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LA LUCIERNAGA

ES posible, señor Cura, que sea como usted dice: ¡es tan frágil la naturaleza humana! ¡Yo allá solo en el rancho, con mi reumatismo y sin alma vivien-te a quien clamar! ¿Quién va a recordar lo que dijo o lo que no dijo en momentos de angustia, cuando se siente el frío de una reata en el pescuezo? Ladino, el Cura atrapó un no sé qué de inconsis-tente en las palabras y el gesto de José María, que lo obligó a desnudarlo. Hay sospechas temerarias. Todo hombre de recto criterio abomina el chisme puebleri-no. Porque esos de los ojos cándidos, angelicales, 1n-genuos y bonachones, esos que blasonan a todas horas y a los cuatro vientos su buena fe y su lealtad, gustan de colgarle un sambenito a cada sabandija del Señor. Y si José María se ha defendido en parte, la que debe a su asiduidad a las prácticas piadosas,

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La Luciérnaga a su frecuentación a los sacramentos y, sobre todo, a su ciega sumisión al parecer de los hombres de m u - cha conciencia. —¡Quisieron llevarse mi caballo tordillo, señor Cura, que era lo mismo que quitarme la vida! —Su caballo tordillo . ..

—Sí; mis pies, mis manos, mi todo. Lo único que yo recuerdo de aquella noche horrible son las maldicio-nes de aquellos condenados pidiéndome el dinero, y el crugir de los gatillos. “¡Madre mía de San Juan, socórreme! Te prometo una manda de entrar de rodillas a tu Santuario con una vela de cera de a peso y un milagrito de plata.” Más significativo que sus palabras era su acento. El cura se acordó de las confesiones de muchos cri-minales honrados.

—Líbreme Dios de ofender a nadie, ni mucho menos a los señores eclesiásticos; pero cuando se dijo que las avanzadas revolucionarias venían sobre esta plaza, los primeros en salir de estampido fueron sus paternidades. Bueno. Muy bien hecho. Hicimos nove-narios, triduos y rogativas, porque el Señor los lle-vara por buen camino y los pusiera sanos y salvos en su destino. A ustedes los siguieron las personas de más representación y mayores comodidades. ¡Paciencia! Nos quedamos con el corazón en un puño. Y nos defendimos como Dios nos dió a entender. ¿Qué más podíamos hacer?

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Mariano Azuela

—Su dialéctica es admirable, don José María. ¡Basta! Que Dios le ilumine así el entendimiento a la hora de su muerte. Vaya en paz, hijo. Irreprochable ¿verdad? ¿Por qué entonces José María sintió esa extraña inquietud, ese sobresalto y esa angustia inexplicables que suceden a nuestros actos equívocos, cuando precisamente nuestra razón se obstina en demostrarnos lo intachable de nuestra conducta? -

Quizás porque la tranquilidad de muchos hombres honrados y la digestión de los burgueses enri-quecidos son del mismo género. No hay que tocarlas. Y el hombre honrado ha de controlar a cada instante su bella imagen. “Yo pude incurrir, en efecto, en la debilidad de de-nunciar el sitio en donde escondimos la custodia y los vasos sagrados, entre el señor Cura y yo. Pero de ese oro ¿qué se me pegó en las manos? Salvé mi vida, salvé mi caballo tordillo y me salvé de morir en pecado mortal. Otros de veras supieron sacar otras ventajas y nadie les afea su conducta. El señor Cura hace mal en buscarme con esas preguntas. Si hubo robo sacrílego, eso ya es cuenta de otro rosario. Pero tengo para mí que no es el sacrilegio lo que más apura al señor Cura, sino el oro que se perdió. ¡El oro! ¡Maldito sea el dinero, perdición de nuestras almas y causa de las desgracias que nos afligen!” Automáticamente su esternón de avestruz choca

