer y en el de hoy ¡cómo gana en volumen, en dimensión tercera y profunda, lo que pierde en aparente y superficial unidad! Se siente casi deseo de añadir—a la interminable lista de las encuestas—otra más: la de los diez escritores célebres que leíamos en 1915, que nos parecían insustituíbles y que, no obs-tante, hemos acabado por sustituir, —]). 7. B.

Viajes, Viajeros VIAJES, VIAJEROS(")

ue azar sería un maestro admirable si mo fuera a menudo, solamente, el discípulo de nuestros deseos inconfesados. Así ha de-jado solos, de pronto y como sin objeto, sobre mi mesa, tres libros de tres hombres que podrían entablar una conversación superficial si bablaran el mismo idioma, ya que visitaron no hace mucho tiempo el mismo país: España. Ahora, al extender mí mano los libros como un juego de cartas, sonrío pensando que los tres autores han regresado ya. ¿Qué otra cosa es escribir un libro de viajes sino regresar? Cansado o dispuesto a un nuevo viaje, pobre o enri-quecido, no importa, el viajero regresa. Uno de los autores es un norteamericano, un francés el otro, un mexicano el más joven, el tercero. ¿Qué buscaba cada uno? ¿Qué ha encontrado cada quién? Ninguno de los tres ha llegado a España sin objeto preciso. Viajar por viajar es difícil. El viajero nace. No lo improvisa el azar o el dinero. Waldo Franck, el norteamericano, ¿no ha ido a llenar las partes del esqueleto que ha de formar un cuerpo sinfónico de su España? El mexicano. ¿No ha ido a España a cumplir con el deber de cierto tipo de americano que considera incompleto su cultivo sin el viaje por Europa? El objeto que persigue Jacques de Lacretelle al partir para España es, ante todo, huir de Francia y, más exactamente, de su amante francesa. Su movimiento es el más pu-ro. Jacques de Lacretelle—a quien llamaremos en esta nota por sus

(*)

Jacques de Lacretelle: Lettres Espagnoles. Waldo Franck: España Virgen. Manuel Cómez Morín: España Fiel.

