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LA INOCENTE AVENTURA
DEL TROPICO
RELATO DEL SEGUNDO OFICIAL CHARLIE RAE- BURN, DE LA MARINA MERCANTE AMERICA- NA Y AL SERVICIO DE LA UNITED FRUIT CO.
N / I deber es confesar, antes que nada, que si ha habido alguna culpa es mía, exclusivamente mía. ¿Cómo podía imaginar que las cosas pasaran de tan insólita manera? Es cierto que soy joven, bastante joven; pero también lo es que siempre me he distin-guido por mi circunspección y mi comedimiento. Soy lo que se llama un buen muchacho, un hombre formal: buen hijo, buen estudiante, apreciable marino. Mi hoja de servicios puede atestiguarlo. Aquello sucedió tan de repente y con tanta sen-cillez, que todavía no salgo de mi asombro. Llevo ya tres años de viajar por las mismas latitudes, de sentir
E. González Roje cómo los rayos del sol se hunden como dardos de fuego en las verdes entrañas del Mar Caribe, de contemplar los cielos sin mancha durante el día y sembrados de estrellas por la noche, de entregar mi cuerpo casi desnudo por el calor al soplo del viento apenas tibio. Y, sin embargo, nada hasta entonces me había hecho presentir la extraña aventura de la otra noche. Ni siquiera cuando recogimos este precioso car-gamento de señoritas en Nueva Orleans, tuve la más ligera sospecha de lo que el destino me preparaba en tan corto plazo. Así es que las he visto embarcarse con agrado y simpatía y hasta creo que dije para mis adentros: “¡Cuán justo es, Señor, que estas pobreci-tas muchachas vayan a curarse en la playa del Hotel Washington de la terrible sofocación de Nueva Orleans!” Luego me di a pensar en aquel pedazo de mar, arrebatado por mis compatriotas al Atlántico, prisionero de vallas de cemento y vigilado por nuestros bravos marinos. Allí la vista es tan amplia, que se puede ver la sombra del Viejo Continente sobre los mares. Más cerca, los ojos descansan en las pal-meras esponjadas, airosas conductoras del viento, y en las colinas ahogadas de verdura. La alberca es grande y honda. Nace al pie de los jardines enanos, con tapicerías de musgo y avenidas de arena tibia, fina, grata a los pies desnudos de los bañistas que se posan sobre ella. Y cuando nuestros cuerpos se hunden en el agua, los peces y los negros
La Inocente Aventura nos contemplan curiosos por los redondos agujeros de las redes de alambre que nos separan. De pie sobre el puente de proa, atento a las com-plicadas maniobras del buque, pensaba en estas y en otras muchas cosas. En cuanto a las viajeras, no tuve tiempo de examinarlas una por una; pero la regula-ridad de su fisonomía, que casi era una semejanza, su tipo alegre y sus ademanes juveniles, tan nuestros, es decir, tan de mi raza, me causaron una impresión excelente. No pude menos que seguirlas con los ojos desde que saltaron a la cubierta hasta que desaparecieron de mi vista por los corredores de la nave.
Antes de continuar este relato, debo aclarar un punto que ahora se me viene a la memoria. Un amigo mío, cónsul de una república hispanoamericana en Panamá, me hace frecuente bromas respecto a lo que ¿l denomina “la suerte de los marinos con las mujeres.” Sus continuas preguntas, que yo estimo capcio-sas, tienen la molesta virtud de exasperarme y con-fundirme extraordinariamente. Y lo peor del caso es que, cada vez que yo niego y procuro cambiar de conversación, me reprende entre burlas y veras por “mi discreción absurda e impropia de un amigo.”