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La Luciérnaga amorosamente contra unas taleguitas repletas de hi-dalgos y centenarios que penden de su cuello enclen-que y tendinoso. La noche fué muy agitada; pero si el concierto matutino de gallos, vacas y borricos, alabando a Dios, no logró desamodorrarlo, sí la sombra del que se de-tuvo bruscamente ante su puerta. ¡Una sotanal... Nada; la imaginación febril que convierte en ave negra y fatídica hasta al inocente mensajero del te-légrafo. “Hermano, hoy estuve a punto de suicidar-me.” Urgente y respuesta pagada. No es bueno ser supersticioso; pero hay días en que no debía uno ni despertar. Consternado, abre las arcas de su corazón. Sobre la tilma ruedan chismosas monedas de oro. Las cuenta con ansiedad, sin quitar los ojos de la puerta, do-blemente atrancada. Ni falta, ni sobra. Hay, por tanto, que separar dos centenarios para Dionisio. ¡Dos centenarios! ¿Qué no es capaz uno de hacer por un hermano? Y Dionisio es la oveja descarriada que hay que rescatar de las manos del Demonio. En consecuencia, urge un giro postal por cien pesos. ¿Urgencia? No tanto. Además, los trenes no pasan para México cada vez que uno lo necesita, ni el correo siguiera tiene su despacho abierto a todas horas. En tercer lugar es necesario reponerse de las sorpresas que tanto daño le hacen al cuerpo. “Dionisio ha estado a punto de suicidarse. ¡Pobre

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Mariano Azuela

Dionisio y pobre familia, perdidos en esa Babilonia! ...iHum!... Pero ¿quién dijo, pobre José María? ¿José María agobiado por las enfermedades, por las penas de estos tiempos calamitosos y hasta por apu-raciones que no son suyas? No, él bien puede morirse como un perro: que no faltará vecino compasi-vo que, tapándose las narices, vaya a dar parte de su pestilencia a las autoridades. No, decidi-damente estoy muy débil ahora para llegar hasta el correo. ¿Quién aguantó la prueba de un año que no se pueda esperar unas horas o unos días? Las deter-minaciones más serias, además, las toma uno consul-tándolo con la almohada.” La sabiduría de la almohada fué infalible e inefable: “Vas a fomentar vicios y holganzas. Lo vas a engreír. Hoy son dos centenarios y mañana no le ajustará con cuatro.” José María durmió satisfecho no sólo de hacer el bien, sino de hacerlo bien. Despertó al son de las cam-panas a vuelo, camarazos y cohetes. Alegría tricolor. regocijo municipal, viva México y viva el Curidalgo. Con eso y el sol matutino se imponen las rectificacio-nes. “¿Por qué sufre el desventurado de mi hermano? Por su desobediencia, por su soberbia, por su capricho. Es decir, por sus pecados. ¿Y tú, José María, hombre de estudio y de conciencia, vas a levantar de los hombros de tu hermano la Cruz que Nuestro Señor ha puesto sobre ellos, para darle los beneficios de

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La Luciérnaga la vida verdadera?... ¿Y el suicidio?... ganzúa, ganzúa, ganzúa...”

José María declina. Al salir de la parroquia alguien lo detiene: —e¿Eres tú, José María, o eres la sombra de mi condiscípulo José María? El mostró sus dientes de perro viejo, echando llave y candado a todo conato de confidencias. “¿Qué le importa? Se asusta de verme, porque no sabe que nuestro mejor espejo es la cara del que volvemos a ver después de una larga ausencia. ¿Enfermo? Sí. Y cosa que no más a mí me importa.” Maldito el que fué a removerle sus grandes tor-turas con la clarinada de una pronta rendición de cuentas. Porque José María va a nacer. Se explica que Cieneguilla delire después de tal conmoción. La puerta mustia del cuarto de José María va a comer y vomitar, durante cuatro interminables horas, enlutados por temperamento, simulación o duelo. El púeblo bajo se percata, y como los señores decentes que entran y salen sólo cambian frases insignificantes para afirmarse en la línea correspondiente de la escala zooló-gica, se forja su propia versión: “Pepe Miserias está loco. Bueno. Pepe Miserias se ha ahorcado y amane-ció con la lengua de fuera y el cuello pendiente de una estaca y sus ojos de las monedas de oro regadas por su cuarto. ¡Mejor! El mancebo de la botica que, entre un bote de cebo de coyote y un quinto de polvos juanes, instaló su observatorio, dice: “Yo vi salir al padre Paredes, al señor Cura y al doctor Salsipuedes; venían callados y compungidos; pero entre las arrugas de su desolación les retozaba una sonrisilla demostrativa de que si don José María no está ya muerto, cuando menos ago-niza a estas horas.”

