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Mieles endulza a cada instante que yo bebo como en un rito, y cada gota es un veneno que se infiltra y produce frío. Y siempre bebo, y siempre sufro, y siempre pido.

Bajo lo móvil de las sombras juntó mi carne con mi espíritu y son incestos mis ideas que nacen de un escalofrío. Llevo el presagio de la muerte entre los vivos.

Y no me deja, y siempre solo va tras mis pasos con sigilo; bebe mi sangre y mis sudores en el misterio, Sin ruido eternamente, como sombra irá conmigo.

ENRIQUE GONZALEZ ROJO.

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LA CASA DEL ALFENIQUE

EN PUEBLA

(Por Manuel Toussaint.)

A despecho de los años y de la incuria sobrevive en todo el ambiente de Puebla el prestigio de su colonial abo-lengo. La ignorancia se empeña en destruir los tesoros del pasado para instalar a sus anchas la fealdad de toda nuestra moderna arquitectura, piedra artificial, cemento y es-tuco. Cuando el viajero contempla edificios antiguos, agré-gales a su belleza peculiar, este otro encanto fúnebre que opone al persistir de la piedra la fragilidad espiritual de los seres mortales: están condenados de antemano; los matará su propio dueño, ignorante de lo que pierde. Y, como si adquirieran conciencia de su muerte, los toca un des-tello de tristeza.

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Puebla presenta sugestivos encantos al que busca las huellas del arte de otros tiempos. Es la ciudad criolla de la Nueva España; carece de tradición indígena y acógese a su rancia tradición española y cristiana intensamente, casi con furia. Las condiciones especiales del sitio influyen no poco en singularizar su aspecto: es plana, tranquila, sin grandes alturas en su cercanía; es en extensión como otras ciudades —Guanajuato, Zacatecas—son en profundidad, Las calles, uniformes, pintorescas en el conjunto abigarra-do de sus casas, concluyen de pronto; no hay arrabales.

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Apenas la parroquia del Santo Angel de Analco, yergue su vetustez en un páramo de polvo: es un barrio lejano, casi un pueblo, y lo propio ocurre con Santiago. Pero lo más distintivo es el clima. Es un ambiente seco, de incomparable transparencia. No hay transiciones entre la luz y la sombra: veis un muro soleado, deslumbrante, y en él, negro, insondable, el vano de una puerta. Este clima excita y agobia; es propicio al gozo y a la melancolía; a la pereza y a la voluptuosidad, como esas elles características que en labios de sus mujeres, son caricia y dejadez; inci-tantes al par que desagradables.

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Las casas están admirablemente hechas a este clima. Por todas partes encontráis amplios zaguanes rebosantes de sombra. Refugiad en uno de ellos vuestra fatiga; hay en él una delicia de frescura; tras un arco se extiende el patio que es como irrupción de claridades deslumbradoras; al centro, la verde claridad de un árbol—un naranjo, una hi-guera, un laurel—es oasis en aquel pequeño desierto: la escalera no se halla en sitio uniforme como ocurre en las casas de ciertas épocas en México, sino en lugar más con-veniente del patio, cómodamente acogedora con su macizo pretil de mampostería, igual que el de los corredores : -la

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[ 969 blancura del patio parece desterrar la vida, pero en esos renegridos oscuros que forman puertas y ventanas, si atra-vesáis el irregular enlozado, hallaréis vida riente, alegre, caprichosa; conversación danzarina y picante. Pero también puedo enseñaros casa de más suntuoso atavío. Mirad este amplio edificio que forma esquina a la calle de Rabaso. ¿Os llama la atención ese revestimiento de los muros, esa combinación de azulejo y ladrillo? Es típico de Puebla; la mitad de las casas lo tiene; y observad la sabiduría que encierra: el muro no reverbera con la luz solar; absorve el calor y la irradiación; protege nuestros ojos y proteje al habitante de la casa, desempeña el mismo oficio que el tezontle de México; pero, ay! que también, como éste, ha sido bárbaramente pintado con cal en gran número de casas!

