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Bajo la luz cerepuscular, radiosa, que ama dorar los montes, casa y huerto, al angosto sendero de rosales me llego, y mis pasos son caricia sobre su musgo....
Plácidamente escucho 4 los rosales murmurar sus quejas, —jellos siempre tan llenos de querellas!— > acepto al fin la dádiva fragante que uno me ofrece, seda, perfume y nácar. Tras los montes, ya negros, desfallece la claridad, al maligno fulgor de las estrellas; y recojo a mi alma, difundida en la solemne excelsitud del ámbito, y a casa nos volvemos... En ella las ventanas, iluminadas, parecen otras almas... nos esperan!
¡Oh, agreste paz del campo y de mi huerto, en tí vivo mi vida en plenitud, porque eres en mi mar seguro puerto y entre la agitación eres quietud! Mas sin la vida llena de amargura, sin zozobra ni lucha en el confín, sin exaltarte mi literatura, ¿qué eres, sino un mísero jardín?
LOS DESCIVILIZADOS
POR ALICE MEYNELL
La mayor dificultad cuando hay que tratar, críticamen-te, con el hombre descivilizado, es ésta: cuando se le acusa de vulgaridad, —omitiendo, sin duda, la palabra,—se defiende como si se le imputara barbarie. Especialmente el de suelo nuevo, —remoto, colonial,—os afronta bronceado, te-meroso en el fondo, como convencido a medias de su sal-vajismo, y en parte persuadido de la juventud de su propia raza. Escribe, y recita poemas sobre ranchos y sierras, con los cuales pretende sugerir su naturaleza impetuosa y revelar el bien que se esconde bajo las rebeldes costumbres de una sociedad joven: Allí está para explicarse, voluble, con un glosario de su propia jerga incongruente. Pero su colonialismo no es sino provincialismo que habla con exhuberancia. Los nuevos aires hacen parecer más viejas aún las antiguas decadencias; el suelo joven no lo-gra sino colocar en condiciones nuevas lo repetido, lo ma-noseado, lo barato, los sentimientos mediocres de una raza que se desciviliza, El mismo personaje que asume el par-lero papel juvenil se apresura a daros seguridades, con ca-ra de sincera negación, de que no usa penachos de plumas ni se pinta el cuerpo para salir en són de guerra; y así resulta doblemente difícil explicarle que nunca se sospechó de él sino el uso (metafóricamente hablando) de trajes de segunda mano. Y cuando no se trata de censura, sino de elogio, aun los norteamericanos quedan. descontentos ante las palabras de los juiciosos que les elogian sus finos triun-fos en la literatura de tradición inglesa, en el arte de tradición francesa; perferirán el aplauso que los estimule a escribir poesías en forma de prosa o a pintar paisajes con aspecto de panoramas, después de educarse aprisa en aca-demias nacionales. Aun hoy, voces inglesas. piden a la América que comience; que comience, porque el mundo está en espera. Cuando en realidad no hay comienzo para ella, sino continuidad, hermosa y admirable continuidad que sólo el constante cuidado puede llevar. a sostenido avance.
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Pero el hombre descivilizado no es peculiar del suelo nuevo. El pueblo, la aldea, en Inglaterra, lo conocen también en toda su vulgaridad cotidiana. En Inglaterra, también, tiene su literatura, su música, suyas propias, -derivadas de muchas y muy diversas cosas de precio. La basura artística, en la plenitud de su baratura y su falta de sencillez, es imposible sin un pasado hermoso.. Su caracte-rística principal, que es la inutilidad, no el fracaso, no po-dría alcanzarse sin el largo abuso, la reproducción multi-plicada, el diario rebajamiento de las expresiones del Arte, especialmente la expresión por palabras. La alegría, el vigor, la vitalidad, la coordinación orgánica, la pureza, la sencillez, la precisión, todas esas cualidades se hallan entre los antecedentes de la basura. Esta viene después de ellos; y procede, ¡oh desgracia! de ellos. Nada más triste que esta prueba de lo que puede constituir el fracaso de las cosas derivadas. No podemos escoger nuestra posteridad. Volviendo atrás sobre los pasos del tiempo, podemos, sí, escoger entre lo que nos precede. Podemos dar a nuestros pensamientos antepasados nobles. Bien concebidas, bien nacidas, sí
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301 deben serlo nuestras ideas; y pueden tener ilustre abolen-go. Tenemos voz para decretar la herencia que aceptamos; no sólo en cuanto a las cosas heredadas, sino además en cuanto a su procedencia. Nuestro espíritu puede mar-char hacia atrás y llegar a los más ricos pozos de las artes. Los hábitos mismos de nuestros pensamientos pueden irse, sin advertirlo, por las vías que les señala su historia antes del nacer. Y sus compañeros deben ser hermo-sos, aunque no más que sus antecesores; y así engendra-dos; y así hermanados, nuestros pensamientos, —confia-mos,— sabrán seguir las sendas nobles de la literatura. Tal confianza tenemos en la herencia que recibimos y aceptamos. Pero, de la descendencia, ¿quién está seguro? ¡Quién está a cubierto de los peligros de la posterior de-preciación? Y, más aún, ¿quién de nosotros señalará las corrientes actuales, una que va hacia el triunfo, otra que va hacia el deshonor? O, ¿quién descubrirá por qué la de-rivación se vuelve degeneración, y cómo y cuándo se ini-cie la bastardía? Los descivilizados tienen todas las per-fecciones de la gracia entre los antecedentes de sus vulga-ridades, todas las distinciones entre los precedentes de sus mediocridades. Para toda canción de café-concierto, ya sea que finja stispiro, risa o juego, existe la excusa (de que la ficción fue sugerida, .1:1e precedida por una belleza viva en otra época. Ni hay que condenar a los descivilizados como si hubieran en sí mismos poseído la civilización y la hubiesen rebajado, No; nunca la poseyeron; nacieron con la tendencia .a la mediocridad, con inclinación hacia las cosas. baratas. Y la tendencia no puede hacer otra cosa sino continuar.
Nada se ve más terrible que el futuro de este mundo de segunda mano que se multiplica. Los hombres no tienen que ser vulgares sólo porque son muchos; pero cuando la infección de la vulgaridad ataca a la multitud, ¡qué porvenir de insignificancia! Los ojos que, a desgana, descu-bren esta verdad, —que los vulgares río son los inciviliza-dos, y que no hay progreso para ellos,— no les auguran ningún verdadero porvenir.» ¡Más lenguaje curioso, más voces estruendosas de barítonos, más pinturas de cromos, más poesía colonial, más naciones jóvenes con tradiciones deslustradas! Sin. embargo, ante esta perspectiva levantan su voz los provincianos de allende los mares, con alarde o promesas no raros entre los jóvenes incapaces, pero sólo
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