—Aquí en confianza —me dice poniendo sus dos manos sobre mis hombros—cuénteme alguna de sus aventurillas... No tenga usted cuidado, que soy una tumba para guardar los secretos... Entonces siento que toda mi sangre se me sube mn
E. González Rojo al rostro. A su sonrisa picaresca y a sus desvergonza-das palabras respondo con mi noble silencio, lo que creo más digno, más propio de un caballero nacido en el Oeste de los Estados Unidos. Pues bien, yo quería decir con todos estos cir-cunloquios que no entiendo, que no me explico eso de “la suerte de los marinos con las mujeres," suerte que supongo muy semejante a la de los demás hombres. Estas gentes del sur y de los trópicos que hablan el español, tienen una imaginación muy exaltada e inventan el pecado cuando no existe. Las señoras y señoritas que viajan solas en nuestros barcos son, como huéspedes, sagradas para nosotros, aunque ten-gamos con ellas relaciones de cortesía y, a veces, una camaradería cordial. Puedo asegurar que ellas corres-ponden a nuestra respetuosa atención con una amistad y una confianza firmes, inocentes. Todavía reci-bo periódicamente cartas y noticias de Miss Evelyn Richards, de Utah, que viajó en nuestra compañía en los primeros días del otoño de 1920. La constancia en los afectos es una de las características de mis compatriotas que más me llenan de orgullo. Volviendo a mi relato interrumpido, recuerdo haber dicho que en el muelle de Nueva Orleans no me fijé con detenimiento en las jóvenes viajeras, y es verdad. Mas con verlas a bordo constantemente, poco a poco he podido distinguirlas con bastante precisión. Ahora puedo decir, sin temor a equivocarme, que Miss Mabel es la que tiene los ojos más azules y
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La Inocente Aventura que el cabello de oro de Miss Mary es realmente incomparable. La pequeña Billy es traviesa y tiene las naricitas muy cortas. Miss Constance es demasiado seria y Miss Mabel excesivamente sentimental. En cuanto a Miss Claire, atacada sin piedad por el mareo. se ha pasado toda la travesía encerrada en su camarote.
Viaja también con ellas Mrs. Florence, que es algo así como su dama de compañía, aunque bien podría pasar como la madre de las muchachas. Su aspecto es el de esas viejecitas que aparecen a menudo en el cinematógrafo, con su peinada cabellera blanca tan lisa y brillante que parece un espejo de plata, la mirada dulce escondida detrás de los anteojos y las manos finas, largas, siempre ocupadas en hacer calceta o en bendecir piadosamente al hijo pródigo. Mi pobre madre, que vive en Tucson, Áriz., se asemeja extraordinariamente a Mrs. Florence. ¿Qué dirá cuando sepa lo que me ha pasado? Espero en Dios que no desmentirá su excelente corazón y que, a la distancia, me seguirá enviando sus bendiciones y sus amorosos besos.
Hasta después de haber pasado La Habana, no comenzamos los oficiales del barco a hacer amistad con nuestras compatriotas. El resto del pasaje habla-ba solamente el español y notábamos que ellas se aburrían y desesperaban. Mientras más nos acercába-mos a la línea del ecuador, la temperatura se nos volvía más insoportable, y creo que fue la pequeña Billy
E. González Rojo la que nos pidió que improvisáramos una piscina donde pudieran refrescar sus cuerpecitos sudorosos. Por fortuna pudimos darles gusto merced a la gran cantidad de lona impermeable que poseíamos en la bode-ga, y pronto quedó arreglado el baño, que improvi-samos en la depresión que se forma entre la cubierta de Primera Clase y la escotilla de carga, hacia la popa. Su inauguración tuvo los caracteres de una fiesta magnífica. El capitán asistió a la ceremonia y con él todos los pasajeros, sin distinción de categorías, contemplaron las primeras zambullidas de los nada-dores, llenas de peripecias por el exiguo tamaño de la alberca. La pequeña Billy fue la que conquistó más frecuentes y merecidos aplausos, pues dos horas en-teras se estuvo haciendo prodigios sin que el cansancio corporal interrumpiera por un instante sus gra-ciosos juegos. Era de ver cómo encogía su cuerpo en los saltos arriesgados y en el aire lo distendía como un arco flexible. Al lanzar la flecha de sus brazos hacia el agua conmovida de antemano, ésta la recibía presurosa en su seno con su cortejo de risas y de es-pumas. Cuando nadaba, aquellos brazos que antes herían acariciaban después las ondas y el cuerpo se deslizaba apacible, movido por un mecanismo oculto, lleno de facilidad y elegancia. Al salir de la piscina, se sentaba en el borde y pataleando repentina-mente en el agua, mojaba a los asombrados especta-dores de sus hañazas.
La Inocente Aventura
Por la noche, después de la comida, bailamos en el salón. A falta de orquesta, llevamos a bordo una magnífica “victrola ortofónica,” último modelo, y un extenso repertorio de “discos,” los más famosos en los Estados Unidos desde Nueva York hasta Los An-geles. El mar, que no estaba muy tranquilo, empu-jaba a las parejas unas contra otras y a todas a la vez sobre babor y estribor, siguiendo siempre el balanceo del buque. El espectáculo, nada novedoso para nosotros los marinos, divertía locamente a los pasajeros y, en especial, a las muchachas. La risa de ellas, alegre, continua, parecía un raro comentario de la música y un acorde extravagante a los repetidos tumbos de las olas. Parecían jugar con el sonido y con el movimiento y excitábanse por grados en aquel juego su-cesivo.
