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TROMPOS

" ] oPAVIA se me iza al recordar sus dos labios carnudos, paraditos, prendidos a los míos, el día de la despedida en el incuboso cubo negro de un zaguán, el de su casa. No siete días se contaban de nuestro encuentro en el lugar exacto en donde nunca nos habíamos encontrado pero en donde sin conocernos nos cita-mos, y en donde conociéndonos nunca nos volvimos a encontrar porque citándonos no nos encntrába-mos en ese lugar sino en el que no nos encontrába-mos.

En el abrazo aquel se nos cayeron, descuidados, nuestros ángeles, a los dos, los cuatro, los ojos, y

"hy

Canícula quedamos como los trompos, dormidos, sobre nosotros mismos, en rotación de miles de vueltas por segundo.

CANICULA

A QUELLAS tardes de calor—de primera a se- “gunda dimensión con brincos bruscos a la cuar-ta—en que arrastraba mi yo mismo a los barrios de la pierna de algodón, en plena judería. Piernas pequeñas, macizas de algodón, cuando mucho de artisela. ¡Judías, si aún percibo vuestra esencia de falda, inodora para rubias! Mediterráneo, anuncia el bacalao que es o debiera ser tu esencia. Aquellas tardes en que me sentía cristiano—por no decir Cristo—recargado bajo el toldo de una dro-guería viendo pasar mujeres. Toda la Biblia, y ese goce agrio que agarrota la nuca al ver vibrar adoles-cencias a ras de pecho, y por las piernas presumir el calibre. El sol. Hacer la caridad (sin escolástica ni literatura, de verdad); sentirse salvacionarmista e ir a prestar tus servicios donde han menester. Si obráramos así, hombres, o. mujeres, morirían ellas más felices. Quitarse el distintivo del ojal, bajarse el ala del sombrero y

Octavio Barreda de plano contra aquella chiquilla flaca. Que te vean —mno—importa. La dialéctica de siempre: Te invito a Coney Is-land—al Parque Luna——comeremos golosinas—rue-da de la fortuna—y temprano de regreso a tu casa. (Salvo lo imprevisto, comentario muy muy adentro nuestro). Triunfo infalible del sofisma. Luego en los descuidos, sentirse o hacerse sen-tir paternal, y descastar los corchos de los senos a puras cosquillas y pellizcos. Ensayar una nueva ex-plicación epistemológica neoplatónica. Esta voz rasposa, esta alma rasposa, estas piernas rasposas, exis-ten fuera-dentro de mí? Teoría de las reminiscen-cias—yo he tocado ya este seno, ¿dónde? Te piden como siempre un dólar, la cena con los chinos y la cita para el lunes. Tratas por las dudas de cobrarte y desquitar lo gastado, pero no puedes. En la chaise-longue, el aserrín coagulado. En realidad, sabías muy bien que era sábado y lo único que querías era romper la semana. Está bien. Pero el lunes, ya pegada, no te volverán a ver, judía; ni nunca porque las semanas comienzan en sábado. No tanto por mal vestida, sino porque o vi-vías muy lejos o eras muy flaca o muy estafadora, o porque el pajarito de tu aliento revoloteaba ama-rrado de una pata entre tus dientes, y casi se pica-ba.

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Jim y Jack

JIM Y JACK (Box)

H ILOS de multitud en hilos negros llevaban el negro saroso de la ciudad al estadio, de noche sigilosamente, como a un aquelarre. Llegaron todos los hombres en todos los automóviles y en todos los trenes, y los trenes y los automóviles llegaban y se iban y volvían a llevar nuevos hilos negros. Las gentes fueron enredando poco a poco los carretes de las gradas hasta herir de muerte los últimos espacios blancos. En silencio escurrido, en arrastre de pies, voces apagadas, la noche en pedacitos de incienso en polvo empolvaba las luces de arco. Estos eran todos los hombres negros pero el res-to de los otros hombres esperaba escalonado en onda, parados de punta, sobre el filo de las ondas de todos los radios. Ondas concéntricas y excéntricas— hasta el infinito—de mangas de camisa, de hipno-tizados pegados de narices a todos los magnavoces del mundo. La ciudad y las ciudades—los campos se habían ido al sur—habían quedado blancas quietas sin cuerda esperando el regreso asarosado de sus hombres. Entonces cogí mi sombrero y paso a paso crucé la ciudad. Jimijack y Jackijim. Jack y Jim. Jimjím. Jimjím. Letreros luminosos con capitas de ángeles

