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LAS TRES DADIVAS —
POR ENRIQUE GONZALEZ ROJO
El viajero llamó a la puerta pausadamente, con lenti-tud. Estaba cansado, porque la jornada había sido larga y penosa... —Entra, hermano. Y con aquellas sus breves alforjas, donde hacía ya mucho tiempo iba acumulando el tesoro de su vida, penetró en la mansión. Fue en el umbral donde recibió la primera dádiva: la de los ojos. Aquellos ojos lo miraron intensa y largamente. Y en aquella mirada lucían los destellos mágicos de los ópalos; porque todos los fulgores anidaban en aquellas pu-pilas esplendorosas y cálidas. El viajero cantó: “El mundo debió crearse únicamente para tus ojos, Reina mía, para tus ojos donde vive la luz. El esplendor vive en tu mirada, Señora, en tu mirada más honda que todos los abismos y que todos los mares, más dulce que agua límpida para la avidez del caminante.” Y fue entonces cuando recibió la segunda dádiva: la de su voz. Cuando Ella habló, a él le parecía que aquella voz que llegaba a sus oídos cantaba cerca de su corazón, y que su corazón se estremecía en un rebozante temblor infini-to... porque su voz era como la música para el alma. El viajero cantó:
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“¡Oh deliciosa, arrulladora, magnífica! Deja que te es-cuche en silencio hasta la hora de morir. En tí vive el alma maravillosa de la música, ¡oh Divina! Las notas de tu voz llegan a mi corazón como el conmovedor resonar de las esquilas, como el choque de los metales y de las piedras preciosas. ¡Déjame oírte, Reina!” Pero fue aquí cuando recibió la tercera dádiva: la de las manos. Aquellas manos eran tan blancas y tan tersas como el nardo, tan aromáticas como el jazmín. Y al viajero le pareció que sus manos calmaban como por encanto todos sus dolores y sus penas; y era que en aquellas manos ani-daba el amor. Entonces dijo: “Oh, manos que sóis como fanales de ternura y de es-peranza! Deja que bese tus manos, oh Reina, porque en tus manos vive el amor. Manos mudas y blancas como la ilusión! Manos suaves en las caricias! Manos que vuelan Si se mueven, manos que en la inmovilidad parecen que sueñan! En las manos de mi reina vive el amor.” Y una vez que el viajero recibió las tres dádivas de amor, de música y de luz, salió de aquella casa para tornar a su peregrinar eterno. La blanca carretera se extendía hasta perderse a lo lejos. La luz del sol tocó misericor-diesemonte su frente y entonces fue cuando, sonriendo, ijo: “Hada de mi dicha, Reina de mis ensueños, Soberana de todos mis afanes, gracias. Adiós... Siento que mis alforjas están menos vacías que antes: llevo en ellas una ilusión más. Llevo en ellas una ilusión más....” Y su voz se perdió poco a poco por la carretera, y cel brillo del sol recortó por último su silueta sobre el monte cercano.
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