Motivos iniciales J. L. para aparentar confundirlo con Jacques Legrand 2squivando la ironía afilada que dedica Lacretelle a quienes se atre-van a pensar que él mismo es su entelequia—apenas va a España para algo. Le interesa huir de su pasión. No busca nada en España Y, cuando encuentra algo, este algo es... la mujer a quien se pro-pone olvidar. Sin embargo, no sin una deliciosa sonrisa, J. L sub-raya la necesidad de un pretexto que explique el viaje aunque sea superficialmente. Para ello su amante desliza a su oído el nombre de Maurice Barrés, invitándolo a contradecirlo un poco. El pretex- 0 del viaje a España de J. L, resulta contradecir a Barrés. El objeto verdadero, huir de aquello que cada momento ha de aparecer a su lado con una pasión que no abandona su inteligencia a pesar de su intensidad. Este viaje de J. L. a España es el viaje alrededor de su amante. Así, cuando se detiene a contemplar la maja desmuda de Goya, no hace sino revivir, con una temperatura admirable, una intimidad amorosa de su amada francesa. Viaje en torno de una pasión, viaje en torno también, de uma inteligencia francesa. Cuando J. L. mira vn retrato de Goya viejo acaba por en-contrarle parecido, ¿con quién?, con Sthendhal, Y el parecido no se detiene en las líneas cansadas, resentidas del rostro del español. Se prolonga en los espíritus, J. L. encuentra en Gova y en Beyle la misma dureza en el trazo; algunas veces, un poco de caricatura: a menudo, un poco de odio; y, frente a la belleza femenina, la misma sensibilidad a pesar del cinismo común a Goya y Sthendhal J. L. recorre España y España lo penetra, a veces. Otras, la vida española es sólo un pretexto para afinar sus teorías, para apo-var su técnica de escritor, Asiste a una corrida de toros esperan-do sensaciones vivas, variadas, y sólo encuentra una diversión tea-tral monótona. Apenas si la entrada de la cuadrilla le regala un poco de belleza. El juego de los toros le parece estrecho y brutal. Y, añade, “a pesar de los accidentes, deja poco Tugar a lo impre-visto”... Un libro de Barrés y unos cuantos pliegos de papel para escribir forman el equipaje de J. L. El libro le servirá para man-tener despierta su ironía, los pliegos para ir anotando sus hallaz-gos, sus reflexiones y, sobre todo, para hablar de su pasión amorosa. Todo ello en cartas que dirige a su amante a quien quisiera dejar de amar sin violencia, alejándose de ella para siempre, sin odio ni amargura. Jacques de Lacretelle llega a España con unos pliegos de papel impreso o en blanco, escritos o por llenar, Waldo Tranck lleva a España un baúl mundo. Todo parece caber—no todo cabe—en este baúl musical que el norteamericano lleva sobre la espalda sin fa-tiga, acomodando en su interior todo aquello que encuentra sin sorpresa porque parece haber ido a España a recogerlo. La delicia el viajero es, precisamente, la inversa: encontrar lo que no busca. Waldo Franck encuentra justamente lo que desea para apoyar sus ideas sobre España: ejemplos, datos, fechas y fichas, hombres y nombres. De este modo acomoda sus notas en el baúl del cual un día saca, flamante, nada menos que una sintonía española. ¿Nada menos? Y nada más. La visión panorámica de Franck hace pensar en una sinfonía de un maestro de ayer. ¿Strauss? Repartido muy hábilmente (El cielo de España, La Tragedia, Más allá de España) y ejecutada con mu-cha temperatura (Waldo Franck es al mismo tiempo la partitura y la orquesta) esta obra cerrada y de fuerte apariencia tendrá ecos inmediatos, los tiene ya. El tono del libro y la temperatura del estilo aparecen contagiosos, han contagiado ya algunos espíritus ve-getales. El versículo bíblico, el proverbio árabe, la estrofa castella-na, todo aparece en el discurso de Franck, formando aquello que un espíritu apresurado se atreve a llamar lirismo. Ninguna equi-vocación más exacta. ¿Cómo confundir el lirismo con la oratoria? Oratoria inteligente, dueña de sf, amiga del giro y de la pausa, de la definición inesperada y de la comparación inevitable. Pero, ¿el viaje? El viaje de Franck se resuelve en torno a la Historia de España, en torno a los hombres vivientes de España. A veces, creemos que Franck va a dejar sus hipótesis, sus alegorías, que va a dar un paso fuera de su andante, pero esto no sucede. ¿Cómo exigírselo? Waldo Franck no es, casi, un viajero. Encuentra lo que busca y escribe un libro wagneriano, atractivo o no, según el espíritu que lo que lee—iba a decir que lo escucha. ¿Un libro de viajes? La España Virgen de Waldo Franck es mucho más que un libro de viajes. Pero también mucho menos. El mexicano parece haber ido a buscar la madurez sin zumo de España. Una España maestra, dura, agostada. Y ha encontrado la España presentida por nosotros inmóviles, joven otra vez y amiga. Gracias a este delicioso fracaso, Manuel Gómez Morín ha hallado una tierra viva, fiel a su misión. España fiel. Y un paisaje que recibe y describe ahora, agradecido, con viveza. También a su modo, ha encontrado elementos para formar una arquitectura musical española. “De Castilla—dice—vienen esas notas graves que en la “sinfonía” España no se escuchan a veces pero que insensi-blemente, sin cambiar de tono, apresuran el compás, se acercan y dominan con imperio varonil, con resonancias trascendentales, todo el caudal de las otras melodías.” (¿No será esto el recuerdo sub+ consciente de una suite española ¿de Albéniz? ¿de Granados?). Pero lo que importa es que Manuel Gómez Morín ha ido a encontrar en España en vez de su propia madurez, su juventud espiritual, su fervor y —quisiéramos—su desconfianza. Sus ojos de hombre de acción buscaban en España la pereza inactiva, la pobreza, la Tuti-na del trabajo primario y han encontrado fuerzas activas, riquezas repartidas, trabajos modernos. En vez de decepcionario, de robarle fuerzas para la acción, España Jo asegura y él, en recompensa, ascribe y lee públicamente unas cuantas páginas—de las que Wal-io Franck no está ausente—cálidas, discretas, agradecidas. —X . Villaurrutra.