7 Y

Octavio Barreda toreaban las estrellas. Jack, jack. Todas las puertas ventanas los escaparates abiertos, habían sacado sus luces a secar al sereno de la noche. Nadie adentro, como sirvientas los domingos, las luces de todas las casas cuchicheaban en las azoteas y en las puertas, y los niños saltaban hechos bolitas de vidrio en-cendido a lo largo de los muros, de ventana a ventana, de puertas a ventanas, Vueltas y vueltas, algua-ciles y ladrones, éntrale torito, matariliriliriliriliró. Comprendí el peligro del nikel de mi pelo y no qui-se ni fumar, Bajé la vista y apresuré el paso a pesar de los rojosiverdes de los policías fijos, clavados, de palo. Clavados en cada esquina, deteniendo a las ca-lles—espejos en cuadros para la luna (no había luna, pero la luna puede salir en cualquier momento). Llegué a la gran puerta. Los automóviles acurru-cados roían los postes al calor de las vendimias. Mis-teriosamente deslicé en los dedos del guardián mi contraseña. Me dieron la clave: escalera X-587, N' 10,229 (73-32)/25. Ya adentro, respiré alegre y me puse inmediatamente mi risita izquierda. Como un niño subí las escaleras y de un salto—un formi-dable salto—salté hasta mi lugar. Beg your pardon. Peanuts. Cigarrets. Dios, vestida de negrogala, se había invitado y sentado junto a cada uno de nosotros haciéndonos chiquitos, muy chiquitititos, e interceptándonos con sus humos elásticos. Un ojo de ella—no sé cómo— alumbraba el ring, de arriba a abajo, como pantalla

Jim y Jack sobre mesa de billar. Pero no presidía: no caparaba las luces. Dejaba nuestros cigarrillos lentejuelear a través de sus faldas —de puro georgette. La campanada, como por seña, reventó de pronto un aullido que traíamos preparado. El aullido se elevó a tiempo, pesadamente, dió la vuelta al coso dió la vuelta al mundo—afuera del mundo se es-pantó—y regresó a esconderse a nuetras gargantas. Quedamos entonados; bien. En estas cosas popula-res no sabe uno cuándo ni cómo es, si fué antes o después, o entre los dos; habían subido al ring (no puesto en, puesto que el ring es cubo), cuidadosamente envueltos en algodones y listones dos arlequi-nes de Picasso o cirqueros de Seurat. Será aquel el suyo, el mío es aquel, señor. El nuestro era aquel. El mío. Hurrah! Se me rodó este hurrah y del susto los fotógrafos hicieron explosión. Los vimos volar hechos pedazos, como lluvia de estrellas, y luego caer hechos carbón. ¡Hijos de la guayaba (en in-glés), se acabó el Cuarto Poder! Profesores de Harvard, con cariño de momias, los desenvolvieron y dejaron al descubierto: tiernas tibias, pulpas del más delicado fruto en flor. Dos se-vres flotando en el aguazul de nuestros gritos; blan cos, delicadísimos. Calzones rojos contra calzones púrpuras. Oh, tú no sabes de estas calidades. No tienes idea. Dios habló con sus mil doscientos megáfonos. Quedé extasiado con su voz de mujer ronca, rayada

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Octavio Barreda por el tiempo, las agujas del diablo. Nos aseguró que Jack pesaba 190 y que Jim 195. Jack púrpura y Jim rojo. Por galantería hicimos como que le creíamos, y sólo nos guiñamos un ojo. Los dejaron solos. La mitad del mundo había alambrado de miradas a uno, y la otra al otro. Cualquier movimiento brusco, nos saltaría los ojos, y con los ojos el corazón, y con el corazón el reloj, y con el reloj probablemente todo. ¿Todo? Me agarré por las dudas fuertemente a mis gemelos.

Otra campanada, y un coro inmenso de serafines bajó invisible del cielo. Cada uno traía y tocaba un violincito y cada uno traía un aplauso efusivo, vivo, vivito. En el tumulto alguien sin querer le que-mó las faldas a la Señora Dios. Qué escándalo. Ya ni vió, pues, el bailoteo ni la golpiza—por fortuna que les habían puesto guantes más grandes que las manos rellenos de.—Grité con todas mis fuerzas, No le quiebres la cabeza, salvaje. Me rectificaron al oído. No es la cabeza, señor, es la quijada. Beg your pardon. ¿Fué campana o campanazo? Intermedio para discusión. Ellos se sentaron mientras, mientras unos brutos trataron de aflojarles los brazos, las piernas, la cabeza y de repente, con una esponja, quitarles el barniz. ¡A los dos! (Los serafines risa y risa). No soporté más. Con un su permiso, con un su permiso, con un su permiso, con un su permiso me

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Jim y Jack fuí escurriendo entre el georgette, hasta llegar a la puerta (no a las ligas). Los tres puentes encorvados de ansiedad, los letreros luminosos desde arriba, las tiendas, los dos ríos, los veinte mil rascacielos, todas las sombras desveladas de la ciudad, a mi regreso me acosaron a preguntas, me estrujaban. Tuve que decirles la verdad, casi en filo: —Fuéen la quijada,

Octavio BARREDA

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