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Mariano Azuela

O precisamente lo contrario; al gusto de nuestros anteojos. Después de haber sido descaparazonado con sádica piedad por sus enlutados colegas, los de mucha conciencia, ahora se hace su propia autopsia. Y no más de sentirse su hielo y su gelatina se retuerce de angustia. Hubiera dicho: “Dios mío, yo te ofrez-co este sacrificio en descargo de mis culpas”; pero aun es un catecúmeno: -——Señores, favor de que esto no se sepa, que no pase de entre nosotros... Cuatro horas de ruda disciplina son compatibles con la vida, pero no cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde, durante cuatro días. La mecha se encendió minúscula; pero con un cerillo se hace una conflagración. A la luz de un cerillo reparó en la mancha de tinta roja de “El Universal" del primero de sus visitantes; a la luz de una vela de cebo encontró la misma mancha y en el mismo sitio de los demás Universales que sus condolientes le siguieron mos-trando. Ni es verosímil, tampoco, que en Cieneguilla se lea tanto. La sospecha salta sus diques y camina

La Luciérnaga en progresión geométrica hasta coger el machote de rostros compungidos, manos abaciales, espaldas ere-mitas: todo lo incompatible con el más elemental espíritu cristiano. “¡Que esto no se sepa!” y el mismo pe-riódico va de mano en mano, propalando la infaman-te nueva. “¿Estos son mis amigos, mis correligionarios, los hombres de mucha conciencia, los que mis padres me dejaron como norma y ejemplo? ¿Quién seré yo pues entonces? La tremenda interrogación se esboza así, en la sombra difusa y tan fugazmente que no da tiempo ni para el terror. Porque es de lo más tosco, de lo que nuestros sentidos hacen presa luego. “Han sido como unos asesinos que vinieran con el crucifijo en una mano y el puñal en la otra. Primero me muestran el encabezado, que es como si me cogieran por el cuello y me lo enterraran en el cieno. Cuando en mis ansias de asfixia pido aire y luz, ellos, con voz unciosa, me siguen clavando los cuchillos de cada párrafo, acentuando las frases más filosas. ¡Dios se los pague! Como salen de mi casa, alegres y con-fiados, salgan de sus tumbas el día del Juicio Final.” Dos balas, supongamos, se encuentran en un chis-pazo de luz. En él se le queman las alas a José María. Muy bien: peor es no haberlas tenido nunca. Por un lado la gracia de Dios o la tuberculosis en, último período, responsables de la nitidez de un espíritu na-cido miope, por el otro el tremendo notición: “María

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Cristina asesinada en una casa de mala nota, en una orgía de altos personajes...” etc. María Cristina. Su nombre, su apellido, su origen, su nacimiento. “Mi sobrina.” Un baño de chapopote ¿eh?