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Motivos

Serenata

SERENATA DE SCHUBERT

E“ este ritmo con que los nombres y las leyendas del ochocientos se repiten, en esta multiplicidad de los cen-senarios individuales (Beethoven, Schubert) que anuncian el balance general del romanticismo, hay algo más que la sola coincidencia de una época fecunda: la alegría nretzscheana con que la generación de hoy se afresura a romper los vincu- Jos que la ataban a un fasado sentimental. La misma impaciencia nuestra se apoderó sin duda de los escritores y de los músicos que recordamos, fero no con la misma honradez, ni con la misma lealtad crítica. Antes de olvidar esta tradición romántica, era útil repetir—aunque fuese en su centenario—la decréfita Serenata de Schubert que enternecía a los amantes de Gutiérrez Nájera. Regetirla, sobre todo, para comprobar que la nueva voz es ya tan justa,

Motivos tan segura de sí, que fuede fasar a través del almibar de las más untuosas romanzas, sin adherirse a su eco, sin desviarse en su comodidad. Despejada así la escena que tan frolongado desfile de homenajes fobló ¿no sería ya hora, sin embargo, de que los ejercicios de lu memoria pasaran a segundo término? ¡Qué bien la Serenata de Schubert junto a las Noches del “gálido Musset" y en la garganta eucológica de la Malibran! Pero, si la música ha de dar el tono de la vida que enriquece, ¿no resultaría más adecuado reunir a la juventud de hoy—detor-va y elástica—en torno a la Consagración de su Primavera? —J. T. B.

CARTA A FANTOMAS-BERGAMIN (*)

“¡Te conozco, intelectual! El tiempo fué la carcoma de tu cabeza y las ideas se te budrieron en el cerebro llenándotelo de gusanos; de fantasmas de tus pensamien-los, de gusanos de ideas. —J. B.

EN este silencio ensordecedor de las estrellas, querido Bergamín, ¿dónde está el enemigo que huye? ¿No será usted mismo, con su coro de fantasmas? En el Palacio de Elsinor y en el gabinete del Doctor Fausto, dan las doce horas muertas

(*) J. Bergamín, Enemigo que Huye. Atenea, Madrid, 1928.

Cartu y perfectas. Una campanada más y desapareceríamos con usted por los tejados.

Huír o no huír. Esta es la cuestión. Otras cuestiones: huír, ¿de qué huír? ¿a dónde huír? La huída no es ni negación ni positividad. Ni siquiera es una contradicción. Es parar el reloj en las doce horas de la noche y suprimir de un golpe el tiempo v dejarlo que se devore a sí mismo. El mundo de fantasmas en que caemos nos enseñará un tiempo y un silencio nuevos. También nuestra sombra nos huye —sombra de fantasma— pero sólo en apariencia. En realidad —¡dichosa realidad!— nosotros huímos de nuestra sombra y los fantasmas de la sombra nos persiguen. Pero sucede que todos nos perdemos en la realidad, esa realidad que se forma de polvo, ceniza y nube —humo—, Todo es humo y lo mismo.

Si es cierto que la verdadera poesía se burla de la poesía; y el verdadero amor, del amor; y el verdadero teatro, del teatro; ¿para qué son tantos rodeos? La gran verdad será la poesía, y el amor, y el teatro; porque son esenciales y llevan consigo su burla, su afirmación, su negación, latentes. Otras cuestiones: poesía, amor, teatro, que debieran resolverse —sin fantasmas— en este monólogo.

Si usted, querido Bergamín, huye de la poesía, ¿no cae en la burla de la poesía? Y si huye del amor y del teatro, ¿no cae en la burla del amor y del teatro? Hamlet, ahora, ya no dice monólogos, sino diálogos; y la redoma del Doctor Fausto no en-cierra ningún secreto para el mundo moderno, desde Voronoff... y los “dadaístas.” Aunque es cierto que los contemporáneos te-nemos demonios familiares —fantasmas, siempre fantasmas— y 'orman el único vínculo que todavía nos une con el Diablo. ¿Debemos, por eso, huír de los fantasmas? ¿Y para qué, si los fantasmas se huyen y nos huyen? El humo que los crea nos hace sombra de fantasmas y Don Juan puede andar desnudo por las calles, sin temor, porque es fantasma, humo, sombra de fantasma, y sombra de sí mismo,

A

Motivos

¿Quién contó al gato los pies y dijo que no eran tres?