Llega un instante en que la realidad no es suficiente para los impulsos del corazón. Con ansia de-seamos y exaltamos la verdad hasta confundirla con la simulación y la mentira. Los golpes de mar no eran ya tan frecuentes y el balanceo de la nave se de-bilitaba por momentos, con dulzura. Y nosotros, qui-zás inconscientemente, seguíamos perdiendo el equi-librio, resbalando sobre las alfombras, estrechando mutuamente nuestros cuerpos y riéndonos a car-cajadas de las graciosas caídas de los menos firmes o de los más audaces. Entre todos los que bailábamos, yo era de los más tímidos. Pero Billy, cuya travesura es verdaderamente insoportable, me echó la zancadilla en el momento menos oportuno, y allá fuimos los dos contra la respetable Mrs. Florence, sobre cuyas faldas cayó, retorciéndose de risa, la endiablada muchacha. Yo me levanté azorado, intentando dar mis excusas; pero la buena señora no quiso oírlas e hizo sentarme a su lado unos minutos, mientras Billy, arrebatada por otro de los oficiales, continuaba su danza vertiginosa. —Es un diablillo. Nunca se está quieta. ..—ofí que comentaba Mrs. Florence. Y yo, que todavía no salía de mi asombro, asen-tí con la cabeza. Recuerdo que fue en ese momento cuando co-mencé a sentir un interés especial por la pequeña Billy. No sé cómo me vino la idea, mientras la miraba bailar, de que sus naricitas cortas agraciaban deci-didamente su rostro. De una manera insensible la comparé con sus amigas y, sobre todo, con Miss Mabel, que era la más bella y distinguida. Que Miss Mabel era más bonita que Billy, no me cabía la menor duda. Nadie en el mundo podía poseer unos ojos tan azules, tan grandes y tiernos, de tan profunda expresión. Los de la pequeña Billy me parecían her-mosos solamente por su vivacidad, su inquietud, su constante moverse de un lado para otro. También Miss Mary le lleva ventaja con su es-plendorosa cabellera. Cuando antes la comparé con el oro, ha sido solamente para usar de una figura retórica que nada dice y dice mucho. Cuando se la mira
E. González Rojo
La ITnocente Aventura se comprende que sus cabellos valen más, mil veces más. Con ser tan preciosos a la vista, creo que lo son más aún al tacto y sospecho que una de las mayores delicias sería hundir las manos en ellos, hasta dejar-las enamoradas de su tersura. Los de Billy, en cambio, ni siquiera son negros. Tienen ese color impre-ciso que llaman “castaño oscuro.” Lacios'a la vista y al tacto, caen con cierta gracia sobre las sienes, en forma de espolones de navío. De esta manera modi-fican su rostro con dos manchas simétricas sobre las mejillas. Confieso su vulgaridad; pero no dejo de enaltecer su gracia picaresca. En cuanto al carácter alegre de Billy, ¿no debe preferirse a la seriedad de Miss Constance y al senti-mentalismo de Miss Nelly? Como producto de estas observaciones, llegué a la conclusión de que mucho me gustaba la pequeña Billy. Tuve que confesármelo a mí mismo, poco cuidadoso de la importancia que podía tener dicha confesión. La contemplaba mientras bailaba con su nuevo compañero y seguía con entusiasmo sus movimientos ágiles, complicados en la técnica del “chárleston.” Mentiría si no dijera que buscaba de vez en cuando sus miradas, que ya prin-cipiaban a causarme cierto desasosiego, y que tardé mucho en darme cuenta de que Mrs. Florence me preguntaba por segunda vez si tendríamos buen tiempo durante el resto de la travesía. No recuerdo clara-mente cuál fue mi contestación, pero sí que le dije algo respecto al calor insoportable, a la estrechez de