Y bien, José María salió del choque como antor-cha que se retuerce en su propia ignición. Fuerte, inmenso. Salta el encabezado infame, salta el mamposte de falacia e hipocresía de los cofrades y, por último, da el salto mortal al que pocos se aventuraron: “¿Quién soy yo entonces?” Dentro de la lógica más severa, caben sus lágrimas casi femeninas. Llora; pero sin calcular ni vagamente el alcance de su acuidad visual. Es un sentido nuevo, y los niños caminan primero a tropezones. Llora y descansa como si se le hubiese desprendido una tenaza de en medio del corazón. Una verdad lo ofusca: “¡soy ladrón!” Y su máquina, yo con jadeos de agonizante, aun puede darle gracias a Dios. Desde luego, la contabilidad está turbia desde la partición hereditaria. Es tan fácil dar oídos a las sirenas togadas, proveerse de papeles con sellos y es-tampillas y echarse al bolsillo a cualquier magistrado microfilólogo. Lo que verdaderamente resulta imposible es tapar el sol con un agujero. “Porque Dios sigue allá arriba, y mi conciencia es una criba.” Un mensaje urgente (comienza el Calvario) ; mejor pensado, una carta. Es menos dispendioso y se dice todo lo que se quiere decir... y hasta lo que no se quiere decir. Porque esto va a ser prólogo, preám-bulo, introducción de la obra magna: ¡la restitución! ¿Restitución? Sus púdicos tímpanos rebotan la palabreja y se tapan de bochorno en una escala de platillos ascendente hasta el vértigo. Pero como no hay otra, se toma el camino de la resignación y del más humilde confiteor Deo. “Hermano Dionisio, si el Justo con ser Justo peca siete veces al día... El espíritu de las tinieblas vela por la perdición de nuestras almas... ¿Te viste ya en un espejo? ¿Te pusis-te la mano sobre el corazón y no te ardió la cara? Porque a la audacia le llamas virtud y la meta de tus am-biciones es el dinero. Y tú sabes cual es el camino, hoy por hoy, para adquirirlo pronto. El apetito desordena-do de hacienda es el mal del siglo. ...Perdóname lo crudo de mis palabras; sería criminal que te escondiera el fondo de mi alma, ahora que siento temblar el frío de la muerte hasta en el aire que respiro, hasta en la luz que me alumbra. Pronto a com-parecer ante la presencia de Dios, tengo que arre-glar mis cuentas y -pedir perdón a todos aquellos a quienes de cualquier manera haya ofendido. Sí, hermano Dionisio, soy un pecador y de rodillas im-ploro tu perdón, dispuesto a reparar mis faltas...” —¡Admirable—exclama José María secándose la

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La Luciérnaga

Mariano Azuela frente húmeda de caliente; —he tocado la llaga y no me hice daño!

“No quiera Dios, hermano de mi alma, que en estas palabras sientas mala intención ni mucho menos; pero bueno es que sepas que el castigo del Señor para todos los que pusieron sus ojos exclusivamente en el dinero, es cerrárselos para todo lo que no sea una moneda miserable. ¡ Alerta, Dionisio, en el reloj de los tiempos ha sonado nuestra hora: tú para el mundo y tus engañifas, yo para la eternidad!... Ven por fin a saciar tu sed de oro y de riquezas; ven por dos mil quinientos sesenta y ocho pesos, trece centavos que, en estricta justicia, son tuyos y que aquí te tengo guardados.”

Así, de un tirón, sin contener los alientos. Hay actos heroicos, grandiosos, en la vida diaria, que ig-norará siempre este mundo de vanidad de vanidades. Sus músculos sollozan; sólo sus pupilas dilatadas se mantienen quietas, inmóviles, en control y cabalgan-do sobre la joroba de pesos de su colchón. José María, antes de cerrar el sobre, relee la carta y acaba persignándose: “¡Ave María Purísima del Refugio!” Porque ha reconocido en ella su propia imagen: su soberbia, su gazmoñería. “¡El Demonio ha guiado mi mano!... ¡Pero yo te venceré, maldito!”

Su demonio, en efecto, le posee bien escondido en el laberinto de sus circunvoluciones cerebrales.

La Luciérnaga

Si los días son tolerables, las noches se prolongan como eternidad. Se desdobla a menudo su personali-dad en tremendas luchas. Al hervor de sus cuarenta grados, suben y bajan cadáveres galvanizados de su panteón. Por ejemplo, el robo de la custodia y de los vasos sagrados de la parroquia. “Porque es mentira eso de que alguien me hubiese obligado a denunciarlos. Lo hace por flaqueza, por cobardía, por adulación ser-vil. Porque siempre me humillé a los pies del poderoso, por necesidad o sin ella. Soy villano y soy felón. Y no tengo ni el valor de mis propios actos.” “Pero, si no lo hubieses hecho así, se llevan tu caballo tordillo.” “Cierto. Y no sólo eso. ¿Mi reumatismo? ¿El abandono en que me dejaban?" “Lo único vituperable es que con los vasos sagrados y la custodia estaban cuatro mil pesos en monedas de oro.”

—¡Ave María Purísima del Refugio! Sin pecado original concebida. ¡El enemigo malo otra vez!... “Sí, ese dinero me lo llevé a mi casa, muy cierto, para que estuviera más seguro.” “< Y por qué no más el dinero?” “. 7. . . ¡Imbécil! Porque es un sacrilegio tocar las cosas saeradas. ”

“¡Admirable! Sólo que esos cuatro mil pesos aun no pueden volver al curató.” José María da un salto de tigre herido de muerte.

