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UN HOMBRE
E L día 17 de julio próximo pasado, en las cer-canías de esta Capital y durante una comida que le ofrecía la Diputación por el Estado de Gua-najuato fué asesinado el Presidente Electo de la República, don Alvaro Obregón. Para nosotros, más que un factor esencialmente político, representaba un alto ideal de cultura; más que un guerrero, el criterio civilista dentro de la po-lítica de nuestra patria. No poseía grado militar porque, a su solicitud, el Senado de 1920 había dejado sin ratificar su promoción a la más alta jerarquía dentro del ejército. Confesaba él mismo su ignoran. cia en la complicada técnica de la milicia y fué, sin embargo, el jefe revolucionario que mandó los más o
Un Hombre numerosos contingentes en las batallas que recuerda nuestra Historia y el que nunca tuvo una derrota. A nuestro Cid—Villa—que aprendió a luchar en las serranías de Chihuahua y que aplicaba su arte más a saquear poblados que a convertir al movimiento socialista mexicano a los incrédulos, lo nuli-ficó en los campos de Celaya. En proyección verdaderamente civilizadora, Obregón resumía todos los aspectos del movimiento revolucionario de México. Con él se inició la labor de educación popular que con mayor amplitud se haya emprendido en los países hispanos de América y que perseguía—como finalidad última—aca-bar con esa forma de beneficencia en que, hasta ahora, se ha venido considerando el problema de las clases indígenas y hacer de la educación industrial la base de la prosperidad de la familia restando, como un incidente secundario, la desanalfabetización popular. Así quedaría asegurada, con un fundamento económico, la tranquilidad pública y cada quien al-canzaría dentro de la comunidad el sitio a que su capacidad lo llamara. Completaba este propósito su proyecto de Seguro Obrero y la manera en que con-cebía la destrucción del latifundio y la organización de la pequeña propiedad rural. El Estado iba a tomar con su gobierno una participación decidida en la protección de las clases laborantes, eliminando el li-derismo que—hasta ahora—ha desarrollado funda-mentalmente una labor verbalista, con grave riesgo ye. No
B. J. Gastélum para el acrecentamiento del trabajo. El laborismo debería entrar en una fase de acción constructiva con provecho inmediato para la Nación y para el traba-jador. El campesino se encontraría entonces dueño de su parcela, sabiendo el país en qué forma se iba a liquidar la deuda agraria y cómo deberían hacerse las nuevas dotaciones de tierras. Este propósito— dentro de sus múltiples aspectos—tendía a restable-cer el crédito de la República y a afirmar la confianza en el interior. Completaba tales designios una nueva visión sobre la liquidación de la deuda, ten-diendo a traducirse en un mayor impulso en el desarrollo agrícola e industrial de la Nación y en un mejoramiento de sus ciudades, principiando por las del Distrito Federal.
El temperamento del hombre era alegre, el carácter del político firme, pero desprovisto de toda clase de proselitismo. Con su asesinato provocado por un fanático, pierde el catolicismo mexicano por algún tiempo la oportunidad de conciliarse con las aspiraciones de la revolución. Parte del sentimiento católico en nuestro país ha sufrido, desde hace largos años, una desviación interesada de lo espiritual— que es su única y trascendental misión—a lo terre-no; pretendiendo intervenir en lo político y admi-nistrativo. Singular religión la de aquellos en que la humildad y el amor vuelven, como en la Edad Media, a ser sustituidos por el asesinato y el afán de lucro. Este catolicismo belicoso, que vive como un
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Un Hombre pagano y calcula como un fenicio, no es el de Cristo donde el gentil y el creyente se unen en la pasión por la felicidad y la libertad del universo. No es tampoco el que conviene a los pueblos, sino aquel otro que los contempla con la aspiración de unirlos en el trabajo y en la paz. Cuando la gravedad del momento desconcierta a la revolución y entristece a los que lo rodean, es cuando este hombre revela mejor su energía heroica y la fantástica ironía de su espíritu. Teniendo un claro sentido de lo ridículo, encuentra siempre el incidente preciso para convertir una situación trágica en un suceso cómico fácilmente dominable. Es entonces cuando, con su inteligente sagacidad, re-tiene lo útil y descubre el camino que salva. Durante el movimiento rebelde encabezado por Adolfo de la Huerta, arribó a su retiro de El Fuerte, Jalisco, en donde se reponía de un viejo trastorno del aparato circulatorio, un conocido General que ocupaba un alto puesto en su Gabinete. Iba a rati-ficarle la rebelión de más de la mitad del ejército y de la totalidad de la Marina de Guerra y, exaltado por el peligro, daba esos datos con un tono y con un ademán comparables al que impone al alma la ejecución de una gran tragedia. Obregón lo interrum-pió y con un gesto de suave ironía diverso, en todo, al estilo del General, lo invitó al lugar donde me encontraba. Nuestro militar se descompuso, pero, ins-tantes después, viendo que el Presidente continuaba
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B. J: Gastélum la conversación interrumpida, tomó su participación en ella, pareciendo olvidar los graves acontecimien-tos que lo habían llevado hasta allí. Fué entonces cuando el Presidente, rogándole que le siguiera, lo apartó hacia un ángulo del salón y recogió allí, sin formalidad, las trascendentales noticias que en seguida me relató. Al preguntarle el por qué de su aparente falta de curiosidad para tan serios sucesos, me respondió: “Era indispensable modificar el aspecto del General para conocer la verdad. Para ese fin no conozco mejor medio que cambiar la situación de las personas. La verdad mala o buena hay que conocerla con alegría. Es preferible una sonrisa de incredulidad a una postura trágica, pues si a la certidumbre del riesgo se agrega nuestra propia angustia, los hechos se dilatan en tal forma que se está perdido o en camino de extraviarse.” Obregón— que no había leído a Gourgaud en su Diario Inédito -——reprodujo en esta forma la escena de la entrevis-ta de Napoleón con la Reina de Prusia, después de la Batalla de Tena.