E. González Rojo la sala de baile, a la aglomeración de gentes y a las exigencias en el cumplimiento de mi deber, termi-nando por pedirle permiso para separarme de ella y salir a la cubierta unos instantes. La verdad es que estaba ahogado por la alta temperatura del salón e inquieto por el giro que habían tomado mis pensamientos respecto a la pequeña Billy. La intención que me llevaba al apartarme de Mrs. Florence era la de encontrarme un rato a solas con el airecillo amistoso del mar y ordenar un poco mis ideas. Así lo hice, en efecto. Pero de aquel paseo sobre cubierta, hecho con lentitud, saboreando a pequeños sorbos el delgado licor de una brisa insuficien-te, resultó la más extravagante de las aventuras. Lla-maré la atención sobre el hecho de que todos los acon-cimientos que se van a seguir sucedieron sin inte-rrupción, y sin que mi voluntad desviara, en ningún sentido, su curso. Yo no buscaba la aventura; ella venía a mí, me envolvía en sus redes, e imposibili-tado para oponerme a sus despóticos designios, me abandonaba con voluptuosidad a la suerte que me deparaba mi buena o mi mala estrella. Varias veces había recorrido el barco sin encontrar a ninguna persona en mi camino. En aquella so-ledad impresionante calculé que sería ya más de me-dianoche. Las luces del salón de baile se fueron extin-guiendo una por una. Hacía tiempo que la música reposaba en su caja de madera. La proa de la nave cortaba airosa el mar y la cruz del mástil más alto
La Inocente Aventura persignaba con orgullo las estrellas. Reclinado sobre la borda, dejaba vagar mis ojos en el ancho y simple paisaje de los astros. Todos los minúsculos puntos luminosos parecían fundirse en una sola vislumbre plateada que descendía lentamente hacia nosotros. Y el mar, con impaciencia, subía sus aguas para tocar la luz. Un tshsst...! autoritario y misterioso me distra-jo de mi serena contemplación. A mi lado, una breve figura femenina, en la que reconocí pronto a Miss Billy, se tenía erguida, con un dedo en los labios y una chispa burlona en la mirada. Aunque el asombro no me hubiera vuelto mudo, su imperioso gesto me habría impedido pronunciar una palabra. Ella me ordenaba callar y seguirla con todo género de pre-cauciones para hacer el menor ruido posible. ¿Qué tenía yo que hacer, sino obedecerla? Se puede figurar fácilmente cuál sería mi turba-ción, mi desconcierto ante un caso tan extravagante y fuera de lo normal. Incapaz de dar una solución a las mil preguntas que se cruzaban en mi mente, atro-pellándose, no me quedaba otro camino que el de la obediencia pasiva, sin explicaciones, irreflexiva y ciega. Cogida mi mano por la mano tibia de Billy, de puntillas como los malhechores, bajábamos las esca-leras y atravesábamos los corredores del barco, soli-tarios, silenciosos, oscuros. El más leve crujido de las maderas nos hacía detener la marcha. Apenas respirábamos. Volvíamos
E. González Rojo a emprender nuestro camino y a detenernos después. En una de esas detenciones, me vino el escrúpulo de examinar en mi interior el aspecto moral de aquella caminata nocturna. En un segundo recordé las indis-cretas referencias de mi amigo el cónsul hispanoame-ricano. ¿Tendría razón, después de todo? Y, ¿cuál debía ser la actitud de un hombre de bien en tales cir-cunstancias? ¡Ah! ¡Cómo me lamenté de no tener cerca de mí al Reverendo Padre Johnson, mi amigo, mi maestro! El, con su profunda ciencia de la vida y con su hondo conocimiento de las Santas Escrituras, me hubiera tendido una mano, como Jesús, para sacarme de las revueltas ondas del lago de la duda. Las ideas que pasaban por mi cabeza se arremo-linaban confusas, sin ilación y también sin visos de verosimilitud. Tan pronto pensaba en un intriga amorosa como en un episodio caballeresco. Y bien podía ser (¿por qué nó?) un juego sin importancia, una burla gentil de mis amiguitas. Pero, sin saber a punto fijo la verdadera causa, me inclinaba más a lo primero. Lo hacía por vanidad o por un necio amor propio. Creo que a ningún hombre le es indiferente sa-berse amado por las mujeres y estaba seguro de que Billy había notado mi reciente interés por su persona e interceptado mis miradas cuando yo me encontraba al lado de Mrs. Florence. ¿Dejaba, por esto de ser extraordinaria su conducta? ¿No podía ha-berme demostrado su cariño de otra manera, más de acuerdo con los preceptos de la iglesia y las conven-ciones sociales? ¡No! La pequeña Billy no podía llegar a ese grado de frío impudor, producto más apro-piado de la costumbre del vicio. Reanudada nuestra peregrinación por los desier-tos pasillos