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Aterrado, no sabe ya que responderse. Pero sale del paso con la ilusión de que sufre un ataque de delirio febril; y siente cierto de que al día siguiente ni lo recordará siquiera. Y, en efecto, ni al día siguiente, ni en ninguno, volverá a acordarse de los cuatro mil pesos del Cura. Pero de una pesadilla salta a otra peor. María Cristina ardiendo en los más profundos infier-nos. “Y todo por culpa tuya, tío tacaño, despiadado, criminal. Una condenada de catorce años por el delito de sostener a su familia, a una familia a quien tú cerrastes tus puertas. Una pobre muchacha que si se entregó a los placeres del mundo, no dejó una cláu-sula en blanco—giro contra Dios y al portador—para gozar de la otra vida también. De morirse de risa, tío Miserias, si los garabatos de mi padre Dionisio no se te hubieran enterrado en el alma como garfios de hie-rro candente y por tus días: “José María, nuestras almas corren peligro... ¡María Cristina, por piedad, José María!” “Suponiendo que yo fuera un criminal como cualquier otra gente, un monstruo de egoismo como todos lo somos, María Cristina, mi sobrina, sigue teniendo razón. ¿Por qué no le pagué a Dionisio lo que de su herencia sustraje?" “Tampoco de eso eres culpable, porque cuando Dionisio te pidió el dinero, ni vagamente existía en tu memoria la conciencia de tal deuda.” :Pretextos pueriles? No, porque sólo los ladrones de profesión saben de cierto que son ladrones.

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“Estoy perdiendo el tiempo en disquisiciones ociosas y el día se acaba y no tengo qué poner en mi haber, en la balanza del Supremo Juez.” “Con un acto de contrición te basta.” ¿Por qué sus cabellos lacios se han encrespado y su cadáver se ha puesto de pie con horror? “¡Póngote la cruz!... ¡Ave María Purísima...! Y cuando acribillado de dolores, en el paroxismo de su delirio mira las puertas del infierno abiertas, llega batiendo sus alas una idea: “Si hay un fuego que purifica los cuerpos, hay otro fuego que purifica las almas.” “¡Aleluya... aleluya. ..! ¡Sí, señor, dame todos los dolores más grandes y seré tuyo!” —Que venga pronto el Notario. —Don José María, ¿no le parece que venga primero un sacerdote. ..? —También... —Dígame... ¿a quién quiere? No hay duda. José María avanza prodigiosamen-te: dice que uno es igual a dos y que A es igual a B. Confesión general. Vida-mentira. Las llamas del infierno parecen arder en las miradas y en los labios del penitente.

—«Cuidado, hijo! El demonio se ha apoderado de su inteligencia para perderlo. Sus pecados son grandes, pero el más grande de todos es desconfiar de la Misericordia de Dios.

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—¡Padre mío!... —Pero antes de abandonar las miserias de este mundo, es preciso que deje sus negocios terminados. Su hermano por una parte... el Gobierno por la otra... José María aterriza tan bruscamente que pierde el sentido. En su negro y violento despertar tuvo la vaga sensación de que el cerebro se le vaciaba y de que su pecho se estaba llenando a reventar. Apenas el tiempo preciso para pensarlo, porque una bocanada de sangre lo medio ahogó y luego le zumbaron los oídos a punto de catástrofe universal. Pero algo debió seguir trabajando en el silencio de su cuerpo exangile, porque cuando abrió otra vez los ojos, sintió la densa desolación en el aire y en la luz. “Sin padres, sin hermanos, sin amigos, sin un sacerdote que me venga a decir: ¡Jesús! Un rayo de luna cortó de repente las tinieblas, y la puerta se entreabrió. Extraña visita. Sus ojos de es-meralda arden en una luz de marfil; sus bigotes de porcelana en una mueca casi humana, José María sigue subiendo. En vez de aterrorizar-se, su corazón desborda de gratitud: —iMiche... michito!... Abierta la cola en palmera, el animal bufa y da un salto a la calle. —¡Bah, ahora es él quien se asusta de mí! ¡Ave María Purísima del Refugio!

