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EL MERCADER DE ASSINARIA

-Jo(-

“Asinos vendidit Pelaeo mercatori Mercatu............” Plauto.—As. v. 380.

PRIMUS SECUNDUS

Asnos que fueron vendidos a; mercader de Peleas. Vid. As. Ac. II Se. III

S.—-Desde que salimos de la ciudad, Primus, nuestra vida es intolerable. El mercader que nos compró no cesa de fatigarnos y mal nos alimenta. Creo que para siempre hemos perdido el descanso y buen trato de la casa de Demeneto. P.—Si nuestro nuevo amo no tuviera por amigo a ese otro mercader que ahora volvió de la ciudad de pagar el importe de nuestra venta, gustaría, tanto como Demeneto, de vernos gordos y alegres, en vez de consumirnos en el trabajo que .a él también le quita el sueño y todo sosiego. Pero su amigo siempre anda tras él incitándole a nuevos negocios y aconsejándole la mayor economía y la más ab-soluta desconfianza. Observa que mientras ese mercader estuvo ausente, nuestras penas disminuyeron y nuestro ario abandonó los negocios. S.—Es verdad cuanto dices. ¡Y que los Dioses confun-dan a ese impío amigo de nuestro amo, que es la misma malicia para engañar y todas las avaricias juntas metidas en el cuerpo más feo de hombre que puede darse! Porque no me negarás que es feo un hombre que tiene las tres cuartas partes de vientre sobre dos pequeñas piernas do-bladas hacia afuera; unos brazos pequeños con dos manos hinchadas, que siempre andan ahuyentando las moscas de la casa o bien arrancando los pelos que salen de las orejas o de la nariz; que huele a macho cabrío y remata su figura en una cabeza puntiaguda y calva. P.—Mejor le fuera, con esa traza, dedicarse a la Retó-rica a seguir la enseñanza de algún filósofo Cínico. S.—Pues bien, a este mal hombre, mientras tú medi-tabas con el hocico sobre la tabla seca del pesebre, le oí contar las aventuras que tuvo en su último viaje; y si no

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[ 366 1 hubiera temido distraerte me hubiera reído de buena gana. Decía que lo primero que hizo fue echarse a buscar, en compañía de su esclavo, la casa de Demeneto. Nadie le hacía el menor caso. En los lugares más concurridos, muchos le respondían hablándole de sus litigios y proponiéndole ser testigo falso; otros le atropellaban como a un importuno, y algunos, mejor enterados, le decían que Demeneto estaría a esa hora espiando la puerta para escapar de su mujer. Desalentado dejó esos sitios dispuesto a interrogar a los transeuntes. De allí a poco encontró a un individuo que parecía un pedagogo, que dijo ser el mismo Demeneto, acompañado de un joven que se le dió a conocer como su intendente. Nuestro mercader desconfió desde luego de tan fácil encuentro, hizo ciertas: preguntas capciosas, expuso su misión e invocando en su interior a la Buena Fe, acabó por entregar las veinte minas en que nos vendieron. Nadie le conocía en la ciudad ni él conocía a nadie, pero el rostro agradable y el cuerpo ondulante de una muchacha, que venía por la calle con una vieja, le atrajeron, y mientras se entretenían en un puesto de frutas se puso a mirarla. Ella se llamaba Philenia y era cortesana. Hablando con la vieja le decía: “El esclavillo de mi adorado amante vino a decirme que hoy mismo tendría las veinte minas que pides por dejarme un año en sus brazos. Con ayuda de su buen padre engañó a un tonto mercader extranjero y se hizo pagar ese dinero como precio de una venta de asnos.” El mercader se iba a echar sobre ella, pero el cálculo ejercitado en el comercio le detuvo y fue siguiéndolas hasta que entraron en una casa donde pudo notar preparativos de fiesta. Estuvo acechando y ¡oh malicia de los humanos! vió llegar, danzando de alegría, a los mismos que le habían despojado, que entraron abrazando y besando una bolsa de dinero. El banquete empezó con mayor alegría de la que tuvo al final, pues llegó a poco una noble dama que por la fuerza sacó de aquel antro a un viejo ebrio que lloraba de arrepentimiento. Ese viejo tan duramente tratado por aquella fiera, que se decía su esposa, era nuestro inolvi-dable Demeneto, que a los ojos atentos del mercader, re-cibía el castigo de su engaño, en tanto que a corta distancia, con dignidad, lo contemplaba todo Saureas, el verdadero intendente, persona seria que administraba los bienes con-yugales.

MARIANO SILVA.

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