La composición de la fachada es admirable. Esas líneas horizontales la dividen armoniosamente y evitan que la casa parezca demasiado alta o demasiado baja. Y en la esquina, rómpese el ángulo de dichas líneas, dando al edificio gracia incomparable. Los llenos y los claros se combi-nan con gran arte: ¿Qué arquitecto moderno puede re-partir veintiséis claros en una fachada sin romper el equi-librio, sin que la casa parezca un enorme palomar? Pero el principal mérito de esta mansión radica en el ornato. El ornato que se halla sobriamente concentrado, que es nulo en la parte inferior y va ascendiendo lenta-mente, va aligerando cada piso, hasta llegar a la voluptuosidad de la cornisa, esa línea ondulada que parece mecerse en las nubes.

Si queréis subir conmigo a uno de los balcones del piso alto, os encantará la gracia de los adornos, que en su fragilidad dan nombre a casa. A lo' largo de las pilastras, como fantástico y proteiforme monstruo marino, rampa el re-lieve. Es bajo y sencillo al principio; es una simple guir-nalda que va transformándose como si cediera a un íntimo anhelo de voluptuosidad. Pasado el dintel de la puerta, piérdese casi toda disposición arquitectónica; sólo vive un hacinamiento de adornos, de volutas, de conchas, de -roca-llas que parecen sostener, por milagro, la vastedad de los doseles que cubren los anchos balcones. La consistencia de los adornos, todos hechos de mezcla y afinados por la altu-ra, dan al conjunto el aspecto más delicado: semeja seguramente un alfeñique: un dulce hecho únicamente de azú-car, frágil y translúcido como una porcelana.

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No se crea que la fachada está exenta de defectos: ved, por ejemplo, las anchas lozas que forman el piso de los balcones, el sardinel; están sólidamente empotradas en el muro y no presentan el menor riesgo; pero la ley más ele-mental de arquitectura exigía que tuviera algo a modo de ménsula, siquiera uno de esos hierros artísticamente for-jados, que tanto abundan en Puebla. Yo imagino que el arquitecto, llevado de la plasticidad que ofrecían los mate-riales, del deseo de llenar de lujo su obra para hacerla digna de la próspera Colonia; incitado aquí por la voluptuosidad del clima, olvidaba toda mesura y toda regla para desarro-llar los caprichos de su fantasía. Hallaréis cornisas en al-gunas casas de Puebla, que han perdido su papel arquitec-tónico para ser algo incalificable: suntuoso y sin líneas, delicado y absurdo: una embriaguez. En el interior de la Casa del Alfeñique hay todavía mucho que admirar. Pasada la bóveda que cubre el zaguán extiéndese el amplio patio; la escalera es notabilísima ; corónala una cúpula que por el interior presenta magní-fico aspecto; el corredor, anchísimo, lleno de sombra, tiene a un costado una puerta soberbiamente adornada; quizás sea la de la capilla, pues presenta el mismo aspecto que las similares de México. Los corredores opuestos son más an-gostos; a semejanza de casi todos los corredores de Puebla, descansan en una serie de bóvedas bajas, apoyadas en ménsulas de elegante dibujo; la sombra acumúlase suave bajo la cóncava superficie vigorizando la construcción. Las anchurosas estan-cias, ahora vacías, piden muebles tallados, retratos en marcos, cuyo oro ha sido retocado por el tiempo, gruesas aulfombras chi-nas... en vez de su deso-ladora miseria. Salgamos nuevamente al balcón, al más grande, al más suntuoso. ¿No es verdad que su amplitud .y su comodi-dad son simbólicas? Está hecho como para ver la vida deslizarse a sus pies, conservando la inmortalidad aprisionada entre el desvaído musgo de sus piedras.

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