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La macabra ironía se quiebra en un pitido largo, agudo y furiosamente melancólico. “El Sereno. Vendrán a sacarme al hedor de mi cuerpo descompuesto.” Pero todavía el sol le vuelve a ver la cara, entran-do con dos sombras que casi se atropellan. —No, señor, usted primero... —pPrimero usted... —A usted le corresponde... Los dos entran y, por un momento, se miran y se miden. El Cura ve muy por encima de su hombro al Médico, desde las cumbres de la sabiduría infusa, privilegio de los elegidos. El Médico mira al Cura como algo muy incierto en el campo de su microscopio: la Ciencia inaccesible a los ignorantes. Y la sotana y el sobretodo se hinchan, se hinchan, hasta reventar en una burbuja a flor de labio. —Comience usted... —9$Si usted me lo permite. La Ciencia se asoma por las pupilas deslustradas, se detiene en unos párpados incoloros y acartonados, toma un pulso que no existe y, con la infinita sufi-ciencia del cómico bien engreído, traza un gran gesto en el espacio: “¡ya es tarde!” Tarde se le hace al Cura que el sabio salga a seguir prodigando los dones de su saber. —Don José María ¿quiere usted reconciliarse con Dios?

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Mariano Azuela

Un Cura sale desolado y otro entra enfurecido, imprecando y amenazando. Entonces el esqueleto forrado de una piel enjuta como bota de vino vacía, puede enderezarse. Y se arroja a los pies del sacerdote, crugiendo como los carrizos de un canasto viejo. ¿Qué quiere? Besar la orla de la sotana, las manos burdas del exfrutero, ba-ñarlas de lágrimas. No protesta; lejos de ello, presa de una inmensa compasión, besa los pies del hombre en quien acaba de verse como en un espejo. Ahora no se ha horrorizado, porque ya sabe que el horror es in-humano. ¿Quién leyó en los abismos del avaro, del codicioso, del ladrón, del ebrio, del asesino? El sacerdote sale frenético de impotencia y de hu-millación y José María se queda solo otra vez con el tiempo inmedible. Rememora aún sus recaídas y le quedan lágrimas. Y como a medida que su vida se extingue, aminoran sus penas, pide a Dios, como una suprema gracia, dolor, más dolor. Y Dios lo escucha. “Lo malo es que no hay quien me dé mi ropa. ¡Con lo que me urge tanto!” No obstante que su laringe de cartón se obstina en negarle paso al aire, que sus labios se niegan a mo-verse y que un frío extraño agarrota sus manos y piernas, comienza a sentirse pasmosamente sano. Sus oídos adquieren extraordinaria agudeza. Por eso la voz del que se ha detenido a su puerta le hace presen-tir algo suyo, algo indisputablemente suyo. ¿Quién? ¿Qué se le ofrece? ... “¡Ah, sí, eres tú. ..! Lo siento mucho, llegaste tarde. Bien, favor de mi ropa. ¿Sabes que estoy de viaje?... Muy lejos, lejos. ..sí...” Podrí vacilar entre su ropero ambulante y Dionisio. Pero es su misma voz, son sus mismas maneras. No cabe duda. ¡Pobre Dionisio, tan burdo como toda la vida! Así nació, así se educó. ¿Qué culpa tiene, después de todo? Nunca le cupieron en la cabeza las reglas más elementales de Blanchard ni del Carreño. Por eso casi se le ha echado encima... “¡Espera, hombre, espera! ¡Ay, hermano! .. ¡Sea por el amor de Dios, te saliste con la tuya!...” —Lo demás, miserable ladrón. ¿En dónde tienes lo demás? ... Como fogonazo de magnesio para dejarle a uno la negativa indeleble por la vida. ¡A la buena hora! “¡Gracias, Señor, gracias!” José María no puede discernir ahora si el borbo-tón de injurias viene de la boca de su hermano o es un desbordamiento de su propia conciencia. Pero da lo mismo. Sus párpados de plomo son lámpara de Crookes para una luz tan intensa que sólo con los ojos cerra-dos se puede mirar. Como una pradera inmensa olo-rosa a tomillo, como una paloma que batiera sus alas de armiño, como un lecho muelle para unas carnes magulladas y unos huesos rotos.

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