de la nave, llegamos por fin a la puerta de un camarote de lujo, no un camarote como todos los demás. Esto lo digo para que se vea la clase social a que pertenecían mis amigas. Antes de que pudiera interrogarla, Billy llamó con discreción y oí murmullos y risas que respondían a su llamada. Una delgada cinta de luz se pintó sobre el suelo y por ese puente luminoso penetramos los dos a la estancia, un poco cegados y aturdidos. En un segundo mis miradas atónitas recorrieron el saloncito minúsculo donde, desparramadas sobre las sillas, divanes y lechos, se encontraban mis amigas y compatriotas. Miss Claire, que era la única a quien yo no conocía, me sonrió débilmente. Es una figura interesante, de ojos negros, pálida, con una expresión de cansancio y la-situd producida probablemente por el mareo. Miss Mabel, que fue la que nos abrió la puerta, tenía un cigarrillo entre los labios. Su sonrisa parecía saltar re-gocijadamente entre las espirales de humo. Allí es-taban también, saludándome con los ojos, Mary, Constance y Nelly. Al entrar, como una ovación apa-gada, sólo escuché el susurro de sus voces que decían al unísono: —¡Oh!... Charlie... Pero, Señor, ¿qué significaba todo aquello? ¿Me z
La Inocente Aventura
E. González Rojo había vuelto loco de repente? En medio de la mayor confusión del espíritu y mientras miraba atolondra-do a mi alrededor, Billy me hizo sentarme cerca de ella. Frente a nosotros apareció, como salida del suelo y por arte de magia, una mesita llena de copas y licores variadísimos. Un arco iris de licores y en el centro de la mesa una “cocktailera” parecía gober-nar, desde su lugar privilegiado, el desorden aparente de la cristalería. Y, a mi lado, Billy me decía persua-sivamente:
—¿Qué te parece, Charlie? Esta es una fiesta íntima. ¿No sabes que tu grosero capitán mandó apa-gar las luces del salón antes de tiempo? Queremos seguir el baile y te hemos convidado para que seas de la partida...
Hay que ponerse en mi lugar. ¿Qué hubiérais contestado vosotros? Fuí débil, y es preciso recono-cerlo. La compañía de aquellas locas chiquillas era demasiado grata para mí y el vino, que yo no proba-ba desde hacía un mes, era un poderoso aliciente para hacer flaquear cualquiera otra decisión en contra. La mirada dulce y picaresca de Billy, que sonreía segura de mi aquiescencia, venció mis últimos escrú-pulos. Además, mi razón no encontraba un argumento suficiente para negarme a la solicitación de mis amigas. He dicho “mi razón,” pues lo que es mi sentimiento me advertía calladamente que corríamos un peligro oculto, imposible de precisar; pero no menos cierto e irremediable.
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La Inocente Aventura
Esta inconformidad entre la razón y el sentimiento nunca se me había presentado durante mi vida. En todos mis actos habían ido cogidas de la mano invariablemente y en este acuerdo maravilloso nu-tría yo mi fortaleza, mis decisiones inquebrantables, mis imperativos de moral y hasta los mismos deseos, aun aquellos que no es posible nombrar en este relato. Considero tal motivo la causa principal de mi dicha anterior, el curso tranquilo y sin tropiezos de mi existencia. Asimismo, siempre he sentido conmisera-ción por los seres cuya razón y sentimiento corren disparejos, con el peligro de no poder refrenarlos en el momento preciso y ser arrastrado por las consecuencias de un acto que ya no tiene remedio. Y, sin embargo, yo caía en esa hora en aquello que tantas veces había censurado. Apenas contesté que sí, cuando el programa de la fiesta comenzó a desarrollarse tal como lo habían pensado las muchachas. Los cigarrillos perfumados pasaban de mano en mano y se encendían sin inte-rrupción. Las primeras copas de un licor transparen-te, claro, se vaciaron en medio de brindis entusiásti-cos. La pequeña Billy se apoderó de la “cocktailera” y a los acordes de un “jazz” cantado a la sordina, revolvía rítmicamente el “gin” con el “vermouth” y el “cherry”, en tanto que ejecutaba con su sorprendente habilidad los más difíciles pasos del “chárleston.”