El poder de atención en el hombre es lo que nos da siempre el signo de su capacidad. El trabajo no es más que el tiempo en que el fiel de la inteligencia acoge con provecho el devenir constante de los sucesos. La atención con saltos y actitudes diversas va formando de cada imagen la idea precisa y esfu-ma lo confuso la habilidad con que cada quien en-gaña su deseo y oculta su ambición. Así, las ideas,
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Un Hombre los proyectos, las situaciones, Van unos contra otros, a arrollar a los menos arrogantes o a los más hones-tos, o bien redondeándose a fuerza de chocar acaban convertidos, por su estado de pureza, en un alto anhelo. El espectador, con la preocupación de todos ellos, encuentra a cada paso extraño este rebote, co-menta los juicios que parecen encogerse o adquirir de pronto una magnitud orgullosa que los hace incapaces de acomodarse en su rígida cabeza. Y espec-tadores somos una gran mayoría. Obregón, en cambio, con una perfecta flexibilidad intelectual, ahon-daba los detalles más extraños, acometía los trabajos más diversos, pescaba, aun en los espíritus más maliciosos, la idea central que los devoraba. Un día de su diario trabajo enseña hasta qué punto era afi-nado aquel ingenio selecto. En el de su muerte, iba a tratar los siguientes puntos: por la mañana, a una hora temprana, una disputa electoral que, surgida en un lugar lejano de la República, enciende en su inteligencia la luz que serena los ánimos y hace admitir su derrota a aquellos que, en esta ocasión, de-jaran de hacer el beneficio público con sus proyectos innovadores. Más tarde, otro grupo político— con un claro sentido de su superioridad sobre el res-to de los que componen el cuerpo vivo de la revolución—le borra su tendencia a lo trascendente cuando se atribuye a su próxima colaboración guberna-mental la obra civilizadora del país. En seguida se ocupa de la investigación de los nuevos métodos ad-ministrativos que van a implantarse en el Distrito Federal. Después, recibe a las personas que lo entre-vistan, alejándose cada una de ellas con la certidum - bre de una ventura próxima. Por la tarde iba a ocu-parse, en compañía de un Embajador extranjero, en encontrar una solución práctica al problema agrario y al pago de la deuda internacional. Y todavía le sobraban horas para otros importantes temas rela-cionados con el mejoramiento público y con sus ocupaciones personales, pues no hay que olvidar que fué él quien creó el negocio agrícola más importante de la República. Cuadros como el presente se repiten en toda la existencia de este varón ejemplar. Tal fué el hombre. Inteligencia despierta y en constante elaboración constructiva, participó—segundo por segundo—en las necesidades y gestos del organismo patrio. Influyó con su confianza en el en-tusiasmo de organización colectiva y supo saturar los odios que despierta el éxito honesto con la gene-rosidad de su corazón invariable. Agudo y genial, encontró a todas horas el motivo que condensaba, en su aspecto irónico—es decir, cierto— la complicada situación del instante. En estos días de apasionado trabajo reconstruc-tivo, Contemporáneos deplora la ausencia de-finitiva de este gran espíritu que ajeno a toda tendencia dogmática, permanecía continuadamente abierto a las más ondulantes inquietudes. Fué una de las más amplias ventanas por donde la revolución
B. J. CGastélum
Un Hombre inquiría las curiosidades filosóficas y sociales que la ampliación de todo método inteligente de gobierno supone. La nueva generación intelectual queda, con su muerte, desconcertada, pero, con el mantenimien-to del alto aspecto de la revolución que él había dig-nificado, continuará su tradición. Para nosotros, era un viejo amigo, un camarada, un hombre de este siglo que buscaba sustituir con un exacto sentimien- Lo de cultura un régimen de azar—como es el nuestro—por un gobierno de tradición y de experiencia, alianza natural entre la inteligencia de los menos y la consistencia de los más. El resultado práctico de todos sus propósitos bien pronto iba a apreciarlo la República. Para cegar esta noble vida fué necesaria la alevosía de una mano inexplicable. Bernardo J. GASTELUM a