Cuidémonos de ver a través de la conciencia de la culpa, ya que la culpa es la conciencia de la ciencia. Un rodeo más y cae-ramos de nuevo, con estrépito, en el mundo de la realidad, de esa realidad que no es la suya ni la mía, querido Bergamín. Usted y su fantasma huyen juntos y yo quisiera, a veces, seguirlos en su huída. Desgraciadamente, yo tengo también mi fantasma, y ese fantasma tiene su sombra —sombra de fantasma—. El por qué de esta fuga de fantasmas no lo sabremos nunca. Lo único sierto es que huyen, huyen de nosotros y de los fantasmas de nos- »ros. y de los otros. - Y no es menos cierto que la sombra de los fantasmas tiene su sombra. ¿No estaremos ya en la realidad, en el tiempo? El tiempo es el hormiguero del Diablo; pero sin hormigas. A las doce en punto hemos transportado las hormigas a otro lugar, a otro hormiguero que no es el tiempo; pero que es también del Diablo. Mientras, los fantasmas siguen nuestros pasos en una bruma gris, de humo. Todo es humo y lo mismo. El regreso puede encontrarnos cansados, con la ciencia, con

Carta la culpa, con la ciencia sin la vida —¿con la muerte?— y la conciencia que nos salva, como un latido del corazón. Entonces será tiempo —jel tiempo!— de decir con el escarabajo sagrado:

No armemos la pelotera por si era o si no era; cada cual a su trabajo como buen escarabajo.—-E, G. R.

P. S. ¿Ve usted, querido Bergamín, cómo con los elementos de su cultura podía una realidad desnudarse, si no hasta el fantasma, sí al menos hasta el maillot con que el cine —incapaz de asirlo— se contenta con representarlo? A través de la serie monótona de tantas preguntas y respuestas, como hay en su libro, el mérito intrínseco de la obra se nos huye. Falta en ella ese soplo animador de poesía que hace viva la obra. Por hufr de ella, cae usted en los peligros de la ciencia sin la vida, y la burla del amor y del teatro quedan simplemente en burla, en la culpa sin conciencia, en la muerte sin temperatura.

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L A Universidad Nacional desea dar una oportunidad a los estudiantes de Centroamérica, Sudamérica y las Antillas, de conocer México e interesarse por los problemas que agitan en este instante la conciencia del pueblo mexicano. La Escuela de Verano brinda a los estudiantes y maestros de Centroamérica, Sudamérica y las Antillas, una serie de cursos que tienen particular interés para fomentar el verdadero conocimiento de México y los países ligados a él por vínculos de Raza. Social y políticamente, México es un país digno de estudio y presenta condiciones que ninguna otra parte de América puede ofrecer al viajero que tiene alguna curiosidad por los fenómenos sociales que preocupan en los momentos actuales al mundo en general y a la América en particular. Materias que tienen interés para los estudiantes y profesores Centroamérica, Sudamérica y las Antillas: Fonética Española. Literatura Española: Cervantes y principales autores del Siglo Oro. Literatura Española: El Drama en el Siglo XVII Literatura Española: La Novela en los Siglos XIX y XX. La Novela Mexicana. Literatura Hispanoamericana. Literatura Mexicana. Ojeada General sobre México. La Vida en la América Española. Literatura Española: Ojeada General. Geografia de México, Historia de México, Evolución Económica del Pueblo Mexicano. Los Problemas Políticos y Sociales de México. Filología: El Español en México. La Revolución Mexicana, Ojeada Histórica sobre el Arte Español. Ojeada Histórica sobre el Arte Mexicano. Arqueología Mexicana. Folklore Mexicano. Canciones Mexicanas. Bailes Típicos Mexicanos.

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