Todo nuestro problema consistía en hacer el
E. González Rojo menor ruido posible. Las frases apagadas que salían de nuestros labios remedaban la cautela usada en una secreta conspiración de otros días. El acto de servir-nos los “cocktails,” por la sabia mano de Billy, parecía una ceremonia solemne. Pero como sólo éramos juramentados del placer, la alegría de los rostros y la ligereza de los ademanes burlaban la sombra de todo ritual romántico. A cada copa de vino, a cada nueva canción, una mayor cantidad de alegría circu-laba con la sangre de nuestro cuerpo. Sentía yo un curioso impulso de ensanchar el horizonte de la estancia. Imaginábala demasiado es-trecha para albergarme con toda la fuerza que se agi-taba dentro de mí, y mis dedos se apretaban con un nuevo vigor insospechado. Comprendía con deslum-bradora claridad que tales eran los efectos de la bebi-da y más me regocijaba al encontrarme audaz y con-tento. Hacía calor, pero un calor que templaba los nervios y tonificaba las arterias. La mirada de mis amigas era más viva, sus gestos más llenos de confianza, sus palabras más atrevidas. Respondiendo a sus picantes bromas me atraían de un lado para otro y por fin me obligaron a sentarme en medio de ellas. Miss Nelly, reclinada la cabeza sobre mis hombros, recitaba a media voz unos versos de Tennyson y Miss Constance, sin perder su gravedad, acariciaba mis manos con ternura.
Veía a la pequeña Billy, como en un sueño, des-lizarse maravillosamente sobre el piso, contorsiona!
La Inocente Aventura su cuerpo en una forma inverosímil, quebrar las pier-nas, echar la cabeza hacia atrás, fruncir graciosamen-te los labios como para producir un silbido. Las unta-das guedejas de su cabello castaño se le despegaban de las sienes y volaban, tapando y descubriendo los ojos según el capricho y el vaivén de los pasos de baile. El sudor le corría por la frente cuando, con la “cocktailera” en la mano, la miraba acercarse a mí, extender los brazos, destapar el precioso líquido y verterlo acompasadamente en mi copa, en las de sus amigas, en la suya. La espuma del licor saltaba sobre la alfombra y el sonido de la cristalería, al chocar entre sí, formaba alegre coro a nuestras frases, a nuestras risas, a nuestras canciones. Ya entonces sentía que los objetos se esfumaban ante mi vista, pero seguía bebiendo sin descanso. Me admiraba no sentir ni pesadez ni deseo de dormir, pues el cuerpo se me volvía más liviano y los múscu-los más ágiles. La bruma, en cambio, se hacía densa a mi alrededor. Cerré los ojos inútiles cuando el rostro de Miss Nelly había subido desde mis hombros hasta mi boca. Más arriba, aspiraba los perfumados cabellos de Miss Mabel y Mary, sentada en mis rodi-llas, apoyaba sus labios en mi frente, con inquietan-le caricia que no terminaba nunca. El baile de la pequeña Billy tomó de repente caracteres fantásticos. Con la falda subida a la mitad del muslo, danzaba en el aire, sobre todos nosotros. En la niebla confusa de la estancia, parecía bailar sobre las nubes. Tendido sobre el lecho, rodeado por mis amigas solícitas, el cuerpo se me iba volviendo temblor y música. Un dulce afán me dominaba y la última sensación fue la de los cálidos brazos de Billy, que se enroscaban lenta, pausadamente, a mi cue-llo...
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AL DIA SIGUIENTE POR LA TARDE
El capitán, que me ha mandado llamar a su camarote, ha reprendido con dureza y justicia mi escan-dalosa conducta de anoche. -Creo que sabréis cumplir con vuestro deber, me dijo para terminar.—Vuestra ligereza exige una reparación inmediata. He salido aturdido de la conferencia. El conflicto me anonada. ¿Una reparación? ¿Y qué clase de reparación es la que se me exige? Que yo sepa, no existe más que una. Y bien, yo estaría dispuesto a casarme con la pequeña Billy... pero... ¿Y Nelly? ¿ Y Miss Mabel?... ¿Y las otras?... Hoy mismo escribo detalladamente a mi madre y a mi querido maestro el Reverendo Padre Johnson. Que ellos, con su bondad y su sabiduría infinitas, ilu-minen el antro pavoroso de mi conciencia.
Enrique GONZALEZ ROJO